Cine

Espías con dudas

Llega el final de un verano que no se ha caracterizado por buenas películas que digamos, todo lo contrario. A excepción de Super 8 -llamado a ser uno de los filmes del año- y alguna cinta más, el bagaje estival ha sido paupérrimo. Sin embargo, en el epílogo del estío empiezan ya a aflorar títulos en las pantallas patrias que merecen la pena visionar, como es el caso de La deuda (ya están también en capilla la última y premiada obra de Terrence Malick, El árbol de vida; y Los amos de Brooklyn, de Antoine Fuqua). La deuda, dirigida por John Madden, es un remake de un filme israelí de 2007, que narra la historia de tres agentes del Mossad, dos hombres y una mujer, y el intento de secuestro a mediados de los 60 en Berlín oriental de un doctor nazi que perpetró cientos de macabros experimentos científicos en el campo de Birkenau. La trama transita entre este espacio temporal y el año 1997, cuando la hija de dos de esos espías escribe un libro sobre los hechos que supuestamente ocurrieron y que llevaron a sus padres a convertirse en héroes del país hebreo. La deuda, sobre la que planea la inevitable comparación con Munich, de Steven Spielberg, si bien la película firmada por el ‘rey Midas’ cuenta con una factura más impecable y se sitúa en un nivel superior, mantiene desde el primer instante el interés del espectador, con las dosis de intriga y acción necesarias, un aspecto que no resulta nada desdeñable en estos tiempos de productos enlatados con fecha de caducidad. El filme se sustenta, además, en un extraordinario elenco de actores, liderado por una siempre eficaz Helen Mirren, a la que le van a la saga Tom Wilkinson, Ciarán Hinds, Jesper Christensen (da repelús en su interpretación de criminal nazi) y un cada vez más convincente Sam Worthington. Madden ha esbozado una notable cinta con un evidente pulso dramático, aunque en su debe hay que cargarle que pase un tanto de puntillas por aspectos morales inherentes a conceptos como la venganza y se centre más en filosofar sobre “la verdad os hará libres”.

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Bichos en el Oeste

Mezclar churras con merinas suele ser mal síntoma cinematográfico y termómetro de que la imaginación o está de capa caída o de un subidón incontrolable de aquí te espero. La verdad, no sé muy bien dónde encuadrar en esta tesitura a Cowboys&Aliens, esa combinación de western y ciencia ficción, amalgama que muestra una singular batalla de extraterrestres más feos que Picio contra pistoleros zarrapastrosos, en los que salen bien parados estos últimos, lo que resulta de difícil verosimilitud -incluso en un contexto de ficción- y de paso dice muy poco de estos bichejos del Universo (tecnología puntera para que encima te ganen con una pistola decimonónica). Al ver la película me recordó, a bote pronto, a ese producto híbrido llamado Aliens vs Predator y también, con el prismático de la lejanía, a cintas de difícil encaje devenidas del peplum como Hércules contra Sansón o El Zorro contra Maciste, por citar sólo dos sin miedo a sonrojarme mucho y donde el tiempo, el espacio y los personajes históricos o mitológicos eran tan maleables como un político en campaña. Sin embargo, Cowboys&Aliens, pese a lo previsible del filme, se deja ver, aunque al guión le falte mordiente y una mayor dosis de originalidad (ya puestos a darle rienda a la fantasía). El producto salva los muebles gracias a sus actores principales: con un Daniel Craig a lo Clint Eastwood -lacónico e implacable-, un Harrison Ford  crepuscular,  y una etérea e ignífuga Olivia Wilde.

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Bárbaros de pacotilla

Si echamos de menos a Schwarzenegger, es que algo va mal… El remake de Conan, el bárbaro no solo nos deja estupefacto y con cara marmórea, como si nos dieran una patada en la entrepierna, sino que, además, y ahí está la cuestión, se carga en un plis plas cualquier intento de revitalizar un subgénero del cine fantástico, como el de hechiceras, guerreros y princesas en apuros, que en los años 80 dejó magníficos ejemplos con presupuestos modestos pero con la suficiente imaginación. No solo las dos entregas del Conan del exgobernator, sino películas como El señor de las bestias o Lady Halcón, por mentar unas cuantas, contribuyeron como pocas a realzar este tipo de cine, sin que ahora, en los albores del siglo XXI, tenga solución de continuidad, a juzgar por lo que estamos viendo por ahí. Citar, para ejemplificar lo dicho, dos fallidos productos recientes: En tiempo de brujas -con un peludo Nicolas Cage- y Solomon Kane -basado en otro de los personajes emanados de la mente de Robert E. Howard, el padre literario de Conan-. Pura exhibición de efectos especiales, 3D y demás parafernalia técnica que no consiguen conectar con el público, y que sacrifica o maltrata lo más importante: la historia que se quiere contar. Y es que el Conan de ese cachas hawaiano llamado Jason Momoa se hunde por todos lados, empezando y terminando por la madre del cordero: un guión de pena, deslavazado e insulso, que flaquea por acá y acullá, sin que la trama -entre simplona y perdida- enganche a un espectador ávido de sumergirse en la Era Hiboria. Aún recuerdo con nostalgia a ese conancito pequeño (con careto de Jorge Sanz), que se queda solo en la vida, esclavizado (recuerden, su “madre” pasaba por ser  Nadiuska), tirando de una rueda de molino, para luego, con el lógico salto temporal, tornarse en el amigo Arnold, que por entonces presumía de Míster Universo. Claro, el director del cotarro se llamaba John Milius, y no Marcus Nispel, quien tiene querencia, por cierto, en esto de las revisitaciones fílmicas -lo hizo ya con Pathfinder y con Viernes 13-. En definitiva, y para acortar la cosa, otro fallido intento de barbarización. Que el dios Crom nos coja confesados…

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Espléndido cóctel ochentero

Lo habrán oído por ahí, y es cierto. Super 8 no engaña, como el algodón del famoso anuncio televisivo. Destila sin complejos y de carrerilla el aroma fresco y juvenil de Los Goonies, E.T. y Encuentros en la Tercera Fase (casi por este orden), en un bendito y espléndido cóctel spilbergiano (para eso el Rey Midas cinematográfico pone parné en el asunto) que lleva la rúbrica de un no tan “perdido” J.J. Abrams. Llámenme estúpido nostálgico o con querencia a mirar en demasía por el retrovisor de la existencia, pero ver una pandilla de chicos de tu época más imberbe (en las procelosas aguas de los 80) intentando rodar una película en tomavistas (así llamábamos al aparatito, rememoren ustedes) recuerda las cafradas de los primeros años de instituto (en el mío, hicimos un par de cortos que por vergüenza torera mejor olvidar), en los que los cruces de miradas con el sexo opuesto, las complicidades y las incomprensiones  marcaban el devenir de ese convulso periodo vital, difícil -vaya que sí- a la par que fascinante. Super 8 te entra directamente por los ojos; te arrastra como un tsunami; te retrotrae a un pasado donde el walkman pasaba por ser la tecnología más puntera del momento; y te encandila con esa luz propia del cine con evidente sabor añejo. Estás ante una película de evasión sincera y honesta, que huye de esos productos enlatados y artificiosos que nos llegan a la gran pantalla una semana sí y otra también con el 3D de marras incorporado, en los que la imaginación suele brillar por su ausencia y donde las sagas, las resagas y los remakes pululan por doquier. Desde luego, Abrams no ha descubierto la pólvora con este filme, pero sabe reinterpretar con su propio toque (ya saben, aunque sea zarandeando árboles de un lado a otro) para escoger, cual tahúr ribereño, las mejores cartas y componer una brillante partida narrativa, en la que el guión juega de protagonista, y que inevitablemente te atrapa tengas 10 ó 40 tacos. Haz la prueba…

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Doble resacón

Las secuelas tienen eso: corren siempre el peligro de repetirse como una salsa de ajo. Sin embargo, a veces -muy pocas, la verdad- la reiteración puede ser el camino de refrendar la gloria anterior, al menos desde el punto de vista de la respuesta del público. Resacón 2 ¡Ahora en Tailandia! es un claro ejemplo de ello. El guionista y director Todd Phillips no se ha cortado ni un pelo en repetir el mismo -y exitoso, por qué no decirlo- esquema de la primera película, cambiado en esta ocasión a Las Vegas por la exótica Bangkok, además de darle un poco más de escatología y de perversión al asunto. La fórmula postulada por Phillips (y que le da un punto de diferencia a películas similares, casi siempre dirigidas a un publico juvenil) es ésa en la que tras una noche de desenfreno, los resacados y amnésicos protagonistas van reconstruyendo la trama hasta saber qué pasó exactamente, y que se ve reforzada por un elenco de actores que tienen un rol muy definido (el chulesco y relativista Bradley Cooper, el desconfiado y temeroso Ed Helms, y el pueril y rocambolesco Zach Galifianakis). Grandes dosis de humor gamberro y desafiante sazonan esta segunda entrega que mantiene viva -por ahora- a una franquicia a la que quieren estirar cual chicle Bazooka -hasta que les explote en la cara, claro-. La cosa tiene visos de seguir. De momento, y para mitigar las testosterona imperante en estos dos primeros filmes, en julio se estrenará un “resacón femenino” subidito de estrógenos…

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Intriga, acción y taxis

Otra pica en Flandes del cine patrio en Estados Unidos. El catalán Jaume Collet-Sierra (La casa de cera, La huérfana), con dinerito de Hollywood (que para eso tienen parné de sobra), ha conseguido que la taquilla yankee se embelese, no sin razón, por Sin identidad, un filme que aunque no aporta nada que no hayamos visto en el género del thriller, sí que desempolva con clase, maneras y sapiencia el estimulante aroma del cine de intriga de toda la vida, el de las buenas películas de espías y el gestado en la lúcida mente del ínclito Alfred Hitchcock. Pero, sobre todo, Sin identidad recuerda al Frenético de Roman Polanski, si bien aquí Harrison Ford es sustituido por un no menos genial Liam Neeson, en el también papel de un desesperado doctor perdido en un país que a priori no conoce. Un ritmo ágil y trepidante acompaña a una cinta que, pese a su amplio metraje, se deja ver de un tirón de principio a fin, con un elenco de artistas de probada eficacia, como los ya curtidos en mil batallas Bruno Ganz y Frank Langella y las emergentes Diane Kruger y January Jones, (conocida por la serie Mad Men, en la que interpreta a la esposa de Don Draper). Un gélido Berlín, ciudad en la que se desarrolla la trama, aporta el suficiente ambiente gris para subrayar la trama, en la que el director español parece tomarla vivamente con los pobres taxis, vehículos que, junto algún que otro personaje, maltrata sin ton ni son…

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Escaso dilema

El regreso a la comedia del recurrente y recurrido Ron Howard no ha sido muy afortunado que digamos. Tras un buen puñado de años sin tocar el género, su retorno, con el filme ¡Qué dilema!, deja un desconsolado sabor agridulce, en el que el aliño del reparto, liderado por ese gigantón llamado Vicent Vaughn y secundado por gente como Kevin James, Jennifer Connelly y Winona Ryder, no alcanza el punto de sal recomendado, más que nada por la evidente falta de química entre ellos y por el deslavazado producto que esboza. Y eso que el tema tiene su cosa (valga la rima)… La película narra, básicamente, las diarreas mentales y el acoso permanente de su propia conciencia que sufre Ronny (Vaughn), tras descubrir el affaire que mantiene la pareja de su socio y mejor amigo con un jovenzuelo. Un histriónico Vaungh se debate los sesos por contarle a Nick (Kevin James) los devaneos de su mujer, una Winona Ryder que poco a poco va saliendo de su ostracismo (aquí con el nombre de Geneva -Ginebra-: ¿acaso haciendo referencia a la “apropiada” historia de Arturo, Lanzarote del Lago y demás gente de Camelot?). Un discreto y comedido Howard (1,2,3…Splash, Wilow, Una mente maravillosa, Cinderella Man, El código Da Vinci y Ángeles y Demonios) pasa de puntillas, y no con la gracia suficiente, por las procelosas aguas que separan los límites de la amistad y la intromisión personal. Para resumir, algún momento divertido -siendo condescendiente- y poco más. Así que, dilema resuelto…

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Reunión de amiguetes

La amistad o lo que supuestamente consideramos amistad. He aquí la cuestión, arduo dilema… Pequeñas mentiras sin importancia, una comedia con tintes melodramáticos, ha barrido en Francia, su país de origen, al menos en términos de espectadores, que no es poco. Lo resumo: un grupo de amigos, pequeñoburgueses cuarentones o enfilando esa etapa (algunos ya casi la oteamos, dicho sea de paso), se va de vacaciones a la costa dejando a uno de sus iguales agonizando en el hospital tras sufrir un accidente en moto. Lejos de París, y en una coqueta casa de verano, entre el marisco y el morapio, los paseos en lancha, el mar y el sol de julio, afloran dudas, malentendidos,  imbecilidades varias, medias verdades y unas considerables dosis de inmadurez. Tras un comienzo alentador -el propio hecho en sí de dejar “colgado” a un amigo del alma en el lecho sanitario-, la película, obra y gracia de Guillaume Canet, deviene en una especie de montaña rusa, con momentos álgidos y otros de cierto sopor, que se ven subrayados por el excesivo metraje de un filme (154 minutos) que, para colmo, se finiquita con un peculiar coro de plañideras al son de My way. La cinta, que aquí sólo se puede visionar en pantalla grande en los Renoir Price, salva medianamente el tipo gracias a un reparto en el que sobresalen François Cluzet y Marion Cotillard. Tener amigos para esto…

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Agotamiento a la vista

Exprimir la franquicia como una naranja madura hasta que no se  pueda sacar más jugo. La cuarta entrega de Piratas del Caribe, bajo el subrayado subtítulo de En mareas misteriosas, sigue la estela dejada por sus dos más inmediatas antecesoras (la primera parte continúa siendo la mejor con diferencia), si bien en su pliego de descargo hay que decir que al menos no presenta una farragosa trama; eso sí, como marca de la casa, vuelve a retorcer y malear a su antojo mitos y leyendas, en esta ocasión, la Fuente de la Juventud. El inclasificable y algo amanerado capitán Jack Sparrow, la ya célebre proyección pirata de Johnny Depp, toma verdaderamente el mando del timón y despliega por doquier un arsenal de poses, de histrionismo y demás parafernalia carnavalesca del personaje, que para eso es la estrella absoluta de una saga que, a buen seguro, vivirá otro episodio más, que mucho me temo (y deseo) será el último, dado el “agotamiento a la vista” del producto. Rob Marshall, quien se ha hecho cargo de esta cuarta parte, esboza un filme lleno de notables efectos especiales y divertidas coreografías de espada (se nota la mano “dancística” del cineasta, director de Chicago y Nine), todo aderezado con diversos toques de humor, elementos que, sin embargo, y como bien saben los seguidores de la saga, no aportan nada que no hayamos visto, ni siquiera el tira y afloja entre Sparrow y su nueva partenaire, una discreta Penélope Cruz en el papel de la española Angélica. La presencia de  Geoffrey Rush (otra vez en la piel del pérfido capitán Barbosa, de los pocos supervivientes originales de la franquicia) y del casi siempre excelente Ian MacShane (el temible pirata Barbanegra) contribuyen a equilibrar y dar lustre a una película que no tiene mayores pretensiones que entretener. Precisamente, éste es el mar por donde Piratas del Caribe transita a sus anchas, aunque debe cuidarse, y mucho, de no encallar en los peligrosos arrecifes de la repetición.

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El París de Woody

Siempre nos quedará París. La mítica frase de Casablanca ya señalaba a la ciudad de las luces, paradigma del romanticismo  y de la bohemia, como uno de los lugares físicos de la nostalgia. Allí ha puesto sus ojos Woody Allen, el más europeo de los directores estadounidenses, que prosigue su periplo por el Viejo Continente como un turista nada accidental. Una comedia romántica en París de la mano de Allen tiene muy poco o nada de convencional. Y así es. Medianoche en París supone un doble viaje por el mismo precio al corazón de la capital francesa. El director neoyorquino guía al espectador por el presente de una ciudad pero también por su pasado, un tiempo pretérito que desemboca, principalmente, en una de las épocas doradas, los años 20 del pasado siglo, donde por la conocida urbe pululaba lo más granado de la cultura internacional. Owen Wilson, alter ego en esta ocasión de Allen, que interpreta a un guionista con aspiraciones de escritor, deambula por clubes en los que se topa con Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Picasso, Cole Porter, Dalí, Buñuel y demás personajes gloriosos de un tiempo inolvidable. La evocadora noche parisina sirve de mecanismo para el cambio temporal, algo que recuerda al trasiego de lo real a lo aparentemente irreal de La rosa púrpura del Cairo. El protagonista  -sin la capacidad camaleónica de un Leonard Zelig- se deja aconsejar por Hemingway y Gertrude Stein sobre su futura novela, o se permite -de manera ventajista- comentar a Buñuel que debería realizar una película acerca de un grupo de burgueses que no pueden salir de una habitación a pesar de que nadie se lo impide (El ángel exterminador). Allen no renuncia a sus ingeniosos diálogos, no exentos de críticas políticas (puyas a los republicanos y al movimiento Tea Party), y no duda en hacer guiños francófilos, empezando por el anecdótico papel de guía turístico de Carla Bruni. El genio de la Gran Manzanza adopta en Medianoche en París los ropajes de la sencillez para cautivarnos a todos.

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