Canarias

De juegos

Confieso que la primera parte de Los juegos del hambre me sorprendió gratamente, y eso que a priori se trataba de otro blockbuster más, fruto de la enésima adaptación  novelística posadolescéntica. Sin embargo, el filme, basado en la trilogía de Suzanne Collins (Los juegos del hambre, En llamas y Sinsajo) sobre una sociedad futurista y autoritaria, en la que los Estados Unidos está dividido en distritos que cada año ofrecen como tributo a dos de sus jóvenes en un enfrentamiento a vida o muerte, tenía la virtud de entretener sin estridencias, con una factura sobria pero brillante, y donde una de sus principales bazas descansaba en una actriz con futuro fulgurante llamada Jennifer Lawrence -a la postre ganadora de un Óscar por El lado bueno de las cosas-, en la piel de la carismática e instrospectiva Katniss Everdeen, bien respaldada por secundarios de lujo como Woody Harrelson, Stanley Tucci y el veterano Donald Sutherland. La segunda entrega de esta franquicia, a la que se incorpora Philip Seymour Hoffman, dándole un punto más de calidad interpretativa, no defrauda y de hecho mantiene el interés -con cambio de director incluido-, lo que resulta todo un logro en este tipo de productos destinados a la mayor gloria de la evasión.

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Sublime Cate

Después de su último periplo europeo, con estancias admirativas en París y Roma, Woody Allen regresa con Blue Jasmine al suelo patrio -el suyo, claro-, a la empinada San Francisco sin dejar atrás su Nueva York del alma -a través de flashbacks, eso sí- para armar una de esas historias con denominación de origen, trufadas de estimulantes diálogos y de personajes con personalidad que transitan por el caleidoscópico mundo del prolífico director de la Gran Manzana y que tanto gustan a su legión de fans. Sin embargo, este nuevo relato fílmico de Allen no sería lo mismo -ni de lejos- sin la acaparadora presencia de una actriz que siempre coloca el listón un centímetro más alto que las demás y que se llama Cate Blanchett (El curioso caso de Benjamin Button, Elizabeth, Hannah). La interpretación de la rubia australiana sublima y vigoriza el relato de Allen, bordando hasta la saciedad el papel de egoísta exconsorte millonaria neurótica venida a menos (Jasmine), que busca un nuevo hálito a su existencia yendo a vivir a casa de su modesta hermana adoptiva y causando de paso el lógico terremoto. La esplendidez en la pantalla de Cate Blanchett es tal que prácticamente eclipsa a todos, incluida a una genial y empática Sally Hawkins (Persuasión, Happy-Go-Lucky, Jane Eyre), en la piel de la grácil Ginger, la humilde hermanastra, y también a un no menos brillante Bobby Cannavale (lo hemos visto en la serie Boardwalk Empire), el abrupto novio de Ginger: los secundarios de lujo en esta nueva dramedia de Allen, junto a Alec Baldwin (que repite con el genio de Brooklyn tras su paso por A Roma con amor), Andrew Dice Clay, Peter Sarsgaard y Louis C.K. El realizador neoyorquino lanza sus puyas a la ensimismada alta sociedad neoyorquina y hace descender a una expatriada del lujo y de la dolce vita, Jasmine, al infierno de la cruda realidad, en la que tratará de forma patética de manipular y de retorcer todo en beneficio propio para recuperar su posición de antaño. Blue Jasmine es, en definitiva, una película con el inconfundible sello de Woody Allen pero se recordará por la actuación de la inconmensurable Cate Blanchett, y eso no se ve todos los días…

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Don Porno

Cartel de 'Don Jon', ópera prima de Joseph Gordon-Levitt. / WANDA.ES

Cartel de ‘Don Jon’, ópera prima de Joseph Gordon-Levitt. / WANDA.ES

Pornófilo, católico y familiar. Estas son las credenciales que definen a Don Jon, personaje que da título a la ópera prima cinematográfica del prometedor actor Joseph Gordon-Levitt (lo hemos visto últimamente en películas de corte fantástico como El caballero oscuro: la leyenda renace y en Looper), que además de dirigir el filme también rubrica su guión. Entre tanta comedia romántica bobalicona, pueril, artificiosa, resabiada, previsible y sin chispa que aparece con demasiada frecuencia por la gran pantalla (seguro que les vienen a la mente un buen puñado de ellas), se agradecen planteamientos y aportaciones como las de Gordon-Levitt, quien ha insuflado una dosis de aire fresco a este acomodado subgénero con una propuesta entre canalla y desenfadada. La trama de Don Jon es de una sencillez devastadora pero a la vez cautivadora (perdonen la rima), a saber: un chulesco joven, currante, independiente, amante del gimnasio, amigo de sus amigotes, que presume de coche y que los fines de semana, además de no faltar los domingos a misa, se convierte en un auténtico donjuán. No obstante, en su cosmovisión, por encima de todo y antes (y después) que sus frecuentes relaciones esporádicas reales, está el porno en Internet, que venera como un poseso, hasta que un día decide encauzar su masturbatoria existencia… Joseph Gordon-Levitt se ríe de una manera muy personal de muchas cosas, pero sobre todo de la agotada fórmula de ida y vuelta de “chico conoce chica, rompe con chica, se reconcilia con chica y todos felices y a comer perdices”. Le acompañan en su particular periplo vital, aderezado con un atractivo esquema y un excelente ritmo en la narración, una siempre deslumbrante Scarlett Johannson, en un papel a caballo entre juani y pija con tendencia a la manipulación, y una sobria a la par que interesante Julianne Moore. Incluso destaca en el reparto el televisivo Tony Danza -los más talluditos y avezados en las series estadounidenses recuerdan sus interpretaciones en series como ¿Quién manda a quién? o Taxi-, aquí en la piel de puretón padre italoamericano con demasiada testosterona. Una muy recomendable cinta para pasar al menos un hedonista y divertido rato.

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Martilleando por doquier

 

Una de las escenas de la segunda parte de 'Thor: el mundo oscuro'. / MARVEL

Una de las escenas de ”Thor: el mundo oscuro’. / MARVEL

Cuando una historia en el evasivo mundo de la fantasía sirve irremisiblemente y sin rubor alguno a los efectos especiales y no al revés, mal pinta la cosa. La segunda entrega del destructor y letal Thor, ese dios vikingo con martillo incluido, hijo de Odín -ya saben el del Walhalla y demás mitología escandinava-, metido a superhéroe por obra y gracia de la Marvel, opta sin ambages por este fácil camino y no tiene ni la fuerza ni el interés de otros proyectos cinematográficos auspiciados por la conocida factoría estadounidense de cómics, por mucha “oscuridad” que se nos venda. La primera entrega de esta saga -¡sí, habrá más!, que nadie lo dude- mantenía el tipo a duras penas, sobre todo porque expelía un halo shakesperiano -al fin y al cabo el director del filme era Kenneth Branagh- y cainita por las cuitas entre el cachas Thor (Chris Hemsworth) y el maquiavélico Loki (Tom Hiddleston) -el personaje más interesante, aunque un poco sobreinterpretado-. Sin embargo, la continuación de las andanzas siderales y terrícolas de esta martilleante deidad nórdica se pierden en un laberíntico y depauperado guión. La cinta se encuentra a la cola de las preñadas por la Marvel y a años luz de filmes como los de Iron Man o Los Vengadores, los preferidos de la casa, por lo que se ve. En definitiva, mucha pirotecnia técnica y poca chicha narrativa. Y, encima, proclive a producir bostezos.

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Entre presidentes

Hablar de mayordomos en el cine siempre tiene tela. Hay un buen puñado de películas en las que los sirvientes son o bien protagonistas o secundarios con caché, eternos candidatos a ser el asesino o el cabeza de turco en cualquier thriller de alta sociedad que se precie. Un puesto de trabajo, sin duda, abnegado que requiere a partes iguales de discreción y de lealtad. En este contexto, resulta sugerente la ocupación de mayordomo o de cualquier otro fámulo o criado en las altas esferas de poder: su papel de convidado de piedra, de testigo mudo e invisible de lo que acontece entre bastidores le confiere un peculiar interés. Desde esta perspectiva, el cine ha tocado este palo meses atrás con el filme francés La cocinera del presidente, en esa ocasión en clave de comedia -o algo parecido-, donde se tuneaba la historia de la única mujer chef que ha trabajado hasta el momento en el Palacio del Elíseo. Ahora, con mimbres más melodramáticos, llega a la gran pantalla una de las cintas llamadas a postularse para los Óscar, El mayordomo, filme protagonizado por ese pedazo y siempre poco apreciado actor llamado Forest Whitaker. Inspirada en una historia real, dada a conocer en un reportaje publicado en el Washington Post al socaire del primer triunfo electoral de Obama, la película narra el devenir de un sirviente afroamericano, empleado de la Casa Blanca desde la etapa de Eisenhower hasta la de Reagan. La potencialidad per se de la historia de un hombre con pleno acceso, por su encomienda laboral, a las más altas instancias políticas de su país se apuntala con su vida personal, centrada en el viejo conflicto entre padre e hijo y subrayada aquí en la lucha por los derechos civiles en la segunda mitad del siglo XX en Estados Unidos. Un acierto del guionista y director Lee Daniels, el realizador de la aclamada Precious, quien ha dotado así de mayor carga emotiva al producto pero sin lograr salvarse de la sensiblería más evidente, en el que destaca, además del propio Whitaker, la televisiva Oprah Winfrey, y un reparto de enjundia. Una cinta algo larga y que recuerda -con otros registros- a Forrest Gump por su sentido de la ubicuidad histórica.

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Ripley Bullock

Sandra Bullock es la protagonista de 'Gravity'.

Una de las espectaculares escenas de ‘Gravity’. / WARNERBROS.

Las películas del espacio suelen situarnos en planetas extraños, en naves siderales inmensas; cronológicamente en siglos venideros o a lo sumo dentro de unas decenas de años de nuestro tiempo; y trufadas casi siempre de abyectos alienígenas o engrendros babosos que hacen guapo a Picio. Gravity, el filme dirigido por Alfonso Cuarón, que podemos degustar en cualquier sala grande de esta isla (espero que sin estar rodeado de una miríada de escandalosos comedores de papas fritas), nos lleva cerquita, no con aparatos estelares de diseño, sino con artilugios más modestos como lanzaderas estadounidenses o la propia Estación Internacional Espacial. Es verdad que el cine ha coqueteado con nuestro “espacio contemporáneo”, bien con películas históricas como Elegidos para la gloria o Apolo 13, o crepusculares como Space Cowboys, o incluso con peregrinas expediciones a cometas invasores como Armageddon, pero Alfonso Cuarón nos pone en la tesitura de un “accidente laboral” en plena órbita terrestre y lo que eso conlleva, a pesar de algunas críticas surgidas por diversas inexactitudes científicas en la cinta. El realizador mexicano ofrece un producto con una excelsa carga visual, de tensión a raudales, y a la postre algo previsible en su desenlace, lo que no resta ni un ápice su puesta en escena: grandilocuente, hermosa y terrorífica (el miedo al vacío) a la vez, en la que la única protagonista -lo de George Clooney resulta casi un cameo- es la sorprendente astronauta Sandra Bullock, que ejerce de émula de la teniente de Alien a la hora de superarse ante la adversidad; eso sí, sin bichos alrededor, aunque con muchos tornillos.

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Cruzando el Pacífico

 

La película narra la famosa expedición comandada por Thor Heyerdahl

Una de las escenas de la película. / DA

Los noruegos son, sin duda alguna, un pueblo con gran querencia a la aventura y a los viajes de grandes distancias. De vikingos le viene al galgo. Desde Erik el Rojo hasta Roald Amundsen -el primero en alcanzar el Polo Sur, entre otras proezas-, sin olvidar a un tipo como Thor Heyerdahl, quien en 1947 lideró una auténtica gesta: recorrer 8.000 kilómetros en 101 días por mar, entre Perú y las islas Tuamotu, a bordo de una balsa, la Kon-Tiki, hecha de troncos y otros materiales vegetales, para intentar demostrar que la colonización de la Polinesia la llevaron a cabo gentes procedentes de América del Sur. La expedición de Heyerdahl -conocido por estos lares por el parque Pirámides de Güímar, donde se puede apreciar las teorías de este inquieto arqueólogo experimental, ya fallecido- fue filmada, y el documental resultante ganó un Óscar en 1952. Se da la circunstancia de que la película sobre esta epopeya del siglo XX -que aún podemos ver en los Multicines Renoir Price-, casi logra este año la preciada estatuilla a la mejor cinta extranjera. Se trata de un filme de los que se dejan ver de un tirón, con una excelente fotografía y una música a la par, que subraya la épica de un viaje que tiene su génesis en la obsesión de un hombre por sus ideas y la capacidad de embarcar a otros en ellas. Emoción y entretenimiento, en un producto muy bien documentado. Recomendable.

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Quemando goma por Tenerife

Confieso que el único aliciente que tenía para ir a ver la sexta parte de la saga más veloz,  Fast and FuriousA todo gas, si vives en esta parte del mundo hispanohablante-, era una cuestión pura y estrictamente geográfica -también ombliguista y hasta patriótica, si me apuran-, aquella que suscita el interés por ver cómo queda tu terruño en la pantalla, y corroborar de paso que Canarias en general -y Tenerife en particular- continúa reforzando sus raíces como un laxo y dúctil plató natural para superproducciones (en el caso que nos ocupa, las Islas se interpretan a ellas mismas y hasta hacen por unos segundos de Costa Rica). Dicho esto, el filme realizado por el director de origen taiwanés Justin Lin (responsable de algunas de las cintas de la saga) no ofrece nada nuevo que nos sorprenda en el universo de esta serie (ya saben: persecuciones increíbles, mamporros, tías buenas…), cuya  génesis fue una cinta de presupuesto más bien tímido de principios de este siglo -allá por 2001- sobre el mundo de las carreras ilegales en la ciudad de Los Ángeles, y que ahora, doce años después, cuenta con miles de seguidores y una pasta gansa en recaudaciones.

La isleña A todo gas comienza con cierto aire prometedor (esos paisajes norteños vistos desde el aire tienen su cosa), aunque pronto se torna en mero espejismo de autopista y entra en descontrol para acabar en siniestro total entre hiperbólicas ca -con tanque incluido-, taponazos, peleas, y miradas desafiantes, que al fin y al cabo es lo que le gusta al personal abonado a esta franquicia. Desde luego, los que quieran asistir a un duelo interpretativo que pongan la quinta marcha y se pasen al carril de otra sala. Vin Diesel hace de Vin Diesel (los guionistas deberían haberle proporcionado frases más cortas -y más imaginativas-) y Dwayne Johnson The Rock (qué apelativo más acertado), ídem de ídem. Del resto del reparto, en el que por supuesto no faltó Paul Walker, ni nuestra Elsa Pataky, sólo se salva, y con un gracias ajustado, la latina Michelle Rodríguez. Fast and Furious 6 está llamada a amasar un buen fajo de billetes gracias a sus fieles seguidores, que por lo que se ve son legión. Personalmente, prefiero otro tipo de vehículos cinematográficos.

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Leónidas en la Casa Blanca

Menudo secarral de películas estamos viendo en esta calurosa primavera del año 13 del segundo milenio después de Cristo, donde los filmes interesantes no brotan ni por asomo en la cartelera. En este páramo cinematográfico nos encontramos con productos de vívida evasión como Objetivo: la Casa Blanca (en inglés, Olympus has fallen, un título mucho más poético, no me lo negarán), básicamente una tuneada versión de la primigenia Jungla de Cristal, que cambia el edificio Nakatomi por el hogar de los presidentes de Estados Unidos, y que sustituye al metomentodo policía neoyorquino John McClane-Bruce Willis por el agente del servicio secreto Mike Banning-Gerard Butler, con el añadido de que el actor británico nos recuerda también a su letal Leónidas de 300. Si en la célebre cinta de los 80, los terroristas eran malvados alemanes orientales (de los de la extinta RDA), en esta, por mor de los tiempos que corren, los malos malísimos -una vez finiquitado el ínclito Bin Laden- son, como no podía ser de otra manera, los norcoreanos, quienes atacan sorpresivamente la Casa Blanca y la hacen papilla para bebés, tomando de paso al presidente (Aaron Eckhart ) y parte de su gobierno como rehenes en el búnker (¡sí, existe!).

 

Butler interpreta a un agente del servicio secreto estadounidense

La película por supuesto que resulta entretenida, como todas las de esta clase, en las que el máximo responsable del Imperio está en apuros (ya saben, Air Force One…), y más una dirigida por un tipo como Antoine Fuqua, ya curtido en filmes de acción (Los amos de Brooklyn, Shooter: el tirador, El rey Arturo, y la excelente Training Day), lo que pasa es que deja un capitidisminuido espacio para la sorpresa, y tras un prometedor inicio, apenas transcurridos diez minutos, barruntas lo que va a suceder, incluida la imagen de la bandera de las barras y estrellas cayendo al suelo con música solemne. Nada que no hayamos visto antes. Como curiosidad, el bueno de Morgan Freeman (que interpreta al portavoz gubernamental) llega a la presidencia de Estados Unidos por segunda vez en su carrera (ya lo fue en la apocalíptica Deep Impact), aunque aquí sea solo en funciones. Por lo demás, poca cosa. ¡Ah! Butler no dice eso de yipikayei hijo de…, ni tampoco augh, afortunadamente

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El brigada Landa

Con el adiós de Alfredo Landa se finiquita, por pura ley de vida, una amplia etapa del cine patrio. Landa formó parte en sus inicios de una industria que, bajo el paraguas de la dictadura franquista, paría productos como las comedias de costumbres con gran componente machista, lo que peyorativamente se conoció a la postre como españoladas, aunque se integró, de secundario, en filmes de caché como esas perlas de la época llamadas Atraco a las tres y El verdugo. Encasillado en interpretaciones de ciudadano de a pie, bajito, bizarro, de pelo en pecho, con una extraña mezcla de mala leche y de indestructible candidez, Landa se hizo un hueco en el sector e incluso dio nombre a un término, el landismo, que fue sinónimo de una especie de subgénero de lo anterior, que englobaba a películas de enredo con toques de erotismo pueril -propio de las circunstancias del momento-, en las que, sobre todo, las extranjeras venidas de la fría Escandinavia se erigían en objeto de frustrante deseo, y donde, además de él mismo, también pululaban por ese universo actores de la talla de José Luis López Vázquez y José Sacristán. Tras la llegada de la democracia, pudimos comprobar el enorme y sólido actor que era Alfredo Landa, en un cine más ambicioso y con otros registros. El crack y su secuela, Los santos inocentes ( por la que recibió ex aqueo -junto a Paco Rabal- en 1984 el premio a la mejor interpretación del Festival de Cannes), Los paraísos perdidos, El bosque animado (por la que obtuvo un Goya a la mejor interpretación, al igual que con La marrana) y El rey del río, entre otras, componen esa nutrida filmografía de su madurez personal y artística. Con Landa hemos disfrutado, nos hemos reído a rabiar, por su simpático y perenne cabreo, pero de manera particular me he descuajaringando a carcajadas viéndolo en la piel del brigada chusquero Castro en esa metáfora de la España que fue y que no queremos que se repita nunca llamada La vaquilla, del sublime Berlanga. “Cuidado mi teniente, cuidado conmigo, eh! Hemos corrido un encierro, nos hemos tragado una misa, hemos llevado una virgen, hemos cargado con un marqués, usted ha afeitado a un fascista, a mí me han pegado una cornada, éste… ¡se ha cagao!, a éste… lo han vestido de sacristán y a éste le han puesto los cuernos… Y todo por la jodida vaca ¡Qué le den mucho por el saco a la vaca! Yo me voy a comer…!”, dixit el ya eterno actor navarro en una de las escenas más celebradas del filme. Genio y figura. Descanse en paz.

 

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