Cine

Doble resacón

Las secuelas tienen eso: corren siempre el peligro de repetirse como una salsa de ajo. Sin embargo, a veces -muy pocas, la verdad- la reiteración puede ser el camino de refrendar la gloria anterior, al menos desde el punto de vista de la respuesta del público. Resacón 2 ¡Ahora en Tailandia! es un claro ejemplo de ello. El guionista y director Todd Phillips no se ha cortado ni un pelo en repetir el mismo -y exitoso, por qué no decirlo- esquema de la primera película, cambiado en esta ocasión a Las Vegas por la exótica Bangkok, además de darle un poco más de escatología y de perversión al asunto. La fórmula postulada por Phillips (y que le da un punto de diferencia a películas similares, casi siempre dirigidas a un publico juvenil) es ésa en la que tras una noche de desenfreno, los resacados y amnésicos protagonistas van reconstruyendo la trama hasta saber qué pasó exactamente, y que se ve reforzada por un elenco de actores que tienen un rol muy definido (el chulesco y relativista Bradley Cooper, el desconfiado y temeroso Ed Helms, y el pueril y rocambolesco Zach Galifianakis). Grandes dosis de humor gamberro y desafiante sazonan esta segunda entrega que mantiene viva -por ahora- a una franquicia a la que quieren estirar cual chicle Bazooka -hasta que les explote en la cara, claro-. La cosa tiene visos de seguir. De momento, y para mitigar las testosterona imperante en estos dos primeros filmes, en julio se estrenará un “resacón femenino” subidito de estrógenos…

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Intriga, acción y taxis

Otra pica en Flandes del cine patrio en Estados Unidos. El catalán Jaume Collet-Sierra (La casa de cera, La huérfana), con dinerito de Hollywood (que para eso tienen parné de sobra), ha conseguido que la taquilla yankee se embelese, no sin razón, por Sin identidad, un filme que aunque no aporta nada que no hayamos visto en el género del thriller, sí que desempolva con clase, maneras y sapiencia el estimulante aroma del cine de intriga de toda la vida, el de las buenas películas de espías y el gestado en la lúcida mente del ínclito Alfred Hitchcock. Pero, sobre todo, Sin identidad recuerda al Frenético de Roman Polanski, si bien aquí Harrison Ford es sustituido por un no menos genial Liam Neeson, en el también papel de un desesperado doctor perdido en un país que a priori no conoce. Un ritmo ágil y trepidante acompaña a una cinta que, pese a su amplio metraje, se deja ver de un tirón de principio a fin, con un elenco de artistas de probada eficacia, como los ya curtidos en mil batallas Bruno Ganz y Frank Langella y las emergentes Diane Kruger y January Jones, (conocida por la serie Mad Men, en la que interpreta a la esposa de Don Draper). Un gélido Berlín, ciudad en la que se desarrolla la trama, aporta el suficiente ambiente gris para subrayar la trama, en la que el director español parece tomarla vivamente con los pobres taxis, vehículos que, junto algún que otro personaje, maltrata sin ton ni son…

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Agotamiento a la vista

Exprimir la franquicia como una naranja madura hasta que no se  pueda sacar más jugo. La cuarta entrega de Piratas del Caribe, bajo el subrayado subtítulo de En mareas misteriosas, sigue la estela dejada por sus dos más inmediatas antecesoras (la primera parte continúa siendo la mejor con diferencia), si bien en su pliego de descargo hay que decir que al menos no presenta una farragosa trama; eso sí, como marca de la casa, vuelve a retorcer y malear a su antojo mitos y leyendas, en esta ocasión, la Fuente de la Juventud. El inclasificable y algo amanerado capitán Jack Sparrow, la ya célebre proyección pirata de Johnny Depp, toma verdaderamente el mando del timón y despliega por doquier un arsenal de poses, de histrionismo y demás parafernalia carnavalesca del personaje, que para eso es la estrella absoluta de una saga que, a buen seguro, vivirá otro episodio más, que mucho me temo (y deseo) será el último, dado el “agotamiento a la vista” del producto. Rob Marshall, quien se ha hecho cargo de esta cuarta parte, esboza un filme lleno de notables efectos especiales y divertidas coreografías de espada (se nota la mano “dancística” del cineasta, director de Chicago y Nine), todo aderezado con diversos toques de humor, elementos que, sin embargo, y como bien saben los seguidores de la saga, no aportan nada que no hayamos visto, ni siquiera el tira y afloja entre Sparrow y su nueva partenaire, una discreta Penélope Cruz en el papel de la española Angélica. La presencia de  Geoffrey Rush (otra vez en la piel del pérfido capitán Barbosa, de los pocos supervivientes originales de la franquicia) y del casi siempre excelente Ian MacShane (el temible pirata Barbanegra) contribuyen a equilibrar y dar lustre a una película que no tiene mayores pretensiones que entretener. Precisamente, éste es el mar por donde Piratas del Caribe transita a sus anchas, aunque debe cuidarse, y mucho, de no encallar en los peligrosos arrecifes de la repetición.

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Todos al suelo

Todo hay que decirlo. Los anglosajones, en términos cinematográficos, y quitando de lado el tema económico y de recursos (y bla, bla, bla), nos ganan por goleada en dos aspectos: se ríen mejor y sin complejos de sus miserias y están más duchos que nosotros en esto de llevar su historia a la gran pantalla. Y mira que por historia no nos podemos quejar, porque grande, ancha, y con aristas, muchas aristas, tenemos por un tubo. Ahí están los propios estadounidenses que con poco más de 220 años de andar por el mundo exprimen hasta la saciedad sus contradicciones, aciertos y demás parafernalia. En España lo de ahondar en el retrovisor, pues poco, relativamente poco, en comparación con otros países con menos ‘pedigrí’ con las cuitas de antaño. Sí, somos conscientes de la pasta gansa que cuesta poner en pie producciones históricas pero ni por esas, salvo algunos dignos ejemplos. Curiosamente, ese papel lo están supliendo, con mayor o menor acierto, las series televisivas. Y si el pasado más profundo se toca poco, pues con la contemporaneidad ocurre lo mismo. Por primera vez, y siguiendo un poco la estela de la miniserie de 2009 sobre el tema, se va estrenar este mismo mes, como no podía ser de otra manera, un filme que recrea de arriba a abajo el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981. Ya era hora… Han tenido que pasar 30 años para que veamos en la gran pantalla los entresijos de uno de los capítulos más controvertidos de nuestra historia más reciente (recomiendo encarecidamente para saber más del tema en cuestión el libro Anatomía de un instante, de Javier Cercas). Los norteamericanos, por ejemplo, tardaron un suspiro en llevar al cine el ‘caso Watergate’, en la magnífica Todos los hombres del presidente. El filme 23-F, de Chema de la Peña, que según parece se decidió a rodarlo tras ver The Queen, ese “análisis” de Stephen Frears sobre Isabel II de Inglaterra, está contado en clave de thriller político y en él aparecen, entre otros, Paco Tous, en el papel de Tejero; Juan Diego, en la piel del general Alfonso Armada; Ginés García Millán, como Adolfo Suárez; y Fernando Cayo, interpretando al rey Juan Carlos (algo que ya había hecho en un par de series). Estos días podemos ver 23-F en la gran pantalla y opinar cómo se escenifican las horas más inciertas que ha vivido la democracia española, ésas en la que un señor con bigote, tricornio, y mucha mala leche encima, casi nos chafa la entonces recién alcanzada libertad.

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El director y la guionista

Ni 25 años ni nada. La ceremonia de los Goya del domingo estuvo presidida de principio a fin por la guerra fría que mantienen un director metido a presidente y una guionista vestida de ministra. La gran noche del cine español estaba marcada de antemano, como una baraja en una mala partida de cartas, desde que comenzaron las desavenencias entre Álex de la Iglesia y Ángeles González-Sinde a colación de la polémica ley que lleva el nombre de ésta.

Ni la gala en sí -menos brillante y glamorosa de lo esperado, y muy en la línea de la anterior edición, que estuvo mejor, por cierto- pudo difuminar la niebla de tensión vivida entre ambos, que se vio acrecentada más si cabe tras el discurso del realizador bilbaíno, en el que vino a confirmar su anunciada marcha y a remarcar su postura: “Internet no es el futuro, como algunos creen, es el presente (…) No tenemos miedo a Internet, porque Internet es, precisamente, la salvación de nuestro cine”. Y ante ello pasó casi de puntillas y sin mucho ruido Pa negre, de Agustì Villaronga, acaparando 9 de los14 premios a los que optaba y dejando en bragas a la gran favorita, Balada triste de trompeta, del propio Álex de la Iglesia.

¿Venganza de la Academia? La de Pa negre fue la gran y casi única sorpresa de la velada, quitando al pesado de Jimmy Jump, el espontáneo de las barretinas, que vino a dar la nota (¡ay!, esa organización…). El resto cumplió el guión, incluido el Goya a Javier Bardem por su magnífica interpretación de Uxbal en Biutiful, y el papel de showman de Buenafuente, que se consolida en un espectáculo que le viene al pelo y en el que seguro que repetirá más veces. Emoción de estrado, preceptivas lagrimillas y típicas caras circunspectas de los que se quedan sin premio… Por lo demás, y ahora que estamos en vísperas de Carnavales, ni fu ni fa, salvo que una tinerfeña, Tatiana Hernández, atinó con la estatuilla al mejor diseño de vestuario por Lope.

Publicado el por Fran Domínguez en Cine, Opinión, Premios 1 comentario
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