Cine

El ombligo de la Thatcher

“A la Thatcher, échale laca”, me decía siempre con sorna un compañero del instituto. La primera ministra británica forma parte de los iconos políticos de los años 80 del pasado siglo, década en la que con su férrea gestión marcó toda una época, el denominado thatcherismo, no de muy buen recuerdo precisamente para la clase obrera de la Pérfida Albión, donde la palabra recorte, ahora tan de moda en nuestras vidas por razones de sobra conocidas, era moneda corriente. En La dama de hierro (no se comieron mucho la testa con el obvio título), la directora Phyllida Lloyd y la guionista Abi Morgan llevan a cabo un peculiar biopic en el que, sin entrar en ningún tipo de juicio crítico con el personaje (lo que a la postre se echa bastante en falta), se limitan a explorar los anhelos, las ambiciones y los miedos de esta enfant terrible de la política europea, que llegó a lo más alto del Gobierno de su Graciosa Majestad allá por 1979, poltrona de la cual no bajó hasta 1990. Con un tono pausado e intimista, la película se centra en las reflexiones -pasadas por el tamiz de la alucinación- de una más que otoñal Margaret Thatcher, que mantiene fluidas conversaciones con el fantasma de su fallecido marido (en sentido literal, que no figurado); y en la que a través del recurso del flashback vamos conociendo telegráficamente y sin mucha consistencia sus inicios políticos y su llegada y asentamiento en el poder. Esta verdadera hagiografía de Thatcher (de santa poco, aunque ya sabemos que este término se utiliza con bastante laxitud) rezuma condescendencia por doquier con una dama que se mira el ombligo constantemente, sin que el filme ahonde en un periodo lleno de turbulencias sociales. Punto y aparte merece la interpretación de Meryl Streep, un verdadero calco de la Thatcher, que borda el papel y que a buen seguro le reportará un nuevo Oscar que sumar a su amplia buchaca de premios, esta vez merced al sombrero, a las perlas y a los kilos de laca de Maggie.

 

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Mitología tuneada

A la espera del estreno de la “canaria” Furia de Titanes 2, de Jonathan Liebesman, la cartelera cinematográfica alberga estas semanas otra muestra de mitología griega adulterada, en esta ocasión, de la mano de Immortals, una suerte de peplum pasado sin cortapisas por el tamiz de 300 y la saga de El señor de los anillos y concebido para mayor gloria del 3D, en el que los guionistas de la cinta en cuestión, Charley Parlapanides y Vlas Parlapanides, a pesar de llevar a cuestas un claro apellido heleno, se pasan por el forro de sus caprichos la literatura clásica al respecto. Hollywood tiene la inquietante y cansina manía de intentar mejorar lo inmejorable. El prolífico, lascivo y puñetero panteón griego, con Zeus, Hera, Atenea y Poseidón a la cabeza, resulta lo suficientemente atractivo y estimulante para no descarriar por un precipicio el particular culebrón mitológico de la Hélade, pergeñando extrañas e incomprensibles compañías de viaje. Mezclar a un tipo como Teseo, uno de los héroes griegos por antonomasia, el “torero” del Minotauro, quien dejó en Naxos para vestir santos a la bella Ariadna, con la lucha entre titanes y dioses del Olimpo, es como juntar churras con merinas en una noche sin luna. Bien es verdad que el peplum, esas películas de túnicas y espadas, mal llamadas -por extensión- de romanos, no suelen ser muy fieles a la Historia y a la leyenda, pero siempre se agradece un poco de rigor al cotarro. Immortals, dirigida por Tarsem Singh, y protagonizada por Henry Cavill, Mickey Rourke (le pone ganas a la cosa yendo de canalla sin escrúpulos), John Hurt (que siempre cuenten con él), Freida Pinto (lo mejor, sin duda) y Stephen Dorff (raro verlo por estos lares), deviene en un testosterónico filme, con imágenes hiperbólicas y una estética algo kitsch, cuyo hilo conductor no convence ni al más impávido creyente. Entretenimiento el justo para llevarse un buen puñado de palomitas a la boca y poco más en esta enésima revisitación del mentado género. Lo dicho, a la espera de más furias de titanes, a ver si esta vez sorprenden…

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Cine sin palabras

The Artist no sólo es un auténtico, sentido y sincero homenaje al cine mudo, a las cintas clásicas de un Hollywood incipiente que estaba labrando en las primeras décadas del pasado siglo su propia y deslumbrante mitología, sino un islote reivindicativo que emerge súbitamente en el amplio, profundo y pujante mar de la era digital y de esa apabullante ola llamada 3D, demostrando que en blanco y negro y sin mentar una palabra aún resulta posible que nos emocionemos con el lenguaje desnudo de las imágenes. No fue fácil para Michel Hazanavicius rodar esta comedia de corte dramático, pero la espera mereció la pena: obtuvo, por ejemplo, el aplauso unánime en la última edición del Festival de Cannes (el largometraje ganó el premio al mejor actor, un genial Jean Dujardin a “lo Ramón Novarro”) y está en las principales quinielas para hacerse con otros galardones de solera. The Artist recrea con acierto la atmósfera y la estética barroca y ampulosa que envolvían muchas de las películas que dominaban el cine mudo hollywoodense antes de la irrupción del sonoro, espacios por los que pululaban estrellas como Douglas Fairbanks, Rodolfo Valentino, Mary Pickford, Gloria Swanson, Greta Garbo y el sin par Charles Chaplin, cuyo espíritu de vagabundo irredento transita en no pocas ocasiones por este evocador filme. Cine dentro del cine: Hazanavicius bucea y juguetea, como ya hiciera el tándem Stanley Donnen-Gene Kelly en la recordada Cantando bajo la lluvia, aunque en la cinta que nos ocupa insuflando una querencia más melodramática, con el traumático deceso de las películas mudas y la condena al fracaso de un buen puñado de actores que no pudieron o supieron “hablar”. Además del “gestual” Jean Dujardin, The Artist cuenta con un excelente elenco liderado por Bérénice Bejo y completado por intérpretes como John Goodman, James Cromwell y Penelope Ann Miller. En definitiva, un muy recomendable filme en el que se propina una bofetada desde Europa a los norteamericanos, para que vayan aprendiendo a honrar a sus dioses…

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Misión entretenida

Debo confesar que mis malos presagios para con Misión Imposible. Protocolo fantasma, especialmente con ese subtítulo tan de Las Guerras de las Galaxias (o de rimbombante operación bélica estadounidense), no se han cumplido. El cuarto filme de esta saga que bebe de la exitosa serie televisiva de los años 60 y 70 del pasado siglo no solo no finiquita un producto, como suele ser habitual cuando se empieza a estirar el chicle de una franquicia hasta la saciedad, sino que incluso lo viene a revitalizar. Un auténtico lavado de cara el efectuado para este vehículo de lucimiento personal del amigo Tom Cruise -el ínclito agente Ethan Hunt-, al que, ya de paso, le imploramos (a la Iglesia de la Cienciología si hiciera falta) que solo se centre en este tipo de películas, que al fin y al cabo es lo mejor que sabe hacer. La cinta posee el pulso y el ritmo necesario para que no bajes la guardia ni un ápice en las dos horas y pico que dura, lo cual, aunque va en el propio ADN de este tipo de filmes de persecuciones a tutiplén, de malos malísimos, de chicas de muy buen ver y de mundos a los que salvar, se agradece, porque no siempre se logra mantener el trasero del espectador en simbiosis con la butaca. Se nota de nuevo la mano del J.J Abrams de marras, que ejerce ahora aquí de productor, y de un sorprendente Brad Bird (el creador de Ratatouille y Los increíbles) en la dirección, así como las buenas sensaciones que dejan actores como Jeremy Renner, Simon Pegg y Paula Patton. Impresiona la secuencia en la que se escala el Burj Khalifa, en Dubai, el edificio más grande del mundo (por ahora), aunque no tanto la correspondiente escena de la destrucción del Kremlin (creo que de los pocos edificios emblemáticos que el cine no se había cargado). En resumidas cuentas, Misión Imposible. Protocolo fantasma deviene en una buena película de evasión que cumple con la regla básica del género de acción: entretener, además de entretener, y en la que me quedo con una cosa en particular: a los espías de ahora les van los cacharritos del fallecido Steve Jobs, sobre todo, el iPad y el iPhone… James Bond me temo que estás anticuado…

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Huelga de sexo en el Magreb

Al socaire de los vientos de cambio y de aire fresco que parece que pululan por algunos países del mundo árabe -tímidos todavía en determinados casos, y con poco fuerza-, nos llega una película que se sube a este carro, no desde un punto de vista político pero sí social: La fuente de las mujeres, del director de origen rumano Radu Mihaileanu, filme que participó en la última edición del Festival de Cannes. Mihaileanu, quien firmó -por refrescar la memoria del lector- la muy recomendable El concierto (2009), éxito internacional y nominada a los Globos de Oro, narra ahora las vicisitudes de un grupo de mujeres de una aldea perdida norteafricana que desde tiempo inmemorial tienen que ir a buscar el agua a las montañas, recorriendo un largo camino con pesadas cubas en sus hombros sin que los hombres del pueblo muevan un dedo, no sólo para ayudarlas, sino para ni siquiera molestarse en canalizar el líquido elemento hacia el poblado, demasiado ocupados en beber té y en mirar a las musarañas. Basada en una historia real acaecida, en este caso, en Turquía, las mujeres, lideradas por la esposa del maestro de la localidad, inician, hasta solucionar el problema, lo que ellas llaman una huelga de amor (más bien de sexo). En clave de cuento, con tintes de comedia que rebajan en realidad una situación mucho más cercana al drama, la de una sociedad en la que impera la desigualdad de géneros por tradición, el realizador nacido en Bucarest esboza un emotivo filme, subrayado por una notable fotografía que enciende la belleza indomable de los paisajes áridos del Magreb y por un elenco de buenas actrices lideradas por Leila Bekhti, en el papel de singular activista. En el ambiente de la película, algo confesado por Mihaileanu, planea también con claridad Lisístrata, la obra del griego Aristófanes, en la que se ensalza, entre otros aspectos, la determinación femenina. En definitiva, cintas como La fuente de las mujeres vienen a contribuir, aunque sea modestamente, a encender conciencias y a que la llamada Primavera Árabe se consolide y extienda, y no se limite a meros cambios políticos. La democracia en esas naciones nunca será posible si no se logra una convivencia más igualitaria, moderna y tolerante.

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El Redford conspiranoico

El magnicidio de Abraham Lincoln marcó el epílogo de la Guerra de Secesión norteamericana (1861-1865), hecho sobre el que planean, como parece preceptivo en este tipo de casos, pocas luces y muchas sombras, y en el que a pesar de que está claro quién fue el actor material de los hechos, el actor sudista John Wilkes Booth, hay cierta nebulosa sobre los implicados en la trama urdida para asesinar al que fuera el presidente número 16 de los Estados Unidos. La conspiración, la última película de Robert Redford como director (y ya van ocho en su buchaca), trata este asunto, si bien el título resulta un poco engañoso para el tema en cuestión, puesto que el actor nacido en Los Ángeles no se detiene a indagar ni en el fondo ni en las aristas de la confabulación perpetrada, sino que fija sus miradas en otras cuestiones, mucho más estimulantes desde el punto de vista de la reflexión y el debate, como el ninguneo de la Constitución -la estadounidense en esta ocasión, pero da igual- y las escasas garantías procesales existentes cuando el poder judicial está sometido arbitrariamente al ejecutivo en un contexto de guerra, ejemplificado aquí en la figura de Mary Surratt, la primera mujer condenada a muerte por el Gobierno federal de ese país, papel interpretado por una espléndida Robin Wright. Sin duda, Robert Redford convence en el planteamiento general, en un sobrio y pausado drama, no exento de un falso suspense, que se sostiene, fundamentalmente, en una acertada fotografía y en un excepcional elenco de intérpretes (a la citada Wright, se suman James McAvoy, Kevin Kline, Evan Rachel Wood y Tom Wilkinson). Sin embargo, en el debe de la cinta hay que anotar que tal vez no logra el pulso, la emoción y la fuerza de otros celebrados productos del subgénero judicial-histórico (por ejemplo, y por una mera cuestión de “contemporaneidad”, la magistral El sargento negro, de John Ford). Aun así, Redford ejercita un notable filme que merece la pena visionar en pantalla grande. Incluso, como le ocurrió al que suscribe el pasado viernes, si tienes sentado a pocos metros de ti a un par de descerebrados parlantes que no dejan de barbotear durante todo el pase. Total, si ir al cine sale barato, ¿no?…

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Para gatófilos confesos

La verdad es que esperaba, por el personaje, una película más canalla, irreverente, incluso picarona, menos infantil. El deseado spin-off de la franquicia Shrek, El gato con botas, con alma y voz de Antonio Banderas, deja cierto regustillo de decepción adulta (nos acostumbran mal con estas cintas) porque se decanta claramente por el público pequeñito, a fin de cuentas, el que más beneficios va a dejar por medio de las perras de los progenitores (marketing manda). Un filme, con toques latinos, no sólo por el actor malagueño y su partenaire gatuna, la siempre deseable Salma Hayek, sino por su ambientación, de aroma tex-mex y aires de villorrio del sur peninsular. El gato con botas que nos ocupa, que debe más a El Zorro y al mito de Don Juan que al pergeñado por el escritor francés Charles Perrault, está destinado a uso exclusivo de la familia y de gatófilos empedernidos (a mi amigo y colega Pedro Murillo le flipará), quienes se sentirán plenamente identificados con sus felinas peripecias. Producto con una animación notable, de lo mejor de la factoría Dreamworks en los últimos tiempos, y con un guión aceptable -tal vez se eche en falta más imaginación-, donde lo único que sobra de verdad es esa cosa, en forma de huevo, llamada Humpty Dumpty, que no le resulta simpático ni al niño más risueño.

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Jodida burbuja

Llega tarde, pero al menos llega. Parecía extraño y hasta indignante que el cine patrio actual no abordarse un tema tan casposo y esperpéntico y que en mayor o menor medida hemos padecido -y padecemos- todos como es la dichosa burbuja inmobiliaria, y los tejemanejes, las corruptelas políticas y las cuchipandas que rodean a este mundillo, en el que el único perjudicado y apaleado de verdad resulta el irredento españolito de a pie en busca, como un Indiana Jones urbanitas, de una vivienda digna (Constitución dixit, realidad se ríe a carcajadas). El realizador madrileño Max Lemcke, inclinado siempre a abordar temáticas sociales, reflexiona sobre tamaña empresa en 5 metros cuadrados, una película con textura dramática pero con cierto toque humorístico, subrayado por actores de reconocida querencia a la comedia, a la sazón los otrora vecinos Fernando Tejero y Malena Alterio, en los papeles principales. Una indefinición que resta puntos al resultado final del producto. Los británicos, que son maestros en la crítica social, se decantan mayoritariamente por la ironía y el sarcasmo para contar historias que ocurren al común de los mortales, aunque sería injusto obviar aquí a gente del país tan lúcida en satirizar a la sociedad contemporánea como  Luis García Berlanga o Rafael Azcona, quien (por mentar un tema parecido) firmó el guión de la inolvidable El pisito (1959). No obstante, y a pesar de la poca consistencia final, Lemcke logra en 5 metros cuadrados que empaticemos desde el primer momento con la pareja de treintañeros en busca de su nidito de amor, y con las dificultades que surgen en el camino y que afectan a su relación, cuando por medio están los intereses de un despiadado constructor (un genial Emilio Gutiérrez-Caba) y la maquinaria que despliega. Esperemos que se siga por este camino y el cine español refleje, a ser posible con la mejor acidez, los problemas que afectan a una ciudadanía inmersa en una crisis del copón. Material no falta, desde luego.

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El gen miedoso

Heredarás el miedo de tus padres… No se trata de un mandamiento bíblico, sino la premisa básica que propugna Intruders, la nueva película del paisano Juan Carlos Fresnadillo, que juega aquí de manera solvente y con frescura en el farragoso terreno de juego del terror psicológico. El director tinerfeño demuestra una vez más sus dotes de narrador y de artesano del género fantástico en el que es su tercer largometraje, una cinta de discreto guión, firmado por Nicolás Casariego y Jaime Marques (tal vez lo que más cojea del filme), que mezcla dosis de fantasía, suspense y drama familiar. Intruders, que fue recibida con aplausos en el Festival de Toronto, con menor entusiasmo en San Sebastián, pero que está obteniendo el aval del público, sin aportar un excesivo plus de originalidad, cumple al menos con uno de los objetivos fundamentales de este tipo de películas: mantener pegadito a la butaca y con los ojos bien abiertos al espectador. En este caso, a  la espera de desenredar una madeja que transita por una aparente simpleza a través de dos historias paralelas, una situada en España y la otra en Inglaterra, con dos niños como protagonistas y una especie de hombre del saco llamado Carahueca como cordón umbilical. Por cierto, Carahueca, ente o ser -o como quieran llamarle- que puede salir perfectamente de un cruce indoloro entre el Ghostface de Scream, los Nazgûl de El Señor de los Anillos y los dementores del mago Harry Potter -y alguno más que se me escapa-, tiene visos de convertirse en un personaje que viene para quedarse (si no, al tiempo). Intruders, que cuenta con un convincente Clive Owen y una cada vez más asentada Pilar López de Ayala en el papel de sorprendidos progenitores, sin obviar la interpretación de la preadolescente Ella Purnell y del “padre” Daniel Brühl, refleja bien a las claras que el cine patrio se atreve con todo cuando se disponen de los mimbres necesarios y confirma a Juan Carlos Fresnadillo como uno de nuestros mejores paladines cinematográficos a la búsqueda de próximas justas.

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Yihadistas al desnudo

Surrealismo, absurdo, esperpento… Four Lions entremezcla brillantemente estos conceptos para contar la hiperbólica trama de un peculiar grupo de descerebrados aspirantes a terroristas que tratan de perpetrar un atentado en Inglaterra… ¿Banalizar y simplificar el terrorismo islamista o el terrorismo en general? En realidad, una comedia dramática como Four Lions ridiculiza con flema británica -los Monty Python  siempre presentes-  cualquier tipo de sinrazón, de fanatismo religioso o ideológico, como ya hizo en su momento el gran Charles Chaplin con su genial El gran dictador (1940) o como remarcó Stanley Kubrick en ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (1964). Cada vez más resultan necesarias sátiras para relativizar conflictos y sacudirnos temores como la firmada por Chris Morris, un mordaz tipo curtido en los medios audiovisuales de la Pérfida Albión. La idiotez supina (acaso no lo es también la violencia terrorista) deviene en el principal arma que utiliza el filme de Morris. Estupidez multiplicada hasta la saciedad, que se refleja en los propios personajes y en las situaciones que generan, y de la que no se salva ni la propia policía inglesa. ¿Morris deforma o malea la realidad para crear esta insurgente comedia? No crean. El propio director reconoce que en la investigación previa a la película constató que lo disparatado no es infrecuente entre los terroristas. Four Lions se erige en una sobria pero lúcida parodia que reduce hasta la insignificancia el terrorismo, ejemplificado aquí en un puñado de yihadistas cafres, dirigidos por un joven, Omar, quien trabaja en una empresa de seguridad, al que siguen su amigo Waj (con evidentes problemas de sequía intelectual); Faisal, un adiestrador de “cuervos-bomba”; y Barry, un británico convertido al Islam (los conversos son los peores, según dicen); y a los que se une una especie de rapero frustrado. Semejante célula compone el grueso de esta cinta que desnuda y deja en evidencia peregrinos conflictos, y cuyo carnavalesco desenlace no sabe si hacerte reír o llorar.

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