Fran Domínguez - Sé lo que viste

Liberadora senectud

El incombustible Clint Eastwood dirige y protagoniza 'Mula'. WARNER BROS.

El incombustible Clint Eastwood dirige y protagoniza ‘Mula’. WARNER BROS.

Da igual el resultado final del filme, que un tipo como Clint Eastwood siga haciendo pelis a su edad, 89 años, ya es todo un triunfo, y si, además, conserva intacta esa pericia de un artesano que conoce muy bien su oficio, heredada de ilustres mentores como Sergio Leone y Don Siegel, y que ha alcanzado la sublimidad cinematográfica en no pocas ocasiones, pues qué decir entonces. Antes de entrar en faena, y por proximidad en el tiempo, resulta prácticamente imposible para los asiduos a la cartelera comparar Mula, la nueva cinta dirigida y protagonizada por el exalcalde de Carmel, con The old man and the gun, de su ilustre colega de generación Robert Redford. Ambos interpretan a dos caraduras entrañables en el otoño de su vida, que siempre hicieron lo que les venía en gana, si bien, a diferencia del personaje interpretado por Redford, un inadaptado y crepuscular atracador de bancos, obsesionado hasta el paroxismo con ellos, el de Eastwood, Earl Stone, recurre, acuciado por las deudas, tras una vida alegre y despreocupada que lo ha llevado a dejar de lado a su familia, al dinero fácil que supone trabajar de transportista para un narcotraficante. Inspirado en un artículo de The New York Times sobre la historia de un nonagenario amante de las flores que ejerce de mula, Eastwood despliega aquí todo su arsenal narrativo, sin alharacas estéticas ni virtuosismos técnicos, que nos recuerda al Gran Torino y a su Walt Kowalski -como Earl Stone, también veterano de la Guerra de Corea-. El director californiano reflexiona en Mula acerca de la redención y la capacidad de reconocer los errores como efecto liberador, algo que el pragmatismo de la senectud no rebaja ni un ápice, al menos en la piel de este Eastwood inspirador que le confiere su personal toque a una cinta que sería otra cosa sin su presencia.

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Marvel y su capitana

La actriz Brie Larson interpreta a la Capitana Marvel. / MARVEL

La actriz Brie Larson interpreta a la Capitana Marvel. / MARVEL

La decidida y firme apuesta por narrar las andanzas en solitario y sin aditivos de una heroína de la factoría Marvel ha llegado a la gran pantalla mucho más tarde que DC, su competidora en esto del mundo del cómic, y eso siempre resulta una desventaja, sobre todo tras el enorme éxito de público y crítica que obtuvo Wonder Woman. Así las cosas, y sin mayores rodeos, Capitana Marvel deviene en una entretenida -faltaría más que en este prolijo universo de evasión no lo fuera-, pero a su vez discreta película, con menos fuegos artificiales de lo que se esperaba para dar rienda suelta a las correrías de la tenaz Carol Danvers, a la sazón la mentada capitana, que lleva el rostro de una convincente Brie Larson, miembro de un escuadrón alienígena que viene a parar, allá por los años 90 del pasado siglo, por este planeta dejado de la mano de Dios, donde, precisamente, tiene sus raíces. A diferencia de Wonder Woman, referencia comparativa obligada por razones obvias, a Capitana Marvel le hurta protagonismo el segundo de a bordo en la cinta: un rejuvenecido (y sin parche pirático) Nick Furia, el posterior jefe de S.H.I.E.L.D. (la agencia de inteligencia y espionaje de todo el entramado Marvel), interpretado de nuevo por Samuel L. Jackson. Aunque la película incide muy saludablemente en el empoderamiento femenino y en otros valores, como la perseverancia y el no rendirse ante las adversidades, la vivaz presencia de un personaje del calibre de Furia desvía un tanto la atención, más que nada porque el filme ofrece información y pingües claves sobre sus comienzos en esto de reclutar vengadores… En cualquier caso, Capitana Marvel ha venido para quedarse. El potencial lo tiene.

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Una cuestión de sentido

Felicity Jones es la jurista Ruth Bader Ginsburg en 'Una cuestión de género'. / FOCUS FEATURES

Felicity Jones interpreta a la reconocida jurista estadounidense Ruth Bader Ginsburg en el filme ‘Una cuestión de género’. / FOCUS FEATURES

En estos días pasados de reivindicaciones al socaire del 8-M, se encuentra en cartelera la muy oportuna y apropiada Una cuestión de género, biopic sobre la eminente jurista Ruth Bader Ginsburg, la segunda mujer que consiguió ser miembro de la Corte Suprema de los Estados Unidos (vamos, para entendernos, el Tribunal Supremo) y que protagoniza también el biográfico documental RBG (que toma el nombre de las iniciales de la susodicha, todo un referente en Estados Unidos, y más ahora en la era Trump), que obtuvo dos nominaciones en los recientes Óscar. Una cuestión de género aborda los inicios profesionales de esta incansable defensora de los derechos de las mujeres y de la plena igualdad entre sexos, desde su época como estudiante en la prestigiosa Universidad de Harvard hasta sus primeros éxitos como letrada. Mimi Leder, directora de una cinta que lleva la rúbrica de Daniel Stiepleman en el guion, tiene la habilidad, tras mostrarnos en el arranque el constante y finalista empuje estudiantil de la protagonista, de centrar la película en uno de los primeros casos de Ginsburg sobre discriminación, que deriva en una emocionante trama judicial, muy en la línea del mejor cine norteamericano del subgénero de toga y mazo, aunque aquí en clave de derechos sociales. El filme descansa, además, en las buenas maneras interpretativas de la siempre solvente Felicity Jones, en la piel de Ginsburg. Una cuestión de género resulta una muy recomendable película por la historia que cuenta y por su didactismo, especialmente para que tome nota algún que otro dinosaurio que sigue aún campando por ahí a sus anchas.

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Dos en la carretera

Viggo Mortensen y Mahershala Ali son los protagonistas de la oscarizada 'Green Book'. UNIVERSAL PICTURES

Viggo Mortensen y Mahershala Ali son los protagonistas de la oscarizada ‘Green Book’, de Peter Farrelly. UNIVERSAL PICTURES

Y mira tú por dónde, Green Book se llevó finalmente el gato al agua en la categoría mejor película en los pasados Óscar, en detrimento de la gran favorita, Roma, del mexicano Alfonso Cuarón. La película, dirigida por Peter Farrelly, otrora adalid de la comedia más gamberra y escatológica junto a su hermano Bobby (recordemos Algo pasa con Mary; Yo, yo mismo e Irene o Dos tontos muy tontos), deviene en un producto artesanal y sencillo, sin grandes alharacas, pero bien estructurado que, no obstante, ha logrado alzarse con el premio Gordo de la Academia de Hollywood. Green Book, que hace referencia al libro de color verde que servía de guía para alojamientos y otros servicios de ocio y restauración para la comunidad afroamericana, narra las vicisitudes sufridas, durante una gira por los estados del sur estadounidense, por el pianista negro Don Shirley, en la piel de Mahershala Ali, y por Tony Lip Vallelonga, su ocasional y bizarro chófer italoamericano, interpretado por Viggo Mortensen. Se trata de una muy particular road movie que transita más por la carretera del ensalzamiento de la amistad a prueba de prejuicios que por las procelosas vías de pronunciadas curvas del racismo imperante en la época, la Norteamérica de principios de la década de los 60 de la pasada centuria, aunque lógicamente este sirve de trasfondo de la historia. Farrelly, que firma el libreto de este complaciente y correcto filme junto a Brian Hayes Currie y Nick Vallelonga (hijo del mentado Tony Lip), ha tenido la habilidad de articular, con estereotipos antagónicos que confluyen  -algo mil veces visto ya en el cine-, un filme con vivaz candencia y brillantes diálogos, cimentado en las dos sólidas y meritorias actuaciones del siempre versátil Viggo Mortensen y del sobrio Mahershala Ali -¿acaso el nuevo Denzel Washington?-, quien ganó la preciada estatuilla por este papel.

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La balada de Robert Redford

Robert Redford interpreta al octogenario atracador en 'The old man and the gun'. / FOX

El mítico actor californiano Robert Redford interpreta al octogenario atracador Forrest Tucker en ‘The old man and the gun’. / FOX

Nada mejor que una despedida por todo lo alto cuando de cine se trata. No sabemos si Robert Redford, que ha transitado por la gran pantalla durante seis décadas, pondrá punto final a su extensa y prolífica carrera cinematográfica o seguirá los pasos de ese incombustible coetáneo suyo, aunque seis años mayor que él, llamado Clint Eastwood, quien enfilando los 90 aún le sobra gasolina -en marzo se estrena en España su última película, La mula-. Si realmente cumple con lo dicho y publicitado, el actor y director californiano se despide a la postre con un más que notable epílogo: The old man and the gun (en la lengua de Cervantes y Quevedo, Un viejo con una pistola). Esta sencilla historia sobre un crepuscular atracador al que nada le gusta más que desplumar bancos y fugarse de prisión, basada en las andanzas reales de Forrest Tucker, deviene también en un claro guiño, en forma de metáfora, a la trayectoria de Redford. Si a uno, a Tucker, le pirraba -porque ya falleció- esto de robar casi compulsivamente a entidades financieras, eso sí, con clase y pulcra educación, al otro, Redford, con no menos clase, faltaría más, le encanta ponerse delante y detrás de la cámara, en una clara declaración de principios: los del amor a su oficio de cineasta. Con tono pausado y aire melancólico, no exento de humor e incluso fina ironía, el filme, dirigido por David Lowery Peter y el dragón (2016), Una historia de fantasmas (2017)- despliega un encantador halo otoñal, con un reposado e inconmensurable Redford y una soberbia partenaire, Sissy Spacek. The old man and the gun rezuma nostalgia por doquier y resulta un excelente broche de oro para un tipo que ha protagonizado o dirigido cintas de la categoría de Dos hombres y un destino, El golpe, El gran Gatsby, Todos los hombres del presidente, Gente corriente, Memorias de África, Quiz Show. El dilema… Ahí es nada.

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Duelo en la corte

Olivia Colman interprera a la reina Ana Estuardo en 'La favorita', la nueva película de Yorgos Lanthimos. / FOX

Olivia Colman interprera a la reina Ana Estuardo en ‘La favorita’, la nueva película de Yorgos Lanthimos. / FOX

La Historia es siempre un buen lugar para hurgar en sus vericuetos y hallar relatos sugerentes. El triste acontecer de la reina británica Ana Estuardo -que perdió más de una quincena de hijos- y las veleidades de dos de sus íntimas colaboradoras y consejeras, Sarah Churchill, marquesa de Marlborough -ascendiente de personajes como Winston Churchill y Lady Di-, y su prima Abigail Masham, sirve de excepcional marco, con las consabidas licencias del libreto firmado por Deborah Davis y Tony McNamara, al sui géneris director griego Yorgos LanthimosCanino (2009), Langosta (2015)- para dar rienda suelta en La favorita a una vehemente reflexión sobre el poder y la nefanda atracción que ejerce; aquí, además, desde el nunca bien ponderado -y poco reflejado- punto de vista femenino. Con una elaborada y estética puesta en escena, jalonada por una extraordinaria fotografía que retrata con sapiencia y pericia una época, principios del siglo XVIII, y un sistema de imágenes donde campa con frecuencia el ojo de pez y el gran angular, Lanthimos esboza un ácido y mordaz fresco, plasmado a través un triángulo amoroso en los que cada uno de sus lados ocupa su lugar sin apenas concesiones: Sarah (Rachel Weisz), para mantenerse a toda costa en su posición de medrar; Abigail (Emma Stone), con sus descaradas aspiraciones arribistas, y la achacosa reina Ana (Olivia Colman), necesitada de afecto y atenciones tras sus desgracias, pero que, a pesar de su naturaleza caprichosa y de su aparente indolencia y abulia, sabe de sobra que es el eje fundamental en el que pivota todo. Este juego alrededor del trono, trufado de diálogos lacerantes, llenos de irónicas réplicas y contrarréplicas, se sustenta en las excelentes y cruzadas interpretaciones del trío protagonista, en el que destaca sobremanera la notabilísima actuación de la inglesa Olivia Colman, ganadora del Globo de Oro y nominada a mejor actriz en los próximos Óscar por esta cinta, al igual que sus dos compañeras, aunque en la categoría de reparto. La favorita es un filme con una potente fuerza visual y narrativa que transita en paralelo y con éxito por el humor negro y la descarnada tragedia.

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Los Feroz más periféricos y multitudinarios

Foto de familia de todos los galardonados en la sexta edición de los Premios Feroz. / AICE

Foto de familia de todos los galardonados en la sexta edición de los Premios Feroz, cuya ceremonia se celebró el pasado día 19 en Bilbao. / AICE

La apuesta de salir de Madrid tenía sus incertidumbres: la logística, el gasto de parné propio o por la vía de patrocinadores, la predisposición para la asistencia del artisteo…, pero al final la cosa salió bien, que es lo importante en estos casos. Consolidados ya en el panorama nacional de galardones cinematográficos, los Premios Feroz, que concede la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE), organizó el pasado día 19 en Bilbao la gala de su sexta edición, que tenía como principales novedades precisamente su celebración, por primera vez, fuera de Madrid y la asistencia de público ajeno a los críticos de cine, actores, cineastas y demás invitados, los habituales en este encuentro anual. Ambas cosas supusieron un éxito. De hecho, acudieron a la cita en el Bilbao Arena más de 3.000 personas, que pudieron asistir en vivo y en directo a la coronación de El reino, de Rodrigo Sorogoyen -flamante nominado a los Óscar por su corto Madre, noticia que se conoció esta misma semana-, que obtuvo para su buchaca cinco premios, y de las series Fariña y Arde Madrid. Por primera vez también, la velada de los Feroz se emitió en abierto a través de la plataforma YouTube. Es decir, que la sexta convocatoria de estos Globos de Oro patrios -así se les conoce en el mundillo- fue pródiga en novedades

Como es habitual y marca de la casa en esta particular ceremonia -y que siga así por muchos años-, los dardos y puyas al sector y a la propia canallesca especializada, promotora del cotarro, fueron constantes y sonantes. La conductora, a la sazón la actriz Ingrid García-Jonsson, y algunos de los presentadores-entregadores de premios, guion en ristre, claro, repartieron a diestro y siniestro. La intérprete con ascendencia nórdica no desentonó en su cometido, teniendo en cuenta sus ilustres antecesores en el cargo, caso de Julián López, Antonio de la Torre o Silvia Abril, por citar solo unos cuantos. Solo en el preámbulo, lanzó flechas por todos los lados, empezando por la propia ciudad anfitriona. “En Euskadi se han grabado grandes películas recientemente. Dramas históricos como Handia o comedias como 8 apellidos vascos y la última de Medem… Además, en Bilbao está el festival que se hace en la playa que tenéis en las afueras: San Sebastián”, remachó García-Jonsson, quien también tuvo un zasca para una de las protagonistas del año pasado, la actriz y directora Leticia Dolera, que en la gala de la edición anterior hizo un vehemente alegato feminista. “Cumplo el requisito más importante para que una actriz pueda trabajar: no estoy embarazada. Leti, luego te enseño el predictor por si quieres hacerme un casting. Veo que ya he ofendido a alguien. Os propongo una cosa: cada vez que algo os ofenda, chupito. Leti, tú hoy por si acaso mejor bebe agua. No porque estés embarazada, claro”, espetó la presentadora. Tampoco se salvaron de la estopa otros ilustres: “No están nominados nuestros dos directores que mejor saben hacer películas con dinosaurios: Bayona y Almodóvar”; ni cintas como Superlópez: “Un trabajador que llega a su puesto de trabajo y regresa a casa a la velocidad de la luz. Como Màxim Huerta. Está claro que es ciencia ficción, la peli transcurre en Barcelona y no sale nadie discutiendo de política”.

En esta antesala de los Goya que son los Feroz, El reino fue el gran ganador, seguido de cerca por Quién te cantará, del director Carlos Vermut, aunque con premios más menores, salvo el de Eva Llorach, en la categoría de mejor actriz protagonista de drama. En comedia, el galardón estaba cantado, fue para Campeones, la cinta inclusiva de Javier Fesser.
En el apartado de series, triunfaron las novatas, que llegaron en 2018 a las parrillas televisivas: Fariña, de Antena 3, en drama, y Arde Madrid, de Movistar Plus, en comedia. Narcotráfico a mansalva y los madriles en blanco y negro en los que reinaban Ava Gardner y las fiestas en Chicote, para resumir el asunto. La troupe de Paco León, con Inma Cuesta y Anna Castillo -otra de las triunfadoras de la noche, en la que hizo doblete, siempre como secundaria, con esta serie y con la película Viaje al cuarto de una madre– irrumpió en el escenario como un elefante en una cacharrería tras conocer que habían ganado en su categoría.

El apartado más emotivo de la ceremonia de entrega correspondió al maestro José Luis Cuerda, aún en activo como demuestra su película en cartelera, Tiempo después. El director de Amanece que no es poco recibió de manos de Alejandro Amenábar el Feroz de Honor en medio de una cerrada ovación y con el público puesto en pie. Por cierto, ni el propio Cuerda se salvó de las bromas propagadas por García-Jonsson . “La peli (en referencia a Tiempo después) nos ha servido para saber que en el año 9991 en España sigue habiendo siete hombres protagonistas por cada mujer”.

Una referencia reivindicativa en cualquier caso que también estuvo en el suelto discurso de la periodista María Guerra, presidenta de la AICE, que brindó por nuestro cine. En definitiva, los Feroz conquistaron Bilbao como años anteriores lo hicieron con Madrid, esparciendo grandes dosis de cinefilia y buen humor, ácido y corrosivo, pero buen humor. Y eso siempre está bien.

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Hacedores de la gran mentira

Un irreconocible Christian Bale interpreta al que Dicke Cheney en 'El vicio del poder'. / EP

Un irreconocible Christian Bale interpreta al que Dicke Cheney en el filme ‘El vicio del poder’, escrito y dirigido por Adam McKay / EP

El narrador omnisciente (voz en off ) de ViceEl vicio del poder, el título en español de la película de Adam McKay (La gran apuesta, 2016)- ya menta de entrada y sin evasivas a la propia madre del cordero: es decir, obviando la literalidad y yendo a la conclusión, algo así como que en la sociedad tan alienada en la que vivimos no nos damos cuenta de cuánto y cómo nos manipulan, y luego pasa lo que pasa. Esta reflexión, aparentemente simple en las formas pero taxativa en el fondo, sirve de pequeño tirón de orejas al respetable antes de entrar en candela y rememorar en un ágil y fresco filme una época ominosa en la historia de Estados Unidos, y por afectación, del resto del imperio, a través del ascenso furibundo de un gris burócrata que llegó a convertirse en vicepresidente del país más poderoso del mundo. Narrado con suma agilidad, este vitriólico biopic de Dick Cheney, a ratos satírico y siempre ácido, con guiños documentaloides que recuerdan de pasada al mejor Michael Moore, aunque también, por la sordidez de lo que cuenta, a House of Cards, la premiada serie televisiva (en su reverso cómico, claro), desenmascara con cínica crudeza y fino humor el arribismo sin escrúpulos imperante en las entrañas de Washington. McKay, curtido como guionista en Saturday Night Live, nos presenta a Cheney como un avezado pescador, siempre con la caña a punto, dispuesto a cobrarse su pieza. Vice traza el itinerario vital y político del orondo Cheney, desde sus poco edificantes inicios universitarios y su entrada en la Administración Nixon, de la mano de su mentor, Donald Rumsfeld (en la película, Steve Carell), pasando luego por los también presidentes republicanos Gerald Ford, Ronald Reagan y George Bush padre, hasta llegar a George W. Bush (un genial Sam Rockwell), culmen de su carrera y momento de la gran mentira, la de las supuestas armas de destrucción masiva de Sadam Husein, que costó una guerra y miles de muertos, además de pingües beneficios a determinadas empresas. Qué decir de Christian Bale, flamante ganador del Globo de Oro a mejor actor precisamente por su interpretación de Cheney, que borda, con la inestimable ayuda del maquillaje, a ese personaje inmenso, que no hace ruido pero cuya presencia resulta atronadora, tanto que da escalofríos.

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Desmontes Sorrentino

Fotograma de 'Silvio (y los otros)', de Paolo Sorrentino.

Toni Servillo protagoniza ‘Silvio (y los otros)’, una película de Paolo Sorrentino,

Nada mejor que usar la caricatura, recurrir a lo grotesco o a lo frívolo e hiperbólico para desmontar algo o a alguien. Paolo Sorrentino lo ha hecho con fina crueldad en Silvio (y los otros), lanzando hirientes andanadas, no exentas de cargas de fascinación, para deconstruir una época recientísima de la historia transalpina y al personaje que mejor la representó y que responde al sobrenombre de Il Cavaliere. El director italiano, tal vez el mejor heredero de Fellini, o al menos de su esencia, se acerca a la controvertida figura de Berlusconi en un filme que es en realidad el resultado del montaje final, con sus consiguientes recortes, de otros dos, un ensamble que se nota en su estructura global, lo que queda, sin embargo, en un segundo término ante el lacerante, ácido y decadente fresco que nos ofrece. Sorrentino entra a saco desde el primer instante. Una oveja absorta ante el televisor, clara metáfora del borreguismo de una sociedad inmóvil y adocenada que no es capaz de reaccionar, nos introduce en la cinta, en una primera parte en la que se suceden, casi a golpe de videoclip desaforado, los ímprobos esfuerzos de un arribista de provincias sin escrúpulos llamado Sergio Morra (Riccardo Scamarcio) por prosperar a toda costa mediante fiestas desenfrenadas para atraer a políticos y empresarios y, por encima de todo, para llamar la atención de Él (Él, es, obviamente, Berlusconi), que pulula como el Dios al que no se ve pero que está omnipresente. Y ahí, en este segundo tramo de metraje, es cuando emerge el personaje central sobre el cual gira el universo. Il Cavaliere visto por los ojos de Sorrentino, quien alimenta y deifica su figura para ridiculizarlo poco a poco. Un Silvio relativista y cínico, encarnado por un más que genial Toni Servillo, que pone buena cara a los que le critican y que permanece impasible tanto a sus lisonjeros como a sus detractores-ni se inmuta cuando una joven invitada a sus exclusivas fiestas le dice que su aliento es como el de su abuelo-. Este adelantado de la posverdad, mesías del todo es posible, al que Sorrentino incluso amaga con redimir -en realidad, una mera y breve engañifa-, generando empatía a través de la reflexión sobre el paso del tiempo -otra de las constantes del realizador italiano: La gran belleza y La juventud, como prueba-, pero no cuela… Su mofa y befa no tiene tregua.

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El tridente funciona

El actor hawaiano Jason Momoa es Aquaman, el rey de Atlantis. / WARNER BROS.

El actor hawaiano Jason Momoa es Aquaman, rey de Atlantis. / WARNER BROS.

Seguro que Platón nunca habría imaginado que su Atlántida tuviera tanto rédito. La mítica isla-continente, desaparecida bajo las fauces marinas durante un feroz cataclismo, siempre según el célebre pensador heleno, era una poderosa nación miles de años antes de que florecieran las ciudades-estado griegas y su caleidoscópica leyenda ha alimentado todo tipo de historias de cualquier género y filiación, algo a lo que, por supuesto, el mundo del cómic no podía ser ajeno, en este caso en la figura de Aquaman, rey de Atlantis, de la factoría DC, creado en la década de los 40 de la pasada centuria por el dibujante Paul Norris y el escritor Mort Weisinger. El personaje, en sus orígenes un rubiales y más bien seriote, ha trascendido a la gran pantalla en la piel morena de ese tipo greñudo e inmenso -que habla dothraki, no nos olvidemos- llamado Jason Momoa, quien ya había aparecido sucintamente en otros filmes con la marca DC, como Batman contra Superman o Liga de la Justicia, y que ahora ha adquirido rango protagónico con una cinta para explayarse el solito. Al igual que ocurrió con Wonder Woman, la franquicia ha encontrado fuera de sus dos superhéroes estrellas, Superman y Batman, el faro que alumbra el buen camino. Aquaman cumple en su misión de entretener a toda costa -si gusta o no a los fans más acérrimos de este señor con tridente, eso es harina de otro costal-, y encima durante dos horas y media sin que decaiga prácticamente el ritmo y exista el más mínimo atisbo de aburrimiento, lo cual es siempre de agradecer. James Wan -para situarnos, el director de la primera Saw– dota al producto de cierto aura de película de aventura clásica con un toque kitsch que le da su punto y en el que no faltan los guiños humorísticos; eso sí, con las inevitables dosis de mamporros y un muy conveniente mensaje ecologista -ay, esos plastiquitos malditos que echamos a nuestro mar-. En el debe, unos delirantes diálogos, el aparatoso batiburrillo bélico del epílogo y el escaso desarrollo de algunos personajes, empezando por el hermano malo, a la sazón Patrick Wilson, que no llega a convencer del todo. Por lo demás, y sin ponernos estupendos, una película muy apropiada para disfrutar en estos días de evasión, que de eso se trata.

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