Canarias

Ocurrió en Salamanca

El actor Karra Elejalde interpreta a Miguel de Unamuno en 'Mientras dure la guerra' / EP'

El actor Karra Elejalde interpreta a Miguel de Unamuno en ‘Mientras dure la guerra’, la nueva película de Alejandro Amenábar. / EP

Resultaba algo sorprendente que en la nutrida filmografía de ficción sobre la Guerra Civil desde la recuperación de la democracia en este país no se plasmara uno de los episodios más mediáticos de la intrahistoria de la contienda: el incidente acaecido el 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca entre el célebre intelectual Miguel de Unamuno y el militar José Millán-Astray, suceso del que se han escrito en los últimos años verdaderos ríos de tinta acerca de cómo realmente se desarrollaron los acontecimientos. Alejandro Amenábar, uno de los mejores y más preclaros directores españoles de la actualidad, ha aprovechado también este capítulo en su recién estrenada Mientras dure la guerra para poner el foco en otro aspecto que tampoco ha trascendido de manera visible a la gran pantalla: las maniobras del por entonces general Franco y su camarilla a la hora de hacerse con el mando supremo de los sublevados contra la Segunda República (por ejemplo, en Dragon Rapide, de 1986, solo se muestran los preparativos previos al golpe de Estado). El director hispano-chileno regresa así por la puerta grande al cine de época, tras Ágora, donde mira de nuevo cara a cara a la sinrazón y a la intolerancia, en aquella ocasión en el contexto religioso de la Alejandría del siglo IV y ahora en la situación política y social de la España del inicio del conflicto fratricida. Narrativa y pericia visual sobresalen en esta su séptima película, que se sustenta en buena parte en el trabajo actoral de Karra Elejalde, soberbio en el difícil papel de su paisano Unamuno, al igual que Eduard Fernández en el del fundador de la Legión, sin olvidar a Santi Prego en su interpretación del futuro dictador. Amenábar convence en este drama al que se le perdona cualquier imprecisión histórica, que aquí se antoja irrelevante ante la fuerza del relato.

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Más letal y decepcionante

Sylvester Stallone vuelve a meterse en la piel de John Rambo en 'Last Blood'. / LIONSGATE

Sylvester Stallone vuelve a meterse en la piel de John Rambo en ‘Last Blood’. / LIONSGATE

Como un elefante en una cacharrería. Así se puede reseñar la quinta entrega de Rambo, subtitulada Last Blood, una olvidable película de acción con evidentes ropajes de western protagonizada, obviamente, por el eterno Sylvester Stallone, que a sus 73 años recupera al acorralado más letal, y cuyo principal atractivo se sustenta -para los que somos de esta ínsula, claro- en los paisajes, calles y barrios que aparecen en ella, no en vano buena parte de la cinta se rodó en una Tenerife reconvertida en México. La trama de Last Blood, filme dirigido por Adrian Grunberg -Vacaciones en el infierno (2012)-, es sencilla: una adolescente, familia de John Rambo, viaja a México para encontrarse con su padre, quien la había abandonado, y allí entra en contacto con una red de trata de blancas. Sobra decir que la ira del ilustre veterano de la guerra del Vietnam cae cual maldición bíblica en los pérfidos filisteos dueños del cotarro, los proxenetas hermanos Martínez: unos malos malotes en la piel de Sergio Peris-Mencheta y Óscar Jaenada, que cumplen con el cometido, teniendo en cuenta la simplicidad de sus personajes, bañados en meros arquetipos. La cuota española se completa con Paz Vega, también aquejada del mismo mal que sus compañeros de reparto. Parca imaginación de un libreto plano que arroja un exceso de violencia gratuita y sangre por doquier en su afán para que un crepuscular Stallone se luzca de manera vehemente dando tiros y mamporros a diestro y siniestro, en el aparente cierre de una saga que no ha tenido un recorrido más convincente que la de Rocky. En cualquier caso, y pese a sus imponderables, ver cruzar en coche a Sylvester Stallone la frontera entre Estados Unidos y México pasando por Las Cañadas tiene su punto…

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Intimismo sideral

Brad Pitt protagoniza el filme 'Ad Astra', dirigido por James Gray. / FOX

Brad Pitt protagoniza el filme ‘Ad Astra’, dirigido por James Gray. / FOX

La cartelera otoñal ha comenzado con ciertos atractivos tras el cuasi secarral cinematográfico que dejó el reciente periodo estival. Es el caso de Ad Astra, la nueva película del realizador estadounidense James Gray -El sueño de Ellis (2013), Z: la ciudad perdida (2016)-, un más que notable filme de ciencia ficción que equilibra con sapiencia y pericia una propuesta de claro corte introspectivo con las adecuadas dosis de acción y misterio. Las andanzas del astronauta Roy McBride, interpretado por un sobrio Brad Pitt, quien transita ufano por nuestro sistema solar, desde la Tierra hasta más allá de Marte, en busca de su padre, desaparecido en una importante misión científica, recuerda a las más recientes y mejores cintas del género, como la interesantísima Interstellar (2014), del británico Christopher Nolan, por citar solo una. Sin embargo, el avezado y cinéfilo espectador podrá ver en Ad Astra una especie de Apocalypsis Now (1979) sideral -o, si se prefiere, El corazón de las tinieblas, la novela de Joseph Conrad de la que bebe la película de Francis Ford Coppola-. No resulta difícil sustituir las frondosas selvas por la negritud del espacio y las figuras del capitán Benjamin L. Willard y el coronel Kurtz por las de McBride y su progenitor -por cierto, en la piel del veterano Tommy Lee Jones-. James Gray, todo un cosmonauta que viaja con sello propio por los diferentes géneros, vuelve aquí a explorar los conflictos y tejemanejes personales y existenciales en esta historia también de Telémacos y Ulises, donde brilla un Pitt que se desenvuelve muy bien en los predios intimistas -ya lo hizo en El árbol de la vida (2011), de Terrence Malick, director cuya filosofía narrativa y visual está bastante presente en el filme-. Ad Astra decae un pelín en su epílogo, pero supera con creces y méritos el examen.

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Asegurando el perímetro

Fotograma del filme 'Objetivo: Washington D.C.'. /EP

Gerard Butler es el agente Mike Banning en ‘Objetivo: Washington D.C. / EP

La cartelera de este verano que ya está casi extinto no ha sido pródiga en películas de enjundia, salvo alguna que otra excepción, caso de la tarantiniana Érase una vez en Hollywood. Como no podía ser de otra manera, el cine de evasión, en cualquiera de sus vertientes, se erige en la gran estrella estival, que para eso estamos en el periodo de ocio por antonomasia y, por lo tanto, susceptible de que uno se desparrame por la butaca con un buen puñado de cotufas en la boca. La acción canicular ha llegado esta vez de la mano de Objetivo: Washington D.C., que aparentemente cierra una saga protagonizada por una suerte de gafe -es lo que sin duda llamaríamos a un tipo a cuyo lado siempre se quieren cargar de la forma más estrambótica al presidente estadounidense-: el agente del servicio secreto Mike Banning, a la sazón el Leónidas Gerard Butler. El filme, dirigido en esta ocasión por Ric Roman Waugh (El mensajero), que toma el relevo del resolutivo Antoine Fuqua y de Babak Najafi, artífices, respectivamente, de las dos cintas anteriores de la trilogía (Objetivo: la Casa Blanca y Objetivo: Londres), no decae en su ritmo en ningún momento, con meritorias escenas, a pesar de desplegar menos artificios visuales que sus predecesoras y de una trama que dista mucho de ser original, más bien todo lo contrario, pero que la entronca con éxitos del género en el pasado, como la versión cinematográfica de El fugitivo. La película rezuma un regusto crepuscular, personificado en un Banning ya entradito en años y en achaques, y sube enteros al contar con el buen hacer de ilustres veteranos, como Nick Nolte y Danny Huston, además del eterno Morgan Freeman, que repite en la franquicia. Mira que nos gustan a rabiar las pelis en las que alguien dice con marcialidad aquello de: “El perímetro está asegurado”. Nos deja más tranquilos, o no…

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Un cuento hollywoodense

Fotograma de la película Érase una vez en Hollywood / EP

Fotograma correspondiente a la película ‘Érase una vez en Hollywood’. / EP

La novena (película) de Quentin Tarantino, su penúltimo filme, según él mismo se ha encargado de anunciar -esperemos que solo sea un pronto-, deviene en su trabajo más personal, sin perder la chispa ni la esencia que le han llevado a erigirse en uno de los guionistas y directores más originales de la actual industria cinematográfica. Érase una vez en Hollywood hace bueno su enunciado, un cuento-y a la vez un homenaje- sobre una época, el final de una década adjetivada de prodigiosa, que dejaba de ser dorada. Tomando como referencia el emblemático año 1969, con tantas efemérides a cuestas, Tarantino recorre con nostalgia y socarronería los vericuetos de un Hollywood que se debatía entre los estertores de su star system y una nueva forma de entender la profesión. De la mano de un actor de series televisivas con ínfulas más altas, Rick Dalton (Leonardo DiCaprio), y su pragmático compañero especialista, Cliff Booth (Brad Pitt), acaso trasuntos de Robert Redford y Paul Newman, y ambos geniales en la interpretación, el realizador parido en Tennessee pero criado en California nos traslada a fiestas glamurosas, a reuniones con productores sin escrúpulos, a los estudios, a las calles de Los Ángeles donde pululaba el movimiento hippie, a sectas destructivas (Charles Manson)… Tarantino da rienda suelta a su memoria cinéfila más párvula, aquella que quedó impregnada en su retina siendo un niño, cuando cazaba todo lo que salía de la caja tonta. Cine dentro del cine (el western siempre está presente, sea explícito o no, en su universo), con una poderosa banda sonora (que incluye un tema de Los Bravos), es en el epílogo donde Tarantino pone su auténtica rúbrica y donde no tiene reparos una vez más en malear la Historia para exorcizar, en este caso, uno de los relatos más tristes acaecidos en la ciudad de las estrellas.

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Liberadora senectud

El incombustible Clint Eastwood dirige y protagoniza 'Mula'. WARNER BROS.

El incombustible Clint Eastwood dirige y protagoniza ‘Mula’. WARNER BROS.

Da igual el resultado final del filme, que un tipo como Clint Eastwood siga haciendo pelis a su edad, 89 años, ya es todo un triunfo, y si, además, conserva intacta esa pericia de un artesano que conoce muy bien su oficio, heredada de ilustres mentores como Sergio Leone y Don Siegel, y que ha alcanzado la sublimidad cinematográfica en no pocas ocasiones, pues qué decir entonces. Antes de entrar en faena, y por proximidad en el tiempo, resulta prácticamente imposible para los asiduos a la cartelera comparar Mula, la nueva cinta dirigida y protagonizada por el exalcalde de Carmel, con The old man and the gun, de su ilustre colega de generación Robert Redford. Ambos interpretan a dos caraduras entrañables en el otoño de su vida, que siempre hicieron lo que les venía en gana, si bien, a diferencia del personaje interpretado por Redford, un inadaptado y crepuscular atracador de bancos, obsesionado hasta el paroxismo con ellos, el de Eastwood, Earl Stone, recurre, acuciado por las deudas, tras una vida alegre y despreocupada que lo ha llevado a dejar de lado a su familia, al dinero fácil que supone trabajar de transportista para un narcotraficante. Inspirado en un artículo de The New York Times sobre la historia de un nonagenario amante de las flores que ejerce de mula, Eastwood despliega aquí todo su arsenal narrativo, sin alharacas estéticas ni virtuosismos técnicos, que nos recuerda al Gran Torino y a su Walt Kowalski -como Earl Stone, también veterano de la Guerra de Corea-. El director californiano reflexiona en Mula acerca de la redención y la capacidad de reconocer los errores como efecto liberador, algo que el pragmatismo de la senectud no rebaja ni un ápice, al menos en la piel de este Eastwood inspirador que le confiere su personal toque a una cinta que sería otra cosa sin su presencia.

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Marvel y su capitana

La actriz Brie Larson interpreta a la Capitana Marvel. / MARVEL

La actriz Brie Larson interpreta a la Capitana Marvel. / MARVEL

La decidida y firme apuesta por narrar las andanzas en solitario y sin aditivos de una heroína de la factoría Marvel ha llegado a la gran pantalla mucho más tarde que DC, su competidora en esto del mundo del cómic, y eso siempre resulta una desventaja, sobre todo tras el enorme éxito de público y crítica que obtuvo Wonder Woman. Así las cosas, y sin mayores rodeos, Capitana Marvel deviene en una entretenida -faltaría más que en este prolijo universo de evasión no lo fuera-, pero a su vez discreta película, con menos fuegos artificiales de lo que se esperaba para dar rienda suelta a las correrías de la tenaz Carol Danvers, a la sazón la mentada capitana, que lleva el rostro de una convincente Brie Larson, miembro de un escuadrón alienígena que viene a parar, allá por los años 90 del pasado siglo, por este planeta dejado de la mano de Dios, donde, precisamente, tiene sus raíces. A diferencia de Wonder Woman, referencia comparativa obligada por razones obvias, a Capitana Marvel le hurta protagonismo el segundo de a bordo en la cinta: un rejuvenecido (y sin parche pirático) Nick Furia, el posterior jefe de S.H.I.E.L.D. (la agencia de inteligencia y espionaje de todo el entramado Marvel), interpretado de nuevo por Samuel L. Jackson. Aunque la película incide muy saludablemente en el empoderamiento femenino y en otros valores, como la perseverancia y el no rendirse ante las adversidades, la vivaz presencia de un personaje del calibre de Furia desvía un tanto la atención, más que nada porque el filme ofrece información y pingües claves sobre sus comienzos en esto de reclutar vengadores… En cualquier caso, Capitana Marvel ha venido para quedarse. El potencial lo tiene.

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Una cuestión de sentido

Felicity Jones es la jurista Ruth Bader Ginsburg en 'Una cuestión de género'. / FOCUS FEATURES

Felicity Jones interpreta a la reconocida jurista estadounidense Ruth Bader Ginsburg en el filme ‘Una cuestión de género’. / FOCUS FEATURES

En estos días pasados de reivindicaciones al socaire del 8-M, se encuentra en cartelera la muy oportuna y apropiada Una cuestión de género, biopic sobre la eminente jurista Ruth Bader Ginsburg, la segunda mujer que consiguió ser miembro de la Corte Suprema de los Estados Unidos (vamos, para entendernos, el Tribunal Supremo) y que protagoniza también el biográfico documental RBG (que toma el nombre de las iniciales de la susodicha, todo un referente en Estados Unidos, y más ahora en la era Trump), que obtuvo dos nominaciones en los recientes Óscar. Una cuestión de género aborda los inicios profesionales de esta incansable defensora de los derechos de las mujeres y de la plena igualdad entre sexos, desde su época como estudiante en la prestigiosa Universidad de Harvard hasta sus primeros éxitos como letrada. Mimi Leder, directora de una cinta que lleva la rúbrica de Daniel Stiepleman en el guion, tiene la habilidad, tras mostrarnos en el arranque el constante y finalista empuje estudiantil de la protagonista, de centrar la película en uno de los primeros casos de Ginsburg sobre discriminación, que deriva en una emocionante trama judicial, muy en la línea del mejor cine norteamericano del subgénero de toga y mazo, aunque aquí en clave de derechos sociales. El filme descansa, además, en las buenas maneras interpretativas de la siempre solvente Felicity Jones, en la piel de Ginsburg. Una cuestión de género resulta una muy recomendable película por la historia que cuenta y por su didactismo, especialmente para que tome nota algún que otro dinosaurio que sigue aún campando por ahí a sus anchas.

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Dos en la carretera

Viggo Mortensen y Mahershala Ali son los protagonistas de la oscarizada 'Green Book'. UNIVERSAL PICTURES

Viggo Mortensen y Mahershala Ali son los protagonistas de la oscarizada ‘Green Book’, de Peter Farrelly. UNIVERSAL PICTURES

Y mira tú por dónde, Green Book se llevó finalmente el gato al agua en la categoría mejor película en los pasados Óscar, en detrimento de la gran favorita, Roma, del mexicano Alfonso Cuarón. La película, dirigida por Peter Farrelly, otrora adalid de la comedia más gamberra y escatológica junto a su hermano Bobby (recordemos Algo pasa con Mary; Yo, yo mismo e Irene o Dos tontos muy tontos), deviene en un producto artesanal y sencillo, sin grandes alharacas, pero bien estructurado que, no obstante, ha logrado alzarse con el premio Gordo de la Academia de Hollywood. Green Book, que hace referencia al libro de color verde que servía de guía para alojamientos y otros servicios de ocio y restauración para la comunidad afroamericana, narra las vicisitudes sufridas, durante una gira por los estados del sur estadounidense, por el pianista negro Don Shirley, en la piel de Mahershala Ali, y por Tony Lip Vallelonga, su ocasional y bizarro chófer italoamericano, interpretado por Viggo Mortensen. Se trata de una muy particular road movie que transita más por la carretera del ensalzamiento de la amistad a prueba de prejuicios que por las procelosas vías de pronunciadas curvas del racismo imperante en la época, la Norteamérica de principios de la década de los 60 de la pasada centuria, aunque lógicamente este sirve de trasfondo de la historia. Farrelly, que firma el libreto de este complaciente y correcto filme junto a Brian Hayes Currie y Nick Vallelonga (hijo del mentado Tony Lip), ha tenido la habilidad de articular, con estereotipos antagónicos que confluyen  -algo mil veces visto ya en el cine-, un filme con vivaz candencia y brillantes diálogos, cimentado en las dos sólidas y meritorias actuaciones del siempre versátil Viggo Mortensen y del sobrio Mahershala Ali -¿acaso el nuevo Denzel Washington?-, quien ganó la preciada estatuilla por este papel.

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La balada de Robert Redford

Robert Redford interpreta al octogenario atracador en 'The old man and the gun'. / FOX

El mítico actor californiano Robert Redford interpreta al octogenario atracador Forrest Tucker en ‘The old man and the gun’. / FOX

Nada mejor que una despedida por todo lo alto cuando de cine se trata. No sabemos si Robert Redford, que ha transitado por la gran pantalla durante seis décadas, pondrá punto final a su extensa y prolífica carrera cinematográfica o seguirá los pasos de ese incombustible coetáneo suyo, aunque seis años mayor que él, llamado Clint Eastwood, quien enfilando los 90 aún le sobra gasolina -en marzo se estrena en España su última película, La mula-. Si realmente cumple con lo dicho y publicitado, el actor y director californiano se despide a la postre con un más que notable epílogo: The old man and the gun (en la lengua de Cervantes y Quevedo, Un viejo con una pistola). Esta sencilla historia sobre un crepuscular atracador al que nada le gusta más que desplumar bancos y fugarse de prisión, basada en las andanzas reales de Forrest Tucker, deviene también en un claro guiño, en forma de metáfora, a la trayectoria de Redford. Si a uno, a Tucker, le pirraba -porque ya falleció- esto de robar casi compulsivamente a entidades financieras, eso sí, con clase y pulcra educación, al otro, Redford, con no menos clase, faltaría más, le encanta ponerse delante y detrás de la cámara, en una clara declaración de principios: los del amor a su oficio de cineasta. Con tono pausado y aire melancólico, no exento de humor e incluso fina ironía, el filme, dirigido por David Lowery Peter y el dragón (2016), Una historia de fantasmas (2017)- despliega un encantador halo otoñal, con un reposado e inconmensurable Redford y una soberbia partenaire, Sissy Spacek. The old man and the gun rezuma nostalgia por doquier y resulta un excelente broche de oro para un tipo que ha protagonizado o dirigido cintas de la categoría de Dos hombres y un destino, El golpe, El gran Gatsby, Todos los hombres del presidente, Gente corriente, Memorias de África, Quiz Show. El dilema… Ahí es nada.

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