Canarias

La libreta de Belén

Belén Rueda protagoniza la película dramáica 'El cuaderno de Sara'. / / TELECINCO.ES

Belén Rueda protagoniza ‘El cuaderno de Sara’. / TELECINCO.ES

Guerrillas fratricidas, niños soldado, minerales de sangre, corrupción, grandes corporaciones… Palabras que en su conjunto e interrelacionadas componen un triste y trágico fresco de la realidad de una buena parte de África que cada cierto tiempo se refleja en los medios de comunicación occidentales y que sirve para azuzar conciencias e indignarnos, aunque sea brevemente, el tiempo que tardamos en cambiar de canal o de pasar página y olvidarnos por completo del asunto. El cine patrio se ha acercado poco o nada a este escenario, lo más cercano en el tiempo es el multipremiado cortometraje Aquel no era yo (2012), dirigido por Esteban Crespo, merecedor del Goya 2013 al mejor corto de ficción (antes, dicho sea de paso, ganó el Festival de La Orotava) y que compitió en los Óscar 2014 de esa categoría. Este filme, que contó con el respaldo de las ONG Alboan, Amnistía Internacional, Entreculturas, Fundación el Compromiso y Save the Children, abordó específicamente el reclutamiento de menores como soldados de fortuna de grupúsculos guerrilleros que sirven al mejor postor. Se trata de una temática que recoge, entre otros aspectos, como los ya reseñados, El cuaderno de Sara, con Norberto López Amado detrás de las cámaras y libreto de Jorge Guerricaechevarría, habitual guionista de Álex de la Iglesia. La película narra las peripecias de Laura (Belén Rueda), una acomodada abogada que marcha al Congo (en realidad filmada en Uganda y algunas escenas por estos lares, concretamente, en Anaga) en busca de su hermana, Sara (Marian Álvarez), una médico que permanece con un grupo armado que controla el comercio del coltán, mineral de infausta fama, generador de conflictos y fundamental para la posterior fabricación de componentes microelectrónicos y de telecomunicaciones (elementos presentes en nuestros inofensivos móviles, por ejemplo). Rueda es el principal activo de esta cinta con evidente mensaje de denuncia, pero que se transmite de manera colateral y escasa contundencia, lo que resta fuerza al conjunto. Posee un metraje que tarda en exceso en arrancar y coger el ritmo adecuado, que solo se acrecienta cuando llegan los instantes de mayor acción. El cuaderno de Sara está muy bien rodada, se nota la pericia de López Amado, curtido especialmente en series televisivas, pese a que los flashbacks que aparecen no engarzan en la historia con el agarre suficiente, y arroja un previsible desenlace con un epílogo que no llega a emocionar. Sobre la película planea como referente la larga sombra de Diamantes de sangre, el notable filme de Edward Zwick.

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La madre de las vallas

Frances MacDormand protagoniza 'Tres anuncios en la carretera', del director Martin McDonagh. / FOX

La actriz Frances McDormand es una madre coraje en el filme ‘Tres anuncios en la carretera’, del director Martin McDonagh. / FOX

El guionista y director Martin McDonagh nos sorprendió en Escondidos Brujas (2008) con un thriller trufado de comedia negra, y ahora, tras Siete psicópatas (2012), regresa a la gran pantalla con Tres anuncios en las afueras, una película de enjundia, densa y transversal en cuanto a género, que utiliza como eficaz vehículo para retratar el anverso y el reverso de la psique humana los firmes deseos de justicia de una madre cuya hija adolescente ha sido asesinada tras sufrir una violación, sin que, pasados varios meses del crimen, se haya encontrado al culpable o culpables, y que recurre a unas vallas publicitarias para denunciar la supuesta inoperancia policial a la hora de resolver el caso. Tres anuncios en las afueras, acreedora ya de varios premios y una de las serias aspirantes a los Óscar, deviene así en un carrusel de emociones encontradas, donde los personajes -empezando por la protagonista, la inconmensurable Frances McDormand, en el papel de Mildred Hayes, una auténtica madre coraje- no son todo lo que aparentan ser ni obrar, en un sustrato tamizado por un cúmulo de sombras y luces. McDonagh sitúa su trama en el ficticio pueblo de Ebbing, al que coloca en el estado de Misuri, en pleno Medio Oeste norteamericano, un escenario ideal para el pulso que mantienen Hayes y el sheriff Willoughby (Woody Harrelson), un duelo que parece entresacado de un western clásico, con la salvedad de que aquí el tipo duro es una antiheroína visceral y con mucha mala leche, tanto de verborrea como de acción, que destila ocasionalmente destellos de ternura y comprensión. McDonagh transita una vez más con estudiado equilibrio por el drama y el humor ácido, alumbrando la sempiterna moraleja de que siempre, por mucha oscuridad que veamos en el fondo del abismo, hay posibilidad de redención, como le ocurre a Dixon, el racista y con pocas luces ayudante del sheriff, encarnado por un estupendo Sam Rockwell. El imaginario de los hermanos Coen (y no porque esté en la cinta MacDormand, una de sus musas, esposa de Joel e inolvidable agente local de Fargo) pulula en este nuevo acercamiento cinematográfico a la América más profunda, violenta, paleta e ignorante, a la que miramos, y no de reojo, en la infausta era dominada por el signo de Trump.

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El instante más Churchill

Gary Oldman encarna al primer ministro británico Winston Churchill en 'El instante más oscuro', filme dirigido por Joe Wright. / UNIVERSAL

Gary Oldman encarna al histórico primer ministro británico Winston Churchill en ‘El instante más oscuro’, filme dirigido por Joe Wright. / UNIVERSAL

Y llegó El instante más oscuro, el segundo biopic parcial sobre la figura de Winston Churchill que en apenas cuatro meses aparece en la cartelera, siempre con el contexto de la Segunda Guerra Mundial como escenario, por lo que la comparación entre ambas resulta inevitable. Si en la película rubricada por el australiano Jonathan Teplitzky y protagonizada por el escocés Brian Cox, de título taxativo y sin ambages, Churchill, la semblanza del celebérrimo primer ministro inglés se circunscribía a los inciertos días previos al decisivo desembarco de Normandía, en El instante más oscuro la radiografía del estadista orondo y amante de los habanos se centra en las primeras semanas de su acceso al poder, tras sustituir en estos menesteres a un dubitativo Neville Chamberlain, fracasado en su intento de lograr la paz en el Viejo Continente ante los embates belicistas del régimen nazi. Si la interpretación de Cox era notable, qué decir de la del camaleónico Gary Oldman, no en vano su trabajo le ha valido el Globo de Oro a mejor actor dramático y estar nominado a los Óscar, donde tiene muchas papeletas para alzarse con la preciada estatuilla. Las biografías cinematográficas se sustentan en una acertada caracterización del personaje (en este caso, con la ayuda de kilos de prótesis y maquillaje) y en la calidad interpretativa que se le imprima, elementos en los que cumple con creces Oldman, quien se apodera de la esencia del histórico premier. Si a esto le unimos una más que convincente dirección, el resultado final deviene en un producto entretenido y hasta didáctico, si bien en su debe pulula un matiz excesivamente hagiográfico. A diferencia de la cinta de Teplitzky, más sosegada e introspectiva, carente de una mayor emoción, aunque, eso sí, muy estética, el filme de Joe WrightOrgullo y prejuicio (2005), Expiación (2007), Pan (2015)- ofrece igualmente unos presupuestos visuales de altos quilates, pero conseguidos aquí con planos más ágiles y arriesgados, y un ritmo mayor o al menos más equilibrado, en el que sobresale un extraordinario arranque de película, donde se subraya la magnificencia de Churchill sin mostrarlo en pantalla. Sin embargo, Wright usa también el virtuosismo para tapar los bajones de un filme que vive sus mejores momentos cuando se ocupa de las entretelas del Gobierno y del Parlamento (ya saben que Churchill dijo eso de “nuestros adversarios están enfrente, nuestros enemigos atrás”); del mismo modo, se echa en falta una mayor presencia de la siempre excelente Kristin Scott Thomas, que encarna a Clementine, la esposa del político inglés.

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Pulso al poder

Tom Hanks y Meryl Streep protagonizan 'Los papeles del Pentágono', de Steven Spielberg. / FOX

Los consagrados actores Tom Hanks y Meryl Streep protagonizan  ‘Los archivos del Pentágono’, el nuevo filme de Steven Spielberg. / FOX

El cine siempre ha fijado su mirada en el caleidoscópico mundo del periodismo, una veta siempre fructífera en cualquiera de sus vertientes, ya sea enfocada desde el thriller político, el suspense, el drama o la comedia (en este último género destaca sobremanera Primera plana (1974) la genial película de Billy Wilder, a su vez la tercera versión cinematográfica de la obra teatral The front page). En los últimos años han brillado con luz propia dos filmes sobre el extenso universo de la canallesca, ambos sobresalientes, La sombra del poder (2009), de Kevin Macdonald, que despliega un sabor nostálgico de la prensa escrita, y Spotlight (2015), de Thomas McCarthy, elegida mejor película en los Óscar de 2016, toda una radiografía del (buen) ejercicio periodístico. Los archivos del Pentágono, la última propuesta del incombustible Steven Spielberg, una sólida y equilibrada cinta, muestra el pulso que cada cierto tiempo, cuando las circunstancias, la predisposición y la valentía lo permiten, emprende el llamado cuarto poder contra el primero. Si Spotlight nos adentraba en las entrañas del concienzudo trabajo periodístico, en una implacable investigación llevada a cabo por el Boston Globe a principios de la presente centuria de casos de abusos sexuales a menores cometidos por sacerdotes católicos, Los archivos del Pentágono nos eleva a otro terreno cenagoso, las relaciones entre política y periodismo. Basada, en hechos reales, la nueva película del rey de Midas de Hollywood utiliza dos eficaces balas de oro, Meryl Streep y Tom Hanks, paladines morales de la Meca del Cine, para contar el esfuerzo de los dos principales periódicos de Estados Unidos, The New York Times y The Washington Post por publicar documentos secretos y comprometedores del Pentágono sobre la Guerra de Vietnam, allá por 1971, en plena Administración Nixon, en la antesala del postrero caso Watergate. Un producto consistente, que rezuma periodismo clásico, con redacciones trufadas de humo y papeles, y donde el tronar de la rotativa hace temblar las mesas de los periodistas, y que recuerda a Todos los hombres del presidente, no solo por el propio escenario, el Post, sino por la propia filosofía. Narración y ritmo impecables, con una genial interpretación -no descubrimos nada- de Streep, en la piel de la editora del Post, Katharine Graham, y de Hanks, como el célebre Ben Bradlee, el director del mentado diario, paradigma del compromiso periodístico. Spielberg, cuando juega, lo hace sobre seguro…

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Aullidos de cine

Foto de familia de los galardonados en la quinta edición de los Premios Feroz, que otorga la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE). / Feroz.es

Foto de los galardonados en la quinta edición de los Premios Feroz, que otorga la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE). / Feroz.es

Que los Premios Feroz son la versión patria de los Globos de Oro ya lo sabe hasta el tato; no solo porque lo entrega la canallesca especializada (en este caso, la Asociación de Informadores Cinematográficos de España, AICE), sino también por el formato y filosofía de sus galardones y, sobre todo, por su espíritu. Huelga decir que esta mímesis no resulta en nada peyorativa, porque lo mismo podemos decir de los Goya: una mera traslación a tierras hispanas de los Óscar (ya sabemos que no son lo mismo, por razones evidentes, y bla, bla, bla…), pero ahí está su extraordinaria audiencia.

Al grano. La gala que coronó la quinta edición de los Feroz y a la que asistió DIARIO DE AVISOS, celebrada el lunes por la noche en el madrileño pabellón Magariños (donde otrora jugaba el Estudiantes de baloncesto) y retransmitida en directo por Movistar+, ha venido a apuntalar unos premios que cada año van a más y cuya entrega se erige en una auténtica fiesta del cine (sí, ese es el apelativo con el que se suele referirse a los Goyas, pero estos no tienen el carácter lúdico y desenfadado de unir en imperfecta simbiosis a periodistas y al mundillo del celuloide).

La ceremonia, también siempre muy al estilo de los Globos de Oro, con las lógicas salvedades, rezuma ese mentado toque festivo, no exento -todo lo contrario- de sarcasmos, sátira y hasta sana mala baba, que este año sublimó de manera supina el conductor de la gala, el (genial) humorista, que disparó con dardos a diestro y siniestro. “Somos el secreto mejor guardado del cine español, bueno ese y el nombre de nuestros acosadores sexuales. Lo que pagaría por saber quién se está poniendo nervioso ahora mismo”, espetó, en plan Seth Meyers (otra vez la comparación con los Globos de Oro), para arrancar un encuentro que quiso reivindicar la aportación fundamental de las mujeres a la industria del cine español y criticar el acoso en el sector. De hecho, todos los premios de la noche fueron entregados por mujeres.

Pero ahí no acabó la perorata de López: “En España no puede haber un Harvey Weinstein porque él recibía en batín a las actrices y las invitaba a una copa antes de agredirlas. Aquí los productores no invitan a nada… Aquí algunos aún están comprando el batín”, enfatizó el humorista, quien no paró en toda la noche de tirar flechas envenenadas, empezando por la propia velada de los Feroz, de la que dijo: “No contentos con que esta gala no la vea nadie, este año han querido dar un paso más y este año solo han nominado a películas que no ha visto ni Dios. Todo ello votado por blogueros a los que no lee nadie. ¿Qué cojones hacemos aquí esta noche?”. Sin obviar pullas a los galardones: “Bienvenidos a la quinta edición de los Premios Feroz. La quinta, ya. Parece mentira. Hace cinco años estos premios no los conocía nadie. Y ahora tampoco”.

Por salvarse no se salvó ni el bueno del mítico autor y cantante de Y cómo es él (“En 2013 nacían estos premios para premiar un cine más moderno. Cinco años después está nominado José Luis Perales”, dijo), ni los productores (“Esta noche tenemos a 21 productores que juntos suman 78 películas y tres graduados escolares”), ni el cine español (“Ya van 13 años desde que Hollywood no nomina a una película española a los Óscar y todo por mandarles a Paz Vega”), ni Cataluña y el procés (“Tenemos al equipo de la estupenda Verano 1993, lo único aburrido que nos ha dado Cataluña últimamente” / “Hay una cosa que me preocupa, cuántas menos películas hacemos de la Guerra Civil más cerca estamos de que estalle otra”, entre otras perlas).

Los únicos que sortearon la metralla de acidez, por así decirlo, fueron Los Javis, Javier Calvo y Javier Ambrossi, ganadores del Feroz a la mejor película de comedia y a quienes Julián López vaciló, y a la saga le fueron casi todos los que subieron al escenario, con que después de la gala habría fiesta en su casa. Ellos protagonizaron uno de los momentos de la noche, con el emotivo discurso de Calvo: “Yo soy gay. Tengo un novio que me quiere, una familia que me apoya y estoy aquí cogiendo este premio. Entonces si alguien, algún niño, alguna niña o alguna persona me está mirando y tiene miedo, si siente que está perdido, si siente que no le van a querer, que sepa que le van a querer, que va a encontrar su sitio, que su familia le va a querer y que va a cumplir su sueño. Que yo y él [por Ambrossi] vamos a escribir historias para que tú te sientas inspirado”.

La ceremonia discurrió de manera ágil y amena, como mandan los cánones, con las lógicas emociones de los premiados (desde Adelfa Calvo hasta Natalie Poza) en un ambiente de compadreo bien entendido, con distinción y camadería, no exenta de algún que otro postureo. La resolución de los premios dio poco pábulo a las sorpresas y confirmaron lo que se barruntaba en las quinielas de las mesas, con Verano 1993, de Carla Simón, como gran triunfadora de la noche, con cuatro premios. En el apartado de series televisivas, le correspondió tal honor a Vergüenza, también con cuatro distinciones. El Feroz de Honor, entregado por Rossy de Palma, fue para esa tremenda actriz llamada Verónica Forqué. “Todavía no he hecho películas con mujeres, pero me gustaría hacer una antes de morirme”, remarcó.

Los Feroz siguen aullando, esperemos que por mucho tiempo (al menos tantas ediciones como los Globos de Oro), y que el buen humor -si es crítico, mejor- no falte nunca. Y que lo veamos…

LOS GALARDONADOS EN LOS PREMIOS FEROZ 2018

Mejor película dramática:
Verano 1993 (Estiu 1993)
Mejor película de comedia:
La llamada
Mejor dirección:
Carla Simón, por Verano 1993 (Estiu 1993)
Premio L’Oréal Professionnel a la mejor actriz protagonista de una película:
Natalie Poza, por No sé decir adiós
Mejor actor protagonista de una película:
Javier Gutiérrez, por El autor
Mejor actriz de reparto de una película:
Adelfa Calvo, por El autor
Mejor actor de reparto de una película:
David Verdaguer, por Verano 1993
(Estiu 1993)
Mejor guion:
Carla Simón, por Verano 1993 (Estiu 1993)
Mejor música original:
Pascal Gaigne, por Handia
Mejor tráiler:
Alberto Gutiérrez, por La llamada
Mejor cartel:
Iñaki Villuendas, por Handia
Mejor documental:
La chana
Premio Especial:
La vida y nada más

Mejor serie dramática:
La zona. Temporada 1
Mejor serie de comedia:
Vergüenza. Temporada 1
Mejor actriz protagonista de una serie:
Malena Alterio, por Vergüenza
Mejor actor protagonista de una serie:
Javier Gutiérrez, por Vergüenza
Mejor actriz de reparto de una serie:
Emma Suárez, por La zona
Mejor actor de reparto de una serie:
Miguel Rellán, por Vergüenza

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Sublimar el fracaso

Los hermanos Franco, Dave y James, protagonizan la comedia 'The disaster art'.

Los hermanos Franco, Dave y James, protagonizan la comedia ‘The disaster art’.

Hacer una buena película de la peor película del mundo. Esa fue la ardua tarea a la que se encomendó James Franco en The disaster artist, ganadora de la Concha de Oro en el pasado Festival de Cine de San Sebastián, que relata las peripecias de un peculiar outsider del séptimo arte llamado Tommy Wiseau para rodar The room (2003), considerada en los USA una cinta de culto y no precisamente por su estándares interpretativos y de calidad. Plasmar el desastre o reflejar cómo hacerlo rematadamente mal detrás y delante de las cámaras, de tal modo que parezca incluso el reverso de una genialidad, no es algo nuevo en el celuloide contemporáneo, ya lo testimonió con maestría Tim Burton con su entrañable Ed Wood (1994), película que toma el nombre del visionario director de los años 50, también objeto de culto de las hordas cinéfilas más underground por sus inclasificables productos de serie B (Glen o Glenda, La novia del monstruo, Plan 9 del espacio exterior); si bien Wood, a diferencia de Wiseau, declarado admirador confeso de James Dean, al menos recibió de viva voz un sabio consejo del director de directores, Orson Welles, quien supuestamente le dijo: “Sobre todas la cosas, debes tener una en mente. Debes hacer realidad tus sueños, no vivir la vida de nadie”. Franco, flamante ganador días atrás del Globo de Oro al mejor actor de comedia por este filme -aunque ha saboreado poco las mieles del premio por las recientes acusaciones de acoso sexual formuladas por varias actrices-, apostó todo con un caballo ganador: la caracterización casi mimética del personaje de Wiseau y su pasotismo histriónico, que copa todo el metraje de esta sátira distorsionada del sueño americano -o tal vez una casposa visión del mismo-. Resulta divertido y sumamente hilarante ver la sucesión de intríngulis en la gestación y ejecución de semejante despropósito, y si Burton reivindica a la extravagante figura de Ed Wood, Franco sublima con The disaster artist el aparente fracaso de un filme pergeñado por un tipo que quería a toda costa, sin complejos y sin ningún rubor, ser cineasta… O algo parecido…

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Liliput existe, no lo pises

Escena de 'Una vida a lo grande', fillme dirigido por Alexander Payne. / PARAMOUNT PICTURE

Fotograma de la película norteamericana ‘Una vida a lo grande’, dirigida por Alexander Payne. / PARAMOUNT PICTURES

Como una aventura sin retorno a Liliput, ese recóndito lugar visitado en Los viajes de Gulliver, Una vida a lo grande nos traslada a un mundo capitidisminuido fruto de una tecnología creada por científicos noruegos que permite reducir a las personas de su tamaño natural a apenas 12 centímetros -vamos, transformándonos en una especie de madelmans-, todo con una finalidad ecologista y conservacionista: cuanto más bajitos seamos, menos consumimos y contaminamos, así que, ¿por qué no empequeñecernos? El director de esta sátira medioambiental con ribetes de crítica social y hasta de existencialismo, que habla de un mundo miniaturizado que convive con el que llamaríamos normal, no es otro que Alexander Payne, un excelso y preclaro contador de grandes historias sencillas, como ha demostrado de sobra con Entre copas (2004), Los descendientes (2011) y Nebraska (2013), que se ha metido en este fregado de gran presupuesto con un acabado francamente irregular. Huelga decir que el filme resulta poderoso desde el punto de vista visual y efectista, explotando de forma hábil y eficaz los recursos técnicos inherentes a fantasear con la posibilidad de empequeñecer, además de resaltar las evidentes contradicciones de un universo en miniatura que coexiste con otro que no lo es. Precisamente, es en esta faceta donde la película campa a sus anchas como un producto entretenido y trufado de humor, en el que auténticos parques temáticos a modo de microcosmos idílicos en los que viven los pequeños reproducen a escala los mismos problemas individuales y colectivos de sus mayores: soledad, desamor, desigualdad, injusticia social… Sin embargo, la cadencia de la cinta y su frescura, también su comicidad, decaen de forma progresiva hasta llegar a un anodino epílogo, cuando Payne va desestimando las grandes cuestiones que suelen preocupar a la humanidad para centrarse en las cuitas personales del protagonista de este cotarro, un ciudadano corriente de Omaha llamado Paul Safranek y que tiene el rostro de un Matt Damon que no ha roto ni un plato. Al fin y al cabo, el oscarizado director -en realidad, sus dos estatuillas han sido en calidad de guionista- también se ha limitado a aplicar en la filosofía de su cinta el reduccionismo del que habla: de más a menos.

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Una galaxia no muy lejana

Veteranas y nuevas generaciones se dan la mano en 'El último Jedi', el capítulo VIII de 'Star Wars'. / Disney España

Dos generaciones se dan cita en ‘Los últimos Jedi’, el capítulo VIII de la mítica saga de ‘Star Wars’, que recobra nuevos bríos. / Disney España

Era difícil la resurrección de una de las sagas más míticas del cine, Star Wars -mejor La guerra de las galaxias, para los que ya peinamos canas-, especialmente después de las desafortunadas y cuasi infantiloides precuelas de George Lucas, episodios I, II y III. El elegido para tamaña empresa, J. J. Abrams, tal vez el cineasta actual más indicado para ello -por generación que mamó el fenómeno y por sus demostradas capacidades tras las cámaras-, cumplió de sobra con su cometido en El despertar de la fuerza, al hilar una película llena de nostalgia y de complicidades con la serie primigenia, la de finales de los años 70 y principios de los 80. Los últimos Jedi -no nos olvidemos aquí de la excelente Rogue One (2016) en su papel de filme bisagra- ha confirmado esta revitalización de Star Wars de la mano ahora de Rian Johnson (Looper, 2012), que sustituye de forma brillante a Abrams en estas lides siderales. La película no solo mira a su pasado, como no podía ser de otra manera, sino que deja expedito el camino a los nuevos personajes (Rey, Kylo Ren, Finn, Poe Dameron…) para que tomen distancia con lo anterior. El mero hecho de ver a Mark Hamill-Luke Skywalker de nuevo en la pantalla empuñando una espada láser y a Carrie Fisher-Princesa Leia Organa por última vez supone ya un aliciente para visionar Los últimos Jedi, una cinta que, aparte de la obligada magnificencia visual y técnica que requiere un producto de estas características -y que consigue Johnson-, siempre sustentado en los poderosos acordes de John Williams, cuenta con giros constantes y sorpresivos en su trama, con toques hasta de revolución social en su eterno discurso maniqueo, aunque en su debe habría que recriminarle la excesiva duración del metraje, notas de humor -incluso autoparódico- que no convencen del todo y alguna que otra puerilidad en el guion, pero son en el fondo pequeñas muescas que en nada ensombrecen el resultado global. La fuerza sigue siendo aún poderosa, por eso no nos cuesta mucho dejar pasar cualquier desliz sobre esta galaxia no tan lejana para nosotros.

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El reverso oscuro de la Arcadia

Matt Damon y  Julianne More protagonizan 'Suburbicon', filme dirigido por George Clooney. /www.suburbiconmovie.com

Matt Damon y Julianne More protagonizan ‘Suburbicon’, filme dirigido por George Clooney. / www.suburbiconmovie.com

George Clooney se ha convertido en un más que notable director, como pudimos comprobar bien a las claras en la excelente Buenas noches,y buena suerte (2005). En su sexta película tras las cámaras, con libreto de sus queridísimos y admirados hermanos Coen -ahí es nada-, además de él mismo y de Grant Heslov, Clooney se atreve con eso de escrutar la psique colectiva de su país con Suburbicon . Como ocurriera en un filme de reciente factura, Detroit, de Kathryn Bigelow, aunque con otros registros, la mejor manera de explicar ciertas cosas que ocurren en la actualidad, ya saben la incipiente era Trump, la de la impostada posverdad y la del rebrote de determinadas actitudes racistas, es echando una mirada atrás, en este caso desde la óptica de la comedia negra, como no podía ser de otra manera estando los Coen de por medio. Suburbicon es el nombre de una especie de Arcadia americana, una coqueta localidad de finales de los años 50 con casas unifamiliares en las que ondean las banderas de las barras y estrellas y donde los niños de próspera clase media juegan al béisbol. Un trasunto de sociedad idílica en la que a poco que escarbes ves la mierda saltar por doquier, desde el racismo del que repite hasta la saciedad no ser racista hasta una muestra de ejemplares humanos que reverberan las pulsiones más bajas. Ambas cuestiones se manifiestan en dos casas contiguas, bajo las siempre incisiva mirada de dos niños que observan lo que ocurre a su alrededor. La cinta destila el humor ácido y corrosivo propio de los Coen y cuando juega al thriller tiene evidentes toques hitchcockianos, todo envuelto en una precisa factura visual, completada por la soberbia interpretación de Matt Damon y de Julianne Moore, en su doble papel de hermanas gemelas. Tal vez no sea la mejor película filmada por Clooney -esa ya la mentamos al principio del artículo, a la que habría que agregar Los idus de marzo (2011)-, pero pasa de nuevo la prueba con gran solvencia.

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Clasicismo y ‘glamour’

Kenneth Branagh encarna al detective belga Hércules Poirot en 'Asesinato en el Orient Express', que él mismo dirige . / FOX

El británico Kenneth Branagh encarna al detective belga Hércules Poirot en ‘Asesinato en el Orient Express’. / FOX

 

Resulta siempre alentador encontrarse en la gran pantalla con notables muestras de la literatura clásica de suspense, como es el caso de Asesinato en el Orient Express, una de las novelas más celebradas de Agatha Christie, que cobró vida con gran acierto en el séptimo arte de la mano de Sidney Lumet, en 1974 (hay, además, otra versión para la televisión realizada en 2001 y un capítulo de una serie de 2010). Instalados ya en el permanente revisionismo cinematográfico que nos viene del otro lado del charco, la persona más adecuada para filmar de nuevo tal obra no era otra que Kenneth Branagh, actor y director británico y, si se me permite la licencia, el cineasta actual más literario, no solo por sus conocidas adaptaciones de Shakespeare, también por las de cuentos, como La Cenicienta, e incluso incursiones en la cultura popular urbana, como la traslación al cine del cómic de Marvel sobre el dios vikingo Thor. Un poliédrico Branagh ha contado para ello con un notable elenco de actores, si bien sin llegar al excelso nivel de la cinta de Lumet (dispuso de una alineación de primera: Albert Finney, Lauren Bacall, Ingrid Bergman, John Gielgud, Sean Connery, Anthony Perkins, Jacqueline Bisset, Vanessa Redgrave y Richard Widmark, entre otros). Sin embargo, tener en el plantel a gente tan solvente y consolidada como Michelle Pfeiffer, Penélope Cruz, Willem Dafoe, Judi Dench, Johnny Depp, Josh Gad y Derek Jacobi, además del mismo Branagh, en el papel del inefable Hércules Poirot, tampoco es moco de pavo, lo que obviamente se ha notado en la calidad interpretativa. El realizador inglés dota de un ingrávido clasicismo a la cinta, con el glamour propio de la época de entreguerras y del singular escenario, un tren de lujo intercontinental, que acentúa con un amplio despliegue de recursos visuales y alguna concesión estilística vestida de homenaje (los sospechosos reunidos en la mesa a modo de la última cena). La puesta en escena inicial en la Jerusalén de los años 30, bajo mandato británico, sirve de sólido enganche al vagón de la película, a través de los eficaces quehaceres investigatorios del sabelotodo y bigotudo detective belga que, en la piel de Branagh, posee hasta tics obsesivo-compulsivos. El filme cumple el expediente, aunque quizás se eche en falta en el conjunto una pizca más de humor, algo que siempre viene bien.

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