Delicia periodística

'Spotlight', de Tom McCarthym, una de las mejores películas del año.  / SPOTLIGHTTHEFILM.

Fotograma de ‘Spotlight’, el filme dirigido por Tom McCarthy. / SPOTLIGHTTHEFILM. COM

El cine y el periodismo siempre han conformado un fructífero binomio, con notables ejemplos, ya sea desde el punto de vista dramático como en clave de humor. Podemos decir sin miedo a errar que Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976) y Primera plana (Billy Wilder, 1974) blasonan ambos ámbitos dentro de un subgénero que siempre resulta sumamente atractivo para el espectador. La última aportación digna de reseñar a la causa había sido hasta la fecha La sombra del poder, del año 2009, filme dirigido por Kevin Macdonald y protagonizado por Rusell Crowe, Ben Affleck y Rachel McAdams, una cinta con mimbres de thriller político que en definitiva también suponía una reivindicación del periódico de papel ante la pujanza de la era digital. Spotlight se suma ahora al amplio listado de películas periodísticas y lo hace ocupando un puesto preeminente, en el mismísimo pódium, y no exagero ni un ápice. Su título hace mención al equipo de investigación del rotativo estadounidense Boston Globe, que a principios del presente siglo destapó decenas de casos sistémicos de pederastia cometidos durante decenios por sacerdotes católicos del estado de Massachusetts, con el silencio cómplice de la jerarquía eclesiástica local. El director y coguionista de la cinta, el actor Tom McCarthy, retrata en Spotlight la labor oscura y ardua, pero constante, de unos redactores comprometidos con la noticia, ensalzando el periodismo auténtico y realista, desnudo de cualquier vestimenta de heroicidad más allá del (buen) trabajo cotidiano y concienzudo. La grisácea redacción, las horas echadas en faena, las sutiles (o no) presiones de los poderes fácticos, la incomprensión de los más cercanos… McCarthy pone en valor en esta cinta la funcionalidad de un oficio que a veces olvida su inexcusable misión de control y vigilancia de los valores de una sociedad democrática. La película engancha desde su sobriedad argumental y formal, que se refuerza con un excelente reparto encabezado por Michael Keaton, Liev Schreiber, Mark Ruffallo, Rachel McAdams (repite aquí de perspicaz reportera), John Slattery, Brian d’Arcy James y Stanley Tucci. En estos tiempos aún de zozobra e incertidumbre, Spotlight supone reconciliarse con una profesión que no sé si es la más bella del mundo, que diría el maestro Gabriel García Márquez, pero sí es de las más necesarias.

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Burbuja didáctica

Fotograma de 'La gran apuesta'. / PARAMOUNT PICTURES

Escena del filme ‘La gran apuesta’. / PARAMOUNT PICTURES

La crisis, la crisis… No nos vamos a librar de esta cantinela que tanto nos ha jodío -y nos sigue…, ya saben, con el gerundio a cuestas- a los ciudadanos de a pie, las grandes víctimas de este virus urdido en las entrañas del mundo financiero, Wall Street, y extendido cual peste bubónica por la faz de la Tierra -apocalíptico, pero cierto-. El cine, obviamente, no ha permanecido ajeno a este acontecimiento que le ha cambiado la vida al personal más vulnerable, con notables ejemplos que han buceado en los orígenes de la crisis. Ahí van unos cuantos: Margin call, Inside job, The Company Men, Too big to fail, The flaw..La gran apuesta es la última aportación que explora en las razones financieras y económicas que sumieron al mundo en el caos más atrabiliario, centrándose en la gran madre del cordero: la enorme burbuja inmobiliaria que finalmente pinchó -se pifió, mejor-. El filme, dirigido por Adam McKay, está inspirado en historias reales y se erige, sobre todo, en un estupendo ejercicio didáctico a la hora de entender las claves que llevaron a tal execrable situación, especialmente por darle pábulo sin descaro a la codicia más descarnada -ya lo dijo el ínclito Saulo de Tarso, en su acertada sentencia: “La raíz de todos los males es la avaricia”-. Con un ritmo trepidante -aunque tanta agitación resulte al final algo repetitiva-, el filme nos muestra las peripecias de tres grupos formados por diferentes personas vinculadas al mundo de las finanzas (inversores, gestores financieros, banqueros retirados…) que se dieron cuenta de la que se nos venía encima, y que también trataron de sacar rédito a tal desaguisado. Elevadas dosis de sarcasmo y un puntual tono documentaloide -con incisos de gente más o menos famosa explicando en modo profano algunos conceptos o aclarando varios palabros de la engorrosa terminología financiera- sirven a McKay para trazar un logrado fresco acerca de la opacidad de las finanzas y de la podredumbre del sistema. Se trata pues de un notable ejercicio cinematográfico -que bebe de la obra homónima escrita por Michael Lewis- que consigue revolver las tripas del espectador ante tanta estulticia y mala baba, y cuyo resultado se cimienta en la excelente interpretación del elenco encabezado por Christian Bale, Steve Carell, Brad Pitt y Ryan Gosling. Y como epílogo a esta fábula, que nadie se llame a engaño: por mucha apuesta que se haga, la banca siempre gana. Y eso sí que es una certeza.

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Western con ventisca

Fotograma de 'Los odiosos ocho', la nueva película de Tarantino. / EONE

Kurt Russell y Samuel L. Jackson, dos de los protagonistas de ‘Los odiosos ocho’. / EONE

Una hora y media -sí, lo que oyen- tarda en escucharse el primer disparo en Los odiosos ocho. Para un western que se precie resulta bastante extraña tal dilación temporal a la hora de desenfundar un arma. Sin embargo, teniendo detrás de las cámaras a Quentin Tarantino todo es posible. Aun así, que nadie se lleve al menor de los engaños: el paroxismo de violencia marca de la casa llegará a su cita y con tintes gore, además. Tarantino siempre sorprende y eso queridos amigos resulta un plus cada vez más valorado en la enlatada cinematografía actual. Como rezuma cine por todos lados, el guionista y director nacido en Tennessee lo vomita de manera complaciente en cada uno de sus trabajos. En este su segundo western oficial tras Django desencadenado, y digo oficial dado que los mimbres del género los ha utilizado -y de manera harto visible- en buena parte de sus anteriores filmes, vuelve a sorprendernos. Formalmente, Los odiosos ocho es en toda regla un western, por ámbito geográfico, ubicación histórica y patrones estilísticos; no obstante, y he aquí el guiño de Tarantino, deviene en una película de suspense. El frío imperante del paisaje del estado de Wyoming, territorio en el que se sitúa la narración de la cinta escasos años después de la finalización de la contienda fratricida norteamericana (aunque en realidad se rodó en Colorado), parece contagiar los primeros tramos de la película, vana excusa para entrar en calor -eso sí, tal vez con una transición demasiado lenta-, cuando los peculiares e indeseables pasajeros de una diligencia -la referencia fordiana aquí es evidente- se apeen en la mercería de Minnie para refugiarse de la poderosa ventisca que se avecina. Al socaire del abrigo de la fonda y de un café que destilará aromas hitchckonianos se desatan los recelos y las verdaderas intenciones de estos bribones (cazarrecompensas, exsoldados, aspirantes a sheriff…). Tarantino recurre a sus actores más fetiches para urdir este teatral western, con una banda sonora de lujo firmada por Ennio Morricone, en el que destacan profusamente Kurt Russell, Samuel L. Jackson y una Jennifer Jason Leigh en plan Calamity Jane, que le ha valido para estar nominada al Óscar, sin desmerecer a un flemático Tim Roth -en un papel que podría haber hecho Cristopher Waltz- y a un veterano de la talla de Bruce Dern. La octava película de Tarantino no pasa desapercibida y te gustará más a medida que transcurra el tiempo.

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Los premios de la crítica más Feroz

Foto de familia de parte del elenco del filme 'La novia', la gran ganadora de los premios Feroz. / EUROPA PRESS

Foto de familia de parte del elenco del filme ‘La novia’, la gran ganadora de los premios Feroz. / EUROPA PRESS

Van solo tres ediciones, pero como si llevaran 20. Los premios de los críticos de cine españoles, o sea, los Feroz, ya se han consolidado en el panorama de galardones patrios y en la gran antesala de los Goya, algo así como los Globos de Oro de estos lares, lo cual no es moco de pavo. El madrileño Teatro Príncipe Pío concitó la noche del pasado martes a buena parte de lo más granado de la cinematografía actual del país; por allí pasaron actores y directores como Penélope Cruz, Inma Cuesta, Natalia de Molina, Blanca Suárez, Mario Casas, Hugo Silva, Quim Gutiérrez, Leticia Dolera, Daniel Guzmán, Luis Tosar, Javier Gutiérrez, Elvira Mínguez, Luisa Gavasa, Javier Cámara, Ramón Barea, Pedro Casablanc, Nora Navas, Bárbara Lennie, Ingrid García Jonsson, Bárbara Santa-Cruz, Álvaro Cervantes, Rosa María Sardà, Fernando Trueba, Dani de la Torre, Paula Ortiz, Fernando León de Aranoa, Álex de la Iglesia, Borja Cobeaga y Paco Plaza, entre muchos otros, además de productores, guionistas, publicistas, y cómo no, los críticos e informadores de cine de España que, reunidos bajo las siglas de AICE, promueven la concesión de estos premios.

Inma Cuesta, premio Feroz a mejor actriz. / EUROPA PRESS

Inma Cuesta, premio Feroz a mejor actriz. / EUROPA PRESS

Silvia Abril, la presentadora de la gala de los Feroz. / EUROPA PRESS

Silvia Abril, la presentadora de la gala de los Feroz. / EUROPA PRESS

A diferencia de los Goya, los Feroz tienen mucho menos boato en sus formas, aunque sin renunciar al glamour, faltaría más. Lejos de las tensiones y los nervios de la llamada gran fiesta del cine español, el acto de los Feroz resulta siempre un encuentro distendido y ameno, que se hace extensivo a la propia gala en las que el gremio del séptimo arte y la canallesca comparten mesa y mantel, y alguna que otra confidencia. Una noche por y para el cine, que en esta convocatoria tuvo una clara ganadora, La novia, que se alzó con seis galardones, seguida de Truman, con dos, encumbrando a mejor actriz a esa pedazo de intérprete llamada Inma Cuesta, que poco a poco va subiendo peldaños en esto de la claqueta y que le arrebató el título a una Penélope Cruz sublime por su papel en ma ma. El otro nombre propio de la noche, además de la mentada Inma Cuesta y de Paula Ortiz, la directora de La novia, y de la homenajeada por su trayectoria, Rosa María Sardà, no fue otro que el de Silvia Abril. La actriz y cómica se encumbró como una excelente presentadora de galas, tanto que los organizadores de los Goya ya deben haber tomado buena nota para futuras veladas. Humor ácido y fresco, vamos, lo que se le pide a una cita impulsada por la crítica. Silvia Abril tiró a diestro y siniestro (ni su propia pareja, Andreu Buenafuente -que no asistió- se salvó de sus dardos). “Esta edición de los Goya tendrá una Academia de Cine más española que nunca, porque qué más español que tener un presidente imputado”, remachó la catalana en alusión al extitular de la Academia Enrique González Macho.
El desparpajo de Silvia Abril no acabó aquí. Bromeó a pie de mesa con Mario Casas (a quien expulsó de la sala), Javier Cámara (al que le recordó que era su tercera nominación a los Feroz, “y que eso no significaba que se lo fuera a llevar”), Luis Tosar, Nora Navas y Penélope Cruz. “Gracias por asistir a esta humilde gala”, le dijo a la oscarizada actriz española. “Sabemos que estás acostumbrada al glamour de los Óscar, aunque a veces alguna actriz berrea el nombre de algún director (por lo del famoso “¡Pedroooo!” que Cruz gritó cuando se conoció el premio a Almodóvar). Pero las pullas no acabaron aquí, refiriéndose a B, la película, la cinta sobre Luis Bárcenas que interpretó Pedro Casablanc y que obtuvo el premio especial del jurado, la conductora de la gala espetó: “Ya era hora de hacer una película sobre corrupción, con la de chicha que dan los políticos, y debería existir como género propio, como los americanos, que tienen el western, los ingleses, que tienen el cine social, o los franceses, que tienen el cine pretencioso”. Y no le falta razón…

La actriz catalana Rosa María Sardá recibió el Feroz de Honor. / F.D.

La actriz catalana Rosa María Sardá recibió el Feroz de Honor. / F.D.

Otro de los momentos estelares llegó con el Feroz de Honor a Rosa María Sardá, entregado por su hermano Javier Sardà. “Somos afortunados pese a todo, porque no cruzamos el Egeo en patera, porque no estamos en campos de refugiados, porque no tenemos que pasar de un país a otro… Porque por mucho que nos estén jodiendo, seguimos haciendo cine, y el cine puede ayudar a un mundo mejor”, subrayó entre el aplauso del respetable. Rosa María Sardà, quien no se bajó del escenario sin dar antes un consejo mirando a las artistas más jóvenes: “No es cuestión de tiempo ni de talento, es cuestión de sobrevivir, nenas”.
Una gala rápida, sin demasiadas alharacas, en la que hasta los agradecimientos son escuetos (que aprendan en otros lados), con mucho sentido del humor (geniales tanto el vídeo introductorio en el que Silvia Abril estaba predestinada a presentar los Feroz, como el de los guionistas de algunas de las películas nominadas camuflados entre opinadores de sus propios filmes).
Una noche que se recordará también por el cumpleaños feliz cantado por los asistentes a Javier Cámara cuando subió al escenario a recoger el premio a mejor actor en nombre de Ricardo Darín. Ya se lo había “advertido” a Cámara la ínclita presentadora, era su tercera nominación en los Feroz, y que igual tampoco lo ganaba este año. Daba igual, la velada fue una fiesta donde nadie perdió, todos ganaron, es lo bueno que tienen estos premios…

 

 

PALMARÉS

Mejor drama: La novia
Mejor comedia: Negociador
Mejor director: Paula Ortiz, por La novia
Mejor actriz protagonista: Inma Cuesta, por La novia
Mejor actor protagonista: Ricardo Darín, por Truman
Mejor actriz de reparto: Luisa Gavasa, por La novia
Mejor actor de reparto: Mario Casas, por Mi gran noche
Mejor guion: Truman
Mejor música original: La novia
Mejor tráiler: La novia
Mejor cartel: Requisitos para ser una persona normal
Premio Feroz Especial Jurado: B, la película
Premio Feroz de Honor: Rosa María Sardá

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‘Remakeando’

Edgar Ramírez y Luke Bracey protagonizan 'Point Break (Sin Límites). / POINTBREAKMOVIE.COM

Edgar Ramírez y Luke Bracey protagonizan ‘Point Break (Sin Límites). / POINTBREAKMOVIE.COM

A Hollywood no se le va del todo esa pulsión que tiene cada cierto tiempo de hacer remakes. Con escasas y puntuales excepciones, el remake no suele mejorar el original como tampoco nunca segundas partes fueron buenas (ya sé lo que piensan, El Padrino II y demás…), por lo que la mayoría de las veces es mejor ahorrar dinero y esfuerzos y darle más a la imaginación y menos a la nostalgia mal entendida… El rollo macabeo previo viene a cuento por la presencia en la gran pantalla de Point Break (Sin Límites), a la sazón nueva versión de Le llaman Bodhi (titulada así por los lares patrios), una de las películas de acción más populares de los años 90 y que estaba liderada por una estrella rutilante de la época, el Patrick Swayze pos Dirty Dancing y Ghost, y por otra emergente, el Keanu Reeves pos Las amistades peligrosas. La cinta en cuestión, dirigida por Kathryn Bigelow, quien ya apuntaba maneras y que ganaría el Óscar años después por la espléndida En tierra hostil, devino en un celebrado filme, con un ritmo trepidante en el que el surf ocupaba un espacio relevante en la trama -aunque para los amantes de este deporte siempre quedará por delante El gran miércoles-. La actualizada Point Break ni siquiera se acerca a su predecesora, más allá de alguna que otra escena con ínfulas de trepidante -nada que no hayamos visto en Al filo de lo imposible-, especialmente la que abre la película -y ahí se quedan las expectativas-. Pese a cambiar un poco las claves de la historia (trasfondo místico-ecologista en las motivaciones de la minibanda de delincuentes), la internacionalización de los espacios geográficos (desde Francia hasta Venezuela, y más allá) y el hecho de abarcar, aparte del surf, deportes de generosa adrenalina, el producto resultante, que firma Ericson Core, no engancha en absoluto. Los protagonistas del cotarro, Édgar Ramírez (el mentado Bodhi) y Luke Bracey (el párvulo agente del FBI Johnny Utah) no tienen el carisma de sus ilustres antecesores, mientras que la supuesta partenaire, Teresa Palmer, actúa como si pasara por allí. Core se limita a tunear y actualizar el asunto con los tiempos que corren: bastantes deportes de riesgo, YouTube, fiestita hippie-pija, y para coronar, final tipo La tormenta perfecta. En fin, me quedo con la primera y con las caretas de Carter, Nixon y Reagan -solo con las caretas, eh-.

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Biografía en tres actos

Michael Fassbender es el protagonista del nuevo 'biopic' sobre 'Steve Jobs', que dirige Danny Boyle. / UNIVERSAL

Michael Fassbender es el protagonista del nuevo ‘biopic’ sobre Steve Jobs. / UNIVERSAL

El impacto de la revolución tecnológica y sus gurús resulta un interesante caldo de cultivo para el cine y factor de actualización con la contemporaneidad, que se ha sustanciado en diversas aportaciones, especialmente en el terreno de las biografías cinematográficas. El fallecido Steve Jobs, cofundador de Apple, es un claro ejemplo del atractivo que suscita al mundo del celuloide, con varios biopics ya a cuestas, como Piratas de Silicon Valley (Martyn Burke, 1999), iSteve (Ryan Perez, 2013), Jobs (Joshua Michael Stern, 2013) o el documental Steve Jobs: Man in The Machine (Alex Gibney, 2015). Ahora, Steve Jobs, dirigida por Danny Boyle con libreto de Aaron Sorkin -sobra decir a estas alturas que se trata de uno de los mejores guionistas del mundo-, se suma a este listado más o menos hagiográfico, si bien con elementos superiores al resto de sus predecesoras. La cinta se asienta en los instantes previos a tres momentos cruciales profesionales -y vitales- del personaje en cuestión: las mediáticas presentaciones -precisamente, uno de los puntos fuertes de Jobs- del primer Macintosh, en 1984; de la computadora NeXT, en 1988; y del iMac, en 1998, aderezados todos con puntuales flashbacks que rompen un poco con la estructura planteada. En esta puesta en escena cuasi teatral -los exteriores devienen en pura anécdota- se disecciona la particular y ególatra personalidad de Jobs, esculpida aquí por Michael Fassbender, en una de sus mejores interpretaciones que, a buen seguro, ubica al actor nacido en Alemania en el sendero que lleva a los Óscar. El filme, con brillantes y ágiles diálogos -marca Sorkin-, además de un ritmo adecuado que en ningún momento hace decaer el metraje, es un ir y venir continuo que bucea en las relaciones con sus más estrechos colaboradores y allegados, desde su compañero de fatigas Steve Wozniak (Seth Rogen) hasta el que fuera director general de Apple, John Sculley (Jeff Daniels), pasando por su expareja Chrisann Brennan (Katherine Waterston), el ingeniero Andy Hertzfeld (Michael Stuhlbarg) y su exjefa de marketing, Joanna Hoffman (una genial Kate Winslet); eso sí, con el acento puesto en los distantes vínculos con su hija, Lisa, a la que en un principio Jobs no reconoce. La película se abstrae de la linealidad y de la literalidad en su tratamiento para recrear, por el contrario, su peculiar -y difícil- carácter y su carismática capacidad de propalar ilusiones, aunque con la suficiente distancia para que el espectador no logre empatizar con este genio de las nuevas tecnologías.

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No mires hacia abajo

Fotograma de la película 'El desafío', de Robert Zemeckis / SONY

Joseph Gordon-Levitt interpreta al equilibrista francés Philippe Petit en ‘El desafío’. / SONY

Cada cual tiene sus sueños en forma de retos, algo bastante respetable por otra parte, faltaría más. Sin embargo, hay gente que pone el listón muy pero que muy alto, tanto como los más de 400 metros que medían las trágicamente desaparecidas Torres Gemelas. Es el caso de Philippe Petit, el célebre equilibrista francés, que allá por el verano del año 1974 cruzó ni corto ni perezoso -y con nocturnidad, premeditación y alevosía- por encima de un fino alambre la distancia en altura que separaba a los dos colosos neoyorquinos, ante la atenta mirada de cientos de curiosos viandantes y de la enfurecida Policía en la bulliciosa Manhattan. Tal vertiginosa hazaña, contada en el libro Alcanzar las nubes -desde luego, un más que acertado título-, fue llevada a la gran pantalla en forma de documental por el cineasta británico James Marsh, que logró con su adaptación, llamada Man on wire, el Óscar en 2008. Así que era cuestión de poco tiempo que un material tan cinematográfico se tratara de nuevo, y que mejor que uno de los grandes del blockbuster, Robert Zemeckis (Regreso al futuro -I, II y III-, ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, Forrest Gump, Beowulf), para encargarse de dar forma a tamaña misión. El desafío (The walk) se explaya, al socaire de los alardes y efectos técnicos digitales (que ya le habrían gustado a don Alfred Hitchcock para enfatizar su Vértigo), en el puro compromiso con el espectáculo visual, firma indefectible del propio Zemeckis. Petit, interpretado por un convincente Joseph Gordon-Levitt -a quien acompañan en el reparto Charlotte Le Bon y Ben Kingsley-, cuenta en primera persona, subido desde un púlpito inusual: lo alto de la Estatua de la Libertad, su sueño y el origen de sus motivaciones en pos de la consecución del aventurero reto. Zemeckis esboza una película entretenida -que es de lo que se trata al fin y al cabo-, especialmente en su segunda parte, a pesar de que sabemos de antemano el resultado final, y no defrauda al narrar los detalles de cómo se tramó una peripecia digna de un personaje que parece estar lejos de la cordura y cerca de la genialidad. El desafío quita el hipo y logra que el espectador se aferre a la butaca, no sea que caiga al vacío en lugar del funámbulo. Desde luego, una cinta ideal para quien no tenga mal de altura.

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Despertar la fuerza

Fotograma de'Star Wars: El despetar de la Fuerza'. / DISNEY

Kylo Ren, uno de los nuevos personajes que se incorporan a la saga ‘Star Wars’. / DISNEY

Sí, sin ningún tipo de ambages ni dudas. Era lo que esperábamos ver, sobre todo después de la fallida y agridulce trilogía-precuela (ya saben, los Episodios I, II y III) de la serie Star Wars -para los de mi época, La Guerra de las Galaxias-, que tan mal sabor de boca dejó a la legión mundial de seguidores de este producto cinematográfico convertido ya en auténtica mitología. El despertar de la Fuerza, la continuación de la celebérrima franquicia galáctica, ha supuesto un alivio para los fans y un acicate para los productores (con Disney ahora a los mandos tras comprarle los derechos a George Lucas ) al cumplirse con creces las expectativas, tanto temáticas y narrativas como recaudatorias -que son a la postre las que deciden su pervivencia-. J. J. Abrams, el director del cotarro, un profundo conocedor de la filosofía de la saga, ha sabido captar la esencia original de Star Wars y adaptarla a los nuevos tiempos, sin que el resultado chirríe o haga aguas por algún lado. Las continuas referencias y guiños (que el avezado espectador sabrá apreciar en buena medida) a los filmes primigenios (La Guerra de las Galaxias, El Imperio contraataca y El retorno del Jedi) no solo enriquecen y dan lustre al relato, sino que inoculan en grandes dosis el espíritu inicial a tramas, escenarios y personajes que se suman al imaginario creado decenios atrás. Abrams, quien confirma aquí sus dotes de “resucitador” de sagas -ya lo hizo con la “rival” Star Trek-, juega hábilmente con lo antiguo y lo nuevo y ambas cosas se ensamblan a la perfección, insuflando de paso a la historia una decidida vocación por la aventura clásica. El despertar de la Fuerza se sitúa cronológicamente 30 años después de la batalla de Endor, con la irrupción de una nueva amenaza que sustituye al Imperio en el “lado oscuro”: la Primera Orden, a la que le hace frente la Resistencia. La eterna lucha entre el bien y el mal, cuitas familiares, criaturas estrafalarias, robots y naves imposibles… Ingredientes de antaño pero actualizados. Quedan así puestas las bases de una remozada serie, con personajes como Rey (Daisy Ridley), Finn (John Boyega) y Kylo Ren (Adam Driver), que tienen nexos con el pasado en las figuras de Han Solo (Harrison Ford, quién si no), la princesa Leia (Carrie Fisher) -ahora convertida en la general Organa- y Luke Skywalker (Mark Hamill). Si no hay alguna perturbación que lo impida, la Fuerza ha regresado para quedarse por mucho tiempo.

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Un puente bien construido

Tom Hanks protagoniza 'El puente de los espías'. / FOX

Tom Hanks protagoniza ‘El puente de los espías’, la nueva película de Steven Spielberg. / FOX

La vuelta del Rey Midas de Hollywood siempre es una gran noticia, y más si lo hace por la puerta grande, aunque ya eso de convertir en oro todo lo que toca parece cosa del pasado. Steven Spielberg regresa a la pantalla después de su biopic de Abraham Lincoln -en 2012- con El puente de los espías, filme brillante e inteligente -ahí está el libreto firmado por Matt Charman y los hermanos Cohen-, en el que demuestra una vez más sus enormes dotes de narrador, con una expeditiva puesta en escena y un dominio absoluto del lenguaje cinematográfico, remarcado con la sublime fotografía del polaco Janusz Kaminski. Spielberg despliega sobre el tapete y como alegato la defensa a ultranza de la legalidad en su país, en un contexto de plena ebullición de la Guerra Fría con una CIA pragmática e implacable como contrapoder -antes y ahora-, y donde la bandera de las libertades, enarbolada por el abogado James B. Donovan, en la figura de uno de sus actores fetiche, Tom Hanks, se erige como elemento diferenciador frente a la Unión Soviética, su contrincante al otro lado del telón de acero. Con el añejo sabor de las películas de espías, aunque en realidad no lo es en stricto sensu, Spielberg traza sobre unos hechos reales un verdadero thriller político, dotándolo de elementos de suspense que a ratos recuerdan a Hitchcock -también caben aquí como referencias otros directores de la época clásica- en filmes de parecida temática, como Cortina rasgada (1966) o Topaz (1969). Hanks, émulo contemporáneo de James Stewart en su papel de héroe tranquilo, y en el caso que nos ocupa un Atticus Finch de altos vuelos, interpreta al íntegro letrado que lucha contra el establishment para dar una salida garantista a su incómodo cliente, el espía soviético Rudolf Abel -un genial Mark Rylance-, cazado por el FBI en pleno Brooklyn, tesitura que luego le llevará a desempeñar el papel de avezado mediador en un intercambio de agentes secretos entre Estados Unidos y la URSS en el complicado Berlín de posguerra. Precisamente, las escenas en la ciudad germana, justo en el momento de la construcción del muro de la vergüenza, resultan las más vibrantes de un conjunto en el que no faltan las comedidas notas de humor y que comienza con una magistral secuencia, digna del maestro que es Spielberg. Vayan a verla.

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Persiguiendo al Leviatán

Fotograma del filme 'En el corazón del mar', dirigida por Ron Howard. / WARNER BROS.

Chris Hemsworth es el protagonista de ‘En el corazón del mar’. / WARNER BROS.

El mar, la mar, que diría Rafael Alberti, vuelve a salpicar la pantalla grande, lo cual siempre es de agradecer. Desde la maravillosa Master and Commander: al otro lado del mundo (2003), de Peter Weir,  protagonizada por Russell Crowe y basada en la serie de novelas de Patrick O’Brian, no veíamos una película de aventuras de corte clásico en el gran azul. Ahora llega En el corazón del mar, el nuevo producto de Ron Howard, cinta rodada por estos lares isleños, especialmente en La Gomera, que narra la historia real del ballenero norteamericano Essex, que allá por el primer tercio del siglo XIX fue hundido por un cachalote de dimensiones bíblicas y que sirvió de inspiración a Herman Melville para su afamada novela Moby Dick. De esta manera, Canarias queda vinculada definitivamente al mito de la ballena blanca cinematográfica, dado que la versión más popular en celuloide de Moby Dick también se filmó en el Archipiélago, en aguas grancanarias, a principios de los años 50. En el corazón del mar deviene en un notable blockbuster; sin embargo, se esperaba mucho más de uno de los directores consagrados de Hollywood, en una cinta que se prestaba por su contenido y posibilidades a la épica más desaforada. Howard tenía un buen material entre sus manos y se le ha escapado como el enorme cachalote -un Leviatán en toda regla- del filme, por no arponear bien en la diana de la emoción, aspecto primordial en las epopeyas de este calibre. La película despliega sus velas en su grandiosa factura visual y pierde el rumbo en su tramo final. Del guión, no se sustancia lo suficiente el antagonismo del capitán del ballenero y su primer oficial, a la sazón Chris Hemsworth, y no se incide lo deseable en mostrar la vida a bordo de un barco de principios de la centuria decimonónica, como sí ocurre en Master and Commander -da igual que fuese un buque de guerra-, la referencia obvia y más cercana en el tiempo. De lo más destacable del filme, la convincente interpretación de Hemsworth, acostumbrados a verlo en otras lides testosterónicas (excepto en Rush), pegando mamporros a diestro y siniestro con el martillo de Thor. Del elenco, en el que está incluido nuestro Jordi Mollà (un cameo, en realidad) resalta, además, el joven Tom Holland (al que vimos en Lo imposible,  igualmente con el agua hasta el cuello). Pese a todo, En el corazón del mar, que cuenta con una gran partitura de Roque Baños, mantiene el espíritu de las viejas películas de aventuras.

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