Canarias

Entre presidentes

Hablar de mayordomos en el cine siempre tiene tela. Hay un buen puñado de películas en las que los sirvientes son o bien protagonistas o secundarios con caché, eternos candidatos a ser el asesino o el cabeza de turco en cualquier thriller de alta sociedad que se precie. Un puesto de trabajo, sin duda, abnegado que requiere a partes iguales de discreción y de lealtad. En este contexto, resulta sugerente la ocupación de mayordomo o de cualquier otro fámulo o criado en las altas esferas de poder: su papel de convidado de piedra, de testigo mudo e invisible de lo que acontece entre bastidores le confiere un peculiar interés. Desde esta perspectiva, el cine ha tocado este palo meses atrás con el filme francés La cocinera del presidente, en esa ocasión en clave de comedia -o algo parecido-, donde se tuneaba la historia de la única mujer chef que ha trabajado hasta el momento en el Palacio del Elíseo. Ahora, con mimbres más melodramáticos, llega a la gran pantalla una de las cintas llamadas a postularse para los Óscar, El mayordomo, filme protagonizado por ese pedazo y siempre poco apreciado actor llamado Forest Whitaker. Inspirada en una historia real, dada a conocer en un reportaje publicado en el Washington Post al socaire del primer triunfo electoral de Obama, la película narra el devenir de un sirviente afroamericano, empleado de la Casa Blanca desde la etapa de Eisenhower hasta la de Reagan. La potencialidad per se de la historia de un hombre con pleno acceso, por su encomienda laboral, a las más altas instancias políticas de su país se apuntala con su vida personal, centrada en el viejo conflicto entre padre e hijo y subrayada aquí en la lucha por los derechos civiles en la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos. Un acierto del guionista y director Lee Daniels, el realizador de la aclamada Precious, quien ha dotado así de mayor carga emotiva al producto pero sin lograr salvarse de la sensiblería más evidente, en el que destaca, además del propio Whitaker, la televisiva Oprah Winfrey, y un reparto de enjundia. Una cinta algo larga y que recuerda -con otros registros- a Forrest Gump por su sentido de la ubicuidad histórica.

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Ripley Bullock

Sandra Bullock es la protagonista de 'Gravity'.

Una de las espectaculares escenas de ‘Gravity’. / WARNERBROS.

Las películas del espacio suelen situarnos en planetas extraños, en naves siderales inmensas; cronológicamente en siglos venideros o a lo sumo dentro de unas decenas de años de nuestro tiempo; y trufadas casi siempre de abyectos alienígenas o engrendros babosos que hacen guapo a Picio. Gravity, el filme dirigido por Alfonso Cuarón, que podemos degustar en cualquier sala grande de esta isla (espero que sin estar rodeado de una miríada de escandalosos comedores de papas fritas), nos lleva cerquita, no con aparatos estelares de diseño, sino con artilugios más modestos como lanzaderas estadounidenses o la propia Estación Internacional Espacial. Es verdad que el cine ha coqueteado con nuestro “espacio contemporáneo”, bien con películas históricas como Elegidos para la gloria o Apolo 13, o crepusculares como Space Cowboys, o incluso con peregrinas expediciones a cometas invasores como Armageddon, pero Alfonso Cuarón nos pone en la tesitura de un “accidente laboral” en plena órbita terrestre y lo que eso conlleva, a pesar de algunas críticas surgidas por diversas inexactitudes científicas en la cinta. El realizador mexicano ofrece un producto con una excelsa carga visual, de tensión a raudales, y a la postre algo previsible en su desenlace, lo que no resta ni un ápice su puesta en escena: grandilocuente, hermosa y terrorífica (el miedo al vacío) a la vez, en la que la única protagonista -lo de George Clooney resulta casi un cameo- es la sorprendente astronauta Sandra Bullock, que ejerce de émula de la teniente de Alien a la hora de superarse ante la adversidad; eso sí, sin bichos alrededor, aunque con muchos tornillos.

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Cruzando el Pacífico

 

La película narra la famosa expedición comandada por Thor Heyerdahl

Una de las escenas de la película. / DA

Los noruegos son, sin duda alguna, un pueblo con gran querencia a la aventura y a los viajes de grandes distancias. De vikingos le viene al galgo. Desde Erik el Rojo hasta Roald Amundsen -el primero en alcanzar el Polo Sur, entre otras proezas-, sin olvidar a un tipo como Thor Heyerdahl, quien en 1947 lideró una auténtica gesta: recorrer 8.000 kilómetros en 101 días por mar, entre Perú y las islas Tuamotu, a bordo de una balsa, la Kon-Tiki, hecha de troncos y otros materiales vegetales, para intentar demostrar que la colonización de la Polinesia la llevaron a cabo gentes procedentes de América del Sur. La expedición de Heyerdahl -conocido por estos lares por el parque Pirámides de Güímar, donde se puede apreciar las teorías de este inquieto arqueólogo experimental, ya fallecido- fue filmada, y el documental resultante ganó un Óscar en 1952. Se da la circunstancia de que la película sobre esta epopeya del siglo XX -que aún podemos ver en los Multicines Renoir Price-, casi logra este año la preciada estatuilla a la mejor cinta extranjera. Se trata de un filme de los que se dejan ver de un tirón, con una excelente fotografía y una música a la par, que subraya la épica de un viaje que tiene su génesis en la obsesión de un hombre por sus ideas y la capacidad de embarcar a otros en ellas. Emoción y entretenimiento, en un producto muy bien documentado. Recomendable.

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Quemando goma por Tenerife

Confieso que el único aliciente que tenía para ir a ver la sexta parte de la saga más veloz,  Fast and FuriousA todo gas, si vives en esta parte del mundo hispanohablante-, era una cuestión pura y estrictamente geográfica -también ombliguista y hasta patriótica, si me apuran-, aquella que suscita el interés por ver cómo queda tu terruño en la pantalla, y corroborar de paso que Canarias en general -y Tenerife en particular- continúa reforzando sus raíces como un laxo y dúctil plató natural para superproducciones (en el caso que nos ocupa, las Islas se interpretan a ellas mismas y hasta hacen por unos segundos de Costa Rica). Dicho esto, el filme realizado por el director de origen taiwanés Justin Lin (responsable de algunas de las cintas de la saga) no ofrece nada nuevo que nos sorprenda en el universo de esta serie (ya saben: persecuciones increíbles, mamporros, tías buenas…), cuya  génesis fue una cinta de presupuesto más bien tímido de principios de este siglo -allá por 2001- sobre el mundo de las carreras ilegales en la ciudad de Los Ángeles, y que ahora, doce años después, cuenta con miles de seguidores y una pasta gansa en recaudaciones.

La isleña A todo gas comienza con cierto aire prometedor (esos paisajes norteños vistos desde el aire tienen su cosa), aunque pronto se torna en mero espejismo de autopista y entra en descontrol para acabar en siniestro total entre hiperbólicas ca -con tanque incluido-, taponazos, peleas, y miradas desafiantes, que al fin y al cabo es lo que le gusta al personal abonado a esta franquicia. Desde luego, los que quieran asistir a un duelo interpretativo que pongan la quinta marcha y se pasen al carril de otra sala. Vin Diesel hace de Vin Diesel (los guionistas deberían haberle proporcionado frases más cortas -y más imaginativas-) y Dwayne Johnson The Rock (qué apelativo más acertado), ídem de ídem. Del resto del reparto, en el que por supuesto no faltó Paul Walker, ni nuestra Elsa Pataky, sólo se salva, y con un gracias ajustado, la latina Michelle Rodríguez. Fast and Furious 6 está llamada a amasar un buen fajo de billetes gracias a sus fieles seguidores, que por lo que se ve son legión. Personalmente, prefiero otro tipo de vehículos cinematográficos.

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Leónidas en la Casa Blanca

Menudo secarral de películas estamos viendo en esta calurosa primavera del año 13 del segundo milenio después de Cristo, donde los filmes interesantes no brotan ni por asomo en la cartelera. En este páramo cinematográfico nos encontramos con productos de vívida evasión como Objetivo: la Casa Blanca (en inglés, Olympus has fallen, un título mucho más poético, no me lo negarán), básicamente una tuneada versión de la primigenia Jungla de Cristal, que cambia el edificio Nakatomi por el hogar de los presidentes de Estados Unidos, y que sustituye al metomentodo policía neoyorquino John McClane-Bruce Willis por el agente del servicio secreto Mike Banning-Gerard Butler, con el añadido de que el actor británico nos recuerda también a su letal Leónidas de 300. Si en la célebre cinta de los 80, los terroristas eran malvados alemanes orientales (de los de la extinta RDA), en esta, por mor de los tiempos que corren, los malos malísimos -una vez finiquitado el ínclito Bin Laden- son, como no podía ser de otra manera, los norcoreanos, quienes atacan sorpresivamente la Casa Blanca y la hacen papilla para bebés, tomando de paso al presidente (Aaron Eckhart ) y parte de su gobierno como rehenes en el búnker (¡sí, existe!).

 

Butler interpreta a un agente del servicio secreto estadounidense

La película por supuesto que resulta entretenida, como todas las de esta clase, en las que el máximo responsable del Imperio está en apuros (ya saben, Air Force One…), y más una dirigida por un tipo como Antoine Fuqua, ya curtido en filmes de acción (Los amos de Brooklyn, Shooter: el tirador, El rey Arturo, y la excelente Training Day), lo que pasa es que deja un capitidisminuido espacio para la sorpresa, y tras un prometedor inicio, apenas transcurridos diez minutos, barruntas lo que va a suceder, incluida la imagen de la bandera de las barras y estrellas cayendo al suelo con música solemne. Nada que no hayamos visto antes. Como curiosidad, el bueno de Morgan Freeman (que interpreta al portavoz gubernamental) llega a la presidencia de Estados Unidos por segunda vez en su carrera (ya lo fue en la apocalíptica Deep Impact), aunque aquí sea solo en funciones. Por lo demás, poca cosa. ¡Ah! Butler no dice eso de yipikayei hijo de…, ni tampoco augh, afortunadamente

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El brigada Landa

Con el adiós de Alfredo Landa se finiquita, por pura ley de vida, una amplia etapa del cine patrio. Landa formó parte en sus inicios de una industria que, bajo el paraguas de la dictadura franquista, paría productos como las comedias de costumbres con gran componente machista, lo que peyorativamente se conoció a la postre como españoladas, aunque se integró, de secundario, en filmes de caché como esas perlas de la época llamadas Atraco a las tres y El verdugo. Encasillado en interpretaciones de ciudadano de a pie, bajito, bizarro, de pelo en pecho, con una extraña mezcla de mala leche y de indestructible candidez, Landa se hizo un hueco en el sector e incluso dio nombre a un término, el landismo, que fue sinónimo de una especie de subgénero de lo anterior, que englobaba a películas de enredo con toques de erotismo pueril -propio de las circunstancias del momento-, en las que, sobre todo, las extranjeras venidas de la fría Escandinavia se erigían en objeto de frustrante deseo, y donde, además de él mismo, también pululaban por ese universo actores de la talla de José Luis López Vázquez y José Sacristán. Tras la llegada de la democracia, pudimos comprobar el enorme y sólido actor que era Alfredo Landa, en un cine más ambicioso y con otros registros. El crack y su secuela, Los santos inocentes ( por la que recibió ex aqueo -junto a Paco Rabal- en 1984 el premio a la mejor interpretación del Festival de Cannes), Los paraísos perdidos, El bosque animado (por la que obtuvo un Goya a la mejor interpretación, al igual que con La marrana) y El rey del río, entre otras, componen esa nutrida filmografía de su madurez personal y artística. Con Landa hemos disfrutado, nos hemos reído a rabiar, por su simpático y perenne cabreo, pero de manera particular me he descuajaringando a carcajadas viéndolo en la piel del brigada chusquero Castro en esa metáfora de la España que fue y que no queremos que se repita nunca llamada La vaquilla, del sublime Berlanga. “Cuidado mi teniente, cuidado conmigo, eh! Hemos corrido un encierro, nos hemos tragado una misa, hemos llevado una virgen, hemos cargado con un marqués, usted ha afeitado a un fascista, a mí me han pegado una cornada, éste… ¡se ha cagao!, a éste… lo han vestido de sacristán y a éste le han puesto los cuernos… Y todo por la jodida vaca ¡Qué le den mucho por el saco a la vaca! Yo me voy a comer…!”, dixit el ya eterno actor navarro en una de las escenas más celebradas del filme. Genio y figura. Descanse en paz.

 

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Cuidando ‘drones’

Una de las escenas de la película

Sobra decir, antes de entrar en materia, que resulta otro vehículo teledirigido a la mayor glorificación de Tom Cruise, como lo fue también, aunque tal vez de manera más descarada, su anterior puesta en escena cinematográfica, Jack Reacher, y cómo no, la última entrega de la saga de Misión imposible (en cualquier caso, una de las mejores de la serie). Sin embargo, este filme de ciencia ficción posee los cimientos suficientes para no ser engullido de forma inmisericorde por el agujero negro al que cada vez más se parece el panorama actual que presenta el género. Con un ritmo cansino en ocasiones -demasiadas para un escurridizo Cruise, acostumbrado a dar saltos y echar carreras- y una interesante escenografía minimalista, la cinta, dirigida por Joseph Kosinski (Tron Legacy), basada en una novela gráfica en la que el propio realizador se encargó de la dirección artística, nos lleva a una Tierra deshabitada tras una apocalíptica guerra contra alienígenas, donde un otrora astronauta de la NASA ejerce de técnico de mantenimiento de unos drones (la dichosa palabreja está de moda) que vigilan el planeta. Excesivamente larga, Oblivion juega con cierta habilidad con las herramientas básicas de una buena película de ciencia ficción (no en vano es deudora de un buen puñado de clásicos, desde El planeta de los simios y 2001: Una odisea en el espacio, hasta La guerra de las galaxias o Independence Day, por mentar algunos de los títulos más conocidos) y mantiene el permanente interés del espectador -al menos, durante la primera hora-, bajo una atmósfera de incertidumbre que tiene su encanto, en la que acompañan al ínclito Cruise como partenaires Olga Kurylenko y Andrea Riseborough, con la casi anecdótica presencia del incombustible Morgan Freeman. Obviamente, Oblivion no pasará a los anales del género, pero sí deviene en un producto con muy buenas intenciones, con una excelente fotografía y entretenido, que al fin y al cabo es de lo que se trata.

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Menú presidencial

La película está inspirada en Danièle Delpeuch

La última vez que degusté un plato gastronómico-fílmico francés (en diciembre pasado, para más señas) casi me atraganto. El chef, la receta de la felicidad, así se llamaba la película, dirigida por Daniel Cohen, y protagonizada por Jean Reno y Michaël Youn, con un pequeño y fallido cameo de Santiago Segura, me produjo, incluso, acidez de estómago, toda vez que esta auténtica astracanada, vano intento de comedia ligera, resultaba bastante difícil de digerir. Y como el homo sapiens siempre tropieza con la misma piedra, pues quise repetir, como el ajo, y… La cocinera del presidente es otro ejemplo peregrino de hacer que tu faz esboce algo parecido a la risa o refleje algún tipo de emoción. El filme, del realizador Christian Vincent, está inspirado en Danièle Delpeuch, la única mujer cocinera que, por el momento, ha ocupado la máxima responsabilidad culinaria en los ágapes presidenciales del Palacio del Elíseo; en su caso, durante dos años bajo el mandato del socialista François Mitterrand. En la cinta, Delpeuch se llama Hortense Laboire (la actriz Catherine Frot) y el presidente Mitterrand simplemente es el presidente (un neófito, en las lides interpretativas, Jean d’Ormesson). La historia de esta chef presidencial se cuenta de forma simultánea en dos etapas: cuando Laboire cocinaba en el Elíseo y cuando hacía lo propio en una base francesa en una isla de la Antártida, donde había arribado para desestresarse de tanta tensión gastronómica. La cocinera del presidente resulta desde el punto de vista narrativo un ejercicio sencillo y hasta placentero (acaso no lo es ver pasar delante de ti semejantes manjares y exquisiteces sin poder hincarle el diente), pero de la misma manera deviene en un filme plano y sin vigor, que no explota ni siquiera los presuntos momentos de mayor comicidad -escasísimos, por otra parte-. Paradójicamente, una película en la que pululan tantos olores y sabores te deja al final con una enorme sensación de hambre. Es lo que tiene la supuesta alta cuisine… Nada pantagruélica.

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Disección a Hitchcock

Un fotograma del filme

Un sencillo ejercicio de cinefilia para disfrutar sin mayores pretensiones. Así es Hitchcock, el biopic parcial del genial maestro del suspense encarnado por un forzadamente orondísimo Anthony Hopkins y que nos muestra al célebre director británico en el cénit de su carrera, cuando rodó una de sus obras más sublimes y, desde luego, la más fetiche, Psicosis. El filme, dirigido por Sacha Gervais y basado en el libro Alfred Hitchcock and the making of Psycho, de Stephen Rebello, incide en la figura del insigne cineasta, en sus manías y en su particular carácter, más que en el propio rodaje de la mítica cinta, que sirve como evidente Macguffin -aplicando la propia terminología hitchkoniana– para explorar las pulsiones de este personaje egocéntrico e inseguro pero fundamental en el universo del séptimo arte y en la propia consolidación del lenguaje cinematográfico. Desde este punto de vista, la película se deja ver de un tirón, porque disecciona -aunque sea levemente- a un director intergeneracional, cuyo legado salpica de fotogramas nuestra memoria colectiva.

Una de las escenas más famosas del cine

Con unos diálogos ágiles, que enfatizan el ácido humor del realizador londinense, el filme no solo se sustenta en la más que correcta y mesurada interpretación de Hopkins -cuya caracterización, en cualquier caso, se excede un poco a lo ancho-, sino en la siempre talentosa Helen Mirren, en el papel de Alma Reville, la esposa de Hitchcock, y a la que acompaña de manera convincente Scarlett Johannson, en la piel de Janet Leight. Cine dentro del cine -de estas mismas características quién no recuerda Cazador blanco, corazón negro, de Clint Eastwood, sobre John Houston y el rodaje de La Reina de África-, aquí con guiños constantes a otras películas del director obsesionado con las rubias como La ventana indiscreta o Los pájaros. En definitiva, una cinta entretenida,  sin grandes alharacas, pero de esos filmes que nos hacen salir del cine con buen sabor de boca.

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Premio al cine mudo

En medio de este planeta digital, del 3-D y demás parafernalia técnica en la que vivimos, una película francesa, muda y en blanco y negro, ha reivindicado el mundo desposeído de palabras, en el que la imagen cobra su poder más descriptivo para emocionarnos. En un auténtico desafío creativo y comercial, The Artist ha cautivado al público con su sentido homenaje a un cine de otra pasta, de otros mimbres, que ya no volverá. La apuesta de Hazanavicius ha tenido su recompensa en la propia Meca del Cine, con un filme que recuerda a los estadounidenses en su propia cara los orígenes de esta industria. En la edición inaugural de estos galardones (que aún no se llamaban Oscar), que se entregaron por primera vez en 1929 (se premiaba a las películas del periodo 1927-1928), la ganadora se llamaba Wings (Alas), de William A. Wellman. Fue la primera vez y única (hasta el pasado lunes) que una cinta muda había logrado tal distinción. Wings suponía el canto del cisne de un modelo cinematográfico, en una época en la que la irrupción del sonoro era inevitable. Más de 80 años después, The Artist sorprende por su “modernidad”, revalorizando el espíritu de los pioneros…

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