Canarias

Supercanalla irreverente

Ryan Reynolds es el protagonista de 'Deadpool', el deslenguado superhéroe de Marvel / FOX

Ryan Reynolds es el protagonista de ‘Deadpool’. / FOX

Las vueltas de tuerca a los géneros y subgéneros siempre son bienvenidas en el cine. En el mundo de los superhéroes, la última moda pasaba por teñir de grandes dosis de solemne oscuridad a los personajes y a las tramas para incrementar y realzar hasta donde se pudiera el dramatismo de la fantasía. Sin embargo, parece que ahora el humor está sustituyendo a lo oscuro como nueva tendencia. Kick-Ass y su secuela (y las que vendrán), por ejemplo, transitan por este camino entre la parodia y la sátira sobre los sufridos y dignos superhéroes, aspectos que se subliman hasta la saciedad en Deadpool. Con una clave mucho más canalla e irreverente y destinada al consumo de un público adulto y plenamente versado en los mimbres de la cultura popular contemporánea, la cinta toma el nombre de ese héroe deslenguado, gamberro, inadaptado, lascivo y vicioso del universo Marvel, que nos hace pasar un hilarante y entretenido rato con su desparpajo, en el que no falta la consiguiente cuota de mamporros, algunos bastante gore, dicho sea de paso. Deadpool, dirigida por Tim Miller, tiene como principal virtud reírse de las películas de superhéroes reivindicándolas al mismo tiempo, mofándose sin contención ni medida tanto de sus historias como de sus personajes (ahí pulula su corrosiva burla de los honrados X-Men). Protagonizado por un soberbio y locuaz Ryan Reynolds (que tira aquí a la papelera su traje de Green Lantern),  este filme de Marvel lanza con acidez dardos a diestro y siniestro, en los que no se salva ni la propia compañía ni su competencia. Una verdadera desmesura que merece la pena visionar.

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No es una de romanos

Cine dentro del cine en 'Ave, César', filme dirigido por los hermanos Cohen. / UNIVERSAL

George Clooney es uno de los protagonistas de ‘Ave, César’, película dirigida por los hermanos Cohen. / UNIVERSAL

Los hermanos Coen, Joel y Ethan, siempre sorprenden, y casi siempre para bien. Son de esos creadores que pueden estar más o menos afortunados en sus propuestas, pero lo que paren sus fructíferas mentes lleva un inconfundible sello personal. Ahí tenemos la ristra de filmes que transitan por varios géneros, a los que suelen dotar de su particular sentido del humor, entre negro, absurdo, surrealista y esperpéntico, con nombres como Arizona Baby, Muerte entre las flores, Fargo, El gran Lebowski, Valor de ley o No es país para viejos. Los Coen viajan en su nuevo filme, ¡Ave, César!, al territorio de la sátira para ilustrar el apogeo del Hollywood clásico (popular, que diría algún sesudo historiador del cine), el del imperante star system, en el que ya estuvieron -apelando a otras claves- con Barton Fink. ¡Ave, César! resulta un animoso caleidoscopio del mundillo hollywoodense de los años 50, donde el estudio aún dominaba todos los aspectos de la industria, incluida la vida de sus propios actores y actrices. Con el macguffin del secuestro de una estrella del celuloide, protagonista de una película de romanos (en una clara alusión histriónica al Ben-Hur de William Wyler), por la pantalla aparecen sujetos y situaciones que formaban parte de un entramado perfectamente articulado para producir pasta gansa, desde actores inexpertos y de dudoso talento en su afán por escalar peldaños en su carrera, hasta reporteras de sociedad buscando una frívola exclusiva, pasando por guionistas con veleidades comunistas (referencia a la posterior caza de brujas emprendida por el senador McCarthy). En definitiva, el microcosmos de un sistema de producción que gustaba de historias bíblicas, dramones, westerns y musicales (con alusiones a su vertiente natatoria, es decir, las sirenas de Esther Williams). Y todo ello tomando como hilo conductor a un alto cargo del estudio en el que se desarrolla la trama, encargado de velar para que nada ni nadie falle, y que le da unidad a ese delicioso caos que los Coen nos presentan. ¡Ave, César! deviene en una comedia ligera y coral, a ratos divertida (con un reparto de quilates, compuesto por Josh Brolin, George Clooney, Scarlett Johansson, Ralph Fiennes, Alden Ehrenreich, Tilda Swinton, Frances McDormand, Channing Tatum y Jonah Hill), que funciona sobre todo como un homenaje vía parodia a un periodo fundamental en el séptimo arte. No es de las mejores de los Coen, pero merece la pena este ensayo de cine dentro del cine.

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El tío Rocky

Rocky Balboa y Adonis, los protagonistas de 'Creed'. / WARNER BROS.

Sylvester Stallone y Michael B. Jordan protagonizan ‘Creed’: la leyenda de Rocky. / WARNER BROS.

La épica es cosa de los antiguos griegos -y también de los modernos, aunque en otras circunstancias-. En el mundo actual, las epopeyas resultan escasas y suelen eclosionar más en otros ámbitos como el deporte, sobre todo en el boxeo, siempre dado a todo tipo de gestas, al menos desde el punto de vista del espectáculo, que luego la realidad ya vendrá a desdibujar. En el cine boxístico, obviando películas memorables, ya sean biopics o no, como Marcado por el odio (Robert Wise, 1956), Toro Salvaje (Martin Scorsese, 1980), Million Dollar Baby (Clint Eastwood, 2004), Cinderella Man (Ron Howard, 2005) o The Fighter (David O. Russell, 2010), por citar un representativo puñado, la saga de Rocky ocupa un lugar preeminente. El filme que inauguró la franquicia fue todo un pelotazo -en el sentido cinematográfico de la palabra, que con los tiempos que corren siempre conviene matizar-, no en vano ganó tres Óscar y catapultó a la fama a su guionista y protagonista, Sylvester Stallone -celebridad que poco después se apuntalaría con el personaje de John Rambo, icono yankee de las postrimerías de la Guerra Fría-. Las otras películas de Rocky pasaron con más o menos fortuna, tal vez con la excepción de Rocky IV, la más taquilleras de todas. Y he aquí que ahora la cinta que marca el camino del epílogo -aunque igual refunda la saga- resulta una de las de mayor atractivo. Creed, dirigida por Ryan Coogler, insufla aire fresco a un producto que, por mor del inexorable paso del tiempo, parecía que había caducado. Pero si ya Rocky Balboa no puede deambular por el ring dando trompadas -la edad no perdona-, por qué no ejercer de mentor de la figura de Adonis (Michael B. Jordan) el hijo secreto de su fallecido rival y amigo Apollo Creed. Coogler tiene la habilidad suficiente para combinar con éxito la modernidad y el hálito crepuscular que le proporciona el propio Stallone -ganador de un Globo de Oro por su interpretación en el filme-. Sin salirse ni un ápice de la fórmula que tanta gloria dio a la franquicia -el boxeador que supera dificultades para lograr sus metas-, el director californiano suma aquí por su decidida apuesta visual para contar la nueva historia, haciendo de los planos secuencia su bandera, especialmente el de la primera pelea profesional de Adonis, todo un alarde de destreza, en el que se muestra lo que ocurre en el cuadrilátero desde el punto de vista de los dos oponentes. No sé si Creed servirá para que la saga de Rocky se eternice algo más, pero lo que es seguro es que entretiene, y mucho.

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Tramperos de imágenes

Fotograma de 'El renacido', película dirigida por Alejandro González Iñárritu. /FOX

Leonardo DiCaprio es el protagonista de ‘El renacido’, el nuevo filme del director mexicano Alejandro González Iñárritu. / FOX

Las películas sobre los llamados hombres de la montaña, los famosos tramperos, suponen una particular visión dentro de la poco ponderada laxitud del género del western, al retratar, por medio de estos seres solitarios y aventureros, la vanguardia de la expansión hacia el Oeste de un país como Estados Unidos, entonces aún emergente, en un territorio hostil y salvaje, acción que por otra parte -y dicho sea de paso- produjo trágicas consecuencias para la población amerindia, desplazada, cuando no aniquilada, de su hábitat habitual. Jeremiah Johnson (Sidney Pollack, 1972) y The Mountain Men (Richard Lang, 1980), con Robert Redford y Charlton Heston, respectivamente, como protagonistas, son ilustres ejemplos de ello, al igual que un filme un pelín más antiguo, El hombre de una tierra salvaje (Richard C. Sarafian, 1971), interpretada por Richard Harris. Precisamente, partiendo de lo que cuenta esta última cinta, la historia real de Hugh Glass, trampero que sobrevivió al ataque de un oso grizzly, novelada en 2002 por el escritor Michael Punke, Alejandro González Iñárritu construye su epopeya montañera y fronteriza. El hombre contra la naturaleza y contra sí mismo, la lucha por la supervivencia a pesar de las circunstancias adversas y la venganza como leitmotiv existencial: El renacido es cine con mayúsculas, en el que el preciosismo con gotas de hiperrealismo de González Iñárritu campa a sus anchas en un telón de fondo compuesto por montañas, ríos y bosques nevados. Parco esta vez en diálogos -qué diferencia con su anterior película, Birdman, todo un alarde de locuacidad-, el oscarizado realizador mexicano forja en El renacido poderosas y sublimes imágenes -nos encontramos aquí una vez más con su inclinación por el plano secuencia- que se elevan por encima de una sencilla trama narrativa; un alarde que nos trae inevitablemente a la mente a ese poeta visual  que lleva por nombre Terrence Malick, cuyo nexo de unión con González Iñárritu es el soberbio director de fotografía Emmanuel Lubezki. Leonardo DiCaprio deviene en el otro pilar de esta película y hace suyo hasta la saciedad el personaje de Hugh Glass, con el que echa el resto, demostrando por enésima vez lo buen actor que es. Ahora solo hace falta que los académicos de Hollywood lo confirmen.

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Delicia periodística

'Spotlight', de Tom McCarthym, una de las mejores películas del año.  / SPOTLIGHTTHEFILM.

Fotograma de ‘Spotlight’, el filme dirigido por Tom McCarthy. / SPOTLIGHTTHEFILM. COM

El cine y el periodismo siempre han conformado un fructífero binomio, con notables ejemplos, ya sea desde el punto de vista dramático como en clave de humor. Podemos decir sin miedo a errar que Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976) y Primera plana (Billy Wilder, 1974) blasonan ambos ámbitos dentro de un subgénero que siempre resulta sumamente atractivo para el espectador. La última aportación digna de reseñar a la causa había sido hasta la fecha La sombra del poder, del año 2009, filme dirigido por Kevin Macdonald y protagonizado por Rusell Crowe, Ben Affleck y Rachel McAdams, una cinta con mimbres de thriller político que en definitiva también suponía una reivindicación del periódico de papel ante la pujanza de la era digital. Spotlight se suma ahora al amplio listado de películas periodísticas y lo hace ocupando un puesto preeminente, en el mismísimo pódium, y no exagero ni un ápice. Su título hace mención al equipo de investigación del rotativo estadounidense Boston Globe, que a principios del presente siglo destapó decenas de casos sistémicos de pederastia cometidos durante decenios por sacerdotes católicos del estado de Massachusetts, con el silencio cómplice de la jerarquía eclesiástica local. El director y coguionista de la cinta, el actor Tom McCarthy, retrata en Spotlight la labor oscura y ardua, pero constante, de unos redactores comprometidos con la noticia, ensalzando el periodismo auténtico y realista, desnudo de cualquier vestimenta de heroicidad más allá del (buen) trabajo cotidiano y concienzudo. La grisácea redacción, las horas echadas en faena, las sutiles (o no) presiones de los poderes fácticos, la incomprensión de los más cercanos… McCarthy pone en valor en esta cinta la funcionalidad de un oficio que a veces olvida su inexcusable misión de control y vigilancia de los valores de una sociedad democrática. La película engancha desde su sobriedad argumental y formal, que se refuerza con un excelente reparto encabezado por Michael Keaton, Liev Schreiber, Mark Ruffallo, Rachel McAdams (repite aquí de perspicaz reportera), John Slattery, Brian d’Arcy James y Stanley Tucci. En estos tiempos aún de zozobra e incertidumbre, Spotlight supone reconciliarse con una profesión que no sé si es la más bella del mundo, que diría el maestro Gabriel García Márquez, pero sí es de las más necesarias.

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Burbuja didáctica

Fotograma de 'La gran apuesta'. / PARAMOUNT PICTURES

Escena del filme ‘La gran apuesta’. / PARAMOUNT PICTURES

La crisis, la crisis… No nos vamos a librar de esta cantinela que tanto nos ha jodío -y nos sigue…, ya saben, con el gerundio a cuestas- a los ciudadanos de a pie, las grandes víctimas de este virus urdido en las entrañas del mundo financiero, Wall Street, y extendido cual peste bubónica por la faz de la Tierra -apocalíptico, pero cierto-. El cine, obviamente, no ha permanecido ajeno a este acontecimiento que le ha cambiado la vida al personal más vulnerable, con notables ejemplos que han buceado en los orígenes de la crisis. Ahí van unos cuantos: Margin call, Inside job, The Company Men, Too big to fail, The flaw..La gran apuesta es la última aportación que explora en las razones financieras y económicas que sumieron al mundo en el caos más atrabiliario, centrándose en la gran madre del cordero: la enorme burbuja inmobiliaria que finalmente pinchó -se pifió, mejor-. El filme, dirigido por Adam McKay, está inspirado en historias reales y se erige, sobre todo, en un estupendo ejercicio didáctico a la hora de entender las claves que llevaron a tal execrable situación, especialmente por darle pábulo sin descaro a la codicia más descarnada -ya lo dijo el ínclito Saulo de Tarso, en su acertada sentencia: “La raíz de todos los males es la avaricia”-. Con un ritmo trepidante -aunque tanta agitación resulte al final algo repetitiva-, el filme nos muestra las peripecias de tres grupos formados por diferentes personas vinculadas al mundo de las finanzas (inversores, gestores financieros, banqueros retirados…) que se dieron cuenta de la que se nos venía encima, y que también trataron de sacar rédito a tal desaguisado. Elevadas dosis de sarcasmo y un puntual tono documentaloide -con incisos de gente más o menos famosa explicando en modo profano algunos conceptos o aclarando varios palabros de la engorrosa terminología financiera- sirven a McKay para trazar un logrado fresco acerca de la opacidad de las finanzas y de la podredumbre del sistema. Se trata pues de un notable ejercicio cinematográfico -que bebe de la obra homónima escrita por Michael Lewis- que consigue revolver las tripas del espectador ante tanta estulticia y mala baba, y cuyo resultado se cimienta en la excelente interpretación del elenco encabezado por Christian Bale, Steve Carell, Brad Pitt y Ryan Gosling. Y como epílogo a esta fábula, que nadie se llame a engaño: por mucha apuesta que se haga, la banca siempre gana. Y eso sí que es una certeza.

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Western con ventisca

Fotograma de 'Los odiosos ocho', la nueva película de Tarantino. / EONE

Kurt Russell y Samuel L. Jackson, dos de los protagonistas de ‘Los odiosos ocho’. / EONE

Una hora y media -sí, lo que oyen- tarda en escucharse el primer disparo en Los odiosos ocho. Para un western que se precie resulta bastante extraña tal dilación temporal a la hora de desenfundar un arma. Sin embargo, teniendo detrás de las cámaras a Quentin Tarantino todo es posible. Aun así, que nadie se lleve al menor de los engaños: el paroxismo de violencia marca de la casa llegará a su cita y con tintes gore, además. Tarantino siempre sorprende y eso queridos amigos resulta un plus cada vez más valorado en la enlatada cinematografía actual. Como rezuma cine por todos lados, el guionista y director nacido en Tennessee lo vomita de manera complaciente en cada uno de sus trabajos. En este su segundo western oficial tras Django desencadenado, y digo oficial dado que los mimbres del género los ha utilizado -y de manera harto visible- en buena parte de sus anteriores filmes, vuelve a sorprendernos. Formalmente, Los odiosos ocho es en toda regla un western, por ámbito geográfico, ubicación histórica y patrones estilísticos; no obstante, y he aquí el guiño de Tarantino, deviene en una película de suspense. El frío imperante del paisaje del estado de Wyoming, territorio en el que se sitúa la narración de la cinta escasos años después de la finalización de la contienda fratricida norteamericana (aunque en realidad se rodó en Colorado), parece contagiar los primeros tramos de la película, vana excusa para entrar en calor -eso sí, tal vez con una transición demasiado lenta-, cuando los peculiares e indeseables pasajeros de una diligencia -la referencia fordiana aquí es evidente- se apeen en la mercería de Minnie para refugiarse de la poderosa ventisca que se avecina. Al socaire del abrigo de la fonda y de un café que destilará aromas hitchckonianos se desatan los recelos y las verdaderas intenciones de estos bribones (cazarrecompensas, exsoldados, aspirantes a sheriff…). Tarantino recurre a sus actores más fetiches para urdir este teatral western, con una banda sonora de lujo firmada por Ennio Morricone, en el que destacan profusamente Kurt Russell, Samuel L. Jackson y una Jennifer Jason Leigh en plan Calamity Jane, que le ha valido para estar nominada al Óscar, sin desmerecer a un flemático Tim Roth -en un papel que podría haber hecho Cristopher Waltz- y a un veterano de la talla de Bruce Dern. La octava película de Tarantino no pasa desapercibida y te gustará más a medida que transcurra el tiempo.

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Los premios de la crítica más Feroz

Foto de familia de parte del elenco del filme 'La novia', la gran ganadora de los premios Feroz. / EUROPA PRESS

Foto de familia de parte del elenco del filme ‘La novia’, la gran ganadora de los premios Feroz. / EUROPA PRESS

Van solo tres ediciones, pero como si llevaran 20. Los premios de los críticos de cine españoles, o sea, los Feroz, ya se han consolidado en el panorama de galardones patrios y en la gran antesala de los Goya, algo así como los Globos de Oro de estos lares, lo cual no es moco de pavo. El madrileño Teatro Príncipe Pío concitó la noche del pasado martes a buena parte de lo más granado de la cinematografía actual del país; por allí pasaron actores y directores como Penélope Cruz, Inma Cuesta, Natalia de Molina, Blanca Suárez, Mario Casas, Hugo Silva, Quim Gutiérrez, Leticia Dolera, Daniel Guzmán, Luis Tosar, Javier Gutiérrez, Elvira Mínguez, Luisa Gavasa, Javier Cámara, Ramón Barea, Pedro Casablanc, Nora Navas, Bárbara Lennie, Ingrid García Jonsson, Bárbara Santa-Cruz, Álvaro Cervantes, Rosa María Sardà, Fernando Trueba, Dani de la Torre, Paula Ortiz, Fernando León de Aranoa, Álex de la Iglesia, Borja Cobeaga y Paco Plaza, entre muchos otros, además de productores, guionistas, publicistas, y cómo no, los críticos e informadores de cine de España que, reunidos bajo las siglas de AICE, promueven la concesión de estos premios.

Inma Cuesta, premio Feroz a mejor actriz. / EUROPA PRESS

Inma Cuesta, premio Feroz a mejor actriz. / EUROPA PRESS

Silvia Abril, la presentadora de la gala de los Feroz. / EUROPA PRESS

Silvia Abril, la presentadora de la gala de los Feroz. / EUROPA PRESS

A diferencia de los Goya, los Feroz tienen mucho menos boato en sus formas, aunque sin renunciar al glamour, faltaría más. Lejos de las tensiones y los nervios de la llamada gran fiesta del cine español, el acto de los Feroz resulta siempre un encuentro distendido y ameno, que se hace extensivo a la propia gala en las que el gremio del séptimo arte y la canallesca comparten mesa y mantel, y alguna que otra confidencia. Una noche por y para el cine, que en esta convocatoria tuvo una clara ganadora, La novia, que se alzó con seis galardones, seguida de Truman, con dos, encumbrando a mejor actriz a esa pedazo de intérprete llamada Inma Cuesta, que poco a poco va subiendo peldaños en esto de la claqueta y que le arrebató el título a una Penélope Cruz sublime por su papel en ma ma. El otro nombre propio de la noche, además de la mentada Inma Cuesta y de Paula Ortiz, la directora de La novia, y de la homenajeada por su trayectoria, Rosa María Sardà, no fue otro que el de Silvia Abril. La actriz y cómica se encumbró como una excelente presentadora de galas, tanto que los organizadores de los Goya ya deben haber tomado buena nota para futuras veladas. Humor ácido y fresco, vamos, lo que se le pide a una cita impulsada por la crítica. Silvia Abril tiró a diestro y siniestro (ni su propia pareja, Andreu Buenafuente -que no asistió- se salvó de sus dardos). “Esta edición de los Goya tendrá una Academia de Cine más española que nunca, porque qué más español que tener un presidente imputado”, remachó la catalana en alusión al extitular de la Academia Enrique González Macho.
El desparpajo de Silvia Abril no acabó aquí. Bromeó a pie de mesa con Mario Casas (a quien expulsó de la sala), Javier Cámara (al que le recordó que era su tercera nominación a los Feroz, “y que eso no significaba que se lo fuera a llevar”), Luis Tosar, Nora Navas y Penélope Cruz. “Gracias por asistir a esta humilde gala”, le dijo a la oscarizada actriz española. “Sabemos que estás acostumbrada al glamour de los Óscar, aunque a veces alguna actriz berrea el nombre de algún director (por lo del famoso “¡Pedroooo!” que Cruz gritó cuando se conoció el premio a Almodóvar). Pero las pullas no acabaron aquí, refiriéndose a B, la película, la cinta sobre Luis Bárcenas que interpretó Pedro Casablanc y que obtuvo el premio especial del jurado, la conductora de la gala espetó: “Ya era hora de hacer una película sobre corrupción, con la de chicha que dan los políticos, y debería existir como género propio, como los americanos, que tienen el western, los ingleses, que tienen el cine social, o los franceses, que tienen el cine pretencioso”. Y no le falta razón…

La actriz catalana Rosa María Sardá recibió el Feroz de Honor. / F.D.

La actriz catalana Rosa María Sardá recibió el Feroz de Honor. / F.D.

Otro de los momentos estelares llegó con el Feroz de Honor a Rosa María Sardá, entregado por su hermano Javier Sardà. “Somos afortunados pese a todo, porque no cruzamos el Egeo en patera, porque no estamos en campos de refugiados, porque no tenemos que pasar de un país a otro… Porque por mucho que nos estén jodiendo, seguimos haciendo cine, y el cine puede ayudar a un mundo mejor”, subrayó entre el aplauso del respetable. Rosa María Sardà, quien no se bajó del escenario sin dar antes un consejo mirando a las artistas más jóvenes: “No es cuestión de tiempo ni de talento, es cuestión de sobrevivir, nenas”.
Una gala rápida, sin demasiadas alharacas, en la que hasta los agradecimientos son escuetos (que aprendan en otros lados), con mucho sentido del humor (geniales tanto el vídeo introductorio en el que Silvia Abril estaba predestinada a presentar los Feroz, como el de los guionistas de algunas de las películas nominadas camuflados entre opinadores de sus propios filmes).
Una noche que se recordará también por el cumpleaños feliz cantado por los asistentes a Javier Cámara cuando subió al escenario a recoger el premio a mejor actor en nombre de Ricardo Darín. Ya se lo había “advertido” a Cámara la ínclita presentadora, era su tercera nominación en los Feroz, y que igual tampoco lo ganaba este año. Daba igual, la velada fue una fiesta donde nadie perdió, todos ganaron, es lo bueno que tienen estos premios…

 

 

PALMARÉS

Mejor drama: La novia
Mejor comedia: Negociador
Mejor director: Paula Ortiz, por La novia
Mejor actriz protagonista: Inma Cuesta, por La novia
Mejor actor protagonista: Ricardo Darín, por Truman
Mejor actriz de reparto: Luisa Gavasa, por La novia
Mejor actor de reparto: Mario Casas, por Mi gran noche
Mejor guion: Truman
Mejor música original: La novia
Mejor tráiler: La novia
Mejor cartel: Requisitos para ser una persona normal
Premio Feroz Especial Jurado: B, la película
Premio Feroz de Honor: Rosa María Sardá

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‘Remakeando’

Edgar Ramírez y Luke Bracey protagonizan 'Point Break (Sin Límites). / POINTBREAKMOVIE.COM

Edgar Ramírez y Luke Bracey protagonizan ‘Point Break (Sin Límites). / POINTBREAKMOVIE.COM

A Hollywood no se le va del todo esa pulsión que tiene cada cierto tiempo de hacer remakes. Con escasas y puntuales excepciones, el remake no suele mejorar el original como tampoco nunca segundas partes fueron buenas (ya sé lo que piensan, El Padrino II y demás…), por lo que la mayoría de las veces es mejor ahorrar dinero y esfuerzos y darle más a la imaginación y menos a la nostalgia mal entendida… El rollo macabeo previo viene a cuento por la presencia en la gran pantalla de Point Break (Sin Límites), a la sazón nueva versión de Le llaman Bodhi (titulada así por los lares patrios), una de las películas de acción más populares de los años 90 y que estaba liderada por una estrella rutilante de la época, el Patrick Swayze pos Dirty Dancing y Ghost, y por otra emergente, el Keanu Reeves pos Las amistades peligrosas. La cinta en cuestión, dirigida por Kathryn Bigelow, quien ya apuntaba maneras y que ganaría el Óscar años después por la espléndida En tierra hostil, devino en un celebrado filme, con un ritmo trepidante en el que el surf ocupaba un espacio relevante en la trama -aunque para los amantes de este deporte siempre quedará por delante El gran miércoles-. La actualizada Point Break ni siquiera se acerca a su predecesora, más allá de alguna que otra escena con ínfulas de trepidante -nada que no hayamos visto en Al filo de lo imposible-, especialmente la que abre la película -y ahí se quedan las expectativas-. Pese a cambiar un poco las claves de la historia (trasfondo místico-ecologista en las motivaciones de la minibanda de delincuentes), la internacionalización de los espacios geográficos (desde Francia hasta Venezuela, y más allá) y el hecho de abarcar, aparte del surf, deportes de generosa adrenalina, el producto resultante, que firma Ericson Core, no engancha en absoluto. Los protagonistas del cotarro, Édgar Ramírez (el mentado Bodhi) y Luke Bracey (el párvulo agente del FBI Johnny Utah) no tienen el carisma de sus ilustres antecesores, mientras que la supuesta partenaire, Teresa Palmer, actúa como si pasara por allí. Core se limita a tunear y actualizar el asunto con los tiempos que corren: bastantes deportes de riesgo, YouTube, fiestita hippie-pija, y para coronar, final tipo La tormenta perfecta. En fin, me quedo con la primera y con las caretas de Carter, Nixon y Reagan -solo con las caretas, eh-.

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Biografía en tres actos

Michael Fassbender es el protagonista del nuevo 'biopic' sobre 'Steve Jobs', que dirige Danny Boyle. / UNIVERSAL

Michael Fassbender es el protagonista del nuevo ‘biopic’ sobre Steve Jobs. / UNIVERSAL

El impacto de la revolución tecnológica y sus gurús resulta un interesante caldo de cultivo para el cine y factor de actualización con la contemporaneidad, que se ha sustanciado en diversas aportaciones, especialmente en el terreno de las biografías cinematográficas. El fallecido Steve Jobs, cofundador de Apple, es un claro ejemplo del atractivo que suscita al mundo del celuloide, con varios biopics ya a cuestas, como Piratas de Silicon Valley (Martyn Burke, 1999), iSteve (Ryan Perez, 2013), Jobs (Joshua Michael Stern, 2013) o el documental Steve Jobs: Man in The Machine (Alex Gibney, 2015). Ahora, Steve Jobs, dirigida por Danny Boyle con libreto de Aaron Sorkin -sobra decir a estas alturas que se trata de uno de los mejores guionistas del mundo-, se suma a este listado más o menos hagiográfico, si bien con elementos superiores al resto de sus predecesoras. La cinta se asienta en los instantes previos a tres momentos cruciales profesionales -y vitales- del personaje en cuestión: las mediáticas presentaciones -precisamente, uno de los puntos fuertes de Jobs- del primer Macintosh, en 1984; de la computadora NeXT, en 1988; y del iMac, en 1998, aderezados todos con puntuales flashbacks que rompen un poco con la estructura planteada. En esta puesta en escena cuasi teatral -los exteriores devienen en pura anécdota- se disecciona la particular y ególatra personalidad de Jobs, esculpida aquí por Michael Fassbender, en una de sus mejores interpretaciones que, a buen seguro, ubica al actor nacido en Alemania en el sendero que lleva a los Óscar. El filme, con brillantes y ágiles diálogos -marca Sorkin-, además de un ritmo adecuado que en ningún momento hace decaer el metraje, es un ir y venir continuo que bucea en las relaciones con sus más estrechos colaboradores y allegados, desde su compañero de fatigas Steve Wozniak (Seth Rogen) hasta el que fuera director general de Apple, John Sculley (Jeff Daniels), pasando por su expareja Chrisann Brennan (Katherine Waterston), el ingeniero Andy Hertzfeld (Michael Stuhlbarg) y su exjefa de marketing, Joanna Hoffman (una genial Kate Winslet); eso sí, con el acento puesto en los distantes vínculos con su hija, Lisa, a la que en un principio Jobs no reconoce. La película se abstrae de la linealidad y de la literalidad en su tratamiento para recrear, por el contrario, su peculiar -y difícil- carácter y su carismática capacidad de propalar ilusiones, aunque con la suficiente distancia para que el espectador no logre empatizar con este genio de las nuevas tecnologías.

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