Canarias

Estafa y peluquería

Tiene La gran estafa americana algo que te engancha a pesar de que uno se esperaba un poco más de este multipremiado filme -es lo que pasa con las grandes expectativas-, y no lo digo por la impactante escena inaugural, en la que un enorme excaballero oscuro Christian Bale, barrigón y desengañado, se coloca a duras penas su peluquín. Y no será por falta de pelos, porque el cabello forma parte de la personalidad de los diferentes protagonistas que pululan por esta historia de estafadores captados por el FBI para destapar una trama de corrupción en la Norteamérica de los años 70, desde los pequeños y cuidados rizos de Bradley Cooper, hasta los cuidados estofados de Amy Adams, pasando por los recogidos de Jennifer Lawrence y acabando con el tupé a lo Elvis de Jeremy Renner. David O. Russell (Tres Reyes, The Figther, El lado bueno de las cosas) ha articulado una tragicomedia en la que el timo, personal y profesional, supone el hilo conductor de este cóctel de géneros que transita entre surreales personajes y situaciones, donde los actores llevan absolutamente el peso de la narración, con una estupenda Amy Adams y una brillantísima Jennifer Lawrence, que tiene todos los visos de convertirse en un gran estrella del celuloide y que lo borda en el papel de femme fatale doméstica con laca hasta arriba. De hecho, son los intérpretes, principales y secundarios, incluido el cameo mafioso de un -parece que recuperado para la causa- Robert De Niro, los que dan bagaje y lustre a una película que deambula con un ritmo bastante pausado, roto por una excelente banda sonora que recrea en la época que mandaban en esto de la música gente como Donna Summer y Tom Jones. Merece la pena su visionado por estas circunstancias, no en vano el cuarteto principal de actores está nominado a los Óscar -ya ocurrió en la edición del año pasado con el anterior filme de David O. Russell, El lado bueno de las cosas-. Si nos ponemos a compararla con la otra gran favorita a mejor película para ganar la preciada estatuilla, léase El lobo de Wall Street, no me cabe ninguna duda, me quedo sí o sí con el excelso y excesivo filme de Martin Scorsese. Sin embargo, no le hagan ascos a esta cinta, aunque ponga estafa en el título.

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Una gala ‘low cost’

Que España es diferente ya lo sabemos. Más allá de supuestas buenas intenciones laborales y de acuerdos beneficiosos -la pela al final es la pela-, solo en un país como este ocurren cosas como que dos personas ataviadas con trajes alusivos a una conocida empresa de trabajo temporal entreguen tres premios en la máxima fiesta del cine patrio. No sé ustedes, pero yo no me imagino en los Óscar a dos individuos vestidos de Ronald McDonald dando la preciada estatuilla dorada al mejor cortometraje de ficción por mucho que la cadena de hamburguesas fuese patrocinadora. En fin, supongo que todo formaba parte de esa querencia a gala low cost de estos Goya 2014, edición que parió una ceremonia escasamente brillante a la par que sobria, en la que, como era previsible, el ínclito y malquerido ministro Wert estuvo muy presente a pesar de no dejar ver su brillante testa por territorio enemigo. Pocas sorpresas y pronósticos casi cumplidos en una convocatoria donde la gran perdedora fue la más nominada -suele ocurrir-, La gran familia española, y que tuvo en Vivir es fácil con los ojos cerrados a la triunfadora de la noche -junto a Las brujas de Zugarramurdi-, con un David Trueba pletórico y verborreico. Del gesticulante, y novato en el difícil cometido de conducir este carro, Manel Fuentes, qué decir, pues eso, que debería haber sobreactuado menos y dejar los aspavientos a un lado -igual le habría ido bien fijarse en el tranquilo Buenafuente, con sus manos en los bolsillos-. El popular presentador, periodista y cómico catalán comenzó un tanto nervioso y tardó en conectar con un respetable bastante frío de inicio, a lo que no ayudó, desde luego, su chiste fácil sobre el ojo del mayor de los Trueba. Los vídeos y gags alrededor de las películas candidatas, como siempre, de lo mejorcito de la gala, incluido el guiño de los presentadores de anteriores ceremonias -hay que curarse en salud con humor-, además del ya habitual e hilarante sketch chanante de Muchachada Nui -tendrían que darle algún año la oportunidad de dirigir el cotarro, seguro que nos divertiríamos más-. Aparte de los reiterados palos al ministro ausente, el espectáculo discurrió con lacerante normalidad, falto de ritmo y sin adornos, y por ende, sin excesiva profusión. Hasta el propio discurso de Enrique González Macho, el presidente de la Academia del Cine, quien no está ungido precisamente por las musas de la oratoria, careció de una mayor contundencia -tal vez porque, según reiteró él mismo, continúan los mismos males que afectan a la cinematografía nacional, y no le falta razón-. La emoción en mayúsculas llegó al menos en la velada de la mano de esa señora de la escena llamada Terele Pávez, con su merecidísimo Goya que, por fin, también se llevó otro grande de nuestra gran pantalla, Javier Cámara.

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Reiniciando a Jack Ryan

Lo tenía francamente difícil el chico con tanto antecesor ilustre en el personaje: sustituir a Alec Baldwin, Harrison Ford y Ben Affleck -sobre todo al segundo- en la piel de Jack Ryan no era moco de pavo. No es que el párvulo en estas lides Chris Pine (va por el camino de “resucitar” a la gente: ya hizo lo propio con el capitán Kirk en la renovada saga de Star Trek) sea un dechado de virtudes en la vuelta a la gran pantalla de ese aparentemente discreto agente de la CIA con doctorado y todo, en realidad se limita a cumplir de manera sobria con el papel, que ya es bastante, en un filme que tiene como principal misión reiniciar a este analista-espía, actualizarlo a los nuevos tiempos que corren y sentar las bases para futuras películas. Esta aventura iniciática cuenta la conversión -algo tuneada respecto a la saga literaria de Tom Clancy- de Ryan de marine a miembro del espionaje norteamericano, su trabajo tapadera en Wall Street y su primera operación, en Rusia, para desenmascarar a un poderoso financiero conchabado con las altas esferas del gobierno de ese país eslavo y que trata de hundir la economía norteamericana y de paso perpetrar un atentando en las mismas entrañas de la Gran Manzana. La cinta, que lleva por título Jack Ryan: Operación Sombra, posee todos los ingredientes del género del thriller de acción, pero no convence, al menos al que suscribe estas líneas, tal vez porque, a pesar de su intención, no aporta la frescura necesaria (más allá del impulso al personaje con el cambio de actor), con un libreto que presupuesta prácticamente todos los clichés de este tipo de filmes sin dar pábulo a la más mínima sorpresa (vamos, nada que no hayamos visto antes). Kenneth Branagh, que dirige el cotarro de manera eficaz, si bien poco brillante, interpreta también al villano -aunque lo prefiero más en su rol shakesperiano-, con un cada vez más crepuscular Kevin Costner y una cada vez más actriz Keira Knightley, que prefiere que su novio sea de la CIA a que tenga una amante -no sé yo con la que está cayendo-, completando así el elenco protagonista -lo mejor del filme- En cualquier caso, me sigo quedando con los Jack Ryan de La caza del Octubre Rojo y de Peligro Inminente. Nada que ver con esta.

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Disparando por el monte

Fotograma de 'El último superviviente', filme bélico dirigido por Peter Berf. / UNIVERSAL PICTURES

Fotograma de la película ‘El único superviviente’, filme del género bélico                                           dirigido por Peter Berg. / UNIVERSAL PICTURES

El cine bélico, que tantas estupendas películas ha proporcionado -aunque uno siempre prefiera el amor a la guerra-, especialmente en la década de los 50 y 60 del pasado siglo, con artesanos solventes como Samuel Fuller o Raoul Walsh, sin obviar a las posteriores Apocalypse Now y Platoon, ha parido en los últimos años destacados e interesantes títulos como la spielbergniana Salvar al soldado Ryan, la intimista La delgada línea roja, la ambivalente visión de Eastwood sobre un mismo conflicto con Banderas de nuestros padres y Cartas desde Iwo Jima, incluso Black Hawk derribado, de Ridley Scott, o Enemigo a las puertas, de Jean-Jacques Annaud -seguro que me dejo en el cajón del olvido alguna cinta más-. No es el caso este de El único superviviente, del realizador Peter Berg (Very Bad Things, Hancock, Battleship), la nueva y fresca aportación al género, que si tenía como misión revitalizarlo, pues se ha quedado en un mero, vano e infructuoso intento. Si la casa se empieza por el tejado -como, por ejemplo, poner el título antes de escribir una noticia, una saludable recomendación en el periodismo en papel-, el principal inconveniente aquí deviene en la propia nomenclatura del filme, toda una declaración de intenciones y de obvio anticipo, aunque también es cierto que los hechos reales que narra (la misión de los cuatro Navy SEALS -cuerpo de operaciones especiales del ejército norteamericano- que quieren acabar con un jefe talibán escondido en un inhóspito paraje montañoso afgano) están basados en el libro del mismo nombre –Lone Survivor, en el idioma de Shakespeare-, escrito por Marcus Luttrell, a la postre el suboficial que sale vivo por los pelos y que en la cinta está interpretado por Mark Wahlberg. Con semejante alarde de precognición, la película, al margen de ensalzar el valor de los Navy SEAL, los tipos duros que son, su compañerismo a prueba de bomba y demás parafernalia patriota, ofrece pocas cosas dignas de reseñar. Lo mejor: la tensión fílmica que se genera en torno al enfrentamiento entre el comando y la horda de fanáticos y barbudos talibanes, con volteretas a la limón por esos montes de Dios. Mucha cámara en mano para realzar el realismo de la historia y alguna escena digna del Rambo más en forma. Entretenida y gracias.

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El gran y largo despilfarro

Leonardo DiCaprio protagoniza 'El lobo de Wall Street'. / UNIVERSAL

Leonardo DiCaprio protagoniza ‘El lobo de Wall Street’. / UNIVERSAL

Ya lo decía hace casi 2.000 años el converso de Saulo de Tarso, tiempo después de caerse de su caballo camino de Damasco: “Radix omnium malorum avaritia”. En cristiano -nunca mejor dicho- es algo así como la avaricia es la raíz de todos los males. Pero hasta llegar ahí, qué bien se lo pasan los codiciosos… El lobo de Wall Street, la vuelta a la gran pantalla de ese otro gran mago de la dirección nacido en la Gran Manzana y que lleva por nombre Martin Scorsese, se resume en una sola pero reveladora palabra: exceso. Sí, exceso, exceso per ser, por la historia que narra -inspirada en el bróker Jordan Belfort, quien escribió dos libros sobre su tumultuosa experiencia vital al frente de la agencia bursátil Stratton Oakmont-, exceso incluso en la manera de reflejarlo en el celuloide, y exceso por lo que dura, tal vez el único talón de Aquiles de este desmesurado -en su acepción más positiva- filme. El auge y caída a los infiernos del corredor de bolsa Jordan Belfort deviene en un gran subidón de principio a fin, en el que Scorsese nos ha querido llevar en volandas, haciéndonos partícipes de esa adictiva -y escasa para la gran mayoría- droga llamada dinero, que todo lo puede. Sin embargo, ese frenético y obsesivo viaje a la búsqueda del maldito parné, aderezado con  drogas, sexo, caprichos, ostentación y divertimento sin límites, se antoja a la postre largo y en ocasiones repetitivo. El realizador neoyorquino se pasa tres pueblos de la estación de tren elegida, porque para lo que cuenta -y lo cuenta muy bien que conste, como casi siempre- no hacía falta consumir tres horas de metraje. El lobo de Wall Street no entra en moralinas de cajón. No hace falta. El capitalismo atroz que destila en primera persona y que regurgita a borbotones resulta suficientemente palmario, aunque en el epílogo, y a modo de guiño, se remarca ese poder magnético que ejerce el dinero a pesar de las marciales consecuencias que suele provocar su mal uso. Y todo de la mano de un actor plenamente consolidado: Leonardo DiCaprio, que trabaja por quinta vez con Scorsese, y quien hace casi entrañable a ese personaje amoral y desmedido que es Jordan Belfort, en una actuación magistral que huele a Óscar.

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Galeno viajero

Ha tardado, pero ya llegó a las pantallas un bestseller con enorme querencia cinematográfica como El médico, que tanta fama a la par que parné ha proporcionado a su autor, el estadounidense Noah Gordon. La adaptación, siempre subjetiva -y restrictiva- cuando se trata de llevar literatura al cine, se ha hecho con dinero europeo, lejos de la Meca del Cine, aunque su factura resulta a todas luces hollywoodense. El médico presenta -y es de agradecer el esfuerzo- ese halo de cine de aventuras clásico, de toda la vida, de cinta de sobremesa, de sesión de tarde, aunque canta bastante el afán por condensar -muy líbremente, eso sí-  la obra de Gordon en una película de dos horas y media, con un mal uso de la elipsis en ocasiones -por mucho que se quiera acortar y agilizar el relato-. De lo más destacable de la película, dirigida por Philipp Stölzl, aparte de una buena fotografía, son las interpretaciones de Stellan Skarsgård y de un casi desconocido -por su caracterización- Olivier Martinez, en los papeles de barbero y de sha de Persia, respectivamente. Y, por supuesto, el siempre convicente Ben Kingsley, en la piel del médico y científico Ibn Sina (el célebre Avicena), quedando en un segundo plano el propio protagonista, Tom Payne (Rob Cole, sin la ‘J’ entre nombre y apellido, como se llama en la obra literaria) que ni se lo cree él ni lo hace creíble al respetable. Como vehículo de entretenimiento, el filme resulta pasable aun a costa de obviar algunas cuestiones, e incluso con moralina subyacente en el apunte de la intolerancia religiosa -de las tres grandes, ya saben: cristianos, judíos y musulmanes-. Le falta un pelín más de épica a este viaje épico de Inglaterra al Próximo Oriente en busca del conocimiento de la medicina.

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Evasión

La cartelera de Navidad suele ser prolija en productos para mayor gloria de la evasión: las fechas mandan. En la maraña de títulos, además de la nueva entrega de El Hobbit, inflada magníficamente (pero inflada al fin y al cabo) por Peter Jackson, destaca un filme que se lleva la palma en esto de fantasear, más que nada porque la propia historia va de ello. Ben Stiller -ya para siempre en la memoria colectiva por ser el surtidor de una particular gomina para la rubia cabellera de Cameron Diaz- protagoniza y dirige La vida secreta de Walter Mitty, filme basado en un relato de James Thurber, que fue llevado al cine en 1947 con el inolvidable Danny Kaye. La actualizada versión de Stiller nos traslada a la revista Life, donde trabaja un soñador cuarentón, jefe de la sección de negativos. Mitty tiene frecuentes momentos evasivos, donde aparca la realidad para dar rienda suelta a la más desbordante fantasía. Además, está enamorado de una compañera de trabajo, a la que no se atreve a dirigirle la palabra, hasta que por circunstancias laborales (desaparece el negativo de la fotografía de portada con la que Life se va a despedir de la edición en papel) no le queda más remedio que entablar contacto con ella. Se trata de una comedia ligera, sin grandes pretensiones, de fácil digestión, plagada de buenismo -lo que a veces no es malo- y que hace guiños -aunque sea de forma somera- a la coyuntura actual de cierres y despidos, en la que Stiller demuestra que no le falta talento para la realización (recuerden que el neoyorquino ha hecho interesantes incursiones detrás de la cámara en cintas como Reality bites, Zoolander y Tropic Thunder). La cinta tarda en despegar, pero te gana paulatinamente. Ideal para este periodo de laxitud, a modo de cuento navideño, porque, ¿quién no sueña despierto? Y más con la que aún nos sigue cayendo…

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Abogado en apuros

El consejero, la última película de Ridley Scott, deviene en un inusual thriller que, pese a situarse geográficamente la mayor parte del metraje en el peligroso narcoterritorio de la frontera entre Estados Unidos y México, el primer acto de violencia explícita -la otra pulula de manera sigilosa por el ambiente- no llega hasta una hora y pico después, lo cual subraya la intención intimista que preside esta cinta guionizada por Cormac McCarthy, el celebrado autor de No es país para viejos y La carretera. Scott y McCarthy nos presentan un producto que obliga al espectador a ir enlazando cada una de las piezas de un artilugio narrativo que tiene en su carismático elenco la otra gran baza, empezando por Michael Fassbender, en el papel de abogado con ganas de trepar en el negocio del tráfico de estupefacientes, siguiendo por Javier Bardem, Cameron Diaz -de lo mejorcito del filme-, Penélope Cruz y Brad Pitt, y acabando por secundarios de lujo como Bruno Ganz, Rosie Perez y John Leguizamo. Interesante propuesta, gran puesta en escena y, por lo general, buenos diálogos. Dos curiosidades: los narcos citan hasta versos de Machado en sus devaneos filosóficos y el sexo en coche ya tiene otro significado después de esta película..

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De juegos

Confieso que la primera parte de Los juegos del hambre me sorprendió gratamente, y eso que a priori se trataba de otro blockbuster más, fruto de la enésima adaptación  novelística posadolescéntica. Sin embargo, el filme, basado en la trilogía de Suzanne Collins (Los juegos del hambre, En llamas y Sinsajo) sobre una sociedad futurista y autoritaria, en la que los Estados Unidos está dividido en distritos que cada año ofrecen como tributo a dos de sus jóvenes en un enfrentamiento a vida o muerte, tenía la virtud de entretener sin estridencias, con una factura sobria pero brillante, y donde una de sus principales bazas descansaba en una actriz con futuro fulgurante llamada Jennifer Lawrence -a la postre ganadora de un Óscar por El lado bueno de las cosas-, en la piel de la carismática e instrospectiva Katniss Everdeen, bien respaldada por secundarios de lujo como Woody Harrelson, Stanley Tucci y el veterano Donald Sutherland. La segunda entrega de esta franquicia, a la que se incorpora Philip Seymour Hoffman, dándole un punto más de calidad interpretativa, no defrauda y de hecho mantiene el interés -con cambio de director incluido-, lo que resulta todo un logro en este tipo de productos destinados a la mayor gloria de la evasión.

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Sublime Cate

Después de su último periplo europeo, con estancias admirativas en París y Roma, Woody Allen regresa con Blue Jasmine al suelo patrio -el suyo, claro-, a la empinada San Francisco sin dejar atrás su Nueva York del alma -a través de flashbacks, eso sí- para armar una de esas historias con denominación de origen, trufadas de estimulantes diálogos y de personajes con personalidad que transitan por el caleidoscópico mundo del prolífico director de la Gran Manzana y que tanto gustan a su legión de fans. Sin embargo, este nuevo relato fílmico de Allen no sería lo mismo -ni de lejos- sin la acaparadora presencia de una actriz que siempre coloca el listón un centímetro más alto que las demás y que se llama Cate Blanchett (El curioso caso de Benjamin Button, Elizabeth, Hannah). La interpretación de la rubia australiana sublima y vigoriza el relato de Allen, bordando hasta la saciedad el papel de egoísta exconsorte millonaria neurótica venida a menos (Jasmine), que busca un nuevo hálito a su existencia yendo a vivir a casa de su modesta hermana adoptiva y causando de paso el lógico terremoto. La esplendidez en la pantalla de Cate Blanchett es tal que prácticamente eclipsa a todos, incluida a una genial y empática Sally Hawkins (Persuasión, Happy-Go-Lucky, Jane Eyre), en la piel de la grácil Ginger, la humilde hermanastra, y también a un no menos brillante Bobby Cannavale (lo hemos visto en la serie Boardwalk Empire), el abrupto novio de Ginger: los secundarios de lujo en esta nueva dramedia de Allen, junto a Alec Baldwin (que repite con el genio de Brooklyn tras su paso por A Roma con amor), Andrew Dice Clay, Peter Sarsgaard y Louis C.K. El realizador neoyorquino lanza sus puyas a la ensimismada alta sociedad neoyorquina y hace descender a una expatriada del lujo y de la dolce vita, Jasmine, al infierno de la cruda realidad, en la que tratará de forma patética de manipular y de retorcer todo en beneficio propio para recuperar su posición de antaño. Blue Jasmine es, en definitiva, una película con el inconfundible sello de Woody Allen pero se recordará por la actuación de la inconmensurable Cate Blanchett, y eso no se ve todos los días…

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