Fran Domínguez - Sé lo que viste

Duelo en la corte

Olivia Colman interprera a la reina Ana Estuardo en 'La favorita', la nueva película de Yorgos Lanthimos. / FOX

Olivia Colman interprera a la reina Ana Estuardo en ‘La favorita’, la nueva película de Yorgos Lanthimos. / FOX

La Historia es siempre un buen lugar para hurgar en sus vericuetos y hallar relatos sugerentes. El triste acontecer de la reina británica Ana Estuardo -que perdió más de una quincena de hijos- y las veleidades de dos de sus íntimas colaboradoras y consejeras, Sarah Churchill, marquesa de Marlborough -ascendiente de personajes como Winston Churchill y Lady Di-, y su prima Abigail Masham, sirve de excepcional marco, con las consabidas licencias del libreto firmado por Deborah Davis y Tony McNamara, al sui géneris director griego Yorgos LanthimosCanino (2009), Langosta (2015)- para dar rienda suelta en La favorita a una vehemente reflexión sobre el poder y la nefanda atracción que ejerce; aquí, además, desde el nunca bien ponderado -y poco reflejado- punto de vista femenino. Con una elaborada y estética puesta en escena, jalonada por una extraordinaria fotografía que retrata con sapiencia y pericia una época, principios del siglo XVIII, y un sistema de imágenes donde campa con frecuencia el ojo de pez y el gran angular, Lanthimos esboza un ácido y mordaz fresco, plasmado a través un triángulo amoroso en los que cada uno de sus lados ocupa su lugar sin apenas concesiones: Sarah (Rachel Weisz), para mantenerse a toda costa en su posición de medrar; Abigail (Emma Stone), con sus descaradas aspiraciones arribistas, y la achacosa reina Ana (Olivia Colman), necesitada de afecto y atenciones tras sus desgracias, pero que, a pesar de su naturaleza caprichosa y de su aparente indolencia y abulia, sabe de sobra que es el eje fundamental en el que pivota todo. Este juego alrededor del trono, trufado de diálogos lacerantes, llenos de irónicas réplicas y contrarréplicas, se sustenta en las excelentes y cruzadas interpretaciones del trío protagonista, en el que destaca sobremanera la notabilísima actuación de la inglesa Olivia Colman, ganadora del Globo de Oro y nominada a mejor actriz en los próximos Óscar por esta cinta, al igual que sus dos compañeras, aunque en la categoría de reparto. La favorita es un filme con una potente fuerza visual y narrativa que transita en paralelo y con éxito por el humor negro y la descarnada tragedia.

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Los Feroz más periféricos y multitudinarios

Foto de familia de todos los galardonados en la sexta edición de los Premios Feroz. / AICE

Foto de familia de todos los galardonados en la sexta edición de los Premios Feroz, cuya ceremonia se celebró el pasado día 19 en Bilbao. / AICE

La apuesta de salir de Madrid tenía sus incertidumbres: la logística, el gasto de parné propio o por la vía de patrocinadores, la predisposición para la asistencia del artisteo…, pero al final la cosa salió bien, que es lo importante en estos casos. Consolidados ya en el panorama nacional de galardones cinematográficos, los Premios Feroz, que concede la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE), organizó el pasado día 19 en Bilbao la gala de su sexta edición, que tenía como principales novedades precisamente su celebración, por primera vez, fuera de Madrid y la asistencia de público ajeno a los críticos de cine, actores, cineastas y demás invitados, los habituales en este encuentro anual. Ambas cosas supusieron un éxito. De hecho, acudieron a la cita en el Bilbao Arena más de 3.000 personas, que pudieron asistir en vivo y en directo a la coronación de El reino, de Rodrigo Sorogoyen -flamante nominado a los Óscar por su corto Madre, noticia que se conoció esta misma semana-, que obtuvo para su buchaca cinco premios, y de las series Fariña y Arde Madrid. Por primera vez también, la velada de los Feroz se emitió en abierto a través de la plataforma YouTube. Es decir, que la sexta convocatoria de estos Globos de Oro patrios -así se les conoce en el mundillo- fue pródiga en novedades

Como es habitual y marca de la casa en esta particular ceremonia -y que siga así por muchos años-, los dardos y puyas al sector y a la propia canallesca especializada, promotora del cotarro, fueron constantes y sonantes. La conductora, a la sazón la actriz Ingrid García-Jonsson, y algunos de los presentadores-entregadores de premios, guion en ristre, claro, repartieron a diestro y siniestro. La intérprete con ascendencia nórdica no desentonó en su cometido, teniendo en cuenta sus ilustres antecesores en el cargo, caso de Julián López, Antonio de la Torre o Silvia Abril, por citar solo unos cuantos. Solo en el preámbulo, lanzó flechas por todos los lados, empezando por la propia ciudad anfitriona. “En Euskadi se han grabado grandes películas recientemente. Dramas históricos como Handia o comedias como 8 apellidos vascos y la última de Medem… Además, en Bilbao está el festival que se hace en la playa que tenéis en las afueras: San Sebastián”, remachó García-Jonsson, quien también tuvo un zasca para una de las protagonistas del año pasado, la actriz y directora Leticia Dolera, que en la gala de la edición anterior hizo un vehemente alegato feminista. “Cumplo el requisito más importante para que una actriz pueda trabajar: no estoy embarazada. Leti, luego te enseño el predictor por si quieres hacerme un casting. Veo que ya he ofendido a alguien. Os propongo una cosa: cada vez que algo os ofenda, chupito. Leti, tú hoy por si acaso mejor bebe agua. No porque estés embarazada, claro”, espetó la presentadora. Tampoco se salvaron de la estopa otros ilustres: “No están nominados nuestros dos directores que mejor saben hacer películas con dinosaurios: Bayona y Almodóvar”; ni cintas como Superlópez: “Un trabajador que llega a su puesto de trabajo y regresa a casa a la velocidad de la luz. Como Màxim Huerta. Está claro que es ciencia ficción, la peli transcurre en Barcelona y no sale nadie discutiendo de política”.

En esta antesala de los Goya que son los Feroz, El reino fue el gran ganador, seguido de cerca por Quién te cantará, del director Carlos Vermut, aunque con premios más menores, salvo el de Eva Llorach, en la categoría de mejor actriz protagonista de drama. En comedia, el galardón estaba cantado, fue para Campeones, la cinta inclusiva de Javier Fesser.
En el apartado de series, triunfaron las novatas, que llegaron en 2018 a las parrillas televisivas: Fariña, de Antena 3, en drama, y Arde Madrid, de Movistar Plus, en comedia. Narcotráfico a mansalva y los madriles en blanco y negro en los que reinaban Ava Gardner y las fiestas en Chicote, para resumir el asunto. La troupe de Paco León, con Inma Cuesta y Anna Castillo -otra de las triunfadoras de la noche, en la que hizo doblete, siempre como secundaria, con esta serie y con la película Viaje al cuarto de una madre– irrumpió en el escenario como un elefante en una cacharrería tras conocer que habían ganado en su categoría.

El apartado más emotivo de la ceremonia de entrega correspondió al maestro José Luis Cuerda, aún en activo como demuestra su película en cartelera, Tiempo después. El director de Amanece que no es poco recibió de manos de Alejandro Amenábar el Feroz de Honor en medio de una cerrada ovación y con el público puesto en pie. Por cierto, ni el propio Cuerda se salvó de las bromas propagadas por García-Jonsson . “La peli (en referencia a Tiempo después) nos ha servido para saber que en el año 9991 en España sigue habiendo siete hombres protagonistas por cada mujer”.

Una referencia reivindicativa en cualquier caso que también estuvo en el suelto discurso de la periodista María Guerra, presidenta de la AICE, que brindó por nuestro cine. En definitiva, los Feroz conquistaron Bilbao como años anteriores lo hicieron con Madrid, esparciendo grandes dosis de cinefilia y buen humor, ácido y corrosivo, pero buen humor. Y eso siempre está bien.

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Hacedores de la gran mentira

Un irreconocible Christian Bale interpreta al que Dicke Cheney en 'El vicio del poder'. / EP

Un irreconocible Christian Bale interpreta al que Dicke Cheney en el filme ‘El vicio del poder’, escrito y dirigido por Adam McKay / EP

El narrador omnisciente (voz en off ) de ViceEl vicio del poder, el título en español de la película de Adam McKay (La gran apuesta, 2016)- ya menta de entrada y sin evasivas a la propia madre del cordero: es decir, obviando la literalidad y yendo a la conclusión, algo así como que en la sociedad tan alienada en la que vivimos no nos damos cuenta de cuánto y cómo nos manipulan, y luego pasa lo que pasa. Esta reflexión, aparentemente simple en las formas pero taxativa en el fondo, sirve de pequeño tirón de orejas al respetable antes de entrar en candela y rememorar en un ágil y fresco filme una época ominosa en la historia de Estados Unidos, y por afectación, del resto del imperio, a través del ascenso furibundo de un gris burócrata que llegó a convertirse en vicepresidente del país más poderoso del mundo. Narrado con suma agilidad, este vitriólico biopic de Dick Cheney, a ratos satírico y siempre ácido, con guiños documentaloides que recuerdan de pasada al mejor Michael Moore, aunque también, por la sordidez de lo que cuenta, a House of Cards, la premiada serie televisiva (en su reverso cómico, claro), desenmascara con cínica crudeza y fino humor el arribismo sin escrúpulos imperante en las entrañas de Washington. McKay, curtido como guionista en Saturday Night Live, nos presenta a Cheney como un avezado pescador, siempre con la caña a punto, dispuesto a cobrarse su pieza. Vice traza el itinerario vital y político del orondo Cheney, desde sus poco edificantes inicios universitarios y su entrada en la Administración Nixon, de la mano de su mentor, Donald Rumsfeld (en la película, Steve Carell), pasando luego por los también presidentes republicanos Gerald Ford, Ronald Reagan y George Bush padre, hasta llegar a George W. Bush (un genial Sam Rockwell), culmen de su carrera y momento de la gran mentira, la de las supuestas armas de destrucción masiva de Sadam Husein, que costó una guerra y miles de muertos, además de pingües beneficios a determinadas empresas. Qué decir de Christian Bale, flamante ganador del Globo de Oro a mejor actor precisamente por su interpretación de Cheney, que borda, con la inestimable ayuda del maquillaje, a ese personaje inmenso, que no hace ruido pero cuya presencia resulta atronadora, tanto que da escalofríos.

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Desmontes Sorrentino

Fotograma de 'Silvio (y los otros)', de Paolo Sorrentino.

Toni Servillo protagoniza ‘Silvio (y los otros)’, una película de Paolo Sorrentino,

Nada mejor que usar la caricatura, recurrir a lo grotesco o a lo frívolo e hiperbólico para desmontar algo o a alguien. Paolo Sorrentino lo ha hecho con fina crueldad en Silvio (y los otros), lanzando hirientes andanadas, no exentas de cargas de fascinación, para deconstruir una época recientísima de la historia transalpina y al personaje que mejor la representó y que responde al sobrenombre de Il Cavaliere. El director italiano, tal vez el mejor heredero de Fellini, o al menos de su esencia, se acerca a la controvertida figura de Berlusconi en un filme que es en realidad el resultado del montaje final, con sus consiguientes recortes, de otros dos, un ensamble que se nota en su estructura global, lo que queda, sin embargo, en un segundo término ante el lacerante, ácido y decadente fresco que nos ofrece. Sorrentino entra a saco desde el primer instante. Una oveja absorta ante el televisor, clara metáfora del borreguismo de una sociedad inmóvil y adocenada que no es capaz de reaccionar, nos introduce en la cinta, en una primera parte en la que se suceden, casi a golpe de videoclip desaforado, los ímprobos esfuerzos de un arribista de provincias sin escrúpulos llamado Sergio Morra (Riccardo Scamarcio) por prosperar a toda costa mediante fiestas desenfrenadas para atraer a políticos y empresarios y, por encima de todo, para llamar la atención de Él (Él, es, obviamente, Berlusconi), que pulula como el Dios al que no se ve pero que está omnipresente. Y ahí, en este segundo tramo de metraje, es cuando emerge el personaje central sobre el cual gira el universo. Il Cavaliere visto por los ojos de Sorrentino, quien alimenta y deifica su figura para ridiculizarlo poco a poco. Un Silvio relativista y cínico, encarnado por un más que genial Toni Servillo, que pone buena cara a los que le critican y que permanece impasible tanto a sus lisonjeros como a sus detractores-ni se inmuta cuando una joven invitada a sus exclusivas fiestas le dice que su aliento es como el de su abuelo-. Este adelantado de la posverdad, mesías del todo es posible, al que Sorrentino incluso amaga con redimir -en realidad, una mera y breve engañifa-, generando empatía a través de la reflexión sobre el paso del tiempo -otra de las constantes del realizador italiano: La gran belleza y La juventud, como prueba-, pero no cuela… Su mofa y befa no tiene tregua.

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El tridente funciona

El actor hawaiano Jason Momoa es Aquaman, el rey de Atlantis. / WARNER BROS.

El actor hawaiano Jason Momoa es Aquaman, rey de Atlantis. / WARNER BROS.

Seguro que Platón nunca habría imaginado que su Atlántida tuviera tanto rédito. La mítica isla-continente, desaparecida bajo las fauces marinas durante un feroz cataclismo, siempre según el célebre pensador heleno, era una poderosa nación miles de años antes de que florecieran las ciudades-estado griegas y su caleidoscópica leyenda ha alimentado todo tipo de historias de cualquier género y filiación, algo a lo que, por supuesto, el mundo del cómic no podía ser ajeno, en este caso en la figura de Aquaman, rey de Atlantis, de la factoría DC, creado en la década de los 40 de la pasada centuria por el dibujante Paul Norris y el escritor Mort Weisinger. El personaje, en sus orígenes un rubiales y más bien seriote, ha trascendido a la gran pantalla en la piel morena de ese tipo greñudo e inmenso -que habla dothraki, no nos olvidemos- llamado Jason Momoa, quien ya había aparecido sucintamente en otros filmes con la marca DC, como Batman contra Superman o Liga de la Justicia, y que ahora ha adquirido rango protagónico con una cinta para explayarse el solito. Al igual que ocurrió con Wonder Woman, la franquicia ha encontrado fuera de sus dos superhéroes estrellas, Superman y Batman, el faro que alumbra el buen camino. Aquaman cumple en su misión de entretener a toda costa -si gusta o no a los fans más acérrimos de este señor con tridente, eso es harina de otro costal-, y encima durante dos horas y media sin que decaiga prácticamente el ritmo y exista el más mínimo atisbo de aburrimiento, lo cual es siempre de agradecer. James Wan -para situarnos, el director de la primera Saw– dota al producto de cierto aura de película de aventura clásica con un toque kitsch que le da su punto y en el que no faltan los guiños humorísticos; eso sí, con las inevitables dosis de mamporros y un muy conveniente mensaje ecologista -ay, esos plastiquitos malditos que echamos a nuestro mar-. En el debe, unos delirantes diálogos, el aparatoso batiburrillo bélico del epílogo y el escaso desarrollo de algunos personajes, empezando por el hermano malo, a la sazón Patrick Wilson, que no llega a convencer del todo. Por lo demás, y sin ponernos estupendos, una película muy apropiada para disfrutar en estos días de evasión, que de eso se trata.

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El retorno de la institutriz

La actriz británica Emily Blunt da vida a la niñera más famosa, Mary Poppins, tomando así el relevo de Julie Andrew. / DISNEY

Emily Blunt da vida a la niñera más famosa, Mary Poppins, tomando así el relevo de la también actriz británica Julie Andrews. / DISNEY

Hay retornos y retornos, y el de la niñera más famosa del mundo, a la sazón Mary Poppins, no ha sido muy convincente. Como suele decirse, segundas partes nunca fueron buenas, salvo El Padrino -y alguna otra ilustre excepción-, pero en Hollywood se empeñan en seguir con la máquina de las secuelas, aun a costa de desnaturalizar el original o de darle una continuidad artificial sin el empaque suficiente. El regreso de Mary Poppins, dirigida por el ducho en musicales Rob Marshall -recordemos su Chicago (2002)-, no cumple con las expectativas creadas y solo viene a refrescar las andanzas de la “perfecta institutriz”, en un filme que sigue a pie juntillas el esquema de su célebre predecesor -solo que ahora los dos niños, Michael y Jane, los hermanos Banks, ya son mayores, y el primero de ellos tiene tres hijos- y aunque, obviamente, cuenta con más medios técnicos a su alcance-entre ambas cintas median casi 55 años- no logra desprender encanto ni espontaneidad. Lo único original, y que se puede extrapolar a estos tiempos, es el contexto cronológico en el que se desarrolla: el crack del 29, la Gran Depresión, y sus nefastos efectos, como los embargos bancarios y los desahucios, que sirven de hilo conductor y de guiño social actual de una historia que no emociona y que se limita a repetir roles -el deshollinador se cambia ahora por un señor que enciende y apaga las farolas londinenses, por ejemplo-, pese al gran trabajo de Emily Blunt para intentar emular a la sin par preceptora que otrora estuvo bajo la piel de la inolvidable Julie Andrews. El regreso de Mary Poppins rezuma un innecesario aire de nostalgia -sensación que se consigue volviendo a ver el filme primigenio de Disney- y poco más. Un último apunte: salir de una película de este tipo sin tatarear ninguna cancioncilla es siempre un mal síntoma…

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Amor y gato

Dani Rovira y Michelle Jenner son los, protagonistas de 'Miamor perdido', la nueva película de Emilio Martínez-Lázaro. / EP

Dani Rovira y Michelle Jenner son los, protagonistas de ‘Miamor perdido’, la nueva película de Emilio Martínez-Lázaro. / EP

Chica conoce a chico, los dos treintañeros, tras una ebria noche en la que acaban de romper con sus respectivas parejas. Ella, directora y actriz de teatro alternativo con ciertas ínfulas y dada al drama, y él, monologuista en locales de stand-up comedy, con querencia inusitada por las bromas pesadas. Ambos inician una relación, con gato callejero incluido, que adoptan y al que ponen de nombre oficial Schrödinger -por el físico austríaco y su célebre experimento imaginario- y que solo atiende si le hablan en valenciano. Sin embargo, pronto aflorarán en ellos los antagonismos y las diferencias… Este es el prometedor argumento de Miamor perdido, y digo prometedor porque la nueva comedia romántica de Emilio Martínez-Lázaro, un maestro patrio en estas lides, curtido en películas como Amo tu cama rica (1991), Los peores años de nuestra vida (1994), El otro lado de la cama (2002) o Los 2 lados de la cama (2005), o la taquillera Ocho apellidos vascos (2014), y su secuela catalana (2015), se desinfla poco a poco como un globo a pesar de tener los mimbres suficientes -los antes expuestos, ni más ni menos- para armar un producto cuando menos competente. El guion, a cargo de Miguel Esteban y Clara Martínez-Lázaro, falla casi desde el primer instante al no ensamblar bien la historia, a la que le falta el punch necesario para hacerla medianamente divertida. Y eso que el reparto ayudaba a la causa. Tanto Michelle Jenner -especialmente- como Dani Rovira, los protagonistas, como los secundarios, están más que correctos en sus papeles, aunque algunos de los personajes se encuentran poco desarrollados o metidos con auténtico calzador, como el que interpreta Antonio Resines. Solo las escenas de los monólogos de Rovira y el tramo final -aquí, en un paroxismo a modo de La guerra de los Rose– salvan algo los muebles. Miamor perdido (Miamor es el nombre cursilón y extraoficial del amarillento felino, para que conste) no llega a seducir. Del filme, únicamente me quedaría con el gato…

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El bigote del superhéroe

El actor Dani Rovira interpreta a Superlópez, el popular personaje de Jan que ha dado el salto al cine. / Telecinco Cinema

El actor Dani Rovira interpreta a Superlópez, el popular personaje del historietista Jan que ha dado el salto a la gran pantalla. / Telecinco Cinema

Claro que sí. Si los yankees llevan en tropel al cine sus grandes glorias del cómic, especialmente a todo tipo de superhéroes, por estos lares no íbamos a ser menos, aunque los de aquí no sean tan resueltos ni resolutivos, ni tengan grandes pretensiones vitales. Superlópez, el trasunto patrio, torpe y bigotudo del Superman estadounidense, creado en la década de los 70 por Jan (seudónimo del historietista Juan López Fernández), se ha incorporado finalmente a la gran pantalla después de que Enrique Gato pergeñara un cortometraje animado allá por 2003. De la mano de Javier Ruiz Caldera, quien ya adaptó al celuloide otro de nuestros clásicos del tebeo, el agente secreto Anacleto, el Superlópez de Jan se torna ahora en carne y hueso, con el rostro del cómico Dani Rovira, en una película que toma partido sin rodeos por la parodia pura, la misma filosofía con la que nació el propio personaje y su universo, que luego evolucionó arrogándose cierta crítica social, siempre desde la vertiente surrealista a la que tan dados somos en este país. El filme, cuyo libreto es obra de Borja Cobeaga y Diego San José, sigue este derrotero del retrato del españolito medio metido a superhéroe, aunque sin ningún guiño a la rabiosa actualidad, en una Barcelona con su estatua de Colón y su Torre Agbar (ahora Gloriès), despojada de esteladas y lazos amarillos -lo cual, como está la cosa, es de agradecer-. Superlópez funciona a ratos y no precisamente por Rovira, que cumple su cometido sin más, destacando el resto del elenco: la siempre solvente Alexandra Jiménez, una actriz que se maneja a la perfección en la comedia, así como ese seguro de vida en cuanto a humor se refiere llamado Julián López, y la gran Maribel Verdú, quien últimamente le está cogiendo regusto a esto de hacer reír al personal, además de los veteranos Pedro Casablanc y Gracia Olayo, ejerciendo de padres adoptivos de la criatura nacida en el planeta Chitón. Este primer Superlópez cinematográfico resulta a grandes rasgos entretenido y un producto divertidísimo solo en ocasiones muy puntuales, que habría funcionado mejor con menos concesiones a clichés costumbristas y una mayor apuesta por la sátira más canalla.

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Un fallido Robin Hood 2.0

Fotograma de 'Robin Hood'. / www.robinhood.movie

Taron Egerton interpreta al legendario forajido inglés en la enésima versión cinematográfica de ‘Robin Hood’. / www.robinhood.movie

 

De un tiempo a esta parte a Hollywood le ha dado por revisitar las historias sobre personajes mitológicos, como el caso de Hércules, o legendarios, como recientemente el rey Arturo o, ahora, Robin Hood, tuneándolas con un barniz de cierta posmodernidad para supuestamente adaptarlas a las nuevas épocas y generaciones, sacrificando el concepto tan venerable de cine de aventuras por un espectáculo impostado. La reinterpretación de mitos y de situaciones no siempre deviene en afortunada y la mayoría de las veces acaba con un resultado poco satisfactorio, cuando no desastroso. Es el caso de la enésima versión de Robin Hood. Si los promotores de la nueva entrega del ladrón que robaba a los ricos para dárselo a los pobres buscaban sorprender dándole un giro al relato sobre este popular forajido inglés, lo han conseguido, aunque en su aspecto más negativo. Para ser justos, es verdad que en el prólogo de la cinta se advierte de que no se nos quiere aburrir con fechas históricas, supongo que para alertarnos de lo que va a venir, y menos mal… El contexto cronológico importa poco, o mejor dicho, nada: el periodo medieval aquí descrito adquiere torpes y desafortunados tintes futuristas. Esta pretendida y fallida vuelta de tuerca afecta también a la trama: pobre, previsible y carente de emoción y originalidad. Al nuevo Robin Hood, interpretado por ese valor en alza llamado Taron Egerton -sí, el de Kingsman-, le quitan hasta su personalidad, convirtiéndole en una especie de El Zorro o, como comparación más acertada, en un Batman avant la lettre, si se me permite la expresión, tanto por su doble vida como por ocultarse el rostro. Diálogos pueriles y unas escenas de acción que no sorprenden jalonan este resucitado Robin de los Bosques, que dista mucho del más cercano en el tiempo, el de Ridley Scott (2010) -que sacó mejor brillo al sustrato social y político subyacente, lejos del artificial que se muestra en esta película-, e incluso del taquillero filme de Kevin Reynolds y Kevin Costner (1991) y a años luz del de Michael Curtiz-William Keighley y Errol Flynn (1938) y, por supuesto, del crepuscular Robin y Marian (1976). Sin embargo, lo peor está por venir: habrá continuación…

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Más oscuridad

El universo de J. K. Rowling ha mirado allende las aulas de Hogwarts para continuar con una visión más adulta esas historias de magos y brujas que tanto éxito, celebridad y buenos caudales granjearon a la escritora británica. Animales fantásticos y dónde encontrarlos quiso avanzar en su fascinante mundo -y seguir alimentando de paso la buchaca de su creadora- una vez finiquitada la historia del joven Potter. Como no podía ser de otra manera con este tipo de productos, el paso al cine era cuestión de tiempo y las andanzas del magizoólogo Newt Scamander (Eddie Redmayne en la gran pantalla) inspiraron la película del mismo título, con guion de la propia Rowling, en la que era su primera incursión en estas lides, para la que contó otra vez con el siempre cumplidor David Yates, director ampliamente bregado en la particular cosmovisión de la autora. Después de esta primera entrega de la nueva saga, cronológicamente situada a finales de los años 20 de la pasada centuria, filme que mostró mucho artificio, si bien no pasó más allá de un mero bestiario, en esta continuación, subtitulada Los crímenes de Grindelwald, con Yates repitiendo tras las cámaras, Rowling desarrolla más ampliamente toda la temática que subyace en su obra fantástica, fundamentada en la eterna lucha entre el bien y el mal, utilizando aquí como contundente sustrato el convulso periodo de entreguerras, caldo de cultivo de movimientos totalitarios, como el nazismo, y que refleja bien a las claras en el arribista mago Grindelwald -en la piel de nuevo del siempre camaleónico Johnny Depp– y su encendida defensa de la sangre pura. Y es por este camino, con tintes más oscuros, eso sí, donde la película funciona mejor que la anterior, preparando, además, el terreno para las futuras secuelas con el anunciado enfrentamiento entre el mentado señor tenebroso y el profesor de Hogwarts Albus Dumbledore (Jude Law). Vamos, que habrá saga made in Rowling para rato.

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