Cine

Microcosmos humano

Otra clase magistral del siempre controvertido Polanski. Un dios salvaje, su nueva propuesta cinematográfica, basada en la obra teatral de Yasmina Reza, logra que las peleas infantiles se conviertan en la antesala de un gran polvorín, no precisamente azuzado por los propios niños, quienes suelen encauzar y solucionar sus cuitas de una manera mucho más natural. En una atmósfera fría, casi opresiva, la que conforman las cuatro paredes de un piso de clase media, Polanski disecciona a cuatro padres, a cuatro supuestos adultos, a cuatro burgueses, que intentan limar asperezas y reconducir civilizadamante el aparente conflicto entre sus hijos, y que al final sucumben ante sus propias contradicciones. El director polaco, ejerciendo casi de terapeuta multidireccional, esboza un guión impecable, aderezado con la sublime interpretación de Christoph Waltz, Kate Winslet, John C. Reilly y Jodie Foster, para desenmascar, con ironía y sentido del humor, las fobias y las filias, las inseguridades y los miedos que pululan por el microcosmos humano. Como si de un ariete medieval se tratase, consigue derrumbar las murallas de convencionalismos sociales que adoptan unos personajes entrañables a la par que patéticos, que poco a poco derivan en un grupete de adolescentes adictos al botellón. No se la pierdan…

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Miedo escénico papal

¿Y si el que va a ser el heredero de San Pedro en la Tierra se rajase de su divina misión nada más salir elegido en el cónclave de la Capilla Sixtina? El conocido director y actor italiano Nanni Moretti se plantea esta sesuda, comprometedora y peliaguda cuestión y sus imprevistas consecuencias en la cinta Habemus Papam, pretendida sátira sobre el Sumo Pontífice. Pero no crean que Moretti se desmelena a la hora de ironizar acerca de los entresijos que rodean a la cúpula vaticana, en lo que podría haber sido una especie de reverso en clave sarcástica de Las sandalias del pescador (película de 1968 protagonizada por Anthony Quinn y basada en la novela de Morris West); en realidad, prefiere plantarse en las cuitas y dudas trascendentales de un hombre que no quiere ni por asomo ejercer de Pastor Supremo, en este caso un genial Michel Piccoli, en el papel del dubitativo e inseguro cardenal Melville. El autor de Caro diario opta, precisamente, por esta vía (lo que sorprende por su visión siempre ácida de la realidad), a pesar de que en la primera parte de la cinta nos frotamos las manos por las perspectivas que ofrece su desmitificadora imagen del boato eclesiástico a gran nivel y el vodevil permanente al que somete a los cardenales, a quienes trata como una miríada de entrañables ancianos (incluso los pone a jugar a voleibol). La película desemboca así en una reflexión sobre el miedo escénico y el acongojamiento que otorga ser el máximo representante de Dios por estos lares, aspecto que en cierta manera le resta fuerza al resultado final. Por eso, se  echa en falta de Moretti (que interpreta a un psicoanalista que acude al rescate papal, con una de las escenas más divertidas del filme, en la que entrevista “a solas” al temeroso obispo de Roma) el haber ido más allá, en poner el dedo en la llaga sobre determinadas cuestiones candentes en la Santa Sede. La Iglesia puede estar tranquila. Habemus Papam no es para tanto, sólo un pequeño dardo con poco veneno en las entrañas del Vaticano.

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Spielberg con tupé

Una auténtica lección de cine. Así de sencillo, sin más alharacas y adornos. Steven Spielberg recupera la esencia de las mejores piezas del género de aventuras en su particular y lúcida visión de Tintín, el inolvidable personaje de cómic creado por el belga Hergé. El rey Midas de Hollywood (ayudado por otro que no se queda atrás en estas lides, Peter Jackson) sigue aún ejerciendo sus poderes, convirtiendo una vez más en oro todo lo que toca. En Las aventuras de Tintín. El secreto del Unicornio, el director estadounidense logra casi desde el primer fotograma que nos olvidemos de que se trata de un producto de animación de esta era digital y tridimensional en la que vivimos, rodado en el sistema de motion capture (captura de movimiento), como los filmes Polar Express, Beowulf o Cuento de Navidad, aunque en este caso con mayor excelencia. Y lo hace desplegando todo un arsenal de recursos cinematográficos y narrativos que componen un potente espectáculo visual que desactiva por completo en imaginación y diversión a las anteriores versiones fílmicas -animadas o no- de este héroe juvenil de historieta. Spielberg no tiene reparos en la película, acertado compendio, mezcla, amasijo o como lo quieran llamar de varias historias, la basada en El secreto del Unicornio, a la que se unen El tesoro de Rackham el Rojo y El cangrejo de las pinzas de oro, de rendir tributo a uno de sus personajes cinematográficos más celebrados, Indiana Jones, a quien la crítica europea comparó en el estreno de la primera entrega de la popular saga “arqueológica” con el mismísimo Tintín, corroborando así las similitudes entre ambos (no buscadas en su momento, por cierto, dado que el realizador norteamericano desconocía entonces la existencia del intrépido periodista del Petit Vingtième). Pero los autohomenajes spielbergnianos no acaban aquí, también hay referencias a Tiburón (1975), en una escena en la que el pequeño tupé de Tintín transita por el mar como si fuera un escualo. En definitiva, una de las cintas comerciales del año de obligado visionado.

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El gen miedoso

Heredarás el miedo de tus padres… No se trata de un mandamiento bíblico, sino la premisa básica que propugna Intruders, la nueva película del paisano Juan Carlos Fresnadillo, que juega aquí de manera solvente y con frescura en el farragoso terreno de juego del terror psicológico. El director tinerfeño demuestra una vez más sus dotes de narrador y de artesano del género fantástico en el que es su tercer largometraje, una cinta de discreto guión, firmado por Nicolás Casariego y Jaime Marques (tal vez lo que más cojea del filme), que mezcla dosis de fantasía, suspense y drama familiar. Intruders, que fue recibida con aplausos en el Festival de Toronto, con menor entusiasmo en San Sebastián, pero que está obteniendo el aval del público, sin aportar un excesivo plus de originalidad, cumple al menos con uno de los objetivos fundamentales de este tipo de películas: mantener pegadito a la butaca y con los ojos bien abiertos al espectador. En este caso, a  la espera de desenredar una madeja que transita por una aparente simpleza a través de dos historias paralelas, una situada en España y la otra en Inglaterra, con dos niños como protagonistas y una especie de hombre del saco llamado Carahueca como cordón umbilical. Por cierto, Carahueca, ente o ser -o como quieran llamarle- que puede salir perfectamente de un cruce indoloro entre el Ghostface de Scream, los Nazgûl de El Señor de los Anillos y los dementores del mago Harry Potter -y alguno más que se me escapa-, tiene visos de convertirse en un personaje que viene para quedarse (si no, al tiempo). Intruders, que cuenta con un convincente Clive Owen y una cada vez más asentada Pilar López de Ayala en el papel de sorprendidos progenitores, sin obviar la interpretación de la preadolescente Ella Purnell y del “padre” Daniel Brühl, refleja bien a las claras que el cine patrio se atreve con todo cuando se disponen de los mimbres necesarios y confirma a Juan Carlos Fresnadillo como uno de nuestros mejores paladines cinematográficos a la búsqueda de próximas justas.

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Yihadistas al desnudo

Surrealismo, absurdo, esperpento… Four Lions entremezcla brillantemente estos conceptos para contar la hiperbólica trama de un peculiar grupo de descerebrados aspirantes a terroristas que tratan de perpetrar un atentado en Inglaterra… ¿Banalizar y simplificar el terrorismo islamista o el terrorismo en general? En realidad, una comedia dramática como Four Lions ridiculiza con flema británica -los Monty Python  siempre presentes-  cualquier tipo de sinrazón, de fanatismo religioso o ideológico, como ya hizo en su momento el gran Charles Chaplin con su genial El gran dictador (1940) o como remarcó Stanley Kubrick en ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (1964). Cada vez más resultan necesarias sátiras para relativizar conflictos y sacudirnos temores como la firmada por Chris Morris, un mordaz tipo curtido en los medios audiovisuales de la Pérfida Albión. La idiotez supina (acaso no lo es también la violencia terrorista) deviene en el principal arma que utiliza el filme de Morris. Estupidez multiplicada hasta la saciedad, que se refleja en los propios personajes y en las situaciones que generan, y de la que no se salva ni la propia policía inglesa. ¿Morris deforma o malea la realidad para crear esta insurgente comedia? No crean. El propio director reconoce que en la investigación previa a la película constató que lo disparatado no es infrecuente entre los terroristas. Four Lions se erige en una sobria pero lúcida parodia que reduce hasta la insignificancia el terrorismo, ejemplificado aquí en un puñado de yihadistas cafres, dirigidos por un joven, Omar, quien trabaja en una empresa de seguridad, al que siguen su amigo Waj (con evidentes problemas de sequía intelectual); Faisal, un adiestrador de “cuervos-bomba”; y Barry, un británico convertido al Islam (los conversos son los peores, según dicen); y a los que se une una especie de rapero frustrado. Semejante célula compone el grueso de esta cinta que desnuda y deja en evidencia peregrinos conflictos, y cuyo carnavalesco desenlace no sabe si hacerte reír o llorar.

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Poeta de imágenes

A Terrence Malick se le puede calificar de muchas cosas -y a fe cierta que así lo han hecho- menos el de ser un tipo prolífico y, sobre todo, rápido. Sin embargo, pese a registrar sólo cinco películas en casi 40 años -un amigo cercano diría que se toma excesivamente su tiempo-, lo cierto es que el director norteamericano ha sabido rentabilizarlas bastante bien, pergeñando de paso en su persona el ropaje de genio perfeccionista y, como tal, positivamente caprichoso. El Árbol de la Vida, su último filme, tras El Nuevo Mundo (2005) y tras La delgada línea roja (1998) -la prefiero a su contemporánea Buscar al soldado Ryan, de Steven Spielberg-, ya ha saboreado (si bien le importa poco o nada) las mieles del triunfo con la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes y el beneplácito mayoritario de  la crítica. Si el universo personal de Malick discurre por la senda del simbolismo y lo trascendental, su obra, por supuesto, le va a la saga. El Árbol de la Vida no podría haberla filmado otro que no fuese esta suerte de poeta de las imágenes. Y es que el alma de filósofo de Malick le impulsa a mostrarnos aquí un viaje dual, acaso paralelo, entre la eclosión del Universo y la gestación del planeta Tierra y el devenir de una familia de clase media norteamericana, dominada por un padre autoritario, tal vez metáfora del Gran Hacedor bíblico (un Brad Pitt más que comprometido con la causa, no en vano es el productor de la cinta), en el que se reflexiona sin tapujos ni complejos sobre la propia existencia, sobre la muerte, sobre Dios; en definitiva, sobre la vida misma. Evolución de las especies, del propio ser humano; la religión, el cristianismo, lo metafísico, aparecen como un auténtico elefante en una cacharrería pero sin causar ningún estruendo, en una película en la que pronto te ronda por la cabeza un título mítico, 2001: una odisea del espacio (1968). Podrá gustarte o no la propuesta de Terrence Malick, repartida por cerca de 140 minutos de metraje, aunque seguro que no te deja indiferente su potente poder visual.

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Policías al límite

Confieso que el género policíaco no es precisamente uno de mis preferidos. La inmensa mayoría de los productos del ramo del uniforme, las placas, las esposas y los coches con sirena que afloran en la pantalla grande o están demasiado trillados o se limitan a seguir unos determinados estereotipos que restan cualquier tipo de crédito a la originalidad. Sin embargo, películas como Los amos de Brooklyn o en su momento la recordada Colors (1988)-con otros condicionantes y en un distinto contexto- o la propia Infiltrados (2006),  sin obviar, por supuesto, a Training Day (2001), el anterior trabajo de Antoine Fuqua, el director del filme que ahora nos ocupa, te ayudan a  reconciliarte -es un decir- con los dramones policiales. Y eso a pesar de que en Los amos de Brooklyn pulula por el ambiente la sombra alargada y envolvente de The Wire, la premiada serie televisiva que toma como referente geográfico a una oscura y realista Baltimore. Si la influencia es benigna, que sea bienvenida… De la ciudad más habitada del estado de Maryland a Bronwsville, una de las zonas más peligrosas del neoyorquino barrio de Brooklyn, Fuqua dota de crudeza y realismo las historias convergentes de tres policías “quemados”, un genial triunvirato formado por un desrromantizado Richard Gere, un sobrio y siempre cumplidor Don Cheadle y un inconmensurable Ethan Hawke (repite aquí con el realizador norteamericano tras Training Day). Y como suplemento, un rescatado para la causa Wesley Snipes, que después de muchos papeles para olvidar se mete en la piel de un traficante de drogas recién salido de la trena. Fuqua hilvana de manera inteligente una trama en la que entran en juego la lucha interior de los personajes, los juicios morales y el desquiciamiento de una profesión en la que siempre se está al límite. Una historia de policías ácida y contundente que merece a todas luces su visionado, donde la acción no está reñida con los conflictos personales y laborales que destilan los protagonistas, y que el director culmina con un trepidante desenlace.

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Espías con dudas

Llega el final de un verano que no se ha caracterizado por buenas películas que digamos, todo lo contrario. A excepción de Super 8 -llamado a ser uno de los filmes del año- y alguna cinta más, el bagaje estival ha sido paupérrimo. Sin embargo, en el epílogo del estío empiezan ya a aflorar títulos en las pantallas patrias que merecen la pena visionar, como es el caso de La deuda (ya están también en capilla la última y premiada obra de Terrence Malick, El árbol de vida; y Los amos de Brooklyn, de Antoine Fuqua). La deuda, dirigida por John Madden, es un remake de un filme israelí de 2007, que narra la historia de tres agentes del Mossad, dos hombres y una mujer, y el intento de secuestro a mediados de los 60 en Berlín oriental de un doctor nazi que perpetró cientos de macabros experimentos científicos en el campo de Birkenau. La trama transita entre este espacio temporal y el año 1997, cuando la hija de dos de esos espías escribe un libro sobre los hechos que supuestamente ocurrieron y que llevaron a sus padres a convertirse en héroes del país hebreo. La deuda, sobre la que planea la inevitable comparación con Munich, de Steven Spielberg, si bien la película firmada por el ‘rey Midas’ cuenta con una factura más impecable y se sitúa en un nivel superior, mantiene desde el primer instante el interés del espectador, con las dosis de intriga y acción necesarias, un aspecto que no resulta nada desdeñable en estos tiempos de productos enlatados con fecha de caducidad. El filme se sustenta, además, en un extraordinario elenco de actores, liderado por una siempre eficaz Helen Mirren, a la que le van a la saga Tom Wilkinson, Ciarán Hinds, Jesper Christensen (da repelús en su interpretación de criminal nazi) y un cada vez más convincente Sam Worthington. Madden ha esbozado una notable cinta con un evidente pulso dramático, aunque en su debe hay que cargarle que pase un tanto de puntillas por aspectos morales inherentes a conceptos como la venganza y se centre más en filosofar sobre “la verdad os hará libres”.

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Bichos en el Oeste

Mezclar churras con merinas suele ser mal síntoma cinematográfico y termómetro de que la imaginación o está de capa caída o de un subidón incontrolable de aquí te espero. La verdad, no sé muy bien dónde encuadrar en esta tesitura a Cowboys&Aliens, esa combinación de western y ciencia ficción, amalgama que muestra una singular batalla de extraterrestres más feos que Picio contra pistoleros zarrapastrosos, en los que salen bien parados estos últimos, lo que resulta de difícil verosimilitud -incluso en un contexto de ficción- y de paso dice muy poco de estos bichejos del Universo (tecnología puntera para que encima te ganen con una pistola decimonónica). Al ver la película me recordó, a bote pronto, a ese producto híbrido llamado Aliens vs Predator y también, con el prismático de la lejanía, a cintas de difícil encaje devenidas del peplum como Hércules contra Sansón o El Zorro contra Maciste, por citar sólo dos sin miedo a sonrojarme mucho y donde el tiempo, el espacio y los personajes históricos o mitológicos eran tan maleables como un político en campaña. Sin embargo, Cowboys&Aliens, pese a lo previsible del filme, se deja ver, aunque al guión le falte mordiente y una mayor dosis de originalidad (ya puestos a darle rienda a la fantasía). El producto salva los muebles gracias a sus actores principales: con un Daniel Craig a lo Clint Eastwood -lacónico e implacable-, un Harrison Ford  crepuscular,  y una etérea e ignífuga Olivia Wilde.

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Bárbaros de pacotilla

Si echamos de menos a Schwarzenegger, es que algo va mal… El remake de Conan, el bárbaro no solo nos deja estupefacto y con cara marmórea, como si nos dieran una patada en la entrepierna, sino que, además, y ahí está la cuestión, se carga en un plis plas cualquier intento de revitalizar un subgénero del cine fantástico, como el de hechiceras, guerreros y princesas en apuros, que en los años 80 dejó magníficos ejemplos con presupuestos modestos pero con la suficiente imaginación. No solo las dos entregas del Conan del exgobernator, sino películas como El señor de las bestias o Lady Halcón, por mentar unas cuantas, contribuyeron como pocas a realzar este tipo de cine, sin que ahora, en los albores del siglo XXI, tenga solución de continuidad, a juzgar por lo que estamos viendo por ahí. Citar, para ejemplificar lo dicho, dos fallidos productos recientes: En tiempo de brujas -con un peludo Nicolas Cage- y Solomon Kane -basado en otro de los personajes emanados de la mente de Robert E. Howard, el padre literario de Conan-. Pura exhibición de efectos especiales, 3D y demás parafernalia técnica que no consiguen conectar con el público, y que sacrifica o maltrata lo más importante: la historia que se quiere contar. Y es que el Conan de ese cachas hawaiano llamado Jason Momoa se hunde por todos lados, empezando y terminando por la madre del cordero: un guión de pena, deslavazado e insulso, que flaquea por acá y acullá, sin que la trama -entre simplona y perdida- enganche a un espectador ávido de sumergirse en la Era Hiboria. Aún recuerdo con nostalgia a ese conancito pequeño (con careto de Jorge Sanz), que se queda solo en la vida, esclavizado (recuerden, su “madre” pasaba por ser  Nadiuska), tirando de una rueda de molino, para luego, con el lógico salto temporal, tornarse en el amigo Arnold, que por entonces presumía de Míster Universo. Claro, el director del cotarro se llamaba John Milius, y no Marcus Nispel, quien tiene querencia, por cierto, en esto de las revisitaciones fílmicas -lo hizo ya con Pathfinder y con Viernes 13-. En definitiva, y para acortar la cosa, otro fallido intento de barbarización. Que el dios Crom nos coja confesados…

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