Sherlock para rato

El revitalizado Sherlock Holmes parece que va a tener cuerda para mucho tiempo (además, con la inestimable ayuda de una miniserie que en España emite Antena 3). El director británico Guy Ritchie mantiene en su segunda entrega sobre el personaje la recién renovada pujanza cinematográfica del celebérrimo detective nacido de la ingeniosa y prolífica mente de Arthur Conan Doyle, que aún sigue suscitando interés, con lo cual no hace falta ningún método deductivo para inferir que la franquicia ya tiene garantizada la continuidad (al menos, otra cinta más). Guy Ritchie (Snatch: cerdos y diamantes, Rocknrolla) no se ha estrujado mucho la sesera que digamos (para qué, si la fórmula funciona) y se ha limitado a viajar por las mismas aguas del primer filme, contando prácticamente con el mismo elenco de actores, más la aportación de Jared Harris, en la piel del siempre siniestro e inquietante profesor Moriarty; de Stephen Fry, al que le va que ni pintado su flemático papel de Mycroft Holmes, el excéntrico y misógino hermano mayor del susodicho; y la de Noomi Rapace, quien abandona su rol de hacker inconformista y mala leche de su convincente Lisbeth Salander para convertirse en una misteriosa gitana. Con estos pertrechos, el realizador londinense ha sabido armar una buena historia, de mayor complejidad narrativa que la anterior, que atrapa al espectador desde el primer instante, y aunque quizás peque en algunos momentos de cierto ralentí, se remata con un brillantísimo final. En esta parte de la saga, subtitulada Juego de sombras, la acción gana enteros por su mera proyección fuera de la gris Inglaterra victoriana, con un pequeño periplo por Francia, Alemania y Suiza, y en la que el histrionismo que aporta Robert Downey Jr a Sherlock Holmes, tal vez más fiel al personaje original de lo que muchos piensan, y su contrapunto, Jude Law, otra vez en la piel del doctor Watson, vuelven a sustentar una película donde la pegadiza musiquita de Hans Zimmer apuntala su camino para erigirse en todo un clásico.

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Mitología tuneada

A la espera del estreno de la “canaria” Furia de Titanes 2, de Jonathan Liebesman, la cartelera cinematográfica alberga estas semanas otra muestra de mitología griega adulterada, en esta ocasión, de la mano de Immortals, una suerte de peplum pasado sin cortapisas por el tamiz de 300 y la saga de El señor de los anillos y concebido para mayor gloria del 3D, en el que los guionistas de la cinta en cuestión, Charley Parlapanides y Vlas Parlapanides, a pesar de llevar a cuestas un claro apellido heleno, se pasan por el forro de sus caprichos la literatura clásica al respecto. Hollywood tiene la inquietante y cansina manía de intentar mejorar lo inmejorable. El prolífico, lascivo y puñetero panteón griego, con Zeus, Hera, Atenea y Poseidón a la cabeza, resulta lo suficientemente atractivo y estimulante para no descarriar por un precipicio el particular culebrón mitológico de la Hélade, pergeñando extrañas e incomprensibles compañías de viaje. Mezclar a un tipo como Teseo, uno de los héroes griegos por antonomasia, el “torero” del Minotauro, quien dejó en Naxos para vestir santos a la bella Ariadna, con la lucha entre titanes y dioses del Olimpo, es como juntar churras con merinas en una noche sin luna. Bien es verdad que el peplum, esas películas de túnicas y espadas, mal llamadas -por extensión- de romanos, no suelen ser muy fieles a la Historia y a la leyenda, pero siempre se agradece un poco de rigor al cotarro. Immortals, dirigida por Tarsem Singh, y protagonizada por Henry Cavill, Mickey Rourke (le pone ganas a la cosa yendo de canalla sin escrúpulos), John Hurt (que siempre cuenten con él), Freida Pinto (lo mejor, sin duda) y Stephen Dorff (raro verlo por estos lares), deviene en un testosterónico filme, con imágenes hiperbólicas y una estética algo kitsch, cuyo hilo conductor no convence ni al más impávido creyente. Entretenimiento el justo para llevarse un buen puñado de palomitas a la boca y poco más en esta enésima revisitación del mentado género. Lo dicho, a la espera de más furias de titanes, a ver si esta vez sorprenden…

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Cine sin palabras

The Artist no sólo es un auténtico, sentido y sincero homenaje al cine mudo, a las cintas clásicas de un Hollywood incipiente que estaba labrando en las primeras décadas del pasado siglo su propia y deslumbrante mitología, sino un islote reivindicativo que emerge súbitamente en el amplio, profundo y pujante mar de la era digital y de esa apabullante ola llamada 3D, demostrando que en blanco y negro y sin mentar una palabra aún resulta posible que nos emocionemos con el lenguaje desnudo de las imágenes. No fue fácil para Michel Hazanavicius rodar esta comedia de corte dramático, pero la espera mereció la pena: obtuvo, por ejemplo, el aplauso unánime en la última edición del Festival de Cannes (el largometraje ganó el premio al mejor actor, un genial Jean Dujardin a “lo Ramón Novarro”) y está en las principales quinielas para hacerse con otros galardones de solera. The Artist recrea con acierto la atmósfera y la estética barroca y ampulosa que envolvían muchas de las películas que dominaban el cine mudo hollywoodense antes de la irrupción del sonoro, espacios por los que pululaban estrellas como Douglas Fairbanks, Rodolfo Valentino, Mary Pickford, Gloria Swanson, Greta Garbo y el sin par Charles Chaplin, cuyo espíritu de vagabundo irredento transita en no pocas ocasiones por este evocador filme. Cine dentro del cine: Hazanavicius bucea y juguetea, como ya hiciera el tándem Stanley Donnen-Gene Kelly en la recordada Cantando bajo la lluvia, aunque en la cinta que nos ocupa insuflando una querencia más melodramática, con el traumático deceso de las películas mudas y la condena al fracaso de un buen puñado de actores que no pudieron o supieron “hablar”. Además del “gestual” Jean Dujardin, The Artist cuenta con un excelente elenco liderado por Bérénice Bejo y completado por intérpretes como John Goodman, James Cromwell y Penelope Ann Miller. En definitiva, un muy recomendable filme en el que se propina una bofetada desde Europa a los norteamericanos, para que vayan aprendiendo a honrar a sus dioses…

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Misión entretenida

Debo confesar que mis malos presagios para con Misión Imposible. Protocolo fantasma, especialmente con ese subtítulo tan de Las Guerras de las Galaxias (o de rimbombante operación bélica estadounidense), no se han cumplido. El cuarto filme de esta saga que bebe de la exitosa serie televisiva de los años 60 y 70 del pasado siglo no solo no finiquita un producto, como suele ser habitual cuando se empieza a estirar el chicle de una franquicia hasta la saciedad, sino que incluso lo viene a revitalizar. Un auténtico lavado de cara el efectuado para este vehículo de lucimiento personal del amigo Tom Cruise -el ínclito agente Ethan Hunt-, al que, ya de paso, le imploramos (a la Iglesia de la Cienciología si hiciera falta) que solo se centre en este tipo de películas, que al fin y al cabo es lo mejor que sabe hacer. La cinta posee el pulso y el ritmo necesario para que no bajes la guardia ni un ápice en las dos horas y pico que dura, lo cual, aunque va en el propio ADN de este tipo de filmes de persecuciones a tutiplén, de malos malísimos, de chicas de muy buen ver y de mundos a los que salvar, se agradece, porque no siempre se logra mantener el trasero del espectador en simbiosis con la butaca. Se nota de nuevo la mano del J.J Abrams de marras, que ejerce ahora aquí de productor, y de un sorprendente Brad Bird (el creador de Ratatouille y Los increíbles) en la dirección, así como las buenas sensaciones que dejan actores como Jeremy Renner, Simon Pegg y Paula Patton. Impresiona la secuencia en la que se escala el Burj Khalifa, en Dubai, el edificio más grande del mundo (por ahora), aunque no tanto la correspondiente escena de la destrucción del Kremlin (creo que de los pocos edificios emblemáticos que el cine no se había cargado). En resumidas cuentas, Misión Imposible. Protocolo fantasma deviene en una buena película de evasión que cumple con la regla básica del género de acción: entretener, además de entretener, y en la que me quedo con una cosa en particular: a los espías de ahora les van los cacharritos del fallecido Steve Jobs, sobre todo, el iPad y el iPhone… James Bond me temo que estás anticuado…

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Huelga de sexo en el Magreb

Al socaire de los vientos de cambio y de aire fresco que parece que pululan por algunos países del mundo árabe -tímidos todavía en determinados casos, y con poco fuerza-, nos llega una película que se sube a este carro, no desde un punto de vista político pero sí social: La fuente de las mujeres, del director de origen rumano Radu Mihaileanu, filme que participó en la última edición del Festival de Cannes. Mihaileanu, quien firmó -por refrescar la memoria del lector- la muy recomendable El concierto (2009), éxito internacional y nominada a los Globos de Oro, narra ahora las vicisitudes de un grupo de mujeres de una aldea perdida norteafricana que desde tiempo inmemorial tienen que ir a buscar el agua a las montañas, recorriendo un largo camino con pesadas cubas en sus hombros sin que los hombres del pueblo muevan un dedo, no sólo para ayudarlas, sino para ni siquiera molestarse en canalizar el líquido elemento hacia el poblado, demasiado ocupados en beber té y en mirar a las musarañas. Basada en una historia real acaecida, en este caso, en Turquía, las mujeres, lideradas por la esposa del maestro de la localidad, inician, hasta solucionar el problema, lo que ellas llaman una huelga de amor (más bien de sexo). En clave de cuento, con tintes de comedia que rebajan en realidad una situación mucho más cercana al drama, la de una sociedad en la que impera la desigualdad de géneros por tradición, el realizador nacido en Bucarest esboza un emotivo filme, subrayado por una notable fotografía que enciende la belleza indomable de los paisajes áridos del Magreb y por un elenco de buenas actrices lideradas por Leila Bekhti, en el papel de singular activista. En el ambiente de la película, algo confesado por Mihaileanu, planea también con claridad Lisístrata, la obra del griego Aristófanes, en la que se ensalza, entre otros aspectos, la determinación femenina. En definitiva, cintas como La fuente de las mujeres vienen a contribuir, aunque sea modestamente, a encender conciencias y a que la llamada Primavera Árabe se consolide y extienda, y no se limite a meros cambios políticos. La democracia en esas naciones nunca será posible si no se logra una convivencia más igualitaria, moderna y tolerante.

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El Redford conspiranoico

El magnicidio de Abraham Lincoln marcó el epílogo de la Guerra de Secesión norteamericana (1861-1865), hecho sobre el que planean, como parece preceptivo en este tipo de casos, pocas luces y muchas sombras, y en el que a pesar de que está claro quién fue el actor material de los hechos, el actor sudista John Wilkes Booth, hay cierta nebulosa sobre los implicados en la trama urdida para asesinar al que fuera el presidente número 16 de los Estados Unidos. La conspiración, la última película de Robert Redford como director (y ya van ocho en su buchaca), trata este asunto, si bien el título resulta un poco engañoso para el tema en cuestión, puesto que el actor nacido en Los Ángeles no se detiene a indagar ni en el fondo ni en las aristas de la confabulación perpetrada, sino que fija sus miradas en otras cuestiones, mucho más estimulantes desde el punto de vista de la reflexión y el debate, como el ninguneo de la Constitución -la estadounidense en esta ocasión, pero da igual- y las escasas garantías procesales existentes cuando el poder judicial está sometido arbitrariamente al ejecutivo en un contexto de guerra, ejemplificado aquí en la figura de Mary Surratt, la primera mujer condenada a muerte por el Gobierno federal de ese país, papel interpretado por una espléndida Robin Wright. Sin duda, Robert Redford convence en el planteamiento general, en un sobrio y pausado drama, no exento de un falso suspense, que se sostiene, fundamentalmente, en una acertada fotografía y en un excepcional elenco de intérpretes (a la citada Wright, se suman James McAvoy, Kevin Kline, Evan Rachel Wood y Tom Wilkinson). Sin embargo, en el debe de la cinta hay que anotar que tal vez no logra el pulso, la emoción y la fuerza de otros celebrados productos del subgénero judicial-histórico (por ejemplo, y por una mera cuestión de “contemporaneidad”, la magistral El sargento negro, de John Ford). Aun así, Redford ejercita un notable filme que merece la pena visionar en pantalla grande. Incluso, como le ocurrió al que suscribe el pasado viernes, si tienes sentado a pocos metros de ti a un par de descerebrados parlantes que no dejan de barbotear durante todo el pase. Total, si ir al cine sale barato, ¿no?…

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Para gatófilos confesos

La verdad es que esperaba, por el personaje, una película más canalla, irreverente, incluso picarona, menos infantil. El deseado spin-off de la franquicia Shrek, El gato con botas, con alma y voz de Antonio Banderas, deja cierto regustillo de decepción adulta (nos acostumbran mal con estas cintas) porque se decanta claramente por el público pequeñito, a fin de cuentas, el que más beneficios va a dejar por medio de las perras de los progenitores (marketing manda). Un filme, con toques latinos, no sólo por el actor malagueño y su partenaire gatuna, la siempre deseable Salma Hayek, sino por su ambientación, de aroma tex-mex y aires de villorrio del sur peninsular. El gato con botas que nos ocupa, que debe más a El Zorro y al mito de Don Juan que al pergeñado por el escritor francés Charles Perrault, está destinado a uso exclusivo de la familia y de gatófilos empedernidos (a mi amigo y colega Pedro Murillo le flipará), quienes se sentirán plenamente identificados con sus felinas peripecias. Producto con una animación notable, de lo mejor de la factoría Dreamworks en los últimos tiempos, y con un guión aceptable -tal vez se eche en falta más imaginación-, donde lo único que sobra de verdad es esa cosa, en forma de huevo, llamada Humpty Dumpty, que no le resulta simpático ni al niño más risueño.

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Jodida burbuja

Llega tarde, pero al menos llega. Parecía extraño y hasta indignante que el cine patrio actual no abordarse un tema tan casposo y esperpéntico y que en mayor o menor medida hemos padecido -y padecemos- todos como es la dichosa burbuja inmobiliaria, y los tejemanejes, las corruptelas políticas y las cuchipandas que rodean a este mundillo, en el que el único perjudicado y apaleado de verdad resulta el irredento españolito de a pie en busca, como un Indiana Jones urbanitas, de una vivienda digna (Constitución dixit, realidad se ríe a carcajadas). El realizador madrileño Max Lemcke, inclinado siempre a abordar temáticas sociales, reflexiona sobre tamaña empresa en 5 metros cuadrados, una película con textura dramática pero con cierto toque humorístico, subrayado por actores de reconocida querencia a la comedia, a la sazón los otrora vecinos Fernando Tejero y Malena Alterio, en los papeles principales. Una indefinición que resta puntos al resultado final del producto. Los británicos, que son maestros en la crítica social, se decantan mayoritariamente por la ironía y el sarcasmo para contar historias que ocurren al común de los mortales, aunque sería injusto obviar aquí a gente del país tan lúcida en satirizar a la sociedad contemporánea como  Luis García Berlanga o Rafael Azcona, quien (por mentar un tema parecido) firmó el guión de la inolvidable El pisito (1959). No obstante, y a pesar de la poca consistencia final, Lemcke logra en 5 metros cuadrados que empaticemos desde el primer momento con la pareja de treintañeros en busca de su nidito de amor, y con las dificultades que surgen en el camino y que afectan a su relación, cuando por medio están los intereses de un despiadado constructor (un genial Emilio Gutiérrez-Caba) y la maquinaria que despliega. Esperemos que se siga por este camino y el cine español refleje, a ser posible con la mejor acidez, los problemas que afectan a una ciudadanía inmersa en una crisis del copón. Material no falta, desde luego.

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Microcosmos humano

Otra clase magistral del siempre controvertido Polanski. Un dios salvaje, su nueva propuesta cinematográfica, basada en la obra teatral de Yasmina Reza, logra que las peleas infantiles se conviertan en la antesala de un gran polvorín, no precisamente azuzado por los propios niños, quienes suelen encauzar y solucionar sus cuitas de una manera mucho más natural. En una atmósfera fría, casi opresiva, la que conforman las cuatro paredes de un piso de clase media, Polanski disecciona a cuatro padres, a cuatro supuestos adultos, a cuatro burgueses, que intentan limar asperezas y reconducir civilizadamante el aparente conflicto entre sus hijos, y que al final sucumben ante sus propias contradicciones. El director polaco, ejerciendo casi de terapeuta multidireccional, esboza un guión impecable, aderezado con la sublime interpretación de Christoph Waltz, Kate Winslet, John C. Reilly y Jodie Foster, para desenmascar, con ironía y sentido del humor, las fobias y las filias, las inseguridades y los miedos que pululan por el microcosmos humano. Como si de un ariete medieval se tratase, consigue derrumbar las murallas de convencionalismos sociales que adoptan unos personajes entrañables a la par que patéticos, que poco a poco derivan en un grupete de adolescentes adictos al botellón. No se la pierdan…

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Miedo escénico papal

¿Y si el que va a ser el heredero de San Pedro en la Tierra se rajase de su divina misión nada más salir elegido en el cónclave de la Capilla Sixtina? El conocido director y actor italiano Nanni Moretti se plantea esta sesuda, comprometedora y peliaguda cuestión y sus imprevistas consecuencias en la cinta Habemus Papam, pretendida sátira sobre el Sumo Pontífice. Pero no crean que Moretti se desmelena a la hora de ironizar acerca de los entresijos que rodean a la cúpula vaticana, en lo que podría haber sido una especie de reverso en clave sarcástica de Las sandalias del pescador (película de 1968 protagonizada por Anthony Quinn y basada en la novela de Morris West); en realidad, prefiere plantarse en las cuitas y dudas trascendentales de un hombre que no quiere ni por asomo ejercer de Pastor Supremo, en este caso un genial Michel Piccoli, en el papel del dubitativo e inseguro cardenal Melville. El autor de Caro diario opta, precisamente, por esta vía (lo que sorprende por su visión siempre ácida de la realidad), a pesar de que en la primera parte de la cinta nos frotamos las manos por las perspectivas que ofrece su desmitificadora imagen del boato eclesiástico a gran nivel y el vodevil permanente al que somete a los cardenales, a quienes trata como una miríada de entrañables ancianos (incluso los pone a jugar a voleibol). La película desemboca así en una reflexión sobre el miedo escénico y el acongojamiento que otorga ser el máximo representante de Dios por estos lares, aspecto que en cierta manera le resta fuerza al resultado final. Por eso, se  echa en falta de Moretti (que interpreta a un psicoanalista que acude al rescate papal, con una de las escenas más divertidas del filme, en la que entrevista “a solas” al temeroso obispo de Roma) el haber ido más allá, en poner el dedo en la llaga sobre determinadas cuestiones candentes en la Santa Sede. La Iglesia puede estar tranquila. Habemus Papam no es para tanto, sólo un pequeño dardo con poco veneno en las entrañas del Vaticano.

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