Cine

Igual que el Gordo…

Repartiditos, como el último Gordo de Navidad, tanto que todos pillaron cacho (unos más y otros menos, pero todos tan contentos; bueno, a lo mejor Steven Spielberg no tanto). Era lo previsible, lo que dice mucho de las películas que participaban en esta edición caracterizada por la gran calidad de las producciones. Pocas sorpresas en la vertiente puramente cinematográfica (aquí ocurre a la inversa de la lotería: acertamos casi todo) y algunos premios merecidos, como el de mejor guión original a Quentin Tarantino por su excepcional Django desencadenado. Nuestro diseñador de moda, el lanzaroteño Paco Delgado, no pudo lograr el doblete (Goya y Óscar) porque Anna Karenina se lo quitó (mejor que fuera ella), en una ceremonia larga hasta decir basta que más se asemejó a una gala musical que a un acto para mayor gloria del cine en mayúsculas, y a la que sólo le faltó que Michelle Obama cantara desde la Casa Blanca un espiritual acompañada del coro de encorsetados uniformados que tenía detrás. ¡Ah!, por cierto, se me olvidaba. Mucho me temo que al tal Seth MacFarlane, conductor de la kilométrica velada y creador de la genial serie Padre de familia, no volveremos a verlo por el teatro Dolby de Los Ángeles, lo cual me parecerá una gran noticia. ¡Que vuelva Billy Crystal! Soy un clásico… 

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Película bipolar

Una de las escenas de la película

El éxito de los géneros híbridos radica en la laxitud y en la habilidad de escaparse de los encorsetamientos y de los límites académicos, lo que suele desconcertar positivamente al espectador. Es el caso de las denominadas dramedias, que coquetean sin remisión entre ambos ámbitos aunque al final la balanza siempre se decante (para bien o para mal) de una parte. En El lado bueno de las cosas gana a los puntos la comedia romántica, a pesar de los fuertes rasgos dramáticos que la presiden y que en algunos instantes nos hacen dudar vivamente del camino que seguirá el filme. Y es que cada vez más nos gustan menos los estereotipos y sí las situaciones inusuales. David O. Russell (Tres reyes, The Fighter), que además de dirigir el filme firma el guión, ha sabido captar la atención con un caramelo de esos que, aparte de tener un envoltorio atractivo, poseen  un sabor variable, como un zumo multifrutas, en esta singular historia -basada en un relato corto de Matthew Quick– sobre un hombre con trastorno bipolar que quiere reconducir su vida después de pasar ocho meses en el psiquiátrico por un episodio violento tras hallar en la ducha a su mujer y su amante.

De Niro, en una de las escenas de la película

Esta cinta, que veremos en los premios Óscar, donde compite con ocho nominaciones, cuenta con un sorprendente e inusual Bradley Cooper, uno de sus elementos más sobresalientes, con una interpretación de altura que lo aleja de los papeles con cierto toque gamberro a los que nos tiene acostumbrados. Su actuación, junto a la prometedora Jennifer Lawrence, en la piel de una joven viuda que ayuda a exorcizarlo a través del baile, y, sobre todo, la de un resucitado De Niro (sin duda, de lo mejorcito que ha hecho en los últimos años), en la tesitura de un peculiar padre con un trastorno obsesivo-compulsivo, dan lustre a una película con un epílogo bastante previsible y edulcorado. El lado bueno de las cosas abunda en la sana sensación de que al final la cordura siempre es relativa en este mundo de marras, que parece que necesita de unas buenas dosis de desenfreno.

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Bajos vuelos

Washington, en uno de sus mejores papeles

Sorprendente cóctel compuesto de unas buenas dosis de Aeropuerto (y el resto de sus secuelas), Leaving Las Vegas y Días de vino y rosas, El vuelo (Flight) supone la vuelta al cine de carne y hueso -después de sus coqueteos con la animación- del realizador nacido en Chicago Robert Zemeckis (Tras el corazón verde, Regreso al futuro, Forrest Gump, Náufrago), con un producto original y de enorme carga dramática que tiene en el incombustible Denzel Washington a su mayor valedor, posiblemente en una de sus mejores interpretaciones. El filme, irregular pero entretenido, posee como principal activo el giro inesperado en que torna la historia: la de un piloto de líneas regulares pasado de vuelta (en todos los sentidos de la expresión) que salva de manera sorprendente a la inmensa mayoría de los pasajeros de un aparatoso accidente producido por un fallo mecánico, pero que, a pesar de su heroicidad y templanza, debe rendir cuentas por su adicción al alcohol y a la cocaína. Aunque desde ese punto de vista la propuesta resulta interesante, transita, tras un prometedor inicio, con ciertos altibajos, a los que se suma la impertinente manía de bastantes de las películas que este año asoman su cabeza por los Óscar de inflar innecesariamente el minutaje final de la cinta.

Dos grandes actores en liza

El vuelo regurgita dilemas morales y éticos, con personajes abyectos y sin escrúpulos como el del abogado de la compañía aérea afectada por el incidente (un sobrio pero efectivo Don Cheadle) y el propio representante del sindicato de pilotos (un convincente Bruce Greenwood); y escruta, tal de vez de manera escasamente batial, los tejemanejes que se cuecen alrededor de las investigaciones de ese calado. Por lo demás, se echa en falta un mayor desarrollo de determinadas interpretaciones, como la de la novia toxicómana del piloto, papel encarnado por una siempre interesante Kelly Reilly.

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Hagiografía de Lincoln

Fotograma del filme

Si existen héroes de carne y hueso para los estadounidenses, uno de ellos es, sin duda, Abraham Lincoln, su decimosexto presidente, el hombre que abolió la esclavitud y que salió vencedor de la Guerra de Secesión que había fracturado al país en dos mitades. Tal magna figura, objeto de veneración y referente político de primer orden, que recobró nuevos bríos, por razones bastante obvias, con motivo de la primera elección de Barack Obama, aparece por enésima vez en la filmografía yanqui, en esta ocasión de la mano de Steven Spielberg, que por fin ha logrado llevar a la gran pantalla su visión -que no biopic- del célebre estadista republicano, centrando la particular hagiografía en los últimos meses del episodio de confrontación civil entre el Norte y el Sur y en la aprobación de la histórica decimotercera enmienda.

Lincoln conversa con las tropas

Spielberg no oculta en ningún momento su firme admiración por Lincoln y, desde esa perspectiva, la cinta resulta un verdadero y franco panegírico fílmico, que el rey Midas de Hollywood envuelve con mimbres cercanos al thriller político, haciendo gala una vez más de su habilidad narrativa, y en la que no faltan momentos humorísticos (las escenas en las que se compran con prebendas el voto favorable de los congresistas demócratas). Basado en el libro de Doris Kearns, con guión de Tony Kushner, Spilberg hace uso de sus dotes para llevarnos a su terreno y empatizar con una figura ya de por sí afecta por su altura política y nobles ideales (paralelismos en un contexto dominado por una figura como Obama que también pasará a la historia), incluso cuando hace uso del maquiavélico fin que justifica los medios para tamaña empresa como acabar con la esclavitud y alentar la  igualdad de razas. Una película en la que los diálogos, obviamente, predominan sobre la acción, que se hace larga como una avenida para los profanos en historia y politología de Estados Unidos, y en la que destaca la fenomenal fotografía de Janusz Kaminski y la excelsa interpretación de Daniel Day-Lewis como Lincoln, que huele a premio Oscar.

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Pistolero Tarantino

Christoph Waltz y Jamie Foxx, los protagonistas de 'Django desencadenado'

El western no supone un género ajeno en la filmografía de Quentin Tarantino. ¿Acaso Reservoir Dogs no es una peli del Oeste trasladada al ámbito urbano, un verdadero Grupo Salvaje cuyos componentes van vestidos de negro. ¿Acaso la saga Kill Bill no cuenta con los mimbres básicos del género, aunque cambiando pistolas por katanas? ¿Acaso la secuencia con la que arranca de forma magistral Maldito Bastardos no empatiza a escala de tensión y de atmósfera con el universo del Far West, pero en la campiña francesa y con malnacidos nazis? A Quentin Tarantino únicamente le faltaba dirigir un western de manera formal (ya había participado como actor en uno, precisamente en Sukiyaki Western: Django, de Takashi Miike). En Django desencadenado despliega todo el imaginario que tiene en su cabeza, ora sea la vertiente crepuscular, ora ese homenaje más que explícito al spagueti western (como santo y seña de este paradigma, el cameo de Franco Nero, el Django de la versión de 1966). Tarantino no reinventa el género, pero le da su excepcional toque, el de un tipo que ha mamado cine por los cuatro costados.

Django desencadenado, que narra las peripecias -dos años antes de la Guerra de Secesión- de un cazarrecompensas alemán (Christoph Waltz, el nuevo actor fetiche de Tarantino: simplemente genial) y de su particular compañero de andanzas, un esclavo liberado  (Jamie Foxx), resulta, en definitiva, una cinta con el santo y seña tarantiniano: diálogos magistrales, sentido del humor, escenas violentas -al final no tantas como cabría esperar- y una pegadiza banda sonora -en la que se incluye un rap-. En el debe del filme: un metraje excesivamente largo (se podía contar lo mismo con menos minutaje). Y en cuanto a la polémica suscitada por las críticas -un tanto fuera de lugar- de Spike Lee por cómo el director de Tennessee trata el asunto de la esclavitud (algo que hace sin haberla visto, según dice), sólo un apunte: Tarantino se ríe hasta del Ku Kux Klan, con una escena en la que ridiculiza a una especie de protogrupo de esos descerebrados… No se la pierdan.

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Narciso Cruise

Reacher es un antiguo policía militar estadounidenseSin ambages: Jack Reacher es un puro vehículo para mayor lucimiento, gloria y autobombo de uno de los tipos más omnipresentes en la cinematografía del mundo mundial de los últimos 30 años, a la sazón Tom Cruise -como si tuviera poco ya-. El actor mejor pagado de Hollywood interpreta al tal Reacher que da título a este filme de acción -basado, por cierto, en la saga literaria que protagoniza el personaje nacido de la imaginación del escritor de la Pérfida Albión Lee Child-. En el filme -en concreto, la adaptación de la novela One Shot– se narran las peripecias de un escurridizo policía militar curtido en mil batallas que es requerido por un exfrancotirador del ejército estadounidense, acusado de cargarse a cinco persona sin ningún tipo de motivo. Lo que comienza como una trama con cierto interés, poco a poco se va diluyendo como nuestra esperanza de salir de la crisis, para pasar luego a una película llena de clichés y a la postre totalmente previsible, en la que no faltan algunos chascarrillos y guiños cómicos que intentan ayudar a maquillar la cosa.

Pike y Cruise, en una de las escenas del filme

Cruise, en esta ocasión una especie de Jason Bourne, aunque más de andar por casa, se gusta y quiere en la pantalla -para eso pone el parné en la cinta-, acompañado de una discreta pero siempre interesante Rosemund Pike, y en la que la presencia del todoterreno alemán Werner Herzog -el recordado director de Aguirre, la cólera de Dios (1972) y de Fitzcarraldo (1982)- y del incombustible Robert Duvall viene a dar algo de lustre a un irregular producto, cuya misión de entretenimiento se queda a medias. La película, dirigida por el también guionista Christopher McQuarrie, entretiene y poco más, y expele una buena cantidad de tufillo a que vamos a ver a Jack Reacher más veces en la pantalla grande (esperemos que no tantas como novelas de Child). En definitiva, una cinta ideal para fanáticos sin solución del cada vez más narcisista Cruise.

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Cazando a Osama

La agente Maya, protagonizada por la actriz Jessica Chastain

Aséptica en esencia, sin estridencias narrativas y con el ritmo adecuado. Así se puede definir La noche más oscura (Zero Dark Thirty), la esperada película sobre la persecución a Osama Bin Laden, que se ha hecho acreedora de cinco candidaturas en los próximos premios Óscar, entre ellas, las de mejor película y mejor actriz (Jessica Chastain), aunque su directora, Kathryn Bigelow, se ha quedado fuera -injusta y sorprendentemente- de las nominaciones. Bigelow, que ya demostró con creces su buen hacer con la excelente En tierra hostil (que se vio recompensada con las mieles de la Academia en 2010) vuelve a la palestra con un filme -no exento de polémica por el espinoso asunto de las torturas- sobre el que estaban puestas todas las miradas (especialmente las estadounidenses) y que se se pergeñó con testimonios reales acerca del arduo proceso de búsqueda del terrorista saudí. La noche más oscura, que arranca con un impactante y justificativo prólogo (voces en off de las conversaciones a través del móvil de víctimas del 11-S ) y culmina también de manera brillante, se limita -y ahí radica su acierto- a narrar, huyendo de moralismos y de consideraciones políticas, la trama desplegada por los servicios secretos norteamericanos para atrapar a Bin Laden. Esta persecución farragosa y multidireccional pero impenitente la centra Bigelow en Maya, una novata agente de la CIA, interpretada por Chastain, que poco a poco se introduce en la madeja hilada para llegar al objetivo.

Una de las escenas del filme, en la que las fuerzas especiales se preparan para el asalto de la morada de Bin Laden

La directora californiana tiene la habilidad de intentar abstraer al espectador de otras cuestiones inherentes a la narración y lo embarca en la obcecada misión de la protagonista. Aboga por contar y mostrar los hechos, sin dar pábulo a juzgar ni siquiera a reflexionar (aspectos que deja al propio público), creando además la tensión necesaria, que llega a su clímax con el operativo de asalto que acabó con la vida del enemigo número 1 de América. Bigelow firma aquí un notable trabajo cinematográfico que te atrapa al instante en la butaca.

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Sexo con pulmón de acero

Dos de los protagonistas

El cine independiente nos regala de vez en cuando pequeñas perlas en forma de comedia (o dramedia, como prefieran llamarla), películas con un trasfondo difícil o duro -basadas en hechos reales- pero que pasadas por el cedazo del humor, el cinismo y la ironía desdramatizan en enormes dosis la historia en sí y sus circunstancias. Ya lo vimos hace unos meses con el filme francés Intocable, que trata la amistad de un millonario tetrapléjico y de un joven de origen senegalés procedente de un barrio marginal de París, y ahora nos encontramos con algo parecido en Las sesiones, cinta inspirada en relatos autobiográficos del escritor y periodista Mark O’Brien, quien vivió siempre pendiente de un pulmón de acero por culpa de la polio.

William H. Macy hace en esta ocasión de cura

La película, escrita y dirigida por Ben Lewin (entre otros trabajos, rodó un buen puñado de capítulos de la serie Ally Mcbeal), cuenta las vicisitudes del propio O’Brien, interpretado por un convincente John Hawkes (La tormenta perfecta, Winter’s Bone), a la hora de perder la virginidad con 38 años de edad, para lo que recurre a consultas teórico-prácticas de una madura terapeuta sexual (Helen Hunt, –Mejor… imposible, La maldición del escorpión de jade-); eso sí, siempre bien aconsejado por su pragmático amigo, de profesión cura (un genial y ahora desmelenado William H. MacyFargo, Boogie Nights, Pleasantville-). Las sesiones está relatada con una sencillez desbordante y atraviesa sin pudor ni complejos, y con la más mundana naturalidad, por temas tratados casi de puntillas como es el sexo en los discapacitados. Lewin esboza un lúcido y ágil producto cinematográfico que toma su fuerza en la soberbia interpretación del trío protagonista, que dota de personalidad a un filme sin grandes pretensiones pero que reflexiona de forma nítida sobre el sexo -sea en el contexto que sea-, los sentimientos y la religión.

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Muy poco miserables

Las interpretaciones de los principales protagonistas, lo mejor, sin duda del filme

Un musical, pero menos… Los Miserables, la nueva adaptación al cine -pasando por el tamiz broadwaiano- de la genial obra de Víctor Hugo convence a duras penas y se queda lejos de las grandes expectativas creadas. El filme, de dos y media de duración, no llega a tocar el botón de las emociones -al menos las colectivas- y no aprovecha (de hecho, se presenta casi como mero soporte de la historia) el enorme atractivo -desde el punto de vista argumental- del convulso contexto político y revolucionario en el que se desarrolla la obra (la Francia del primer tercio del siglo XIX), con la incipiente conciencia de clases fruto de las desigualdades existentes, especialmente si se quiere empatizar con un público como el actual, que vive en una época también de desazón, llena de tijeras y de demás cosas de cortar, y donde los miserables de entonces son los indignados de ahora.

Las barricadas de los revolucionarios

La revisitación hugoniana del británico Tom Hooper (ganador de un premio Óscar por la brillante El discurso del rey) como aparente musical huye del efecto deseado, con unas canciones que en su pase por la gran pantalla no logran la fuerza necesaria, como tampoco la fórmula adoptada de diálogos recitados que restan dinamismo a la cinta. Lo mejor de Los Miserables, sin duda, la soberbia interpretación de la terna de actores protagonistas, Hugh Jackman (Jean Valjean), Russell Crowe (Javert) y Anne Hathaway (Fantine),  a quienes van a la saga en registros más cómicos Sacha Baron Cohen (Thénardier) y Helena Bonham Carter (Madame Thénardier), y en menor medida Amanda Seyfried (Cosette) y Eddie Redmayne (Marius). Precisamente, el enamoramiento exprés entre ambos es otra de las flojeras del guión (una simple mirada, y amor para toda la vida, ni en las telenovelas). En definitiva, un producto que, a pesar de su depurado estilo y de su enorme factura visual , se queda a medio camino. Ese es el problema.

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Regreso a medias

Imagen de uno de los fotogramas del filme

Y por fin llegó El Hobbit. Un decenio después de que Peter Jackson deslumbrara al mundo con su acertada adaptación de la trilogía del anillo de J.R.R. Tolkien, el director nacido en Nueva Zelanda nos devuelve de un plumazo a la Tierra Media para contar las andanzas de un joven Bilbo Bolson (por esos mundos de enanos, elfos, trols, trasgos, orcos y demás criaturas de ese continente imaginario). La película, la primera de la que será otra terna, además de la novedad que supone los 48 fotogramas por segundo -aspecto que en modo alguno es baladí-, resulta una libre traslación a la pantalla del libro original -más infantil y lúdico-, con unos toques que lo engarzan con la saga del anillo, sobre todo en lo referente a la épica, que deviene inevitablemente en una clara sensación de continuidad y de revisitación de lugares comunes -y no solo físicos, que también- , aunque el humor aquí está mucho más vivo que en el conjunto de las cintas precedentes. Ese hilo umbilical con la anterior trilogía es lo que marca, precisamente, el camino de El Hobbit: un viaje inesperado, donde Jackson cumple con creces, siguiendo el guión establecido de la grandilocuencia pero que en el fondo no llega del todo a emocionar; de hecho, algunas secuencias se subrayan en exceso, especialmente las iniciales, que rozan hasta cierta abulia. En esa línea de vinculación con la comunidad del anillo, Jackson rescata personajes como Galadriel (Cate Blanchett) o el propio Frodo (Elijah Wood) y dota a nuevos con ropajes de otros ausentes (es el caso del enano Thorin, un claro trasunto de Aragorn). El regreso a la Tierra Media no ha sido tan contundente como el esperado, al menos, en esta primera visita, si bien para los fans irredentos y magnánimos de Tolkien siempre resulta gratificante ver su mundo plasmado en el cine. No obstante, esperemos que Jackson tome buena nota y se suelte la melena en las dos entregas posteriores. Lo veremos justo dentro de un año.

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