Spielberg con tupé

Una auténtica lección de cine. Así de sencillo, sin más alharacas y adornos. Steven Spielberg recupera la esencia de las mejores piezas del género de aventuras en su particular y lúcida visión de Tintín, el inolvidable personaje de cómic creado por el belga Hergé. El rey Midas de Hollywood (ayudado por otro que no se queda atrás en estas lides, Peter Jackson) sigue aún ejerciendo sus poderes, convirtiendo una vez más en oro todo lo que toca. En Las aventuras de Tintín. El secreto del Unicornio, el director estadounidense logra casi desde el primer fotograma que nos olvidemos de que se trata de un producto de animación de esta era digital y tridimensional en la que vivimos, rodado en el sistema de motion capture (captura de movimiento), como los filmes Polar Express, Beowulf o Cuento de Navidad, aunque en este caso con mayor excelencia. Y lo hace desplegando todo un arsenal de recursos cinematográficos y narrativos que componen un potente espectáculo visual que desactiva por completo en imaginación y diversión a las anteriores versiones fílmicas -animadas o no- de este héroe juvenil de historieta. Spielberg no tiene reparos en la película, acertado compendio, mezcla, amasijo o como lo quieran llamar de varias historias, la basada en El secreto del Unicornio, a la que se unen El tesoro de Rackham el Rojo y El cangrejo de las pinzas de oro, de rendir tributo a uno de sus personajes cinematográficos más celebrados, Indiana Jones, a quien la crítica europea comparó en el estreno de la primera entrega de la popular saga “arqueológica” con el mismísimo Tintín, corroborando así las similitudes entre ambos (no buscadas en su momento, por cierto, dado que el realizador norteamericano desconocía entonces la existencia del intrépido periodista del Petit Vingtième). Pero los autohomenajes spielbergnianos no acaban aquí, también hay referencias a Tiburón (1975), en una escena en la que el pequeño tupé de Tintín transita por el mar como si fuera un escualo. En definitiva, una de las cintas comerciales del año de obligado visionado.

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El gen miedoso

Heredarás el miedo de tus padres… No se trata de un mandamiento bíblico, sino la premisa básica que propugna Intruders, la nueva película del paisano Juan Carlos Fresnadillo, que juega aquí de manera solvente y con frescura en el farragoso terreno de juego del terror psicológico. El director tinerfeño demuestra una vez más sus dotes de narrador y de artesano del género fantástico en el que es su tercer largometraje, una cinta de discreto guión, firmado por Nicolás Casariego y Jaime Marques (tal vez lo que más cojea del filme), que mezcla dosis de fantasía, suspense y drama familiar. Intruders, que fue recibida con aplausos en el Festival de Toronto, con menor entusiasmo en San Sebastián, pero que está obteniendo el aval del público, sin aportar un excesivo plus de originalidad, cumple al menos con uno de los objetivos fundamentales de este tipo de películas: mantener pegadito a la butaca y con los ojos bien abiertos al espectador. En este caso, a  la espera de desenredar una madeja que transita por una aparente simpleza a través de dos historias paralelas, una situada en España y la otra en Inglaterra, con dos niños como protagonistas y una especie de hombre del saco llamado Carahueca como cordón umbilical. Por cierto, Carahueca, ente o ser -o como quieran llamarle- que puede salir perfectamente de un cruce indoloro entre el Ghostface de Scream, los Nazgûl de El Señor de los Anillos y los dementores del mago Harry Potter -y alguno más que se me escapa-, tiene visos de convertirse en un personaje que viene para quedarse (si no, al tiempo). Intruders, que cuenta con un convincente Clive Owen y una cada vez más asentada Pilar López de Ayala en el papel de sorprendidos progenitores, sin obviar la interpretación de la preadolescente Ella Purnell y del “padre” Daniel Brühl, refleja bien a las claras que el cine patrio se atreve con todo cuando se disponen de los mimbres necesarios y confirma a Juan Carlos Fresnadillo como uno de nuestros mejores paladines cinematográficos a la búsqueda de próximas justas.

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Yihadistas al desnudo

Surrealismo, absurdo, esperpento… Four Lions entremezcla brillantemente estos conceptos para contar la hiperbólica trama de un peculiar grupo de descerebrados aspirantes a terroristas que tratan de perpetrar un atentado en Inglaterra… ¿Banalizar y simplificar el terrorismo islamista o el terrorismo en general? En realidad, una comedia dramática como Four Lions ridiculiza con flema británica -los Monty Python  siempre presentes-  cualquier tipo de sinrazón, de fanatismo religioso o ideológico, como ya hizo en su momento el gran Charles Chaplin con su genial El gran dictador (1940) o como remarcó Stanley Kubrick en ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú (1964). Cada vez más resultan necesarias sátiras para relativizar conflictos y sacudirnos temores como la firmada por Chris Morris, un mordaz tipo curtido en los medios audiovisuales de la Pérfida Albión. La idiotez supina (acaso no lo es también la violencia terrorista) deviene en el principal arma que utiliza el filme de Morris. Estupidez multiplicada hasta la saciedad, que se refleja en los propios personajes y en las situaciones que generan, y de la que no se salva ni la propia policía inglesa. ¿Morris deforma o malea la realidad para crear esta insurgente comedia? No crean. El propio director reconoce que en la investigación previa a la película constató que lo disparatado no es infrecuente entre los terroristas. Four Lions se erige en una sobria pero lúcida parodia que reduce hasta la insignificancia el terrorismo, ejemplificado aquí en un puñado de yihadistas cafres, dirigidos por un joven, Omar, quien trabaja en una empresa de seguridad, al que siguen su amigo Waj (con evidentes problemas de sequía intelectual); Faisal, un adiestrador de “cuervos-bomba”; y Barry, un británico convertido al Islam (los conversos son los peores, según dicen); y a los que se une una especie de rapero frustrado. Semejante célula compone el grueso de esta cinta que desnuda y deja en evidencia peregrinos conflictos, y cuyo carnavalesco desenlace no sabe si hacerte reír o llorar.

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Poeta de imágenes

A Terrence Malick se le puede calificar de muchas cosas -y a fe cierta que así lo han hecho- menos el de ser un tipo prolífico y, sobre todo, rápido. Sin embargo, pese a registrar sólo cinco películas en casi 40 años -un amigo cercano diría que se toma excesivamente su tiempo-, lo cierto es que el director norteamericano ha sabido rentabilizarlas bastante bien, pergeñando de paso en su persona el ropaje de genio perfeccionista y, como tal, positivamente caprichoso. El Árbol de la Vida, su último filme, tras El Nuevo Mundo (2005) y tras La delgada línea roja (1998) -la prefiero a su contemporánea Buscar al soldado Ryan, de Steven Spielberg-, ya ha saboreado (si bien le importa poco o nada) las mieles del triunfo con la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes y el beneplácito mayoritario de  la crítica. Si el universo personal de Malick discurre por la senda del simbolismo y lo trascendental, su obra, por supuesto, le va a la saga. El Árbol de la Vida no podría haberla filmado otro que no fuese esta suerte de poeta de las imágenes. Y es que el alma de filósofo de Malick le impulsa a mostrarnos aquí un viaje dual, acaso paralelo, entre la eclosión del Universo y la gestación del planeta Tierra y el devenir de una familia de clase media norteamericana, dominada por un padre autoritario, tal vez metáfora del Gran Hacedor bíblico (un Brad Pitt más que comprometido con la causa, no en vano es el productor de la cinta), en el que se reflexiona sin tapujos ni complejos sobre la propia existencia, sobre la muerte, sobre Dios; en definitiva, sobre la vida misma. Evolución de las especies, del propio ser humano; la religión, el cristianismo, lo metafísico, aparecen como un auténtico elefante en una cacharrería pero sin causar ningún estruendo, en una película en la que pronto te ronda por la cabeza un título mítico, 2001: una odisea del espacio (1968). Podrá gustarte o no la propuesta de Terrence Malick, repartida por cerca de 140 minutos de metraje, aunque seguro que no te deja indiferente su potente poder visual.

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Policías al límite

Confieso que el género policíaco no es precisamente uno de mis preferidos. La inmensa mayoría de los productos del ramo del uniforme, las placas, las esposas y los coches con sirena que afloran en la pantalla grande o están demasiado trillados o se limitan a seguir unos determinados estereotipos que restan cualquier tipo de crédito a la originalidad. Sin embargo, películas como Los amos de Brooklyn o en su momento la recordada Colors (1988)-con otros condicionantes y en un distinto contexto- o la propia Infiltrados (2006),  sin obviar, por supuesto, a Training Day (2001), el anterior trabajo de Antoine Fuqua, el director del filme que ahora nos ocupa, te ayudan a  reconciliarte -es un decir- con los dramones policiales. Y eso a pesar de que en Los amos de Brooklyn pulula por el ambiente la sombra alargada y envolvente de The Wire, la premiada serie televisiva que toma como referente geográfico a una oscura y realista Baltimore. Si la influencia es benigna, que sea bienvenida… De la ciudad más habitada del estado de Maryland a Bronwsville, una de las zonas más peligrosas del neoyorquino barrio de Brooklyn, Fuqua dota de crudeza y realismo las historias convergentes de tres policías “quemados”, un genial triunvirato formado por un desrromantizado Richard Gere, un sobrio y siempre cumplidor Don Cheadle y un inconmensurable Ethan Hawke (repite aquí con el realizador norteamericano tras Training Day). Y como suplemento, un rescatado para la causa Wesley Snipes, que después de muchos papeles para olvidar se mete en la piel de un traficante de drogas recién salido de la trena. Fuqua hilvana de manera inteligente una trama en la que entran en juego la lucha interior de los personajes, los juicios morales y el desquiciamiento de una profesión en la que siempre se está al límite. Una historia de policías ácida y contundente que merece a todas luces su visionado, donde la acción no está reñida con los conflictos personales y laborales que destilan los protagonistas, y que el director culmina con un trepidante desenlace.

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Espías con dudas

Llega el final de un verano que no se ha caracterizado por buenas películas que digamos, todo lo contrario. A excepción de Super 8 -llamado a ser uno de los filmes del año- y alguna cinta más, el bagaje estival ha sido paupérrimo. Sin embargo, en el epílogo del estío empiezan ya a aflorar títulos en las pantallas patrias que merecen la pena visionar, como es el caso de La deuda (ya están también en capilla la última y premiada obra de Terrence Malick, El árbol de vida; y Los amos de Brooklyn, de Antoine Fuqua). La deuda, dirigida por John Madden, es un remake de un filme israelí de 2007, que narra la historia de tres agentes del Mossad, dos hombres y una mujer, y el intento de secuestro a mediados de los 60 en Berlín oriental de un doctor nazi que perpetró cientos de macabros experimentos científicos en el campo de Birkenau. La trama transita entre este espacio temporal y el año 1997, cuando la hija de dos de esos espías escribe un libro sobre los hechos que supuestamente ocurrieron y que llevaron a sus padres a convertirse en héroes del país hebreo. La deuda, sobre la que planea la inevitable comparación con Munich, de Steven Spielberg, si bien la película firmada por el ‘rey Midas’ cuenta con una factura más impecable y se sitúa en un nivel superior, mantiene desde el primer instante el interés del espectador, con las dosis de intriga y acción necesarias, un aspecto que no resulta nada desdeñable en estos tiempos de productos enlatados con fecha de caducidad. El filme se sustenta, además, en un extraordinario elenco de actores, liderado por una siempre eficaz Helen Mirren, a la que le van a la saga Tom Wilkinson, Ciarán Hinds, Jesper Christensen (da repelús en su interpretación de criminal nazi) y un cada vez más convincente Sam Worthington. Madden ha esbozado una notable cinta con un evidente pulso dramático, aunque en su debe hay que cargarle que pase un tanto de puntillas por aspectos morales inherentes a conceptos como la venganza y se centre más en filosofar sobre “la verdad os hará libres”.

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Bichos en el Oeste

Mezclar churras con merinas suele ser mal síntoma cinematográfico y termómetro de que la imaginación o está de capa caída o de un subidón incontrolable de aquí te espero. La verdad, no sé muy bien dónde encuadrar en esta tesitura a Cowboys&Aliens, esa combinación de western y ciencia ficción, amalgama que muestra una singular batalla de extraterrestres más feos que Picio contra pistoleros zarrapastrosos, en los que salen bien parados estos últimos, lo que resulta de difícil verosimilitud -incluso en un contexto de ficción- y de paso dice muy poco de estos bichejos del Universo (tecnología puntera para que encima te ganen con una pistola decimonónica). Al ver la película me recordó, a bote pronto, a ese producto híbrido llamado Aliens vs Predator y también, con el prismático de la lejanía, a cintas de difícil encaje devenidas del peplum como Hércules contra Sansón o El Zorro contra Maciste, por citar sólo dos sin miedo a sonrojarme mucho y donde el tiempo, el espacio y los personajes históricos o mitológicos eran tan maleables como un político en campaña. Sin embargo, Cowboys&Aliens, pese a lo previsible del filme, se deja ver, aunque al guión le falte mordiente y una mayor dosis de originalidad (ya puestos a darle rienda a la fantasía). El producto salva los muebles gracias a sus actores principales: con un Daniel Craig a lo Clint Eastwood -lacónico e implacable-, un Harrison Ford  crepuscular,  y una etérea e ignífuga Olivia Wilde.

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Bárbaros de pacotilla

Si echamos de menos a Schwarzenegger, es que algo va mal… El remake de Conan, el bárbaro no solo nos deja estupefacto y con cara marmórea, como si nos dieran una patada en la entrepierna, sino que, además, y ahí está la cuestión, se carga en un plis plas cualquier intento de revitalizar un subgénero del cine fantástico, como el de hechiceras, guerreros y princesas en apuros, que en los años 80 dejó magníficos ejemplos con presupuestos modestos pero con la suficiente imaginación. No solo las dos entregas del Conan del exgobernator, sino películas como El señor de las bestias o Lady Halcón, por mentar unas cuantas, contribuyeron como pocas a realzar este tipo de cine, sin que ahora, en los albores del siglo XXI, tenga solución de continuidad, a juzgar por lo que estamos viendo por ahí. Citar, para ejemplificar lo dicho, dos fallidos productos recientes: En tiempo de brujas -con un peludo Nicolas Cage- y Solomon Kane -basado en otro de los personajes emanados de la mente de Robert E. Howard, el padre literario de Conan-. Pura exhibición de efectos especiales, 3D y demás parafernalia técnica que no consiguen conectar con el público, y que sacrifica o maltrata lo más importante: la historia que se quiere contar. Y es que el Conan de ese cachas hawaiano llamado Jason Momoa se hunde por todos lados, empezando y terminando por la madre del cordero: un guión de pena, deslavazado e insulso, que flaquea por acá y acullá, sin que la trama -entre simplona y perdida- enganche a un espectador ávido de sumergirse en la Era Hiboria. Aún recuerdo con nostalgia a ese conancito pequeño (con careto de Jorge Sanz), que se queda solo en la vida, esclavizado (recuerden, su “madre” pasaba por ser  Nadiuska), tirando de una rueda de molino, para luego, con el lógico salto temporal, tornarse en el amigo Arnold, que por entonces presumía de Míster Universo. Claro, el director del cotarro se llamaba John Milius, y no Marcus Nispel, quien tiene querencia, por cierto, en esto de las revisitaciones fílmicas -lo hizo ya con Pathfinder y con Viernes 13-. En definitiva, y para acortar la cosa, otro fallido intento de barbarización. Que el dios Crom nos coja confesados…

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Espléndido cóctel ochentero

Lo habrán oído por ahí, y es cierto. Super 8 no engaña, como el algodón del famoso anuncio televisivo. Destila sin complejos y de carrerilla el aroma fresco y juvenil de Los Goonies, E.T. y Encuentros en la Tercera Fase (casi por este orden), en un bendito y espléndido cóctel spilbergiano (para eso el Rey Midas cinematográfico pone parné en el asunto) que lleva la rúbrica de un no tan “perdido” J.J. Abrams. Llámenme estúpido nostálgico o con querencia a mirar en demasía por el retrovisor de la existencia, pero ver una pandilla de chicos de tu época más imberbe (en las procelosas aguas de los 80) intentando rodar una película en tomavistas (así llamábamos al aparatito, rememoren ustedes) recuerda las cafradas de los primeros años de instituto (en el mío, hicimos un par de cortos que por vergüenza torera mejor olvidar), en los que los cruces de miradas con el sexo opuesto, las complicidades y las incomprensiones  marcaban el devenir de ese convulso periodo vital, difícil -vaya que sí- a la par que fascinante. Super 8 te entra directamente por los ojos; te arrastra como un tsunami; te retrotrae a un pasado donde el walkman pasaba por ser la tecnología más puntera del momento; y te encandila con esa luz propia del cine con evidente sabor añejo. Estás ante una película de evasión sincera y honesta, que huye de esos productos enlatados y artificiosos que nos llegan a la gran pantalla una semana sí y otra también con el 3D de marras incorporado, en los que la imaginación suele brillar por su ausencia y donde las sagas, las resagas y los remakes pululan por doquier. Desde luego, Abrams no ha descubierto la pólvora con este filme, pero sabe reinterpretar con su propio toque (ya saben, aunque sea zarandeando árboles de un lado a otro) para escoger, cual tahúr ribereño, las mejores cartas y componer una brillante partida narrativa, en la que el guión juega de protagonista, y que inevitablemente te atrapa tengas 10 ó 40 tacos. Haz la prueba…

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Doble resacón

Las secuelas tienen eso: corren siempre el peligro de repetirse como una salsa de ajo. Sin embargo, a veces -muy pocas, la verdad- la reiteración puede ser el camino de refrendar la gloria anterior, al menos desde el punto de vista de la respuesta del público. Resacón 2 ¡Ahora en Tailandia! es un claro ejemplo de ello. El guionista y director Todd Phillips no se ha cortado ni un pelo en repetir el mismo -y exitoso, por qué no decirlo- esquema de la primera película, cambiado en esta ocasión a Las Vegas por la exótica Bangkok, además de darle un poco más de escatología y de perversión al asunto. La fórmula postulada por Phillips (y que le da un punto de diferencia a películas similares, casi siempre dirigidas a un publico juvenil) es ésa en la que tras una noche de desenfreno, los resacados y amnésicos protagonistas van reconstruyendo la trama hasta saber qué pasó exactamente, y que se ve reforzada por un elenco de actores que tienen un rol muy definido (el chulesco y relativista Bradley Cooper, el desconfiado y temeroso Ed Helms, y el pueril y rocambolesco Zach Galifianakis). Grandes dosis de humor gamberro y desafiante sazonan esta segunda entrega que mantiene viva -por ahora- a una franquicia a la que quieren estirar cual chicle Bazooka -hasta que les explote en la cara, claro-. La cosa tiene visos de seguir. De momento, y para mitigar las testosterona imperante en estos dos primeros filmes, en julio se estrenará un “resacón femenino” subidito de estrógenos…

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