En el hotel de los líos

Fotograma de 'Malos tiempos en El Royale'. / FOX

Fotograma de ‘Malos tiempos en El Royale’, película dirigida por el también guionista Drew Goddard . / FOX

Los hoteles suelen ser desde siempre un escenario recurrente en el cine. Lugares de tránsito, de encuentro, de esparcimiento, de descanso e incluso de súbita actividad, según se mire, cuando no espacios en los que se da rienda suelta a las más pasiones y pulsiones más oscuras -no se me vayan por pensamientos inapropiados…-. Malos tiempos en El Royale no corresponde en particular a este último caso, como el Overlook de El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), ni siquiera El hotel de los líos de los hermanos Marx (William A. Seiter, 1938), aunque por su poliédrica trama lo pueda parecer, si bien aquí su escasa cuota de comicidad discurre por derroteros mucho más siniestros. El segundo filme tras las cámaras del guionista Drew Goddard (La cabaña en el bosque), quien también firma el libreto, deviene en una película con vocación de suspense clásico que deriva en un producto con claros rasgos tarantinianos, y no solo por la contundencia de su epílogo, sino también por la multiplicidad de visiones de una misma escena. Malos tiempos en El Royale narra las vicisitudes de unos enigmáticos huéspedes y un no menos singular recepcionista en un otrora floreciente recinto hotelero, ahora en decadencia, ubicado en la mismísima frontera entre California y Nevada. El clasicismo imperante en este thriller, sobre todo en el planteamiento inicial, se muestra en la presentación de personajes, con sus falsas apariencias y motivaciones, muy a lo Agatha Christie, en un contexto situado en el tránsito de los años 60 a los 70. Precisamente, y ahí radica una de sus mejores señas de identidad, aspectos relevantes de la historia estadounidense de ese periodo convulso se imbrican en la intrahistoria de los mismos personajes, ya sean los iniciales tejemanejes del Gobierno de Nixon, el FBI de Hoover, la Guerra del Vietnam o las propias sectas destructivas (hasta Charles Manson pulula por el ambiente), subrayado en su conjunto con buena música soul de la época. Un cóctel explosivo y ácido, liderado por un siempre resuelto Jeff Brigdes y una convincente Cynthia Erivo, y en el que sorprende el vengador Chris Hemsworth, que poco a poco se va soltando el pelo en esto de interpretaciones más complejas. Malos tiempos en El Royale resulta una entretenida propuesta de cine negro, pero lastrada por un metraje excesivo que reduce un tanto su resultado global.

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Más ‘Millenium’

Una de las escenas de 'Lo que no te mata te hace más fuerte'. / SONY PICTURES

Una de las escenas de ‘Lo que no te mata te hace más fuerte’, filme protagonizado por Claire Foy. / SONY PICTURES

En la primera década de la presente centuria irrumpía con fuerza inusitada la serie literaria Millenium, ya saben la trilogía compuesta por los sonoros títulos Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire, escrita por el sueco Stieg Larsson y que se convirtió en epítome de la novela negra procedente de Escandinavia, tan en boga por esas fechas. Nadie dudó ni un ápice que semejante éxito mundial, que Larsson no llegaría a ver y disfrutar -murió antes de ver publicadas sus novelas-, iba a ser carne de celuloide, como así ocurrió. Obviamente, los suecos fueron los primeros en llevarla a la gran pantalla. Las andanzas de la joven e inadaptada hacker Lisbeth Salander y del maduro periodista Mikael Blomkvist tomaron forma en las carnes de Noomi Rapace -de ascendencia española- y de Mikael Nyqvist, fallecido hace poco más de un año, en una adaptación cinematográfica digna, especialmente en lo que concierne a la primera de la trilogía. Hollywood no hizo esperar mucho a Millenium, y de la mano de un seguro como David Fincher, con Rooney Mara y Daniel Craig, pergeñó una nueva versión del libro primigenio, con más medios y artificios, que le reportó un Óscar (a mejor montaje) y varias nominaciones. El universo Millenium ha vuelto al cine con Lo que no te mata te hace más fuerte, la primera de las dos novelas de la nueva serie, de la que se hizo cargo el también periodista y escritor nórdico David Lagercrantz, autor del bestseller Soy Zlatan Ibrahimovic. Una Lisbeth Salander más talludida e incluso bondiana, por su vocación de letalidad, en esta ocasión bajo la piel de la siempre resuelta Claire Foy -a la que acabamos de ver en First man-, acapara absolutamente la entrega, con un capitidisminuido protagonismo para Blomkvist, el actor Sverrir Gudnason, quien resulta en esta versión cinematográfica un mero convidado de piedra, en una trama que deambula entre secretos oficiales y un plan para dominar el orbe, con cuitas familiares entre medio. Firmada por el uruguayo Fede Álvarez, la cinta deriva en un correcto thriller con menos suspense y más acción hollywoodiense al entero servicio del entretenimiento. Sin duda, una actualización obligada y necesaria para mantener viva la franquicia.

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Mitomanía sin complejos

Fotograma del filme 'Bohemian Rhapsody'. / FOX

Fotograma del filme ‘Bohemian Rhapsody’. / FOX

Cine y rock and roll, qué gran y bendita mezcla cuando se agitan bien… La mayor virtud de Bohemian Rhapsody, la historia de Queen para la gran pantalla, película que toma el nombre del legendario sencillo de esta no menos legendaria banda británica, es que te lleva inevitablemente en volandas por sus dos horas y cuarto de metraje y música. ¡Cómo no dejarse camelar y embelesar por un viaje a través de buena parte de tu propia memoria sonora y la de varias generaciones! Bohemian Rhapsody deviene en un hábil y eficaz ejercicio de mitomanía al servicio del puro espectáculo, abanderado por la convincente interpretación de Rami Malek -al que recordamos como protagonista de la serie estadounidense Mr. Robot-, trayendo de vuelta de donde quiera que esté a esa personalidad arrolladora llamada Freddie Mercury, a quien mimetiza sin renunciar a su propio sello y que supone uno de los principales activos de una cinta que se desarrolla a un ritmo ligero y fluido, no en vano su director primigenio, Bryan Singer -fue despedido a pocas semanas de finalizar el rodaje por el estudio en cuestión, la Fox, y sustituido por Dexter Fletcher-, es un consumado especialista en acción que aporta frescura y agilidad a este biopic grupal. Un producto cuasi hagiográfico que muestras sus cartas abiertamente y sin ningún tipo de complejos. Sin embargo, a pesar de atraparte desde el primer momento con estos artificios, resulta del todo injusto no subrayar que también es un filme edulcorado y políticamente correcto, a ratos superficial, que no profundiza por determinadas situaciones del devenir de Queen y de Mercury o pasa de soslayo por otras, cuando no las minimiza, las engrandece o las obvia, sin que la carga dramática sostenga momentos álgidos, aunque sí emocionales. Que la realidad no te estropee un buen titular, reza un antiguo aserto de la canallesca; aquí sería que la fidelidad a los hechos -incluso cronológica- no rebaje o desluzca la brillantez del conjunto. Las licencias narrativas y cierta laxitud suelen ser el precio que hay pagar para glorificar los mitos.

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Mística lunar

El actor Ryan Gosling interpreta a Neil Armstrong en 'First man', la nueva película de Damien Chazelle. / EP

El actor Ryan Gosling interpreta a Neil Armstrong en ‘First man’, la nueva película de Damien Chazelle. / EP

Toda épica atesora su mística, o dicho de una manera más prosaica, las grandes gestas esconden las dudas, los miedos, las esperanzas o los demonios interiores de quienes las protagonizan. First man, la primera incursión espacial de Damien Chazelle tras sus celebradas Whiplash y La La Land, ambas con la música como denominador común, transita de lleno esta senda, digamos intimista, para contar la intrahistoria de Neil Armstrong, el astronauta finalmente designado por la NASA para que fuera el primer ser humano en pisar la Luna. Chazelle no hace un biopic al uso, pero su personalísima propuesta, en la que dominan los aspectos introspectivos, carece de la emoción necesaria, de la sublimidad que requiere narrar la consecución de un hito más que histórico, y por ahí se rebajan con creces sus prestaciones y pretensiones finales. La cinta, por la propia filosofía que impregna el director, recuerda en demasía al Terrence Malick de El árbol de la vida o al de El Nuevo Mundo, no por la carga poética y fuerza de las imágenes, sino por sus momentos de querencia reflexiva, centrados en sus dos actores principales, Ryan Gosling y Claire Foy, en los papeles de Armstrong y su esposa, aunque aquí estos instantes se despliegan en un contexto menos apropiado. Desde esta perspectiva, la apuesta de Chazelle es clara y sin ambages, y para ello incluso no duda en pasar de puntillas a la hora de reflejar otras consideraciones de calado, como la situación geopolítica que posibilita la carrera espacial entre estadounidenses y soviéticos (en plena Guerra Fría) y, por ende, su gran objetivo: alcanzar el satélite natural de la Tierra, o el propio proceso de selección y entrenamiento de astronautas, en el que no incide lo suficiente. Desde luego, First man no es Elegidos para la gloria (Philip Kaufman, 1983) ni pretende serlo, pero se echa de menos ese toque de epopeya que, sin caer en el ombliguismo de bandera a la que son tan dados este tipo de filmes, insufle más gasolina a una película correcta que solo remonta en su epílogo y juega peligrosamente en la frontera del tedio.

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Sátira soviética

Cartel de 'La muerte de Staín', película del director escocés de ascendencia italiana Armando Iannucci.

Cartel de ‘La muerte de Staín’, película del director escocés de ascendencia italiana Armando Iannucci.

Satirizar el poder y a los que lo ejercen, especialmente quienes lo hacen de forma totalitaria, y caricaturizarlos hasta la saciedad resulta siempre una saludable práctica que, lejos de relativizar hechos y acciones, ayuda a percibir iniquidades y desenmascarar supuestas ideologías; ya lo hizo en 1940 Charles Chaplin con su impagable El gran dictador, ridiculizando a Hitler y a Mussolini, y de manera más cercana en el tiempo, aunque con otras claves y giros más desaforados y menos artísticos, Seth Rogen y Evan Goldberg en la burlesca The interview (2014), sobre el omnipresente líder norcoreano Kim Jong-un. La muerte de Stalin, de Armando Iannucci, es una nueva vuelta de tuerca a la hora de acercarnos a la historia en mayúsculas desde la perspectiva del humor, del humor negro. Esta lúcida comedia coral coloca la lupa sobre los momentos previos a la muerte de Stalin y la carrera por su sucesión entre la camarilla que lo rodeaba: Georgy Malenkov (Jeffrey Tambor), Vyacheslav Molotov (Michael Palin), Lavrenti Beria (Simon Russell Beale) y Nikita Kruschev (Steve Buscemi), quien a la postre, como sabemos, se hizo con las riendas de la todopoderosa Unión Soviética. Tomando como referencia la novela gráfica de Fabien Nury y Thierry Robin acerca de estos hechos, el escocés de ascendencia italiana Iannucci, creador de la popular serie Veep (HBO), traza un hilarante y trepidante fresco de este convulso capítulo histórico, que acabó con la amplia etapa del bigotudo dictador georgiano. Con tono incisivo, Iannucci dispara una batería de recursos que van desde el sarcasmo hasta el absurdo para reflejar los inestables mimbres de la cúpula del régimen dictatorial soviético, un conjunto sustentado por las excelentes prestaciones interpretativas del nutrido elenco (completado por Jason Isaacs, como Georgy Zhukov; Rupert Friend, como Vasily Stalin, y Olga Kurylenko, en el personaje de Maria Yudina), y sobre todo de Buscemi, en la piel del oportunista e intrigante Kruschev. El miedo permanente, la represión a través de purgas, la traición tras la vuelta de la esquina y el desbocado ansia de poder son las cuatro patas sobre las que asienta el filme, barnizadas cada una de ellas por una buena capa de parodia, que permanece presente en la mayor parte del metraje para en su epílogo dar paso de golpe a una crudeza que, como tal, nunca tiene nada de graciosa.

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Pablo Bardem

Fotogramaa de 'Loving Pablo'. / Filmax

Javier Bardem y Penélope Cruz son Pablo Escobar y Virginia Vallejo en ‘Loving Pablo’, filme dirigido por Fernando León de Aranoa. / Filmax

Pues sí, para qué negarlo si todo el mundo coincide. Estamos ya un poco saturados de las pequeñas pero grandes dosis biográficas sobre Pablo Escobar que se han venido sucediendo en un relativo corto periodo de tiempo cinematográfico, primero con Escobar: paraíso perdido (2014), el debut tras las cámaras del italiano Andrea Di Stefano, con un pantagruélico Benicio del Toro como protagonista, y luego con la celebrada serie Narcos, sin olvidar a Barry Seal: el traficante (2017), de Doug Liman, en el que su figura pulula por el ambiente. Por eso, la reiteración temática del personaje es el principal escollo al que se enfrenta Loving Pablo, la película de Fernando León de Aranoa, con nuestros oscarizados Javier Bardem y Penélope Cruz liderando el proyecto. La cinta, que toma como referencia el libro autobiográfico Amando a Pablo, odiando a Escobar, de la periodista colombiana Virginia Vallejo, amante en su momento del Patrón, que interpreta con solvencia Cruz, resulta otra vuelta de tuerca más acerca del controvertido capo del Cártel de Medellín. León de Aranoa se ha soltado definitivamente su frondosa melena después de Un día perfecto (2015), donde parece que dejó atrás su cine más social que tanta notoriedad le dio (Barrio -1998-, Los lunes al sol, -2002-, Princesas -2005-) para hacer ahora sus pinitos, con gran eficacia, en otros recovecos fílmicos. Loving Pablo posee una enorme factura visual y un ritmo ágil y dinámico, con unas notables escenas de acción. Se nota la madurez y el buen hacer del director madrileño, que está en un momento de su carrera en el que se atreve con lo que le echen. El Escobar de Bardem ensombrece al de Wagner Moura en Narcos y da más miedito -y eso ya es decir mucho- que el de Del Toro en Escobar: paraíso perdido -por cierto, película de infeliz título, por razones obvias-. Su caracterización del narcotraficante es la que más se le acerca, una mimetización casi completa. Bardem logra meterse a saco y hasta el fondo en la piel de un tipo de apariencia normal en lo físico, pero abyecto en todas sus facetas interiores, y a ciencia cierta que lo ha hecho, y si no que se lo digan a la propia Penélope, que confesó que le daba cierto pavor la oscura interpretación de su marido, por otra parte, lo más destacable del filme. En cualquier caso, Loving Pablo se deja ver, a pesar de soportar, insisto, la pesada losa de los mentados y cercanos antecedentes y de querer sintetizar, sin las lógicas lagunas, en apenas dos horas y poco toda la historia del auge y caída del mayor y más mediático narcotraficante.

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Una espía con alas

Jennifer Lawrence interpreta a una espía rusa en el filme 'Gorrión rojo'. / FOX

La oscarizada actriz Jennifer Lawrence interpreta a una letal espía rusa en el filme ‘Gorrión rojo’. / FOX

Finiquitados ya los Óscar, toca ahora transitar por una temporada en la que los blockbuster van a dominar la cartelera. El primer ejemplo, al menos con vocación de ello, lo hemos tenido en Gorrión rojo; por resumir, una mezcla de añejo cine de espionaje, resabios jamesbondianos y algún toque con sabor a Hitchcock. Un cóctel que si no combina bien sus ingredientes, no deviene en un producto tan compacto como se desearía. Basado en el libro del mismo nombre del exagente de la CIA Jason Matthews, la película narra la historia de Dominika, una primera bailarina del Bolshói que, tras sufrir una grave lesión, tiene que ingresar por necesidad en una férrea sección de los servicios secretos rusos, a cuyos miembros se les conoce como gorriones rojos, letales epígonos de la Guerra Fría El director de la cinta, Francis Lawrence, artífice de la saga de Los juegos del hambre y de trabajos como Soy leyenda y Constantine, traza un thriller con una potente carga sexual, donde la acción, tan habitual cuando se llega al paroxismo en este tipo de filmes, no resulta el elemento más importante, sino más bien accesorio, aunque el tono de violencia sí que está omnipresente, sobre todo en las escenas de tortura. El realizador ha preferido aquí incidir en la psicología de los personajes, que enfatiza bajo una fría atmósfera y un ritmo más que acompasado, que, por otra parte, resta agilidad y frescura a la trama. Gorrión rojo mira de frente a la actualidad, retratando, desde un punto de vista político, a una pujante Rusia que busca visibilizar, tras la caída de la Unión Soviética, su otrora preeminente posición en el concierto internacional. Pese a algunos aciertos, por ejemplo, su notable prólogo con un montaje paralelo y los giros inesperados a lo largo de la intriga -lo que se agradece, pese a correr el riesgo de cierta desorientación-, la película no llega a ser del todo redonda, sobresaliendo de su conjunto el buen hacer de Jennifer Lawrence, no así de su partenaire, el actor Joel Edgerton, en el papel del agente estadounidense Nathaniel Nash, con una evidente falta de química entre ambos. La interpretación de Lawrence, ad hoc gélida y distante, ayuda a resaltar el fundamento y las motivaciones de su impertérrito personaje, en un universo de pérfidos espías, en el que también destacan las aportaciones de Charlotte Rampling, como una oscura preceptora, y un, al parecer, recuperado para la causa Jeremy Irons, que hasta tiene incluso cara de gerifalte ruso.

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Follón sobre el hielo

Fotograma de 'Yo, Tonya', 'biopic' sobre la patinadora artística Tonya Harding. / NEON

La actriz Margot Robbie protagoniza el original ‘biopic’ sobre la patinadora artística estadounidense Tonya Harding. / NEON

Muchas veces recurrir al humor es la forma más despiadada de contar un drama. Yo, Tonya es el  atrevido, mordaz y desenfadado biopic sobre Tonya Harding, aquella patinadora artística -los más talluditos la recordarán- que allá por los años 90 de la pasada centuria se vio envuelta en una polémica mediática en Estados Unidos tras la agresión sufrida por su compañera y rival, Nancy Kerrigan, quien fue golpeada en sus rodillas por un sujeto contratado por el marido de Harding con ánimo de lesionarla gravemente, semanas antes de los Juegos Olímpicos de Invierno de Lillehammer (Noruega). Narrada con ribetes de falso documental (lo que los americanos llaman mockumentary), esta comedia negra, que recuerda por momentos a las enrevesadas historias de los Coen, con la pequeña gran salvedad de que aquí se trata de un caso real, se pasea por la vida de la tosca Harding, desde su niñez hasta el conocido escándalo deportivo y sus posteriores consecuencias, en una original puesta en escena dirigida por el australiano Craig Gillespie, con guion de Steven Rogers. La ironía y la sátira capitanean un filme que resulta en su quintaesencia una pura tragedia, la de una joven deportista, alentada, primero, por una madre egoísta y sin escrúpulos, y luego, bajo la égida de un inseguro y zafio marido, en su afán por intentar ser la mejor en una disciplina en la que a pesar de sus logros nunca se consolidó en lo más alto. Gillespie nos ofrece un fresco aparentemente inocuo, en el que no juzga los comportamientos de los protagonistas, que dan su versión libremente ante la cámara, y que aunque parezca que los suaviza con recursos satíricos y canallas, son, en definitiva, un mero envoltorio que sirve para esconder una realidad de sinsabores y desencuentros. Otra vez en esta temporada cinematográfica volvemos a mirar a la América más profunda, donde campan la incultura y los bajos instintos, esa que posiblemente llenó de votos la buchaca de Trump y que nos demuestra que hacía tiempo que estaba larvada, a punto de que alguien rascara un poquito para aflorar con fuerza. Harding, interpretada por una soberbia Robbie Williams, deviene más en víctima que verdugo, con la que llegamos a empatizar. Lo de menos es desentrañar qué ocurrió: si ella estaba realmente enterada de toda la estrambótica trama articulada por su esposo y su incalificable amigo guardaespaldas para lesionar a Kerrigan; lo de más es poner sobre la mesa desigualdades sociales, malos tratos y unos medios amarillistas que actuaron sin medida para lograr las mayores cuotas de audiencia. Yo, Tonya es una más que recomendable cinta donde sobresale, aparte de Robbie, Allison Janney (la inolvidable jefa de prensa de El lado oeste de la Casa Blanca), con un impagable papel de mamá sarcástica, dura e insensible, todo un personaje.

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Fábula pasada por agua

Sally Hawkins interpreta a una mujer de la limpieza enamorada de un monstruo anfibio en 'La forma del agua' / FOX

La actriz Sally Hawkins es la protagonista de ‘La forma del agua’, la nueva fábula del director mexicano Guillermo del Toro. / FOX

El cine de Guillermo del Toro (El espinazo del diablo, El laberinto del fauno, La cumbre escarlata, la saga Hellboy) está inundado de bendita y necesaria fantasía, que cultiva animosamente. Este epígono cinematográfico del realismo mágico es un cuentista nato, un fabulador incansable que se sumerge desde el batiscafo de la imaginación en el abismo de las emociones, sin desdeñar la crítica social y la reivindicación, en un universo a veces salpicado de monstruos y otros fascinantes seres, que suelen tener más humanidad que los humanos y donde los humanos suelen comportarse como verdaderos monstruos. La forma del agua (de la que, por cierto, Del Toro ha recibido ya una denuncia por plagio, extrañamente a poco más de una semana vista de los Óscar, donde concurre con 13 nominaciones…) es una deliciosa historia sentimental (no sentimentaloide), narrada con enorme pericia y potencia visual. Este enésimo y particular acercamiento al mito ya caleidoscópico de la bella y la bestia nos lleva a un laboratorio de una base militar estadounidense, allá por 1962, en plena Guerra Fría, donde trasladan a una extraña criatura anfibia con forma humanoide, a la que han capturado en la selva amazónica. En esa gélida instalación ubicada en Baltimore surge, primero, la curiosidad de la empleada de la limpieza Elisa Esposito (Sally Hawkins), huérfana y muda de nacimiento, y luego, el amor. Por eso, tratará de salvar a su acuático amado, con la ayuda de su dicharachera compañera Zelda Fuller (una siempre extraordinaria Octavia Spencer) y de su vecino Giles (Richard Jenkins), un veterano ilustrador, ante los planes del Gobierno norteamericano de eliminarlo, tarea encabezada por el abyecto agente de seguridad Richard Strickland (un sublime Michael Shannon, al que los papeles de malo le van como anillo al dedo), para que no caiga en manos de espías soviéticos. Del Toro, de los tres grandes directores actuales que ha parido México (los otros dos son Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu), rinde abiertamente en La forma del agua, la que puede ser su obra cumbre, un homenaje casi integral al séptimo arte, desde el cine mudo hasta los musicales, pasando por la ciencia ficción, e incluso la comedia ligera (además, la propia protagonista vive encima de un antiguo y desvencijado cine donde proyectan péplums). Un reconocimiento en toda regla a una industria que necesita cada vez más mirar hacia atrás para seguir adelante. Y es que el cine de evasión, cuando es de enjundia, siempre merece la pena.

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La libreta de Belén

Belén Rueda protagoniza la película dramáica 'El cuaderno de Sara'. / / TELECINCO.ES

Belén Rueda protagoniza ‘El cuaderno de Sara’. / TELECINCO.ES

Guerrillas fratricidas, niños soldado, minerales de sangre, corrupción, grandes corporaciones… Palabras que en su conjunto e interrelacionadas componen un triste y trágico fresco de la realidad de una buena parte de África que cada cierto tiempo se refleja en los medios de comunicación occidentales y que sirve para azuzar conciencias e indignarnos, aunque sea brevemente, el tiempo que tardamos en cambiar de canal o de pasar página y olvidarnos por completo del asunto. El cine patrio se ha acercado poco o nada a este escenario, lo más cercano en el tiempo es el multipremiado cortometraje Aquel no era yo (2012), dirigido por Esteban Crespo, merecedor del Goya 2013 al mejor corto de ficción (antes, dicho sea de paso, ganó el Festival de La Orotava) y que compitió en los Óscar 2014 de esa categoría. Este filme, que contó con el respaldo de las ONG Alboan, Amnistía Internacional, Entreculturas, Fundación el Compromiso y Save the Children, abordó específicamente el reclutamiento de menores como soldados de fortuna de grupúsculos guerrilleros que sirven al mejor postor. Se trata de una temática que recoge, entre otros aspectos, como los ya reseñados, El cuaderno de Sara, con Norberto López Amado detrás de las cámaras y libreto de Jorge Guerricaechevarría, habitual guionista de Álex de la Iglesia. La película narra las peripecias de Laura (Belén Rueda), una acomodada abogada que marcha al Congo (en realidad filmada en Uganda y algunas escenas por estos lares, concretamente, en Anaga) en busca de su hermana, Sara (Marian Álvarez), una médico que permanece con un grupo armado que controla el comercio del coltán, mineral de infausta fama, generador de conflictos y fundamental para la posterior fabricación de componentes microelectrónicos y de telecomunicaciones (elementos presentes en nuestros inofensivos móviles, por ejemplo). Rueda es el principal activo de esta cinta con evidente mensaje de denuncia, pero que se transmite de manera colateral y escasa contundencia, lo que resta fuerza al conjunto. Posee un metraje que tarda en exceso en arrancar y coger el ritmo adecuado, que solo se acrecienta cuando llegan los instantes de mayor acción. El cuaderno de Sara está muy bien rodada, se nota la pericia de López Amado, curtido especialmente en series televisivas, pese a que los flashbacks que aparecen no engarzan en la historia con el agarre suficiente, y arroja un previsible desenlace con un epílogo que no llega a emocionar. Sobre la película planea como referente la larga sombra de Diamantes de sangre, el notable filme de Edward Zwick.

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