Canarias

Un Depp sin mucho arte

Cada vez que veo al ínclito Johnny Depp transitando por la comedia o sucedáneos con toques de aventura o fantasía, veo irremisiblemente de una u otra manera, con sus matices y subrayados, al inefable personaje del capitán Jack Sparrow, ya sea en la piel del lustroso vampiro gótico Barnabas Collins de Sombras tenebrosas (2012), de su amigo y benefactor cinematográfico Tim Burton, o en el cien veces histriónico Sombrerero Loco de Alicia en el País de las Maravillas (2010), o al excéntrico Willy Wonka de Charlie y la fábrica de chocolate (2005), ambas en las versiones ideadas por el mentado director californiano; incluso lo veo en el personaje del indio Toro en El llanero solitario (Gore Verbinski, 2013), eso sí, lacónico en la verborrea, aunque con un cierto parecido con el pirata en su caracterización. Y lo vuelvo a ver en Mortdecai, su nueva película, dirigida por David Koepp, en la que interpreta a un taimado marchante de arte a la búsqueda de un cuadro perdido de Goya que contiene en su reverso un código secreto, atosigado en todo momento por la mafia rusa y el espionaje británico y con una esposa un tanto esquiva. Basado en los libros de Kyril Bonfiglioli protagonizados por el coleccionista -un tanto canalla pero distinguido- Charlie Mortdecai, el filme es un vehículo ideado para el supuesto lucimiento de Depp, en el que destila por doquier sus aspavientos y gestos -con bigote adosado para más inri-, algo que no solo no nos sorprende, sino que ya empieza a resultar cansino. En cualquier caso, y sin descargar las tintas solo en la figura de Johnny Depp -por otra parte un estupendo actor cuando se pone a ello, que quede claro-, la película coquetea con el más pasmoso tedio y se sostiene a duras penas entre tanto humor previsible y clichés, a pesar de contar con un estimable elenco de actores, como Gwyneth Paltrow, Ewan McGregor y Paul Bettany, quien, por cierto, pasa por ser de lo más risible de esta cinta en su papel de guardaespaldas y mayordomo para todo obsesionado con el sexo.

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Con el traje de espía

Imagen de una de las escenas de 'Kingsman', dirigida por Matthew Vaughn. / FOX

Imagen de una de las escenas de ‘Kingsman’, dirigida por Matthew Vaughn. / FOX

Las películas de espías y de agentes secretos ya cuentan con una nueva franquicia para mayor gloria de la causa: Kingsman. Para situarnos en contexto, esta enésima aportación al género bebe de un cómic de Mark Millar, guionista de Kick Ass, el aplaudido filme sobre un adolescente superhéroe-antihéroe, cuyo director, Matthew Vaughn, es el mismo de Kinsgman, por lo que la presente cinta intenta seguir idéntico camino revisionista y desmitificador de géneros, aunque el resultado no sea aquí tan contundente. Kingsman es el nombre de una secretísima agencia internacional fundada originalmente por sastres  -ahí es nada-, con el objetivo de velar por la seguridad del mundo mundial, que tiene que reclutar a nuevos miembros y que se enfrenta, cómo no, a un malo malísimo. Un argumento sencillito y sin grandes alharacas narrativas para una película en la que vamos a ver -no lo duden- muchas películas, desde la saga de James Bond -citado explícitamente-, hasta las cintas de Flint -el espía desenfadado y mujeriego interpretado por el inolvidable James Coburn, sin obviar a la sofisticada serie televisiva Los vengadores -los paraguas y los elegantes trajes como principales acreedores-, e incluso a la propia Spy Kids. Un cóctel bien mezclado -que no agitado- del que sale este producto que ha contado en su elenco con Colin Firth -muy apropiado para el papel- en la piel de un veterano y estirado agente con ínfulas de mentor del hijo de un compañero fallecido, y un villano posmoderno y megalómano -como debe ser en estas lides- y negativamente ecologista que lleva el nombre de Samuel L. Jackson, acompañados ambos de actores tan solventes como Michael Caine -al que le sienta tan bien este tipo de filmes- y Mark Strong. Canalla a veces, provocadora y divertida en ocasiones, trufada de violencia no contenida, y con abierta vocación de parodia, no sorprende en su concepción debido a los clichés imperantes, pero sí logra entretener, al menos durante buen rato de su metraje, aunque su exagerado carácter poliédrico nos aturda un poco. Kingsman ha nacido con visos de quedarse a tenor de lo observado. ¿Aguantará otro asalto?

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Película y experimento

Ellar Coltrane, de niño, es el protagonista de 'Boyhood'. / UNIVERSAL PICTURE

Ellar Coltrane, de niño, es el protagonista de ‘Boyhood’. / UNIVERSAL PICTURES

Está claro que Boyhood debería haber merecido algo más en los pasados Óscar, donde tan solo consiguió la estatuilla a mejor actriz de reparto, para Patricia Arquette, lo que a todas luces se queda corto para un filme que ha obtenido galardones de relevancia en los Globos de Oro, los BAFTA y en el Festival de Berlín del año pasado, y que ya de por sí ha alcanzado un lugar en la posteridad del universo cinematográfico por su decidida vocación experimental al retratar la vida de un niño, Mason, el actor Ellar Coltrane, y de su entorno, durante algo más de un decenio, desde que el infante tenía cinco años hasta que se convierte en un adolescente preuniversitario, todo compartimentado en casi 40 días de rodaje -desde 2002 a 2013-. Tal exiguo reconocimiento de la Academia de Cine de Hollywood no hace justicia a una cinta a priori valiente (la predisposición para embarcarse en un proyecto con mucho de incertidumbre y al socaire de imponderables, lo es, sin duda) que rinde, sobre todo, homenaje a ese precioso valor llamado tiempo -y no lo digo precisamente por los 167 minutos que dura- y a la puñetera cotidianidad, la que padecemos la inmensa mayoría de los mortales en nuestro tránsito vital, a excepción de algún que otro carrusel que nos trastoca la existencia. Richard Linklater, el artífice junto a Julie Delpy y Ethan Hawke  -que también hace acto de presencia en Boyhood– de esa maravillosa trilogía del antes (Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer), nos lleva de viaje a un territorio que nos suena de mucho -y no me refiero a esa Texas cuasi crepuscular en la que se desarrolla la película-, donde conviven las frustraciones -la mayor parte de las veces- y alguna que otra alegría, todo trufado con la melancolía que desprende Mason, quien asiste, entre estupefacto e impasible, a su propio devenir con la mirada del párvulo que descubre el desalentador mundo en el que las preguntas no siempre tienen respuesta. Y es que si la gran triunfadora de los Óscar, Birdman, nos gana por su ritmo frenético y por su vena verborreica y gestual; la intimista Boyhood te llega a cautivar por su sencillez reflexiva y por su realismo contenido.

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Un Eastwood no tan letal

Bradley Cooper es el protagonista de 'El francotirador', el último filme de Eastwood. / WARNER BROS.

Bradley Cooper es el protagonista de ‘El francotirador’, el último filme de Clint Eastwood. / WARNER BROS.

 

El francotirador recibió un disparo en los pasados Óscar. Ese puede ser el titular de esta controvertida película, que ha sido un éxito en taquilla en Estados Unidos, pero que no ha contado con el beneplácito de los premios (sólo se llevó en el caso de la estatuilla dorada un galardón técnico: mejor montaje de sonido). El último filme de Clint Eastwood, basado en la historia real del Navy SEAL Chris Kyle -interpretado por Bradley Cooper-, quien tuvo en su haber como tirador de élite del ejército estadounidense la terrible cifra de 160 personas abatidas en Irak (y eso según fuentes oficiales, porque se le atribuyen hasta 250 muertes), no logra sorprender ni enganchar, entre otras cosas por su vocación de soflama conservadora y militarista, y se queda en el reverso oscuro de una hagiografía. Es más, la cinta toma retazos de otras películas de la que es deudora y que van desde el explícito Enemigo a las puertas hasta Black Hawk derribado, pasando por La chaqueta metálica o si me apuran incluso por El sargento de hierro -dirigida por el propio Eastwood-, y sobre todo, por En tierra hostil, de Kathryn Bigelow, la gran triunfadora en los Óscar del año 2010. En ella, Bigelow nos mostraba la historia de un especialista en desarticular explosivos, miembro de un escuadrón norteamericano en territorio iraquí, y nos deslizaba su adicción a la guerra y su nula adaptación a la sociedad. Eastwood cuenta aquí prácticamente lo mismo que Bigelow, aunque otorga al filme de una carga ideológica de mayor profundidad, o dicho de otra manera, de una consideración más patriótica -al estilo yankee, ya saben, con esa visión unilateral en la que no existen los tonos grises-. Eso sí, el viejo maestro dota a su producto, como no podía ser de otra manera, de una notable factura visual y narrativa a las escenas de acción, si bien no pone toda la carne en el asador en el universo civil del protagonista, con un final en el que obvia los detalles para mayor gloria del homenaje y la glorificación del héroe. En definitiva, El francotirador es de las cintas que no engrosarán ni de lejos el listado de honor del que fuera alcalde de Carmel.

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Entre códigos

Fotograma  de The imitation game. / THEIMITATIONGAMEMOVIE.COM

Benedict Cumberbatch, en el papel de Alan Turing. / THEIMITATIONGAMEMOVIE.COM

Uno a veces le gusta empezar por el final. Lo digo porque voy a hablar en esta tribuna-y creo que llego a tiempo, dado que este domingo es la ceremonia de los Óscar- de la primera película de las nominadas a la preciada estatuilla que se estrenó en este aún párvulo 2015. The imitation game es el controvertido biopic sobre la figura del matemático Alan Turing y su paso por el equipo que descifró la célebre máquina nazi Enigma, filme que ha recibido palos por todos lados -también buenas críticas, justo es recordarlo- por contener errores de bulto sobre la vida y obra del que está considerado el padre de la informática -al parecer no era un ególatra arrogante incapaz de trabajar en común, ni nunca se convirtió en encubridor de un espía soviético, ni tampoco algunos personajes se comportaron tal y como aparecen retratados en esta cinta dirigida por el cineasta noruego Morten Tyldum-. Obviando el sempiterno debate de las biografías cinematográficas, de que sí es mejor ser fiel a la historia o tomarse ciertas libertades en beneficio del  resultado artístico final, la cinta, por lo pronto, ha logrado reivindicar el papel y el interés por la cuasi olvidada figura de Turing, y no solo refleja muy bien uno de los aspectos menos conocidos y cruciales de la Segunda Guerra Mundial: todo el contubernio montado en torno a la descodificación de mensajes secretos, sino el rechazo y la persecución sufrida en Gran Bretaña por la condición de homosexual de uno de los científicos más brillantes del siglo XX, quien falleció envenenado en 1954. No es la primera vez que el cine trata de la importancia de los criptoanalistas en el contraespionaje aliado, el filme Enigma, una coproducción de 2001 de Reino Unido, Estados Unidos, Alemania y los Países Bajos, aborda la misma temática, aunque desde otra óptica bien distinta y en cualquier caso bastante inferior a The imitation game. Esta cinta, basada en un libro de Andrew Hodges, tal vez no sea un compendio de exactitudes -que no lo es-, pero resulta una película correcta en las formas -no tanto en el fondo-, que se sustenta irremisiblemente en la enorme actuación de Benedict Cumberbatch -candidato al Óscar a mejor actor-, si bien es cierto que le ha faltado incidir un poco más en la tortuosa vida de Turing.

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Parodiando al dictador

Cartel de la película 'The Interview', protagonizada por Seth Rogen y James Franco. / SONY PICTURE

Cartel de la película ‘The Interview’, protagonizada por Seth Rogen y James Franco. / SONY PICTURE

Hay películas que generan una vívida expectación antes de su estreno y no por cuestiones inherentes precisamente al propio cine. Es el caso de The Interview, la controvertida comedia sobre el intento de asesinar al líder norcoreano Kim Jong-un por parte de un productor y de un presentador televisivo a instancias de la CIA, una cinta cuya proyección, como se sabe, ha sido víctima de una campaña de amenazas y de chantaje alentada por el régimen totalitario asiático. Al final el producto resultante no era para tanto ruido y, además, como cabía esperar, el filme se ha beneficiado en taquilla de la polémica suscitada. The Interview no pasa de ser una correcta parodia con visos de desenfreno urdida por el binomio Evan Goldberg-Seth Rogen, este último protagonista de la película junto a su inseparable James Franco, y en la que también destaca Lizzy Caplan, conocida para el gran público por la serie Masters of Sex. Tanto Goldberg como Rogen, amigos desde la infancia, debutaron como directores en la desenfrenada Juerga hasta el fin (2013) y en su segunda película como realizadores han tratado de seguir con similares presupuestos cómicos basados en unas altas dosis de humor desenfadado, aderezado con toques de escatología y de canallismo, amén del uso de cameos desmitificadores, en esta ocasión le ha tocado el turno a artistas como Eminem, Rob Lowe y Joseph Gordon-Levitt. El filme se desarrolla a muy buen ritmo y tiene momentos hilarantes, si bien repetitivos en algunos casos, lo que hace que en términos generales sea una cinta un tanto irregular, que podría haber explotado mucho más sus gags. No es la primera vez en el cine, y espero que no sea la última, en el que se satiriza a un dictador, ya lo hizo en su momento con enorme brillantez y sarcasmo el gran Chaplin a cuenta de Hitler. Obviamente, The Interview queda a años luz de ese clásico, entre otras cosas porque juega en otro terreno, pero no está nada mal como vehículo de entretenimiento y resulta muy superior a la última comedia sobre el tema, El dictador (2012), dirigida por Larry Davis e interpretada por Sacha Baron Cohen. Y es que resulta alentador que de vez en cuando nos riamos -por no llorar- de algún megalómano impresentable que todavía anda suelto por estos mundos de Dios.

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De prometedora a fundido en negro

De los norteamericanos, estúpido, de los norteamericanos… Igual aprendemos alguna vez cómo estos tipos del otro lado del charco logran hacer un espectáculo de cuatro o cinco horas sin que la gente no se desespere o se tire de un precipicio. Y eso que la pasada gala de los Goya comenzó de manera contundente, con ese recordatorio exultante y laudatorio del cine patrio y con ese popurrí ad hoc en el escenario, incluido el Resistiré del Dúo Dinámico -ahí es nada-, que para eso 2014 fue como fue, con récord de taquilla, de público y demás. Sin embargo, la gran fiesta de la cinematografía española, que prometía, y mucho, se apagó lentamente como un fundido a negro y nos sumergió poco a poco en el tedio más absoluto, solo salvado, justo es reconocerlo, por el buen hacer de Dani Rovira, que con sus horas de vuelo de monologuista empedernido consiguió mantener las espadas en alto. Un espectáculo en el que se supone que hay que echar el resto, y más con los guarismos que ha tenido el cine español esta temporada, debe contar con una escaleta adecuada, y no un show con algunos números impostados y sin sentido, como la actuación por partida doble de Miguel Poveda al final de la gala -aún estoy alucinando-. Por lo demás,  todo en mayor o menor medida dentro del guión previsto: los interminables agradecimientos de los galardonados -igual sería bueno volver al micrófono “sube y baja”; la charla complaciente y poco reivindicativa de Enrique González Macho, a quien Dios no lo llamó precisamente por el recto camino de la oratoria; y una quiniela de premios sin ningún sobresalto especial. Quizás la sorpresa la constituyó el propio ministro Wert, que se fue de rositas en su retorno al ruedo de los actores, a excepción de la pulla que le deslizó Almodóvar. La emoción la puso Antonio Banderas en su discurso de agradecimiento por el Goya de Honor, con su frase para la posteridad: “Hoy comienza la segunda parte del partido de mi vida”. En fin, que para galas cinematográficas o bien se recurre a la sencillez y la concisión, como la de los Premios Feroz, o si se quiere poner uno estupendo o exquisito, se “copia” de los mejores en esto. Lo dicho, de los norteamericano, estúpido, de los norteamericanos…

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Pastiche de cuentos

Meryl Streep es una de las protagonista de 'Into the woods'. / DISNEY

Meryl Streep es una de las protagonistas de ‘Into the woods’. / DISNEY

De un tiempo a esta parte a Hollywood le ha dado por reinventar, reformular y revisar los cuentos clásicos, los de toda la vida, vamos. También la televisión ha querido contarnos otros cuentos, como se muestra en la serie de la cadena norteamericana ABC Érase una vez, y en su versión española, más acorde con los tiempos y en clave de thriller. Así, hemos visto en la gran pantalla a una Caperucita Roja sexy y posadolescéntica -la interpretada por Amanda Seyfried-, una Blancanieves guerrera -la protagonizada por Kristen Stewart- o unos matrix Hansel y Gretel -con Jeremy Renner y Gemma Arterton en la piel de los dos “tiernos” y talluditos  hermanitos-, por citar solo algunos filmes de una lista no precisamente escasa, que este año también se incrementará. Por lo pronto, ya tenemos en la gran pantalla a Into the woods, la última aportación a la causa. Se trata de la adaptación cinematográfica del musical del mismo nombre, dirigida por el coreógrafo y realizador Rob Marshall, bastante ducho en este tipo de espectáculos, recordemos Chicago (2002) y Nine (2009). Into the woods deviene en una mezcla indisciplinada de varios cuentos populares, desde la mentada Caperucita Roja, hasta La Cenicienta, pasando por Rapunzel o Las habichuelas mágicas, con un matrimonio de panaderos que no pueden tener hijos como hilo. Sacudan bien todo esto y pongan un bosque y una bruja malvada dentro, y el resultado es una comedia musical que funciona bien cuando desmitifica las consabidas narraciones, las malea, las retuerce y les da un punto hasta canalla, y pierde enteros cuando se pone un tanto bucólica. Este cóctel de fabulaciones se sustenta en su exultante artificio visual y en un reparto bastante equilibrado, donde destaca, cómo no, una hechicera Meryl Streep que interpreta lo que le echen -está nominada por su actuación aquí a mejor actriz de reparto en los próximos Óscar- y por una siempre brillante Emily Blunt. Into the woods te hace pasar un rato entretenido -con un metraje un poco largo, eso sí-, aunque con ciertos altibajos que rebajan sus pretensiones finales pero que, en cualquier caso, evita que te vayas con el cuento a otra parte.

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Viaje al centro del ego

Michael Keaton es el protagonista de 'Birdman'. / FOX

Michael Keaton es el protagonista de ‘Birdman’. / FOX

 

Alejandro González Iñárritu es de esos directores que se gusta y le gusta sin ningún tipo de complejos que su película tenga un enérgico sello personal, una particular marca del Zorro. Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), la primera incursión del director mexicano en la comedia -en este caso negra, como no podría ser de otra manera con los antecedentes melodramáticos del realizador- no escapa tampoco a esa querencia de llevar una impronta bien definida. Si en la aclamada Babel (2006) Iñárritu nos contaba un puzle de historias aparentemente diferentes y desarrolladas en distintos lugares del mundo, pero interconectadas entre sí, esta vez sus alforjas de viaje no dan muchas vueltas: tienen como destino el minúsculo a la par que enriquecedor y estresante universo del teatro, sus mismas entrañas, para ver pulular las andanzas de un actor encasillado -conocido por ponerse en la piel de un superhéroe, a la sazón Birdman– que se quiere reivindicar ante sí mismo y ante el público dirigiendo y protagonizando una obra. Con el uso inmisericorde del plano secuencia en las largas escenas de la cinta (a modo de actos, que para eso la cosa va de teatro), Iñárritu -con la inestimable ayuda del oscarizado Emmanuel Lubezki como director de fotografía- se pone a prueba a sí mismo y al plantel de artistas del filme, experimentando con la complejidad técnica e interpretativa que ofrece ese recurso. Todo un riesgo del que sale airoso y muy bien parado, especialmente el elenco de actores, con Michael Keaton a la cabeza, flanqueado por unos sublimes Edward Norton y Naomi Watts, sin desmerecer ni un ápice a Emma Stone y Zach Galifianakis. Keaton es -o fue- Birdman en el filme, como fue Batman durante dos entregas (las de la etapa de Tim Burton), por lo que el papel le va como anillo al dedo; de hecho, el Keaton de la película quiere demostrar que puede dejar atrás al superhéroe que ha marcado su carrera, y el Keaton real ha resucitado en cierta manera como actor -y lo ha conseguido- con este impagable papel, que bucea en los egos y en las inseguridades de la profesión. No sé si la ignorancia es una virtud inesperada, como reza el subtítulo del filme, desde luego Birdman es una de las sensaciones de este 2015 cinematográfico, pese a que se podría haber rematado de manera mucho más brillante.

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Los ‘Globos de Oro’ patrios

Premios Feroz 2015. / F.D.

Uno de los instantes de la gala de los Premios Feroz 2015. / F.D.

Que los informadores de cine organicemos unos premios y la consiguiente gala de entrega, un poco -o mucho, según se mire- a imagen y semejanza de los Globos de Oro, pues qué quieren que les diga: que muy bien, y ya era hora. Los Premios Feroz -así de contundente es el nombre del galardón para los que no lo sepan- celebraron el pasado domingo en Madrid su segunda edición y, mira por dónde, tan párvulos aún ellos y ya pueden presumir de consolidación y de erigirse en la verdadera antesala de los Goya -ahí es nada-. Esta vez el lugar elegido fue el Gran Teatro Ruedo de Las Ventas -sí, en la mismísima plaza de toros-, un escenario ideal, por su amplitud, para albergar a una miríada de miembros de la canallesca del celuloide y a una abundante representación del cine español, todo retransmitido por Canal+.

Con semejante predio , se imaginaran el trajín… La pertinente y preceptiva alfombra roja se deja para los verdaderos protagonistas: los artistas, como es menester en estas cosas. El cóctel y la cena previa a la gala se convirtió en un hervidero de gente, de felicitaciones, de intercambio de pareceres y de confesiones (de qué estarían hablando Carlos Saura y Julio Medem, chiquito binomio de talento juntos), de lucir palmitos (todo el mundo bastante fetén, oiga), y sobre todo con un halo de buen rollismo entre la profesión de uno y otro lado. Se nota que los actores se sienten más desinhibidos cerca de los periodistas y críticos que en otros encuentros similares, aunque pudiera parecer lo contrario. Tal vez igual porque no hay ningún ministro o algo que se le parezca a la vista… En los Globos de Oro -y acabo aquí más comparaciones con los premios que otorga la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood- pasa lo mismo.

Pero vayamos a la ceremonia de entrega, después de dejar a todos sentaditos en las casi 30 mesas grandes habilitadas en el amplio patio. Para adelantarme un poco, la gala resultó sobria y elegante, con una presentadora firme y contundente, mesurada y simpática a la vez. Tiene madera esta Bárbara Santa-Cruz, que cogió el testigo de la grácil Alexandra Jiménez, presente también en la velada. Santa-Cruz argumentó lo de la consolidación de los Feroz en su segunda convocatoria “porque ya Almodóvar no ha querido venir”. Antes, en la presentación tuvo “palabras” para todas las películas nominadas y sus protagonistas, desde Javier Gutiérrez hasta Javier Cámara -a quien “confundió” con Mortadelo-, pasando por Natalia Tena y David Verdaguer, protagonistas de la historia de amor de 10.000 kilómetros, de los que remachó que eran “dos catalanes que viven en países diferentes”… La mordacidad e ingenio de Santa-Cruz insuflaron bríos a una ceremonia con momentos memorables, como el instante en el que el maestro Carlos Saura recibió su feroz de honor de manos de José Coronado (otro de los protagonistas de la noche, con el gag de darle un beso en todos los morros a Miguel Ángel Muñoz delante de Manuela Vellés “por exigencias del guión”; el de la emoción sin contener de Itziar Aizpuru, la actriz vasca de Loreak, una de las más aplaudidas, y que casi no se marcha del escenario agradecida a todo el mundo; el del elocuente Carlos Vermut; o el del propio Javier Gutiérrez, quien dedicó su galardón como mejor actor al “añorado Álex Angulo”, fallecido en julio.

La gala discurrió rápida y ágil, lo que es siempre de agradecer, y dentro de un ambiente distendido y cordial, con presentadores eventuales por la labor, como Rossy de Palma y Carlos Areces -deberían hacer pareja cinematográfica-, o Leonor Watling y Javier Fesser (alguien lo propuso como conductor de la edición de 2016, lo cual no estaría mal). Como el humor reinaba, qué mejor manera que hacerle un homenaje con el premio a Carmina y Amén, que recogió un fervoroso Paco León en medio de una enorme ovación.

En definitiva, lo suscrito. ¡Que vivan los Feroz! Y hasta la próxima edición, “escribidores y peliculeros”, que diría José Sacristán.

 

PALMARÉS DE LOS FEROZ 2015

-MEJOR PELÍCULA DRAMÁTICA
La isla mínima
-MEJOR PELÍCULA DE  COMEDIA
Carmina y amén
-MEJOR DIRECCIÓN
Alberto Rodríguez (La isla mínima)
-MEJOR ACTOR
Javier Gutiérrez (La isla mínima)
-MEJOR ACTRIZ
Bárbara Lennie (Magical Girl)
-MEJOR ACTOR DE REPARTO
José Sacristán (Magical Girl)
-MEJOR ACTRIZ DE  REPARTO
Itziar Aizpuru por (Loreak)
-MEJOR GUIÓN
Magical Girl
-MEJOR MÚSICA
La isla mínima
-MEJOR CARTEL
Magical Girl
-MEJOR TRÁILER
La isla mínima
*PREMIO FEROZ DE HONOR
Carlos Saura
-PREMIO ESPECIAL
Costa da morte, de Lois Patiño

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