Cine

Manteniendo viva la llama

Antes del amanecer se convirtió en los 90 en una película de culto para muchos, en la que los entonces pipiolos Julie Delpy y Ethan Hawke hacían bueno el mito del flechazo, con Viena como telón de fondo. Luego, tiempo después, ya avezados treintañeros, los personajes, de nombre Céline y Jesse, se volvían a encontrar en otra ciudad propicia para las triquiñuelas de Cupido, París, en un filme que se tituló Antes del atardecer (2004), donde la llama entre los dos seguía aún ardiendo. Ahora, Antes del anochecer convierte esta ¿inacabada? narración en una trilogía. El amor fugaz entre ambos se ha transformado en realidad otros nueve años después de su segundo encuentro y, por lo tanto, en otra cosa, alejado ya de idealismos y de expectativas. Céline y Jesse están juntos, forman una pareja y tienen hijos. Los efluvios juveniles han dado paso a una relación aparentemente sosegada, con las obligaciones propias de los que son padres, con reproches, miedos, inseguridades… Esta tercera entrega viaja a algún rincón de la península del Peloponeso, lugar en el que Céline y Jesse pasan unas vacaciones con unos amigos en la casa de un viejo escritor. Antes del anochecer incide en la evolución de unos personajes que estaban llamados a compartir sensaciones de manera prolongada y cómo la convivencia les ha cambiado, aunque conservan los pilares de la relación. Bromean entre ellos, ironizan, se lanzan puyas, discuten, ríen, hablan de sus hijos, se afean conductas, salen a relucir defectos… En definitiva, derivas propias de una pareja que se quiere pero que busca fórmulas para mantener vivo el amor en pleno discurrir del difícil y tortuoso camino de los 40. Richard Linklater, director y guionista del filme y de esta trilogía, en la que tanto Delpy como Hawke vuelven a hacer sus propias aportaciones en el libreto, nos traza una jornada en la vida de ambos, en la que imperan diálogos inteligentes, en un filme denso pero brillante, donde la consabida química entre los dos actores alcanza su máximo apogeo y expresión. ¿Indagará Linklater en el amor crepuscular? Bueno, eso ya sería otra historia…

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El viaje terrícola de los Smith

A veces te arrepientes de ver una película justo cuando llevas menos de cinco minutos acomodado en la butaca. Es como esa sensación que te aflora con sudor frío cuando nada más empezar un partido de tu equipo del alma sabes que algo falla, que algo no anda bien: vamos que le va a caer la de Dios en forma de goles. After earth es el caso. Y he aquí que confieso que me metí en la sala en cuestión porque llegaba tarde a la película que realmente quería visionar y, bueno, ya que estábamos en la tesitura, pues… Y eso que barruntaba lo se me venía encima: la ventaja de los malos tráilers es que te ayudan a ahorrarte luego una pasta -cosa que aquí no ocurrió-. Will Smith se ha empeñado sí o sí en hacer actor a su hijo Jaden  -como aquellos progenitores con aires inquisitoriales que quieren a toda costa que su hijo sea un émulo de Messi o de Ronaldo- y creo que no cejará en su empeño, aunque para ello se invente de su puño y letra rocambolescas y frágiles historias como esta: la de un accidente de una nave espacial humana que cae en una Tierra evacuada mil años atrás por un desastre ambiental de proporciones bíblicas. De la tripulación solo quedan dos supervivientes, obviamente el padre (el comandante Cypher Raige, líder de los llamados Rangers Unidos) y su hijo (Kitai), además de un bicho sideral de malas babas. Esta fábula paterno-filial, dirigida por un cada vez más capitidisminuido M. Night Shyamalan -quién te ha visto y quién te ve-, con pueriles toques ecologistas y de moralina fácil, no capta ni al más despistado, en una especie de viaje iniciático con trasfondo de drama familiar no superado. Bostezos -igual era por las  intempestivas horas- y pocos sobresaltos en un filme vehicular para único -y frustrado- lucimiento de los Smith. Sentimentaloide, escasamente consistente y a todas luces previsible, y para más inri con un guión de risa. Como sugerí a un compañero de la casa que me preguntó insistentemente por esta cinta postapocalíptica: ni se les ocurra llevar a sus vástagos al cine, les odiarían el resto de su vida. Y no es cuestión…

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Resucitando a Superman

Ya sé que estamos en una época propicia para humanizar a los superhéroes -sobre todo porque escasean entre tanto supermangante del maldito parné-, insuflándoles un halo ora introspectivo ora oscuro y despojándoles de paso -eso sí que es un acierto y un brindis al buen gusto- de cualquier atisbo kitsch, incluso hasta en la propia indumentaria, lo cual no resulta una empresa nada fácil… El hombre de acero sigue sin complejos esta tendencia metafísica y profunda tan acusada en los filmes de Christopher Nolan sobre el otro tótem de los cómics, Batman (no en vano comparten productor, el propio Nolan, y guionista, David S. Goyer). No diré que no me haya gustado la nueva revisitación de Superman dirigida por Zack Snyder, superior a todas luces al anterior y fallido intento de resucitar la franquicia, pero tampoco me produjo un entusiasmo inusitado, aunque sí creo que se han puesto los mimbres necesarios para que la saga se revitalice. Una casa siempre hay que empezarla por los cimientos y una película de este cariz se apuntala  -obviamente- por el personaje: el actor que iba a tener la encomienda de encarnar al primus inter pares de los superhéroes debía de ser escrupulosamente convincente y en este caso Henry Cavill lo ha sido, erigiéndose en un digno sucesor de Christopher Reeve. El hombre de acero incide en la madre -y padre- del cordero, es decir, en contar los orígenes alienígenas de Superman (para los kriptonianos Kal-El), y mostrar, a base de medidos flashback, su incomprendida infancia. Sin embargo, el filme, entretenido al principio, abusa en exceso de los palos que a diestro y siniestro se da el ínclito con sus paisanos voladores, escenas que recuerdan en demasía a los mamporros en plena urbe de la última de Los Vengadores (encima de la competencia tebeística, la Marvel) si bien sin tanta gracia -por cierto, falta mucho humor en este reinicio supermaniano, algo que era un santo y seña en la serie de Reeve-. Este hombre de acero de condición mística (para los de los paralelismos cristianos, en la peli tiene 33 años y pide hasta consejo a un sacerdote católico) y con padres con posibles (tanto el natural como el putativo, a la sazón Russell Crowe y Kevin Costner) cuenta con madera pese a que sus nuevos creadores cometen un sacrilegio parcamente enmendado: casi eliminan a su alter ego periodístico.

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Se acabó el resacón

Fotograma de Resacón 3

Fotograma del filme Resacón 3. / WARNER BROS.

El problema de estirar el chicle es que tarde o temprano se termina rompiendo. Resacón en Las Vegas tuvo la virtud de captar la atención de un amplio número de espectadores por la propuesta empleada en un tipo de películas focalizadas a un público joven y con unos patrones cómicos bastante comunes y habituales, con grandes dosis de humor salvaje y escatológico. El guionista y director Todd Philips articuló la película en base a la reconstrucción de los hechos acaecidos tras una noche de despedida de soltero de absoluto desenfreno y despiporre, en la que unos amigos aparentemente tranquilos se despiertan sin saber lo que ha ocurrido. La resuelta y exitosa fórmula, sustentada también en unos carismáticos personajes y en estrambóticas situaciones, se repitió en la segunda parte de la serie, trasladada esta vez a la exótica Tailandia, y a pesar de la reiteración -y del peligro que ello conlleva para un producto cinematográfico- la película no desentonó. Sin embargo, la tercera entrega R3sacón no sigue la estela ganadora de las anteriores y se desinfla como un globo picado. Y eso que hay que agradecerle a Philips el intentar -al menos- dar un giro a esta peculiar saga, si bien su resultado defrauda y lo que resulta definitivo: no convence, finiquitando de paso la franquicia -no creo que la resuciten después del fiasco argumental-. Ni siquiera Zach Galifianakis ni el mayor protagonismo concedido a Ken Jeong, el imprevisible y desinquieto Chow -mejor en un papel de secundario- logran salvar el filme. La manada, por tanto, se disuelve.

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Quemando goma por Tenerife

Confieso que el único aliciente que tenía para ir a ver la sexta parte de la saga más veloz,  Fast and FuriousA todo gas, si vives en esta parte del mundo hispanohablante-, era una cuestión pura y estrictamente geográfica -también ombliguista y hasta patriótica, si me apuran-, aquella que suscita el interés por ver cómo queda tu terruño en la pantalla, y corroborar de paso que Canarias en general -y Tenerife en particular- continúa reforzando sus raíces como un laxo y dúctil plató natural para superproducciones (en el caso que nos ocupa, las Islas se interpretan a ellas mismas y hasta hacen por unos segundos de Costa Rica). Dicho esto, el filme realizado por el director de origen taiwanés Justin Lin (responsable de algunas de las cintas de la saga) no ofrece nada nuevo que nos sorprenda en el universo de esta serie (ya saben: persecuciones increíbles, mamporros, tías buenas…), cuya  génesis fue una cinta de presupuesto más bien tímido de principios de este siglo -allá por 2001- sobre el mundo de las carreras ilegales en la ciudad de Los Ángeles, y que ahora, doce años después, cuenta con miles de seguidores y una pasta gansa en recaudaciones.

La isleña A todo gas comienza con cierto aire prometedor (esos paisajes norteños vistos desde el aire tienen su cosa), aunque pronto se torna en mero espejismo de autopista y entra en descontrol para acabar en siniestro total entre hiperbólicas ca -con tanque incluido-, taponazos, peleas, y miradas desafiantes, que al fin y al cabo es lo que le gusta al personal abonado a esta franquicia. Desde luego, los que quieran asistir a un duelo interpretativo que pongan la quinta marcha y se pasen al carril de otra sala. Vin Diesel hace de Vin Diesel (los guionistas deberían haberle proporcionado frases más cortas -y más imaginativas-) y Dwayne Johnson The Rock (qué apelativo más acertado), ídem de ídem. Del resto del reparto, en el que por supuesto no faltó Paul Walker, ni nuestra Elsa Pataky, sólo se salva, y con un gracias ajustado, la latina Michelle Rodríguez. Fast and Furious 6 está llamada a amasar un buen fajo de billetes gracias a sus fieles seguidores, que por lo que se ve son legión. Personalmente, prefiero otro tipo de vehículos cinematográficos.

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Leónidas en la Casa Blanca

Menudo secarral de películas estamos viendo en esta calurosa primavera del año 13 del segundo milenio después de Cristo, donde los filmes interesantes no brotan ni por asomo en la cartelera. En este páramo cinematográfico nos encontramos con productos de vívida evasión como Objetivo: la Casa Blanca (en inglés, Olympus has fallen, un título mucho más poético, no me lo negarán), básicamente una tuneada versión de la primigenia Jungla de Cristal, que cambia el edificio Nakatomi por el hogar de los presidentes de Estados Unidos, y que sustituye al metomentodo policía neoyorquino John McClane-Bruce Willis por el agente del servicio secreto Mike Banning-Gerard Butler, con el añadido de que el actor británico nos recuerda también a su letal Leónidas de 300. Si en la célebre cinta de los 80, los terroristas eran malvados alemanes orientales (de los de la extinta RDA), en esta, por mor de los tiempos que corren, los malos malísimos -una vez finiquitado el ínclito Bin Laden- son, como no podía ser de otra manera, los norcoreanos, quienes atacan sorpresivamente la Casa Blanca y la hacen papilla para bebés, tomando de paso al presidente (Aaron Eckhart ) y parte de su gobierno como rehenes en el búnker (¡sí, existe!).

 

Butler interpreta a un agente del servicio secreto estadounidense

La película por supuesto que resulta entretenida, como todas las de esta clase, en las que el máximo responsable del Imperio está en apuros (ya saben, Air Force One…), y más una dirigida por un tipo como Antoine Fuqua, ya curtido en filmes de acción (Los amos de Brooklyn, Shooter: el tirador, El rey Arturo, y la excelente Training Day), lo que pasa es que deja un capitidisminuido espacio para la sorpresa, y tras un prometedor inicio, apenas transcurridos diez minutos, barruntas lo que va a suceder, incluida la imagen de la bandera de las barras y estrellas cayendo al suelo con música solemne. Nada que no hayamos visto antes. Como curiosidad, el bueno de Morgan Freeman (que interpreta al portavoz gubernamental) llega a la presidencia de Estados Unidos por segunda vez en su carrera (ya lo fue en la apocalíptica Deep Impact), aunque aquí sea solo en funciones. Por lo demás, poca cosa. ¡Ah! Butler no dice eso de yipikayei hijo de…, ni tampoco augh, afortunadamente

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Cuidando ‘drones’

Una de las escenas de la película

Sobra decir, antes de entrar en materia, que resulta otro vehículo teledirigido a la mayor glorificación de Tom Cruise, como lo fue también, aunque tal vez de manera más descarada, su anterior puesta en escena cinematográfica, Jack Reacher, y cómo no, la última entrega de la saga de Misión imposible (en cualquier caso, una de las mejores de la serie). Sin embargo, este filme de ciencia ficción posee los cimientos suficientes para no ser engullido de forma inmisericorde por el agujero negro al que cada vez más se parece el panorama actual que presenta el género. Con un ritmo cansino en ocasiones -demasiadas para un escurridizo Cruise, acostumbrado a dar saltos y echar carreras- y una interesante escenografía minimalista, la cinta, dirigida por Joseph Kosinski (Tron Legacy), basada en una novela gráfica en la que el propio realizador se encargó de la dirección artística, nos lleva a una Tierra deshabitada tras una apocalíptica guerra contra alienígenas, donde un otrora astronauta de la NASA ejerce de técnico de mantenimiento de unos drones (la dichosa palabreja está de moda) que vigilan el planeta. Excesivamente larga, Oblivion juega con cierta habilidad con las herramientas básicas de una buena película de ciencia ficción (no en vano es deudora de un buen puñado de clásicos, desde El planeta de los simios y 2001: Una odisea en el espacio, hasta La guerra de las galaxias o Independence Day, por mentar algunos de los títulos más conocidos) y mantiene el permanente interés del espectador -al menos, durante la primera hora-, bajo una atmósfera de incertidumbre que tiene su encanto, en la que acompañan al ínclito Cruise como partenaires Olga Kurylenko y Andrea Riseborough, con la casi anecdótica presencia del incombustible Morgan Freeman. Obviamente, Oblivion no pasará a los anales del género, pero sí deviene en un producto con muy buenas intenciones, con una excelente fotografía y entretenido, que al fin y al cabo es de lo que se trata.

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Menú presidencial

La película está inspirada en Danièle Delpeuch

La última vez que degusté un plato gastronómico-fílmico francés (en diciembre pasado, para más señas) casi me atraganto. El chef, la receta de la felicidad, así se llamaba la película, dirigida por Daniel Cohen, y protagonizada por Jean Reno y Michaël Youn, con un pequeño y fallido cameo de Santiago Segura, me produjo, incluso, acidez de estómago, toda vez que esta auténtica astracanada, vano intento de comedia ligera, resultaba bastante difícil de digerir. Y como el homo sapiens siempre tropieza con la misma piedra, pues quise repetir, como el ajo, y… La cocinera del presidente es otro ejemplo peregrino de hacer que tu faz esboce algo parecido a la risa o refleje algún tipo de emoción. El filme, del realizador Christian Vincent, está inspirado en Danièle Delpeuch, la única mujer cocinera que, por el momento, ha ocupado la máxima responsabilidad culinaria en los ágapes presidenciales del Palacio del Elíseo; en su caso, durante dos años bajo el mandato del socialista François Mitterrand. En la cinta, Delpeuch se llama Hortense Laboire (la actriz Catherine Frot) y el presidente Mitterrand simplemente es el presidente (un neófito, en las lides interpretativas, Jean d’Ormesson). La historia de esta chef presidencial se cuenta de forma simultánea en dos etapas: cuando Laboire cocinaba en el Elíseo y cuando hacía lo propio en una base francesa en una isla de la Antártida, donde había arribado para desestresarse de tanta tensión gastronómica. La cocinera del presidente resulta desde el punto de vista narrativo un ejercicio sencillo y hasta placentero (acaso no lo es ver pasar delante de ti semejantes manjares y exquisiteces sin poder hincarle el diente), pero de la misma manera deviene en un filme plano y sin vigor, que no explota ni siquiera los presuntos momentos de mayor comicidad -escasísimos, por otra parte-. Paradójicamente, una película en la que pululan tantos olores y sabores te deja al final con una enorme sensación de hambre. Es lo que tiene la supuesta alta cuisine… Nada pantagruélica.

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Viajes Almodóvar

Vaya por delante que no soy un entusiasta almodovariano y que la mejor película del director manchego, al menos para el que suscribe estas líneas, sigue siendo Átame, con unos sublimes Antonio Banderas y Victoria Abril. Dicho esto, y antes de ponernos el cinturón, de colocar recto el sillón y de emprender el vuelo, sólo facturar una gran verdad, Almodóvar tiene una enfática y vívida virtud sobre otros realizadores: no deja indiferente a nadie. En Los amantes pasajeros ha vuelto a constatar esa querencia tan suya. Un filme que lleva su sello inconfundible de contar una rocambolesca historia -aunque no tan hilvanada como en otras ocasiones- y que falla estrepitosamente en lo que ha querido transmitir de la forma más explícita posible: una aerolínea, parte de su tripulación y de sus pasajeros, como metáfora de un país que entra en picado ante las turbulencias que nos amenazan. Está claro que Almodóvar se mueve como nadie transitando la inconsistente geografía humana de las pulsiones y de los sentimientos, envolviéndolos ora con caspa -cuando se tercia-, ora con ciertas dosis de sofisticación posmoderna, ora con gotitas de esa España cañí; sin embargo, fracasa cuando quiere ocupar otros espacios aéreos, en este caso cuando pretende aterrizar con gracia y sarcasmo en la pista del escrutinio de esta sociedad de la crisis. Y ese intento de zaherir la realidad actual como una caricatura se desvía del rumbo del esperpento y deviene en un auténtico vodevil, subrayado como tal por la icónica actuación musical de los tres azafatos y su particular versión de I’m so excited -posiblemente, lo mejor de la cinta-.

Para este viaje irregular, Almodóvar recluta a un buen puñado de sus actores preferidos, desde unos testimoniales e insulsos cameos de Banderas y de Penélope Cruz, hasta intérpretes ya curtidos en su particular estratosfera manchega. Da la impresión de que Almodóvar se deja llevar por las alturas y mira hacia abajo, acaso a su pasado, y se torna jodidamente irreverente con unos diálogos sueltos -marca de la casa-, pero aun así no consigue controlar el vuelo para que lo aplaudamos cuando tome tierra.

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César debe morir

Una de las escenas del filme de los hermanos Taviani

Interesante ejercicio cinematográfico el pergeñado por los hermanos Paolo y Vittorio Taviani: una cárcel como escenario de la shakesperiana Julio César, y sus personajes, los propios presos. Drama dentro de otro drama, los octogenarios directores italianos juegan de modo sublime en César debe morir -que ganó el Oso de Oro en la Berlinale 2012– con la representación de una obra en la que se entremezcla el libreto del eterno autor inglés con las vivencias de los internos, y que se apuntala con el uso tenebrista del blanco y negro y los recursos inherentes al género documental. Actores aficionados pero curtidos en los avatares vitales más oscuros dan credibilidad a un texto que en su momento fue llevado a la gran pantalla de forma magistral por Joseph L. Mankiewicz, con Marlon Brando, Louis Calhern, James Mason y John Gielgud. En César debe morir, los Taviani (Padre padrone, Good Morning, Babilonia) rezuman frescura en una original propuesta que salta de la realidad a la ficción de manera natural, imbricando las dudas y los temores de los internos que participan en el montaje teatral con las tripas de los personajes que interpretan, todo remarcado con la fría y minimalista atmósfera carcelaria de la prisión de alta seguridad de Rebibbia, en Roma. Un filme -que podemos aún visionar en los Multicines Renoir Price, ese pequeño reducto para el cine independiente- lleno de fuerza y expresividad, y que viene a subrayar aún más lo que sabemos: la universalidad y atemporalidad de las obras de Shakespeare, ese enorme escrutador de la psique humana… Me quedo con la última frase del Casio de la película: “Desde que he conocido el teatro, mi celda se ha convertido en una cárcel”.

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