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Escala de grises en Nueva York

Fotograma de 'Caminando entre las tumbas'. / DA

Liam Neeson, protagonista de ‘Caminando entre las tumbas’. / DA

Antes que nada una pequeña -y a la postre obvia- observación: Caminando entre las tumbas no es ninguna película de terror a pesar de semejante título y de estrenarse en Halloween, esa festividad anglosajona que finalmente nos ha ganado la batalla -ustedes ya me entienden-. El filme, dirigido por Scott Frank (The Lookout, Minority Report, La intérprete, El vuelo del Fénix) y basado en uno de los betsellers del reconocido autor norteamericano Lawrence Block, deviene en una de esas pequeñas joyas que sin llegar a ser obras maestras sí que expelen, en este caso, el típico olor añejo a puro cine negro, lo cual es de agradecer en estos tiempos tremebundos de efectos digitales y de productos huecos. Y es que su aspecto formal y tono argumental parecen sacados de la mismísima chistera de clásicos como Raymond Chandler y Dashiell Hammett, y del buen hacer de sus emblemáticos detectives, Philip Marlowe y Sam Spade -algo que, por otra parte, ya se encargan incluso de subrayar en la propia cinta por si alguien se despista-. El thriller está protagonizado, al igual que buena parte del trabajo literario de Block, por un investigador privado sin licencia, expolicía y exalcohólico, de nombre Matthew Scudder, encarnado aquí por un sublime y sobrio Liam Neeson -posiblemente en su mejor trabajo de los últimos años-, en una historia sencilla, para nada enrevesada, todo lo contrario, que discurre en dos etapas del Nueva York de los años 90. Así, la Gran Manzana -en realidad, las calles de Brooklyn-, lluviosa y plomiza, sirve de excepcional marco para las andanzas indagatorias de una especie de John Wayne -en su justo término westerniano– crepuscular y pasado de vuelta, a quien un narcotraficante le encarga que investigue el secuestro y asesinato de su esposa. Una trama directa, sin alharacas y sin demasiadas concesiones a la acción, con mucha pausa y poca prisa -hay quienes opinan que es un pelín larga, aunque a mí no me lo parece-, construida con sólidos cimientos narrativos, que va de menos a más y que se corona con un inquietante tramo final, como mandan los cánones del género.

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Draculeando

Luke Evans protagoniza 'Drácula, la leyenda jamás contada'. / UNIVERSAL

Fotograma de la película ‘Drácula, la leyenda jamás contada’. / UNIVERSAL

A veces uno se pregunta cómo se escudriñan la sesera algunos guionistas para componer un tema mil veces tratado, cuando el material histórico que tienen ante sí es tan interesante que no hace falta hacer cabriolas ni incidir más allá de los hechos ciertos, sobre todo si estos no se han macerado lo suficiente. Me refiero en esta ocasión a la enésima película que llega a la gran pantalla sobre el padre y señor de todos los chupasangres conocidos y por conocer, es decir, el ínclito Drácula, que se presenta esta vez en un filme que lleva el pomposo y autosuficiente subtítulo de “la leyenda jamás contada”, y que toma como referencia la vida de Vlad III, para los amigos Vlad Tepes (el Empalador). La trayectoria de este príncipe rumano del siglo XV, azote de los turcos -y de quienes se pusieran por delante-, al que el escritor irlandés Bram Stoker le hizo crecer los colmillos y lo convirtió en un vampiro inmortal, es lo suficientemente cinematográfica para que se la despoje de la fantasía y de las leyendas que han moldeado la, por otra parte, sádica figura y el sanguinario y abyecto comportamiento de Vlad III, por lo demás, algo propio de la época en un territorio fronterizo europeo sometido a la presión de las huestes de la Sublime Puerta. Hasta la fecha, al menos hasta donde uno sabe, solo se ha rodado un filme biográfico del mandatario de Valaquia -considerado un héroe en los Cárpatos-, titulado precisamente Vlad Tepes (1979), de nacionalidad rumana. Sin embargo, su imagen sí que se ha azuzado y deformado partiendo desde el punto de vista que retrata Stoker en su novela, y que llega a su sublimación en el excelso Drácula de Coppola. Este Drácula, la leyenda jamás contada, filme dirigido por Gary Shore y protagonizado por Luke Evans, parte de ciertas premisas históricas, si bien apenas transcurridos unos minutos el guión propina una patada a cualquier atisbo de realidad para dar rienda suelta luego a la más vívida imaginación, aunque sin mostrar algo que no hayamos visto antes. La propuesta firmada por Gary Shore, más de aventura que de terror, carece de originalidad, con guiños formales y estilísticos al propio Drácula de Francis Ford Coppola, a la épica 300, e incluso a Matrix (ver la secuencia de Vlad Draculea cargándose el solito a cientos de turcos). Poco más se puede decir de un producto que, en cambio, sí que parece que cuenta con la aquiescencia del respetable.

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Capitán Hanks

El mundo de la piratería es todo un subgénero cinematográfico, revitalizado en los últimos tiempos por la casi inagotable saga de Piratas del Caribe, que tan buenos resultados ha dado en taquilla y derivados. Las pelis de piratas, corsarios, filibusteros, bucaneros y demás gentes de mala vida marítima se han centrado en el periodo histórico álgido de esta actividad, que abarca desde mediados del siglo XVI hasta principios de la decimonovena centuria, y particularmente en historias que tenían lugar en aguas del continente americano y la mar de las veces con los navíos españoles como recurrentes víctimas. Sin embargo, la piratería contemporánea no ha tenido mucho calado que digamos en el séptimo arte, y eso que no han faltado historias como la que ahora nos ocupa. Capitán Phillips, el filme protagonizado por Tom Hanks, y que también huele a Óscar, nos lleva al Cuerno de África, a las peligrosas aguas somalíes, predio de un pirateo sistemático -precisamente, esta misma semana hemos conocido la condena a los piratas que intentaron asaltar hace unos años el buque de combate español Patiño-. La cinta, dirigida por Paul Greengrass, basada en hechos reales y en el subsiguiente libro sobre el suceso, narra un ataque perpetrado en 2009 a un barco mercante estadounidense y el posterior secuestro de su capitán. Greengrass, un avezado especialista en thrillers de acción, con dos filmes de la serie Bourne en su buchaca y con relatos también inspirados en la realidad como Domingo sangriento y United 93, presenta un notable y atractivo producto que se vertebra en las dotes interpretativas del ya veterano Hanks y en su capacidad para mantener el pulso de la narración hasta el clímax final, y eso a pesar de la consabida intervención en el rescate -como es natural- del séptimo de caballería. Uno de los principales aciertos de la película descansa en no deslizarse por la senda del maniqueísmo ramplón, fácil en acontecimientos de esta índole, aspecto que el realizador anticipa en un prólogo que ilustra las preocupaciones familiares de un capitán de barco en el contexto de la actual crisis económica y las presiones mortales para delinquir por parte de los señores de la guerra a las que se ven obligados muchos ciudadanos de ese país olvidado de Dios llamado Somalia. Dos mundos en colisión en alta mar.

 

 

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Sobres y estopa

Pero qué se esperaban: los flemáticos premios Bafta, los estirados César o los glamourosos Óscar… La gala de los Goya tiene su propia identidad: nunca te deja indiferente , lo que no es poco en estos tiempos enlatados. Además, si encima ocurren situaciones surrealistas -muy en nuestra tradición- como el clamoroso fallo de dar ganador a quien no ha ganado, dejar que los pseudoafortunados salten como locos del asiento, se abracen y besen, y empiecen a bajar las escaleras para luego rectificar y quitarles la miel de sus labios con un ridículo y bochornoso: “Son cosas del directo”, pues ya me dirán… La ceremonia ha discurrido como querían los actores: no ser ajena a la cruda realidad que vivimos en este país recortado, algo que captaron los guionistas y la conductora del acto, Eva Hache, con un inicio bastante cañero, repartiendo estopa por doquier, de la que no se salvó ni el ínclito yernísimo…  Al clima reivindicativo se sumó también un, en principio, reticiente con estas cosas en público Enrique González Macho, el presidente de la Academia del Cine, que no dudó en lanzar  dardos contra la subida del IVA, la piratería y demás calvarios del sector; y varios artistas, como Candela Peña, la más explícita y clara con diferencia. Y entre tantas dosis de protesta, algunas envueltas en cierta ironía -las alusiones a ese nuevo objeto de deseo: los sobres-, el ministro Wert, cual Gary Cooper en Solo ante el peligro, toreó el miura que se le venía con la cara de falsa indiferencia a que nos tiene acostumbrados. Total, ya ha lidiado en peores plazas que ésta. Por lo demás, pocas sorpresas: la peculiar Blancanieves de Pablo Berger cumplió los pronósticos de favorita, incluido un premio que nos toca de cerca, el del lanzaroteño Paco Delgado -a mejor diseño de vestuario-. Pero de toda la gala me quedo con el monólogo autorreivindicativo de Concha Velasco, el gag con sello chanante, el histrionismo de los representantes de la cinta cubana Juan de los muertos y el generoso gesto de Juan Antonio Bayona de darle su Goya a la verdadera heroína de Lo imposible. Ahora vienen los Óscar… Seguro que no nos divertiremos tanto.

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El ‘cincuentón’ Atticus Finch

Atticus Finch es uno de los héroes ficticios norteamericanos por excelencia

Los estadounidenses, muy dados a los ídolos, tienen en un abogado sureño, defensor de causas perdidas, a uno de sus mayores héroes, y no con capa, precisamente, pero sí con traje y gafas de pasta y cierto aire de despiste. Se llama Atticus Finch y tiene el rostro de Gregory Peck, quien dio vida en la gran pantalla al protagonista de la celebérrima novela de la escritora Harper Lee, Matar un ruiseñor (To kill a mockingbird). La película resultante, bajo la rúbrica de Robert Mulligan y estrenada hace justo 50 años, forma parte también de la historia del cine, convertida ya en un clásico de obligada visión. Con el contexto de la discriminación racial en el estado de Alabama durante la Gran Depresión, Harper Lee, que ganaría el Premio Pulitzer por esta novela, esboza un lúcido fresco, basado en vivencias personales en su infancia (el punto de vista de los niñ osdeviene en primordial en la obra), en el que habla de la injusticia y de la pérdida de la inocencia, pero también de la integridad moral y de la esperanza. Mulligan supo captar la esencia del libro en su filme, y no digamos Gregory Peck, quien se preparó a conciencia el personaje de Atticus Finch (paradigma de letrado incorruptible y firme), y que vio recompensado sus esfuerzos con un premio Óscar. Matar un ruiseñor emociona y hace reflexionar, y resulta aún plenamente actual en un mundo con notables prejuicios en muchos ámbitos. Para quien no la ha visto, puede ser una excelente ocasión de visitar esta joya cinematográfica en la celebración de su cincuenta aniversario.

*No perderse: el monólogo de nueve minutos de Atticus Finch.

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Microcosmos humano

Otra clase magistral del siempre controvertido Polanski. Un dios salvaje, su nueva propuesta cinematográfica, basada en la obra teatral de Yasmina Reza, logra que las peleas infantiles se conviertan en la antesala de un gran polvorín, no precisamente azuzado por los propios niños, quienes suelen encauzar y solucionar sus cuitas de una manera mucho más natural. En una atmósfera fría, casi opresiva, la que conforman las cuatro paredes de un piso de clase media, Polanski disecciona a cuatro padres, a cuatro supuestos adultos, a cuatro burgueses, que intentan limar asperezas y reconducir civilizadamante el aparente conflicto entre sus hijos, y que al final sucumben ante sus propias contradicciones. El director polaco, ejerciendo casi de terapeuta multidireccional, esboza un guión impecable, aderezado con la sublime interpretación de Christoph Waltz, Kate Winslet, John C. Reilly y Jodie Foster, para desenmascar, con ironía y sentido del humor, las fobias y las filias, las inseguridades y los miedos que pululan por el microcosmos humano. Como si de un ariete medieval se tratase, consigue derrumbar las murallas de convencionalismos sociales que adoptan unos personajes entrañables a la par que patéticos, que poco a poco derivan en un grupete de adolescentes adictos al botellón. No se la pierdan…

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Sentencia favorable

Los dramas judiciales siempre dan de sí en el cine, con algunos pufos pero también con auténticas joyas como Testigo de cargo, Doce hombres sin piedad o Anatomía de un asesinato, por poner sobre el tintero tres ilustres ejemplos. Y es que, seamos sinceros, nos encanta el juego dialéctico entre el abogado y el fiscal, las tribulaciones de un juez inflexible, los testigos imprevistos y los giros copernicanos de un juicio. El inocente, libérrima traslación del título original de la última propuesta del subgénero, The Lincoln Lawyer, conjuga bien todos los elementos que rodean a este tipo de películas. En esta ocasión, un peculiar abogado, interpretado por un Matthew McConaughey mucho más centrado -que repite aquí en la piel de un picapleitos tras hacerlo años atrás en Tiempo de matar– , que para más inri tiene su despacho en la parte trasera de su coche (un Lincoln, que quede claro), acepta un caso aparentemente fácil pero que poco a poco se le complica. Una trama que engancha al espectador desde el principio, ágil y trepidante, cocinada con una pegadiza banda sonora, si bien en su parte final tiende a recrearse en demasía en su desenlace. Basada en una novela de escritor Michael Connelly, El inocente no llega al nivel de filmes judiciales “más cercanos” en el tiempo, llámense Veredicto final o Algunos hombres buenos; pero sí logra, al menos, una sentencia favorable.

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