Escaso dilema

El regreso a la comedia del recurrente y recurrido Ron Howard no ha sido muy afortunado que digamos. Tras un buen puñado de años sin tocar el género, su retorno, con el filme ¡Qué dilema!, deja un desconsolado sabor agridulce, en el que el aliño del reparto, liderado por ese gigantón llamado Vicent Vaughn y secundado por gente como Kevin James, Jennifer Connelly y Winona Ryder, no alcanza el punto de sal recomendado, más que nada por la evidente falta de química entre ellos y por el deslavazado producto que esboza. Y eso que el tema tiene su cosa (valga la rima)… La película narra, básicamente, las diarreas mentales y el acoso permanente de su propia conciencia que sufre Ronny (Vaughn), tras descubrir el affaire que mantiene la pareja de su socio y mejor amigo con un jovenzuelo. Un histriónico Vaungh se debate los sesos por contarle a Nick (Kevin James) los devaneos de su mujer, una Winona Ryder que poco a poco va saliendo de su ostracismo (aquí con el nombre de Geneva -Ginebra-: ¿acaso haciendo referencia a la “apropiada” historia de Arturo, Lanzarote del Lago y demás gente de Camelot?). Un discreto y comedido Howard (1,2,3…Splash, Wilow, Una mente maravillosa, Cinderella Man, El código Da Vinci y Ángeles y Demonios) pasa de puntillas, y no con la gracia suficiente, por las procelosas aguas que separan los límites de la amistad y la intromisión personal. Para resumir, algún momento divertido -siendo condescendiente- y poco más. Así que, dilema resuelto…

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Reunión de amiguetes

La amistad o lo que supuestamente consideramos amistad. He aquí la cuestión, arduo dilema… Pequeñas mentiras sin importancia, una comedia con tintes melodramáticos, ha barrido en Francia, su país de origen, al menos en términos de espectadores, que no es poco. Lo resumo: un grupo de amigos, pequeñoburgueses cuarentones o enfilando esa etapa (algunos ya casi la oteamos, dicho sea de paso), se va de vacaciones a la costa dejando a uno de sus iguales agonizando en el hospital tras sufrir un accidente en moto. Lejos de París, y en una coqueta casa de verano, entre el marisco y el morapio, los paseos en lancha, el mar y el sol de julio, afloran dudas, malentendidos,  imbecilidades varias, medias verdades y unas considerables dosis de inmadurez. Tras un comienzo alentador -el propio hecho en sí de dejar “colgado” a un amigo del alma en el lecho sanitario-, la película, obra y gracia de Guillaume Canet, deviene en una especie de montaña rusa, con momentos álgidos y otros de cierto sopor, que se ven subrayados por el excesivo metraje de un filme (154 minutos) que, para colmo, se finiquita con un peculiar coro de plañideras al son de My way. La cinta, que aquí sólo se puede visionar en pantalla grande en los Renoir Price, salva medianamente el tipo gracias a un reparto en el que sobresalen François Cluzet y Marion Cotillard. Tener amigos para esto…

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Sentencia favorable

Los dramas judiciales siempre dan de sí en el cine, con algunos pufos pero también con auténticas joyas como Testigo de cargo, Doce hombres sin piedad o Anatomía de un asesinato, por poner sobre el tintero tres ilustres ejemplos. Y es que, seamos sinceros, nos encanta el juego dialéctico entre el abogado y el fiscal, las tribulaciones de un juez inflexible, los testigos imprevistos y los giros copernicanos de un juicio. El inocente, libérrima traslación del título original de la última propuesta del subgénero, The Lincoln Lawyer, conjuga bien todos los elementos que rodean a este tipo de películas. En esta ocasión, un peculiar abogado, interpretado por un Matthew McConaughey mucho más centrado -que repite aquí en la piel de un picapleitos tras hacerlo años atrás en Tiempo de matar– , que para más inri tiene su despacho en la parte trasera de su coche (un Lincoln, que quede claro), acepta un caso aparentemente fácil pero que poco a poco se le complica. Una trama que engancha al espectador desde el principio, ágil y trepidante, cocinada con una pegadiza banda sonora, si bien en su parte final tiende a recrearse en demasía en su desenlace. Basada en una novela de escritor Michael Connelly, El inocente no llega al nivel de filmes judiciales “más cercanos” en el tiempo, llámense Veredicto final o Algunos hombres buenos; pero sí logra, al menos, una sentencia favorable.

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Agotamiento a la vista

Exprimir la franquicia como una naranja madura hasta que no se  pueda sacar más jugo. La cuarta entrega de Piratas del Caribe, bajo el subrayado subtítulo de En mareas misteriosas, sigue la estela dejada por sus dos más inmediatas antecesoras (la primera parte continúa siendo la mejor con diferencia), si bien en su pliego de descargo hay que decir que al menos no presenta una farragosa trama; eso sí, como marca de la casa, vuelve a retorcer y malear a su antojo mitos y leyendas, en esta ocasión, la Fuente de la Juventud. El inclasificable y algo amanerado capitán Jack Sparrow, la ya célebre proyección pirata de Johnny Depp, toma verdaderamente el mando del timón y despliega por doquier un arsenal de poses, de histrionismo y demás parafernalia carnavalesca del personaje, que para eso es la estrella absoluta de una saga que, a buen seguro, vivirá otro episodio más, que mucho me temo (y deseo) será el último, dado el “agotamiento a la vista” del producto. Rob Marshall, quien se ha hecho cargo de esta cuarta parte, esboza un filme lleno de notables efectos especiales y divertidas coreografías de espada (se nota la mano “dancística” del cineasta, director de Chicago y Nine), todo aderezado con diversos toques de humor, elementos que, sin embargo, y como bien saben los seguidores de la saga, no aportan nada que no hayamos visto, ni siquiera el tira y afloja entre Sparrow y su nueva partenaire, una discreta Penélope Cruz en el papel de la española Angélica. La presencia de  Geoffrey Rush (otra vez en la piel del pérfido capitán Barbosa, de los pocos supervivientes originales de la franquicia) y del casi siempre excelente Ian MacShane (el temible pirata Barbanegra) contribuyen a equilibrar y dar lustre a una película que no tiene mayores pretensiones que entretener. Precisamente, éste es el mar por donde Piratas del Caribe transita a sus anchas, aunque debe cuidarse, y mucho, de no encallar en los peligrosos arrecifes de la repetición.

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El París de Woody

Siempre nos quedará París. La mítica frase de Casablanca ya señalaba a la ciudad de las luces, paradigma del romanticismo  y de la bohemia, como uno de los lugares físicos de la nostalgia. Allí ha puesto sus ojos Woody Allen, el más europeo de los directores estadounidenses, que prosigue su periplo por el Viejo Continente como un turista nada accidental. Una comedia romántica en París de la mano de Allen tiene muy poco o nada de convencional. Y así es. Medianoche en París supone un doble viaje por el mismo precio al corazón de la capital francesa. El director neoyorquino guía al espectador por el presente de una ciudad pero también por su pasado, un tiempo pretérito que desemboca, principalmente, en una de las épocas doradas, los años 20 del pasado siglo, donde por la conocida urbe pululaba lo más granado de la cultura internacional. Owen Wilson, alter ego en esta ocasión de Allen, que interpreta a un guionista con aspiraciones de escritor, deambula por clubes en los que se topa con Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Picasso, Cole Porter, Dalí, Buñuel y demás personajes gloriosos de un tiempo inolvidable. La evocadora noche parisina sirve de mecanismo para el cambio temporal, algo que recuerda al trasiego de lo real a lo aparentemente irreal de La rosa púrpura del Cairo. El protagonista  -sin la capacidad camaleónica de un Leonard Zelig- se deja aconsejar por Hemingway y Gertrude Stein sobre su futura novela, o se permite -de manera ventajista- comentar a Buñuel que debería realizar una película acerca de un grupo de burgueses que no pueden salir de una habitación a pesar de que nadie se lo impide (El ángel exterminador). Allen no renuncia a sus ingeniosos diálogos, no exentos de críticas políticas (puyas a los republicanos y al movimiento Tea Party), y no duda en hacer guiños francófilos, empezando por el anecdótico papel de guía turístico de Carla Bruni. El genio de la Gran Manzanza adopta en Medianoche en París los ropajes de la sencillez para cautivarnos a todos.

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El dios y su martillo

Chris Hemsworth (Thor) y Anthony Hopkins (Odin)

Chris Hemsworth (Thor) y Anthony Hopkins (Odin)

Thor supone otro botón de muestra del inagotable material que los cómics están proporcionando al cine y antesala de otros proyectos más ambicioso de la factoría Marvel.

El filme, que toma el nombre del conocido dios nórdico convertido en superhéroe, resulta a grandes rasgos entretenida, en especial su primera parte, que nos traslada al mítico mundo de Asgard, donde Thor vive con su padre Odín y con su pérfido hermano Loki, amén de amigos, familiares y demás lugareños.

Es allí, precisamente, donde discurren las escenas más logradas de la cinta, ligadas casi siempre a unos convincentes efectos especiales y, sobre todo, con un cierto tufillo shakesperiano que tiene su puntito en un contexto sideral y que viene a explicar el porqué de poner la cinta en manos de un tipo como Kenneth Branagh (Hamlet, Enrique V, Mucho ruido y pocas nueces…).

Sin embargo, la trama cojea cuando Thor, a la sazón el cachas Chris Hemsworth, deambula por la Tierra sin su inseparable martillo y de la mano de la sin par y pródiga Natalie Portman -2011 es, desde luego, su año-, que ejerce aquí de científica y a quien acompañan un nada desdeñable reparto, entre los que se hallan Anthony Hopkins, Stellan Skarsgard, Idris Elba y Rene Russo.

Poco equilibrada pero se deja ver…

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Cuéntame un cuento

Caperucita Roja

Siempre pensé que lo de Caperucita olía a chamusquina, que detrás de esa inocente muchacha se escondía algo turbio, oscuro, y que el lobo, a fin de cuentas, era una víctima… Metidos hasta el cuello en la obsesiva espiral de falta de ideas, ahora a los de Hollywood y compañía, después de pulsar la aún fructífera veta del cómic, parece que les ha dado por acudir a los cuentos clásicos (sin animación de por medio, claro) en una especie de revisitación posmoderna y actualizada de los relatos infantiles.

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Buscando un águila

La Legión del Águila

Hace ya unos buenos meses llegaba a las pantallas Centurión, cinta que versaba a grandes rasgos sobre la “pérdida” de la legendaria Novena Legión Hispana en las inhóspitas tierras caledonias (Escocia), allá por el siglo II después de Cristo. Pues bien, algo parecido se trata en el nuevo peplum post Gladiator, de nombre La legión del águila, que lleva la firma del contrastado director británico Kevin MacDonald, artífice de conocidos filmes como El último rey de Escocia y La sombra del poder.

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‘Western’ del Altiplano

De un thriller a un western. Buen cambio de juego, haciendo un símil balompédico. Mateo Gil ha querido seguir creciendo y sumando en su faceta como director y tras su primer “hijo”  en la realización a lo grande, Nadie conoce a nadie, ha articulado un más que correctísimo western que, tras estrenarse en el pasado Festival Internacional de Cine de Las Palmas, viaja ahora a Tribeca -la muestra neoyorquina apadrinada por Robert De Niro- para probar suerte en esto de los premios.

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Joffé: épica y religión

Aunque pueda parecerlo de entrada e, incluso, de salida, Encontrás dragones no tiene nada que ver con una película de corte fantástico. Se trata del último filme del británico Roland Joffé, que acude de nuevo al drama épico con tintes religiosos que tan bien cultivó en esa estupenda cinta llamada La misión (1985).

La religión, el odio, la amistad, el amor, el perdón, etcétera, etcétera, son algunas de las pulsiones y pasiones que retoma un Joffé siempre brillante en la técnica y en lo meramente formal, en una cinta que narra la azarosa y dispar historia de dos amigos, uno de ellos, Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del controvertido Opus Dei, trama de cuyo hilo tira un periodista que bucea en la vida del santo después de su muerte para escribir un libro, todo bajo el escenario predominante de la España de la Segunda República y de la Guerra Civil.

Vuelve Joffé, un hombre autotitulado de izquierdas, a poner sobre la mesa la religión, una de sus obsesiones, y el drama épico, uno de sus “sellos”.

El filme, pese al intento de desviar la atención con otras “subtramas”, no deja de ser un vehículo eminentemente hagiográfico de la figura del artífice de la Obra. El alto presupuesto del proyecto, que se ha plasmado en la presencia de actores con cierto caché (desde los protagonistas, Charlie Cox y Wes Bentley, hasta nuestros Unax Ugalde, Jordi Mollà y Ana Torrent, pasando por Geraldine Chaplin, Dougray Scott, Rodrigo Santoro, Olga Kurylenko y Derek Jacobi) ha permitido del mismo modo asumir con gran pericia batallas y escaramuzas de la contienda española, un episodio que, sin embargo, aborda de manera un tanto básica y algo plana, tal vez en su deseo de contar esta historia fraticida de forma que “la entiendan todos los públicos”.

En Encontrará dragones, uno tiene la sensación de que el también director de Los gritos del silencio (1984) mide al milímetro lo que narra, como no queriendo molestar ni ofender a nadie, lo que redunda luego en un resultado aséptico que merodea la corrección. Película regular – eso sí, con una excelente música de Stephen Warbeck – que supone, por lo menos, el regreso de Joffé.

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