Canarias

Más zombis en el horizonte

Fotograma de 'Zombieland. Mata y remata'. / SONY PICTURE

Fotograma de ‘Zombieland. Mata y remata’. / SONY PICTURE

La culpa de todo fue de George A. Romero y La noche de los muertos vivientes (1968). El director  sentó con este filme las bases y la estética que marcarían a la postre las películas de zombis en cualquiera de sus variantes. Y así hasta la fecha, donde con mayor o menor periodicidad se han prodigado las cintas o series (ahí está The Walking Dead como paradigma) protagonizadas por la caterva infernal de los no muertos. La vertiente cómica de este subgénero del terror ha tenido en la genial Zombies party (Edgar Wright, 2004) y en Bienvenidos a Zombieland (Ruben Fleischer, 2009) a dos de sus mejores referencias. Precisamente, la secuela de esta última, titulada de manera casi marcial Zombieland. Mata y remata, se encuentra en cartelera, coincidiendo con estos pasados días sobrevenidos de monstruos, brujas, fantasmas y demás seres asociados al mundo de Halloween, una festividad que, al igual que los propios zombis, ha llegado para quedarse en esta parte del orbe no anglosajón -¡qué le vamos a hacer!-. Zombieland. Mata y remata, dirigida también por Fleischer y con el mismo cuarteto actoral (Woody Harrelson, Jesse Eisenberg, Emma Stone y Abigail Breslin), sigue la estela de humor negro y afilado de su antecesora, aunque situada 10 años después de producirse el apocalipsis zombi en el que se vieron inmersos los personajes. El filme narra, en plan road movie por unos derruidos EE.UU., las nuevas peripecias de esta peculiar pandilla, con evidentes guiños a la cultura pop, al propio género (Guerra Mundial Z) y a la contemporaneidad (la alusión a Uber). Brillantes gags, menos de los deseados y de forma discontinua, componen una recomendable parodia, al menos para pasar un buen rato palomitero a costa de los sempiternos zombis, que siguen siendo aún una metáfora de los males de la sociedad.

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Día de comedia en Manhattan

Timothée Chalamet y Elle Fanning, en 'Día de lluvia en Nueva York', dirigida por Woody Allen / EP

Los jóvenes actores Timothée Chalamet y Elle Fanning, en ‘Día de lluvia en Nueva York’, película dirigida por Woody Allen. / EP

Woody Allen siempre vuelve su  mirada a la ciudad que le vio nacer, a esa urbe inmensa que sirve de escenario a su universo de filias y fobias que tanto encanta a sus seguidores. El director neoyorquino ha recurrido a la cantera de Hollywood, a las caras de Timothée Chalamet y Elle Fanning, para protagonizar una  comedia romántica que recuerda a películas más recientes  de su filmografía, aunque sin llegar al nivel de Medianoche en París (2011), tal vez la cinta de referencia en esta postrera etapa. Día de lluvia en Nueva York, a la que Amazon Studios se negó a distribuir tras las acusaciones de abuso sexual formuladas contra Allen por su hija adoptiva Dylan Farrow, cuenta con la excelente fotografía del maestro italiano Vittorio Storaro, si bien lo que sobresale son sus diálogos lacerantes, plagados de cinefilia, y las interpretaciones de los mentados jóvenes valores, geniales en los papeles de dos universitarios con posibles, Gatsby y Ashleigh, prestos a pasar horas de asueto y cultura en la imprevisible Gran Manzana. Chalamet y Fanning llevan el peso de este filme de enredo, donde, en contraposición, los personajes de mayor edad que aparecen a lo largo de la lluviosa jornada están ataviados de clichés y superficialidad, a excepción de una brillante Cherry Jones , en el breve pero intenso papel de madre de este gran Gatsby de Allen, que al contrario del protagonista de la novela de F. Scott Fitzgerald, con el que comparte nombre y gusto por el jazz, lejos de ser propenso a las glamurosas fiestas, las rehuye. Y qué decir de esta Ashleigh demoledoramente encantadora, que rezuma ingenuidad y simpatía. Dirán, y quizás tengan razón, que Allen no aporta aquí nada nuevo; sin embargo, sí rejuvenece con nostalgia su ideario cinematográfico en esta sencilla delicia cocinada en Manhattan.

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La sonrisa inquietante

oaquin Phoenix es el protagonista de 'Joker'. / WARNER BROS

Joaquin Phoenix es el protagonista de ‘Joker’. / WARNER BROS

La sonrisa más inquietante y perturbadora del mundo de los cómics ya tiene su propio espacio en el universo cinematográfico. Un personaje tan poliédrico y con tantas aristas y vericuetos como el Joker resulta sumamente atractivo para otorgarle el protagonismo que se merece y librarlo así de la alargada sombra de Batman. Todo un filón interpretativo, como se pudo comprobar en el excelso trabajo del malogrado Heath Ledger en la genial El caballero oscuro (2008), de Christopher Nolan, que le hizo acreedor -a título póstumo- del Óscar a mejor actor de reparto, un camino que parece que va a enfilar con enormes perspectivas de éxito Joaquin Phoenix. De vivaz querencia a la introspección y al histrionismo, lo cierto es que un desatado Phoenix echa el resto en articular física y psicológicamente a Arthur Fleck/Joker, un hombre maduro con problemas mentales que fracasa en su intento de triunfar como humorista y que vive de manera precaria junto a su madre. Pero más allá de la inconmensurable labor actoral de Phoenix en el papel del villano más reconocible de Gotham, Joker destaca por marcar distancias con las películas de superhéroes para poner el foco e insuflar dramatismo y altas dosis de critica social en torno a la sombría y ambigua figura del antihéroe, aunque paradójicamente Todd Philips, el director del filme -conocido por Resacón en Las Vegas y sus secuelas-, no duda en recurrir a la esencia de los primeros cómics, en los que pululaban por doquier personajes atormentados e inadaptados. Joker deviene en una película que no deja indiferente a nadie. Lo único que me temo es que cree tendencia en la industria y veamos de ahora en adelante una ristra de cintas hagiográficas sobre los malos más célebres del género. Al tiempo…

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Ocurrió en Salamanca

El actor Karra Elejalde interpreta a Miguel de Unamuno en 'Mientras dure la guerra' / EP'

El actor Karra Elejalde interpreta a Miguel de Unamuno en ‘Mientras dure la guerra’, la nueva película de Alejandro Amenábar. / EP

Resultaba algo sorprendente que en la nutrida filmografía de ficción sobre la Guerra Civil desde la recuperación de la democracia en este país no se plasmara uno de los episodios más mediáticos de la intrahistoria de la contienda: el incidente acaecido el 12 de octubre de 1936 en el paraninfo de la Universidad de Salamanca entre el célebre intelectual Miguel de Unamuno y el militar José Millán-Astray, suceso del que se han escrito en los últimos años verdaderos ríos de tinta acerca de cómo realmente se desarrollaron los acontecimientos. Alejandro Amenábar, uno de los mejores y más preclaros directores españoles de la actualidad, ha aprovechado también este capítulo en su recién estrenada Mientras dure la guerra para poner el foco en otro aspecto que tampoco ha trascendido de manera visible a la gran pantalla: las maniobras del por entonces general Franco y su camarilla a la hora de hacerse con el mando supremo de los sublevados contra la Segunda República (por ejemplo, en Dragon Rapide, de 1986, solo se muestran los preparativos previos al golpe de Estado). El director hispano-chileno regresa así por la puerta grande al cine de época, tras Ágora, donde mira de nuevo cara a cara a la sinrazón y a la intolerancia, en aquella ocasión en el contexto religioso de la Alejandría del siglo IV y ahora en la situación política y social de la España del inicio del conflicto fratricida. Narrativa y pericia visual sobresalen en esta su séptima película, que se sustenta en buena parte en el trabajo actoral de Karra Elejalde, soberbio en el difícil papel de su paisano Unamuno, al igual que Eduard Fernández en el del fundador de la Legión, sin olvidar a Santi Prego en su interpretación del futuro dictador. Amenábar convence en este drama al que se le perdona cualquier imprecisión histórica, que aquí se antoja irrelevante ante la fuerza del relato.

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Más letal y decepcionante

Sylvester Stallone vuelve a meterse en la piel de John Rambo en 'Last Blood'. / LIONSGATE

Sylvester Stallone vuelve a meterse en la piel de John Rambo en ‘Last Blood’. / LIONSGATE

Como un elefante en una cacharrería. Así se puede reseñar la quinta entrega de Rambo, subtitulada Last Blood, una olvidable película de acción con evidentes ropajes de western protagonizada, obviamente, por el eterno Sylvester Stallone, que a sus 73 años recupera al acorralado más letal, y cuyo principal atractivo se sustenta -para los que somos de esta ínsula, claro- en los paisajes, calles y barrios que aparecen en ella, no en vano buena parte de la cinta se rodó en una Tenerife reconvertida en México. La trama de Last Blood, filme dirigido por Adrian Grunberg -Vacaciones en el infierno (2012)-, es sencilla: una adolescente, familia de John Rambo, viaja a México para encontrarse con su padre, quien la había abandonado, y allí entra en contacto con una red de trata de blancas. Sobra decir que la ira del ilustre veterano de la guerra del Vietnam cae cual maldición bíblica en los pérfidos filisteos dueños del cotarro, los proxenetas hermanos Martínez: unos malos malotes en la piel de Sergio Peris-Mencheta y Óscar Jaenada, que cumplen con el cometido, teniendo en cuenta la simplicidad de sus personajes, bañados en meros arquetipos. La cuota española se completa con Paz Vega, también aquejada del mismo mal que sus compañeros de reparto. Parca imaginación de un libreto plano que arroja un exceso de violencia gratuita y sangre por doquier en su afán para que un crepuscular Stallone se luzca de manera vehemente dando tiros y mamporros a diestro y siniestro, en el aparente cierre de una saga que no ha tenido un recorrido más convincente que la de Rocky. En cualquier caso, y pese a sus imponderables, ver cruzar en coche a Sylvester Stallone la frontera entre Estados Unidos y México pasando por Las Cañadas tiene su punto…

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Intimismo sideral

Brad Pitt protagoniza el filme 'Ad Astra', dirigido por James Gray. / FOX

Brad Pitt protagoniza el filme ‘Ad Astra’, dirigido por James Gray. / FOX

La cartelera otoñal ha comenzado con ciertos atractivos tras el cuasi secarral cinematográfico que dejó el reciente periodo estival. Es el caso de Ad Astra, la nueva película del realizador estadounidense James Gray -El sueño de Ellis (2013), Z: la ciudad perdida (2016)-, un más que notable filme de ciencia ficción que equilibra con sapiencia y pericia una propuesta de claro corte introspectivo con las adecuadas dosis de acción y misterio. Las andanzas del astronauta Roy McBride, interpretado por un sobrio Brad Pitt, quien transita ufano por nuestro sistema solar, desde la Tierra hasta más allá de Marte, en busca de su padre, desaparecido en una importante misión científica, recuerda a las más recientes y mejores cintas del género, como la interesantísima Interstellar (2014), del británico Christopher Nolan, por citar solo una. Sin embargo, el avezado y cinéfilo espectador podrá ver en Ad Astra una especie de Apocalypsis Now (1979) sideral -o, si se prefiere, El corazón de las tinieblas, la novela de Joseph Conrad de la que bebe la película de Francis Ford Coppola-. No resulta difícil sustituir las frondosas selvas por la negritud del espacio y las figuras del capitán Benjamin L. Willard y el coronel Kurtz por las de McBride y su progenitor -por cierto, en la piel del veterano Tommy Lee Jones-. James Gray, todo un cosmonauta que viaja con sello propio por los diferentes géneros, vuelve aquí a explorar los conflictos y tejemanejes personales y existenciales en esta historia también de Telémacos y Ulises, donde brilla un Pitt que se desenvuelve muy bien en los predios intimistas -ya lo hizo en El árbol de la vida (2011), de Terrence Malick, director cuya filosofía narrativa y visual está bastante presente en el filme-. Ad Astra decae un pelín en su epílogo, pero supera con creces y méritos el examen.

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Asegurando el perímetro

Fotograma del filme 'Objetivo: Washington D.C.'. /EP

Gerard Butler es el agente Mike Banning en ‘Objetivo: Washington D.C. / EP

La cartelera de este verano que ya está casi extinto no ha sido pródiga en películas de enjundia, salvo alguna que otra excepción, caso de la tarantiniana Érase una vez en Hollywood. Como no podía ser de otra manera, el cine de evasión, en cualquiera de sus vertientes, se erige en la gran estrella estival, que para eso estamos en el periodo de ocio por antonomasia y, por lo tanto, susceptible de que uno se desparrame por la butaca con un buen puñado de cotufas en la boca. La acción canicular ha llegado esta vez de la mano de Objetivo: Washington D.C., que aparentemente cierra una saga protagonizada por una suerte de gafe -es lo que sin duda llamaríamos a un tipo a cuyo lado siempre se quieren cargar de la forma más estrambótica al presidente estadounidense-: el agente del servicio secreto Mike Banning, a la sazón el Leónidas Gerard Butler. El filme, dirigido en esta ocasión por Ric Roman Waugh (El mensajero), que toma el relevo del resolutivo Antoine Fuqua y de Babak Najafi, artífices, respectivamente, de las dos cintas anteriores de la trilogía (Objetivo: la Casa Blanca y Objetivo: Londres), no decae en su ritmo en ningún momento, con meritorias escenas, a pesar de desplegar menos artificios visuales que sus predecesoras y de una trama que dista mucho de ser original, más bien todo lo contrario, pero que la entronca con éxitos del género en el pasado, como la versión cinematográfica de El fugitivo. La película rezuma un regusto crepuscular, personificado en un Banning ya entradito en años y en achaques, y sube enteros al contar con el buen hacer de ilustres veteranos, como Nick Nolte y Danny Huston, además del eterno Morgan Freeman, que repite en la franquicia. Mira que nos gustan a rabiar las pelis en las que alguien dice con marcialidad aquello de: “El perímetro está asegurado”. Nos deja más tranquilos, o no…

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Liberadora senectud

El incombustible Clint Eastwood dirige y protagoniza 'Mula'. WARNER BROS.

El incombustible Clint Eastwood dirige y protagoniza ‘Mula’. WARNER BROS.

Da igual el resultado final del filme, que un tipo como Clint Eastwood siga haciendo pelis a su edad, 89 años, ya es todo un triunfo, y si, además, conserva intacta esa pericia de un artesano que conoce muy bien su oficio, heredada de ilustres mentores como Sergio Leone y Don Siegel, y que ha alcanzado la sublimidad cinematográfica en no pocas ocasiones, pues qué decir entonces. Antes de entrar en faena, y por proximidad en el tiempo, resulta prácticamente imposible para los asiduos a la cartelera comparar Mula, la nueva cinta dirigida y protagonizada por el exalcalde de Carmel, con The old man and the gun, de su ilustre colega de generación Robert Redford. Ambos interpretan a dos caraduras entrañables en el otoño de su vida, que siempre hicieron lo que les venía en gana, si bien, a diferencia del personaje interpretado por Redford, un inadaptado y crepuscular atracador de bancos, obsesionado hasta el paroxismo con ellos, el de Eastwood, Earl Stone, recurre, acuciado por las deudas, tras una vida alegre y despreocupada que lo ha llevado a dejar de lado a su familia, al dinero fácil que supone trabajar de transportista para un narcotraficante. Inspirado en un artículo de The New York Times sobre la historia de un nonagenario amante de las flores que ejerce de mula, Eastwood despliega aquí todo su arsenal narrativo, sin alharacas estéticas ni virtuosismos técnicos, que nos recuerda al Gran Torino y a su Walt Kowalski -como Earl Stone, también veterano de la Guerra de Corea-. El director californiano reflexiona en Mula acerca de la redención y la capacidad de reconocer los errores como efecto liberador, algo que el pragmatismo de la senectud no rebaja ni un ápice, al menos en la piel de este Eastwood inspirador que le confiere su personal toque a una cinta que sería otra cosa sin su presencia.

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Marvel y su capitana

La actriz Brie Larson interpreta a la Capitana Marvel. / MARVEL

La actriz Brie Larson interpreta a la Capitana Marvel. / MARVEL

La decidida y firme apuesta por narrar las andanzas en solitario y sin aditivos de una heroína de la factoría Marvel ha llegado a la gran pantalla mucho más tarde que DC, su competidora en esto del mundo del cómic, y eso siempre resulta una desventaja, sobre todo tras el enorme éxito de público y crítica que obtuvo Wonder Woman. Así las cosas, y sin mayores rodeos, Capitana Marvel deviene en una entretenida -faltaría más que en este prolijo universo de evasión no lo fuera-, pero a su vez discreta película, con menos fuegos artificiales de lo que se esperaba para dar rienda suelta a las correrías de la tenaz Carol Danvers, a la sazón la mentada capitana, que lleva el rostro de una convincente Brie Larson, miembro de un escuadrón alienígena que viene a parar, allá por los años 90 del pasado siglo, por este planeta dejado de la mano de Dios, donde, precisamente, tiene sus raíces. A diferencia de Wonder Woman, referencia comparativa obligada por razones obvias, a Capitana Marvel le hurta protagonismo el segundo de a bordo en la cinta: un rejuvenecido (y sin parche pirático) Nick Furia, el posterior jefe de S.H.I.E.L.D. (la agencia de inteligencia y espionaje de todo el entramado Marvel), interpretado de nuevo por Samuel L. Jackson. Aunque la película incide muy saludablemente en el empoderamiento femenino y en otros valores, como la perseverancia y el no rendirse ante las adversidades, la vivaz presencia de un personaje del calibre de Furia desvía un tanto la atención, más que nada porque el filme ofrece información y pingües claves sobre sus comienzos en esto de reclutar vengadores… En cualquier caso, Capitana Marvel ha venido para quedarse. El potencial lo tiene.

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Una cuestión de sentido

Felicity Jones es la jurista Ruth Bader Ginsburg en 'Una cuestión de género'. / FOCUS FEATURES

Felicity Jones interpreta a la reconocida jurista estadounidense Ruth Bader Ginsburg en el filme ‘Una cuestión de género’. / FOCUS FEATURES

En estos días pasados de reivindicaciones al socaire del 8-M, se encuentra en cartelera la muy oportuna y apropiada Una cuestión de género, biopic sobre la eminente jurista Ruth Bader Ginsburg, la segunda mujer que consiguió ser miembro de la Corte Suprema de los Estados Unidos (vamos, para entendernos, el Tribunal Supremo) y que protagoniza también el biográfico documental RBG (que toma el nombre de las iniciales de la susodicha, todo un referente en Estados Unidos, y más ahora en la era Trump), que obtuvo dos nominaciones en los recientes Óscar. Una cuestión de género aborda los inicios profesionales de esta incansable defensora de los derechos de las mujeres y de la plena igualdad entre sexos, desde su época como estudiante en la prestigiosa Universidad de Harvard hasta sus primeros éxitos como letrada. Mimi Leder, directora de una cinta que lleva la rúbrica de Daniel Stiepleman en el guion, tiene la habilidad, tras mostrarnos en el arranque el constante y finalista empuje estudiantil de la protagonista, de centrar la película en uno de los primeros casos de Ginsburg sobre discriminación, que deriva en una emocionante trama judicial, muy en la línea del mejor cine norteamericano del subgénero de toga y mazo, aunque aquí en clave de derechos sociales. El filme descansa, además, en las buenas maneras interpretativas de la siempre solvente Felicity Jones, en la piel de Ginsburg. Una cuestión de género resulta una muy recomendable película por la historia que cuenta y por su didactismo, especialmente para que tome nota algún que otro dinosaurio que sigue aún campando por ahí a sus anchas.

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