‘Western’ del Altiplano

De un thriller a un western. Buen cambio de juego, haciendo un símil balompédico. Mateo Gil ha querido seguir creciendo y sumando en su faceta como director y tras su primer “hijo”  en la realización a lo grande, Nadie conoce a nadie, ha articulado un más que correctísimo western que, tras estrenarse en el pasado Festival Internacional de Cine de Las Palmas, viaja ahora a Tribeca -la muestra neoyorquina apadrinada por Robert De Niro- para probar suerte en esto de los premios.

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Joffé: épica y religión

Aunque pueda parecerlo de entrada e, incluso, de salida, Encontrás dragones no tiene nada que ver con una película de corte fantástico. Se trata del último filme del británico Roland Joffé, que acude de nuevo al drama épico con tintes religiosos que tan bien cultivó en esa estupenda cinta llamada La misión (1985).

La religión, el odio, la amistad, el amor, el perdón, etcétera, etcétera, son algunas de las pulsiones y pasiones que retoma un Joffé siempre brillante en la técnica y en lo meramente formal, en una cinta que narra la azarosa y dispar historia de dos amigos, uno de ellos, Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del controvertido Opus Dei, trama de cuyo hilo tira un periodista que bucea en la vida del santo después de su muerte para escribir un libro, todo bajo el escenario predominante de la España de la Segunda República y de la Guerra Civil.

Vuelve Joffé, un hombre autotitulado de izquierdas, a poner sobre la mesa la religión, una de sus obsesiones, y el drama épico, uno de sus “sellos”.

El filme, pese al intento de desviar la atención con otras “subtramas”, no deja de ser un vehículo eminentemente hagiográfico de la figura del artífice de la Obra. El alto presupuesto del proyecto, que se ha plasmado en la presencia de actores con cierto caché (desde los protagonistas, Charlie Cox y Wes Bentley, hasta nuestros Unax Ugalde, Jordi Mollà y Ana Torrent, pasando por Geraldine Chaplin, Dougray Scott, Rodrigo Santoro, Olga Kurylenko y Derek Jacobi) ha permitido del mismo modo asumir con gran pericia batallas y escaramuzas de la contienda española, un episodio que, sin embargo, aborda de manera un tanto básica y algo plana, tal vez en su deseo de contar esta historia fraticida de forma que “la entiendan todos los públicos”.

En Encontrará dragones, uno tiene la sensación de que el también director de Los gritos del silencio (1984) mide al milímetro lo que narra, como no queriendo molestar ni ofender a nadie, lo que redunda luego en un resultado aséptico que merodea la corrección. Película regular – eso sí, con una excelente música de Stephen Warbeck – que supone, por lo menos, el regreso de Joffé.

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Gorgonzola y mozzarella

Mismo planteamiento pero distinto país y punto cardinal. Bienvenidos al Sur (no es un eslogan promocional turístico, aunque lo parezca) resulta casi un calco de su predecesora, el filme francés Bienvenidos al Norte, de enorme éxito en el país galo, en el que se abordaba de manera simpática, desmitificadora y saludable las diferencias socioculturales entre regiones aparentemente distantes (en España sería algo impensable hacer humor explícito de esta guisa, más que nada por los susceptibles que somos por estos lares, si bien siempre hay excepciones, como la de los vascos de Vaya semanita).

En este “rápido” remake italiano (la cinta francesa es del año 2008), la historia se repite: un temeroso director de oficina de Correos es trasladado al reverso del destino que deseaba: una región al otro lado del país, sobre la que secularmente pesa todo tipo de prejuicios y clichés. Bienvenidos al Sur, dirigida por Luca Miniero y protagonizada por Claudio Bisio, tiene como plus el bucear con humor en el hecho diferencial, especialmente económico, entre la Italia septentrional y la Italia meridional, a pesar de que el producto final se quede corto, dando la impresión de que se podía haber escarbado aún más en esa esperpéntica era berlusconiana en la que vive el país transalpino. Película sencilla y sin pretensiones con olor a gorgonzola y mozzarella, dos quesos distintos pero, en definitiva, quesos…

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En tiempos de nadie

Allá lejos, en los inquietos años 80 del pasado siglo, proliferaron una serie de películas en las que se daba pábulo a los caballeros, a las princesas más o menos en apuros y a las brujas en sus diversas vertientes (algunas bastante agraciadas, por cierto; otras enormemente surtidas de verrugas y pústulas), bien con un escenario semihistórico como telón de fondo o recurriendo a tiempos pretéritos irreales que salían, en su mayor parte, de la siempre lúcida mente de algún creador de cómics. A bote pronto, y seguro que olvido varias, me vienen a la cabeza títulos como El señor de las bestias, Lady Halcón, Los señores del acero o el propio Conan, el bárbaro (y su posterior secuela: Conan, el destructor). Con mayor o menor fortuna, se trataba de productos entretenidos y bien elaborados; en definitiva, puro cine de evasión. Ahora, ha llegado a las pantallas En tiempo de brujas, cinta que lejos de ayudar a rescatar y revitalizar esta especie de subgénero fantástico lo que ha hecho realmente es volverlo a enterrar en lo más profundo. Desde luego, si habría que quemar a alguien en la hoguera, no sería a las pobres hechiceras, sino a los que han ideado este farragoso, estéril y pueril filme, en el que no se salva ni el apuntador, siquiera acaso Ron Perlman (¡penitenciagite!, cual émulo de su recordado Salvatore de En el nombre de la rosa, es lo que debería haber hecho por aceptar semejante bodrio) y un irreconocible y breve Christopher Lee, en la piel de un alto dignatario eclesiástico lleno de bubones. El director de la película, a la sazón Dominic Sena, artífice de Sesenta segundos, Operación Swordfish y Kalifornia, ha conseguido que Nicolas Cage descienda verdaderamente a los infiernos en un proyecto que, entre otras cosas, expide unos efectos especiales que devienen en lamentables. Y mira que había material para articular un producto atractivo: la peste, el oscurantismo de la época, la hipocresía religiosa… En resumidas cuentas, En tiempo de brujas resulta una película absolutamente prescindible, algo de lo que te das cuentas apenas transcurren tres minutos sentado en la butaca.

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Rememorando un sainete

Lo repito. Treinta años se ha tardado en llevar al cine uno de los episodios más controvertidos, lamentables y casposos de la historia contemporánea española. Lentitos, por no decir otra cosa, sí que somos en este país para retratar los acontecimientos. El resultado global de 23-F -la obviedad del título de la película es pasmosa, como su oportunismo comercial- deviene rematadamente previsible en su concepción. Sin ahondar en el fondo del arduo y espinoso asunto que supone un intento de levantamiento militar o en las hipótesis alternativas que pululan sobre tal hecho (ustedes ya saben, que si se fomentó un golpe blando para evitar otro duro y demás: recomiendo por enésima vez y a costa de caer pesadito Anatomía de un instante, de Javier Cercas), la película va directa al grano y se limita a exponer las horas más angustiosas que vivió nuestra, por aquel entonces, párvula democracia, dejando de lado las aristas y los interrogantes que siempre ha despertado este episodio que nunca debió ocurrir. A un ritmo más o menos súbito, aunque quizás a veces se note falta de garra y tensión narrativa, e intercalado en ocasiones con imágenes reales de la época, la película de Chema de la Peña resulta correcta tanto en ambientación como en su faceta semidocumental, y resume de forma forzada lo que básicamente ocurrió en esas inciertas horas de 1981. Tal vez lo que más resalte de la cinta sea el apartado interpretativo, con un inmenso Juan Diego (definitivamente, lo borda en los papeles de militar), en la piel del huidizo, ambiguo e intrigante general Alfonso Armada; y un convincente Paco Tous (da miedo, incluso), enfundado en el teniente coronel Tejero (bigote, tricornio y pistola); sin desmerecer a Lluís Marcó como Jaime Milans del Bosch. No obstante, De la Peña no consigue caracterizar muy bien que digamos a los principales actores políticos de esos momentos, empezando por Adolfo Suárez (Ginés García Millán) y siguiendo por Manuel Gutiérrez Mellado, Felipe González y Alfonso Guerra (el único que se “salva” es el actor Joan Pera, que físicamente se asemeja a Santiago Carrillo, aunque su interpretación resulta residual). A todos ellos, el guión de Joaquín Andújar les da poca o ninguna cancha. En resumidas cuentas, no está de más visionar 23-F -en especial las nuevas generaciones-, pese a tener un claro tufillo a serie televisiva, o como dirían los yankees, a TV movie, y un final bastante happy para lo que fue ese particular sainete de asonada militar. En cualquier caso, 23-F sirve para refrescar la consabida moraleja de guardarnos de salvapatrias e iluminados que se arroguen el derecho de decidir por todos qué es lo mejor para un país.

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Psicología con tutú

Dancemos un rato. Cisne negro es de esas películas que te pueden dejar dudando sólo unos segundos después de verlas para saber que te han gustado más de lo que pensabas. Drama psicológico que escruta el absurdo deseo de buscar a toda costa la perfección en un mundo imperfecto como éste, la última película de Darren Aronofsky, director de la aplaudida El luchador, que interpretó un resucitado Mickey Rourke, redunda en los aspectos obsesivos y en las pulsiones más oscuras del ser humano. La danza, en una de sus obras más celebradas, El lago de los cisnes, es el vehículo utilizado por Aronofsky, en especial por la fuerza estética y visual que desprende, para contar la historia de Nina Sayers, una sublime y magistral Natalie Portman (su Oscar, merecidísimo), que realiza denodados esfuerzos por bordar su papel de cisne, en el que salen a relucir sus miedos, sus inseguridades y sus desequilibrios. Acompañan a Portman en este viaje por la psique humana, en su particular tránsito por  el Doctor Jekyll y Míster Hyde, en su visita al reverso de la personalidad, un prescindible Vincent Cassel (en el papel de Thomas Leroy, el responsable de dirigir la obra), la veterana Bárbara Hershey (la posesiva e inquietante madre de Nina) y la excitante actriz ucraniana Mila Kunis (Lily, la bailarina trepa y supuesta rival de Nina), sin olvidarnos de Winona Ryder, que deja algún que otro destello en su breve interpretación de estrella del ballet en franco retroceso (Aronofsky parece que se empeña en rescatar actores perdidos para la causa). La transformación artística de Nina en cisne negro también deviene en su propia transformación vital, de casi niña a mujer, de su esfuerzo por liberarse de las rígidas cadenas maternales, todo en un clima de claroscuros con una fotografía a ratos tenebrosa y asfixiante. Aronofsky adereza la tensión y el miedo psicológico con una sexualidad contenida pero eficaz, resaltando la sensualidad que empieza a aflorar en la propia Nina y la que ya tiene, y de manera sobrada, su “enemiga” Lily. Si bien en el debe del director, hay que achacarle ciertas obviedades y evidencias que despliega con clara intención de reforzar lo que empezamos a descubrir (la caja con la figura de una bailarina y música de Tchaikovsky, por ejemplo), y que “resta puntos” a un notable filme. Cisne negro recuerda, y no precisamente de soslayo, al cine de David Lynch y de Roman Polanski (La semilla del diablo pulula en el ambiente). No duden. Vayan a verla.

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Todos al suelo

Todo hay que decirlo. Los anglosajones, en términos cinematográficos, y quitando de lado el tema económico y de recursos (y bla, bla, bla), nos ganan por goleada en dos aspectos: se ríen mejor y sin complejos de sus miserias y están más duchos que nosotros en esto de llevar su historia a la gran pantalla. Y mira que por historia no nos podemos quejar, porque grande, ancha, y con aristas, muchas aristas, tenemos por un tubo. Ahí están los propios estadounidenses que con poco más de 220 años de andar por el mundo exprimen hasta la saciedad sus contradicciones, aciertos y demás parafernalia. En España lo de ahondar en el retrovisor, pues poco, relativamente poco, en comparación con otros países con menos ‘pedigrí’ con las cuitas de antaño. Sí, somos conscientes de la pasta gansa que cuesta poner en pie producciones históricas pero ni por esas, salvo algunos dignos ejemplos. Curiosamente, ese papel lo están supliendo, con mayor o menor acierto, las series televisivas. Y si el pasado más profundo se toca poco, pues con la contemporaneidad ocurre lo mismo. Por primera vez, y siguiendo un poco la estela de la miniserie de 2009 sobre el tema, se va estrenar este mismo mes, como no podía ser de otra manera, un filme que recrea de arriba a abajo el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981. Ya era hora… Han tenido que pasar 30 años para que veamos en la gran pantalla los entresijos de uno de los capítulos más controvertidos de nuestra historia más reciente (recomiendo encarecidamente para saber más del tema en cuestión el libro Anatomía de un instante, de Javier Cercas). Los norteamericanos, por ejemplo, tardaron un suspiro en llevar al cine el ‘caso Watergate’, en la magnífica Todos los hombres del presidente. El filme 23-F, de Chema de la Peña, que según parece se decidió a rodarlo tras ver The Queen, ese “análisis” de Stephen Frears sobre Isabel II de Inglaterra, está contado en clave de thriller político y en él aparecen, entre otros, Paco Tous, en el papel de Tejero; Juan Diego, en la piel del general Alfonso Armada; Ginés García Millán, como Adolfo Suárez; y Fernando Cayo, interpretando al rey Juan Carlos (algo que ya había hecho en un par de series). Estos días podemos ver 23-F en la gran pantalla y opinar cómo se escenifican las horas más inciertas que ha vivido la democracia española, ésas en la que un señor con bigote, tricornio, y mucha mala leche encima, casi nos chafa la entonces recién alcanzada libertad.

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Viaje al Oeste de los Coen

Los Coen, a la sazón Joel y Ethan, tanto monta, monta tanto, tienen, entre sus muchas virtudes y algunos que otros defectos -vamos, como en botica-, el afán de revertir los géneros, malearlos o dotarlos de ropajes ajenos a los cánones establecidos e inyectarles grandes dosis de originalidad. Aunque No es país para viejos, la última obra maestra hasta la fecha del dúo fraternal, no era un western, en el fondo e incluso en las formas sí que contaba con su sello. Ahora, ha ocurrido lo mismo, pero un poco a la inversa, con Valor de ley, su nueva película, aparentemente una del Oeste de toda la vida, pese a no encajar en los mimbres del amplio universo del Far West, al menos para la casi siempre lúcida mente de este genial equipo cinematográfico de hermanos. Valor de ley resulta de manera nominal un remake del filme del ilustre artesano Henry Hathaway, protagonizado allá por el año 1969 por el verdadero icono del género, John Wayne, si bien la película de los Coen tiene diferencias notables respecto a su antecesora. A ratos lenta y sobria y, sobre todo, eminentemente desmitificadora y crepuscular, con algún que otro toque de lirismo, Valor de Ley transita por territorios un tanto alejados de los clichés característicos del western más clásico y purista. Es como si ambos pasaran de puntillas por el academicismo imperante en este ámbito genuinamente norteamericano, salpicando la película con sus habituales ingredientes, en los que no falta, como no podía ser de otra manera, su habitual humor ácido y la apuesta sin ambages por los antihéroes. Un excepcional Jeff Bridges (el alguacil borracho y pasado de vuelta Rooster Cogburn), en un papel con ribetes que recuerdan, aunque sea a determinada distancia a su ya celebérrimo personaje el Nota, en la también coeniana El gran Lebowski -cambia aquí la maría por el whisky-, y un ensimismado Matt Damon, en la piel de LaBoeuf, un ranger de Texas, orgulloso  y petulante, dan la reválida a la verdadera protagonista de la cinta, una jovencita de prometedor futuro llamada Hailee Steinfeld (Mattie Ross), quien está francamente espléndida como ángel vengador -no en vano la chiquilla está nominada al Oscar-, que demuestra una convicción impropia de su edad a la hora de “negociar” su particular vendetta contra el asesino de su padre -un canalla envuelto en Josh Brolin- con unos diálogos impagables. Sin duda, Valor de ley resulta un producto altamente recomendable para pasar un buen rato frente a la gran pantalla.

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No seas atrevido

Que sí, que las películas de “llaneros solitarios” se están poniendo de moda. Danny Boyle hace una especie de oda a la supervivencia con cierto toque de reality show en 127 horas, filme que lleva la coletilla de “basada en hechos reales”, donde un montañero un poco kamikaze, interpretado por James Franco, queda atrapado en una oquedad en las áridas tierras de Utah, con un brazo hecho añicos intercalado en una roca y sin más seres vivos cerca que hormigas, lagartos y demás fauna troglobia. Boyle, muy en la línea de “nuestro” Rodrigo Cortés en Buried (si me tengo que decantar entre las dos películas, me quedo, sin dudarlo un ápice, con la cinta protagonizada por Ryan Reynolds) nos presenta a un individuo enfrentado a una verdadera situación límite. El  director de Trainspotting y Slumdog Millionaire, consciente de que narrar en 90 minutos las peripecias de un tipo que está cinco días tratando de escapar a su triste destino puede resultar un canto al aburrimiento, cuando no a la desesperación, recurre a todo tipo de “elementos adicionales” que mitiguen el aparente tedio al que se enfrenta una historia previsible; y ahí posiblemente radique el acierto de Boyle, porque si tienes la mala suerte de pasar por un trance similar, tu mente será pasto de todo tipo de desvaríos, fantasías, recuerdos y anhelos. 127 horas ofrece, además, una particular moraleja: si te vas por ahí de pateo, llévate un móvil o deja dicho adónde vas. Al menos, el 1-1-2 sabrá cómo encontrarte. O eso espero

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El director y la guionista

Ni 25 años ni nada. La ceremonia de los Goya del domingo estuvo presidida de principio a fin por la guerra fría que mantienen un director metido a presidente y una guionista vestida de ministra. La gran noche del cine español estaba marcada de antemano, como una baraja en una mala partida de cartas, desde que comenzaron las desavenencias entre Álex de la Iglesia y Ángeles González-Sinde a colación de la polémica ley que lleva el nombre de ésta.

Ni la gala en sí -menos brillante y glamorosa de lo esperado, y muy en la línea de la anterior edición, que estuvo mejor, por cierto- pudo difuminar la niebla de tensión vivida entre ambos, que se vio acrecentada más si cabe tras el discurso del realizador bilbaíno, en el que vino a confirmar su anunciada marcha y a remarcar su postura: “Internet no es el futuro, como algunos creen, es el presente (…) No tenemos miedo a Internet, porque Internet es, precisamente, la salvación de nuestro cine”. Y ante ello pasó casi de puntillas y sin mucho ruido Pa negre, de Agustì Villaronga, acaparando 9 de los14 premios a los que optaba y dejando en bragas a la gran favorita, Balada triste de trompeta, del propio Álex de la Iglesia.

¿Venganza de la Academia? La de Pa negre fue la gran y casi única sorpresa de la velada, quitando al pesado de Jimmy Jump, el espontáneo de las barretinas, que vino a dar la nota (¡ay!, esa organización…). El resto cumplió el guión, incluido el Goya a Javier Bardem por su magnífica interpretación de Uxbal en Biutiful, y el papel de showman de Buenafuente, que se consolida en un espectáculo que le viene al pelo y en el que seguro que repetirá más veces. Emoción de estrado, preceptivas lagrimillas y típicas caras circunspectas de los que se quedan sin premio… Por lo demás, y ahora que estamos en vísperas de Carnavales, ni fu ni fa, salvo que una tinerfeña, Tatiana Hernández, atinó con la estatuilla al mejor diseño de vestuario por Lope.

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