Cine

Muy poco miserables

Las interpretaciones de los principales protagonistas, lo mejor, sin duda del filme

Un musical, pero menos… Los Miserables, la nueva adaptación al cine -pasando por el tamiz broadwaiano- de la genial obra de Víctor Hugo convence a duras penas y se queda lejos de las grandes expectativas creadas. El filme, de dos y media de duración, no llega a tocar el botón de las emociones -al menos las colectivas- y no aprovecha (de hecho, se presenta casi como mero soporte de la historia) el enorme atractivo -desde el punto de vista argumental- del convulso contexto político y revolucionario en el que se desarrolla la obra (la Francia del primer tercio del siglo XIX), con la incipiente conciencia de clases fruto de las desigualdades existentes, especialmente si se quiere empatizar con un público como el actual, que vive en una época también de desazón, llena de tijeras y de demás cosas de cortar, y donde los miserables de entonces son los indignados de ahora.

Las barricadas de los revolucionarios

La revisitación hugoniana del británico Tom Hooper (ganador de un premio Óscar por la brillante El discurso del rey) como aparente musical huye del efecto deseado, con unas canciones que en su pase por la gran pantalla no logran la fuerza necesaria, como tampoco la fórmula adoptada de diálogos recitados que restan dinamismo a la cinta. Lo mejor de Los Miserables, sin duda, la soberbia interpretación de la terna de actores protagonistas, Hugh Jackman (Jean Valjean), Russell Crowe (Javert) y Anne Hathaway (Fantine),  a quienes van a la saga en registros más cómicos Sacha Baron Cohen (Thénardier) y Helena Bonham Carter (Madame Thénardier), y en menor medida Amanda Seyfried (Cosette) y Eddie Redmayne (Marius). Precisamente, el enamoramiento exprés entre ambos es otra de las flojeras del guión (una simple mirada, y amor para toda la vida, ni en las telenovelas). En definitiva, un producto que, a pesar de su depurado estilo y de su enorme factura visual , se queda a medio camino. Ese es el problema.

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Regreso a medias

Imagen de uno de los fotogramas del filme

Y por fin llegó El Hobbit. Un decenio después de que Peter Jackson deslumbrara al mundo con su acertada adaptación de la trilogía del anillo de J.R.R. Tolkien, el director nacido en Nueva Zelanda nos devuelve de un plumazo a la Tierra Media para contar las andanzas de un joven Bilbo Bolson (por esos mundos de enanos, elfos, trols, trasgos, orcos y demás criaturas de ese continente imaginario). La película, la primera de la que será otra terna, además de la novedad que supone los 48 fotogramas por segundo -aspecto que en modo alguno es baladí-, resulta una libre traslación a la pantalla del libro original -más infantil y lúdico-, con unos toques que lo engarzan con la saga del anillo, sobre todo en lo referente a la épica, que deviene inevitablemente en una clara sensación de continuidad y de revisitación de lugares comunes -y no solo físicos, que también- , aunque el humor aquí está mucho más vivo que en el conjunto de las cintas precedentes. Ese hilo umbilical con la anterior trilogía es lo que marca, precisamente, el camino de El Hobbit: un viaje inesperado, donde Jackson cumple con creces, siguiendo el guión establecido de la grandilocuencia pero que en el fondo no llega del todo a emocionar; de hecho, algunas secuencias se subrayan en exceso, especialmente las iniciales, que rozan hasta cierta abulia. En esa línea de vinculación con la comunidad del anillo, Jackson rescata personajes como Galadriel (Cate Blanchett) o el propio Frodo (Elijah Wood) y dota a nuevos con ropajes de otros ausentes (es el caso del enano Thorin, un claro trasunto de Aragorn). El regreso a la Tierra Media no ha sido tan contundente como el esperado, al menos, en esta primera visita, si bien para los fans irredentos y magnánimos de Tolkien siempre resulta gratificante ver su mundo plasmado en el cine. No obstante, esperemos que Jackson tome buena nota y se suelte la melena en las dos entregas posteriores. Lo veremos justo dentro de un año.

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Cocina fallida

Obvia decir a estas alturas que la gastronomía y el cine forman un maridaje perfecto. Sobran ejemplos de todos los colores y sabores, la mayoría geniales, de esta simbiosis entre dos de los grandes placeres de la vida (La gran comilona; El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante; Comer, beber, amar; por mentar algunos). La última aportación al subgénero fílmico culinario -en su vertiente humorística- que ha llegado a la gran pantalla toma el nombre de El chef, la receta de la felicidad, producto que naufraga de manera flagrante desde su propia manera de concebirse y que parte de la disyuntiva -no resuelta- de ejercer de parodia o de comedia ligera, tesitura dubitativa que, lógicamente, lleva al fracaso. La historia, que dirige Daniel Cohen, no entra en el limbo de la originalidad (un peculiar aspirante a chef que logra una oportunidad en un establecimiento dirigido por un prestigioso cocinero amenazado con el cierre de la franquicia por no adaptarse a los nuevos tiempos) y parece una discreta copia humana de Ratatouille, genial filme de animación que a grandes rasgos narra lo mismo que la mentada cinta pero con infinita más gracia. De este caldero al fuego se salva un Jean Reno al que le van los papeles cómicos (más que nada por su pinta de serio), y que condimenta (apenas una pizca) el otro protagonista de la película, el popular humorista francés Michaël Youn (para los versados en papel cuché, conocido en España por sus amoríos con la Pataky). Defrauda, además, la presencia -efímera- de Santiago Segura, en la piel de un experto español en cocina molecular, quien -como curiosidad- en la versión doblada al castellano habla incomprensiblemente con deje galo (qué cosas). El chef, la receta de la felicidad resulta un fallido intento de hacer reír en grandes cantidades a pesar de contar con los ingredientes necesarios para elaborar un buen plato: el mundo de la alta cocina, los egos en los fogones, las innovaciones gastronómicas… Me temo que habrá que esperar a un mejor bocado.

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Un cuento indio

¿Qué ocurre cuando a un consumado poeta cinematográfico le llega un recurso como el 3D? Pues que gesta películas tan sugerentes y exquisitas como La vida de Pi. Ang Lee ha desplegado la vela de todo su talento -que es mucho, como ya sabemos-  para reflejar en la gran pantalla el best seller de Yann Martel sobre el periplo vital del multirreligioso joven indio Piscine Molitor Patel, Pi, único superviviente de un terrible naufragio. El director chino (Comer, beber, amar; Sentido y sensibilidad; Tigre y Dragón o Brokeback Mountain) ejecuta un maravilloso cuento colmado de lirismo, un auténtico espectáculo para la vista, con evocadoras imágenes, en un nuevo paso adelante de la tecnología tridimensional, que viene a demostrar bien a las claras que esta herramienta en las manos adecuadas arroja resultados francamente extraordinarios.  Ante tanta estulticia fílmica y productos deslavazados, caducos y faltos de originalidad que pululan campando a sus anchas por la taquilla, trabajos de factura impecable como el de un humanista Lee nos reconcilian con el cine de evasión (en este caso desde una perspectiva intimista-fantástica). Desde la sencillez narrativa, y escudado por los alardes técnico del 3D, el realizador nacido en Taiwán nos sumerge en una epopeya que reflexiona también sobre la fe y la religión en tolerancia, y que como buena fábula tiene un giro inesperado en su tramo final, que subraya aún más que nos encontramos ante un gran filme. Como ocurriera el año pasado con The Artist -esa poderosa revisitación del cine mudo y del poder supino de la imagen- que a la postre se convirtió en la ganadora de los premios Óscar, La vida de Pi, protagonizada por el novato Suraj Sharma (en la cinta aparece, además, un efímero Gérard Depardieu), ha conseguido sorprender tanto por su factura visual como por su propuesta narrativa, reforzando el papel de Ang Lee entre los grandes cineastas de nuestro tiempo. Imperdonable no verla.

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Apocalipsis patrio

La verdad es que al cine español poco le ha interesado el subgénero apocalíptico (más que nada por la falta de maldito parné para afrontarlo). Esta vis catastrofista resulta mucho más del gusto estadounidense, país que está empeñado cíclicamente en cargarse en la gran pantalla (y a veces casi también fuera) el mundo en que vivimos ya sea a través de marcianos, epidemias, meteoritos, insectos o alguna que otra plaga de dimensiones bíblicas; por eso, Fin -escuetísimo, pero muy apropiado y cinematográfico nombre- supone una cierta novedad en el panorama patrio, bastante escaso de producciones de tal tipo en su bagaje. Estamos pues, y aquí radica uno de sus aciertos, ante una película que abomina de las aclaraciones y de los subrayados para explicar la génesis del fin del mundo que se cuenta, lo que la engarza de paso en nuestra tradición más surrealista, con Buñuel a la cabeza. Desde ese punto de vista la cinta sube enteros, manteniendo más o menos el tipo hasta el final, si bien en el apartado técnico flaquea un tanto. La historia es sencilla: un grupo de amigos cuasi cuarentones se reúne después de 20 años en una casa en la montaña la noche del día de San Lorenzo, con las famosas Perseidas (la famosa lluvia anual de meteoros) en el ambiente. A partir de ahí, suceden extraños fenómenos con sorprendentes desapariciones. Fin, basada en una novela de David Monteagudo, logra algo que es primordial en este tipo de filmes: entretener, manteniendo el misterio, aunque en ocasiones este empeño en la película se ve sometido a ciertos altibajos. Del reparto de esta cinta dirigida por Jorge Torregrossa hay que quedarse con un convincente Daniel Grao y con la cada vez más inconmensurable Maribel Verdú (y eso que aquí no exhibe tanto sus cualidades interpretativas), aparte de la prometedora Clara Lago. Los demás actores, correctos, incluido el modelo Andrés Velencoso, y poco más. En definitiva, un producto español que no desentona mucho (y más en estos tiempos de profecías mayas) en su cometido de evasión.

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En la mente de pocos

Resulta difícil a estas alturas de la película sorprender al espectador con un thriller de acción con un psicópata enrevesado de por medio, salvo que el filme en cuestión incluya alguna pizca de originalidad, se bata el cobre con una interesante puesta en escena o destaque por su estética. Nada de esto ocurre en En la mente del asesino, dirigida por Rob Cohen, realizador del primer filme de la saga Fast and the furious (A todo gas, que tan de moda está por aquí, con el reciente rodaje de su sexta parte en tierras tinerfeñas). A pesar de las expectativas, produce esa sensación de que ya está todo visto, masticado y hasta enlatado como atún en conserva. Incluso, lo que poseía cierto atisbo de interés, las andanzas de un sociópata letal que mata de forma sofisticada a personas con alto poder adquisitivo, se torna en leoninas venganzas personales entre asesino y policías, en un juego mil veces visionado en la pantalla. Y ni siquiera el pequeño giro final logra revertir un ápice nuestro veredicto. Los personajes de En la mente del asesino  beben la pócima del estereotipo, especialmente los agentes del orden. En esta batalla por captar el interés del que se sienta en la butaca, llama la atención el malo malísimo, en una interpretación que se curró Matthew Fox, bastante convincente en su faceta de malvado. Desde luego, lo más destacable de la película, junto a la madre del policía protagonista (si la ven, ya la comprenderán).

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Bond sigue el camino

Pues sí. La saga del espía más famoso del mundo tiene vida para rato justo cuando se cumple medio siglo de su presencia en el celuloide. Y eso a pesar de que Quantom of Solace había supuesto una pequeña patada en el trasero (un freno, vamos) tras la brillante reanudación de la franquicia -con el rostro de Daniel Craig- en la muy convincente Casino Royale. Skyfall, la tercera entrega de la nueva era del tipo que toma el Dry Martini mezclado, no agitado, consolida finalmente el camino de la reinvención del personaje en su faceta más oscura, personal y contradictoria, más acorde con los nebulosos tiempos que corren, y de los que no se escapa nadie, incluidos los propios agentes secretos al servicio de Su Majestad. A Skyfall se la ha despojado de muchos de los estereotipos del universo Bond, en un giro necesario (la referencia a Jason Bourne pulula por el ambiente, en una curiosa sensación de mentor-deudor) y que permite reorientar la serie con ciertos tintes dramáticos, aunque por aquello del 50 aniversario no duda en recurrir a todo tipo de homenajes para regocijo de los fans, ora de manera explícita (con frases como “solo para sus ojos”; las alusiones a la pistola Beretta -la primera que utilizó el ínclito James-; o el clásico Aston Martin con su asiento propulsor), ora de modo más sutil (el hogar familiar de 007 está ubicado en la Escocia… de Sean Connery), en una equilibrada mezcla entre tradición y modernidad que aporta consistencia a un producto en el que se nota la mano del oscarizado San Mendes (American Beauty). La canción de Adele, también muy bondiana, viene a subrayar ese juego entre pasado y presente, lo mismo que el villano, de apellido Silva, un genial e inquietante Javier Bardem, dudosamente caracterizado (ese tinte en el pelo…), y que compite en interpretación con un Craig que ha sabido articular un papel que transita entre lo letal y lo pragmático. Skyfall supera con creces la prueba (eso sí, con un final un tanto largo) y apuntala las bases para las futuras películas (se renueva a Q, a M…). Ya lo dice el propio Bond: “Mi hobby es resucitar”…

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Affleck, el rescatador

En esta época de continuo revival de géneros a la que asistimos, el thriller político y las películas de espías en el contexto de la caldeada Guerra Fría ocupan también su espacio en la cartelera, como ha ocurrido recientemente con La deuda y El topo, y algo más en el tiempo con las excelentes Munich y Syriana. Ahora llega Argo, el tercer filme dirigido por el también actor Ben Affleck, tras Adiós pequeña, adiós (2007) y The Town (2010). La cinta cuenta una historia basada en hechos reales: el sorprendente rescate en 1979 de seis ciudadanos estadounidenses que escaparon del asalto popular de la embajada de su país en Teherán. Un hecho que se conoció bastantes años después, en la década de los 90, tras desclasificarse documentos de la CIA, y que ya de por sí resulta carne de cañón cinematográfica, no en vano, además de su indudable atractivo fílmico, se utilizó -como curioso Macguffin– la producción de una película ficticia para sacar a los diplomáticos norteamericanos del Irán de Jomeini. Affleck no ha dilapidado el potencial de semejante material y ha articulado un notable y entretenido largometraje, simplemente hilando bien, sin estridencias narrativas, dos premisas básicas en este tipo de películas: suspense y tensión, combinado aquí con algunas dosis de humor (viene a la mente, a bote pronto y salvando las lógicas distancias, la hitchcoriana Cortina rasgada). Aparte de él mismo, interpretando al barbudo agente de la CIA, el hispano Tony Méndez,  Affleck se ha rodeado de artistas de probada solvencia como Bryan Cranston, John Goodman y un genial Alan Arkin (en la piel de un pasado de vuelta y veterano productor hollywoodiense), que al igual que hiciera en Pequeña Miss Sunshine brilla por sí solo aunque esté en pantalla dos minutos; sin duda, de lo mejorcito del filme, junto al vibrante y cardiaco final. En el debe de Ben Affleck quizás se encuentre el de tocar casi de refilón la personalidad de los propios rescatados y de pasar a hurtadillas por el contexto político. Aun así, y a sabiendas de que el actor-director californiano no es Alan J. Pakula, Argo merece la pena.

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Yoísmo futurista

Hay películas que te dejan una extraña sensación, como cuando pruebas algo aparentemente nuevo pero su sabor te recuerda a cosas que has engullido con anterioridad. Looper forma parte de esos filmes. De entrada, esta cinta de corte futurista te lo deja claro, casi como una declaración de intenciones a cargo de la propia voz en off del protagonista: “No quiero hablar de esa mierda de los viajes en el tiempo porque, si empezamos, vamos a estar aquí todo el día haciendo diagramas (…)”. Y es que Looper (del inglés loop, bucle en español) se refiere (a modo de rápida sinopsis para los que no la conozcan) al apelativo dado a un grupo de asesinos a sueldo que se encargan de eliminar en el presente (en el filme, el año 2040, más o menos) a víctimas que le llegan desde el futuro. La cosa se complica cuando uno de los reos que  envían es la misma persona que el verdugo, aunque con 30 años más (para entendernos, los actores principales: Joseph Gordon-Levitt y Bruce Willis)… Pese a ser una historia original, lo cual resulta loable en estos tiempos que corren de revisitaciones y escasez de ideas, y más tratándose del género de la ciencia-ficción, lo cierto es que al visionarla uno no deja de pensar constantemente en el batiburrillo de clásicos que se le reproducen en la cabeza, y de la que Looper resulta deudora (la saga Terminator, Doce monos, Blade Runner y hasta La profecía y Los chicos del maíz -sí, como lo oyen-, por citar algunas). La primera parte, mucho más entretenida, de este kilométrico filme (118 minutos), deviene básicamente en explorar el novedoso conflicto interno de acabar con una versión más vieja de ti mismo (y, por lo tanto, más madura). La segunda, mucho más densa, aunque no deja de sorprender, lleva a inesperados giros (incluido la presencia de una madre -Emily Blunt- y su retoño, claves en la trama) que, no obstante, concluyen de una manera bastante previsible. En cualquier caso, Rian Johnson, el director de este cotarro, consigue esbozar un notable producto que hilvana con lucidez en medio de una historia enmarañada.

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Doble tsunami

Si la capacidad de un cineasta se mide por la facultad de emocionarte, por provocar empatía entre público y personajes, y por la irresoluta y férrea voluntad de sorprender, entonces Juan Antonio Bayona roza el sobresaliente en su segunda película, Lo imposible. El director catalán logra un auténtico tsunami de emociones -algo que podría hacer casi literalmente tras la cantidad de lágrimas dejadas por los espectadores que ya la han visto (y los que quedan)- en su particular visión sobre el terremoto que devastó la costa de Tailandia en diciembre de 2004. Los filmes de catástrofes, especialmente los de los últimos tiempos, devienen en un tótum revolútum de alardes y cabriolas técnicas, de gente corriendo despavorida y de héroes casi artificiales, y muy poco más. Bayona ha tenido la habilidad de ensamblar tecnología y sentimientos, de meter al público en la misma piel de los personajes, y eso a pesar de un claro inconveniente: contar una historia inspirada en hechos reales (la de una familia española que sobrevivió a la tragedia) y, por lo tanto, previsible a los ojos del espectador. En su acierto está en poner el foco en el superviviente que todos llevamos dentro, en individualizar -en el caso que nos ocupa- un doble sufrimiento: el de conseguir salvar la vida y el de la desesperada búsqueda de los seres queridos. Y así, de dentro hacia afuera, captar y visibilizar la verdadera dimensión del cataclismo sin renunciar por ello a herramientas básicas en este tipo de cintas. El director de El orfanato (primera película del cineasta) nos sumerge irremisiblemente en la narración, hace que casi duelan los impactos de la súbita e incontrolada corriente y nos agote el vaivén del remolino. Nos coloca en el punto de vista de la condición humana y en sus efectos más dramáticos, pero también en los más esperanzadores. En el debe de Bayona quizás se encuentre el desechar el relato como tal: con los nombres propios de los verdaderos protagonistas de la epopeya y no sajonizarlos. En cualquier caso, la protagonista, la siempre grácil Naomi Watts, está inconmensurable.

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