Canarias

Quemando goma por Tenerife

Confieso que el único aliciente que tenía para ir a ver la sexta parte de la saga más veloz,  Fast and FuriousA todo gas, si vives en esta parte del mundo hispanohablante-, era una cuestión pura y estrictamente geográfica -también ombliguista y hasta patriótica, si me apuran-, aquella que suscita el interés por ver cómo queda tu terruño en la pantalla, y corroborar de paso que Canarias en general -y Tenerife en particular- continúa reforzando sus raíces como un laxo y dúctil plató natural para superproducciones (en el caso que nos ocupa, las Islas se interpretan a ellas mismas y hasta hacen por unos segundos de Costa Rica). Dicho esto, el filme realizado por el director de origen taiwanés Justin Lin (responsable de algunas de las cintas de la saga) no ofrece nada nuevo que nos sorprenda en el universo de esta serie (ya saben: persecuciones increíbles, mamporros, tías buenas…), cuya  génesis fue una cinta de presupuesto más bien tímido de principios de este siglo -allá por 2001- sobre el mundo de las carreras ilegales en la ciudad de Los Ángeles, y que ahora, doce años después, cuenta con miles de seguidores y una pasta gansa en recaudaciones.

La isleña A todo gas comienza con cierto aire prometedor (esos paisajes norteños vistos desde el aire tienen su cosa), aunque pronto se torna en mero espejismo de autopista y entra en descontrol para acabar en siniestro total entre hiperbólicas ca -con tanque incluido-, taponazos, peleas, y miradas desafiantes, que al fin y al cabo es lo que le gusta al personal abonado a esta franquicia. Desde luego, los que quieran asistir a un duelo interpretativo que pongan la quinta marcha y se pasen al carril de otra sala. Vin Diesel hace de Vin Diesel (los guionistas deberían haberle proporcionado frases más cortas -y más imaginativas-) y Dwayne Johnson The Rock (qué apelativo más acertado), ídem de ídem. Del resto del reparto, en el que por supuesto no faltó Paul Walker, ni nuestra Elsa Pataky, sólo se salva, y con un gracias ajustado, la latina Michelle Rodríguez. Fast and Furious 6 está llamada a amasar un buen fajo de billetes gracias a sus fieles seguidores, que por lo que se ve son legión. Personalmente, prefiero otro tipo de vehículos cinematográficos.

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Leónidas en la Casa Blanca

Menudo secarral de películas estamos viendo en esta calurosa primavera del año 13 del segundo milenio después de Cristo, donde los filmes interesantes no brotan ni por asomo en la cartelera. En este páramo cinematográfico nos encontramos con productos de vívida evasión como Objetivo: la Casa Blanca (en inglés, Olympus has fallen, un título mucho más poético, no me lo negarán), básicamente una tuneada versión de la primigenia Jungla de Cristal, que cambia el edificio Nakatomi por el hogar de los presidentes de Estados Unidos, y que sustituye al metomentodo policía neoyorquino John McClane-Bruce Willis por el agente del servicio secreto Mike Banning-Gerard Butler, con el añadido de que el actor británico nos recuerda también a su letal Leónidas de 300. Si en la célebre cinta de los 80, los terroristas eran malvados alemanes orientales (de los de la extinta RDA), en esta, por mor de los tiempos que corren, los malos malísimos -una vez finiquitado el ínclito Bin Laden- son, como no podía ser de otra manera, los norcoreanos, quienes atacan sorpresivamente la Casa Blanca y la hacen papilla para bebés, tomando de paso al presidente (Aaron Eckhart ) y parte de su gobierno como rehenes en el búnker (¡sí, existe!).

 

Butler interpreta a un agente del servicio secreto estadounidense

La película por supuesto que resulta entretenida, como todas las de esta clase, en las que el máximo responsable del Imperio está en apuros (ya saben, Air Force One…), y más una dirigida por un tipo como Antoine Fuqua, ya curtido en filmes de acción (Los amos de Brooklyn, Shooter: el tirador, El rey Arturo, y la excelente Training Day), lo que pasa es que deja un capitidisminuido espacio para la sorpresa, y tras un prometedor inicio, apenas transcurridos diez minutos, barruntas lo que va a suceder, incluida la imagen de la bandera de las barras y estrellas cayendo al suelo con música solemne. Nada que no hayamos visto antes. Como curiosidad, el bueno de Morgan Freeman (que interpreta al portavoz gubernamental) llega a la presidencia de Estados Unidos por segunda vez en su carrera (ya lo fue en la apocalíptica Deep Impact), aunque aquí sea solo en funciones. Por lo demás, poca cosa. ¡Ah! Butler no dice eso de yipikayei hijo de…, ni tampoco augh, afortunadamente

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El brigada Landa

Con el adiós de Alfredo Landa se finiquita, por pura ley de vida, una amplia etapa del cine patrio. Landa formó parte en sus inicios de una industria que, bajo el paraguas de la dictadura franquista, paría productos como las comedias de costumbres con gran componente machista, lo que peyorativamente se conoció a la postre como españoladas, aunque se integró, de secundario, en filmes de caché como esas perlas de la época llamadas Atraco a las tres y El verdugo. Encasillado en interpretaciones de ciudadano de a pie, bajito, bizarro, de pelo en pecho, con una extraña mezcla de mala leche y de indestructible candidez, Landa se hizo un hueco en el sector e incluso dio nombre a un término, el landismo, que fue sinónimo de una especie de subgénero de lo anterior, que englobaba a películas de enredo con toques de erotismo pueril -propio de las circunstancias del momento-, en las que, sobre todo, las extranjeras venidas de la fría Escandinavia se erigían en objeto de frustrante deseo, y donde, además de él mismo, también pululaban por ese universo actores de la talla de José Luis López Vázquez y José Sacristán. Tras la llegada de la democracia, pudimos comprobar el enorme y sólido actor que era Alfredo Landa, en un cine más ambicioso y con otros registros. El crack y su secuela, Los santos inocentes ( por la que recibió ex aqueo -junto a Paco Rabal- en 1984 el premio a la mejor interpretación del Festival de Cannes), Los paraísos perdidos, El bosque animado (por la que obtuvo un Goya a la mejor interpretación, al igual que con La marrana) y El rey del río, entre otras, componen esa nutrida filmografía de su madurez personal y artística. Con Landa hemos disfrutado, nos hemos reído a rabiar, por su simpático y perenne cabreo, pero de manera particular me he descuajaringando a carcajadas viéndolo en la piel del brigada chusquero Castro en esa metáfora de la España que fue y que no queremos que se repita nunca llamada La vaquilla, del sublime Berlanga. “Cuidado mi teniente, cuidado conmigo, eh! Hemos corrido un encierro, nos hemos tragado una misa, hemos llevado una virgen, hemos cargado con un marqués, usted ha afeitado a un fascista, a mí me han pegado una cornada, éste… ¡se ha cagao!, a éste… lo han vestido de sacristán y a éste le han puesto los cuernos… Y todo por la jodida vaca ¡Qué le den mucho por el saco a la vaca! Yo me voy a comer…!”, dixit el ya eterno actor navarro en una de las escenas más celebradas del filme. Genio y figura. Descanse en paz.

 

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Cuidando ‘drones’

Una de las escenas de la película

Sobra decir, antes de entrar en materia, que resulta otro vehículo teledirigido a la mayor glorificación de Tom Cruise, como lo fue también, aunque tal vez de manera más descarada, su anterior puesta en escena cinematográfica, Jack Reacher, y cómo no, la última entrega de la saga de Misión imposible (en cualquier caso, una de las mejores de la serie). Sin embargo, este filme de ciencia ficción posee los cimientos suficientes para no ser engullido de forma inmisericorde por el agujero negro al que cada vez más se parece el panorama actual que presenta el género. Con un ritmo cansino en ocasiones -demasiadas para un escurridizo Cruise, acostumbrado a dar saltos y echar carreras- y una interesante escenografía minimalista, la cinta, dirigida por Joseph Kosinski (Tron Legacy), basada en una novela gráfica en la que el propio realizador se encargó de la dirección artística, nos lleva a una Tierra deshabitada tras una apocalíptica guerra contra alienígenas, donde un otrora astronauta de la NASA ejerce de técnico de mantenimiento de unos drones (la dichosa palabreja está de moda) que vigilan el planeta. Excesivamente larga, Oblivion juega con cierta habilidad con las herramientas básicas de una buena película de ciencia ficción (no en vano es deudora de un buen puñado de clásicos, desde El planeta de los simios y 2001: Una odisea en el espacio, hasta La guerra de las galaxias o Independence Day, por mentar algunos de los títulos más conocidos) y mantiene el permanente interés del espectador -al menos, durante la primera hora-, bajo una atmósfera de incertidumbre que tiene su encanto, en la que acompañan al ínclito Cruise como partenaires Olga Kurylenko y Andrea Riseborough, con la casi anecdótica presencia del incombustible Morgan Freeman. Obviamente, Oblivion no pasará a los anales del género, pero sí deviene en un producto con muy buenas intenciones, con una excelente fotografía y entretenido, que al fin y al cabo es de lo que se trata.

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Menú presidencial

La película está inspirada en Danièle Delpeuch

La última vez que degusté un plato gastronómico-fílmico francés (en diciembre pasado, para más señas) casi me atraganto. El chef, la receta de la felicidad, así se llamaba la película, dirigida por Daniel Cohen, y protagonizada por Jean Reno y Michaël Youn, con un pequeño y fallido cameo de Santiago Segura, me produjo, incluso, acidez de estómago, toda vez que esta auténtica astracanada, vano intento de comedia ligera, resultaba bastante difícil de digerir. Y como el homo sapiens siempre tropieza con la misma piedra, pues quise repetir, como el ajo, y… La cocinera del presidente es otro ejemplo peregrino de hacer que tu faz esboce algo parecido a la risa o refleje algún tipo de emoción. El filme, del realizador Christian Vincent, está inspirado en Danièle Delpeuch, la única mujer cocinera que, por el momento, ha ocupado la máxima responsabilidad culinaria en los ágapes presidenciales del Palacio del Elíseo; en su caso, durante dos años bajo el mandato del socialista François Mitterrand. En la cinta, Delpeuch se llama Hortense Laboire (la actriz Catherine Frot) y el presidente Mitterrand simplemente es el presidente (un neófito, en las lides interpretativas, Jean d’Ormesson). La historia de esta chef presidencial se cuenta de forma simultánea en dos etapas: cuando Laboire cocinaba en el Elíseo y cuando hacía lo propio en una base francesa en una isla de la Antártida, donde había arribado para desestresarse de tanta tensión gastronómica. La cocinera del presidente resulta desde el punto de vista narrativo un ejercicio sencillo y hasta placentero (acaso no lo es ver pasar delante de ti semejantes manjares y exquisiteces sin poder hincarle el diente), pero de la misma manera deviene en un filme plano y sin vigor, que no explota ni siquiera los presuntos momentos de mayor comicidad -escasísimos, por otra parte-. Paradójicamente, una película en la que pululan tantos olores y sabores te deja al final con una enorme sensación de hambre. Es lo que tiene la supuesta alta cuisine… Nada pantagruélica.

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Viajes Almodóvar

Vaya por delante que no soy un entusiasta almodovariano y que la mejor película del director manchego, al menos para el que suscribe estas líneas, sigue siendo Átame, con unos sublimes Antonio Banderas y Victoria Abril. Dicho esto, y antes de ponernos el cinturón, de colocar recto el sillón y de emprender el vuelo, sólo facturar una gran verdad, Almodóvar tiene una enfática y vívida virtud sobre otros realizadores: no deja indiferente a nadie. En Los amantes pasajeros ha vuelto a constatar esa querencia tan suya. Un filme que lleva su sello inconfundible de contar una rocambolesca historia -aunque no tan hilvanada como en otras ocasiones- y que falla estrepitosamente en lo que ha querido transmitir de la forma más explícita posible: una aerolínea, parte de su tripulación y de sus pasajeros, como metáfora de un país que entra en picado ante las turbulencias que nos amenazan. Está claro que Almodóvar se mueve como nadie transitando la inconsistente geografía humana de las pulsiones y de los sentimientos, envolviéndolos ora con caspa -cuando se tercia-, ora con ciertas dosis de sofisticación posmoderna, ora con gotitas de esa España cañí; sin embargo, fracasa cuando quiere ocupar otros espacios aéreos, en este caso cuando pretende aterrizar con gracia y sarcasmo en la pista del escrutinio de esta sociedad de la crisis. Y ese intento de zaherir la realidad actual como una caricatura se desvía del rumbo del esperpento y deviene en un auténtico vodevil, subrayado como tal por la icónica actuación musical de los tres azafatos y su particular versión de I’m so excited -posiblemente, lo mejor de la cinta-.

Para este viaje irregular, Almodóvar recluta a un buen puñado de sus actores preferidos, desde unos testimoniales e insulsos cameos de Banderas y de Penélope Cruz, hasta intérpretes ya curtidos en su particular estratosfera manchega. Da la impresión de que Almodóvar se deja llevar por las alturas y mira hacia abajo, acaso a su pasado, y se torna jodidamente irreverente con unos diálogos sueltos -marca de la casa-, pero aun así no consigue controlar el vuelo para que lo aplaudamos cuando tome tierra.

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César debe morir

Una de las escenas del filme de los hermanos Taviani

Interesante ejercicio cinematográfico el pergeñado por los hermanos Paolo y Vittorio Taviani: una cárcel como escenario de la shakesperiana Julio César, y sus personajes, los propios presos. Drama dentro de otro drama, los octogenarios directores italianos juegan de modo sublime en César debe morir -que ganó el Oso de Oro en la Berlinale 2012– con la representación de una obra en la que se entremezcla el libreto del eterno autor inglés con las vivencias de los internos, y que se apuntala con el uso tenebrista del blanco y negro y los recursos inherentes al género documental. Actores aficionados pero curtidos en los avatares vitales más oscuros dan credibilidad a un texto que en su momento fue llevado a la gran pantalla de forma magistral por Joseph L. Mankiewicz, con Marlon Brando, Louis Calhern, James Mason y John Gielgud. En César debe morir, los Taviani (Padre padrone, Good Morning, Babilonia) rezuman frescura en una original propuesta que salta de la realidad a la ficción de manera natural, imbricando las dudas y los temores de los internos que participan en el montaje teatral con las tripas de los personajes que interpretan, todo remarcado con la fría y minimalista atmósfera carcelaria de la prisión de alta seguridad de Rebibbia, en Roma. Un filme -que podemos aún visionar en los Multicines Renoir Price, ese pequeño reducto para el cine independiente- lleno de fuerza y expresividad, y que viene a subrayar aún más lo que sabemos: la universalidad y atemporalidad de las obras de Shakespeare, ese enorme escrutador de la psique humana… Me quedo con la última frase del Casio de la película: “Desde que he conocido el teatro, mi celda se ha convertido en una cárcel”.

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Disección a Hitchcock

Un fotograma del filme

Un sencillo ejercicio de cinefilia para disfrutar sin mayores pretensiones. Así es Hitchcock, el biopic parcial del genial maestro del suspense encarnado por un forzadamente orondísimo Anthony Hopkins y que nos muestra al célebre director británico en el cénit de su carrera, cuando rodó una de sus obras más sublimes y, desde luego, la más fetiche, Psicosis. El filme, dirigido por Sacha Gervais y basado en el libro Alfred Hitchcock and the making of Psycho, de Stephen Rebello, incide en la figura del insigne cineasta, en sus manías y en su particular carácter, más que en el propio rodaje de la mítica cinta, que sirve como evidente Macguffin -aplicando la propia terminología hitchkoniana– para explorar las pulsiones de este personaje egocéntrico e inseguro pero fundamental en el universo del séptimo arte y en la propia consolidación del lenguaje cinematográfico. Desde este punto de vista, la película se deja ver de un tirón, porque disecciona -aunque sea levemente- a un director intergeneracional, cuyo legado salpica de fotogramas nuestra memoria colectiva.

Una de las escenas más famosas del cine

Con unos diálogos ágiles, que enfatizan el ácido humor del realizador londinense, el filme no solo se sustenta en la más que correcta y mesurada interpretación de Hopkins -cuya caracterización, en cualquier caso, se excede un poco a lo ancho-, sino en la siempre talentosa Helen Mirren, en el papel de Alma Reville, la esposa de Hitchcock, y a la que acompaña de manera convincente Scarlett Johannson, en la piel de Janet Leight. Cine dentro del cine -de estas mismas características quién no recuerda Cazador blanco, corazón negro, de Clint Eastwood, sobre John Houston y el rodaje de La Reina de África-, aquí con guiños constantes a otras películas del director obsesionado con las rubias como La ventana indiscreta o Los pájaros. En definitiva, una cinta entretenida,  sin grandes alharacas, pero de esos filmes que nos hacen salir del cine con buen sabor de boca.

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Película bipolar

Una de las escenas de la película

El éxito de los géneros híbridos radica en la laxitud y en la habilidad de escaparse de los encorsetamientos y de los límites académicos, lo que suele desconcertar positivamente al espectador. Es el caso de las denominadas dramedias, que coquetean sin remisión entre ambos ámbitos aunque al final la balanza siempre se decante (para bien o para mal) de una parte. En El lado bueno de las cosas gana a los puntos la comedia romántica, a pesar de los fuertes rasgos dramáticos que la presiden y que en algunos instantes nos hacen dudar vivamente del camino que seguirá el filme. Y es que cada vez más nos gustan menos los estereotipos y sí las situaciones inusuales. David O. Russell (Tres reyes, The Fighter), que además de dirigir el filme firma el guión, ha sabido captar la atención con un caramelo de esos que, aparte de tener un envoltorio atractivo, poseen  un sabor variable, como un zumo multifrutas, en esta singular historia -basada en un relato corto de Matthew Quick– sobre un hombre con trastorno bipolar que quiere reconducir su vida después de pasar ocho meses en el psiquiátrico por un episodio violento tras hallar en la ducha a su mujer y su amante.

De Niro, en una de las escenas de la película

Esta cinta, que veremos en los premios Óscar, donde compite con ocho nominaciones, cuenta con un sorprendente e inusual Bradley Cooper, uno de sus elementos más sobresalientes, con una interpretación de altura que lo aleja de los papeles con cierto toque gamberro a los que nos tiene acostumbrados. Su actuación, junto a la prometedora Jennifer Lawrence, en la piel de una joven viuda que ayuda a exorcizarlo a través del baile, y, sobre todo, la de un resucitado De Niro (sin duda, de lo mejorcito que ha hecho en los últimos años), en la tesitura de un peculiar padre con un trastorno obsesivo-compulsivo, dan lustre a una película con un epílogo bastante previsible y edulcorado. El lado bueno de las cosas abunda en la sana sensación de que al final la cordura siempre es relativa en este mundo de marras, que parece que necesita de unas buenas dosis de desenfreno.

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Bajos vuelos

Washington, en uno de sus mejores papeles

Sorprendente cóctel compuesto de unas buenas dosis de Aeropuerto (y el resto de sus secuelas), Leaving Las Vegas y Días de vino y rosas, El vuelo (Flight) supone la vuelta al cine de carne y hueso -después de sus coqueteos con la animación- del realizador nacido en Chicago Robert Zemeckis (Tras el corazón verde, Regreso al futuro, Forrest Gump, Náufrago), con un producto original y de enorme carga dramática que tiene en el incombustible Denzel Washington a su mayor valedor, posiblemente en una de sus mejores interpretaciones. El filme, irregular pero entretenido, posee como principal activo el giro inesperado en que torna la historia: la de un piloto de líneas regulares pasado de vuelta (en todos los sentidos de la expresión) que salva de manera sorprendente a la inmensa mayoría de los pasajeros de un aparatoso accidente producido por un fallo mecánico, pero que, a pesar de su heroicidad y templanza, debe rendir cuentas por su adicción al alcohol y a la cocaína. Aunque desde ese punto de vista la propuesta resulta interesante, transita, tras un prometedor inicio, con ciertos altibajos, a los que se suma la impertinente manía de bastantes de las películas que este año asoman su cabeza por los Óscar de inflar innecesariamente el minutaje final de la cinta.

Dos grandes actores en liza

El vuelo regurgita dilemas morales y éticos, con personajes abyectos y sin escrúpulos como el del abogado de la compañía aérea afectada por el incidente (un sobrio pero efectivo Don Cheadle) y el propio representante del sindicato de pilotos (un convincente Bruce Greenwood); y escruta, tal de vez de manera escasamente batial, los tejemanejes que se cuecen alrededor de las investigaciones de ese calado. Por lo demás, se echa en falta un mayor desarrollo de determinadas interpretaciones, como la de la novia toxicómana del piloto, papel encarnado por una siempre interesante Kelly Reilly.

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