Canarias

Reiniciando a Jack Ryan

Lo tenía francamente difícil el chico con tanto antecesor ilustre en el personaje: sustituir a Alec Baldwin, Harrison Ford y Ben Affleck -sobre todo al segundo- en la piel de Jack Ryan no era moco de pavo. No es que el párvulo en estas lides Chris Pine (va por el camino de “resucitar” a la gente: ya hizo lo propio con el capitán Kirk en la renovada saga de Star Trek) sea un dechado de virtudes en la vuelta a la gran pantalla de ese aparentemente discreto agente de la CIA con doctorado y todo, en realidad se limita a cumplir de manera sobria con el papel, que ya es bastante, en un filme que tiene como principal misión reiniciar a este analista-espía, actualizarlo a los nuevos tiempos que corren y sentar las bases para futuras películas. Esta aventura iniciática cuenta la conversión -algo tuneada respecto a la saga literaria de Tom Clancy- de Ryan de marine a miembro del espionaje norteamericano, su trabajo tapadera en Wall Street y su primera operación, en Rusia, para desenmascarar a un poderoso financiero conchabado con las altas esferas del gobierno de ese país eslavo y que trata de hundir la economía norteamericana y de paso perpetrar un atentando en las mismas entrañas de la Gran Manzana. La cinta, que lleva por título Jack Ryan: Operación Sombra, posee todos los ingredientes del género del thriller de acción, pero no convence, al menos al que suscribe estas líneas, tal vez porque, a pesar de su intención, no aporta la frescura necesaria (más allá del impulso al personaje con el cambio de actor), con un libreto que presupuesta prácticamente todos los clichés de este tipo de filmes sin dar pábulo a la más mínima sorpresa (vamos, nada que no hayamos visto antes). Kenneth Branagh, que dirige el cotarro de manera eficaz, si bien poco brillante, interpreta también al villano -aunque lo prefiero más en su rol shakesperiano-, con un cada vez más crepuscular Kevin Costner y una cada vez más actriz Keira Knightley, que prefiere que su novio sea de la CIA a que tenga una amante -no sé yo con la que está cayendo-, completando así el elenco protagonista -lo mejor del filme- En cualquier caso, me sigo quedando con los Jack Ryan de La caza del Octubre Rojo y de Peligro Inminente. Nada que ver con esta.

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Disparando por el monte

Fotograma de 'El último superviviente', filme bélico dirigido por Peter Berf. / UNIVERSAL PICTURES

Fotograma de la película ‘El único superviviente’, filme del género bélico                                           dirigido por Peter Berg. / UNIVERSAL PICTURES

El cine bélico, que tantas estupendas películas ha proporcionado -aunque uno siempre prefiera el amor a la guerra-, especialmente en la década de los 50 y 60 del pasado siglo, con artesanos solventes como Samuel Fuller o Raoul Walsh, sin obviar a las posteriores Apocalypse Now y Platoon, ha parido en los últimos años destacados e interesantes títulos como la spielbergniana Salvar al soldado Ryan, la intimista La delgada línea roja, la ambivalente visión de Eastwood sobre un mismo conflicto con Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima, incluso Black Hawk derribado, de Ridley Scott, o Enemigo a las puertas, de Jean-Jacques Annaud -seguro que me dejo en el cajón del olvido alguna cinta más-. No es el caso este de El único superviviente, del realizador Peter Berg (Very Bad Things, Hancock, Battleship), la nueva y fresca aportación al género, que si tenía como misión revitalizarlo, pues se ha quedado en un mero, vano e infructuoso intento. Si la casa se empieza por el tejado -como, por ejemplo, poner el título antes de escribir una noticia, una saludable recomendación en el periodismo en papel-, el principal inconveniente aquí deviene en la propia nomenclatura del filme, toda una declaración de intenciones y de obvio anticipo, aunque también es cierto que los hechos reales que narra (la misión de los cuatro Navy SEALS -cuerpo de operaciones especiales del ejército norteamericano- que quieren acabar con un jefe talibán escondido en un inhóspito paraje montañoso afgano) están basados en el libro del mismo nombre –Lone Survivor, en el idioma de Shakespeare-, escrito por Marcus Luttrell, a la postre el suboficial que sale vivo por los pelos y que en la cinta está interpretado por Mark Wahlberg. Con semejante alarde de precognición, la película, al margen de ensalzar el valor de los Navy SEAL, los tipos duros que son, su compañerismo a prueba de bomba y demás parafernalia patriota, ofrece pocas cosas dignas de reseñar. Lo mejor: la tensión fílmica que se genera en torno al enfrentamiento entre el comando y la horda de fanáticos y barbudos talibanes, con volteretas a la limón por esos montes de Dios. Mucha cámara en mano para realzar el realismo de la historia y alguna escena digna del Rambo más en forma. Entretenida y gracias.

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El gran y largo despilfarro

Leonardo DiCaprio protagoniza 'El lobo de Wall Street'. / UNIVERSAL

Leonardo DiCaprio protagoniza ‘El lobo de Wall Street’. / UNIVERSAL

Ya lo decía hace casi 2.000 años el converso de Saulo de Tarso, tiempo después de caerse de su caballo camino de Damasco: “Radix omnium malorum avaritia”. En cristiano -nunca mejor dicho- es algo así como la avaricia es la raíz de todos los males. Pero hasta llegar ahí, qué bien se lo pasan los codiciosos… El lobo de Wall Street, la vuelta a la gran pantalla de ese otro gran mago de la dirección nacido en la Gran Manzana y que lleva por nombre Martin Scorsese, se resume en una sola pero reveladora palabra: exceso. Sí, exceso, exceso per ser, por la historia que narra -inspirada en el bróker Jordan Belfort, quien escribió dos libros sobre su tumultuosa experiencia vital al frente de la agencia bursátil Stratton Oakmont-, exceso incluso en la manera de reflejarlo en el celuloide, y exceso por lo que dura, tal vez el único talón de Aquiles de este desmesurado -en su acepción más positiva- filme. El auge y caída a los infiernos del corredor de bolsa Jordan Belfort deviene en un gran subidón de principio a fin, en el que Scorsese nos ha querido llevar en volandas, haciéndonos partícipes de esa adictiva -y escasa para la gran mayoría- droga llamada dinero, que todo lo puede. Sin embargo, ese frenético y obsesivo viaje a la búsqueda del maldito parné, aderezado con  drogas, sexo, caprichos, ostentación y divertimento sin límites, se antoja a la postre largo y en ocasiones repetitivo. El realizador neoyorquino se pasa tres pueblos de la estación de tren elegida, porque para lo que cuenta -y lo cuenta muy bien que conste, como casi siempre- no hacía falta consumir tres horas de metraje. El lobo de Wall Street no entra en moralinas de cajón. No hace falta. El capitalismo atroz que destila en primera persona y que regurgita a borbotones resulta suficientemente palmario, aunque en el epílogo, y a modo de guiño, se remarca ese poder magnético que ejerce el dinero a pesar de las marciales consecuencias que suele provocar su mal uso. Y todo de la mano de un actor plenamente consolidado: Leonardo DiCaprio, que trabaja por quinta vez con Scorsese, y quien hace casi entrañable a ese personaje amoral y desmedido que es Jordan Belfort, en una actuación magistral que huele a Óscar.

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Galeno viajero

Ha tardado, pero ya llegó a las pantallas un bestseller con enorme querencia cinematográfica como El médico, que tanta fama a la par que parné ha proporcionado a su autor, el estadounidense Noah Gordon. La adaptación, siempre subjetiva -y restrictiva- cuando se trata de llevar literatura al cine, se ha hecho con dinero europeo, lejos de la Meca del Cine, aunque su factura resulta a todas luces hollywoodense. El médico presenta -y es de agradecer el esfuerzo- ese halo de cine de aventuras clásico, de toda la vida, de cinta de sobremesa, de sesión de tarde, aunque canta bastante el afán por condensar -muy líbremente, eso sí-  la obra de Gordon en una película de dos horas y media, con un mal uso de la elipsis en ocasiones -por mucho que se quiera acortar y agilizar el relato-. De lo más destacable de la película, dirigida por Philipp Stölzl, aparte de una buena fotografía, son las interpretaciones de Stellan Skarsgård y de un casi desconocido -por su caracterización- Olivier Martinez, en los papeles de barbero y de sha de Persia, respectivamente. Y, por supuesto, el siempre convicente Ben Kingsley, en la piel del médico y científico Ibn Sina (el célebre Avicena), quedando en un segundo plano el propio protagonista, Tom Payne (Rob Cole, sin la ‘J’ entre nombre y apellido, como se llama en la obra literaria) que ni se lo cree él ni lo hace creíble al respetable. Como vehículo de entretenimiento, el filme resulta pasable aun a costa de obviar algunas cuestiones, e incluso con moralina subyacente en el apunte de la intolerancia religiosa -de las tres grandes, ya saben: cristianos, judíos y musulmanes-. Le falta un pelín más de épica a este viaje épico de Inglaterra al Próximo Oriente en busca del conocimiento de la medicina.

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Evasión

La cartelera de Navidad suele ser prolija en productos para mayor gloria de la evasión: las fechas mandan. En la maraña de títulos, además de la nueva entrega de El Hobbit, inflada magníficamente (pero inflada al fin y al cabo) por Peter Jackson, destaca un filme que se lleva la palma en esto de fantasear, más que nada porque la propia historia va de ello. Ben Stiller -ya para siempre en la memoria colectiva por ser el surtidor de una particular gomina para la rubia cabellera de Cameron Diaz- protagoniza y dirige La vida secreta de Walter Mitty, filme basado en un relato de James Thurber, que fue llevado al cine en 1947 con el inolvidable Danny Kaye. La actualizada versión de Stiller nos traslada a la revista Life, donde trabaja un soñador cuarentón, jefe de la sección de negativos. Mitty tiene frecuentes momentos evasivos, donde aparca la realidad para dar rienda suelta a la más desbordante fantasía. Además, está enamorado de una compañera de trabajo, a la que no se atreve a dirigirle la palabra, hasta que por circunstancias laborales (desaparece el negativo de la fotografía de portada con la que Life se va a despedir de la edición en papel) no le queda más remedio que entablar contacto con ella. Se trata de una comedia ligera, sin grandes pretensiones, de fácil digestión, plagada de buenismo -lo que a veces no es malo- y que hace guiños -aunque sea de forma somera- a la coyuntura actual de cierres y despidos, en la que Stiller demuestra que no le falta talento para la realización (recuerden que el neoyorquino ha hecho interesantes incursiones detrás de la cámara en cintas como Reality bites, Zoolander y Tropic Thunder). La cinta tarda en despegar, pero te gana paulatinamente. Ideal para este periodo de laxitud, a modo de cuento navideño, porque, ¿quién no sueña despierto? Y más con la que aún nos sigue cayendo…

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Abogado en apuros

El consejero, la última película de Ridley Scott, deviene en un inusual thriller que, pese a situarse geográficamente la mayor parte del metraje en el peligroso narcoterritorio de la frontera entre Estados Unidos y México, el primer acto de violencia explícita -la otra pulula de manera sigilosa por el ambiente- no llega hasta una hora y pico después, lo cual subraya la intención intimista que preside esta cinta guionizada por Cormac McCarthy, el celebrado autor de No es país para viejos y La carretera. Scott y McCarthy nos presentan un producto que obliga al espectador a ir enlazando cada una de las piezas de un artilugio narrativo que tiene en su carismático elenco la otra gran baza, empezando por Michael Fassbender, en el papel de abogado con ganas de trepar en el negocio del tráfico de estupefacientes, siguiendo por Javier Bardem, Cameron Diaz -de lo mejorcito del filme-, Penélope Cruz y Brad Pitt, y acabando por secundarios de lujo como Bruno Ganz, Rosie Perez y John Leguizamo. Interesante propuesta, gran puesta en escena y, por lo general, buenos diálogos. Dos curiosidades: los narcos citan hasta versos de Machado en sus devaneos filosóficos y el sexo en coche ya tiene otro significado después de esta película..

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De juegos

Confieso que la primera parte de Los juegos del hambre me sorprendió gratamente, y eso que a priori se trataba de otro blockbuster más, fruto de la enésima adaptación  novelística posadolescéntica. Sin embargo, el filme, basado en la trilogía de Suzanne Collins (Los juegos del hambre, En llamas y Sinsajo) sobre una sociedad futurista y autoritaria, en la que los Estados Unidos está dividido en distritos que cada año ofrecen como tributo a dos de sus jóvenes en un enfrentamiento a vida o muerte, tenía la virtud de entretener sin estridencias, con una factura sobria pero brillante, y donde una de sus principales bazas descansaba en una actriz con futuro fulgurante llamada Jennifer Lawrence -a la postre ganadora de un Óscar por El lado bueno de las cosas-, en la piel de la carismática e instrospectiva Katniss Everdeen, bien respaldada por secundarios de lujo como Woody Harrelson, Stanley Tucci y el veterano Donald Sutherland. La segunda entrega de esta franquicia, a la que se incorpora Philip Seymour Hoffman, dándole un punto más de calidad interpretativa, no defrauda y de hecho mantiene el interés -con cambio de director incluido-, lo que resulta todo un logro en este tipo de productos destinados a la mayor gloria de la evasión.

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Sublime Cate

Después de su último periplo europeo, con estancias admirativas en París y Roma, Woody Allen regresa con Blue Jasmine al suelo patrio -el suyo, claro-, a la empinada San Francisco sin dejar atrás su Nueva York del alma -a través de flashbacks, eso sí- para armar una de esas historias con denominación de origen, trufadas de estimulantes diálogos y de personajes con personalidad que transitan por el caleidoscópico mundo del prolífico director de la Gran Manzana y que tanto gustan a su legión de fans. Sin embargo, este nuevo relato fílmico de Allen no sería lo mismo -ni de lejos- sin la acaparadora presencia de una actriz que siempre coloca el listón un centímetro más alto que las demás y que se llama Cate Blanchett (El curioso caso de Benjamin Button, Elizabeth, Hannah). La interpretación de la rubia australiana sublima y vigoriza el relato de Allen, bordando hasta la saciedad el papel de egoísta exconsorte millonaria neurótica venida a menos (Jasmine), que busca un nuevo hálito a su existencia yendo a vivir a casa de su modesta hermana adoptiva y causando de paso el lógico terremoto. La esplendidez en la pantalla de Cate Blanchett es tal que prácticamente eclipsa a todos, incluida a una genial y empática Sally Hawkins (Persuasión, Happy-Go-Lucky, Jane Eyre), en la piel de la grácil Ginger, la humilde hermanastra, y también a un no menos brillante Bobby Cannavale (lo hemos visto en la serie Boardwalk Empire), el abrupto novio de Ginger: los secundarios de lujo en esta nueva dramedia de Allen, junto a Alec Baldwin (que repite con el genio de Brooklyn tras su paso por A Roma con amor), Andrew Dice Clay, Peter Sarsgaard y Louis C.K. El realizador neoyorquino lanza sus puyas a la ensimismada alta sociedad neoyorquina y hace descender a una expatriada del lujo y de la dolce vita, Jasmine, al infierno de la cruda realidad, en la que tratará de forma patética de manipular y de retorcer todo en beneficio propio para recuperar su posición de antaño. Blue Jasmine es, en definitiva, una película con el inconfundible sello de Woody Allen pero se recordará por la actuación de la inconmensurable Cate Blanchett, y eso no se ve todos los días…

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Don Porno

Cartel de 'Don Jon', ópera prima de Joseph Gordon-Levitt. / WANDA.ES

Cartel de ‘Don Jon’, ópera prima de Joseph Gordon-Levitt. / WANDA.ES

Pornófilo, católico y familiar. Estas son las credenciales que definen a Don Jon, personaje que da título a la ópera prima cinematográfica del prometedor actor Joseph Gordon-Levitt (lo hemos visto últimamente en películas de corte fantástico como El caballero oscuro: la leyenda renace y en Looper), que además de dirigir el filme también rubrica su guión. Entre tanta comedia romántica bobalicona, pueril, artificiosa, resabiada, previsible y sin chispa que aparece con demasiada frecuencia por la gran pantalla (seguro que les vienen a la mente un buen puñado de ellas), se agradecen planteamientos y aportaciones como las de Gordon-Levitt, quien ha insuflado una dosis de aire fresco a este acomodado subgénero con una propuesta entre canalla y desenfadada. La trama de Don Jon es de una sencillez devastadora pero a la vez cautivadora (perdonen la rima), a saber: un chulesco joven, currante, independiente, amante del gimnasio, amigo de sus amigotes, que presume de coche y que los fines de semana, además de no faltar los domingos a misa, se convierte en un auténtico donjuán. No obstante, en su cosmovisión, por encima de todo y antes (y después) que sus frecuentes relaciones esporádicas reales, está el porno en Internet, que venera como un poseso, hasta que un día decide encauzar su masturbatoria existencia… Joseph Gordon-Levitt se ríe de una manera muy personal de muchas cosas, pero sobre todo de la agotada fórmula de ida y vuelta de “chico conoce chica, rompe con chica, se reconcilia con chica y todos felices y a comer perdices”. Le acompañan en su particular periplo vital, aderezado con un atractivo esquema y un excelente ritmo en la narración, una siempre deslumbrante Scarlett Johannson, en un papel a caballo entre juani y pija con tendencia a la manipulación, y una sobria a la par que interesante Julianne Moore. Incluso destaca en el reparto el televisivo Tony Danza -los más talluditos y avezados en las series estadounidenses recuerdan sus interpretaciones en series como ¿Quién manda a quién? o Taxi-, aquí en la piel de puretón padre italoamericano con demasiada testosterona. Una muy recomendable cinta para pasar al menos un hedonista y divertido rato.

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Martilleando por doquier

 

Una de las escenas de la segunda parte de 'Thor: el mundo oscuro'. / MARVEL

Una de las escenas de ”Thor: el mundo oscuro’. / MARVEL

Cuando una historia en el evasivo mundo de la fantasía sirve irremisiblemente y sin rubor alguno a los efectos especiales y no al revés, mal pinta la cosa. La segunda entrega del destructor y letal Thor, ese dios vikingo con martillo incluido, hijo de Odín -ya saben el del Walhalla y demás mitología escandinava-, metido a superhéroe por obra y gracia de la Marvel, opta sin ambages por este fácil camino y no tiene ni la fuerza ni el interés de otros proyectos cinematográficos auspiciados por la conocida factoría estadounidense de cómics, por mucha “oscuridad” que se nos venda. La primera entrega de esta saga -¡sí, habrá más!, que nadie lo dude- mantenía el tipo a duras penas, sobre todo porque expelía un halo shakesperiano -al fin y al cabo el director del filme era Kenneth Branagh- y cainita por las cuitas entre el cachas Thor (Chris Hemsworth) y el maquiavélico Loki (Tom Hiddleston) -el personaje más interesante, aunque un poco sobreinterpretado-. Sin embargo, la continuación de las andanzas siderales y terrícolas de esta martilleante deidad nórdica se pierden en un laberíntico y depauperado guión. La cinta se encuentra a la cola de las preñadas por la Marvel y a años luz de filmes como los de Iron Man o Los Vengadores, los preferidos de la casa, por lo que se ve. En definitiva, mucha pirotecnia técnica y poca chicha narrativa. Y, encima, proclive a producir bostezos.

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