Fran Domínguez - 2/23 - Sé lo que viste

Pulso al poder

Tom Hanks y Meryl Streep protagonizan 'Los papeles del Pentágono', de Steven Spielberg. / FOX

Los consagrados actores Tom Hanks y Meryl Streep protagonizan  ‘Los archivos del Pentágono’, el nuevo filme de Steven Spielberg. / FOX

El cine siempre ha fijado su mirada en el caleidoscópico mundo del periodismo, una veta siempre fructífera en cualquiera de sus vertientes, ya sea enfocada desde el thriller político, el suspense, el drama o la comedia (en este último género destaca sobremanera Primera plana (1974) la genial película de Billy Wilder, a su vez la tercera versión cinematográfica de la obra teatral The front page). En los últimos años han brillado con luz propia dos filmes sobre el extenso universo de la canallesca, ambos sobresalientes, La sombra del poder (2009), de Kevin Macdonald, que despliega un sabor nostálgico de la prensa escrita, y Spotlight (2015), de Thomas McCarthy, elegida mejor película en los Óscar de 2016, toda una radiografía del (buen) ejercicio periodístico. Los archivos del Pentágono, la última propuesta del incombustible Steven Spielberg, una sólida y equilibrada cinta, muestra el pulso que cada cierto tiempo, cuando las circunstancias, la predisposición y la valentía lo permiten, emprende el llamado cuarto poder contra el primero. Si Spotlight nos adentraba en las entrañas del concienzudo trabajo periodístico, en una implacable investigación llevada a cabo por el Boston Globe a principios de la presente centuria de casos de abusos sexuales a menores cometidos por sacerdotes católicos, Los archivos del Pentágono nos eleva a otro terreno cenagoso, las relaciones entre política y periodismo. Basada, en hechos reales, la nueva película del rey de Midas de Hollywood utiliza dos eficaces balas de oro, Meryl Streep y Tom Hanks, paladines morales de la Meca del Cine, para contar el esfuerzo de los dos principales periódicos de Estados Unidos, The New York Times y The Washington Post por publicar documentos secretos y comprometedores del Pentágono sobre la Guerra de Vietnam, allá por 1971, en plena Administración Nixon, en la antesala del postrero caso Watergate. Un producto consistente, que rezuma periodismo clásico, con redacciones trufadas de humo y papeles, y donde el tronar de la rotativa hace temblar las mesas de los periodistas, y que recuerda a Todos los hombres del presidente, no solo por el propio escenario, el Post, sino por la propia filosofía. Narración y ritmo impecables, con una genial interpretación -no descubrimos nada- de Streep, en la piel de la editora del Post, Katharine Graham, y de Hanks, como el célebre Ben Bradlee, el director del mentado diario, paradigma del compromiso periodístico. Spielberg, cuando juega, lo hace sobre seguro…

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Aullidos de cine

Foto de familia de los galardonados en la quinta edición de los Premios Feroz, que otorga la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE). / Feroz.es

Foto de los galardonados en la quinta edición de los Premios Feroz, que otorga la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE). / Feroz.es

Que los Premios Feroz son la versión patria de los Globos de Oro ya lo sabe hasta el tato; no solo porque lo entrega la canallesca especializada (en este caso, la Asociación de Informadores Cinematográficos de España, AICE), sino también por el formato y filosofía de sus galardones y, sobre todo, por su espíritu. Huelga decir que esta mímesis no resulta en nada peyorativa, porque lo mismo podemos decir de los Goya: una mera traslación a tierras hispanas de los Óscar (ya sabemos que no son lo mismo, por razones evidentes, y bla, bla, bla…), pero ahí está su extraordinaria audiencia.

Al grano. La gala que coronó la quinta edición de los Feroz y a la que asistió DIARIO DE AVISOS, celebrada el lunes por la noche en el madrileño pabellón Magariños (donde otrora jugaba el Estudiantes de baloncesto) y retransmitida en directo por Movistar+, ha venido a apuntalar unos premios que cada año van a más y cuya entrega se erige en una auténtica fiesta del cine (sí, ese es el apelativo con el que se suele referirse a los Goyas, pero estos no tienen el carácter lúdico y desenfadado de unir en imperfecta simbiosis a periodistas y al mundillo del celuloide).

La ceremonia, también siempre muy al estilo de los Globos de Oro, con las lógicas salvedades, rezuma ese mentado toque festivo, no exento -todo lo contrario- de sarcasmos, sátira y hasta sana mala baba, que este año sublimó de manera supina el conductor de la gala, el (genial) humorista, que disparó con dardos a diestro y siniestro. “Somos el secreto mejor guardado del cine español, bueno ese y el nombre de nuestros acosadores sexuales. Lo que pagaría por saber quién se está poniendo nervioso ahora mismo”, espetó, en plan Seth Meyers (otra vez la comparación con los Globos de Oro), para arrancar un encuentro que quiso reivindicar la aportación fundamental de las mujeres a la industria del cine español y criticar el acoso en el sector. De hecho, todos los premios de la noche fueron entregados por mujeres.

Pero ahí no acabó la perorata de López: “En España no puede haber un Harvey Weinstein porque él recibía en batín a las actrices y las invitaba a una copa antes de agredirlas. Aquí los productores no invitan a nada… Aquí algunos aún están comprando el batín”, enfatizó el humorista, quien no paró en toda la noche de tirar flechas envenenadas, empezando por la propia velada de los Feroz, de la que dijo: “No contentos con que esta gala no la vea nadie, este año han querido dar un paso más y este año solo han nominado a películas que no ha visto ni Dios. Todo ello votado por blogueros a los que no lee nadie. ¿Qué cojones hacemos aquí esta noche?”. Sin obviar pullas a los galardones: “Bienvenidos a la quinta edición de los Premios Feroz. La quinta, ya. Parece mentira. Hace cinco años estos premios no los conocía nadie. Y ahora tampoco”.

Por salvarse no se salvó ni el bueno del mítico autor y cantante de Y cómo es él (“En 2013 nacían estos premios para premiar un cine más moderno. Cinco años después está nominado José Luis Perales”, dijo), ni los productores (“Esta noche tenemos a 21 productores que juntos suman 78 películas y tres graduados escolares”), ni el cine español (“Ya van 13 años desde que Hollywood no nomina a una película española a los Óscar y todo por mandarles a Paz Vega”), ni Cataluña y el procés (“Tenemos al equipo de la estupenda Verano 1993, lo único aburrido que nos ha dado Cataluña últimamente” / “Hay una cosa que me preocupa, cuántas menos películas hacemos de la Guerra Civil más cerca estamos de que estalle otra”, entre otras perlas).

Los únicos que sortearon la metralla de acidez, por así decirlo, fueron Los Javis, Javier Calvo y Javier Ambrossi, ganadores del Feroz a la mejor película de comedia y a quienes Julián López vaciló, y a la saga le fueron casi todos los que subieron al escenario, con que después de la gala habría fiesta en su casa. Ellos protagonizaron uno de los momentos de la noche, con el emotivo discurso de Calvo: “Yo soy gay. Tengo un novio que me quiere, una familia que me apoya y estoy aquí cogiendo este premio. Entonces si alguien, algún niño, alguna niña o alguna persona me está mirando y tiene miedo, si siente que está perdido, si siente que no le van a querer, que sepa que le van a querer, que va a encontrar su sitio, que su familia le va a querer y que va a cumplir su sueño. Que yo y él [por Ambrossi] vamos a escribir historias para que tú te sientas inspirado”.

La ceremonia discurrió de manera ágil y amena, como mandan los cánones, con las lógicas emociones de los premiados (desde Adelfa Calvo hasta Natalie Poza) en un ambiente de compadreo bien entendido, con distinción y camadería, no exenta de algún que otro postureo. La resolución de los premios dio poco pábulo a las sorpresas y confirmaron lo que se barruntaba en las quinielas de las mesas, con Verano 1993, de Carla Simón, como gran triunfadora de la noche, con cuatro premios. En el apartado de series televisivas, le correspondió tal honor a Vergüenza, también con cuatro distinciones. El Feroz de Honor, entregado por Rossy de Palma, fue para esa tremenda actriz llamada Verónica Forqué. “Todavía no he hecho películas con mujeres, pero me gustaría hacer una antes de morirme”, remarcó.

Los Feroz siguen aullando, esperemos que por mucho tiempo (al menos tantas ediciones como los Globos de Oro), y que el buen humor -si es crítico, mejor- no falte nunca. Y que lo veamos…

LOS GALARDONADOS EN LOS PREMIOS FEROZ 2018

Mejor película dramática:
Verano 1993 (Estiu 1993)
Mejor película de comedia:
La llamada
Mejor dirección:
Carla Simón, por Verano 1993 (Estiu 1993)
Premio L’Oréal Professionnel a la mejor actriz protagonista de una película:
Natalie Poza, por No sé decir adiós
Mejor actor protagonista de una película:
Javier Gutiérrez, por El autor
Mejor actriz de reparto de una película:
Adelfa Calvo, por El autor
Mejor actor de reparto de una película:
David Verdaguer, por Verano 1993
(Estiu 1993)
Mejor guion:
Carla Simón, por Verano 1993 (Estiu 1993)
Mejor música original:
Pascal Gaigne, por Handia
Mejor tráiler:
Alberto Gutiérrez, por La llamada
Mejor cartel:
Iñaki Villuendas, por Handia
Mejor documental:
La chana
Premio Especial:
La vida y nada más

Mejor serie dramática:
La zona. Temporada 1
Mejor serie de comedia:
Vergüenza. Temporada 1
Mejor actriz protagonista de una serie:
Malena Alterio, por Vergüenza
Mejor actor protagonista de una serie:
Javier Gutiérrez, por Vergüenza
Mejor actriz de reparto de una serie:
Emma Suárez, por La zona
Mejor actor de reparto de una serie:
Miguel Rellán, por Vergüenza

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Sublimar el fracaso

Los hermanos Franco, Dave y James, protagonizan la comedia 'The disaster art'.

Los hermanos Franco, Dave y James, protagonizan la comedia ‘The disaster art’.

Hacer una buena película de la peor película del mundo. Esa fue la ardua tarea a la que se encomendó James Franco en The disaster artist, ganadora de la Concha de Oro en el pasado Festival de Cine de San Sebastián, que relata las peripecias de un peculiar outsider del séptimo arte llamado Tommy Wiseau para rodar The room (2003), considerada en los USA una cinta de culto y no precisamente por su estándares interpretativos y de calidad. Plasmar el desastre o reflejar cómo hacerlo rematadamente mal detrás y delante de las cámaras, de tal modo que parezca incluso el reverso de una genialidad, no es algo nuevo en el celuloide contemporáneo, ya lo testimonió con maestría Tim Burton con su entrañable Ed Wood (1994), película que toma el nombre del visionario director de los años 50, también objeto de culto de las hordas cinéfilas más underground por sus inclasificables productos de serie B (Glen o Glenda, La novia del monstruo, Plan 9 del espacio exterior); si bien Wood, a diferencia de Wiseau, declarado admirador confeso de James Dean, al menos recibió de viva voz un sabio consejo del director de directores, Orson Welles, quien supuestamente le dijo: “Sobre todas la cosas, debes tener una en mente. Debes hacer realidad tus sueños, no vivir la vida de nadie”. Franco, flamante ganador días atrás del Globo de Oro al mejor actor de comedia por este filme -aunque ha saboreado poco las mieles del premio por las recientes acusaciones de acoso sexual formuladas por varias actrices-, apostó todo con un caballo ganador: la caracterización casi mimética del personaje de Wiseau y su pasotismo histriónico, que copa todo el metraje de esta sátira distorsionada del sueño americano -o tal vez una casposa visión del mismo-. Resulta divertido y sumamente hilarante ver la sucesión de intríngulis en la gestación y ejecución de semejante despropósito, y si Burton reivindica a la extravagante figura de Ed Wood, Franco sublima con The disaster artist el aparente fracaso de un filme pergeñado por un tipo que quería a toda costa, sin complejos y sin ningún rubor, ser cineasta… O algo parecido…

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Liliput existe, no lo pises

Escena de 'Una vida a lo grande', fillme dirigido por Alexander Payne. / PARAMOUNT PICTURE

Fotograma de la película norteamericana ‘Una vida a lo grande’, dirigida por Alexander Payne. / PARAMOUNT PICTURES

Como una aventura sin retorno a Liliput, ese recóndito lugar visitado en Los viajes de Gulliver, Una vida a lo grande nos traslada a un mundo capitidisminuido fruto de una tecnología creada por científicos noruegos que permite reducir a las personas de su tamaño natural a apenas 12 centímetros -vamos, transformándonos en una especie de madelmans-, todo con una finalidad ecologista y conservacionista: cuanto más bajitos seamos, menos consumimos y contaminamos, así que, ¿por qué no empequeñecernos? El director de esta sátira medioambiental con ribetes de crítica social y hasta de existencialismo, que habla de un mundo miniaturizado que convive con el que llamaríamos normal, no es otro que Alexander Payne, un excelso y preclaro contador de grandes historias sencillas, como ha demostrado de sobra con Entre copas (2004), Los descendientes (2011) y Nebraska (2013), que se ha metido en este fregado de gran presupuesto con un acabado francamente irregular. Huelga decir que el filme resulta poderoso desde el punto de vista visual y efectista, explotando de forma hábil y eficaz los recursos técnicos inherentes a fantasear con la posibilidad de empequeñecer, además de resaltar las evidentes contradicciones de un universo en miniatura que coexiste con otro que no lo es. Precisamente, es en esta faceta donde la película campa a sus anchas como un producto entretenido y trufado de humor, en el que auténticos parques temáticos a modo de microcosmos idílicos en los que viven los pequeños reproducen a escala los mismos problemas individuales y colectivos de sus mayores: soledad, desamor, desigualdad, injusticia social… Sin embargo, la cadencia de la cinta y su frescura, también su comicidad, decaen de forma progresiva hasta llegar a un anodino epílogo, cuando Payne va desestimando las grandes cuestiones que suelen preocupar a la humanidad para centrarse en las cuitas personales del protagonista de este cotarro, un ciudadano corriente de Omaha llamado Paul Safranek y que tiene el rostro de un Matt Damon que no ha roto ni un plato. Al fin y al cabo, el oscarizado director -en realidad, sus dos estatuillas han sido en calidad de guionista- también se ha limitado a aplicar en la filosofía de su cinta el reduccionismo del que habla: de más a menos.

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Una galaxia no muy lejana

Veteranas y nuevas generaciones se dan la mano en 'El último Jedi', el capítulo VIII de 'Star Wars'. / Disney España

Dos generaciones se dan cita en ‘Los últimos Jedi’, el capítulo VIII de la mítica saga de ‘Star Wars’, que recobra nuevos bríos. / Disney España

Era difícil la resurrección de una de las sagas más míticas del cine, Star Wars -mejor La guerra de las galaxias, para los que ya peinamos canas-, especialmente después de las desafortunadas y cuasi infantiloides precuelas de George Lucas, episodios I, II y III. El elegido para tamaña empresa, J. J. Abrams, tal vez el cineasta actual más indicado para ello -por generación que mamó el fenómeno y por sus demostradas capacidades tras las cámaras-, cumplió de sobra con su cometido en El despertar de la fuerza, al hilar una película llena de nostalgia y de complicidades con la serie primigenia, la de finales de los años 70 y principios de los 80. Los últimos Jedi -no nos olvidemos aquí de la excelente Rogue One (2016) en su papel de filme bisagra- ha confirmado esta revitalización de Star Wars de la mano ahora de Rian Johnson (Looper, 2012), que sustituye de forma brillante a Abrams en estas lides siderales. La película no solo mira a su pasado, como no podía ser de otra manera, sino que deja expedito el camino a los nuevos personajes (Rey, Kylo Ren, Finn, Poe Dameron…) para que tomen distancia con lo anterior. El mero hecho de ver a Mark Hamill-Luke Skywalker de nuevo en la pantalla empuñando una espada láser y a Carrie Fisher-Princesa Leia Organa por última vez supone ya un aliciente para visionar Los últimos Jedi, una cinta que, aparte de la obligada magnificencia visual y técnica que requiere un producto de estas características -y que consigue Johnson-, siempre sustentado en los poderosos acordes de John Williams, cuenta con giros constantes y sorpresivos en su trama, con toques hasta de revolución social en su eterno discurso maniqueo, aunque en su debe habría que recriminarle la excesiva duración del metraje, notas de humor -incluso autoparódico- que no convencen del todo y alguna que otra puerilidad en el guion, pero son en el fondo pequeñas muescas que en nada ensombrecen el resultado global. La fuerza sigue siendo aún poderosa, por eso no nos cuesta mucho dejar pasar cualquier desliz sobre esta galaxia no tan lejana para nosotros.

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El reverso oscuro de la Arcadia

Matt Damon y  Julianne More protagonizan 'Suburbicon', filme dirigido por George Clooney. /www.suburbiconmovie.com

Matt Damon y Julianne More protagonizan ‘Suburbicon’, filme dirigido por George Clooney. / www.suburbiconmovie.com

George Clooney se ha convertido en un más que notable director, como pudimos comprobar bien a las claras en la excelente Buenas noches,y buena suerte (2005). En su sexta película tras las cámaras, con libreto de sus queridísimos y admirados hermanos Coen -ahí es nada-, además de él mismo y de Grant Heslov, Clooney se atreve con eso de escrutar la psique colectiva de su país con Suburbicon . Como ocurriera en un filme de reciente factura, Detroit, de Kathryn Bigelow, aunque con otros registros, la mejor manera de explicar ciertas cosas que ocurren en la actualidad, ya saben la incipiente era Trump, la de la impostada posverdad y la del rebrote de determinadas actitudes racistas, es echando una mirada atrás, en este caso desde la óptica de la comedia negra, como no podía ser de otra manera estando los Coen de por medio. Suburbicon es el nombre de una especie de Arcadia americana, una coqueta localidad de finales de los años 50 con casas unifamiliares en las que ondean las banderas de las barras y estrellas y donde los niños de próspera clase media juegan al béisbol. Un trasunto de sociedad idílica en la que a poco que escarbes ves la mierda saltar por doquier, desde el racismo del que repite hasta la saciedad no ser racista hasta una muestra de ejemplares humanos que reverberan las pulsiones más bajas. Ambas cuestiones se manifiestan en dos casas contiguas, bajo las siempre incisiva mirada de dos niños que observan lo que ocurre a su alrededor. La cinta destila el humor ácido y corrosivo propio de los Coen y cuando juega al thriller tiene evidentes toques hitchcockianos, todo envuelto en una precisa factura visual, completada por la soberbia interpretación de Matt Damon y de Julianne Moore, en su doble papel de hermanas gemelas. Tal vez no sea la mejor película filmada por Clooney -esa ya la mentamos al principio del artículo, a la que habría que agregar Los idus de marzo (2011)-, pero pasa de nuevo la prueba con gran solvencia.

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Clasicismo y ‘glamour’

Kenneth Branagh encarna al detective belga Hércules Poirot en 'Asesinato en el Orient Express', que él mismo dirige . / FOX

El británico Kenneth Branagh encarna al detective belga Hércules Poirot en ‘Asesinato en el Orient Express’. / FOX

 

Resulta siempre alentador encontrarse en la gran pantalla con notables muestras de la literatura clásica de suspense, como es el caso de Asesinato en el Orient Express, una de las novelas más celebradas de Agatha Christie, que cobró vida con gran acierto en el séptimo arte de la mano de Sidney Lumet, en 1974 (hay, además, otra versión para la televisión realizada en 2001 y un capítulo de una serie de 2010). Instalados ya en el permanente revisionismo cinematográfico que nos viene del otro lado del charco, la persona más adecuada para filmar de nuevo tal obra no era otra que Kenneth Branagh, actor y director británico y, si se me permite la licencia, el cineasta actual más literario, no solo por sus conocidas adaptaciones de Shakespeare, también por las de cuentos, como La Cenicienta, e incluso incursiones en la cultura popular urbana, como la traslación al cine del cómic de Marvel sobre el dios vikingo Thor. Un poliédrico Branagh ha contado para ello con un notable elenco de actores, si bien sin llegar al excelso nivel de la cinta de Lumet (dispuso de una alineación de primera: Albert Finney, Lauren Bacall, Ingrid Bergman, John Gielgud, Sean Connery, Anthony Perkins, Jacqueline Bisset, Vanessa Redgrave y Richard Widmark, entre otros). Sin embargo, tener en el plantel a gente tan solvente y consolidada como Michelle Pfeiffer, Penélope Cruz, Willem Dafoe, Judi Dench, Johnny Depp, Josh Gad y Derek Jacobi, además del mismo Branagh, en el papel del inefable Hércules Poirot, tampoco es moco de pavo, lo que obviamente se ha notado en la calidad interpretativa. El realizador inglés dota de un ingrávido clasicismo a la cinta, con el glamour propio de la época de entreguerras y del singular escenario, un tren de lujo intercontinental, que acentúa con un amplio despliegue de recursos visuales y alguna concesión estilística vestida de homenaje (los sospechosos reunidos en la mesa a modo de la última cena). La puesta en escena inicial en la Jerusalén de los años 30, bajo mandato británico, sirve de sólido enganche al vagón de la película, a través de los eficaces quehaceres investigatorios del sabelotodo y bigotudo detective belga que, en la piel de Branagh, posee hasta tics obsesivo-compulsivos. El filme cumple el expediente, aunque quizás se eche en falta en el conjunto una pizca más de humor, algo que siempre viene bien.

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Heroína de libro

La actriz británica Emily Mortimer es la protagonista de 'La librería', dirigida por Isabel Coixet, sobre un relato de Penelope Fitzgerald / YOUTUBE

La actriz británica Emily Mortimer es la protagonista de ‘La librería’, dirigida por Isabel Coixet / YOUTUBE

La sencillez es siempre el vehículo más adecuado para contar historias. Una premisa que capitanea el nuevo filme de Isabel Coixet, La librería, basada en la obra homónima de la escritora británica Penelope Fitzgerald. En una cartelera otoñal casi dominada por los superhéroes del cómic, aquí este rol, desde otra perspectiva más mundana y terrenal, lo asume una viuda tímida y amante de la lectura, Florence Green, bajo la piel de una grácil Emily Mortimer, que quiere montar una librería en una pequeña localidad de la costa inglesa, deseo que se topa con la sutil pero férrea oposición de una taimada dama de la oligarquía local, Violet Gamart (Patricia Clarkson), si bien cuenta en su noble empeño con el inestimable auxilio de dos fieles aliados: su jovencísima ayudante, una despierta niña del lugar, y un viejo misántropo a la par que bibliófilo empedernido, el señor Brundish, que encarna un soberbio Bill Nighy. La directora catalana –La vida secreta de las palabras (2005), Nadie quiere la noche (2015)- ha puesto todo el cariño del mundo en llevar a la gran pantalla este relato situado a finales de los años 50, y el resultado se nota en su ejecución, con una poética puesta en escena, además del excelente trabajo interpretativo de los actores. Sobra decir que el amor a los libros y el placer de leer son el leitmotiv de esta conmovedora narración. La protagonista defiende a capa y espada mantener su librería, acaso metáfora de la lucha de los pequeños negocios ante la pujanza de las grandes superficies comerciales, lo que viene al pego en estos tiempos que corren. La constante referencia a dos novelas que marcaron época enfatizan la determinación por conseguir un sueño que se fundamenta en sólidos principios: Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, muy apropiada para subrayar el papel del libro como baluarte de la cultura y trasunto de libertad, y Lolita, de Vladímir Nabokov, que escandalizó en su momento al personal, lo mismo que Florence Green en su anquilosado pueblo por oponerse a los convencionalismos y a la papanatería social. La librería es una delicia para degustar con tranquilidad, y si es con té, leche y unas pastas, mucho mejor.

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Codicia en la selva

José Coronado, Bárbara Lennie, Raúl Arévalo y Óscar Jaenada, los protagonistas del filme 'Oro', de Agustín Díaz Yanes / ATRESMEDIA

José Coronado, Bárbara Lennie, Raúl Arévalo y Óscar Jaenada, los protagonistas del filme ‘Oro’, de Agustín Díaz Yanes / ATRESMEDIA

Como sabemos, la historia patria es amplia y pródiga; sin embargo, el cine contemporáneo no suele pastorear mucho por ese prado -a excepción del período de la Guerra Civil-, entre otras cuestiones, porque los presupuestos se disparan cuando se recrean tiempos pretéritos, aunque en los últimos años parece que hay un cambio de tendencia: ahí está el remake de Los últimos de Filipinas (2016). El descubrimiento y colonización de las Indias, a pesar de la relevancia de los hechos, tampoco ha sido muy afortunado en estas lides. Obviando productos de olvidables épocas -la exaltadora Alba de América (1951), de Juan de Orduña, por ejemplo-, las aportaciones más reconocibles sobre este controvertido proceso histórico son la oficialista -por lo de las celebraciones del V Centenario- 1492: La Conquista del Paraíso, de Ridley Scott, y El Dorado (1988), de Carlos Saura, un ambicioso filme, el más caro de la cinematografía española hasta ese momento, que pasó por taquilla con más pena que gloria. Precisamente Oro, la segunda colaboración entre Agustín Díaz Yanes y Arturo Pérez-Reverte tras Alatriste (2006), es deudora de esta última cinta en cuanto a temática, y su estreno coincide con el pase de la meritoria serie Conquistadores: Adventum, en Movistar Plus, que narra los primeros 30 años de la presencia hispana en el Nuevo Continente. Oro, basada en un relato del citado escritor y académico, se inspira en expediciones como las de Núñez de Balboa y Lope de Aguirre en busca del mito de El Dorado. La cinta se ubica sin preámbulos en plena selva, donde un grupo de soldados de la piel de toro, de diverso origen y procedencia, camina presto hacia el legendario lugar inmerso en un paisaje hostil (Anaga figura entre las localizaciones) que impregna toda la trama, si bien no alcanza del todo la sensación de horror a lo ignoto -el paradigma en una película de este cariz está en la conmovedora escena de la inquietante Aguirre, la cólera de Dios (1972), del alemán Werner Herzog, en la que se abandona a su suerte a un caballo en la frondosa vegetación selvática-. Díaz Yanes refleja sin cortapisas la determinación de los conquistadores por conseguir a toda costa su objetivo y de paso lograr fama y gloria, para el que no dudan en dar rienda suelta a una violencia indiscriminada, especialmente hacia los indios. Traiciones, cuitas regionales (de aquellos polvos estos lodos) y la ambición como bandera por encima de fidelidades componen este muy recomendable fresco historicista, en el que destaca el alto nivel interpretativo de sus protagonistas, desde un cada vez más sorprendente Raúl Arévalo, pasando por Óscar Jaenada y José Coronado, para llegar a una siempre soberbia Bárbara Lennie.

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A tiro limpio

Dylan O’Brien es el protagonista de 'American Assassins' . / LIONSGATE

Dylan O’Brien, conocido por la saga ‘El corredor del laberinto’, es el protagonista del thriller de acción ‘American Assassin’ . / LIONSGATE

Películas de agentes secretos letales las hay de todos los colores, aunque buenas, posiblemente pocas. Dejando a un lado las de James Bond, que eso es harina de otro costal, en los últimos tiempos han aparecido meritorios productos, como la saga Bourne, que sobresale del resto, y, en menor medida, la de Jack Reacher, por citar a las más conocidas. American Assassin podría encuadrarse en esta tipología, aunque sin la consistencia ni las hechuras de las mentadas. La cinta, basada en las novelas del estadounidense Vince Flynn, protagonizadas por el agente Mitch Rapp, funciona muy bien como filme de acción a raudales, pero no en su intención de thriller de corte político, donde falla estrepitosamente. Una bipolaridad que deviene en necesaria en este tipo de subgéneros para darle equilibrio estructural a la trama. En lo primero resulta una cinta trepidante, con un ritmo frenético y escenas a mayor gloria del espectáculo visual. Sin embargo, es en lo segundo, en el argumento, donde cojea y en la que esputa todo su patrioterismo yankee más rancio -vamos, lo que manda ahora en la era Trump-, centrado en la figura de Rapp, que interpreta Dylan O’Brien -los espectadores menos talluditos lo recordarán por ser el líder posadolescente de la serie cinematográfica de El corredor del laberinto-, una especie de lobo solitario a la inversa que es captado por la CIA tras intentar tomarse la venganza por su cuenta y riesgo -terroristas yihadistas asesinaron a su novia durante unas vacaciones en Ibiza, o al menos una supuesta Ibiza…-, y que tiene que desempeñar un papel primordial en una intriga que luego se desmadra, con un antiguo espía estadounidense rebelde, conspiradores del Gobierno iraní y una bomba nuclear de por medio. American Assassin, dirigida y producida por Michael Cuesta -que ha realizado algunos capítulos de Homeland-, y que tiene en nómina a un actor tan solvente como Michael Keaton, no da tregua a los grises, es decididamente maniquea y aboga por que todo se resuelve a trompazo y tiro limpio, lo que desde el punto de vista palomitero y evasivo entretiene lo suyo.

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