Canarias

Un fallido Robin Hood 2.0

Fotograma de 'Robin Hood'. / www.robinhood.movie

Taron Egerton interpreta al legendario forajido inglés en la enésima versión cinematográfica de ‘Robin Hood’. / www.robinhood.movie

 

De un tiempo a esta parte a Hollywood le ha dado por revisitar las historias sobre personajes mitológicos, como el caso de Hércules, o legendarios, como recientemente el rey Arturo o, ahora, Robin Hood, tuneándolas con un barniz de cierta posmodernidad para supuestamente adaptarlas a las nuevas épocas y generaciones, sacrificando el concepto tan venerable de cine de aventuras por un espectáculo impostado. La reinterpretación de mitos y de situaciones no siempre deviene en afortunada y la mayoría de las veces acaba con un resultado poco satisfactorio, cuando no desastroso. Es el caso de la enésima versión de Robin Hood. Si los promotores de la nueva entrega del ladrón que robaba a los ricos para dárselo a los pobres buscaban sorprender dándole un giro al relato sobre este popular forajido inglés, lo han conseguido, aunque en su aspecto más negativo. Para ser justos, es verdad que en el prólogo de la cinta se advierte de que no se nos quiere aburrir con fechas históricas, supongo que para alertarnos de lo que va a venir, y menos mal… El contexto cronológico importa poco, o mejor dicho, nada: el periodo medieval aquí descrito adquiere torpes y desafortunados tintes futuristas. Esta pretendida y fallida vuelta de tuerca afecta también a la trama: pobre, previsible y carente de emoción y originalidad. Al nuevo Robin Hood, interpretado por ese valor en alza llamado Taron Egerton -sí, el de Kingsman-, le quitan hasta su personalidad, convirtiéndole en una especie de El Zorro o, como comparación más acertada, en un Batman avant la lettre, si se me permite la expresión, tanto por su doble vida como por ocultarse el rostro. Diálogos pueriles y unas escenas de acción que no sorprenden jalonan este resucitado Robin de los Bosques, que dista mucho del más cercano en el tiempo, el de Ridley Scott (2010) -que sacó mejor brillo al sustrato social y político subyacente, lejos del artificial que se muestra en esta película-, e incluso del taquillero filme de Kevin Reynolds y Kevin Costner (1991) y a años luz del de Michael Curtiz-William Keighley y Errol Flynn (1938) y, por supuesto, del crepuscular Robin y Marian (1976). Sin embargo, lo peor está por venir: habrá continuación…

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Más oscuridad

El universo de J. K. Rowling ha mirado allende las aulas de Hogwarts para continuar con una visión más adulta esas historias de magos y brujas que tanto éxito, celebridad y buenos caudales granjearon a la escritora británica. Animales fantásticos y dónde encontrarlos quiso avanzar en su fascinante mundo -y seguir alimentando de paso la buchaca de su creadora- una vez finiquitada la historia del joven Potter. Como no podía ser de otra manera con este tipo de productos, el paso al cine era cuestión de tiempo y las andanzas del magizoólogo Newt Scamander (Eddie Redmayne en la gran pantalla) inspiraron la película del mismo título, con guion de la propia Rowling, en la que era su primera incursión en estas lides, para la que contó otra vez con el siempre cumplidor David Yates, director ampliamente bregado en la particular cosmovisión de la autora. Después de esta primera entrega de la nueva saga, cronológicamente situada a finales de los años 20 de la pasada centuria, filme que mostró mucho artificio, si bien no pasó más allá de un mero bestiario, en esta continuación, subtitulada Los crímenes de Grindelwald, con Yates repitiendo tras las cámaras, Rowling desarrolla más ampliamente toda la temática que subyace en su obra fantástica, fundamentada en la eterna lucha entre el bien y el mal, utilizando aquí como contundente sustrato el convulso periodo de entreguerras, caldo de cultivo de movimientos totalitarios, como el nazismo, y que refleja bien a las claras en el arribista mago Grindelwald -en la piel de nuevo del siempre camaleónico Johnny Depp– y su encendida defensa de la sangre pura. Y es por este camino, con tintes más oscuros, eso sí, donde la película funciona mejor que la anterior, preparando, además, el terreno para las futuras secuelas con el anunciado enfrentamiento entre el mentado señor tenebroso y el profesor de Hogwarts Albus Dumbledore (Jude Law). Vamos, que habrá saga made in Rowling para rato.

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En el hotel de los líos

Fotograma de 'Malos tiempos en El Royale'. / FOX

Fotograma de ‘Malos tiempos en El Royale’, película dirigida por el también guionista Drew Goddard . / FOX

Los hoteles suelen ser desde siempre un escenario recurrente en el cine. Lugares de tránsito, de encuentro, de esparcimiento, de descanso e incluso de súbita actividad, según se mire, cuando no espacios en los que se da rienda suelta a las más pasiones y pulsiones más oscuras -no se me vayan por pensamientos inapropiados…-. Malos tiempos en El Royale no corresponde en particular a este último caso, como el Overlook de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), ni siquiera El hotel de los líos de los hermanos Marx (William A. Seiter, 1938), aunque por su poliédrica trama lo pueda parecer, si bien aquí su escasa cuota de comicidad discurre por derroteros mucho más siniestros. El segundo filme tras las cámaras del guionista Drew Goddard (La cabaña en el bosque), quien también firma el libreto, deviene en una película con vocación de suspense clásico que deriva en un producto con claros rasgos tarantinianos, y no solo por la contundencia de su epílogo, sino también por la multiplicidad de visiones de una misma escena. Malos tiempos en El Royale narra las vicisitudes de unos enigmáticos huéspedes y un no menos singular recepcionista en un otrora floreciente recinto hotelero, ahora en decadencia, ubicado en la mismísima frontera entre California y Nevada. El clasicismo imperante en este thriller, sobre todo en el planteamiento inicial, se muestra en la presentación de personajes, con sus falsas apariencias y motivaciones, muy a lo Agatha Christie, en un contexto situado en el tránsito de los años 60 a los 70. Precisamente, y ahí radica una de sus mejores señas de identidad, aspectos relevantes de la historia estadounidense de ese periodo convulso se imbrican en la intrahistoria de los mismos personajes, ya sean los iniciales tejemanejes del Gobierno de Nixon, el FBI de Hoover, la Guerra del Vietnam o las propias sectas destructivas (hasta Charles Manson pulula por el ambiente), subrayado en su conjunto con buena música soul de la época. Un cóctel explosivo y ácido, liderado por un siempre resuelto Jeff Brigdes y una convincente Cynthia Erivo, y en el que sorprende el vengador Chris Hemsworth, que poco a poco se va soltando el pelo en esto de interpretaciones más complejas. Malos tiempos en El Royale resulta una entretenida propuesta de cine negro, pero lastrada por un metraje excesivo que reduce un tanto su resultado global.

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Más ‘Millenium’

Una de las escenas de 'Lo que no te mata te hace más fuerte'. / SONY PICTURES

Una de las escenas de ‘Lo que no te mata te hace más fuerte’, filme protagonizado por Claire Foy. / SONY PICTURES

En la primera década de la presente centuria irrumpía con fuerza inusitada la serie literaria Millenium, ya saben la trilogía compuesta por los sonoros títulos Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire, escrita por el sueco Stieg Larsson y que se convirtió en epítome de la novela negra procedente de Escandinavia, tan en boga por esas fechas. Nadie dudó ni un ápice que semejante éxito mundial, que Larsson no llegaría a ver y disfrutar -murió antes de ver publicadas sus novelas-, iba a ser carne de celuloide, como así ocurrió. Obviamente, los suecos fueron los primeros en llevarla a la gran pantalla. Las andanzas de la joven e inadaptada hacker Lisbeth Salander y del maduro periodista Mikael Blomkvist tomaron forma en las carnes de Noomi Rapace -de ascendencia española- y de Mikael Nyqvist, fallecido hace poco más de un año, en una adaptación cinematográfica digna, especialmente en lo que concierne a la primera de la trilogía. Hollywood no hizo esperar mucho a Millenium, y de la mano de un seguro como David Fincher, con Rooney Mara y Daniel Craig, pergeñó una nueva versión del libro primigenio, con más medios y artificios, que le reportó un Óscar (a mejor montaje) y varias nominaciones. El universo Millenium ha vuelto al cine con Lo que no te mata te hace más fuerte, la primera de las dos novelas de la nueva serie, de la que se hizo cargo el también periodista y escritor nórdico David Lagercrantz, autor del bestseller Soy Zlatan Ibrahimovic. Una Lisbeth Salander más talludida e incluso bondiana, por su vocación de letalidad, en esta ocasión bajo la piel de la siempre resuelta Claire Foy -a la que acabamos de ver en First man-, acapara absolutamente la entrega, con un capitidisminuido protagonismo para Blomkvist, el actor Sverrir Gudnason, quien resulta en esta versión cinematográfica un mero convidado de piedra, en una trama que deambula entre secretos oficiales y un plan para dominar el orbe, con cuitas familiares entre medio. Firmada por el uruguayo Fede Álvarez, la cinta deriva en un correcto thriller con menos suspense y más acción hollywoodiense al entero servicio del entretenimiento. Sin duda, una actualización obligada y necesaria para mantener viva la franquicia.

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Mística lunar

El actor Ryan Gosling interpreta a Neil Armstrong en 'First man', la nueva película de Damien Chazelle. / EP

El actor Ryan Gosling interpreta a Neil Armstrong en ‘First man’, la nueva película de Damien Chazelle. / EP

Toda épica atesora su mística, o dicho de una manera más prosaica, las grandes gestas esconden las dudas, los miedos, las esperanzas o los demonios interiores de quienes las protagonizan. First man, la primera incursión espacial de Damien Chazelle tras sus celebradas Whiplash y La La Land, ambas con la música como denominador común, transita de lleno esta senda, digamos intimista, para contar la intrahistoria de Neil Armstrong, el astronauta finalmente designado por la NASA para que fuera el primer ser humano en pisar la Luna. Chazelle no hace un biopic al uso, pero su personalísima propuesta, en la que dominan los aspectos introspectivos, carece de la emoción necesaria, de la sublimidad que requiere narrar la consecución de un hito más que histórico, y por ahí se rebajan con creces sus prestaciones y pretensiones finales. La cinta, por la propia filosofía que impregna el director, recuerda en demasía al Terrence Malick de El árbol de la vida o al de El Nuevo Mundo, no por la carga poética y fuerza de las imágenes, sino por sus momentos de querencia reflexiva, centrados en sus dos actores principales, Ryan Gosling y Claire Foy, en los papeles de Armstrong y su esposa, aunque aquí estos instantes se despliegan en un contexto menos apropiado. Desde esta perspectiva, la apuesta de Chazelle es clara y sin ambages, y para ello incluso no duda en pasar de puntillas a la hora de reflejar otras consideraciones de calado, como la situación geopolítica que posibilita la carrera espacial entre estadounidenses y soviéticos (en plena Guerra Fría) y, por ende, su gran objetivo: alcanzar el satélite natural de la Tierra, o el propio proceso de selección y entrenamiento de astronautas, en el que no incide lo suficiente. Desde luego, First man no es Elegidos para la gloria (Philip Kaufman, 1983) ni pretende serlo, pero se echa de menos ese toque de epopeya que, sin caer en el ombliguismo de bandera a la que son tan dados este tipo de filmes, insufle más gasolina a una película correcta que solo remonta en su epílogo y juega peligrosamente en la frontera del tedio.

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Sátira soviética

Cartel de 'La muerte de Staín', película del director escocés de ascendencia italiana Armando Iannucci.

Cartel de ‘La muerte de Staín’, película del director escocés de ascendencia italiana Armando Iannucci.

Satirizar el poder y a los que lo ejercen, especialmente quienes lo hacen de forma totalitaria, y caricaturizarlos hasta la saciedad resulta siempre una saludable práctica que, lejos de relativizar hechos y acciones, ayuda a percibir iniquidades y desenmascarar supuestas ideologías; ya lo hizo en 1940 Charles Chaplin con su impagable El gran dictador, ridiculizando a Hitler y a Mussolini, y de manera más cercana en el tiempo, aunque con otras claves y giros más desaforados y menos artísticos, Seth Rogen y Evan Goldberg en la burlesca The interview (2014), sobre el omnipresente líder norcoreano Kim Jong-un. La muerte de Stalin, de Armando Iannucci, es una nueva vuelta de tuerca a la hora de acercarnos a la historia en mayúsculas desde la perspectiva del humor, del humor negro. Esta lúcida comedia coral coloca la lupa sobre los momentos previos a la muerte de Stalin y la carrera por su sucesión entre la camarilla que lo rodeaba: Georgy Malenkov (Jeffrey Tambor), Vyacheslav Molotov (Michael Palin), Lavrenti Beria (Simon Russell Beale) y Nikita Kruschev (Steve Buscemi), quien a la postre, como sabemos, se hizo con las riendas de la todopoderosa Unión Soviética. Tomando como referencia la novela gráfica de Fabien Nury y Thierry Robin acerca de estos hechos, el escocés de ascendencia italiana Iannucci, creador de la popular serie Veep (HBO), traza un hilarante y trepidante fresco de este convulso capítulo histórico, que acabó con la amplia etapa del bigotudo dictador georgiano. Con tono incisivo, Iannucci dispara una batería de recursos que van desde el sarcasmo hasta el absurdo para reflejar los inestables mimbres de la cúpula del régimen dictatorial soviético, un conjunto sustentado por las excelentes prestaciones interpretativas del nutrido elenco (completado por Jason Isaacs, como Georgy Zhukov; Rupert Friend, como Vasily Stalin, y Olga Kurylenko, en el personaje de Maria Yudina), y sobre todo de Buscemi, en la piel del oportunista e intrigante Kruschev. El miedo permanente, la represión a través de purgas, la traición tras la vuelta de la esquina y el desbocado ansia de poder son las cuatro patas sobre las que asienta el filme, barnizadas cada una de ellas por una buena capa de parodia, que permanece presente en la mayor parte del metraje para en su epílogo dar paso de golpe a una crudeza que, como tal, nunca tiene nada de graciosa.

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Pablo Bardem

Fotogramaa de 'Loving Pablo'. / Filmax

Javier Bardem y Penélope Cruz son Pablo Escobar y Virginia Vallejo en ‘Loving Pablo’, filme dirigido por Fernando León de Aranoa. / Filmax

Pues sí, para qué negarlo si todo el mundo coincide. Estamos ya un poco saturados de las pequeñas pero grandes dosis biográficas sobre Pablo Escobar que se han venido sucediendo en un relativo corto periodo de tiempo cinematográfico, primero con Escobar: paraíso perdido (2014), el debut tras las cámaras del italiano Andrea Di Stefano, con un pantagruélico Benicio del Toro como protagonista, y luego con la celebrada serie Narcos, sin olvidar a Barry Seal: el traficante (2017), de Doug Liman, en el que su figura pulula por el ambiente. Por eso, la reiteración temática del personaje es el principal escollo al que se enfrenta Loving Pablo, la película de Fernando León de Aranoa, con nuestros oscarizados Javier Bardem y Penélope Cruz liderando el proyecto. La cinta, que toma como referencia el libro autobiográfico Amando a Pablo, odiando a Escobar, de la periodista colombiana Virginia Vallejo, amante en su momento del Patrón, que interpreta con solvencia Cruz, resulta otra vuelta de tuerca más acerca del controvertido capo del Cártel de Medellín. León de Aranoa se ha soltado definitivamente su frondosa melena después de Un día perfecto (2015), donde parece que dejó atrás su cine más social que tanta notoriedad le dio (Barrio -1998-, Los lunes al sol, -2002-, Princesas -2005-) para hacer ahora sus pinitos, con gran eficacia, en otros recovecos fílmicos. Loving Pablo posee una enorme factura visual y un ritmo ágil y dinámico, con unas notables escenas de acción. Se nota la madurez y el buen hacer del director madrileño, que está en un momento de su carrera en el que se atreve con lo que le echen. El Escobar de Bardem ensombrece al de Wagner Moura en Narcos y da más miedito -y eso ya es decir mucho- que el de Del Toro en Escobar: paraíso perdido -por cierto, película de infeliz título, por razones obvias-. Su caracterización del narcotraficante es la que más se le acerca, una mimetización casi completa. Bardem logra meterse a saco y hasta el fondo en la piel de un tipo de apariencia normal en lo físico, pero abyecto en todas sus facetas interiores, y a ciencia cierta que lo ha hecho, y si no que se lo digan a la propia Penélope, que confesó que le daba cierto pavor la oscura interpretación de su marido, por otra parte, lo más destacable del filme. En cualquier caso, Loving Pablo se deja ver, a pesar de soportar, insisto, la pesada losa de los mentados y cercanos antecedentes y de querer sintetizar, sin las lógicas lagunas, en apenas dos horas y poco toda la historia del auge y caída del mayor y más mediático narcotraficante.

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Una espía con alas

Jennifer Lawrence interpreta a una espía rusa en el filme 'Gorrión rojo'. / FOX

La oscarizada actriz Jennifer Lawrence interpreta a una letal espía rusa en el filme ‘Gorrión rojo’. / FOX

Finiquitados ya los Óscar, toca ahora transitar por una temporada en la que los blockbuster van a dominar la cartelera. El primer ejemplo, al menos con vocación de ello, lo hemos tenido en Gorrión rojo; por resumir, una mezcla de añejo cine de espionaje, resabios jamesbondianos y algún toque con sabor a Hitchcock. Un cóctel que si no combina bien sus ingredientes, no deviene en un producto tan compacto como se desearía. Basado en el libro del mismo nombre del exagente de la CIA Jason Matthews, la película narra la historia de Dominika, una primera bailarina del Bolshói que, tras sufrir una grave lesión, tiene que ingresar por necesidad en una férrea sección de los servicios secretos rusos, a cuyos miembros se les conoce como gorriones rojos, letales epígonos de la Guerra Fría El director de la cinta, Francis Lawrence, artífice de la saga de Los juegos del hambre y de trabajos como Soy leyenda y Constantine, traza un thriller con una potente carga sexual, donde la acción, tan habitual cuando se llega al paroxismo en este tipo de filmes, no resulta el elemento más importante, sino más bien accesorio, aunque el tono de violencia sí que está omnipresente, sobre todo en las escenas de tortura. El realizador ha preferido aquí incidir en la psicología de los personajes, que enfatiza bajo una fría atmósfera y un ritmo más que acompasado, que, por otra parte, resta agilidad y frescura a la trama. Gorrión rojo mira de frente a la actualidad, retratando, desde un punto de vista político, a una pujante Rusia que busca visibilizar, tras la caída de la Unión Soviética, su otrora preeminente posición en el concierto internacional. Pese a algunos aciertos, por ejemplo, su notable prólogo con un montaje paralelo y los giros inesperados a lo largo de la intriga -lo que se agradece, pese a correr el riesgo de cierta desorientación-, la película no llega a ser del todo redonda, sobresaliendo de su conjunto el buen hacer de Jennifer Lawrence, no así de su partenaire, el actor Joel Edgerton, en el papel del agente estadounidense Nathaniel Nash, con una evidente falta de química entre ambos. La interpretación de Lawrence, ad hoc gélida y distante, ayuda a resaltar el fundamento y las motivaciones de su impertérrito personaje, en un universo de pérfidos espías, en el que también destacan las aportaciones de Charlotte Rampling, como una oscura preceptora, y un, al parecer, recuperado para la causa Jeremy Irons, que hasta tiene incluso cara de gerifalte ruso.

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Follón sobre el hielo

Fotograma de 'Yo, Tonya', 'biopic' sobre la patinadora artística Tonya Harding. / NEON

La actriz Margot Robbie protagoniza el original ‘biopic’ sobre la patinadora artística estadounidense Tonya Harding. / NEON

Muchas veces recurrir al humor es la forma más despiadada de contar un drama. Yo, Tonya es el  atrevido, mordaz y desenfadado biopic sobre Tonya Harding, aquella patinadora artística -los más talluditos la recordarán- que allá por los años 90 de la pasada centuria se vio envuelta en una polémica mediática en Estados Unidos tras la agresión sufrida por su compañera y rival, Nancy Kerrigan, quien fue golpeada en sus rodillas por un sujeto contratado por el marido de Harding con ánimo de lesionarla gravemente, semanas antes de los Juegos Olímpicos de Invierno de Lillehammer (Noruega). Narrada con ribetes de falso documental (lo que los americanos llaman mockumentary), esta comedia negra, que recuerda por momentos a las enrevesadas historias de los Coen, con la pequeña gran salvedad de que aquí se trata de un caso real, se pasea por la vida de la tosca Harding, desde su niñez hasta el conocido escándalo deportivo y sus posteriores consecuencias, en una original puesta en escena dirigida por el australiano Craig Gillespie, con guion de Steven Rogers. La ironía y la sátira capitanean un filme que resulta en su quintaesencia una pura tragedia, la de una joven deportista, alentada, primero, por una madre egoísta y sin escrúpulos, y luego, bajo la égida de un inseguro y zafio marido, en su afán por intentar ser la mejor en una disciplina en la que a pesar de sus logros nunca se consolidó en lo más alto. Gillespie nos ofrece un fresco aparentemente inocuo, en el que no juzga los comportamientos de los protagonistas, que dan su versión libremente ante la cámara, y que aunque parezca que los suaviza con recursos satíricos y canallas, son, en definitiva, un mero envoltorio que sirve para esconder una realidad de sinsabores y desencuentros. Otra vez en esta temporada cinematográfica volvemos a mirar a la América más profunda, donde campan la incultura y los bajos instintos, esa que posiblemente llenó de votos la buchaca de Trump y que nos demuestra que hacía tiempo que estaba larvada, a punto de que alguien rascara un poquito para aflorar con fuerza. Harding, interpretada por una soberbia Robbie Williams, deviene más en víctima que verdugo, con la que llegamos a empatizar. Lo de menos es desentrañar qué ocurrió: si ella estaba realmente enterada de toda la estrambótica trama articulada por su esposo y su incalificable amigo guardaespaldas para lesionar a Kerrigan; lo de más es poner sobre la mesa desigualdades sociales, malos tratos y unos medios amarillistas que actuaron sin medida para lograr las mayores cuotas de audiencia. Yo, Tonya es una más que recomendable cinta donde sobresale, aparte de Robbie, Allison Janney (la inolvidable jefa de prensa de El lado oeste de la Casa Blanca), con un impagable papel de mamá sarcástica, dura e insensible, todo un personaje.

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Fábula pasada por agua

Sally Hawkins interpreta a una mujer de la limpieza enamorada de un monstruo anfibio en 'La forma del agua' / FOX

La actriz Sally Hawkins es la protagonista de ‘La forma del agua’, la nueva fábula del director mexicano Guillermo del Toro. / FOX

El cine de Guillermo del Toro (El espinazo del diablo, El laberinto del fauno, La cumbre escarlata, la saga Hellboy) está inundado de bendita y necesaria fantasía, que cultiva animosamente. Este epígono cinematográfico del realismo mágico es un cuentista nato, un fabulador incansable que se sumerge desde el batiscafo de la imaginación en el abismo de las emociones, sin desdeñar la crítica social y la reivindicación, en un universo a veces salpicado de monstruos y otros fascinantes seres, que suelen tener más humanidad que los humanos y donde los humanos suelen comportarse como verdaderos monstruos. La forma del agua (de la que, por cierto, Del Toro ha recibido ya una denuncia por plagio, extrañamente a poco más de una semana vista de los Óscar, donde concurre con 13 nominaciones…) es una deliciosa historia sentimental (no sentimentaloide), narrada con enorme pericia y potencia visual. Este enésimo y particular acercamiento al mito ya caleidoscópico de la bella y la bestia nos lleva a un laboratorio de una base militar estadounidense, allá por 1962, en plena Guerra Fría, donde trasladan a una extraña criatura anfibia con forma humanoide, a la que han capturado en la selva amazónica. En esa gélida instalación ubicada en Baltimore surge, primero, la curiosidad de la empleada de la limpieza Elisa Esposito (Sally Hawkins), huérfana y muda de nacimiento, y luego, el amor. Por eso, tratará de salvar a su acuático amado, con la ayuda de su dicharachera compañera Zelda Fuller (una siempre extraordinaria Octavia Spencer) y de su vecino Giles (Richard Jenkins), un veterano ilustrador, ante los planes del Gobierno norteamericano de eliminarlo, tarea encabezada por el abyecto agente de seguridad Richard Strickland (un sublime Michael Shannon, al que los papeles de malo le van como anillo al dedo), para que no caiga en manos de espías soviéticos. Del Toro, de los tres grandes directores actuales que ha parido México (los otros dos son Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu), rinde abiertamente en La forma del agua, la que puede ser su obra cumbre, un homenaje casi integral al séptimo arte, desde el cine mudo hasta los musicales, pasando por la ciencia ficción, e incluso la comedia ligera (además, la propia protagonista vive encima de un antiguo y desvencijado cine donde proyectan péplums). Un reconocimiento en toda regla a una industria que necesita cada vez más mirar hacia atrás para seguir adelante. Y es que el cine de evasión, cuando es de enjundia, siempre merece la pena.

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