Estirando el juego

Jennifer Lawrence es Katniss Everdeen, la heroína de la saga de 'Los juegos del hambre'. / WWW.THEHUNGERGAMESEXPLORE.COM

Jennifer Lawrence es Katniss Everdeen, la heroína de la saga de ‘Los juegos del hambre’. / WWW.THEHUNGERGAMESEXPLORER.COM

En los últimos años está de moda que los finales de las sagas cinematográficos se dividan en dos partes, por aquello del pase usted por taquilla para seguir exprimiendo hasta que se pueda el producto y sus sucedáneos. Tendencia a la que también se ha apuntado    -cómo no- el exitoso universo de Los juegos del hambre, la adaptación de la no menos aplaudida trilogía escrita por Suzanne Collins sobre una sociedad distópica en una Norteamérica neofascistoide (llamada Panem), dividida en distritos que están obligados a dar cada año como tributo a dos de sus jóvenes, quienes se juegan los cuartos en una particular contienda mortal. El problema de este sistema -de sacar más tajada, me refiero- deviene en que la primera película de estos epílogos cinematográficos suele ser un preámbulo alargado y contenido que ya per se deja el espectador a medias. Es lo que ocurre en Sinsajo, muy alejada de las dos anteriores entregas -especialmente de la que inauguraba la saga-, que si bien estaban enfocadas para un público juvenil, se trataba de filmes con vocación generalista, entretenidos y con una factura técnica impecable; eso sí, centrados -es lo que toca- en amores adolescénticos -de nuevo otro triángulo- y que dejaban casi en un segundo plano las tensiones sociales subyacentes en una sociedad autoritaria y clasista. Los juegos del hambre. Sinsajo, dirigida por Francis Lawrence -que repite de nuevo en la franquicia-, resulta una cinta menor en comparación a las otras, más pausada y prácticamente sin concesiones a la acción -una de sus bazas-, y que a ratos resulta hasta tediosa. La trama se limita aquí a contar cómo se utiliza mediáticamente a la heroína Katniss Everdeen (Jennifer Lawrence) como símbolo de la lucha contra el poder establecido, en una especie de master class sobre propaganda política, y en tratar de rescatar, de paso, a su compañero de fatigas y enamorado Peeta (Josh Hutcherson). El excelente reparto ayuda a salvar los muebles (el fallecido Philip Seymour Hoffman, Donald Sutherland, Woody Harrelson, Stanley Tucci, Julianne Moore), sobre todo, una cada vez más sólida Jennifer Lawrence, verdadero atractivo de un filme del que se esperaba mucho más.

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Pantagruélico Del Toro

Fotograma del filme 'Escobar. Paraíso Perdido'. / DA

Benicio del Toro, en ‘Escobar. Paraíso Perdido’

No soy un fan irredento de los biopics, dado que no suelen ser propensos a sorprender ni en su planteamiento ni en su concepción, limitándose la mar de las veces a hacer un somero repaso vital, ora lacrimógeno ora laudatorio, o simplemente revisionista, y poco más. Sin embargo, hay honrosas excepciones, como el filme que ahora nos ocupa y que explora en el universo del que podríamos denominar como el padre de todos los narcotraficantes habidos y por haber, o sea, el colombiano Pablo Escobar, el tristemente célebre jefe del Cártel de Medellín, muerto en 1993 a manos de las fuerzas armadas del país cafetero y que dejó tras de sí un reguero de víctimas como macabro balance. La nueva película sobre este capo di tutti capi, urdida por el debutante Andrea Di Stefano, se titula de manera poco acertada Pablo Escobar: Paraíso Perdido (convendrán que la coletilla no es nada afortunada) y llama la atención no por no ser un filme biográfico al uso, sino porque ni siquiera es un filme biográfico. Di Stefano plantea la cinta desde el punto de vista de un joven y cándido surfista canadiense (en la piel de Josh Hutcherson) que se enamora de la sobrina del narcotraficante (Claudia Traisac) y entra a formar parte -sin quererlo- del círculo del famoso delincuente. Aunque la trama se centra en el personaje -de ficción- del veinteañero norteamericano la siniestra e inquietante figura de Escobar copa -engulle, diría- toda la película, incluso aunque esté fuera de campo. El Patrón -como lo llamaban- está encarnado por ese pedazo de actor de nombre Benicio del Toro, genial, desmesurado, pantagruélico, la mejor opción posible para mostrar el carácter poliédrico del abyecto narco. Su caracterización se come literalmente la aparente afable imagen del Escobar real y se transmuta en la de un mafioso que hace del mismísimo Vito Corleone un mero colegial, un auténtico reverso del papel de poli bueno que interpretaba en la incuestionable Traffic (Steven Soderbergh, 2000). Di Stefano soslaya biografía -meros apuntes- para articular un auténtico thriller que poco a poco adquiere el cariz de inquietante y que le da el aprobado con nota a este actor metido a director en la que es su primera obra cinematográfica.

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El viaje de Nolan

Matthew McConaughey es el protagonista del filme  'Interstellar'. / DA

Matthew McConaughey es el protagonista de ‘Interstellar’. / DA

Mira que ha tenido que empaparse de agujeros negros, agujeros de gusano, relatividad, singularidad, curvatura espacio-tiempo, gravedad, etcétera, el señor Christopher Nolan para escribir, junto a su hermano Jonathan, el guión de su última película, Interstellar, una ambiciosa odisea espacial que gira -y ahí sustenta todo su argumentario y también su principal moraleja- sobre la innata y aún no suficientemente ponderada capacidad del homo sapiens para superar desafíos como especie. Nolan tiene entre sus habilidades la de malear los géneros, jugar con ellos; y eso es lo que hace en este filme desde principio a fin. Su vocación ecléctica se esparce por esta peculiar y particular muestra de ciencia ficción, aunque el camino que toma te deje sensaciones encontradas, con un regusto postrero que puede parecer agridulce. A partir de un planteamiento inicial bastante atractivo, a modo de documental, la trama, enfocada en una Tierra distópica dominada por las tormentas de polvo, donde la agricultura es el único sustento de la humanidad (fisiocracia pura, vamos) y en la que aparentemente la tecnología ha quedado relegada, poco a poco va evolucionando hasta alcanzar altos picos de interés, en especial cuando la historia se traslada al espacio exterior, para luego iniciar un -por momentos- mareante carrusel que, sin embargo, no impide  hacer llevadera la película. Eso sí, tal vez le resten a la concepción global de esta epopeya de Nolan algunos aspectos poco cuidados del producto final (por ejemplo, los desfases de edad poco creíbles de determinados protagonistas). Con una impactante factura visual –y una loable música de Hans Zimmer- no es de extrañar que durante su visionado te lleguen a la mente múltiples influencias, no sólo en el marco de la ciencia ficción (desde 2001, una odisea en el espacio, pasando por Encuentros en la Tercera Fase, Elegidos para la gloria, Contac y El árbol de la vida -si bien Interstellar es mucho menos poética que el filme de Terrence Malik-, o las más recientes Pandorum y Gravity, por mentar unas cuantas-. Esto y un resuelto reparto (Matthew McConaughey , Michael Caine, Jessica Chastain, Anne Hathaway) son de lo mejor de una cinta que te podrá gustar o no, pero seguro que no te deja caer de bruces en los brazos de la indiferencia.

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Escala de grises en Nueva York

Fotograma de 'Caminando entre las tumbas'. / DA

Liam Neeson, protagonista de ‘Caminando entre las tumbas’. / DA

Antes que nada una pequeña -y a la postre obvia- observación: Caminando entre las tumbas no es ninguna película de terror a pesar de semejante título y de estrenarse en Halloween, esa festividad anglosajona que finalmente nos ha ganado la batalla -ustedes ya me entienden-. El filme, dirigido por Scott Frank (The Lookout, Minority Report, La intérprete, El vuelo del Fénix) y basado en uno de los betsellers del reconocido autor norteamericano Lawrence Block, deviene en una de esas pequeñas joyas que sin llegar a ser obras maestras sí que expelen, en este caso, el típico olor añejo a puro cine negro, lo cual es de agradecer en estos tiempos tremebundos de efectos digitales y de productos huecos. Y es que su aspecto formal y tono argumental parecen sacados de la mismísima chistera de clásicos como Raymond Chandler y Dashiell Hammett, y del buen hacer de sus emblemáticos detectives, Philip Marlowe y Sam Spade -algo que, por otra parte, ya se encargan incluso de subrayar en la propia cinta por si alguien se despista-. El thriller está protagonizado, al igual que buena parte del trabajo literario de Block, por un investigador privado sin licencia, expolicía y exalcohólico, de nombre Matthew Scudder, encarnado aquí por un sublime y sobrio Liam Neeson -posiblemente en su mejor trabajo de los últimos años-, en una historia sencilla, para nada enrevesada, todo lo contrario, que discurre en dos etapas del Nueva York de los años 90. Así, la Gran Manzana -en realidad, las calles de Brooklyn-, lluviosa y plomiza, sirve de excepcional marco para las andanzas indagatorias de una especie de John Wayne -en su justo término westerniano– crepuscular y pasado de vuelta, a quien un narcotraficante le encarga que investigue el secuestro y asesinato de su esposa. Una trama directa, sin alharacas y sin demasiadas concesiones a la acción, con mucha pausa y poca prisa -hay quienes opinan que es un pelín larga, aunque a mí no me lo parece-, construida con sólidos cimientos narrativos, que va de menos a más y que se corona con un inquietante tramo final, como mandan los cánones del género.

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Draculeando

Luke Evans protagoniza 'Drácula, la leyenda jamás contada'. / UNIVERSAL

Fotograma de la película ‘Drácula, la leyenda jamás contada’. / UNIVERSAL

A veces uno se pregunta cómo se escudriñan la sesera algunos guionistas para componer un tema mil veces tratado, cuando el material histórico que tienen ante sí es tan interesante que no hace falta hacer cabriolas ni incidir más allá de los hechos ciertos, sobre todo si estos no se han macerado lo suficiente. Me refiero en esta ocasión a la enésima película que llega a la gran pantalla sobre el padre y señor de todos los chupasangres conocidos y por conocer, es decir, el ínclito Drácula, que se presenta esta vez en un filme que lleva el pomposo y autosuficiente subtítulo de “la leyenda jamás contada”, y que toma como referencia la vida de Vlad III, para los amigos Vlad Tepes (el Empalador). La trayectoria de este príncipe rumano del siglo XV, azote de los turcos -y de quienes se pusieran por delante-, al que el escritor irlandés Bram Stoker le hizo crecer los colmillos y lo convirtió en un vampiro inmortal, es lo suficientemente cinematográfica para que se la despoje de la fantasía y de las leyendas que han moldeado la, por otra parte, sádica figura y el sanguinario y abyecto comportamiento de Vlad III, por lo demás, algo propio de la época en un territorio fronterizo europeo sometido a la presión de las huestes de la Sublime Puerta. Hasta la fecha, al menos hasta donde uno sabe, solo se ha rodado un filme biográfico del mandatario de Valaquia -considerado un héroe en los Cárpatos-, titulado precisamente Vlad Tepes (1979), de nacionalidad rumana. Sin embargo, su imagen sí que se ha azuzado y deformado partiendo desde el punto de vista que retrata Stoker en su novela, y que llega a su sublimación en el excelso Drácula de Coppola. Este Drácula, la leyenda jamás contada, filme dirigido por Gary Shore y protagonizado por Luke Evans, parte de ciertas premisas históricas, si bien apenas transcurridos unos minutos el guión propina una patada a cualquier atisbo de realidad para dar rienda suelta luego a la más vívida imaginación, aunque sin mostrar algo que no hayamos visto antes. La propuesta firmada por Gary Shore, más de aventura que de terror, carece de originalidad, con guiños formales y estilísticos al propio Drácula de Francis Ford Coppola, a la épica 300, e incluso a Matrix (ver la secuencia de Vlad Draculea cargándose el solito a cientos de turcos). Poco más se puede decir de un producto que, en cambio, sí que parece que cuenta con la aquiescencia del respetable.

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Cruise resucitado

Dentro de la ciencia ficción, la temática de las invasiones alienígenas a la Tierra suele ser de las favoritas del gran público, más que nada porque, quieran o no, nos da cierto morbillo vernos atacados por toda suerte de bichos babosos o de entes de vete a saber tú. La última propuesta del género que llega a las pantallas se llama Al filo del mañana y viene de la mano de Tom Cruise, cuya ultima película de esta guisa, de nombre Oblivion, fue un truño de mucho cuidado. Sin embargo, no puedo decir lo mismo de Al filo del mañana, que resulta un blockbuster la mar de entretenido, con acción a mansalva, intriga y ritmo frenético, lo que agradece siempre el personal. El filme, firmado por Doug Liman (El caso BourneSr y Sra Smith), deviene en una mezcla sin complejos de la genial Atrapado en el tiempo (más conocida popularmente por El día de la marmota), de la spielbergniana Salvar al soldado Ryan y de la marcial Starship Troopers (ese filme en el que la humanidad se enfrentaba a todo tipo de insectos). El resultado de este cóctel con tropezones, adaptación, por cierto, de una obra japonesa, te deja un buen sabor de boca. Cruise, que todavía está el hombre para trotes, y una siempre dúctil Emily Blunt contentan a la parroquia con los continuos déjà vu y diferentes resurrecciones del primero, en un mundo invadido por seres biomecánicos donde el toque de humor nunca falta. De lo mejorcito del cine de evasión que se ha visto últimamente, y ya es algo.

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Gigoló a medias

 

John Turturro dirige y protagoniza 'Aprendiz de gigoló'. / fadinggigolo-movie.com

John Turturro dirige y protagoniza ‘Aprendiz de gigoló’. / fadinggigolo-movie.com

Comedia irregular y discontinua la que nos brinda John Turturro, en la que es ya su quinta película detrás de las cámaras. Aprendiz de gigoló deviene en un filme mesurado de ritmo plácido, con ciertos altibajos, cual montaña rusa, si bien rezuma algunos  momentos brillantes -e hilarantes-, siempre vinculados a la figura de Woody Allen -coprotagonista junto a Turturro-, que aquí vuelve a desplegar, lejos de los devaneos de la dirección, sus sobresalientes y archiconocidas dotes de cómico puro, aquellas con las que empezó en el mundillo del artisteo. La película, que cuenta la historia de dos amigos (Murray-Allen y Fioravante-Turturro) con algunos problemillas económicos que prueban suerte en la prostitución masculina -el primero como verborreico proxeneta y el segundo como inducido amante- para satisfacer a mujeres maduras con el heterogéneo Brooklyn como telón de fondo, no termina de llegar a la meta. De hecho, el autor -Turturro también es el guionista- se queda por el camino por no desmelenarse y tirarse con todo lo puesto a la piscina, y eso que disponía de un atractivo y potente material, completado, además, con un elenco nada desdeñable, presidido por unas formidables Sharon Stone y Sofía Vergara, en sendas interpretaciones de ricas señoras en busca de aventuras paralelas, y por una sobria -y sorprendente- Vanessa Paradis, en el papel de discreta viuda judía, cuyo rol en la cinta, mucho más dramático, supone un paréntesis poco acertado en una narración predominantemente humorística (vamos, un coitus interruptus en toda regla, por hacer más gráfica y coherente con el tema esta apostilla). Turturro parece que juega en su obra a emular más el cine de los hermanos Coen -uno de sus referentes- que al de su propio compañero de reparto, pese al jazz que suena de fondo y a los vívidos diálogos que pululan por el metraje. Sin embargo, el artista de ascendencia italiana se queda en tierra de nadie, con un producto que a la postre deja una sensación agridulce y del que se esperaba mucho más. Los únicos acicates para ir a verla: el excelente reparto y las andanzas de ese desenfrenado y otoñal chulo llamado Woody.

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Sin novedad frente al Vesubio

Cada cierto tiempo, como algo cíclico, aparece por las pantallas algún ejemplo de ese género llamado péplum, películas de espada, sandalia y túnica, con mayor o menor -o ningún- rigor histórico o mitológico, que tuvo en las décadas de los 50 y 60 de la pasada centuria su momento más álgido, y en algunos casos macarrónico, especialmente en su italianizante vertiente de serie B. De los filmes adscritos a este populoso ámbito cinematográfico que hemos podido ver en los últimos años, tras la tímida revitalización sufrida por el género con notables cintas como Gladiator o Troya, y de manera más reciente la espartana 300, aunque con otros presupuestos estéticos provenientes del cómic, pocos se salvan de una inmisericorde quema en el Averno. Pompeya, la última propuesta del también llamado cine de romanos, se merece del mismo modo la tortura en el fuego eterno, si bien, siendo benévolos, llega a entretener levemente, más que nada por la pericia de un artesano de la acción y de los mamporros como Paul W. S. Anderson (la saga Resident Evil, Alien vs. Predator, Mortal Kombat). Este filme, que no es otra adaptación de la decimonónica novela Los últimos días de Pompeya, como pudiera parecer, resulta un aceitoso refrito de otras tantas representantes del género, con un argumento bastante pobre y previsible, aderezado con ciertas inexactitudes del contexto político de la época (dinastía de los Flavia), y en el que se abusa sin ningún tipo de complejo de las imágenes por ordenador. El elenco de la cinta, encabezado por el defensor del Muro Kit Harington (el Jon Nieve de Juegos de Tronos), la grácil Emily Browning (Sucker Punch) y los ya veteranos Jared Harris (Sherlock Holmes, Lincoln), Carrie-Anne Moss (la saga de Matrix) y Kiefer Sutherland (Cuenta conmigo, Algunos hombres buenos, Los tres mosqueteros, Tiempo de matar) no aporta valor a una propuesta inconsistente, trufada de gladiadores y damas en apuros. En cualquier caso, puede ser apta para echarse unas cotufas frente al Vesubio sin temor alguno a que te caigan piroclastos encima…

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Chaparrón bíblico

No sé si por eso de que las modas van y vienen o porque las ideas originales permanecen en el limbo de la creatividad, pero lo cierto es que Hollywood se está fijando de nuevo en la cosa bíblica  -por otra parte, fuente de inspiración desde que el invento de los Lumière empezó a cuajar-, si bien espero que esta renovada tendencia no resurja con el furor de los años 50 (Moisés-Charlton Heston bajando del Sinaí con el pelo blanco hasta las cejas, por poner un ejemplo que pone los pelos de punta…). Por lo pronto ya están aquí Noé, la particular y personal visión antediluviana -y diluviana- de Darren Aronofsky; y por el horizonte se atisba Exodus, la épica marcha del pueblo judío del Egipto faraónico, dirigida por Riddley Scott y rodada parcialmente en tierras de Fuerteventura. En cuanto a Noé, que no se espere el respetable ávido de historias del Antiguo Testamento un gran chaparrón de cine, si acaso una pequeña tormenta. El filme de Aronofsky resulta irregular a todas luces. Su apuesta por un retrato psicológico de Noé -tan en la línea del cineasta-  se queda a medias y se diluye por el sumidero. La primera parte de la película deviene, tras un esperanzador inicio, en una decepción absoluta -al menos para el que suscribe- por el planteamiento de la historia -a pesar de imágenes sugerentes y espirituales a lo Terrence Malick, aunque aquí desde una capciosa visión creacionista- y por qué no decirlo: por esos ángeles caídos en forma de gigantescos bichos de roca que se parecen más al hombre de piedra de La historia interminable que a otra cosa y que restan “seriedad” a la narración. Aronofsky gana terreno en el segundo tramo del filme, ya todos embarcados dentro del arca, y en la que surge un dubitativo, introspectivo y violento Noé, con una más que correcta interpretación de Russell Crowe, a la que se une la siempre brillante y atractiva Jennifer Connelly, y una Emma Watson que tiene visos de lograr cotas más altas si sigue por el camino adecuado, los tres de lo mejorcito de la cinta. Si se trata de  elegir un trasunto cinematográfico de ese personaje bíblico, nieto de Matusalén y padre de Sem, Cam y Jafet -uno, que estudió en un colegio de curas-, me quedo con el interpretado por John Huston en 1966 en La Biblia, mucho más cachondo y divertido, o incluso si me apuran con el torpe Noé contemporáneo de Sigo como Dios.

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Todo sobre él (y su madre)

Francia suele siempre parir buenas comedias. Tal es el caso de la sorprendente Guillaume y los chicos, ¡a la mesa! (Les garçons et Guillaume à table, en el idioma de Molière), escrita, dirigida e interpretada por Guillaume Gallienne y basada en una anterior obra de teatro suya. El filme, que tiene evidentes tintes autobiográficos, narra la peripecia vital de Guillaume y su aparentemente ambigua y no definida sexualidad, dentro de los esquemas de una familia rica a la par que tradicional, comandada por una madre de marcado carácter (interpretada por el propio Galliene) y un padre autoritario, más volcado en sus otros hermanos, de supuesta mayor virilidad que la del protagonista. Se trata de la primera experiencia detrás de las cámaras de este artista -miembro de la respetada compañía Comédie-Française– y su saldo correspondiente no ha podido ser más positivo: premiado con dos galardones en el Festival de Cannes y gran triunfador de la última edición de los César -los Óscar del país galo-, y ha contado, además, con el beneplácito del público francés. Y es que la gran virtud de Guillaume Gallianne pasa por contar su personal historia de manera sencilla, sin complejos de ningún tipo, y con un ponderado pero poderoso sentido del humor, trufado de ese savoir-faire típico del país del otro lado (norte) de los Pirineos. Porque lo que hace Gallianne es, al fin y al cabo, algo bastante saludable y recomendado por los médicos de la mente: reírse de uno mismo, de la intransigencia y de los estúpidos convencionalismos sociales que aún imperan. El tono humorístico, sin caer en la parodia, se mantiene en todo momento, en el que destaca ese tour de force con su madre -o sea, el mismo-, que le da a la cinta un cierto toque almodovariano -eso sí, sin reminiscencias manchegas-, y que posee algunas secuencias hilarantes, como la de su viaje iniciático a España (a la andaluza Línea de la Concepción), sus andanzas por los internados, las pruebas médicas previas a la mili, sus sesiones psiquiátricas o su estancia en una balneario alemán -donde hace una breve aparición Diane Kruger, en el papel de eficaz terapeuta-. Una propuesta fresca y original que merece la pena visionar.

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