El martillo guasón

La entrega más divertida del dios vikingo recoge una combate entre Thor y Hulk. / MARVEL

Thor y Hulk luchan entre ambos en esta nueva entrega de la saga cinematográfica del dios vikingo, que dirige el neozelandés Taika Waititi. / MARVEL

Thor se echó unas risas. Así podía resumirse grosso modo la tercera entrega de Marvel sobre este dios de la mitología escandinava elevado a la categoría de superhéroe, que se enlaza a su vez con las confluencias cinematográficas auspiciadas por la citada factoría del cómic -ya saben, la saga de Los Vengadores y la que va camino de ello, Capitán América: Civil War-. Esta nueva aproximación al personaje del martillo más letal, interpretado por el australiano Chris Hemsworth, ha dejado de lado cualquier atisbo dramático para convertirse en una película básicamente de humor y acción, siguiendo así la estela de la aplaudida Deadpool -cinta sobre el antihéroe deslenguado y caradura del mismo nombre, encarnado por Ryan Reynolds-, que tan pingües resultados arrojó en taquilla, además de obtener el beneplácito de la crítica especializada. Este giro ha sido absoluto, dado que el tono de comedia impregna todo el metraje, dejando algo descolocado al respetable -pese a las advertencias-, que creía a asistir en Thor: Ragnarok a otro tipo de filme, tal vez de mayor querencia épica sin renunciar al cachondeo puntual marca de la casa. Cierto es que había que darle un buen empujón a la serie protagonizada por el hijo más rubiales de Odín, tras el fiasco de la segunda parte, que se alejó del halo shakesperiano y cainita insuflado -cómo no- por Kenneth Branagh en la primera, pero quizás no de esta manera tan abiertamente paródica. Es verdad que el filme, que narra una nueva amenaza para Asgard, la tierra sideral de Thor, de la mano de su desconocida hermana Hela -una estupenda Cate Blanchett, en modo villana, mezcla de Maléfica y Cruella de Vil-, presenta momentos divertidos, si bien la línea humorística llega a cansar -muchas bromas descontextualizadas-, restándole pujanza a una trama que ha contado con un reparto de quilates: Anthony Hopkins (Odín), Tom Hiddleston (Loki ), Mark Ruffalo (llevando a Hulk al espacio, ahí es nada), Karl Urban, Idris Elba (que repite como Heimdall), Jeff Goldblum, Benedict Cumberbatch (Doctor Strange) y la mentada Blanchett, con cameos de Sam Neill y Matt Damon. La tendencia Deadpool ha llegado, aunque hay que saber usarla y dosificarla…

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Tormenta imperfecta

Fotograma de 'Geostorm'. / WARNER BROS.

Fotograma de ‘Geostorm’, dirigida por Dean Devlin / WARNER BROS.

 

Hacía tiempo que no aparecía por la cartelera una película de catástrofes de corte apocalíptico. A bote pronto, si no me falla la memoria y a riesgo de dejarme alguna en el tintero, la última cinta hasta la fecha de este subgénero nacido para mayor gloria de acongojar al respetable -como si no lo estuviéramos ya con esto del calentamiento global- fue San Andrés (2015), sobre la falla del mismo nombre, en California, protagonizada por ese armario llamado Dwayne Johnson. Geostorm es la nueva aportación a la causa del acabose de la humanidad, en este caso, a costa de los fenómenos meteorológicos devastadores. El filme, dirigido por Dean Devlin, que también ejerce de coguionista, narra el fallo en un sistema de satélites que controla el tiempo en la Tierra y que puede desembocar en un auténtico pandemónium. Su aparente virtud radica en que la trama catastrófica se envuelve en una especie de thriller con reminiscencias políticas e incluso tiene su toque de ciencia ficción con la estación espacial internacional construida ad hoc; sin embargo, el resultado ofrecido no deviene en satisfactorio, más bien lo contrario, empezando por la artificial relación entre los dos hermanos encargados del proyecto: Jake y Max Lawson (Gerard Butler y Jim Sturgess). Desde luego, al espartano Butler le va más pegar mamporros a diestro y siniestro, pero en el papel de ingeniero aeronáutico deja mucho que desear, a lo que no ayuda mucho los pueriles cuando no ridículos diálogos pergeñados por Devlin y Paul Guyot (el otro guionista). Y eso que el reparto tiene su lustre, con dos veteranos como Ed Harris y Andy García, que no dejan de ser meros convidados de piedra. Un producto de evasión como Geostorm debe destacar por encima de todo por sus efectos especiales, que se centran aquí en las escenas que ilustran desgracias meteorológicas (desde la congelación de una aldea afgana o de una playa de Río de Janeiro hasta una ola de calor que achicharra la madrileña Puerta del Sol); no obstante, no llegan a sorprender de la misma manera que lo han hecho otros filmes similares. La cinta tampoco posee ninguna pulsión dramática, y en el único atisbo se diluye al final con un decepcionante deus ex machina. Eso sí, al menos posee un mensaje a modo de moraleja que parece dirigido al inefable y negacionista Donald Trump: cuidadín, que el cambio climático no es coña…

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Gélido suspense

 Michael Fassbender es el protagonista de 'El muñeco de nieve'. / UNIVERSAL PICTURES

Michael Fassbender se pone en la piel de detective Harry Hole en el filme de suspense ‘El muñeco de nieve’. / UNIVERSAL PICTURES

Eso de combatir el pelete casi día sí y otro también metido en casita, bien al abrigo de una chimenea o con la estufa a todo meter, acompañado de una taza de café con leche, té, chocolate u otra bebida similar que te haga entrar en calor, debe azuzar la imaginación, especialmente la parte más oscura de la psique, para pasar como bien se pueda las horas muertas entre nevada y lluvia, lluvia y nevada. Tal vez sea por esta gélida cotidianidad o por el decaído Estado del bienestar, del que fueron punta de lanza, los nórdicos se han convertido en maestros de la literatura de suspense más escabrosa, que ha eclosionado con fuerza en los últimos años, desde el mismísimo Stieg Larsson (con él empezó el boom) hasta Henning Mankell, ambos suecos, pasando por el noruego Jo Nesbø. Precisamente, la adaptación de una de las obras de este último, El muñeco de nieve, séptimo libro de la saga literaria protagonizada por el detective Harry Hole, se puede ver ya en la gran pantalla. No me he leído la novela en cuestión ni ninguna de las otras de Nesbø, por lo que me circunscribo a lo visto en el filme que ha dirigido Tomas Alfredson, al que recordamos por cintas tan celebradas como Déjame entrar y El topo. La película resalta desde el principio todos los ingredientes del género negro escandinavo, que tiende a escrutar su aparente compacta sociedad a través de sus propias disfunciones; sin embargo, es en su desarrollo y en su desenlace cuando, y ahí vamos al chiste fácil, el muñeco se derrite. La historia sobre un psicópata con traumas infantiles que asesina a mujeres a las que censura su conducta transita meridianamente bien hasta que se profundiza en la trama y sus subtramas, con varios flashbacks, que conviven con el devenir personal -no suficientemente desarrollado- de sus protagonistas: un contenido Michael Fassbender, en el papel de Harry Hole, y una misteriosa Rebecca Ferguson, en la piel de su compañera policía, cuyas interpretaciones salvan el tipo, sin desmerecer a un desmejorado Val Kilmer, al que cuesta reconocer por su enrevesada caracterización (solo su otoñal flequillo recuerda al imberbe rockero de Top secret!). Pese a lo deslavazado del producto, el filme, con una notable banda sonora de Marco Beltrami, mantiene cierto interés hasta que se llega a la culminación, con un final de lo más previsible e incluso grotesco.

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Replicando

Ryan Gosling y Harrison Ford protagonizan 'Blade Runner 2049'.  bladerunnermovie.com

Los actores Ryan Gosling y Harrison Ford, juntos en ‘Blade Runner 2049’. / bladerunnermovie.com

 

Qué jodida manía tienen estos de Hollywood de dar continuidad a clásicos que para muchos son intocables o de hacer remakes, secuelas o precuelas a mansalva, la mayoría con resultados francamente desastrosos desde el punto de vista de la crítica e incluso de la taquilla. Y ya sabemos eso de que nunca segundas partes fueron buenas, salvo El Padrino II y alguna que otra gloriosa excepción. En los últimos tiempos, a la industria estadounidense del séptimo arte, por mor de la escasez de imaginación y para intentar sacar parné como sea, que de eso se trata, le ha dado por retomar franquicias exitosas para exprimirles en lo posible el jugo, remontándose a sus orígenes. Es el caso del universo de Alien, con dos precuelas hasta la fecha, Prometheus (2012) y Alien: Covenant (2017), ambas de la mano de Ridley Scott, que como ustedes saben fue el señor que dirigió el primero de estos filmes, en 1979, en el que una sobresaliente Sigourney Weaver se las tuvo que ver con ese baboso bichejo extraterrestre. Ahora le ha tocado el turno a otro de los grandes clásicos de la ciencia ficción, Blade Runner (1982), la inspiración cinematográfica de la novela de Philick K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, firmado también por el citado realizador inglés, con la salvedad de que en esta segunda parte ha conseguido apartarse y dejar paso a otro, aunque ejerce de productor ejecutivo. Y ha hecho bien para evitar los supuestos palos. El canadiense Denis Villeneuve, el elegido para Blade Runner 2049, logra el aprobado -y con solvencia-, retomando la característica sombría atmósfera opresiva de cielo gris y lluvioso de su ilustre antecesora, para narrar de nuevo un mundo distópico, en el que renovados y sumisos replicantes persiguen a los modelos más antiguos y rebeldes. Visual y estéticamente poderosa y, también hay que decirlo, excesivamente larga, Blade Runner 2049 tiene hoy en día más vigencia que en los 80, con una sociedad más tecnologizada donde muchos aventuran el advenimiento del Homo Deus, el hombre hacedor de máquinas inteligentes a su imagen y semejanza o convertido en un cíborg. Un convincente Ryan Gosling lidera una densa pero resuelta película, en la que no podía faltar un crepuscular Harrison Ford para darle la puntilla. Ojalá futuras secuelas mantengan este nivel.

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La casa de los líos

Darren Aronofsky dirige la inclasificable 'Mother!'. / PARAMOUNT PICTURES

Javier Bardem y Jennifer Lawrence son los protagonistas de ‘Mother!’, del director neoyorquino Darren Aronofsky. / PARAMOUNT PICTURES

Mother!, Madre!, para los que hablamos la lengua de Cervantes, es de esas películas que dividen radicalmente al público -como se pudo apreciar durante su presentación en el Festival de Venecia-, entre los que les encanta y los que a buen seguro les parece una boutade enmarcada de astracanada o de solemne tontería (“¡tantas alforjas para este viaje!”, dirían); vamos, que resulta difícil situarse en medio de la polarización, pero que al mismo tiempo no deja indiferente a nadie, y ahí es donde gana la batalla el creador de este maremágnum cinematográfico, Darren Aronofsky (Cisne negro, Noé), consagrado ya en esto de escrutar la psique humana. Mother! parte de un argumento aparentemente simple: las cuitas de un matrimonio formado por un escritor que ha perdido la inspiración, en la piel de Javier Bardem, y su joven esposa, Jennifer Lawrence (geniales ambos en su duelo interpretativo), que vive en una mansión solitaria y que recibe una inesperada visita… Y ahí empieza todo. Bajo esta trama, el cinéfilo lector visualiza enseguida las influencias de El ángel exterminador -de nuestro Buñuel-, de La semilla del diablo -de Polanski-, de El resplandor -de Kubrick- y de cualquier otra película de terror medianamente decente basada en un inmueble encantado (y también, por ponernos cómicos, de Esta casa es una ruina o incluso, exagerando, que para eso es una cinta con vocación hiperbólica, de Una noche en la ópera, por lo del camarote de los hermanos Marx). Una primera parte llena de guiños al suspense opresivo, en el que la casona deviene en un personaje más, da paso a un desmesurado epílogo cuya razón de ser es el explícito y abierto simbolismo que rezuma este totum revolutum de filme, que abre una variada caja de interpretaciones y leitmotivs, desde el propio concepto de amor y las relaciones de pareja, la maternidad o el egocentrismo, pasando por la incompresión, la religión judeocristiana -son evidentes, entre otras, las alusiones a Caín y Abel-, la violencia, el odio, la sinrazón y un largo etcétera, tanto como el que te planteas una vez termina este fascinante delirio pergueñado por el director neoyorquino. Aronofsky nos hace pensar y eso siempre es bueno.

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En la corte de Judi Dench

Fotograma de la película 'La reina Victoria y Abdul'. / UNIVERSAL

La actriz británica Judi Dench y el actor indio Ali Fazal protagonizan la película ‘La reina Victoria y Abdul’. / UNIVERSAL

 

La historia moderna de Gran Bretaña copa últimamente la cartelera. A Dunkerque y a Churchill se le ha unido ahora La reina Victoria y Abdul, que bucea en la hasta hace poco desconocida relación de amistad que mantuvo en el crepúsculo de su existencia la monarca británica con un sirviente indio de religión musulmana. No es ni de lejos la primera vez que la vida -o parte de ella- de la también emperatriz de la India salta a la gran pantalla. Hace pocos años, en 2009, aparecía La reina Victoria, protagonizada por Emily Blunt, que se centraba en los amoríos con su consorte, el príncipe Alberto, algo que se repite en la actual serie televisiva sobre la soberana del Reino Unido. En la que nos concierne, La reina Victoria y Abdul, y yendo directo al grano, solo la salva de caer en el inmediato olvido la excelsa interpretación de esa dama de la escena llamada Judi Dench, que en absoluto resulta ajena a esto de ponerse en la piel de reinas de la Pérfida Albión, huelga decir que ya hizo de la propia Victoria en Mrs. Brown (1997) -que exploraba también otra relación con un cercano fámulo- y de Isabel I en Shakespeare in Love (1998), por la que, por cierto, ganó el Óscar. En este nuevo lance monárquico, Dench borda de manera inmensa a la achacosa cascarrabias de su graciosa majestad -que reinó sobre el imperio entre 1837 y 1901-, en un irregular filme dirigido por alguien que suele ser tan solvente como Stephen Frears, quien aquí fracasa a la hora de equilibrar la narración, que arranca claramente por el terreno de la comedia, enfatizando el carácter huraño de Victoria y abundando en situaciones pródigas de humor, como el rígido y ridículo protocolo regio, para ir descendiendo luego a territorios más dramáticos, donde la cinta pierde frescura e interés. El actor Ali Fazal, que encarna a Abdul, se limita a cumplir como puede su cometido, y al que tampoco ayuda el libreto de la película, que no profundiza en las motivaciones para admirar ciegamente a la reina Victoria -viniendo de donde viene y en un contexto de colonización-. Se trata, pues, de una cinta sin mucho recorrido que merodea por lo políticamente correcto sin morder de verdad en las cuestiones más espinosas.

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Alta tensión

Kathryn Bigelow dirige 'Detroit', sobre los sucesos raciales acaecidos en esa ciudad en 1967. / EONE

Fotograma de la película ‘Detroit’, dirigida por Kathryn Bigelow. / EONE

 

Pese a tratarse de sucesos acaecidos 50 años atrás, Detroit, la nueva película de Kathryn Bigelow, está de plena y desgraciada vigencia, en una etapa en la que los brotes racistas en Estados Unidos han vuelto a visibilizarse de la mano de determinados episodios de brutalidad policial y azuzados últimamente por la ambigua, por decirlo de manera benevolente, postura del inefable Donald Trump con los lamentables comportamientos de abyectos grupos de descerebrados, como el de los supremacistas blancos. Bigelow se caracteriza por abordar sin tapujos cuestiones aún candentes y desde luego que aquí no rehúye el reto. En esta cinta, de la mano del guionista Mark Boal, con el que ha trabajado en otros dos filmes, En tierra hostil -por el que la directora ganó el Óscar- y La noche más oscura, la realizadora californiana narra con pericia los disturbios sociales vividos durante el verano de 1967 en la otrora floreciente capital del coche, en pleno movimiento de los derechos civiles en Estados Unidos. Bigelow presenta un abrumador fresco, aderezado de manera puntual con imágenes de archivo, que le dan el pertinente toque documental, desde la propia eclosión de las protestas hasta uno de sus puntos álgidos: la redada en el Motel Algiers, que a la postre acabó con la violenta muerte de tres afroamericanos, en una operación en la que otros siete y dos mujeres blancas acabaron con brutales agresiones a cargo de agentes locales, ante la absoluta pasividad de la policía estatal y de la Guardia Nacional. Hasta llegar al momento crucial del relato tal vez le sobre a la cinta algo de minutaje -también en su epílogo-, porque es dentro del Algiers donde alcanza su mayor dramatismo, con una elevada tensión que revuelve las tripas incluso del espectador más frío. Bigelow, arropada por unos actores impecables, especialmente Will Poulter y Algee Smith, sube a niveles estratosféricos la zozobra en una notable película que transita del todo a la parte con el propósito de insuflar empatía e indignación.

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El día D de Churchill

El actor escocés Brian Cox se pone en la piel de Winston Churchill, en uno de los dos biopics previstos esta temporada/ A Contracorriente Films

El actor escocés Brian Cox se pone en la piel de Winston Churchill, durante los días previos a la Operación Overlord. / A Contracorriente Films

Viene la churchillmanía. Uno de los iconos históricos claves en el devenir del siglo XX protagoniza en la gran pantalla dos biopics que se estrenan con apenas cuatro meses de diferencia. A falta del filme El instante más oscuro (previsto para el 12 de enero), con el camaleónico Gary Oldman en la piel del celebérrimo premier británico, ha llegado a los cines Churchill que, pese a la contundencia del título, que da a entender una semblanza más extensa del personaje -nada más lejos de la realidad-, se centra en los días previos al desembarco de Normandía, el famoso día D, principio del fin de la pujanza alemana en la Segunda Guerra Mundial. Aunque Winston Churchill tuvo una extensa y agitada vida, desde sus inicios como corresponsal en la Guerra de Cuba, pasando por el segundo conflicto anglo-bóer, y su fiasco en la Gran Guerra siendo primer lord del Almirantazgo (el desastre de Galípoli), ambas películas bucean en su etapa como primer ministro en el mentado periodo bélico. En Churchill destaca sobremanera la interpretación del escocés Brian Cox, un fantástico artista (mira que lo hemos visto de secundario en cintas como Braveheart, Troya, The Boxer y en algunas de la saga Bourne), que borda el papel ayudado por una gran caracterización, y lo mejor, sin ningún atisbo de duda, de la película. El filme, dirigido por el australiano Jonathan Teplitzky, es un esforzado e introspectivo retrato del estadista antes de la consumación de la decisiva Operación Overlord, que funciona bien desde el punto de vista actoral -excelentes John Slattery, como Eisenhower, y una excelsa Miranda Richardson, como Clementine, la esposa de Winston, e incluso James Purefoy, de rey Jorge VI-, pero transita por aguas procelosas en cuanto a ritmo -lento hasta la saciedad, y eso que no es una cinta larga-. Con un gusto visual muy estético, sí que resultan excesivas las imágenes, especialmente planos generales, que quieren subrayar y sublimar la soledad del líder ante decisiones trascendentales, sobre todo su férrea oposición al desembarco, que es obviada por el alto mando aliado. Churchill deviene casi en un producto academicista al que le falta menos frialdad y más querencia a la emoción.

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Cruise: el traficante

Tom Cruise protagoniza 'Barry Seal: el traficante'. / UNIVERSAL

Tom Cruise es el protagonista de ‘Barry Seal: el traficante’. / UNIVERSAL

 

Cada cierto tiempo aparecen en cartelera títulos que tratan con esmerado desenfado algunas temáticas per se conflictivas y a todas luces reprochables, una forma de mostrar la realidad relativizándola o satirizándola, aunque sin renunciar a su cuestionamiento. La nueva película protagonizada por el ínclito Tom Cruise, que ha dejado a un lado por un momento a espías imposibles, es de esta clase de filmes. De tal guisa me vienen, a bote pronto, cintas como El señor de la guerra, no la de corte medieval, la de Charlton Heston, de 1965, válgame Dios, sin ninguna relación con lo que tenemos entre manos, sino la de 2005, protagonizada por Nicolas Cage, que cuenta el fulgurante ascenso y caída del amoral traficante de armas Yuri Orlov (apelativo, por cierto, que coincide con el de un físico nuclear ruso, que nada tiene ver con todo esto). De similar estructura y concepción formal e igualmente inspirada en hechos reales, en el caso que nos ocupa de manera evidente, sin poner nombres impostados de por medio, Barry Seal: el traficante narra las peripecias de este expiloto de la compañía aérea TWA (personaje que sale también en la serie Narcos) que se ve envuelto de la noche a la mañana en un infernal triángulo formado por la CIA, el cártel de Medellín -sí, el de Escobar- y la DEA -la agencia estadounidense contra el narcotráfico-. La película, pergeñada en clave de acción con ribetes de humor, de hecho incluso parece a veces más comedia que lo primero, resulta bastante ágil y entretenida en su deambular cronológico por finales de los 70 y la década de los 80, desde el mandato de Jimmy Carter y el posterior de Ronald Reagan, pasando por el Irangate, el Panamá de Noriega, los sandinistas y la Contra nicaragüense, hasta deslizarse por el Arkansas del por entonces gobernador Bill Clinton. La cinta, dirigida por el talentoso y ya curtido Doug Liman, se abstrae de posicionamientos morales para sumergirnos en la vorágine de vida de este particular mensajero metido a nuevo rico, que transporta en sus aviones drogas y armas, en función de lo que se tercie. Ritmo frenético para un producto solvente (a mayor gloria del siempre rejuvenecido y omnipresente Cruise) que divierte sin perder una tamizada perspectiva crítica.

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Cuando el invierno llegó en verano

Combo de imágenes de la séptima temporada de 'Juego de Tronos'. HBO

Combo de imágenes de la séptima temporada de ‘Juego de Tronos’. HBO

Qué va a ser ahora de nosotros, pobres e infortunados mortales, sin Juego de Tronos. Nos queda un año -o eso creemos- de larga y tortuosa espera para ver el epílogo de una serie que tanto ha enganchado al personal y cuya penúltima entrega ha ayudado a alegrar, en lo que al que suscribe concierne, las calurosas madrugadas estivales del lunes cuando aguardaba por un invierno impostado, gracias a esta vida de guardia de la noche que es el periodismo. Juego de Tronos llega a su inexorable fin con -casi- todas las cartas sobre la mesa, con los bandos -casi- bien definidos y con la cruel incertidumbre de cuál será el desenlace de una serie que ha ido más allá del muro de los libros de George R. R. Martin, el padre de la criatura. Esta séptima temporada no ha defraudado, tal vez sea de las mejores, sino la mejor, a excepción del sexto capítulo, con su poco creíble -y ya es bastante decir en un producto de evasión- inusitada rapidez en la resolución de acontecimientos, sublimando el concepto de elipsis, desde la ubicuidad de los cuervos (en el mundo de Poniente, heraldos en sustitución de palomas mensajeras), que parecían verdaderos wasaps, hasta los turbo dragones de Daenerys; por no mentar, ya en el apartado de la cursilería (rara avis en esta franquicia auspiciada por David Benioff y D. B. Weiss) el adolescente “Dany” que espetó un Jon Snow intentándose camelarse por lo familiar -nunca mejor dicho- a la Rompedora de Cadenas -por cierto, pese a la consumación del acto, hay una evidente falta de química entre los dos-. Juego de Tronos nos encanta por su enrevesada trama, por sus giros inesperados, por sus caleidoscópicos y nada maniqueos personajes. Una tremenda coctelera de creatividad en la que se mezclan porciones de Tolkien, de mitos germanos, de historia antigua y medieval y de relatos shakesperianos, un mundo en el que lo fantástico es un mero accesorio que se amolda a la perfección. Winter is coming. Y que lo veamos.

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