Cine

Un cuento indio

¿Qué ocurre cuando a un consumado poeta cinematográfico le llega un recurso como el 3D? Pues que gesta películas tan sugerentes y exquisitas como La vida de Pi. Ang Lee ha desplegado la vela de todo su talento -que es mucho, como ya sabemos-  para reflejar en la gran pantalla el best seller de Yann Martel sobre el periplo vital del multirreligioso joven indio Piscine Molitor Patel, Pi, único superviviente de un terrible naufragio. El director chino (Comer, beber, amar; Sentido y sensibilidad; Tigre y Dragón o Brokeback Mountain) ejecuta un maravilloso cuento colmado de lirismo, un auténtico espectáculo para la vista, con evocadoras imágenes, en un nuevo paso adelante de la tecnología tridimensional, que viene a demostrar bien a las claras que esta herramienta en las manos adecuadas arroja resultados francamente extraordinarios.  Ante tanta estulticia fílmica y productos deslavazados, caducos y faltos de originalidad que pululan campando a sus anchas por la taquilla, trabajos de factura impecable como el de un humanista Lee nos reconcilian con el cine de evasión (en este caso desde una perspectiva intimista-fantástica). Desde la sencillez narrativa, y escudado por los alardes técnico del 3D, el realizador nacido en Taiwán nos sumerge en una epopeya que reflexiona también sobre la fe y la religión en tolerancia, y que como buena fábula tiene un giro inesperado en su tramo final, que subraya aún más que nos encontramos ante un gran filme. Como ocurriera el año pasado con The Artist -esa poderosa revisitación del cine mudo y del poder supino de la imagen- que a la postre se convirtió en la ganadora de los premios Óscar, La vida de Pi, protagonizada por el novato Suraj Sharma (en la cinta aparece, además, un efímero Gérard Depardieu), ha conseguido sorprender tanto por su factura visual como por su propuesta narrativa, reforzando el papel de Ang Lee entre los grandes cineastas de nuestro tiempo. Imperdonable no verla.

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Apocalipsis patrio

La verdad es que al cine español poco le ha interesado el subgénero apocalíptico (más que nada por la falta de maldito parné para afrontarlo). Esta vis catastrofista resulta mucho más del gusto estadounidense, país que está empeñado cíclicamente en cargarse en la gran pantalla (y a veces casi también fuera) el mundo en que vivimos ya sea a través de marcianos, epidemias, meteoritos, insectos o alguna que otra plaga de dimensiones bíblicas; por eso, Fin -escuetísimo, pero muy apropiado y cinematográfico nombre- supone una cierta novedad en el panorama patrio, bastante escaso de producciones de tal tipo en su bagaje. Estamos pues, y aquí radica uno de sus aciertos, ante una película que abomina de las aclaraciones y de los subrayados para explicar la génesis del fin del mundo que se cuenta, lo que la engarza de paso en nuestra tradición más surrealista, con Buñuel a la cabeza. Desde ese punto de vista la cinta sube enteros, manteniendo más o menos el tipo hasta el final, si bien en el apartado técnico flaquea un tanto. La historia es sencilla: un grupo de amigos cuasi cuarentones se reúne después de 20 años en una casa en la montaña la noche del día de San Lorenzo, con las famosas Perseidas (la famosa lluvia anual de meteoros) en el ambiente. A partir de ahí, suceden extraños fenómenos con sorprendentes desapariciones. Fin, basada en una novela de David Monteagudo, logra algo que es primordial en este tipo de filmes: entretener, manteniendo el misterio, aunque en ocasiones este empeño en la película se ve sometido a ciertos altibajos. Del reparto de esta cinta dirigida por Jorge Torregrossa hay que quedarse con un convincente Daniel Grao y con la cada vez más inconmensurable Maribel Verdú (y eso que aquí no exhibe tanto sus cualidades interpretativas), aparte de la prometedora Clara Lago. Los demás actores, correctos, incluido el modelo Andrés Velencoso, y poco más. En definitiva, un producto español que no desentona mucho (y más en estos tiempos de profecías mayas) en su cometido de evasión.

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En la mente de pocos

Resulta difícil a estas alturas de la película sorprender al espectador con un thriller de acción con un psicópata enrevesado de por medio, salvo que el filme en cuestión incluya alguna pizca de originalidad, se bata el cobre con una interesante puesta en escena o destaque por su estética. Nada de esto ocurre en En la mente del asesino, dirigida por Rob Cohen, realizador del primer filme de la saga Fast and the furious (A todo gas, que tan de moda está por aquí, con el reciente rodaje de su sexta parte en tierras tinerfeñas). A pesar de las expectativas, produce esa sensación de que ya está todo visto, masticado y hasta enlatado como atún en conserva. Incluso, lo que poseía cierto atisbo de interés, las andanzas de un sociópata letal que mata de forma sofisticada a personas con alto poder adquisitivo, se torna en leoninas venganzas personales entre asesino y policías, en un juego mil veces visionado en la pantalla. Y ni siquiera el pequeño giro final logra revertir un ápice nuestro veredicto. Los personajes de En la mente del asesino  beben la pócima del estereotipo, especialmente los agentes del orden. En esta batalla por captar el interés del que se sienta en la butaca, llama la atención el malo malísimo, en una interpretación que se curró Matthew Fox, bastante convincente en su faceta de malvado. Desde luego, lo más destacable de la película, junto a la madre del policía protagonista (si la ven, ya la comprenderán).

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Bond sigue el camino

Pues sí. La saga del espía más famoso del mundo tiene vida para rato justo cuando se cumple medio siglo de su presencia en el celuloide. Y eso a pesar de que Quantom of Solace había supuesto una pequeña patada en el trasero (un freno, vamos) tras la brillante reanudación de la franquicia -con el rostro de Daniel Craig- en la muy convincente Casino Royale. Skyfall, la tercera entrega de la nueva era del tipo que toma el Dry Martini mezclado, no agitado, consolida finalmente el camino de la reinvención del personaje en su faceta más oscura, personal y contradictoria, más acorde con los nebulosos tiempos que corren, y de los que no se escapa nadie, incluidos los propios agentes secretos al servicio de Su Majestad. A Skyfall se la ha despojado de muchos de los estereotipos del universo Bond, en un giro necesario (la referencia a Jason Bourne pulula por el ambiente, en una curiosa sensación de mentor-deudor) y que permite reorientar la serie con ciertos tintes dramáticos, aunque por aquello del 50 aniversario no duda en recurrir a todo tipo de homenajes para regocijo de los fans, ora de manera explícita (con frases como “solo para sus ojos”; las alusiones a la pistola Beretta -la primera que utilizó el ínclito James-; o el clásico Aston Martin con su asiento propulsor), ora de modo más sutil (el hogar familiar de 007 está ubicado en la Escocia… de Sean Connery), en una equilibrada mezcla entre tradición y modernidad que aporta consistencia a un producto en el que se nota la mano del oscarizado San Mendes (American Beauty). La canción de Adele, también muy bondiana, viene a subrayar ese juego entre pasado y presente, lo mismo que el villano, de apellido Silva, un genial e inquietante Javier Bardem, dudosamente caracterizado (ese tinte en el pelo…), y que compite en interpretación con un Craig que ha sabido articular un papel que transita entre lo letal y lo pragmático. Skyfall supera con creces la prueba (eso sí, con un final un tanto largo) y apuntala las bases para las futuras películas (se renueva a Q, a M…). Ya lo dice el propio Bond: “Mi hobby es resucitar”…

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Affleck, el rescatador

En esta época de continuo revival de géneros a la que asistimos, el thriller político y las películas de espías en el contexto de la caldeada Guerra Fría ocupan también su espacio en la cartelera, como ha ocurrido recientemente con La deuda y El topo, y algo más en el tiempo con las excelentes Munich y Syriana. Ahora llega Argo, el tercer filme dirigido por el también actor Ben Affleck, tras Adiós pequeña, adiós (2007) y The Town (2010). La cinta cuenta una historia basada en hechos reales: el sorprendente rescate en 1979 de seis ciudadanos estadounidenses que escaparon del asalto popular de la embajada de su país en Teherán. Un hecho que se conoció bastantes años después, en la década de los 90, tras desclasificarse documentos de la CIA, y que ya de por sí resulta carne de cañón cinematográfica, no en vano, además de su indudable atractivo fílmico, se utilizó -como curioso Macguffin– la producción de una película ficticia para sacar a los diplomáticos norteamericanos del Irán de Jomeini. Affleck no ha dilapidado el potencial de semejante material y ha articulado un notable y entretenido largometraje, simplemente hilando bien, sin estridencias narrativas, dos premisas básicas en este tipo de películas: suspense y tensión, combinado aquí con algunas dosis de humor (viene a la mente, a bote pronto y salvando las lógicas distancias, la hitchcoriana Cortina rasgada). Aparte de él mismo, interpretando al barbudo agente de la CIA, el hispano Tony Méndez,  Affleck se ha rodeado de artistas de probada solvencia como Bryan Cranston, John Goodman y un genial Alan Arkin (en la piel de un pasado de vuelta y veterano productor hollywoodiense), que al igual que hiciera en Pequeña Miss Sunshine brilla por sí solo aunque esté en pantalla dos minutos; sin duda, de lo mejorcito del filme, junto al vibrante y cardiaco final. En el debe de Ben Affleck quizás se encuentre el de tocar casi de refilón la personalidad de los propios rescatados y de pasar a hurtadillas por el contexto político. Aun así, y a sabiendas de que el actor-director californiano no es Alan J. Pakula, Argo merece la pena.

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Yoísmo futurista

Hay películas que te dejan una extraña sensación, como cuando pruebas algo aparentemente nuevo pero su sabor te recuerda a cosas que has engullido con anterioridad. Looper forma parte de esos filmes. De entrada, esta cinta de corte futurista te lo deja claro, casi como una declaración de intenciones a cargo de la propia voz en off del protagonista: “No quiero hablar de esa mierda de los viajes en el tiempo porque, si empezamos, vamos a estar aquí todo el día haciendo diagramas (…)”. Y es que Looper (del inglés loop, bucle en español) se refiere (a modo de rápida sinopsis para los que no la conozcan) al apelativo dado a un grupo de asesinos a sueldo que se encargan de eliminar en el presente (en el filme, el año 2040, más o menos) a víctimas que le llegan desde el futuro. La cosa se complica cuando uno de los reos que  envían es la misma persona que el verdugo, aunque con 30 años más (para entendernos, los actores principales: Joseph Gordon-Levitt y Bruce Willis)… Pese a ser una historia original, lo cual resulta loable en estos tiempos que corren de revisitaciones y escasez de ideas, y más tratándose del género de la ciencia-ficción, lo cierto es que al visionarla uno no deja de pensar constantemente en el batiburrillo de clásicos que se le reproducen en la cabeza, y de la que Looper resulta deudora (la saga Terminator, Doce monos, Blade Runner y hasta La profecía y Los chicos del maíz -sí, como lo oyen-, por citar algunas). La primera parte, mucho más entretenida, de este kilométrico filme (118 minutos), deviene básicamente en explorar el novedoso conflicto interno de acabar con una versión más vieja de ti mismo (y, por lo tanto, más madura). La segunda, mucho más densa, aunque no deja de sorprender, lleva a inesperados giros (incluido la presencia de una madre -Emily Blunt- y su retoño, claves en la trama) que, no obstante, concluyen de una manera bastante previsible. En cualquier caso, Rian Johnson, el director de este cotarro, consigue esbozar un notable producto que hilvana con lucidez en medio de una historia enmarañada.

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Doble tsunami

Si la capacidad de un cineasta se mide por la facultad de emocionarte, por provocar empatía entre público y personajes, y por la irresoluta y férrea voluntad de sorprender, entonces Juan Antonio Bayona roza el sobresaliente en su segunda película, Lo imposible. El director catalán logra un auténtico tsunami de emociones -algo que podría hacer casi literalmente tras la cantidad de lágrimas dejadas por los espectadores que ya la han visto (y los que quedan)- en su particular visión sobre el terremoto que devastó la costa de Tailandia en diciembre de 2004. Los filmes de catástrofes, especialmente los de los últimos tiempos, devienen en un tótum revolútum de alardes y cabriolas técnicas, de gente corriendo despavorida y de héroes casi artificiales, y muy poco más. Bayona ha tenido la habilidad de ensamblar tecnología y sentimientos, de meter al público en la misma piel de los personajes, y eso a pesar de un claro inconveniente: contar una historia inspirada en hechos reales (la de una familia española que sobrevivió a la tragedia) y, por lo tanto, previsible a los ojos del espectador. En su acierto está en poner el foco en el superviviente que todos llevamos dentro, en individualizar -en el caso que nos ocupa- un doble sufrimiento: el de conseguir salvar la vida y el de la desesperada búsqueda de los seres queridos. Y así, de dentro hacia afuera, captar y visibilizar la verdadera dimensión del cataclismo sin renunciar por ello a herramientas básicas en este tipo de cintas. El director de El orfanato (primera película del cineasta) nos sumerge irremisiblemente en la narración, hace que casi duelan los impactos de la súbita e incontrolada corriente y nos agote el vaivén del remolino. Nos coloca en el punto de vista de la condición humana y en sus efectos más dramáticos, pero también en los más esperanzadores. En el debe de Bayona quizás se encuentre el desechar el relato como tal: con los nombres propios de los verdaderos protagonistas de la epopeya y no sajonizarlos. En cualquier caso, la protagonista, la siempre grácil Naomi Watts, está inconmensurable.

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‘Jules et Jim’ en California

Droga, violencia, amor. El particular ménage à trois de Oliver Stone toma el nombre de Salvajes, filme con el que el siempre polémico director estadounidense viene a retomar la senda de su Asesinos natos (1994), y que para no cansar al lector de entrada nos ofrece (salvando las pertinentes distancias) algo así como una versión californiana y videoclipera de la sesentera Jules et Jim, aunque aquí el trío resulta menos filosófico que el pergeñado por Truffaut. La película cuenta la historia de dos amigos, un exsoldado norteamericano (Chon, el actor Taylor Kitsch) con experiencia en los conflictos de Oriente Próximo, y un solidario y bisoño emprendedor (Ben, Aaron Johnson), dueños ambos de un floreciente y dinámico negocio de tráfico de maría (ya me entienden), quienes, además, comparten sin tapujos y civilizadamente una novia hippie-pija (Ophelia ‘O’, Blake Lively). La cosa se complica cuando uno de los cárteles mexicanos, liderado por la llamada reina Elena (Salma Hayek, sin serpiente a cuestas), quiere compartir el negocio y, bueno, pasa lo que pasa… A pesar de su intachable factura visual y de un adecuado ritmo narrativo, propio de un tipo del talento de Stone, el prometedor comienzo del filme se va poco a poco desinflando para acabar en una especie de culebrón norteño (de México, claro), con una Sayek tapizada y hasta kitsch. Lo mejor, sin duda, un Benicio del Toro que lo borda en el papel de oscuro lugarteniente de la reina narco, y un cada vez más crepuscular John Travolta, en la piel de un ambiguo y corrupto policía federal. Los dos bastan para da suficiente lustre a una cinta irregular que no mantiene el pulso y que hace aguas en su final, tal vez por su exceso de barroquismo. Diálogos esteriotipados y frases supuestamente brillantes y profundas (igual, la marihuana haciendo efecto), completan Salvajes, epíteto que a la postre no lo es tanto. En definitiva, se deja ver pero sin emocionarte demasiado…

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El romano Woody Allen

Y Woody Allen recorrió la Ciudad Eterna, a su manera… No puedo decir que A Roma con amor, la nueva película adscrita al singular periplo europeo del genio neoyorquino, me entusiasmase a rabiar, como ocurrió con Midnight in Paris -esa visita al pasado cargada de nostalgia, arte y literatura-, pero desde luego no me ha disgustado. Es más, si la comparamos con un buen caldo, tiene al menos ese retrogusto que hace que vuelvas presto al vaso y apures el vino que te queda. Allen despieza en cuatro historias su cosmogonía de Roma, impregnando sus cuentos de puro surrealismo. Obviamente, las narraciones que propone, que no tienen lazos en común entre sí, a no ser esa querencia al absurdo y, a ratos, al vodevil más puro (la comedia italiana como referente), son desiguales; y por lo tanto, el filme, en su conjunto, resulta irregular y descompensado. No obstante, me quedo con lo más disparatado, con la parte interpretada por el propio Allen, como casual descubridor de su consuegro transalpino, de profesión funerario, y con aspiración a cantante de ópera -siempre que sea dentro de una ducha-.  Y también elijo la de Roberto Benigni, donde un Allen buñueliano (tal vez se lo trajo de Midnight in Paris), convierte de buenas a primeras a un oficinista en una celebridad momentánea. Las otras dos historias, un triángulo amoroso y las aventuras por separado de una pareja de provincias, no enganchan lo suficiente a pesar de que Penélope Cruz echa el resto a lo jamón, jamón en su papel de donna, émula de Sofía Loren. Domenico Modugno y su Volare (Nel blu dipinto di blu) o el inconmensurable Arrivederci Roma lideran una estupenda banda sonora… En fin, algo ligero para el comienzo de este otoño, en el que todavía miramos de refilón al verano. Y bueno, que al fin al cabo, se trata de Woody Allen…

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Vibración victoriana

El puritanismo imperante en la recatada sociedad victoriana exiguo espacio otorgaba a los límites que sobrepasaran los convencionalismos sociales y sexuales de una época donde la hipocresía, como ahora, pero bastante más larvada, campaba a sus anchas. Bucear en esos tiempos decimonónicos y establecer paralelismos con los actuales siempre resulta estimulante, pues a medida que se profundiza un poco se detectan más similitudes de las que a priori pensamos. Hysteria cumple muy bien este cometido a pesar de ser un filme que pulula sin grandes alardes, con un cierto punto de sobriedad, que no hace sino corroborar el sello de las comedias ligeras y gráciles que suelen realizarse en la Pérfida Albión. Partiendo desde la invención del consolador eléctrico como elemento asociado a prácticas médicas, y en concreto vinculado a lo que se conocía en la comunidad científica como histeria femenina (considerado un mal de males, que se combatía con sesiones de “masajes pélvicos”), la película firmada por Tanya Wexler teje con humor e ironía una historia con trasfondo romántico que refleja con aparente amabilidad un mundo estrictamente estratificado y represor, donde la mujer -sea cual fuere su condición social- debía sufrir con estoicismo el rol que debía representar. Obviamente, sobra decir que los momentos más cómicos de la narración se circunscriben a los alivios en forma de “masturbación clínica” a los que se sometían las pacientes que acudían a las consultas. La cinta, que de modo paulatino decrece en intensidad, está protagonizada por Hugh Dancy y la convincente Maggie Gyllenhaal, en el papel del doctor Joseph Mortimer Granville -inventor del mentado aparatejo vibrador- y de la “revolucionaria” Charlotte Dalrymple, respectivamente; y en el que también destaca un Rupert Everett muy en su papel de gentleman excéntrico en la piel del aristócrata inventor Edmund St. John-Smythe. Sin llegar al paroxismo, un correcto producto cinematográfico que merece su visionado.

 

 

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