Cine

La ruleta nacional

La sofisticación del mundo de los casinos en el cine también tiene su versión patria, y no me refiero precisamente a Los bingueros. Con un descarado toque que recuerda a la saga Ocean’s (Eleven, Twelve y Thirteen), si bien con bastantes menos dosis de glamour, The Pelayos se erige en un atractivo producto para luchar de manera digna en la taquilla ante la inmisericorde invasión estadounidense. Basada en las andanzas de la familia García-Pelayo, auspiciadas por Gonzalo, el patriarca, en su momento todo un cineasta alternativo, con rozagantes títulos en su haber como Intercambio de parejas frente al mar (1978) o Corridas de alegría (1982), quien ideó un método para ganar a la ruleta, el filme transita de manera hábil por el ambiente de las salas de juego, enganchando al espectador con el siempre eficaz recurso de modificar la realidad temporal y espacial en favor del espectáculo. La cinta, dirigida por Eduard Cortés, dispone de un notable elenco de actores, con un siempre sobrio Lluís Homar y un cada vez más asentado Daniel Brühl, acompañados de los televisivos Miguel Ángel Silvestre y Blanca Suárez. Una historia con tirón que alcanza el aprobado, pero que pasa por momentos de cierto sopor que se compensan por el mero hecho de que al personal siempre le gusta ver perder a la banca -y más en estos tiempos que corren-, aunque sea la de un casino y en una película.

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Jara y sedal yemení

Aunque pueda parecer el título de un reportaje de una revista especializada, La pesca del salmón en Yemen, además de un exitoso libro, obra del británico Paul Torday, es la nueva película del sueco Lasse Hallström, realizador que tiene cierta querencia a lo sensiblero como dejó acreditado en anteriores filmes como Las normas de la casa de la sidra y Chocolat. La pesca del salmón en Yemen narra las peripecias del doctor Alfred Jones, un biólogo al que han embarcado en el disparatado proyecto de un jeque yemení que quiere llevar al país árabe el noble arte de la pesca del salmón, iniciativa en la que el Gobierno británico está vivamente interesado como cortina de humo (ahora que está tan de moda, y lo que te rondaré morena) para tapar su gestión en el conflicto bélico de Afganistán, todo ello aderezado con un trasfondo romanticón. La pesca del salmón en Yemen narra las peripecias del doctor Alfred Jones, un biólogo al que han embarcado en el disparatado proyecto de un jeque yemení que quiere llevar al país árabe el noble arte de la pesca del salmón, iniciativa en la que el Gobierno británico está vivamente interesado como cortina de humo (ahora que está tan de moda, y lo que te rondaré morena) para tapar su gestión en el conflicto bélico de Afganistán, todo ello aderezado con un trasfondo romanticón. Comedia ligera, sin grandes pretensiones, que se deja ver -siendo laxos en los gustos- en estos tiempos de evasión que corren, a pesar de que tal vez le falte un pelín más de sarcasmo y de mala leche. Una pizca de drama y unos pequeños toques de crítica política completan el plato de un filme protagonizado por un flemático y metódico Ewan McGregor (lejos queda aquel macarra de Trainspotting), convertido aquí en un émulo interpretativo de Hugh Grant (venga esos tics y tartamudeos), y a quien acompañan en esta misión de fe Emily Blunt y el actor egipcio Sheikh Muhammed, en el papel de jeque comprensivo y piadoso. El elenco lo completa una sorprendente Kristin Scott Thomas, en la piel de la impulsiva jefa de prensa del primer ministro de la Pérfida Albión, graciosamente cínica y despótica, que confirma una vez más los amplios registros de esta inconmensurable actriz inglesa. De lejos, de lo mejorcito de esta cinta recomendada para los amantes de la caña (la de pescar, me refiero) y de las comedias dramáticas con felices lances amorosos.

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Rockero cazanazi

Las películas marcadamente heterogéneas, que transitan de un género a otro en un permanente viaje de ida y vuelta, corren el riesgo de convertirse en un verdadero pastiche, en un lienzo desdibujado y deslavazado. No es el caso de Un lugar donde quedarse, la última película de Paolo Sorrentino, ese italiano que sorprendió hace unos años con Il divo, ganado el premio del jurado en el Festival de Cannes. A una enrevesada historia: la de una antigua  y desconectada estrella del rock que busca a un nazi que maltrató a su padre en un campo de concentración durante la Segunda Guerra Mundial, le corresponde igualmente un escenario con diferentes registros. Sorrentino usa la comedia como pilar en una intimista road movie con tintes drámáticos que juguetean, siempre con humor e ironía, con aspectos como la gloria perdida, la venganza, la melancolía y la esperanza. Retazos a modo de ensambles de David Lynch; incluso, con cuando se pone poético, de Terrence Malick, arman una película que tiene como pilar maestro a un extraordinario Sean Penn en el papel de Cheyenne, el desfasado rockero, cuya caracterización está inspirada en el líder de The Cure, Robert Smith, si bien su fisonomía parece más cerca de Eduardo Manostijeras que de otra cosa. Penn, a quien acompañan actores contrastados como Frances MacDormand y Harry Dean Stanton, y una prometedora Eve Hewson, a la sazón hija de Bono, el cantante de U2, se luce con este caramelo interpretativo. La música cierra todo el edificio cinematográdico, no en vano el nombre del filme está tomado de la canción This must be the place (traducida, Un lugar donde quedarse), de Talking Head, grupo comandado por David Byrne, artífice también de la banda sonora de la cinta, en la que también realiza un más que apreciable cameo.

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Muchas sombras

Tim Burton es de esos directores cuyas creaciones se esperan como agua de mayo (nunca mejor dicho en estas fechas del calendario). Su particular visión fílmica, su sugerente imaginación y su intrincada y oscura vis cómica suponen siempre un foco de atracción para muchos espectadores que, como el que suscribe, desean encontrarse con productos verdaderamente estimulantes. Burton destila sus virtudes como cineasta apenas a cuentagotas y sin demasiada firmeza en su último filme, Sombras tenebrosas, cinta inspirada en una exitosa serie televisiva que relata la historia de Barnabas Collins, un vampiro decimonónico norteamericano que reaparece entre los vivos en los años 70 del pasado siglo y que ayuda a sus parientes a reflotar el negocio familiar. Obvia decir que el chupasangre está interpretado por el actor fetiche de Burton, Johnny Depp, y que uno de los personajes principales, la de la psiquiatra Julia Hoffman, lo protagoniza su mujer, Helena Bonham Carter. El director californiano no toma el pulso a la narración en esta especie de edulcorada familia Monster con pedigrí, en la que deja demasiados tiempos muertos -sin segundas-, descansando en exceso en un Depp que a veces parece que le puede el capitán Sparrow que lleva dentro. Lo mejor de este irregular filme (un pelín largo para un viaje con escasas alforjas) es, desde luego, una Eva Green desmelenada que le gana claramente la partida, jugando de bruja, al pálido vampiro.

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Cuento crepuscular

Hay películas que se sustentan única y básicamente en el buen quehacer de sus actores, intérpretes curtidos en mil batallas que logran que un filme con un guión sin el suficiente agarre logre captar la atención del espectador, o al menos hace que permanezca sentado en su butaca, lo que en los tiempos que corren ya resulta un mérito admirable. Es el caso de El exótico hotel Marigold, película que inauguró el pasado viernes la edición número 13 del Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria, y que lleva la firma del versátil John Madden (Shakespeare in Love, La deuda). Tener un elenco compuesto por gente de la talla -ahí es nada la alineación- de Judi Dench, Maggie Smith, Tom Wilkinson y Bill Nighy supone un seguro de vida para cualquier producción, aunque el libreto no cumpla con las expectativas. El exótico hotel Marigold no deja de ser un cuento crepuscular sobre un escueto y heterogéneo grupo de jubilados británicos que viajan a la India para pasar los últimos años de su vida alojados en un complejo residencial que, a la postre, no es el que le habían prometido. Un atractivo escenario para una tragicomedia, pero que se queda en un intento más o menos fructuoso. Temas como la esperanza, la ilusión, el amor, incluso el sexo en la senectud, pululan en un filme que, pese a disponer a priori de los mimbres para ello, no explota la acidez que conmina la situación. La cinta deviene en algunos instantes de cierta abulia, con un guión (basado en una novela de la escritora Deborah Moggach) que en su haber sólo cuenta con alguna que otra frase ingeniosa, pero que en su debe rezuma clichés (todo lo que tiene que ver con la India) y cierta dosis de previsibilidad, ejemplificada en una reiterada moraleja: siempre se está a tiempo de cambiar. En definitiva, una película entretenida a ratos y que gracias a Dios o a Shiva ha podido contar con unos artistas de primer nivel; de no ser así, el hotel Marigold estaría aún más derruido…

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Premio al cine mudo

En medio de este planeta digital, del 3-D y demás parafernalia técnica en la que vivimos, una película francesa, muda y en blanco y negro, ha reivindicado el mundo desposeído de palabras, en el que la imagen cobra su poder más descriptivo para emocionarnos. En un auténtico desafío creativo y comercial, The Artist ha cautivado al público con su sentido homenaje a un cine de otra pasta, de otros mimbres, que ya no volverá. La apuesta de Hazanavicius ha tenido su recompensa en la propia Meca del Cine, con un filme que recuerda a los estadounidenses en su propia cara los orígenes de esta industria. En la edición inaugural de estos galardones (que aún no se llamaban Oscar), que se entregaron por primera vez en 1929 (se premiaba a las películas del periodo 1927-1928), la ganadora se llamaba Wings (Alas), de William A. Wellman. Fue la primera vez y única (hasta el pasado lunes) que una cinta muda había logrado tal distinción. Wings suponía el canto del cisne de un modelo cinematográfico, en una época en la que la irrupción del sonoro era inevitable. Más de 80 años después, The Artist sorprende por su “modernidad”, revalorizando el espíritu de los pioneros…

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Goyas contenidos

Sobriedad, glamour hasta cierto punto discreto, poca fastuosidad, escasas sorpresas, alguna que otra crítica (muy tibia, cuando la hubo), algún espontáneo, y mucho humor (ya solo nos queda eso). Y es que hasta las galas entre las galas no se salvan de la alargada e inquietante sombra de la crisis. Los Goya más contenidos (por diversos motivos) que uno recuerde premiaron mesuradamente al favorito de las quinielas: ese western urbano llamado No habrá paz para los malvados, aunque nuestro (por lo de Mateo Gil) western del Altiplano, Blackthorn, tampoco se fue de vacío. Era lo esperado, incluidos los Goyas menores (salvo los premios a mejor actriz, Elena Anaya; y mejor banda sonora, Alberto Iglesias) para el hijo pródigo Pedro Almodóvar, quien con gafas a lo Jack Nicholson resistió impávido la velada. Eva Hache se sube al carro de presentadores -si bien se esperaba un poco más de ella- que se han ganado a pulso el volver a conducir una gala de los Goya. A diferencia de los estadounidenses en sus Oscar (Billy Crystal y poco más, no crean), por estos lares tenemos unos cuantos para elegir, desde los clásicos Rosa María Sardá y el Gran Wyoming, hasta José Corbacho y Buenafuente, sin obviar a un futurible en tales cometidos: Santiago Segura, con diferencia, el más canalla de los que pasaron el domingo por el acto. En una ceremonia que osciló entre las gracietas y el inicio del bostezo, se hicieron un sitio la emoción, en especial cuando subió al escenario una recuperada Silvia Abascal, y el absurdo, con el espontáneo que pidió dinero para un western en Extremadura (por allí pasó otro de Anonymous). La controversia también tuvo un cachito de protagonismo, una vez más con internet. Si el año pasado, el presidente saliente del cotarro académico, Álex de la Iglesia, decía que el “cine le debe mucho a internet”; el entrante, Enrique González Macho, opinaba que la red “no forma parte de la actividad económica de esta industria”. Qué cosas…

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El ombligo de la Thatcher

“A la Thatcher, échale laca”, me decía siempre con sorna un compañero del instituto. La primera ministra británica forma parte de los iconos políticos de los años 80 del pasado siglo, década en la que con su férrea gestión marcó toda una época, el denominado thatcherismo, no de muy buen recuerdo precisamente para la clase obrera de la Pérfida Albión, donde la palabra recorte, ahora tan de moda en nuestras vidas por razones de sobra conocidas, era moneda corriente. En La dama de hierro (no se comieron mucho la testa con el obvio título), la directora Phyllida Lloyd y la guionista Abi Morgan llevan a cabo un peculiar biopic en el que, sin entrar en ningún tipo de juicio crítico con el personaje (lo que a la postre se echa bastante en falta), se limitan a explorar los anhelos, las ambiciones y los miedos de esta enfant terrible de la política europea, que llegó a lo más alto del Gobierno de su Graciosa Majestad allá por 1979, poltrona de la cual no bajó hasta 1990. Con un tono pausado e intimista, la película se centra en las reflexiones -pasadas por el tamiz de la alucinación- de una más que otoñal Margaret Thatcher, que mantiene fluidas conversaciones con el fantasma de su fallecido marido (en sentido literal, que no figurado); y en la que a través del recurso del flashback vamos conociendo telegráficamente y sin mucha consistencia sus inicios políticos y su llegada y asentamiento en el poder. Esta verdadera hagiografía de Thatcher (de santa poco, aunque ya sabemos que este término se utiliza con bastante laxitud) rezuma condescendencia por doquier con una dama que se mira el ombligo constantemente, sin que el filme ahonde en un periodo lleno de turbulencias sociales. Punto y aparte merece la interpretación de Meryl Streep, un verdadero calco de la Thatcher, que borda el papel y que a buen seguro le reportará un nuevo Oscar que sumar a su amplia buchaca de premios, esta vez merced al sombrero, a las perlas y a los kilos de laca de Maggie.

 

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Mitología tuneada

A la espera del estreno de la “canaria” Furia de Titanes 2, de Jonathan Liebesman, la cartelera cinematográfica alberga estas semanas otra muestra de mitología griega adulterada, en esta ocasión, de la mano de Immortals, una suerte de peplum pasado sin cortapisas por el tamiz de 300 y la saga de El señor de los anillos y concebido para mayor gloria del 3D, en el que los guionistas de la cinta en cuestión, Charley Parlapanides y Vlas Parlapanides, a pesar de llevar a cuestas un claro apellido heleno, se pasan por el forro de sus caprichos la literatura clásica al respecto. Hollywood tiene la inquietante y cansina manía de intentar mejorar lo inmejorable. El prolífico, lascivo y puñetero panteón griego, con Zeus, Hera, Atenea y Poseidón a la cabeza, resulta lo suficientemente atractivo y estimulante para no descarriar por un precipicio el particular culebrón mitológico de la Hélade, pergeñando extrañas e incomprensibles compañías de viaje. Mezclar a un tipo como Teseo, uno de los héroes griegos por antonomasia, el “torero” del Minotauro, quien dejó en Naxos para vestir santos a la bella Ariadna, con la lucha entre titanes y dioses del Olimpo, es como juntar churras con merinas en una noche sin luna. Bien es verdad que el peplum, esas películas de túnicas y espadas, mal llamadas -por extensión- de romanos, no suelen ser muy fieles a la Historia y a la leyenda, pero siempre se agradece un poco de rigor al cotarro. Immortals, dirigida por Tarsem Singh, y protagonizada por Henry Cavill, Mickey Rourke (le pone ganas a la cosa yendo de canalla sin escrúpulos), John Hurt (que siempre cuenten con él), Freida Pinto (lo mejor, sin duda) y Stephen Dorff (raro verlo por estos lares), deviene en un testosterónico filme, con imágenes hiperbólicas y una estética algo kitsch, cuyo hilo conductor no convence ni al más impávido creyente. Entretenimiento el justo para llevarse un buen puñado de palomitas a la boca y poco más en esta enésima revisitación del mentado género. Lo dicho, a la espera de más furias de titanes, a ver si esta vez sorprenden…

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Cine sin palabras

The Artist no sólo es un auténtico, sentido y sincero homenaje al cine mudo, a las cintas clásicas de un Hollywood incipiente que estaba labrando en las primeras décadas del pasado siglo su propia y deslumbrante mitología, sino un islote reivindicativo que emerge súbitamente en el amplio, profundo y pujante mar de la era digital y de esa apabullante ola llamada 3D, demostrando que en blanco y negro y sin mentar una palabra aún resulta posible que nos emocionemos con el lenguaje desnudo de las imágenes. No fue fácil para Michel Hazanavicius rodar esta comedia de corte dramático, pero la espera mereció la pena: obtuvo, por ejemplo, el aplauso unánime en la última edición del Festival de Cannes (el largometraje ganó el premio al mejor actor, un genial Jean Dujardin a “lo Ramón Novarro”) y está en las principales quinielas para hacerse con otros galardones de solera. The Artist recrea con acierto la atmósfera y la estética barroca y ampulosa que envolvían muchas de las películas que dominaban el cine mudo hollywoodense antes de la irrupción del sonoro, espacios por los que pululaban estrellas como Douglas Fairbanks, Rodolfo Valentino, Mary Pickford, Gloria Swanson, Greta Garbo y el sin par Charles Chaplin, cuyo espíritu de vagabundo irredento transita en no pocas ocasiones por este evocador filme. Cine dentro del cine: Hazanavicius bucea y juguetea, como ya hiciera el tándem Stanley Donnen-Gene Kelly en la recordada Cantando bajo la lluvia, aunque en la cinta que nos ocupa insuflando una querencia más melodramática, con el traumático deceso de las películas mudas y la condena al fracaso de un buen puñado de actores que no pudieron o supieron “hablar”. Además del “gestual” Jean Dujardin, The Artist cuenta con un excelente elenco liderado por Bérénice Bejo y completado por intérpretes como John Goodman, James Cromwell y Penelope Ann Miller. En definitiva, un muy recomendable filme en el que se propina una bofetada desde Europa a los norteamericanos, para que vayan aprendiendo a honrar a sus dioses…

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