Cine

Agotamiento a la vista

Exprimir la franquicia como una naranja madura hasta que no se  pueda sacar más jugo. La cuarta entrega de Piratas del Caribe, bajo el subrayado subtítulo de En mareas misteriosas, sigue la estela dejada por sus dos más inmediatas antecesoras (la primera parte continúa siendo la mejor con diferencia), si bien en su pliego de descargo hay que decir que al menos no presenta una farragosa trama; eso sí, como marca de la casa, vuelve a retorcer y malear a su antojo mitos y leyendas, en esta ocasión, la Fuente de la Juventud. El inclasificable y algo amanerado capitán Jack Sparrow, la ya célebre proyección pirata de Johnny Depp, toma verdaderamente el mando del timón y despliega por doquier un arsenal de poses, de histrionismo y demás parafernalia carnavalesca del personaje, que para eso es la estrella absoluta de una saga que, a buen seguro, vivirá otro episodio más, que mucho me temo (y deseo) será el último, dado el “agotamiento a la vista” del producto. Rob Marshall, quien se ha hecho cargo de esta cuarta parte, esboza un filme lleno de notables efectos especiales y divertidas coreografías de espada (se nota la mano “dancística” del cineasta, director de Chicago y Nine), todo aderezado con diversos toques de humor, elementos que, sin embargo, y como bien saben los seguidores de la saga, no aportan nada que no hayamos visto, ni siquiera el tira y afloja entre Sparrow y su nueva partenaire, una discreta Penélope Cruz en el papel de la española Angélica. La presencia de  Geoffrey Rush (otra vez en la piel del pérfido capitán Barbosa, de los pocos supervivientes originales de la franquicia) y del casi siempre excelente Ian MacShane (el temible pirata Barbanegra) contribuyen a equilibrar y dar lustre a una película que no tiene mayores pretensiones que entretener. Precisamente, éste es el mar por donde Piratas del Caribe transita a sus anchas, aunque debe cuidarse, y mucho, de no encallar en los peligrosos arrecifes de la repetición.

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El París de Woody

Siempre nos quedará París. La mítica frase de Casablanca ya señalaba a la ciudad de las luces, paradigma del romanticismo  y de la bohemia, como uno de los lugares físicos de la nostalgia. Allí ha puesto sus ojos Woody Allen, el más europeo de los directores estadounidenses, que prosigue su periplo por el Viejo Continente como un turista nada accidental. Una comedia romántica en París de la mano de Allen tiene muy poco o nada de convencional. Y así es. Medianoche en París supone un doble viaje por el mismo precio al corazón de la capital francesa. El director neoyorquino guía al espectador por el presente de una ciudad pero también por su pasado, un tiempo pretérito que desemboca, principalmente, en una de las épocas doradas, los años 20 del pasado siglo, donde por la conocida urbe pululaba lo más granado de la cultura internacional. Owen Wilson, alter ego en esta ocasión de Allen, que interpreta a un guionista con aspiraciones de escritor, deambula por clubes en los que se topa con Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Picasso, Cole Porter, Dalí, Buñuel y demás personajes gloriosos de un tiempo inolvidable. La evocadora noche parisina sirve de mecanismo para el cambio temporal, algo que recuerda al trasiego de lo real a lo aparentemente irreal de La rosa púrpura del Cairo. El protagonista  -sin la capacidad camaleónica de un Leonard Zelig- se deja aconsejar por Hemingway y Gertrude Stein sobre su futura novela, o se permite -de manera ventajista- comentar a Buñuel que debería realizar una película acerca de un grupo de burgueses que no pueden salir de una habitación a pesar de que nadie se lo impide (El ángel exterminador). Allen no renuncia a sus ingeniosos diálogos, no exentos de críticas políticas (puyas a los republicanos y al movimiento Tea Party), y no duda en hacer guiños francófilos, empezando por el anecdótico papel de guía turístico de Carla Bruni. El genio de la Gran Manzanza adopta en Medianoche en París los ropajes de la sencillez para cautivarnos a todos.

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El dios y su martillo

Chris Hemsworth (Thor) y Anthony Hopkins (Odin)

Chris Hemsworth (Thor) y Anthony Hopkins (Odin)

Thor supone otro botón de muestra del inagotable material que los cómics están proporcionando al cine y antesala de otros proyectos más ambicioso de la factoría Marvel.

El filme, que toma el nombre del conocido dios nórdico convertido en superhéroe, resulta a grandes rasgos entretenida, en especial su primera parte, que nos traslada al mítico mundo de Asgard, donde Thor vive con su padre Odín y con su pérfido hermano Loki, amén de amigos, familiares y demás lugareños.

Es allí, precisamente, donde discurren las escenas más logradas de la cinta, ligadas casi siempre a unos convincentes efectos especiales y, sobre todo, con un cierto tufillo shakesperiano que tiene su puntito en un contexto sideral y que viene a explicar el porqué de poner la cinta en manos de un tipo como Kenneth Branagh (Hamlet, Enrique V, Mucho ruido y pocas nueces…).

Sin embargo, la trama cojea cuando Thor, a la sazón el cachas Chris Hemsworth, deambula por la Tierra sin su inseparable martillo y de la mano de la sin par y pródiga Natalie Portman -2011 es, desde luego, su año-, que ejerce aquí de científica y a quien acompañan un nada desdeñable reparto, entre los que se hallan Anthony Hopkins, Stellan Skarsgard, Idris Elba y Rene Russo.

Poco equilibrada pero se deja ver…

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Cuéntame un cuento

Caperucita Roja

Siempre pensé que lo de Caperucita olía a chamusquina, que detrás de esa inocente muchacha se escondía algo turbio, oscuro, y que el lobo, a fin de cuentas, era una víctima… Metidos hasta el cuello en la obsesiva espiral de falta de ideas, ahora a los de Hollywood y compañía, después de pulsar la aún fructífera veta del cómic, parece que les ha dado por acudir a los cuentos clásicos (sin animación de por medio, claro) en una especie de revisitación posmoderna y actualizada de los relatos infantiles.

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Buscando un águila

La Legión del Águila

Hace ya unos buenos meses llegaba a las pantallas Centurión, cinta que versaba a grandes rasgos sobre la “pérdida” de la legendaria Novena Legión Hispana en las inhóspitas tierras caledonias (Escocia), allá por el siglo II después de Cristo. Pues bien, algo parecido se trata en el nuevo peplum post Gladiator, de nombre La legión del águila, que lleva la firma del contrastado director británico Kevin MacDonald, artífice de conocidos filmes como El último rey de Escocia y La sombra del poder.

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‘Western’ del Altiplano

De un thriller a un western. Buen cambio de juego, haciendo un símil balompédico. Mateo Gil ha querido seguir creciendo y sumando en su faceta como director y tras su primer “hijo”  en la realización a lo grande, Nadie conoce a nadie, ha articulado un más que correctísimo western que, tras estrenarse en el pasado Festival Internacional de Cine de Las Palmas, viaja ahora a Tribeca -la muestra neoyorquina apadrinada por Robert De Niro- para probar suerte en esto de los premios.

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Joffé: épica y religión

Aunque pueda parecerlo de entrada e, incluso, de salida, Encontrás dragones no tiene nada que ver con una película de corte fantástico. Se trata del último filme del británico Roland Joffé, que acude de nuevo al drama épico con tintes religiosos que tan bien cultivó en esa estupenda cinta llamada La misión (1985).

La religión, el odio, la amistad, el amor, el perdón, etcétera, etcétera, son algunas de las pulsiones y pasiones que retoma un Joffé siempre brillante en la técnica y en lo meramente formal, en una cinta que narra la azarosa y dispar historia de dos amigos, uno de ellos, Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del controvertido Opus Dei, trama de cuyo hilo tira un periodista que bucea en la vida del santo después de su muerte para escribir un libro, todo bajo el escenario predominante de la España de la Segunda República y de la Guerra Civil.

Vuelve Joffé, un hombre autotitulado de izquierdas, a poner sobre la mesa la religión, una de sus obsesiones, y el drama épico, uno de sus “sellos”.

El filme, pese al intento de desviar la atención con otras “subtramas”, no deja de ser un vehículo eminentemente hagiográfico de la figura del artífice de la Obra. El alto presupuesto del proyecto, que se ha plasmado en la presencia de actores con cierto caché (desde los protagonistas, Charlie Cox y Wes Bentley, hasta nuestros Unax Ugalde, Jordi Mollà y Ana Torrent, pasando por Geraldine Chaplin, Dougray Scott, Rodrigo Santoro, Olga Kurylenko y Derek Jacobi) ha permitido del mismo modo asumir con gran pericia batallas y escaramuzas de la contienda española, un episodio que, sin embargo, aborda de manera un tanto básica y algo plana, tal vez en su deseo de contar esta historia fraticida de forma que “la entiendan todos los públicos”.

En Encontrará dragones, uno tiene la sensación de que el también director de Los gritos del silencio (1984) mide al milímetro lo que narra, como no queriendo molestar ni ofender a nadie, lo que redunda luego en un resultado aséptico que merodea la corrección. Película regular – eso sí, con una excelente música de Stephen Warbeck – que supone, por lo menos, el regreso de Joffé.

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Gorgonzola y mozzarella

Mismo planteamiento pero distinto país y punto cardinal. Bienvenidos al Sur (no es un eslogan promocional turístico, aunque lo parezca) resulta casi un calco de su predecesora, el filme francés Bienvenidos al Norte, de enorme éxito en el país galo, en el que se abordaba de manera simpática, desmitificadora y saludable las diferencias socioculturales entre regiones aparentemente distantes (en España sería algo impensable hacer humor explícito de esta guisa, más que nada por los susceptibles que somos por estos lares, si bien siempre hay excepciones, como la de los vascos de Vaya semanita).

En este “rápido” remake italiano (la cinta francesa es del año 2008), la historia se repite: un temeroso director de oficina de Correos es trasladado al reverso del destino que deseaba: una región al otro lado del país, sobre la que secularmente pesa todo tipo de prejuicios y clichés. Bienvenidos al Sur, dirigida por Luca Miniero y protagonizada por Claudio Bisio, tiene como plus el bucear con humor en el hecho diferencial, especialmente económico, entre la Italia septentrional y la Italia meridional, a pesar de que el producto final se quede corto, dando la impresión de que se podía haber escarbado aún más en esa esperpéntica era berlusconiana en la que vive el país transalpino. Película sencilla y sin pretensiones con olor a gorgonzola y mozzarella, dos quesos distintos pero, en definitiva, quesos…

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En tiempos de nadie

Allá lejos, en los inquietos años 80 del pasado siglo, proliferaron una serie de películas en las que se daba pábulo a los caballeros, a las princesas más o menos en apuros y a las brujas en sus diversas vertientes (algunas bastante agraciadas, por cierto; otras enormemente surtidas de verrugas y pústulas), bien con un escenario semihistórico como telón de fondo o recurriendo a tiempos pretéritos irreales que salían, en su mayor parte, de la siempre lúcida mente de algún creador de cómics. A bote pronto, y seguro que olvido varias, me vienen a la cabeza títulos como El señor de las bestias, Lady Halcón, Los señores del acero o el propio Conan, el bárbaro (y su posterior secuela: Conan, el destructor). Con mayor o menor fortuna, se trataba de productos entretenidos y bien elaborados; en definitiva, puro cine de evasión. Ahora, ha llegado a las pantallas En tiempo de brujas, cinta que lejos de ayudar a rescatar y revitalizar esta especie de subgénero fantástico lo que ha hecho realmente es volverlo a enterrar en lo más profundo. Desde luego, si habría que quemar a alguien en la hoguera, no sería a las pobres hechiceras, sino a los que han ideado este farragoso, estéril y pueril filme, en el que no se salva ni el apuntador, siquiera acaso Ron Perlman (¡penitenciagite!, cual émulo de su recordado Salvatore de En el nombre de la rosa, es lo que debería haber hecho por aceptar semejante bodrio) y un irreconocible y breve Christopher Lee, en la piel de un alto dignatario eclesiástico lleno de bubones. El director de la película, a la sazón Dominic Sena, artífice de Sesenta segundos, Operación Swordfish y Kalifornia, ha conseguido que Nicolas Cage descienda verdaderamente a los infiernos en un proyecto que, entre otras cosas, expide unos efectos especiales que devienen en lamentables. Y mira que había material para articular un producto atractivo: la peste, el oscurantismo de la época, la hipocresía religiosa… En resumidas cuentas, En tiempo de brujas resulta una película absolutamente prescindible, algo de lo que te das cuentas apenas transcurren tres minutos sentado en la butaca.

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Rememorando un sainete

Lo repito. Treinta años se ha tardado en llevar al cine uno de los episodios más controvertidos, lamentables y casposos de la historia contemporánea española. Lentitos, por no decir otra cosa, sí que somos en este país para retratar los acontecimientos. El resultado global de 23-F -la obviedad del título de la película es pasmosa, como su oportunismo comercial- deviene rematadamente previsible en su concepción. Sin ahondar en el fondo del arduo y espinoso asunto que supone un intento de levantamiento militar o en las hipótesis alternativas que pululan sobre tal hecho (ustedes ya saben, que si se fomentó un golpe blando para evitar otro duro y demás: recomiendo por enésima vez y a costa de caer pesadito Anatomía de un instante, de Javier Cercas), la película va directa al grano y se limita a exponer las horas más angustiosas que vivió nuestra, por aquel entonces, párvula democracia, dejando de lado las aristas y los interrogantes que siempre ha despertado este episodio que nunca debió ocurrir. A un ritmo más o menos súbito, aunque quizás a veces se note falta de garra y tensión narrativa, e intercalado en ocasiones con imágenes reales de la época, la película de Chema de la Peña resulta correcta tanto en ambientación como en su faceta semidocumental, y resume de forma forzada lo que básicamente ocurrió en esas inciertas horas de 1981. Tal vez lo que más resalte de la cinta sea el apartado interpretativo, con un inmenso Juan Diego (definitivamente, lo borda en los papeles de militar), en la piel del huidizo, ambiguo e intrigante general Alfonso Armada; y un convincente Paco Tous (da miedo, incluso), enfundado en el teniente coronel Tejero (bigote, tricornio y pistola); sin desmerecer a Lluís Marcó como Jaime Milans del Bosch. No obstante, De la Peña no consigue caracterizar muy bien que digamos a los principales actores políticos de esos momentos, empezando por Adolfo Suárez (Ginés García Millán) y siguiendo por Manuel Gutiérrez Mellado, Felipe González y Alfonso Guerra (el único que se “salva” es el actor Joan Pera, que físicamente se asemeja a Santiago Carrillo, aunque su interpretación resulta residual). A todos ellos, el guión de Joaquín Andújar les da poca o ninguna cancha. En resumidas cuentas, no está de más visionar 23-F -en especial las nuevas generaciones-, pese a tener un claro tufillo a serie televisiva, o como dirían los yankees, a TV movie, y un final bastante happy para lo que fue ese particular sainete de asonada militar. En cualquier caso, 23-F sirve para refrescar la consabida moraleja de guardarnos de salvapatrias e iluminados que se arroguen el derecho de decidir por todos qué es lo mejor para un país.

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