Canarias

Biografía en tres actos

Michael Fassbender es el protagonista del nuevo 'biopic' sobre 'Steve Jobs', que dirige Danny Boyle. / UNIVERSAL

Michael Fassbender es el protagonista del nuevo ‘biopic’ sobre Steve Jobs. / UNIVERSAL

El impacto de la revolución tecnológica y sus gurús resulta un interesante caldo de cultivo para el cine y factor de actualización con la contemporaneidad, que se ha sustanciado en diversas aportaciones, especialmente en el terreno de las biografías cinematográficas. El fallecido Steve Jobs, cofundador de Apple, es un claro ejemplo del atractivo que suscita al mundo del celuloide, con varios biopics ya a cuestas, como Piratas de Silicon Valley (Martyn Burke, 1999), iSteve (Ryan Perez, 2013), Jobs (Joshua Michael Stern, 2013) o el documental Steve Jobs: Man in The Machine (Alex Gibney, 2015). Ahora, Steve Jobs, dirigida por Danny Boyle con libreto de Aaron Sorkin -sobra decir a estas alturas que se trata de uno de los mejores guionistas del mundo-, se suma a este listado más o menos hagiográfico, si bien con elementos superiores al resto de sus predecesoras. La cinta se asienta en los instantes previos a tres momentos cruciales profesionales -y vitales- del personaje en cuestión: las mediáticas presentaciones -precisamente, uno de los puntos fuertes de Jobs- del primer Macintosh, en 1984; de la computadora NeXT, en 1988; y del iMac, en 1998, aderezados todos con puntuales flashbacks que rompen un poco con la estructura planteada. En esta puesta en escena cuasi teatral -los exteriores devienen en pura anécdota- se disecciona la particular y ególatra personalidad de Jobs, esculpida aquí por Michael Fassbender, en una de sus mejores interpretaciones que, a buen seguro, ubica al actor nacido en Alemania en el sendero que lleva a los Óscar. El filme, con brillantes y ágiles diálogos -marca Sorkin-, además de un ritmo adecuado que en ningún momento hace decaer el metraje, es un ir y venir continuo que bucea en las relaciones con sus más estrechos colaboradores y allegados, desde su compañero de fatigas Steve Wozniak (Seth Rogen) hasta el que fuera director general de Apple, John Sculley (Jeff Daniels), pasando por su expareja Chrisann Brennan (Katherine Waterston), el ingeniero Andy Hertzfeld (Michael Stuhlbarg) y su exjefa de marketing, Joanna Hoffman (una genial Kate Winslet); eso sí, con el acento puesto en los distantes vínculos con su hija, Lisa, a la que en un principio Jobs no reconoce. La película se abstrae de la linealidad y de la literalidad en su tratamiento para recrear, por el contrario, su peculiar -y difícil- carácter y su carismática capacidad de propalar ilusiones, aunque con la suficiente distancia para que el espectador no logre empatizar con este genio de las nuevas tecnologías.

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No mires hacia abajo

Fotograma de la película 'El desafío', de Robert Zemeckis / SONY

Joseph Gordon-Levitt interpreta al equilibrista francés Philippe Petit en ‘El desafío’. / SONY

Cada cual tiene sus sueños en forma de retos, algo bastante respetable por otra parte, faltaría más. Sin embargo, hay gente que pone el listón muy pero que muy alto, tanto como los más de 400 metros que medían las trágicamente desaparecidas Torres Gemelas. Es el caso de Philippe Petit, el célebre equilibrista francés, que allá por el verano del año 1974 cruzó ni corto ni perezoso -y con nocturnidad, premeditación y alevosía- por encima de un fino alambre la distancia en altura que separaba a los dos colosos neoyorquinos, ante la atenta mirada de cientos de curiosos viandantes y de la enfurecida Policía en la bulliciosa Manhattan. Tal vertiginosa hazaña, contada en el libro Alcanzar las nubes -desde luego, un más que acertado título-, fue llevada a la gran pantalla en forma de documental por el cineasta británico James Marsh, que logró con su adaptación, llamada Man on wire, el Óscar en 2008. Así que era cuestión de poco tiempo que un material tan cinematográfico se tratara de nuevo, y que mejor que uno de los grandes del blockbuster, Robert Zemeckis (Regreso al futuro -I, II y III-, ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, Forrest Gump, Beowulf), para encargarse de dar forma a tamaña misión. El desafío (The walk) se explaya, al socaire de los alardes y efectos técnicos digitales (que ya le habrían gustado a don Alfred Hitchcock para enfatizar su Vértigo), en el puro compromiso con el espectáculo visual, firma indefectible del propio Zemeckis. Petit, interpretado por un convincente Joseph Gordon-Levitt -a quien acompañan en el reparto Charlotte Le Bon y Ben Kingsley-, cuenta en primera persona, subido desde un púlpito inusual: lo alto de la Estatua de la Libertad, su sueño y el origen de sus motivaciones en pos de la consecución del aventurero reto. Zemeckis esboza una película entretenida -que es de lo que se trata al fin y al cabo-, especialmente en su segunda parte, a pesar de que sabemos de antemano el resultado final, y no defrauda al narrar los detalles de cómo se tramó una peripecia digna de un personaje que parece estar lejos de la cordura y cerca de la genialidad. El desafío quita el hipo y logra que el espectador se aferre a la butaca, no sea que caiga al vacío en lugar del funámbulo. Desde luego, una cinta ideal para quien no tenga mal de altura.

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Despertar la fuerza

Fotograma de'Star Wars: El despetar de la Fuerza'. / DISNEY

Kylo Ren, uno de los nuevos personajes que se incorporan a la saga ‘Star Wars’. / DISNEY

Sí, sin ningún tipo de ambages ni dudas. Era lo que esperábamos ver, sobre todo después de la fallida y agridulce trilogía-precuela (ya saben, los Episodios I, II y III) de la serie Star Wars -para los de mi época, La Guerra de las Galaxias-, que tan mal sabor de boca dejó a la legión mundial de seguidores de este producto cinematográfico convertido ya en auténtica mitología. El despertar de la Fuerza, la continuación de la celebérrima franquicia galáctica, ha supuesto un alivio para los fans y un acicate para los productores (con Disney ahora a los mandos tras comprarle los derechos a George Lucas ) al cumplirse con creces las expectativas, tanto temáticas y narrativas como recaudatorias -que son a la postre las que deciden su pervivencia-. J. J. Abrams, el director del cotarro, un profundo conocedor de la filosofía de la saga, ha sabido captar la esencia original de Star Wars y adaptarla a los nuevos tiempos, sin que el resultado chirríe o haga aguas por algún lado. Las continuas referencias y guiños (que el avezado espectador sabrá apreciar en buena medida) a los filmes primigenios (La Guerra de las Galaxias, El Imperio contraataca y El retorno del Jedi) no solo enriquecen y dan lustre al relato, sino que inoculan en grandes dosis el espíritu inicial a tramas, escenarios y personajes que se suman al imaginario creado decenios atrás. Abrams, quien confirma aquí sus dotes de “resucitador” de sagas -ya lo hizo con la “rival” Star Trek-, juega hábilmente con lo antiguo y lo nuevo y ambas cosas se ensamblan a la perfección, insuflando de paso a la historia una decidida vocación por la aventura clásica. El despertar de la Fuerza se sitúa cronológicamente 30 años después de la batalla de Endor, con la irrupción de una nueva amenaza que sustituye al Imperio en el “lado oscuro”: la Primera Orden, a la que le hace frente la Resistencia. La eterna lucha entre el bien y el mal, cuitas familiares, criaturas estrafalarias, robots y naves imposibles… Ingredientes de antaño pero actualizados. Quedan así puestas las bases de una remozada serie, con personajes como Rey (Daisy Ridley), Finn (John Boyega) y Kylo Ren (Adam Driver), que tienen nexos con el pasado en las figuras de Han Solo (Harrison Ford, quién si no), la princesa Leia (Carrie Fisher) -ahora convertida en la general Organa- y Luke Skywalker (Mark Hamill). Si no hay alguna perturbación que lo impida, la Fuerza ha regresado para quedarse por mucho tiempo.

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Un puente bien construido

Tom Hanks protagoniza 'El puente de los espías'. / FOX

Tom Hanks protagoniza ‘El puente de los espías’, la nueva película de Steven Spielberg. / FOX

La vuelta del Rey Midas de Hollywood siempre es una gran noticia, y más si lo hace por la puerta grande, aunque ya eso de convertir en oro todo lo que toca parece cosa del pasado. Steven Spielberg regresa a la pantalla después de su biopic de Abraham Lincoln -en 2012- con El puente de los espías, filme brillante e inteligente -ahí está el libreto firmado por Matt Charman y los hermanos Cohen-, en el que demuestra una vez más sus enormes dotes de narrador, con una expeditiva puesta en escena y un dominio absoluto del lenguaje cinematográfico, remarcado con la sublime fotografía del polaco Janusz Kaminski. Spielberg despliega sobre el tapete y como alegato la defensa a ultranza de la legalidad en su país, en un contexto de plena ebullición de la Guerra Fría con una CIA pragmática e implacable como contrapoder -antes y ahora-, y donde la bandera de las libertades, enarbolada por el abogado James B. Donovan, en la figura de uno de sus actores fetiche, Tom Hanks, se erige como elemento diferenciador frente a la Unión Soviética, su contrincante al otro lado del telón de acero. Con el añejo sabor de las películas de espías, aunque en realidad no lo es en stricto sensu, Spielberg traza sobre unos hechos reales un verdadero thriller político, dotándolo de elementos de suspense que a ratos recuerdan a Hitchcock -también caben aquí como referencias otros directores de la época clásica- en filmes de parecida temática, como Cortina rasgada (1966) o Topaz (1969). Hanks, émulo contemporáneo de James Stewart en su papel de héroe tranquilo, y en el caso que nos ocupa un Atticus Finch de altos vuelos, interpreta al íntegro letrado que lucha contra el establishment para dar una salida garantista a su incómodo cliente, el espía soviético Rudolf Abel -un genial Mark Rylance-, cazado por el FBI en pleno Brooklyn, tesitura que luego le llevará a desempeñar el papel de avezado mediador en un intercambio de agentes secretos entre Estados Unidos y la URSS en el complicado Berlín de posguerra. Precisamente, las escenas en la ciudad germana, justo en el momento de la construcción del muro de la vergüenza, resultan las más vibrantes de un conjunto en el que no faltan las comedidas notas de humor y que comienza con una magistral secuencia, digna del maestro que es Spielberg. Vayan a verla.

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Persiguiendo al Leviatán

Fotograma del filme 'En el corazón del mar', dirigida por Ron Howard. / WARNER BROS.

Chris Hemsworth es el protagonista de ‘En el corazón del mar’. / WARNER BROS.

El mar, la mar, que diría Rafael Alberti, vuelve a salpicar la pantalla grande, lo cual siempre es de agradecer. Desde la maravillosa Master and Commander: al otro lado del mundo (2003), de Peter Weir,  protagonizada por Russell Crowe y basada en la serie de novelas de Patrick O’Brian, no veíamos una película de aventuras de corte clásico en el gran azul. Ahora llega En el corazón del mar, el nuevo producto de Ron Howard, cinta rodada por estos lares isleños, especialmente en La Gomera, que narra la historia real del ballenero norteamericano Essex, que allá por el primer tercio del siglo XIX fue hundido por un cachalote de dimensiones bíblicas y que sirvió de inspiración a Herman Melville para su afamada novela Moby Dick. De esta manera, Canarias queda vinculada definitivamente al mito de la ballena blanca cinematográfica, dado que la versión más popular en celuloide de Moby Dick también se filmó en el Archipiélago, en aguas grancanarias, a principios de los años 50. En el corazón del mar deviene en un notable blockbuster; sin embargo, se esperaba mucho más de uno de los directores consagrados de Hollywood, en una cinta que se prestaba por su contenido y posibilidades a la épica más desaforada. Howard tenía un buen material entre sus manos y se le ha escapado como el enorme cachalote -un Leviatán en toda regla- del filme, por no arponear bien en la diana de la emoción, aspecto primordial en las epopeyas de este calibre. La película despliega sus velas en su grandiosa factura visual y pierde el rumbo en su tramo final. Del guión, no se sustancia lo suficiente el antagonismo del capitán del ballenero y su primer oficial, a la sazón Chris Hemsworth, y no se incide lo deseable en mostrar la vida a bordo de un barco de principios de la centuria decimonónica, como sí ocurre en Master and Commander -da igual que fuese un buque de guerra-, la referencia obvia y más cercana en el tiempo. De lo más destacable del filme, la convincente interpretación de Hemsworth, acostumbrados a verlo en otras lides testosterónicas (excepto en Rush), pegando mamporros a diestro y siniestro con el martillo de Thor. Del elenco, en el que está incluido nuestro Jordi Mollà (un cameo, en realidad) resalta, además, el joven Tom Holland (al que vimos en Lo imposible,  igualmente con el agua hasta el cuello). Pese a todo, En el corazón del mar, que cuenta con una gran partitura de Roque Baños, mantiene el espíritu de las viejas películas de aventuras.

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Sin juegos ni hambre

Fotograma de 'Los juegos del hambre. Sinsajo-Parte 2'. / EONE-EUROPA PRESS

Fotograma de ‘Los juegos del hambre. Sinsajo-Parte 2’. / EONE-EUROPA PRESS

Los juegos del hambre, la conocida saga cinematográfica inspirada en la a su vez popular trilogía literaria del mismo nombre, nacida de la prolífica imaginación de la escritora estadounidense Suzanne Collins, ha llegado a su fin, y con ella parece que el interés del público por las franquicias basadas en novelas que presentan como denominador común las peripecias de adolescentes o posadolescentes en sociedades distópicas -en este caso, una Norteamérica de corte fascista denominada Panem-. Las modas en el cine transitan así, de esta manera, y aunque todavía quedan resquicios de tal tendencia, es decir, las continuaciones y clausuras de series como Divergente o El corredor del laberinto, lo cierto es que  huelen a producto caducado. Los juegos del hambre: Sinsajo-Parte II viene a confirmar el agotamiento de la chispa que ya vimos en la entrega precedente, muy lejos de los bríos y de la fuerza visual de las dos primeras, eminentemente entretenidas y con una gran vocación generalista a pesar de que su target objetivo era el público juvenil; películas cimentadas, por otro lado, en un relevante elenco de actores -Donald Sutherland, Woody Harrelson, Julianne Moore, Stanley Tucci, Elizabeth Banks y el fallecido Philip Seymour Hoffman-, que flanqueaba con solvencia al trío protagonista, Jennifer Lawrence, Josh Hutcherson y Liam Hemsworth. La cinta final, dirigida por Francis Lawrence (realizador de las tres últimas películas de la saga), sigue los parámetros de la anterior e incluso puede que la supere en abotargamiento: son los riesgos que se corren con la maldita y monetaria manía del Hollywood de los últimos tiempos de dividir en dos un epílogo, con el consiguiente espaciamiento temporal que suele llevar irremisiblemente al camino de la abulia y del desinflamiento. En ningún momento el filme mantiene el pulso del interés, y la acción no es, a juicio del que suscribe, ni la suficiente ni la adecuada, cuando, precisamente, se esperaba todo lo contrario, a modo de guinda del pastel. Una vez más, sólo se salva de la quema esa atractiva heroína futurista llamada Katniss Everdeen, que ha ido modelando a base de cincel interpretativo la oscarizada Jennifer Lawrence, y que por lo menos resuelve aquí su triángulo amoroso.

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Muchos apellidos

Una de las escenas del filme 'Ocho apellidos catalanes', de Emilio Martínez-Lázaro. / UNIVERSAL

Una de las escenas del filme ‘Ocho apellidos catalanes’, de Emilio Martínez-Lázaro. / UNIVERSAL

El parné siempre manda en esto del cine, y si una película tiene éxito, es decir, arrasa en taquilla, pues entonces se estira el chicle todo lo que se pueda. Ocho apellidos vascos (2014), la película con mayor recaudación de la historia de la cinematografía patria, no iba a ser menos, y su continuación era ya un hecho casi a las pocas semanas de estrenarse. La temática de la segunda parte de la franquicia liderada por ese artesano llamado Emilio Martínez-Lázaro estaba clara, más que nada porque la rabiosa actualidad también lo ponía a huevo, que diría un castizo: ya saben, el desafío soberanista de Cataluña y bla, bla, bla. Ocho apellidos catalanes sigue la misma línea de su antecesora, que tan buenos resultados -de público- dio, explotando similares clichés y estereotipos regionales, si bien incluso superando a la primera en su panoplia de chistes fáciles. Martínez-Lázaro y los guionistas Borja Cobeaga y Diego San José no logran sorprender -empresa que se antojaba difícil, dicho sea de paso- ni siquiera con el nuevo y atractivo “escenario catalán” (donde se traslada la trama tras romper su noviazgo la pareja protagonista, Amaia-Clara Lago y Rafa-Dani Rovira), y fracasan en el empeño de sacar el suficiente partido, más allá de alguna que otra risotada, a un contexto que no se escapa al humor en todas sus vertientes y manifestaciones -sobre todo, el surrealista-. Sin duda, lo mejor del filme, al igual que ocurrió en la cinta inaugural de esta particular saga, son los actores mal llamados secundarios, especialmente Karra Elejalde y Carmen Machi, a los que se ha sumado la extraordinaria Rosa María Sardá -no así Berto Romero, que desentona un poco en su papel de novio pijo y hipster-. En cualquier caso, lo positivo de cintas como las mentadas deviene en su aportación para continuar horadando el filón -muy virgen aún en este cainita país- de poder reirnos de nosotros mismos, de nuestras diferencias pero también de nuestras similitudes. Ahí radica el mérito de este producto orquestado por Martínez-Lázaro, que al parecer por cómo se ventila su final no se va a convertir en trilogía, aunque nunca se sabe. Como dije al principio, el parné siempre manda…

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En la frontera

Fotograma de una de las escenas de 'Sicario'. / LIONSGATE

Fotograma de una de las escenas de ‘Sicario’. / LIONSGATE

En los últimos tiempos, el cine ha tratado el siniestro mundo del tráfico de drogas, especialmente en el ámbito de los temibles y violentos cárteles, preñando películas de diferentes facturas, como Traffic (Steven Soderbergh, 2001), Salvajes (Oliver Stone, 2012) Escobar: Paraíso perdido (Andrea Di Stefano, 2014) por citar solo unas cuantas, las más conocidas. Ahora, llega a las pantallas Sicario, un notable filme dirigido por el canadiense Denis Villeneuve que cuenta entre sus protagonistas con Emily Blunt, Josh Brolin y el incombustible en estas lides Benicio del Toro (el actor puertorriqueño es ya un clásico en la temática, no en vano ha participado en todas las cintas antes mentadas). Tras el visionado de Sicario resulta inevitable  su comparación con la excelente Traffic. En el caso de la cinta de Steven Soderbergh, el abonado terreno de las drogas se aborda desde múltiples perspectivas, de una manera casi integral, poniendo el foco en la burocrática política gubernamental, las operaciones policiales a ambos lados de la frontera entre Estados Unidos y México, la corrupción lineal y transversal, los recovecos del consumo, y los devastadores efectos de la adicción y su incidencia. Soderbergh compone, con un soberbio tono narrativo, un caleidoscópico fresco del problema y sus derivaciones, si bien lo pincela con un claro tono esperanzador que no diluye para nada el resultado final. Villeneuve se centra en Sicario en el combate contra las drogas desde el lado más opulento de esa misma frontera, y lo ejemplifica en las figuras de una idealista agente del FBI (Blunt) y de un pragmático miembro del servicio secreto (Brolin), a quien acompaña un misterioso compañero de fatigas (Del Toro) -del que sobra decir que está inmenso en su interpretación, como siempre-, embarcados en una operación encubierta contra el cártel de Sinaloa. Sicario reflexiona acerca del uso de la guerra sucia en la lucha antidroga, con la utilización de las mismas prácticas que sus antagonistas y del recurso del todo vale para alcanzar la meta, en una visión actualizada y ad hoc del maquiavélico “el fin justifica los medios”. Sicario va de fronteras físicas pero también morales, donde la legalidad se cuestiona o sacrifica por mor de un objetivo, aunque sea efímero. Todo ello envuelve el aire de este thriller de acción altamente recomendable.

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Un agitado y no mezclado sabor a epílogo

Fotograma de 'Spectre', la nueva entrega de James Bond. / EUROPA PRESS

Daniel Craig, siguen siendo un letal James Bond en ‘Spectre’. / EUROPA PRESS

Siempre resulta gratificante, y más si eres un irredento fan, sumergirse en una nueva entrega del inefable espía parido por la animosa imaginación de Ian Fleming, aun a riesgo de ser cándidamente condescendiente en su juicio. Spectre, la película número 24 del agente menos secreto más famoso de todos los tiempos, pisa fuerte y sigue de cerca la estela dejada por Skyfall, el anterior filme de esta veterana y prolija saga y el mejor producto -al menos, el más completo- de la era de Daniel Craig como 007, tras recuperar el pulso de una franquicia algo alicaída por la inconsistente y fallida Quantum of Solace. Spectre arranca de manera sublime, con un extraordinario plano secuencia en la mexicana plaza del Zócalo en el Día de los Muertos, en un alarde de buen oficio de Sam Mendes, director a quien -para ser justos- le debemos esta ulterior inyección de adrenalina a la serie; no en vano ha sabido combinar de manera magistral la consabida acción con oscuras tramas, marca de la casa de este James Bond introspectivo, circunspecto y letal que representa Craig. El 007 más sobrio se enfrenta aquí, ayudado por los rejuvenecidos Q (Ben Whishaw) y Moneypenny (Naomie Harris), además del remozado M (Ralph Fiennes), a la fría y poderosa organización Spectre, la madre de los más abyectos contubernios criminales, dirigida por un villano con la cara entre cínica y burlona de Christopher Waltz -el germano lo borda en este tipo de papeles-, en un elenco que se completa con Lèa Seydoux y Monica Bellucci (lamentablemente, la presencia de la italiana es de casi un suspiro) como partenaires. La muerte -pasada y presente-, el control absoluto de la información y la megavigilancia con reminiscencias orwellianas subyacen en el argumentario de la cinta, que se liga -de forma un tanto artificial- a las anteriores películas de esta etapa, que comenzó con la brillante Casino Royale. En Spectre se reivindica lo antiguo -desde el espionaje de la vieja escuela hasta el Aston Martin más clásico-, destilando  nostalgia y un aparente sabor a epílogo, no tanto por el anunciado adiós de Sam Mendes -asegura que no volverá a rodar otra de James Bond- como la más que posible marcha de Craig. Esperemos que ambos no cometan el pecado -luego enmendado con una peli oficiosa- del gran Sean Connery de proclamar a los cuatro vientos: “Nunca jamás”.

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Aquí, un amigo

Ricardo Darín y Javier Cámara son los protagonistas de 'Truman'. / EUROPA PRESS

Ricardo Darín y Javier Cámara son los protagonistas de ‘Truman’. / EUROPA PRESS

¿Qué es la amistad? Probablemente haya cientos de respuestas para esta pregunta, aunque tal vez la más acertada sea la de respetar sin ambages a la otra persona y sus decisiones, nos gusten o no. Así de sencillo, así de difícil. El director catalán Cesc Gay (Una pistola en cada mano, V.O.S., En la ciudad) reflexiona sobre esta cuestión, sublimada bajo el contexto de un próximo fallecimiento, en la excelente Truman -que huele a Premios Goya-, todo un carrusel de emociones contenidas (o no) en torno a dos viejos amigos que se reencuentran tras muchos años sin verse a causa de la enfermedad -a la postre terminal- de uno de ellos. La amistad es el medio y el fin de esta cinta hormigonada casi a prueba de bomba en los excelsos papeles de Ricardo Darín y Javier Cámara, no en vano recibieron ex aequo la Concha de Plata a la mejor interpretación en el pasado Festival Internacional de Cine de San Sebastián. Se podría decir que contando con tales actorazos es fácil dibujar una película de estas características, pero sería injusto capitidisminuir así de simple el trabajado guión y la puesta en escena de este drama con tintes de comedia o esta comedia con tintes dramáticos -según cómo veas la vida-. El toque de humor ¿negro?, entre ácido y cínico, garabateado con el acento argentino que proporciona el personaje de Julián (Ricardo Darín), un veterano, canalla y mujeriego actor teatral, y la cara de perplejidad permanente de Tomás (Javier Cámara), un tranquilote español de la diáspora, profesor universitario en Toronto, ante las acciones testamentarias del primero, esbozan un fresco lapidario de la soportable levedad de la existencia, tomando Madrid como particular telón de fondo (con un efímero cambio de decorado -léase Ámsterdam-). Truman, en realidad el nombre del viejo perro de Julián, metáfora del amigo fiel, deviene en un canto -sin ningún atisbo de sentimentalismo ramplón- a la lealtad y también a la vida, y desde luego una buena, eficaz y muy recomendable medicina para relativizar lo que resulta inevitable: que tarde o temprano la parca nos vendrá a visitar.

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