Cine

Policías al límite

Confieso que el género policíaco no es precisamente uno de mis preferidos. La inmensa mayoría de los productos del ramo del uniforme, las placas, las esposas y los coches con sirena que afloran en la pantalla grande o están demasiado trillados o se limitan a seguir unos determinados estereotipos que restan cualquier tipo de crédito a la originalidad. Sin embargo, películas como Los amos de Brooklyn o en su momento la recordada Colors (1988)-con otros condicionantes y en un distinto contexto- o la propia Infiltrados (2006),  sin obviar, por supuesto, a Training Day (2001), el anterior trabajo de Antoine Fuqua, el director del filme que ahora nos ocupa, te ayudan a  reconciliarte -es un decir- con los dramones policiales. Y eso a pesar de que en Los amos de Brooklyn pulula por el ambiente la sombra alargada y envolvente de The Wire, la premiada serie televisiva que toma como referente geográfico a una oscura y realista Baltimore. Si la influencia es benigna, que sea bienvenida… De la ciudad más habitada del estado de Maryland a Bronwsville, una de las zonas más peligrosas del neoyorquino barrio de Brooklyn, Fuqua dota de crudeza y realismo las historias convergentes de tres policías “quemados”, un genial triunvirato formado por un desrromantizado Richard Gere, un sobrio y siempre cumplidor Don Cheadle y un inconmensurable Ethan Hawke (repite aquí con el realizador norteamericano tras Training Day). Y como suplemento, un rescatado para la causa Wesley Snipes, que después de muchos papeles para olvidar se mete en la piel de un traficante de drogas recién salido de la trena. Fuqua hilvana de manera inteligente una trama en la que entran en juego la lucha interior de los personajes, los juicios morales y el desquiciamiento de una profesión en la que siempre se está al límite. Una historia de policías ácida y contundente que merece a todas luces su visionado, donde la acción no está reñida con los conflictos personales y laborales que destilan los protagonistas, y que el director culmina con un trepidante desenlace.

Publicado el por Fran Domínguez en Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

Espías con dudas

Llega el final de un verano que no se ha caracterizado por buenas películas que digamos, todo lo contrario. A excepción de Super 8 -llamado a ser uno de los filmes del año- y alguna cinta más, el bagaje estival ha sido paupérrimo. Sin embargo, en el epílogo del estío empiezan ya a aflorar títulos en las pantallas patrias que merecen la pena visionar, como es el caso de La deuda (ya están también en capilla la última y premiada obra de Terrence Malick, El árbol de vida; y Los amos de Brooklyn, de Antoine Fuqua). La deuda, dirigida por John Madden, es un remake de un filme israelí de 2007, que narra la historia de tres agentes del Mossad, dos hombres y una mujer, y el intento de secuestro a mediados de los 60 en Berlín oriental de un doctor nazi que perpetró cientos de macabros experimentos científicos en el campo de Birkenau. La trama transita entre este espacio temporal y el año 1997, cuando la hija de dos de esos espías escribe un libro sobre los hechos que supuestamente ocurrieron y que llevaron a sus padres a convertirse en héroes del país hebreo. La deuda, sobre la que planea la inevitable comparación con Munich, de Steven Spielberg, si bien la película firmada por el ‘rey Midas’ cuenta con una factura más impecable y se sitúa en un nivel superior, mantiene desde el primer instante el interés del espectador, con las dosis de intriga y acción necesarias, un aspecto que no resulta nada desdeñable en estos tiempos de productos enlatados con fecha de caducidad. El filme se sustenta, además, en un extraordinario elenco de actores, liderado por una siempre eficaz Helen Mirren, a la que le van a la saga Tom Wilkinson, Ciarán Hinds, Jesper Christensen (da repelús en su interpretación de criminal nazi) y un cada vez más convincente Sam Worthington. Madden ha esbozado una notable cinta con un evidente pulso dramático, aunque en su debe hay que cargarle que pase un tanto de puntillas por aspectos morales inherentes a conceptos como la venganza y se centre más en filosofar sobre “la verdad os hará libres”.

Publicado el por Fran Domínguez en Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

Bichos en el Oeste

Mezclar churras con merinas suele ser mal síntoma cinematográfico y termómetro de que la imaginación o está de capa caída o de un subidón incontrolable de aquí te espero. La verdad, no sé muy bien dónde encuadrar en esta tesitura a Cowboys&Aliens, esa combinación de western y ciencia ficción, amalgama que muestra una singular batalla de extraterrestres más feos que Picio contra pistoleros zarrapastrosos, en los que salen bien parados estos últimos, lo que resulta de difícil verosimilitud -incluso en un contexto de ficción- y de paso dice muy poco de estos bichejos del Universo (tecnología puntera para que encima te ganen con una pistola decimonónica). Al ver la película me recordó, a bote pronto, a ese producto híbrido llamado Aliens vs Predator y también, con el prismático de la lejanía, a cintas de difícil encaje devenidas del peplum como Hércules contra Sansón o El Zorro contra Maciste, por citar sólo dos sin miedo a sonrojarme mucho y donde el tiempo, el espacio y los personajes históricos o mitológicos eran tan maleables como un político en campaña. Sin embargo, Cowboys&Aliens, pese a lo previsible del filme, se deja ver, aunque al guión le falte mordiente y una mayor dosis de originalidad (ya puestos a darle rienda a la fantasía). El producto salva los muebles gracias a sus actores principales: con un Daniel Craig a lo Clint Eastwood -lacónico e implacable-, un Harrison Ford  crepuscular,  y una etérea e ignífuga Olivia Wilde.

Publicado el por Fran Domínguez en Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

Bárbaros de pacotilla

Si echamos de menos a Schwarzenegger, es que algo va mal… El remake de Conan, el bárbaro no solo nos deja estupefacto y con cara marmórea, como si nos dieran una patada en la entrepierna, sino que, además, y ahí está la cuestión, se carga en un plis plas cualquier intento de revitalizar un subgénero del cine fantástico, como el de hechiceras, guerreros y princesas en apuros, que en los años 80 dejó magníficos ejemplos con presupuestos modestos pero con la suficiente imaginación. No solo las dos entregas del Conan del exgobernator, sino películas como El señor de las bestias o Lady Halcón, por mentar unas cuantas, contribuyeron como pocas a realzar este tipo de cine, sin que ahora, en los albores del siglo XXI, tenga solución de continuidad, a juzgar por lo que estamos viendo por ahí. Citar, para ejemplificar lo dicho, dos fallidos productos recientes: En tiempo de brujas -con un peludo Nicolas Cage- y Solomon Kane -basado en otro de los personajes emanados de la mente de Robert E. Howard, el padre literario de Conan-. Pura exhibición de efectos especiales, 3D y demás parafernalia técnica que no consiguen conectar con el público, y que sacrifica o maltrata lo más importante: la historia que se quiere contar. Y es que el Conan de ese cachas hawaiano llamado Jason Momoa se hunde por todos lados, empezando y terminando por la madre del cordero: un guión de pena, deslavazado e insulso, que flaquea por acá y acullá, sin que la trama -entre simplona y perdida- enganche a un espectador ávido de sumergirse en la Era Hiboria. Aún recuerdo con nostalgia a ese conancito pequeño (con careto de Jorge Sanz), que se queda solo en la vida, esclavizado (recuerden, su “madre” pasaba por ser  Nadiuska), tirando de una rueda de molino, para luego, con el lógico salto temporal, tornarse en el amigo Arnold, que por entonces presumía de Míster Universo. Claro, el director del cotarro se llamaba John Milius, y no Marcus Nispel, quien tiene querencia, por cierto, en esto de las revisitaciones fílmicas -lo hizo ya con Pathfinder y con Viernes 13-. En definitiva, y para acortar la cosa, otro fallido intento de barbarización. Que el dios Crom nos coja confesados…

Publicado el por Fran Domínguez en Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

Espléndido cóctel ochentero

Lo habrán oído por ahí, y es cierto. Super 8 no engaña, como el algodón del famoso anuncio televisivo. Destila sin complejos y de carrerilla el aroma fresco y juvenil de Los Goonies, E.T. y Encuentros en la Tercera Fase (casi por este orden), en un bendito y espléndido cóctel spilbergiano (para eso el Rey Midas cinematográfico pone parné en el asunto) que lleva la rúbrica de un no tan “perdido” J.J. Abrams. Llámenme estúpido nostálgico o con querencia a mirar en demasía por el retrovisor de la existencia, pero ver una pandilla de chicos de tu época más imberbe (en las procelosas aguas de los 80) intentando rodar una película en tomavistas (así llamábamos al aparatito, rememoren ustedes) recuerda las cafradas de los primeros años de instituto (en el mío, hicimos un par de cortos que por vergüenza torera mejor olvidar), en los que los cruces de miradas con el sexo opuesto, las complicidades y las incomprensiones  marcaban el devenir de ese convulso periodo vital, difícil -vaya que sí- a la par que fascinante. Super 8 te entra directamente por los ojos; te arrastra como un tsunami; te retrotrae a un pasado donde el walkman pasaba por ser la tecnología más puntera del momento; y te encandila con esa luz propia del cine con evidente sabor añejo. Estás ante una película de evasión sincera y honesta, que huye de esos productos enlatados y artificiosos que nos llegan a la gran pantalla una semana sí y otra también con el 3D de marras incorporado, en los que la imaginación suele brillar por su ausencia y donde las sagas, las resagas y los remakes pululan por doquier. Desde luego, Abrams no ha descubierto la pólvora con este filme, pero sabe reinterpretar con su propio toque (ya saben, aunque sea zarandeando árboles de un lado a otro) para escoger, cual tahúr ribereño, las mejores cartas y componer una brillante partida narrativa, en la que el guión juega de protagonista, y que inevitablemente te atrapa tengas 10 ó 40 tacos. Haz la prueba…

Publicado el por Fran Domínguez en Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

Doble resacón

Las secuelas tienen eso: corren siempre el peligro de repetirse como una salsa de ajo. Sin embargo, a veces -muy pocas, la verdad- la reiteración puede ser el camino de refrendar la gloria anterior, al menos desde el punto de vista de la respuesta del público. Resacón 2 ¡Ahora en Tailandia! es un claro ejemplo de ello. El guionista y director Todd Phillips no se ha cortado ni un pelo en repetir el mismo -y exitoso, por qué no decirlo- esquema de la primera película, cambiado en esta ocasión a Las Vegas por la exótica Bangkok, además de darle un poco más de escatología y de perversión al asunto. La fórmula postulada por Phillips (y que le da un punto de diferencia a películas similares, casi siempre dirigidas a un publico juvenil) es ésa en la que tras una noche de desenfreno, los resacados y amnésicos protagonistas van reconstruyendo la trama hasta saber qué pasó exactamente, y que se ve reforzada por un elenco de actores que tienen un rol muy definido (el chulesco y relativista Bradley Cooper, el desconfiado y temeroso Ed Helms, y el pueril y rocambolesco Zach Galifianakis). Grandes dosis de humor gamberro y desafiante sazonan esta segunda entrega que mantiene viva -por ahora- a una franquicia a la que quieren estirar cual chicle Bazooka -hasta que les explote en la cara, claro-. La cosa tiene visos de seguir. De momento, y para mitigar las testosterona imperante en estos dos primeros filmes, en julio se estrenará un “resacón femenino” subidito de estrógenos…

Publicado el por Fran Domínguez en Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

Intriga, acción y taxis

Otra pica en Flandes del cine patrio en Estados Unidos. El catalán Jaume Collet-Sierra (La casa de cera, La huérfana), con dinerito de Hollywood (que para eso tienen parné de sobra), ha conseguido que la taquilla yankee se embelese, no sin razón, por Sin identidad, un filme que aunque no aporta nada que no hayamos visto en el género del thriller, sí que desempolva con clase, maneras y sapiencia el estimulante aroma del cine de intriga de toda la vida, el de las buenas películas de espías y el gestado en la lúcida mente del ínclito Alfred Hitchcock. Pero, sobre todo, Sin identidad recuerda al Frenético de Roman Polanski, si bien aquí Harrison Ford es sustituido por un no menos genial Liam Neeson, en el también papel de un desesperado doctor perdido en un país que a priori no conoce. Un ritmo ágil y trepidante acompaña a una cinta que, pese a su amplio metraje, se deja ver de un tirón de principio a fin, con un elenco de artistas de probada eficacia, como los ya curtidos en mil batallas Bruno Ganz y Frank Langella y las emergentes Diane Kruger y January Jones, (conocida por la serie Mad Men, en la que interpreta a la esposa de Don Draper). Un gélido Berlín, ciudad en la que se desarrolla la trama, aporta el suficiente ambiente gris para subrayar la trama, en la que el director español parece tomarla vivamente con los pobres taxis, vehículos que, junto algún que otro personaje, maltrata sin ton ni son…

Publicado el por Fran Domínguez en Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

Agotamiento a la vista

Exprimir la franquicia como una naranja madura hasta que no se  pueda sacar más jugo. La cuarta entrega de Piratas del Caribe, bajo el subrayado subtítulo de En mareas misteriosas, sigue la estela dejada por sus dos más inmediatas antecesoras (la primera parte continúa siendo la mejor con diferencia), si bien en su pliego de descargo hay que decir que al menos no presenta una farragosa trama; eso sí, como marca de la casa, vuelve a retorcer y malear a su antojo mitos y leyendas, en esta ocasión, la Fuente de la Juventud. El inclasificable y algo amanerado capitán Jack Sparrow, la ya célebre proyección pirata de Johnny Depp, toma verdaderamente el mando del timón y despliega por doquier un arsenal de poses, de histrionismo y demás parafernalia carnavalesca del personaje, que para eso es la estrella absoluta de una saga que, a buen seguro, vivirá otro episodio más, que mucho me temo (y deseo) será el último, dado el “agotamiento a la vista” del producto. Rob Marshall, quien se ha hecho cargo de esta cuarta parte, esboza un filme lleno de notables efectos especiales y divertidas coreografías de espada (se nota la mano “dancística” del cineasta, director de Chicago y Nine), todo aderezado con diversos toques de humor, elementos que, sin embargo, y como bien saben los seguidores de la saga, no aportan nada que no hayamos visto, ni siquiera el tira y afloja entre Sparrow y su nueva partenaire, una discreta Penélope Cruz en el papel de la española Angélica. La presencia de  Geoffrey Rush (otra vez en la piel del pérfido capitán Barbosa, de los pocos supervivientes originales de la franquicia) y del casi siempre excelente Ian MacShane (el temible pirata Barbanegra) contribuyen a equilibrar y dar lustre a una película que no tiene mayores pretensiones que entretener. Precisamente, éste es el mar por donde Piratas del Caribe transita a sus anchas, aunque debe cuidarse, y mucho, de no encallar en los peligrosos arrecifes de la repetición.

Publicado el por Fran Domínguez en Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

Todos al suelo

Todo hay que decirlo. Los anglosajones, en términos cinematográficos, y quitando de lado el tema económico y de recursos (y bla, bla, bla), nos ganan por goleada en dos aspectos: se ríen mejor y sin complejos de sus miserias y están más duchos que nosotros en esto de llevar su historia a la gran pantalla. Y mira que por historia no nos podemos quejar, porque grande, ancha, y con aristas, muchas aristas, tenemos por un tubo. Ahí están los propios estadounidenses que con poco más de 220 años de andar por el mundo exprimen hasta la saciedad sus contradicciones, aciertos y demás parafernalia. En España lo de ahondar en el retrovisor, pues poco, relativamente poco, en comparación con otros países con menos ‘pedigrí’ con las cuitas de antaño. Sí, somos conscientes de la pasta gansa que cuesta poner en pie producciones históricas pero ni por esas, salvo algunos dignos ejemplos. Curiosamente, ese papel lo están supliendo, con mayor o menor acierto, las series televisivas. Y si el pasado más profundo se toca poco, pues con la contemporaneidad ocurre lo mismo. Por primera vez, y siguiendo un poco la estela de la miniserie de 2009 sobre el tema, se va estrenar este mismo mes, como no podía ser de otra manera, un filme que recrea de arriba a abajo el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981. Ya era hora… Han tenido que pasar 30 años para que veamos en la gran pantalla los entresijos de uno de los capítulos más controvertidos de nuestra historia más reciente (recomiendo encarecidamente para saber más del tema en cuestión el libro Anatomía de un instante, de Javier Cercas). Los norteamericanos, por ejemplo, tardaron un suspiro en llevar al cine el ‘caso Watergate’, en la magnífica Todos los hombres del presidente. El filme 23-F, de Chema de la Peña, que según parece se decidió a rodarlo tras ver The Queen, ese “análisis” de Stephen Frears sobre Isabel II de Inglaterra, está contado en clave de thriller político y en él aparecen, entre otros, Paco Tous, en el papel de Tejero; Juan Diego, en la piel del general Alfonso Armada; Ginés García Millán, como Adolfo Suárez; y Fernando Cayo, interpretando al rey Juan Carlos (algo que ya había hecho en un par de series). Estos días podemos ver 23-F en la gran pantalla y opinar cómo se escenifican las horas más inciertas que ha vivido la democracia española, ésas en la que un señor con bigote, tricornio, y mucha mala leche encima, casi nos chafa la entonces recién alcanzada libertad.

Publicado el por Fran Domínguez en Cine, Opinión ¿Qué opinas?

El director y la guionista

Ni 25 años ni nada. La ceremonia de los Goya del domingo estuvo presidida de principio a fin por la guerra fría que mantienen un director metido a presidente y una guionista vestida de ministra. La gran noche del cine español estaba marcada de antemano, como una baraja en una mala partida de cartas, desde que comenzaron las desavenencias entre Álex de la Iglesia y Ángeles González-Sinde a colación de la polémica ley que lleva el nombre de ésta.

Ni la gala en sí -menos brillante y glamorosa de lo esperado, y muy en la línea de la anterior edición, que estuvo mejor, por cierto- pudo difuminar la niebla de tensión vivida entre ambos, que se vio acrecentada más si cabe tras el discurso del realizador bilbaíno, en el que vino a confirmar su anunciada marcha y a remarcar su postura: “Internet no es el futuro, como algunos creen, es el presente (…) No tenemos miedo a Internet, porque Internet es, precisamente, la salvación de nuestro cine”. Y ante ello pasó casi de puntillas y sin mucho ruido Pa negre, de Agustì Villaronga, acaparando 9 de los14 premios a los que optaba y dejando en bragas a la gran favorita, Balada triste de trompeta, del propio Álex de la Iglesia.

¿Venganza de la Academia? La de Pa negre fue la gran y casi única sorpresa de la velada, quitando al pesado de Jimmy Jump, el espontáneo de las barretinas, que vino a dar la nota (¡ay!, esa organización…). El resto cumplió el guión, incluido el Goya a Javier Bardem por su magnífica interpretación de Uxbal en Biutiful, y el papel de showman de Buenafuente, que se consolida en un espectáculo que le viene al pelo y en el que seguro que repetirá más veces. Emoción de estrado, preceptivas lagrimillas y típicas caras circunspectas de los que se quedan sin premio… Por lo demás, y ahora que estamos en vísperas de Carnavales, ni fu ni fa, salvo que una tinerfeña, Tatiana Hernández, atinó con la estatuilla al mejor diseño de vestuario por Lope.

Publicado el por Fran Domínguez en Cine, Opinión, Premios 1 comentario
« Anterior  1 2 ... 7 8 9 10 11 12 13 14 15 16