Canarias

David Carpenter, más allá de Tarzán

David Carpenter, cuyo verdadero nombre era Domingo Codesido, hizo de Tarzán en 1973. / DA

El actor tinerfeño David Carpenter protagonizó ‘Tarzán en las minas el rey Salomón’ (1973), de José Luis Merino. / DA

Ahora que se ha estrenado la enésima versión cinematográfica de Tarzán, en esta ocasión en la piel del intérprete sueco Alexander Skarsgård, merece la pena recordar y poner en valor la figura de David Carpenter, nombre artístico de Domingo Codesido, actor tinerfeño que allá por los años 70 irrumpió en el panorama cinematográfico español al dar vida al célebre personaje de Edgar Rice Burroughs. Natural del municipio de La Orotava, con un portentoso físico, labrado fundamentalmente en la práctica de la natación, donde era un consumado especialista, David Carpenter (1951-2006) se inició en el séptimo arte de la mano de uno de los grandes de la escena de la época, el director vasco Eloy de la Iglesia, en la película de suspense Una gota de sangre para morir amando (1973), en la que interpretaba a Phil y en la que compartía cartel con Christopher Mitchum, hijo del célebre actor hollywoodiense Robert Mitchum.

Desde ese debut, Carpenter, que se había marchado a Londres desde muy joven, donde asistió a clases de arte dramático, comenzó a frecuentar las revistas del ramo, como la especializada Nuevo Fotogramas, en las que se destacaba su prometedor futuro. En 29 de diciembre de 1979, en el número 1.263, aparece en la portada con Mitchum en el reportaje que se realiza sobre el mencionado filme de Eloy de la Iglesia, con claras influencias de La naranja mecánica, de Stanley Kubrick. En 1973, en esa misma publicación, hablan de él como un nuevo sex-symbol del cine patrio, “tímido, casi no habla”. Aunque reconoce que ha entrado en el cine por su físico, Carpenter subraya que no quieren que le encasillen, y remarca, según recoge la propia revista, “que a pesar de que su lucha está encaminada al éxito, duda de que una vez lo haya logrado se sienta satisfecho”. Pronto su nombre suena en proyectos, que luego no se gestarían, con papeles junto a Joan Collins o con el nadador olímpico norteamericano Mark Spitz. De hecho, se frustra un filme sobre la obra Del amor y del mar, del que fuera cura jesuita José Luis Martín Vigil, que iba a interpretar el actor canario junto a Lucía Bosé y que la censura aún vigente prohibió por considerarla “subversiva, pornográfica y blasfema”, tal y como se subraya en Nuevo  Fotogramas el 26 de enero de 1973. En cualquier caso, su segunda película, ya como actor principal, fue, precisamente, Tarzán en las minas del rey Salomón (1973), de José Luis Merino, junto a la entonces pujante Nadiuska como partenaire, y con Jacinto Molina, más conocido como Paul Naschy, el recordado prohombre del cine fantástico español.

Carpenter trabajaría luego con el director José Antonio de la Loma, uno de los máximos representantes de lo que luego se llamaría el cine quinqui, que deslizaba una crítica social al retratar las peripecias de jóvenes delincuentes asociados a barrios marginales en la España del tardofranquismo y la transición democrática. Con el realizador catalán haría con posterioridad, siempre en papeles secundarios, los filmes El último viaje (1974), compartiendo cartel con Simón Andreu y Ágata Lys; y Metralleta Stein (1975), en la que interviene John Saxon (recordado por su papel de galán experto en artes marciales en Operación Dragón, la última película en la que aparece Bruce Lee antes de morir el 20 de julio de 1973), el gran Francisco Rabal y Blanca Estrada; y Las alegres chicas de El Molino (1977), con José María Blanco y Miquel Bordoy, entre otros.

Con José Luis Merino, guionista y director que pastoreó prácticamente todos los géneros, especialmente los de acción, repetiría, tras la ya citada de Tarzán en las minas del rey Salomón (1973), en Juegos de sociedad (1974) y en Sábado, chica, motel… ¡Qué lío aquel! (1976), donde Carpenter se encontraría de nuevo con actrices como Ágata Liz y Blanca Estrada.

Domingo Codesido también estuvo a las órdenes del tarraconense Pedro Lazaga, un eficaz artesano del cine español especializado en comedias, con el que participó en el filme Yo soy fulana de tal (1975), con Florinda Chico, Fernando Fernán Gómez y Pilar Bardem. Del mismo modo, trabajó en otra cinta de humor, esta vez del realizador Manuel Caño, titulado A mí que me importa que explote Miami (1976). Caño, por cierto, había dirigido dos películas anteriores de Tarzán (en 1969 y 1972) en coproducción con Italia y ambas protagonizadas por un actor llamado Steve Hawkes. Y es que en ese periodo, entre finales de los 60 y el ecuador de los 70, además de las mencionadas y del Tarzán de David Carpenter, se hicieron varias cintas sobre este literario personaje, casi todas de serie B, con un presupuesto muy bajo, con argumentos sencillos y sin grandes alardes técnicos. Aparte de Carpenter, otro español hizo de Tarzán, el culturista José Luis Ayestarán que, con el nombre artístico de Richard Ayestarán, haría Tarzán y el misterio de la selva (1973) y Tarzán y el misterio Kawana (1974).

El actor orotavense participó a mediados de la década de los 70 en el thriller El asesino no está solo, dirigida por Jesús García de Dueñas y producida por Andrés Vicente Gómez, donde compartía protagonismo con Lola Flores y Teresa Rabal. En esta película se ponía en la piel de Julio, un joven asesino en serie, de familia adinerada, que no puede reprimir su obsesión por matar.

David Carpenter pasó, asimismo, por el filme Las flores del vicio, estrenado en España en 1979, del canadiense de origen italiano Silvio Narizzano (la cinta más conocida de este realizador fue George Girl, aquí titulada La soltera retozona, que obtuvo cuatro nominaciones en los Óscar de 1967), y con un lustroso reparto encabezado por dos estrellas de Hollywood, Dennis Hopper (Rebelde sin causa, Gigante, Easy Rider) y Carroll Baker (Gigante, Baby Doll, La conquista del Oeste).

A finales de la década de los 70, Domingo Codesido Ascanio regresaría a su isla natal para residir en La Orotava, alejándose así por completo del mundo cinematográfico. Los que frecuentaban la playa del Bollullo, en la costa de este municipio, donde tenía una casa, lo podían ver de manera habitual, incluso en más de una ocasión ayudó a sacar de las bravas aguas norteñas a algún que otro bañista en apuros. Murió en 2006 en Tailandia.

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En la cueva

Antonio Banderas y Alegra Allen, quienes interpretan a Marcelino Sanz de Sautuola y su hija en el filme 'Altamira' . / ALTAMIRA PELÍCULA

Los actores Antonio Banderas y Alegra Allen, quienes interpretan a Marcelino Sanz de Sautuola y su hija en el filme ‘Altamira’, dirigida por el británico Hugh Hudson. / ALTAMIRA PELÍCULA

En este páramo de cartelera en el que nos encontramos no hay nada que seduzca al espectador medianamente exigente. Ni siquiera una historia con tantas posibilidades y tan proclive a despertar el interés de legos y versados como es el caso de Altamira, que narra los acontecimientos y consecuencias que rodearon el descubrimiento de estas celebérrimas cuevas cántabras. El filme, dirigido por un talentoso tipo al que creíamos perdido en alguna gruta del Paleolítico Superior, el británico Hugh Hudson, recordado por la oscarizada Carros de Fuego, no llega a convencer por su excesivo clasicismo formal y escasa emoción. La singular lucha del arqueólogo aficionado Marcelino Sanz de Sautuola -en la piel de un sobrio Antonio Banderas– por validar su hallazgo ante la comunidad científica internacional de la época se queda en un mero fresco maniqueo entre el evolucionismo darwiniano y el rigorismo inmovilista religioso, encarnado aquí en la figura de una suerte de Torquemada decimonónico interpretado por un desaforado Rupert Everett. Altamira expele un claro sabor documentaloide con clara vocación didáctica en el que sobresale del reparto la jovencísima Allegra Allen, que hace de la hija de Sautuola, la niña a la que maravillaron los “bueyes” -bisontes- de esta verdadera Capilla Sixtina de la Prehistoria.

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Sin juegos ni hambre

Fotograma de 'Los juegos del hambre. Sinsajo-Parte 2'. / EONE-EUROPA PRESS

Fotograma de ‘Los juegos del hambre. Sinsajo-Parte 2’. / EONE-EUROPA PRESS

Los juegos del hambre, la conocida saga cinematográfica inspirada en la a su vez popular trilogía literaria del mismo nombre, nacida de la prolífica imaginación de la escritora estadounidense Suzanne Collins, ha llegado a su fin, y con ella parece que el interés del público por las franquicias basadas en novelas que presentan como denominador común las peripecias de adolescentes o posadolescentes en sociedades distópicas -en este caso, una Norteamérica de corte fascista denominada Panem-. Las modas en el cine transitan así, de esta manera, y aunque todavía quedan resquicios de tal tendencia, es decir, las continuaciones y clausuras de series como Divergente o El corredor del laberinto, lo cierto es que  huelen a producto caducado. Los juegos del hambre: Sinsajo-Parte II viene a confirmar el agotamiento de la chispa que ya vimos en la entrega precedente, muy lejos de los bríos y de la fuerza visual de las dos primeras, eminentemente entretenidas y con una gran vocación generalista a pesar de que su target objetivo era el público juvenil; películas cimentadas, por otro lado, en un relevante elenco de actores -Donald Sutherland, Woody Harrelson, Julianne Moore, Stanley Tucci, Elizabeth Banks y el fallecido Philip Seymour Hoffman-, que flanqueaba con solvencia al trío protagonista, Jennifer Lawrence, Josh Hutcherson y Liam Hemsworth. La cinta final, dirigida por Francis Lawrence (realizador de las tres últimas películas de la saga), sigue los parámetros de la anterior e incluso puede que la supere en abotargamiento: son los riesgos que se corren con la maldita y monetaria manía del Hollywood de los últimos tiempos de dividir en dos un epílogo, con el consiguiente espaciamiento temporal que suele llevar irremisiblemente al camino de la abulia y del desinflamiento. En ningún momento el filme mantiene el pulso del interés, y la acción no es, a juicio del que suscribe, ni la suficiente ni la adecuada, cuando, precisamente, se esperaba todo lo contrario, a modo de guinda del pastel. Una vez más, sólo se salva de la quema esa atractiva heroína futurista llamada Katniss Everdeen, que ha ido modelando a base de cincel interpretativo la oscarizada Jennifer Lawrence, y que por lo menos resuelve aquí su triángulo amoroso.

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En modo catástrofe

Una de las imágenes del filme 'San Andrés'. / WARNER BROS.

Una de las imágenes del filme ‘San Andrés’. / WARNER BROS.

Mira que nos gusta ver sentaditos en el cine al personal sufriendo a diestro y siniestro. Las películas de catástrofes -en cualquiera de sus modalidades apocalípticas-, que tuvieron su eclosión en la década de los 70 de la pasada centuria, siguen llegando cada cierto tiempo a las carteleras; la última de este cariz -en la que priman los fenómenos naturales- que me viene a la memoria fue 2012 (Roland Emmerich), en plan fin del mundo y con leyenda maya de por medio, quitando, porque evidentemente tiene otros registros -artísticos y reales-, a la hiperemocional y excelsa Lo imposible (J. A. Bayona). San Andrés, la nueva aportación al subgénero, dirigida por Brad Peyton, cumple con lo que se espera de este tipo de filmes: gran impacto visual, un nutrido fasto de efectos especiales (el ordenador funciona cada vez más y mejor), ritmo frenético, diálogos parcos y previsibles, dudosa calidad interpretativa… San Andrés toma el nombre de la imponente falla geológica que atraviesa esa California salpicada de nombres españoles, fruto de la herencia hispana alentada por los misioneros franciscanos -con fray Junípero Serra a la cabeza-, y causante de los terremotos más devastadores en la región. Como producto para mayor gloria del entretenimiento y de la evasión, la cinta funciona a las mil maravillas, aunque el argumento sea un tanto flojo a la par que sencillo: en el discurrir del  terrible suceso y sus réplicas, un piloto del servicio de emergencias (Dwayne Johnson la Roca) y su exesposa (Carla Gugino) se desplazan por aire, tierra y mar desde Los Ángeles a San Francisco en busca de su hija (Alexandra Daddario, la nueva novia de América) -y cómo no, la encuentran-. Mucho artificio técnico, en la que no faltan los científicos proféticos -aquí, un Paul Giamatti metido a sismólogo- y hasta el ilustre cameo de Kylie Minogue, todo con toque de final feliz, banderita-ahora que están de moda- del país incluida- y moraleja patria: por mucho que nos golpeen, nos levantaremos… Es verano y ya saben, no hay que ponerse estupendos para echarte unas cotufas y estirarte en la butaca.

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Entre códigos

Fotograma  de The imitation game. / THEIMITATIONGAMEMOVIE.COM

Benedict Cumberbatch, en el papel de Alan Turing. / THEIMITATIONGAMEMOVIE.COM

Uno a veces le gusta empezar por el final. Lo digo porque voy a hablar en esta tribuna-y creo que llego a tiempo, dado que este domingo es la ceremonia de los Óscar- de la primera película de las nominadas a la preciada estatuilla que se estrenó en este aún párvulo 2015. The imitation game es el controvertido biopic sobre la figura del matemático Alan Turing y su paso por el equipo que descifró la célebre máquina nazi Enigma, filme que ha recibido palos por todos lados -también buenas críticas, justo es recordarlo- por contener errores de bulto sobre la vida y obra del que está considerado el padre de la informática -al parecer no era un ególatra arrogante incapaz de trabajar en común, ni nunca se convirtió en encubridor de un espía soviético, ni tampoco algunos personajes se comportaron tal y como aparecen retratados en esta cinta dirigida por el cineasta noruego Morten Tyldum-. Obviando el sempiterno debate de las biografías cinematográficas, de que sí es mejor ser fiel a la historia o tomarse ciertas libertades en beneficio del  resultado artístico final, la cinta, por lo pronto, ha logrado reivindicar el papel y el interés por la cuasi olvidada figura de Turing, y no solo refleja muy bien uno de los aspectos menos conocidos y cruciales de la Segunda Guerra Mundial: todo el contubernio montado en torno a la descodificación de mensajes secretos, sino el rechazo y la persecución sufrida en Gran Bretaña por la condición de homosexual de uno de los científicos más brillantes del siglo XX, quien falleció envenenado en 1954. No es la primera vez que el cine trata de la importancia de los criptoanalistas en el contraespionaje aliado, el filme Enigma, una coproducción de 2001 de Reino Unido, Estados Unidos, Alemania y los Países Bajos, aborda la misma temática, aunque desde otra óptica bien distinta y en cualquier caso bastante inferior a The imitation game. Esta cinta, basada en un libro de Andrew Hodges, tal vez no sea un compendio de exactitudes -que no lo es-, pero resulta una película correcta en las formas -no tanto en el fondo-, que se sustenta irremisiblemente en la enorme actuación de Benedict Cumberbatch -candidato al Óscar a mejor actor-, si bien es cierto que le ha faltado incidir un poco más en la tortuosa vida de Turing.

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Viaje al centro del ego

Michael Keaton es el protagonista de 'Birdman'. / FOX

Michael Keaton es el protagonista de ‘Birdman’. / FOX

 

Alejandro González Iñárritu es de esos directores que se gusta y le gusta sin ningún tipo de complejos que su película tenga un enérgico sello personal, una particular marca del Zorro. Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), la primera incursión del director mexicano en la comedia -en este caso negra, como no podría ser de otra manera con los antecedentes melodramáticos del realizador- no escapa tampoco a esa querencia de llevar una impronta bien definida. Si en la aclamada Babel (2006) Iñárritu nos contaba un puzle de historias aparentemente diferentes y desarrolladas en distintos lugares del mundo, pero interconectadas entre sí, esta vez sus alforjas de viaje no dan muchas vueltas: tienen como destino el minúsculo a la par que enriquecedor y estresante universo del teatro, sus mismas entrañas, para ver pulular las andanzas de un actor encasillado -conocido por ponerse en la piel de un superhéroe, a la sazón Birdman– que se quiere reivindicar ante sí mismo y ante el público dirigiendo y protagonizando una obra. Con el uso inmisericorde del plano secuencia en las largas escenas de la cinta (a modo de actos, que para eso la cosa va de teatro), Iñárritu -con la inestimable ayuda del oscarizado Emmanuel Lubezki como director de fotografía- se pone a prueba a sí mismo y al plantel de artistas del filme, experimentando con la complejidad técnica e interpretativa que ofrece ese recurso. Todo un riesgo del que sale airoso y muy bien parado, especialmente el elenco de actores, con Michael Keaton a la cabeza, flanqueado por unos sublimes Edward Norton y Naomi Watts, sin desmerecer ni un ápice a Emma Stone y Zach Galifianakis. Keaton es -o fue- Birdman en el filme, como fue Batman durante dos entregas (las de la etapa de Tim Burton), por lo que el papel le va como anillo al dedo; de hecho, el Keaton de la película quiere demostrar que puede dejar atrás al superhéroe que ha marcado su carrera, y el Keaton real ha resucitado en cierta manera como actor -y lo ha conseguido- con este impagable papel, que bucea en los egos y en las inseguridades de la profesión. No sé si la ignorancia es una virtud inesperada, como reza el subtítulo del filme, desde luego Birdman es una de las sensaciones de este 2015 cinematográfico, pese a que se podría haber rematado de manera mucho más brillante.

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Escala de grises en Nueva York

Fotograma de 'Caminando entre las tumbas'. / DA

Liam Neeson, protagonista de ‘Caminando entre las tumbas’. / DA

Antes que nada una pequeña -y a la postre obvia- observación: Caminando entre las tumbas no es ninguna película de terror a pesar de semejante título y de estrenarse en Halloween, esa festividad anglosajona que finalmente nos ha ganado la batalla -ustedes ya me entienden-. El filme, dirigido por Scott Frank (The Lookout, Minority Report, La intérprete, El vuelo del Fénix) y basado en uno de los betsellers del reconocido autor norteamericano Lawrence Block, deviene en una de esas pequeñas joyas que sin llegar a ser obras maestras sí que expelen, en este caso, el típico olor añejo a puro cine negro, lo cual es de agradecer en estos tiempos tremebundos de efectos digitales y de productos huecos. Y es que su aspecto formal y tono argumental parecen sacados de la mismísima chistera de clásicos como Raymond Chandler y Dashiell Hammett, y del buen hacer de sus emblemáticos detectives, Philip Marlowe y Sam Spade -algo que, por otra parte, ya se encargan incluso de subrayar en la propia cinta por si alguien se despista-. El thriller está protagonizado, al igual que buena parte del trabajo literario de Block, por un investigador privado sin licencia, expolicía y exalcohólico, de nombre Matthew Scudder, encarnado aquí por un sublime y sobrio Liam Neeson -posiblemente en su mejor trabajo de los últimos años-, en una historia sencilla, para nada enrevesada, todo lo contrario, que discurre en dos etapas del Nueva York de los años 90. Así, la Gran Manzana -en realidad, las calles de Brooklyn-, lluviosa y plomiza, sirve de excepcional marco para las andanzas indagatorias de una especie de John Wayne -en su justo término westerniano– crepuscular y pasado de vuelta, a quien un narcotraficante le encarga que investigue el secuestro y asesinato de su esposa. Una trama directa, sin alharacas y sin demasiadas concesiones a la acción, con mucha pausa y poca prisa -hay quienes opinan que es un pelín larga, aunque a mí no me lo parece-, construida con sólidos cimientos narrativos, que va de menos a más y que se corona con un inquietante tramo final, como mandan los cánones del género.

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Draculeando

Luke Evans protagoniza 'Drácula, la leyenda jamás contada'. / UNIVERSAL

Fotograma de la película ‘Drácula, la leyenda jamás contada’. / UNIVERSAL

A veces uno se pregunta cómo se escudriñan la sesera algunos guionistas para componer un tema mil veces tratado, cuando el material histórico que tienen ante sí es tan interesante que no hace falta hacer cabriolas ni incidir más allá de los hechos ciertos, sobre todo si estos no se han macerado lo suficiente. Me refiero en esta ocasión a la enésima película que llega a la gran pantalla sobre el padre y señor de todos los chupasangres conocidos y por conocer, es decir, el ínclito Drácula, que se presenta esta vez en un filme que lleva el pomposo y autosuficiente subtítulo de “la leyenda jamás contada”, y que toma como referencia la vida de Vlad III, para los amigos Vlad Tepes (el Empalador). La trayectoria de este príncipe rumano del siglo XV, azote de los turcos -y de quienes se pusieran por delante-, al que el escritor irlandés Bram Stoker le hizo crecer los colmillos y lo convirtió en un vampiro inmortal, es lo suficientemente cinematográfica para que se la despoje de la fantasía y de las leyendas que han moldeado la, por otra parte, sádica figura y el sanguinario y abyecto comportamiento de Vlad III, por lo demás, algo propio de la época en un territorio fronterizo europeo sometido a la presión de las huestes de la Sublime Puerta. Hasta la fecha, al menos hasta donde uno sabe, solo se ha rodado un filme biográfico del mandatario de Valaquia -considerado un héroe en los Cárpatos-, titulado precisamente Vlad Tepes (1979), de nacionalidad rumana. Sin embargo, su imagen sí que se ha azuzado y deformado partiendo desde el punto de vista que retrata Stoker en su novela, y que llega a su sublimación en el excelso Drácula de Coppola. Este Drácula, la leyenda jamás contada, filme dirigido por Gary Shore y protagonizado por Luke Evans, parte de ciertas premisas históricas, si bien apenas transcurridos unos minutos el guión propina una patada a cualquier atisbo de realidad para dar rienda suelta luego a la más vívida imaginación, aunque sin mostrar algo que no hayamos visto antes. La propuesta firmada por Gary Shore, más de aventura que de terror, carece de originalidad, con guiños formales y estilísticos al propio Drácula de Francis Ford Coppola, a la épica 300, e incluso a Matrix (ver la secuencia de Vlad Draculea cargándose el solito a cientos de turcos). Poco más se puede decir de un producto que, en cambio, sí que parece que cuenta con la aquiescencia del respetable.

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Capitán Hanks

El mundo de la piratería es todo un subgénero cinematográfico, revitalizado en los últimos tiempos por la casi inagotable saga de Piratas del Caribe, que tan buenos resultados ha dado en taquilla y derivados. Las pelis de piratas, corsarios, filibusteros, bucaneros y demás gentes de mala vida marítima se han centrado en el periodo histórico álgido de esta actividad, que abarca desde mediados del siglo XVI hasta principios de la decimonovena centuria, y particularmente en historias que tenían lugar en aguas del continente americano y la mar de las veces con los navíos españoles como recurrentes víctimas. Sin embargo, la piratería contemporánea no ha tenido mucho calado que digamos en el séptimo arte, y eso que no han faltado historias como la que ahora nos ocupa. Capitán Phillips, el filme protagonizado por Tom Hanks, y que también huele a Óscar, nos lleva al Cuerno de África, a las peligrosas aguas somalíes, predio de un pirateo sistemático -precisamente, esta misma semana hemos conocido la condena a los piratas que intentaron asaltar hace unos años el buque de combate español Patiño-. La cinta, dirigida por Paul Greengrass, basada en hechos reales y en el subsiguiente libro sobre el suceso, narra un ataque perpetrado en 2009 a un barco mercante estadounidense y el posterior secuestro de su capitán. Greengrass, un avezado especialista en thrillers de acción, con dos filmes de la serie Bourne en su buchaca y con relatos también inspirados en la realidad como Domingo sangriento y United 93, presenta un notable y atractivo producto que se vertebra en las dotes interpretativas del ya veterano Hanks y en su capacidad para mantener el pulso de la narración hasta el clímax final, y eso a pesar de la consabida intervención en el rescate -como es natural- del séptimo de caballería. Uno de los principales aciertos de la película descansa en no deslizarse por la senda del maniqueísmo ramplón, fácil en acontecimientos de esta índole, aspecto que el realizador anticipa en un prólogo que ilustra las preocupaciones familiares de un capitán de barco en el contexto de la actual crisis económica y las presiones mortales para delinquir por parte de los señores de la guerra a las que se ven obligados muchos ciudadanos de ese país olvidado de Dios llamado Somalia. Dos mundos en colisión en alta mar.

 

 

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Sobres y estopa

Pero qué se esperaban: los flemáticos premios Bafta, los estirados César o los glamourosos Óscar… La gala de los Goya tiene su propia identidad: nunca te deja indiferente , lo que no es poco en estos tiempos enlatados. Además, si encima ocurren situaciones surrealistas -muy en nuestra tradición- como el clamoroso fallo de dar ganador a quien no ha ganado, dejar que los pseudoafortunados salten como locos del asiento, se abracen y besen, y empiecen a bajar las escaleras para luego rectificar y quitarles la miel de sus labios con un ridículo y bochornoso: “Son cosas del directo”, pues ya me dirán… La ceremonia ha discurrido como querían los actores: no ser ajena a la cruda realidad que vivimos en este país recortado, algo que captaron los guionistas y la conductora del acto, Eva Hache, con un inicio bastante cañero, repartiendo estopa por doquier, de la que no se salvó ni el ínclito yernísimo…  Al clima reivindicativo se sumó también un, en principio, reticiente con estas cosas en público Enrique González Macho, el presidente de la Academia del Cine, que no dudó en lanzar  dardos contra la subida del IVA, la piratería y demás calvarios del sector; y varios artistas, como Candela Peña, la más explícita y clara con diferencia. Y entre tantas dosis de protesta, algunas envueltas en cierta ironía -las alusiones a ese nuevo objeto de deseo: los sobres-, el ministro Wert, cual Gary Cooper en Solo ante el peligro, toreó el miura que se le venía con la cara de falsa indiferencia a que nos tiene acostumbrados. Total, ya ha lidiado en peores plazas que ésta. Por lo demás, pocas sorpresas: la peculiar Blancanieves de Pablo Berger cumplió los pronósticos de favorita, incluido un premio que nos toca de cerca, el del lanzaroteño Paco Delgado -a mejor diseño de vestuario-. Pero de toda la gala me quedo con el monólogo autorreivindicativo de Concha Velasco, el gag con sello chanante, el histrionismo de los representantes de la cinta cubana Juan de los muertos y el generoso gesto de Juan Antonio Bayona de darle su Goya a la verdadera heroína de Lo imposible. Ahora vienen los Óscar… Seguro que no nos divertiremos tanto.

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