Canarias

El Universo por testigo

Felicity Jones y Eddie Redmayne protagonizan 'La teoría del todo'. UNIVERSAL

Felicity Jones y Eddie Redmayne protagonizan ‘La teoría del todo’. / UNIVERSAL

Stephen Hawking es uno de los personajes mediáticos mundiales más atrayentes a pesar de su condición de científico -lo que ya es un logro en la sociedad en la que vivimos, donde los referentes suelen dedicarse a actividades mucho más prosaicas y menos complacientes con el intelecto-. Su enorme inteligencia y el reto vital de afrontar la enfermedad degenerativa que padece desde su juventud, la temida esclerosis lateral amiotrófica, que para nada ha supuesto un imponderable en sus estudios sobre el origen del Universo, componen un binomio que siempre ha concitado el interés y la curiosidad por este sublime físico teórico, por lo que el estreno de su biopic era largamente esperado. No es la primera vez que un filme trata de un brillante científico con dificultades adyacentes, incluida una relación sentimental -recordemos la excelente Una mente maravillosa, dirigida por Ron Howard y protagonizada por Russell Crowe, que narra la vida del ilustre economista John Forbes Nash, aquejado de esquizofrenia paranoide-. La teoría del todo, título tomado de un libro del propio Hawking, cuya lectura recomiendo encarecidamente, no resulta una cinta tan completa ni tan densa como Una mente maravillosa, y deviene en una historia de amor -subrayada por la adversidad y las vicisitudes-, la del astrofísico y su primera mujer, Jane Wilde, no en vano bebe directamente de las memorias de su esposa. El filme se centra en exclusiva en bucear en esta relación desde sus inicios hasta su epílogo, aunque no esconde el trabajo y la trayectoria científica de Hawking -habríamos deseado ver más, lo que está en el debe de la película-; eso sí, con meras apostillas sobre los agurejos negros, quarks, singularidades y demás conceptos, alusiones que el director James March visualiza brillantemente con imágenes metafóricas. La teoría del todo, que cuenta con cinco candidaturas en la próxima edición de los Óscar, se sustenta en las excelentes interpretaciones de sus dos protagonistas, Eddie Redmayne -con un parecido físico increíble a Stephen Hawking- y Felicity Jones, nominados ambos a mejor intérprete, y esa es, desde luego, su principal baza y atractivo.

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Resurrección ochentera

Los 80: los años dorados del pop, de los estertores de la Guerra Fría, de los walkman y de un sinfín de cosas más, algunas para olvidar (los suéter de punto inglés, los pantalones descoloridos, los pelos escalfados…). Esta segunda “década prodigiosa” (la otra es la de los 60) lleva un tiempo instalada como referente para el Hollywood actual, y no sé si esto es bueno o malo, en tanto que no ha supuesto una fuente de inspiración como tal, con algunas honrosas excepciones, como Super 8, de J.J. Abrams (que recobraba el espíritu de películas de aventuras tan de la época y que tienen en Los Goonies su paradigma más preclaro), sino más bien en un espejo para poder reproducir remakes a mansalva. De hecho, entre las cintas de las que se habla, se dice, se comenta que pueden resucitar de una manera u otra en fechas próximas se encuentran la ya citada de Los Goonies, Los Gremlins (esos bichitos adorables a los que no hay que bañar ni darles de comer después de las 00.00 horas) y Loca Academia de Policía (todo un clásico de las pelis de humor ochenteras). Al parecer, Paramount Pictures ya ha dado luz verde a la nueva versión de Exploradores, el filme protagonizado en su momento por unos párvulos Ethan Hawke y River Phoenix (ya desaparecido). Y es que en este 2015 veremos una buena muestra del cine parido en la década de los 80. El 15 de mayo llegará a las pantallas uno de los héroes apocalípticos por excelencia, Mad Max, otrora en la piel del australiano Mel Gibson y ahora con los rasgos del actor Tom Hardy, en un filme que lleva por subtítulo Furia en la carretera. Y cómo no, también vendrá la continuación más esperada de todos los tiempos, la de la saga de La Guerra de las Galaxias, con su Episodio VII (El despertar de la Fuerza), que de la mano del mentado J.J. Abrams se estrenará en el mes de diciembre. Confío y deseo que esta fiebre, que en el fondo los de mi generación agradecemos aunque revele la escasa originalidad imperante en la meca del cine, nos deje intacto al gran icono de ese ilustre decenio: E.T., y no cometan bajo ningún concepto la imperdonable tropelía de volverlo a traer a la Tierra. Déjenlo tranquilito en nuestro imaginario… y en su casa, a la que tanto le costó regresar.

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Fantasía entretenida

Cartel del filme fantástico 'El séptimo hijo'. / DA

Cartel de filme ‘El séptimo hijo’. / DA

Las fechas navideñas, ya superadas afortunadamente para nuestro mermado bolsillo, resultan propicias para las películas a mayor gloria del cine de evasión, y que tienen en el género fantástico su máximo exponente. Eclipsada por el epílogo de El Hobbit, la cartelera ha contado -y cuenta aún- con otro título, El séptimo hijo, un blocksbuster como mandan los cánones que ha pasado un tanto desapercibido y que, dicho sea de paso -todo hay que mentarlo-, acabé por visionar gracias a la equivocación de los horarios de la página web de uno de los cines en donde se exhibe -iba a ver otra, lo admito-. La cinta es la adaptación cinematográfica de la primera novela de la saga escrita por el autor británico Joseph Delanay, que narra las peripecias de Tom Ward, un veinteañero que a la sazón es un séptimo hijo de un séptimo hijo, algo que, al parecer, por ese mundo imaginario deviene en condición sine qua non para dedicarse al noble oficio de combatir las malas artes de la magia negra, y de paso luchar contra demonios, dragones, brujas y bichos raros, y lo que se le eche por delante, que no es poco. Con el cabreo por lo del horario equivocado (esas páginas web las carga el diablo), mi predisposición era la de poner a parir el filme de arriba a abajo y de un lado a otro; sin embargo, debo confesar que me retracte de quemarlo en la pira de la más absoluta indiferencia. Sin llegarme a maravillar ni mucho menos -ya pocas cosas maravillan-, El séptimo hijo es una película entretenida -firmada por Sergey Bodrov-, con el metraje justo -no se van a pegar tres horas en la butaca-, sin grandes alharacas narrativas -sencillez a raudales-, y que a falta de unos efectos especiales del copón, se sustenta en un elenco solvente  -aspecto en el que sí se nota que se gastaron las perras-, encabezado por el incombustible Jeff Bridges -una especie de El Nota medieval (por lo de El gran Lebowski ) en el papel de maestro de espectros- y por la siempre atractiva Julianne Moore, una hechicera muy chic pero con bastante mala leche. Todo ello subrayado por una correcta banda sonora, obra de un seguro en estas lides: Marco Beltrami. Tal y como se sugiere en las postrimerías de la cinta, El séptimo hijo tiene visos de continuidad, aunque me temo que su recorrido no será muy largo que digamos…

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Adiós a la Tierra Media

Cartel de 'El Hobbit. La batalla de los cinco ejércitos'. / WARNER BROS.

Cartel de ‘El Hobbit. La batalla de los cinco ejércitos’. / WARNER BROS.

No sé cuándo veremos de nuevo en el cine el universo tolkeniano de elfos, enanos, orcos, trasgos, hobbits, magos y demás habitantes singulares de la indómita Tierra Media, léase ahora El Silmarillion, la recopilación de textos del celebérrimo escritor británico, publicada tras su muerte por su hijo Christopher Tolkien, que aún queda por llevar a la gran pantalla, aunque me temo que pasará mucho tiempo para ello, entre otras cosas, porque los derechos del libro los tiene su vástago (y ya sabemos las dificultades que pondrían los herederos para su adaptación, dado que no suelen demostrar demasiado entusiasmo) y porque, también hay que decirlo, estamos ya un pelín saturados de esta fantástica historia fantástica. Por lo pronto, el artífice de todo esto, Peter Jackson, se ha querido despedir a lo grande de su trilogía cinematográfica de El Hobbit, con una puesta en escena acorde con el subtítulo de este último filme: La batalla de los cinco ejércitos. Más acción que en las dos anteriores entregas, Jackson no escatima recursos para dotar de la épica necesaria a este epílogo, si bien no alcanza la sublimación ni la fuerza visual que logró en las apabullantes escenas de contiendas de la saga de El señor de los anillos. En cualquier caso, el director neozelandés ha dotado a la cinta, mucho más corta que las anteriores -tanto de las precuelas como de las secuelas- de un ritmo frenético y trepidante, no exento de cierta carga dramática, si bien con poco equilibrio, para rubricar una tríada correcta, muy inferior a la del Anillo en su concepción global, y eso que se le agradece el esfuerzo por filmar una obra como El Hobbit, más concebida y dirigida a un público infantil. Jackson aprovecha esta última ocasión para unir las dos sagas cinematográficas con cameos de personajes y con explicaciones argumentales y dar así continuidad a su vasto y costoso proyecto de extrapolar al séptimo arte el inabarcable mundo de J.R.R Tolkien. Ahora, vendrán la mercadotecnia final y las versiones ampliadas y demás parafernalia. Pero eso es otra historia…

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Un espiritista llamado Woody

Cartel de la última película de Woody Allen, 'Magia a la luz de la luna', / DA

Cartel de la última película de Woody Allen, ‘Magia a la luz de la luna’. / DA

Una vez más asistimos al típico tópico cuando hablamos de Woody Allen y de su enésima película (estrena una al año, lo que no es moco de pavo), que si alterna una buena con otra no tanto, y bla, bla, bla. Si lo aceptamos ya como aserto, como parece, pues por lógica esta vez le tocaba el turno a un filme menor o, al menos, no tan excelso, sobre todo si este venía al mundo después de la celebrada y oscarizada Blue Jasmine (para siempre Cate Blanchett). Y  lamentablemente así ha ocurrido. Magia a la luz de la luna, la última propuesta del director neoyorquino, es una cándida comedia de aires sofisticados ambientada en los años 20 de “su” querida Europa, que gira alrededor de un afamado ilusionista (Colin Firth), experto en desenmascarar a supuestos médiums dedicados estafar a todo tipo de incautos, que viaja a la glamourosa Costa Azul para tratar de hacer lo propio con una pujante y enigmática joven (Emma Stone). Allen no se afana demasiado en este filme que se desliza por ese mentado periodo de posguerra, donde actividades como el ocultismo y el espiritismo están en pleno auge, con adeptos hasta en las capas más altas y ensimismadas de la sociedad. Magia a la luz de la luna deja de atraparte al poco tiempo de su metraje, cuando pasa a ser una trama edulcorada, que se salva de sucumbir por la habilidad innata del genio de Brooklyn, que envuelve muy bien su producto, maquillándolo ora con diálogos brillantes -como siempre-, ora con una puesta en escena envidiable y con una apropiada banda sonora (el estilo dixieland suena, y mucho). Y si encima cuentas con los actores adecuados, en este caso, un Colin Firth genial en su papel de mago (un trasunto petulante y esnob de Houdini) y una grácil aunque  taimada Emma Stone, hará que finalmente perdonemos al viejo Woody los pasajes más tediosos de la cinta. Sin embargo, no nos dejemos engañar por este falso espiritista de la Gran Manzana, los trucos están bien, pero al final la realidad siempre aflora, en la vida, y por supuesto, en el cine.

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Más guerrero que profeta

Christian Bale es Moisés en 'Exodus: dioses y reyes'. / EUROPA PRESS

Christian Bale es Moisés en ‘Exodus: dioses y reyes’. / EUROPA PRESS

Teniendo en cuenta que es difícil superar a Charlton Heston bajando del Sinaí, canoso hasta las trancas -supongo que eso de ver in situ a Dios tiene sus consecuencias capilares-, ya saben, la mítica Los Diez Mandamientos (1956) de Cecil B. De Mille, la revisitación propuesta por Ridley Scott, Exodus: dioses y reyes, sobre el líder hebreo Moisés tiene su impronta. Scott al menos sabe a lo que juega: combinar con acierto el espectáculo épico con devaneos introspectivos, en este caso de uno de los personajes bíblicos más carismáticos; y más si lo comparamos con el otro producto del Antiguo Testamento que llegó a la gran pantalla hace unos meses, el decepcionante Noé de Darren Aronofsky. Scott ha articulado bien una trama archiconocida, y la ha moldeado, tal vez con escasa talla emotiva, adaptándola a nuevos públicos -con un grandilocuente preámbulo: la batalla contra los hititas-; incluso, pese a ser una historia religiosa, la ha “naturalizado” en aquellas cuestiones que podía: las plagas que azotaron el Egipto bíblico -casi a modo del documental Éxodo descodificado (2006), producido por James Cameron-, y la “apertura” del Mar Rojo (a causa de un meteorito), por cierto, la playa de Cofete, en Fuerteventura. Christian Bale, un actor que cada vez sube un escalón más, logra un Moisés creíble,  muy por encima de su partenaire interpretativo, Joel Edgerton, en el papel de Ramsés (un personaje muy poco trabajado en el guión), y en el que destaca también, aunque de manera casi tímida la actriz española María Valverde, en la piel de Séfora, esposa de Moisés. Y es que la película gira en exclusiva en torno a la figura del profeta y su cometido liberador, en la que los secundarios parecen casi impostados -a diferencia de otras versiones, como la del citado De Mille, en la que actores de la talla de Yul Brynner o Edward G. Robinson disponían de mayor peso-, tal es el caso aquí -contrario- de Aaron Paul (Josué), Ben Kinsgley (Nun) y Sigourney Weaver (Tuya); eso sí, con la impagable curiosidad de ver a John Turturro ejerciendo de faraón (Seti). La película logra entretener durante la mayor parte de los nada desdeñables 151 minutos de metraje -lo que es verdaderamente loable-, aunque el epílogo deja bastante que desear, pasando de soslayo por los capítulos postreros del Éxodo (uno de los cinco primeros libros de la Biblia). Se ve que la travesía del desierto no le interesaba mucho a Scott.

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Dignidad desde el vertedero

Stephen Daldry dirige 'Trash, ladrones de esperanza'. / UNIVERSAL

Stephen Daldry dirige ‘Trash, ladrones de esperanza’. / UNIVERSAL PICTURE

Cuando vean Trash, ladrones de esperanza, el nuevo filme de Stephen Daldry (The reader, Billy Elliot, Las horas), se les pasará a buen seguro por la cabeza películas como Slumdog Millionaire (Danny Boyle, 2008) o Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, 2002), que tienen como hábitat común la más absoluta marginalidad, de la que emanan historias con jóvenes como protagonistas. Trash, ladrones de esperanza cuenta las peripecias de tres preadolescentes que viven en las favelas de Río de Janeiro y que encuentran en un vertedero una cartera por la que se ofrece una generosa recompensa y que guarda un secreto relacionado con la política. Un argumento atractivo para una cinta que no deja de ser un producto correcto, entretenida y con un gran ritmo, acompañada de una potente y variopinta banda sonora, pero al servicio del más puro buenismo final, en una sociedad, en este caso la brasileña, que como todas necesita cada vez más de héroes, aunque sean menores indignados, que se rebelen contra lacras tan globales y actuales como la corrupción. En este camino de denuncia, Daldry enfatiza en demasía su mensaje optimista contra el poder establecido, en contraposición al vívido retrato con el que refleja el estado de miseria y extrema pobreza en el que pulula una parte de la ciudadanía en ese país. La trama se sustenta en el trío protagonista (Rickson Tevez, Eduardo Luis, Gabriel Weinstein), novato en esto de la interpretación, que insufla credibilidad y frescura a la película, y en los que los papeles secundarios, sobre todo los de Rooney Mara y Martin Sheen -en los roles de una cooperante  estadounidense y de un cura comprometido con los desfavorecidos-, son fácilmente prescindibles, a excepción del actor brasileño Selton Mello, en la piel de un cínico policía corrupto. Trash, ladrones de esperanza funciona bien como fábula con moraleja edulcorada, e incluso pone el dedo en la llaga con su mensaje de crítica social, teniendo en el horizonte cercano los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, si bien le falta una pizca de condimento para que el plato salga redondo y llene al espectador.

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Estirando el juego

Jennifer Lawrence es Katniss Everdeen, la heroína de la saga de 'Los juegos del hambre'. / WWW.THEHUNGERGAMESEXPLORE.COM

Jennifer Lawrence es Katniss Everdeen, la heroína de la saga de ‘Los juegos del hambre’. / WWW.THEHUNGERGAMESEXPLORER.COM

En los últimos años está de moda que los finales de las sagas cinematográficos se dividan en dos partes, por aquello del pase usted por taquilla para seguir exprimiendo hasta que se pueda el producto y sus sucedáneos. Tendencia a la que también se ha apuntado    -cómo no- el exitoso universo de Los juegos del hambre, la adaptación de la no menos aplaudida trilogía escrita por Suzanne Collins sobre una sociedad distópica en una Norteamérica neofascistoide (llamada Panem), dividida en distritos que están obligados a dar cada año como tributo a dos de sus jóvenes, quienes se juegan los cuartos en una particular contienda mortal. El problema de este sistema -de sacar más tajada, me refiero- deviene en que la primera película de estos epílogos cinematográficos suele ser un preámbulo alargado y contenido que ya per se deja el espectador a medias. Es lo que ocurre en Sinsajo, muy alejada de las dos anteriores entregas -especialmente de la que inauguraba la saga-, que si bien estaban enfocadas para un público juvenil, se trataba de filmes con vocación generalista, entretenidos y con una factura técnica impecable; eso sí, centrados -es lo que toca- en amores adolescénticos -de nuevo otro triángulo- y que dejaban casi en un segundo plano las tensiones sociales subyacentes en una sociedad autoritaria y clasista. Los juegos del hambre. Sinsajo, dirigida por Francis Lawrence -que repite de nuevo en la franquicia-, resulta una cinta menor en comparación a las otras, más pausada y prácticamente sin concesiones a la acción -una de sus bazas-, y que a ratos resulta hasta tediosa. La trama se limita aquí a contar cómo se utiliza mediáticamente a la heroína Katniss Everdeen (Jennifer Lawrence) como símbolo de la lucha contra el poder establecido, en una especie de master class sobre propaganda política, y en tratar de rescatar, de paso, a su compañero de fatigas y enamorado Peeta (Josh Hutcherson). El excelente reparto ayuda a salvar los muebles (el fallecido Philip Seymour Hoffman, Donald Sutherland, Woody Harrelson, Stanley Tucci, Julianne Moore), sobre todo, una cada vez más sólida Jennifer Lawrence, verdadero atractivo de un filme del que se esperaba mucho más.

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Pantagruélico Del Toro

Fotograma del filme 'Escobar. Paraíso Perdido'. / DA

Benicio del Toro, en ‘Escobar. Paraíso Perdido’

No soy un fan irredento de los biopics, dado que no suelen ser propensos a sorprender ni en su planteamiento ni en su concepción, limitándose la mar de las veces a hacer un somero repaso vital, ora lacrimógeno ora laudatorio, o simplemente revisionista, y poco más. Sin embargo, hay honrosas excepciones, como el filme que ahora nos ocupa y que explora en el universo del que podríamos denominar como el padre de todos los narcotraficantes habidos y por haber, o sea, el colombiano Pablo Escobar, el tristemente célebre jefe del Cártel de Medellín, muerto en 1993 a manos de las fuerzas armadas del país cafetero y que dejó tras de sí un reguero de víctimas como macabro balance. La nueva película sobre este capo di tutti capi, urdida por el debutante Andrea Di Stefano, se titula de manera poco acertada Pablo Escobar: Paraíso Perdido (convendrán que la coletilla no es nada afortunada) y llama la atención no por no ser un filme biográfico al uso, sino porque ni siquiera es un filme biográfico. Di Stefano plantea la cinta desde el punto de vista de un joven y cándido surfista canadiense (en la piel de Josh Hutcherson) que se enamora de la sobrina del narcotraficante (Claudia Traisac) y entra a formar parte -sin quererlo- del círculo del famoso delincuente. Aunque la trama se centra en el personaje -de ficción- del veinteañero norteamericano la siniestra e inquietante figura de Escobar copa -engulle, diría- toda la película, incluso aunque esté fuera de campo. El Patrón -como lo llamaban- está encarnado por ese pedazo de actor de nombre Benicio del Toro, genial, desmesurado, pantagruélico, la mejor opción posible para mostrar el carácter poliédrico del abyecto narco. Su caracterización se come literalmente la aparente afable imagen del Escobar real y se transmuta en la de un mafioso que hace del mismísimo Vito Corleone un mero colegial, un auténtico reverso del papel de poli bueno que interpretaba en la incuestionable Traffic (Steven Soderbergh, 2000). Di Stefano soslaya biografía -meros apuntes- para articular un auténtico thriller que poco a poco adquiere el cariz de inquietante y que le da el aprobado con nota a este actor metido a director en la que es su primera obra cinematográfica.

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El viaje de Nolan

Matthew McConaughey es el protagonista del filme  'Interstellar'. / DA

Matthew McConaughey es el protagonista de ‘Interstellar’. / DA

Mira que ha tenido que empaparse de agujeros negros, agujeros de gusano, relatividad, singularidad, curvatura espacio-tiempo, gravedad, etcétera, el señor Christopher Nolan para escribir, junto a su hermano Jonathan, el guión de su última película, Interstellar, una ambiciosa odisea espacial que gira -y ahí sustenta todo su argumentario y también su principal moraleja- sobre la innata y aún no suficientemente ponderada capacidad del homo sapiens para superar desafíos como especie. Nolan tiene entre sus habilidades la de malear los géneros, jugar con ellos; y eso es lo que hace en este filme desde principio a fin. Su vocación ecléctica se esparce por esta peculiar y particular muestra de ciencia ficción, aunque el camino que toma te deje sensaciones encontradas, con un regusto postrero que puede parecer agridulce. A partir de un planteamiento inicial bastante atractivo, a modo de documental, la trama, enfocada en una Tierra distópica dominada por las tormentas de polvo, donde la agricultura es el único sustento de la humanidad (fisiocracia pura, vamos) y en la que aparentemente la tecnología ha quedado relegada, poco a poco va evolucionando hasta alcanzar altos picos de interés, en especial cuando la historia se traslada al espacio exterior, para luego iniciar un -por momentos- mareante carrusel que, sin embargo, no impide  hacer llevadera la película. Eso sí, tal vez le resten a la concepción global de esta epopeya de Nolan algunos aspectos poco cuidados del producto final (por ejemplo, los desfases de edad poco creíbles de determinados protagonistas). Con una impactante factura visual –y una loable música de Hans Zimmer- no es de extrañar que durante su visionado te lleguen a la mente múltiples influencias, no sólo en el marco de la ciencia ficción (desde 2001, una odisea en el espacio, pasando por Encuentros en la Tercera Fase, Elegidos para la gloria, Contac y El árbol de la vida -si bien Interstellar es mucho menos poética que el filme de Terrence Malik-, o las más recientes Pandorum y Gravity, por mentar unas cuantas-. Esto y un resuelto reparto (Matthew McConaughey , Michael Caine, Jessica Chastain, Anne Hathaway) son de lo mejor de una cinta que te podrá gustar o no, pero seguro que no te deja caer de bruces en los brazos de la indiferencia.

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