Canarias

Cuidando ‘drones’

Una de las escenas de la película

Sobra decir, antes de entrar en materia, que resulta otro vehículo teledirigido a la mayor glorificación de Tom Cruise, como lo fue también, aunque tal vez de manera más descarada, su anterior puesta en escena cinematográfica, Jack Reacher, y cómo no, la última entrega de la saga de Misión imposible (en cualquier caso, una de las mejores de la serie). Sin embargo, este filme de ciencia ficción posee los cimientos suficientes para no ser engullido de forma inmisericorde por el agujero negro al que cada vez más se parece el panorama actual que presenta el género. Con un ritmo cansino en ocasiones -demasiadas para un escurridizo Cruise, acostumbrado a dar saltos y echar carreras- y una interesante escenografía minimalista, la cinta, dirigida por Joseph Kosinski (Tron Legacy), basada en una novela gráfica en la que el propio realizador se encargó de la dirección artística, nos lleva a una Tierra deshabitada tras una apocalíptica guerra contra alienígenas, donde un otrora astronauta de la NASA ejerce de técnico de mantenimiento de unos drones (la dichosa palabreja está de moda) que vigilan el planeta. Excesivamente larga, Oblivion juega con cierta habilidad con las herramientas básicas de una buena película de ciencia ficción (no en vano es deudora de un buen puñado de clásicos, desde El planeta de los simios y 2001: Una odisea en el espacio, hasta La guerra de las galaxias o Independence Day, por mentar algunos de los títulos más conocidos) y mantiene el permanente interés del espectador -al menos, durante la primera hora-, bajo una atmósfera de incertidumbre que tiene su encanto, en la que acompañan al ínclito Cruise como partenaires Olga Kurylenko y Andrea Riseborough, con la casi anecdótica presencia del incombustible Morgan Freeman. Obviamente, Oblivion no pasará a los anales del género, pero sí deviene en un producto con muy buenas intenciones, con una excelente fotografía y entretenido, que al fin y al cabo es de lo que se trata.

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Menú presidencial

La película está inspirada en Danièle Delpeuch

La última vez que degusté un plato gastronómico-fílmico francés (en diciembre pasado, para más señas) casi me atraganto. El chef, la receta de la felicidad, así se llamaba la película, dirigida por Daniel Cohen, y protagonizada por Jean Reno y Michaël Youn, con un pequeño y fallido cameo de Santiago Segura, me produjo, incluso, acidez de estómago, toda vez que esta auténtica astracanada, vano intento de comedia ligera, resultaba bastante difícil de digerir. Y como el homo sapiens siempre tropieza con la misma piedra, pues quise repetir, como el ajo, y… La cocinera del presidente es otro ejemplo peregrino de hacer que tu faz esboce algo parecido a la risa o refleje algún tipo de emoción. El filme, del realizador Christian Vincent, está inspirado en Danièle Delpeuch, la única mujer cocinera que, por el momento, ha ocupado la máxima responsabilidad culinaria en los ágapes presidenciales del Palacio del Elíseo; en su caso, durante dos años bajo el mandato del socialista François Mitterrand. En la cinta, Delpeuch se llama Hortense Laboire (la actriz Catherine Frot) y el presidente Mitterrand simplemente es el presidente (un neófito, en las lides interpretativas, Jean d’Ormesson). La historia de esta chef presidencial se cuenta de forma simultánea en dos etapas: cuando Laboire cocinaba en el Elíseo y cuando hacía lo propio en una base francesa en una isla de la Antártida, donde había arribado para desestresarse de tanta tensión gastronómica. La cocinera del presidente resulta desde el punto de vista narrativo un ejercicio sencillo y hasta placentero (acaso no lo es ver pasar delante de ti semejantes manjares y exquisiteces sin poder hincarle el diente), pero de la misma manera deviene en un filme plano y sin vigor, que no explota ni siquiera los presuntos momentos de mayor comicidad -escasísimos, por otra parte-. Paradójicamente, una película en la que pululan tantos olores y sabores te deja al final con una enorme sensación de hambre. Es lo que tiene la supuesta alta cuisine… Nada pantagruélica.

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Disección a Hitchcock

Un fotograma del filme

Un sencillo ejercicio de cinefilia para disfrutar sin mayores pretensiones. Así es Hitchcock, el biopic parcial del genial maestro del suspense encarnado por un forzadamente orondísimo Anthony Hopkins y que nos muestra al célebre director británico en el cénit de su carrera, cuando rodó una de sus obras más sublimes y, desde luego, la más fetiche, Psicosis. El filme, dirigido por Sacha Gervais y basado en el libro Alfred Hitchcock and the making of Psycho, de Stephen Rebello, incide en la figura del insigne cineasta, en sus manías y en su particular carácter, más que en el propio rodaje de la mítica cinta, que sirve como evidente Macguffin -aplicando la propia terminología hitchkoniana– para explorar las pulsiones de este personaje egocéntrico e inseguro pero fundamental en el universo del séptimo arte y en la propia consolidación del lenguaje cinematográfico. Desde este punto de vista, la película se deja ver de un tirón, porque disecciona -aunque sea levemente- a un director intergeneracional, cuyo legado salpica de fotogramas nuestra memoria colectiva.

Una de las escenas más famosas del cine

Con unos diálogos ágiles, que enfatizan el ácido humor del realizador londinense, el filme no solo se sustenta en la más que correcta y mesurada interpretación de Hopkins -cuya caracterización, en cualquier caso, se excede un poco a lo ancho-, sino en la siempre talentosa Helen Mirren, en el papel de Alma Reville, la esposa de Hitchcock, y a la que acompaña de manera convincente Scarlett Johannson, en la piel de Janet Leight. Cine dentro del cine -de estas mismas características quién no recuerda Cazador blanco, corazón negro, de Clint Eastwood, sobre John Houston y el rodaje de La Reina de África-, aquí con guiños constantes a otras películas del director obsesionado con las rubias como La ventana indiscreta o Los pájaros. En definitiva, una cinta entretenida,  sin grandes alharacas, pero de esos filmes que nos hacen salir del cine con buen sabor de boca.

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Premio al cine mudo

En medio de este planeta digital, del 3-D y demás parafernalia técnica en la que vivimos, una película francesa, muda y en blanco y negro, ha reivindicado el mundo desposeído de palabras, en el que la imagen cobra su poder más descriptivo para emocionarnos. En un auténtico desafío creativo y comercial, The Artist ha cautivado al público con su sentido homenaje a un cine de otra pasta, de otros mimbres, que ya no volverá. La apuesta de Hazanavicius ha tenido su recompensa en la propia Meca del Cine, con un filme que recuerda a los estadounidenses en su propia cara los orígenes de esta industria. En la edición inaugural de estos galardones (que aún no se llamaban Oscar), que se entregaron por primera vez en 1929 (se premiaba a las películas del periodo 1927-1928), la ganadora se llamaba Wings (Alas), de William A. Wellman. Fue la primera vez y única (hasta el pasado lunes) que una cinta muda había logrado tal distinción. Wings suponía el canto del cisne de un modelo cinematográfico, en una época en la que la irrupción del sonoro era inevitable. Más de 80 años después, The Artist sorprende por su “modernidad”, revalorizando el espíritu de los pioneros…

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Goyas contenidos

Sobriedad, glamour hasta cierto punto discreto, poca fastuosidad, escasas sorpresas, alguna que otra crítica (muy tibia, cuando la hubo), algún espontáneo, y mucho humor (ya solo nos queda eso). Y es que hasta las galas entre las galas no se salvan de la alargada e inquietante sombra de la crisis. Los Goya más contenidos (por diversos motivos) que uno recuerde premiaron mesuradamente al favorito de las quinielas: ese western urbano llamado No habrá paz para los malvados, aunque nuestro (por lo de Mateo Gil) western del Altiplano, Blackthorn, tampoco se fue de vacío. Era lo esperado, incluidos los Goyas menores (salvo los premios a mejor actriz, Elena Anaya; y mejor banda sonora, Alberto Iglesias) para el hijo pródigo Pedro Almodóvar, quien con gafas a lo Jack Nicholson resistió impávido la velada. Eva Hache se sube al carro de presentadores -si bien se esperaba un poco más de ella- que se han ganado a pulso el volver a conducir una gala de los Goya. A diferencia de los estadounidenses en sus Oscar (Billy Crystal y poco más, no crean), por estos lares tenemos unos cuantos para elegir, desde los clásicos Rosa María Sardá y el Gran Wyoming, hasta José Corbacho y Buenafuente, sin obviar a un futurible en tales cometidos: Santiago Segura, con diferencia, el más canalla de los que pasaron el domingo por el acto. En una ceremonia que osciló entre las gracietas y el inicio del bostezo, se hicieron un sitio la emoción, en especial cuando subió al escenario una recuperada Silvia Abascal, y el absurdo, con el espontáneo que pidió dinero para un western en Extremadura (por allí pasó otro de Anonymous). La controversia también tuvo un cachito de protagonismo, una vez más con internet. Si el año pasado, el presidente saliente del cotarro académico, Álex de la Iglesia, decía que el “cine le debe mucho a internet”; el entrante, Enrique González Macho, opinaba que la red “no forma parte de la actividad económica de esta industria”. Qué cosas…

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Sherlock para rato

El revitalizado Sherlock Holmes parece que va a tener cuerda para mucho tiempo (además, con la inestimable ayuda de una miniserie que en España emite Antena 3). El director británico Guy Ritchie mantiene en su segunda entrega sobre el personaje la recién renovada pujanza cinematográfica del celebérrimo detective nacido de la ingeniosa y prolífica mente de Arthur Conan Doyle, que aún sigue suscitando interés, con lo cual no hace falta ningún método deductivo para inferir que la franquicia ya tiene garantizada la continuidad (al menos, otra cinta más). Guy Ritchie (Snatch: cerdos y diamantes, Rocknrolla) no se ha estrujado mucho la sesera que digamos (para qué, si la fórmula funciona) y se ha limitado a viajar por las mismas aguas del primer filme, contando prácticamente con el mismo elenco de actores, más la aportación de Jared Harris, en la piel del siempre siniestro e inquietante profesor Moriarty; de Stephen Fry, al que le va que ni pintado su flemático papel de Mycroft Holmes, el excéntrico y misógino hermano mayor del susodicho; y la de Noomi Rapace, quien abandona su rol de hacker inconformista y mala leche de su convincente Lisbeth Salander para convertirse en una misteriosa gitana. Con estos pertrechos, el realizador londinense ha sabido armar una buena historia, de mayor complejidad narrativa que la anterior, que atrapa al espectador desde el primer instante, y aunque quizás peque en algunos momentos de cierto ralentí, se remata con un brillantísimo final. En esta parte de la saga, subtitulada Juego de sombras, la acción gana enteros por su mera proyección fuera de la gris Inglaterra victoriana, con un pequeño periplo por Francia, Alemania y Suiza, y en la que el histrionismo que aporta Robert Downey Jr a Sherlock Holmes, tal vez más fiel al personaje original de lo que muchos piensan, y su contrapunto, Jude Law, otra vez en la piel del doctor Watson, vuelven a sustentar una película donde la pegadiza musiquita de Hans Zimmer apuntala su camino para erigirse en todo un clásico.

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Mitología tuneada

A la espera del estreno de la “canaria” Furia de Titanes 2, de Jonathan Liebesman, la cartelera cinematográfica alberga estas semanas otra muestra de mitología griega adulterada, en esta ocasión, de la mano de Immortals, una suerte de peplum pasado sin cortapisas por el tamiz de 300 y la saga de El señor de los anillos y concebido para mayor gloria del 3D, en el que los guionistas de la cinta en cuestión, Charley Parlapanides y Vlas Parlapanides, a pesar de llevar a cuestas un claro apellido heleno, se pasan por el forro de sus caprichos la literatura clásica al respecto. Hollywood tiene la inquietante y cansina manía de intentar mejorar lo inmejorable. El prolífico, lascivo y puñetero panteón griego, con Zeus, Hera, Atenea y Poseidón a la cabeza, resulta lo suficientemente atractivo y estimulante para no descarriar por un precipicio el particular culebrón mitológico de la Hélade, pergeñando extrañas e incomprensibles compañías de viaje. Mezclar a un tipo como Teseo, uno de los héroes griegos por antonomasia, el “torero” del Minotauro, quien dejó en Naxos para vestir santos a la bella Ariadna, con la lucha entre titanes y dioses del Olimpo, es como juntar churras con merinas en una noche sin luna. Bien es verdad que el peplum, esas películas de túnicas y espadas, mal llamadas -por extensión- de romanos, no suelen ser muy fieles a la Historia y a la leyenda, pero siempre se agradece un poco de rigor al cotarro. Immortals, dirigida por Tarsem Singh, y protagonizada por Henry Cavill, Mickey Rourke (le pone ganas a la cosa yendo de canalla sin escrúpulos), John Hurt (que siempre cuenten con él), Freida Pinto (lo mejor, sin duda) y Stephen Dorff (raro verlo por estos lares), deviene en un testosterónico filme, con imágenes hiperbólicas y una estética algo kitsch, cuyo hilo conductor no convence ni al más impávido creyente. Entretenimiento el justo para llevarse un buen puñado de palomitas a la boca y poco más en esta enésima revisitación del mentado género. Lo dicho, a la espera de más furias de titanes, a ver si esta vez sorprenden…

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Miedo escénico papal

¿Y si el que va a ser el heredero de San Pedro en la Tierra se rajase de su divina misión nada más salir elegido en el cónclave de la Capilla Sixtina? El conocido director y actor italiano Nanni Moretti se plantea esta sesuda, comprometedora y peliaguda cuestión y sus imprevistas consecuencias en la cinta Habemus Papam, pretendida sátira sobre el Sumo Pontífice. Pero no crean que Moretti se desmelena a la hora de ironizar acerca de los entresijos que rodean a la cúpula vaticana, en lo que podría haber sido una especie de reverso en clave sarcástica de Las sandalias del pescador (película de 1968 protagonizada por Anthony Quinn y basada en la novela de Morris West); en realidad, prefiere plantarse en las cuitas y dudas trascendentales de un hombre que no quiere ni por asomo ejercer de Pastor Supremo, en este caso un genial Michel Piccoli, en el papel del dubitativo e inseguro cardenal Melville. El autor de Caro diario opta, precisamente, por esta vía (lo que sorprende por su visión siempre ácida de la realidad), a pesar de que en la primera parte de la cinta nos frotamos las manos por las perspectivas que ofrece su desmitificadora imagen del boato eclesiástico a gran nivel y el vodevil permanente al que somete a los cardenales, a quienes trata como una miríada de entrañables ancianos (incluso los pone a jugar a voleibol). La película desemboca así en una reflexión sobre el miedo escénico y el acongojamiento que otorga ser el máximo representante de Dios por estos lares, aspecto que en cierta manera le resta fuerza al resultado final. Por eso, se  echa en falta de Moretti (que interpreta a un psicoanalista que acude al rescate papal, con una de las escenas más divertidas del filme, en la que entrevista “a solas” al temeroso obispo de Roma) el haber ido más allá, en poner el dedo en la llaga sobre determinadas cuestiones candentes en la Santa Sede. La Iglesia puede estar tranquila. Habemus Papam no es para tanto, sólo un pequeño dardo con poco veneno en las entrañas del Vaticano.

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El gen miedoso

Heredarás el miedo de tus padres… No se trata de un mandamiento bíblico, sino la premisa básica que propugna Intruders, la nueva película del paisano Juan Carlos Fresnadillo, que juega aquí de manera solvente y con frescura en el farragoso terreno de juego del terror psicológico. El director tinerfeño demuestra una vez más sus dotes de narrador y de artesano del género fantástico en el que es su tercer largometraje, una cinta de discreto guión, firmado por Nicolás Casariego y Jaime Marques (tal vez lo que más cojea del filme), que mezcla dosis de fantasía, suspense y drama familiar. Intruders, que fue recibida con aplausos en el Festival de Toronto, con menor entusiasmo en San Sebastián, pero que está obteniendo el aval del público, sin aportar un excesivo plus de originalidad, cumple al menos con uno de los objetivos fundamentales de este tipo de películas: mantener pegadito a la butaca y con los ojos bien abiertos al espectador. En este caso, a  la espera de desenredar una madeja que transita por una aparente simpleza a través de dos historias paralelas, una situada en España y la otra en Inglaterra, con dos niños como protagonistas y una especie de hombre del saco llamado Carahueca como cordón umbilical. Por cierto, Carahueca, ente o ser -o como quieran llamarle- que puede salir perfectamente de un cruce indoloro entre el Ghostface de Scream, los Nazgûl de El Señor de los Anillos y los dementores del mago Harry Potter -y alguno más que se me escapa-, tiene visos de convertirse en un personaje que viene para quedarse (si no, al tiempo). Intruders, que cuenta con un convincente Clive Owen y una cada vez más asentada Pilar López de Ayala en el papel de sorprendidos progenitores, sin obviar la interpretación de la preadolescente Ella Purnell y del “padre” Daniel Brühl, refleja bien a las claras que el cine patrio se atreve con todo cuando se disponen de los mimbres necesarios y confirma a Juan Carlos Fresnadillo como uno de nuestros mejores paladines cinematográficos a la búsqueda de próximas justas.

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