Canarias

Goyas contenidos

Sobriedad, glamour hasta cierto punto discreto, poca fastuosidad, escasas sorpresas, alguna que otra crítica (muy tibia, cuando la hubo), algún espontáneo, y mucho humor (ya solo nos queda eso). Y es que hasta las galas entre las galas no se salvan de la alargada e inquietante sombra de la crisis. Los Goya más contenidos (por diversos motivos) que uno recuerde premiaron mesuradamente al favorito de las quinielas: ese western urbano llamado No habrá paz para los malvados, aunque nuestro (por lo de Mateo Gil) western del Altiplano, Blackthorn, tampoco se fue de vacío. Era lo esperado, incluidos los Goyas menores (salvo los premios a mejor actriz, Elena Anaya; y mejor banda sonora, Alberto Iglesias) para el hijo pródigo Pedro Almodóvar, quien con gafas a lo Jack Nicholson resistió impávido la velada. Eva Hache se sube al carro de presentadores -si bien se esperaba un poco más de ella- que se han ganado a pulso el volver a conducir una gala de los Goya. A diferencia de los estadounidenses en sus Oscar (Billy Crystal y poco más, no crean), por estos lares tenemos unos cuantos para elegir, desde los clásicos Rosa María Sardá y el Gran Wyoming, hasta José Corbacho y Buenafuente, sin obviar a un futurible en tales cometidos: Santiago Segura, con diferencia, el más canalla de los que pasaron el domingo por el acto. En una ceremonia que osciló entre las gracietas y el inicio del bostezo, se hicieron un sitio la emoción, en especial cuando subió al escenario una recuperada Silvia Abascal, y el absurdo, con el espontáneo que pidió dinero para un western en Extremadura (por allí pasó otro de Anonymous). La controversia también tuvo un cachito de protagonismo, una vez más con internet. Si el año pasado, el presidente saliente del cotarro académico, Álex de la Iglesia, decía que el “cine le debe mucho a internet”; el entrante, Enrique González Macho, opinaba que la red “no forma parte de la actividad económica de esta industria”. Qué cosas…

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Sherlock para rato

El revitalizado Sherlock Holmes parece que va a tener cuerda para mucho tiempo (además, con la inestimable ayuda de una miniserie que en España emite Antena 3). El director británico Guy Ritchie mantiene en su segunda entrega sobre el personaje la recién renovada pujanza cinematográfica del celebérrimo detective nacido de la ingeniosa y prolífica mente de Arthur Conan Doyle, que aún sigue suscitando interés, con lo cual no hace falta ningún método deductivo para inferir que la franquicia ya tiene garantizada la continuidad (al menos, otra cinta más). Guy Ritchie (Snatch: cerdos y diamantes, Rocknrolla) no se ha estrujado mucho la sesera que digamos (para qué, si la fórmula funciona) y se ha limitado a viajar por las mismas aguas del primer filme, contando prácticamente con el mismo elenco de actores, más la aportación de Jared Harris, en la piel del siempre siniestro e inquietante profesor Moriarty; de Stephen Fry, al que le va que ni pintado su flemático papel de Mycroft Holmes, el excéntrico y misógino hermano mayor del susodicho; y la de Noomi Rapace, quien abandona su rol de hacker inconformista y mala leche de su convincente Lisbeth Salander para convertirse en una misteriosa gitana. Con estos pertrechos, el realizador londinense ha sabido armar una buena historia, de mayor complejidad narrativa que la anterior, que atrapa al espectador desde el primer instante, y aunque quizás peque en algunos momentos de cierto ralentí, se remata con un brillantísimo final. En esta parte de la saga, subtitulada Juego de sombras, la acción gana enteros por su mera proyección fuera de la gris Inglaterra victoriana, con un pequeño periplo por Francia, Alemania y Suiza, y en la que el histrionismo que aporta Robert Downey Jr a Sherlock Holmes, tal vez más fiel al personaje original de lo que muchos piensan, y su contrapunto, Jude Law, otra vez en la piel del doctor Watson, vuelven a sustentar una película donde la pegadiza musiquita de Hans Zimmer apuntala su camino para erigirse en todo un clásico.

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Mitología tuneada

A la espera del estreno de la “canaria” Furia de Titanes 2, de Jonathan Liebesman, la cartelera cinematográfica alberga estas semanas otra muestra de mitología griega adulterada, en esta ocasión, de la mano de Immortals, una suerte de peplum pasado sin cortapisas por el tamiz de 300 y la saga de El señor de los anillos y concebido para mayor gloria del 3D, en el que los guionistas de la cinta en cuestión, Charley Parlapanides y Vlas Parlapanides, a pesar de llevar a cuestas un claro apellido heleno, se pasan por el forro de sus caprichos la literatura clásica al respecto. Hollywood tiene la inquietante y cansina manía de intentar mejorar lo inmejorable. El prolífico, lascivo y puñetero panteón griego, con Zeus, Hera, Atenea y Poseidón a la cabeza, resulta lo suficientemente atractivo y estimulante para no descarriar por un precipicio el particular culebrón mitológico de la Hélade, pergeñando extrañas e incomprensibles compañías de viaje. Mezclar a un tipo como Teseo, uno de los héroes griegos por antonomasia, el “torero” del Minotauro, quien dejó en Naxos para vestir santos a la bella Ariadna, con la lucha entre titanes y dioses del Olimpo, es como juntar churras con merinas en una noche sin luna. Bien es verdad que el peplum, esas películas de túnicas y espadas, mal llamadas -por extensión- de romanos, no suelen ser muy fieles a la Historia y a la leyenda, pero siempre se agradece un poco de rigor al cotarro. Immortals, dirigida por Tarsem Singh, y protagonizada por Henry Cavill, Mickey Rourke (le pone ganas a la cosa yendo de canalla sin escrúpulos), John Hurt (que siempre cuenten con él), Freida Pinto (lo mejor, sin duda) y Stephen Dorff (raro verlo por estos lares), deviene en un testosterónico filme, con imágenes hiperbólicas y una estética algo kitsch, cuyo hilo conductor no convence ni al más impávido creyente. Entretenimiento el justo para llevarse un buen puñado de palomitas a la boca y poco más en esta enésima revisitación del mentado género. Lo dicho, a la espera de más furias de titanes, a ver si esta vez sorprenden…

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Miedo escénico papal

¿Y si el que va a ser el heredero de San Pedro en la Tierra se rajase de su divina misión nada más salir elegido en el cónclave de la Capilla Sixtina? El conocido director y actor italiano Nanni Moretti se plantea esta sesuda, comprometedora y peliaguda cuestión y sus imprevistas consecuencias en la cinta Habemus Papam, pretendida sátira sobre el Sumo Pontífice. Pero no crean que Moretti se desmelena a la hora de ironizar acerca de los entresijos que rodean a la cúpula vaticana, en lo que podría haber sido una especie de reverso en clave sarcástica de Las sandalias del pescador (película de 1968 protagonizada por Anthony Quinn y basada en la novela de Morris West); en realidad, prefiere plantarse en las cuitas y dudas trascendentales de un hombre que no quiere ni por asomo ejercer de Pastor Supremo, en este caso un genial Michel Piccoli, en el papel del dubitativo e inseguro cardenal Melville. El autor de Caro diario opta, precisamente, por esta vía (lo que sorprende por su visión siempre ácida de la realidad), a pesar de que en la primera parte de la cinta nos frotamos las manos por las perspectivas que ofrece su desmitificadora imagen del boato eclesiástico a gran nivel y el vodevil permanente al que somete a los cardenales, a quienes trata como una miríada de entrañables ancianos (incluso los pone a jugar a voleibol). La película desemboca así en una reflexión sobre el miedo escénico y el acongojamiento que otorga ser el máximo representante de Dios por estos lares, aspecto que en cierta manera le resta fuerza al resultado final. Por eso, se  echa en falta de Moretti (que interpreta a un psicoanalista que acude al rescate papal, con una de las escenas más divertidas del filme, en la que entrevista “a solas” al temeroso obispo de Roma) el haber ido más allá, en poner el dedo en la llaga sobre determinadas cuestiones candentes en la Santa Sede. La Iglesia puede estar tranquila. Habemus Papam no es para tanto, sólo un pequeño dardo con poco veneno en las entrañas del Vaticano.

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El gen miedoso

Heredarás el miedo de tus padres… No se trata de un mandamiento bíblico, sino la premisa básica que propugna Intruders, la nueva película del paisano Juan Carlos Fresnadillo, que juega aquí de manera solvente y con frescura en el farragoso terreno de juego del terror psicológico. El director tinerfeño demuestra una vez más sus dotes de narrador y de artesano del género fantástico en el que es su tercer largometraje, una cinta de discreto guión, firmado por Nicolás Casariego y Jaime Marques (tal vez lo que más cojea del filme), que mezcla dosis de fantasía, suspense y drama familiar. Intruders, que fue recibida con aplausos en el Festival de Toronto, con menor entusiasmo en San Sebastián, pero que está obteniendo el aval del público, sin aportar un excesivo plus de originalidad, cumple al menos con uno de los objetivos fundamentales de este tipo de películas: mantener pegadito a la butaca y con los ojos bien abiertos al espectador. En este caso, a  la espera de desenredar una madeja que transita por una aparente simpleza a través de dos historias paralelas, una situada en España y la otra en Inglaterra, con dos niños como protagonistas y una especie de hombre del saco llamado Carahueca como cordón umbilical. Por cierto, Carahueca, ente o ser -o como quieran llamarle- que puede salir perfectamente de un cruce indoloro entre el Ghostface de Scream, los Nazgûl de El Señor de los Anillos y los dementores del mago Harry Potter -y alguno más que se me escapa-, tiene visos de convertirse en un personaje que viene para quedarse (si no, al tiempo). Intruders, que cuenta con un convincente Clive Owen y una cada vez más asentada Pilar López de Ayala en el papel de sorprendidos progenitores, sin obviar la interpretación de la preadolescente Ella Purnell y del “padre” Daniel Brühl, refleja bien a las claras que el cine patrio se atreve con todo cuando se disponen de los mimbres necesarios y confirma a Juan Carlos Fresnadillo como uno de nuestros mejores paladines cinematográficos a la búsqueda de próximas justas.

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