Ascensión fatal

Una de las imágenes de la película 'Everest'. / UNIVERSAL

Fotograma del filme ‘Everest’. / UNIVERSAL

En un mundo cada vez más convencional, en el que la aventura está tan choteada como encorsetada, cuando no planificada, el alpinismo todavía conserva ese halo de proeza y de romanticismo que conlleva el esfuerzo, el reto personal, el compañerismo y la lucha contra los elementos -y contra uno mismo-, a pesar de que también sucumbe a la frivolización de hacer creer que lo difícil a veces no es tan complicado y se puede hasta pagar por ello. Con esta última premisa parte Everest, filme que narra la tragedia acaecida en el año 1996, en la que murieron en el techo del mundo ocho personas de tres expediciones comerciales que allí coincidieron (semanas después fallecieron otras cuatro a causa de las heridas). La cinta con tal clarificador nombre, dirigida por el hispano-islandés Baltasar Kormákur, dibuja bien todo el entramado montado alrededor de un negocio que permite “llevar de la mano” a montañeros con mayor o menor experiencia que ansían a toda costa escalar la mítica cima, coronada por primera vez en 1953 por el neozelandés Edmund Hillary y el sherpa Tenzing Norgay. Sin embargo, tras mostrar de una manera sucinta y casi de pasada a los protagonistas, con leves -o inexistentes, en algunos casos- pinceladas de su pasado o de sus motivaciones, cuando empieza la hora de la verdad, es decir, la ascensión, el filme no llega a tener el pulso emocional que se le requiere, y por ende, no empatiza del todo. Solo la inigualable belleza del paisaje, subrayada por una notable fotografía, refuerza esta película dotada, por otra parte, de una escasa profundidad interpretativa, y eso que cuenta con un elenco nada desdeñable, con nombres como Jason Clarke, Josh Brolin, John Hawkes, Keira Keira Knightley, Emily Watson, Jake Gyllenhaal, Robin Wright y Sam Worthington -que aquí parece que vino a hacer un cameo-. Con Everest pasas un rato entretenido y poco más, de una manera diferente, por ejemplo, a ese chute de acción llamado Máximo riesgo, protagonizado por Sylvester Stallone, el otro título de este ámbito que se me viene a bote pronto a la cabeza; aunque si realmente te gusta o atrae dicho universo, mejor recurre a la excelente serie de TVE Al filo de lo imposible.

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‘Ma ma’, la madurez de Penélope

 Penélope Cruz es la protagonista de 'Ma ma', el último filme de Julio Medem. / DA

Penélope Cruz es la protagonista de ‘Ma ma’, el último filme de Julio Medem. / DA

Una España en plena crisis económica, sumida en el pozo del paro y jalonada con vastos recortes sociales y sanitarios, pero con el fútbol como irremediable bálsamo de Fierabrás -vamos, lo que aún seguimos viviendo en mayor o menor medida- es el escenario en el que Julio Medem nos presenta Ma ma, su último filme, rodado en parte en esta ínsula de las Afortunadas (el avezado espectador, además de los dos hospitales universitarios, seguro que reconoce los eucaliptos de la bella carretera de la Cruz de Tea, en las medianías de Granadilla). Ma ma, pese a su sensible y dura temática, es una película -en el fondo y en la forma- vitalista que tiene a Penélope Cruz como punta de lanza y razón de ser, en una gran interpretación, en la que viene a subrayar su enorme talento, no siempre lo suficientemente valorado, y eso a pesar del atronador bagaje que da el llevar a cuestas tres Goyas, un Bafta y un Óscar. La actriz madrileña se pone aquí en la piel de Magda, una maestra desempleada, madre de un niño, que está a punto de separarse de su casquivana pareja y a la que le detectan un cáncer de mama. En esta tesitura, en uno de los partidos de su hijo conoce a un ojeador del equipo infantil del Real Madrid, Arturo (Luis Tosar) al que la desgracia también ha tenido a mal tocar y con el que emprende un camino en común. Medem (Vacas, Los amantes del Círculo Polar, Lucía y el sexo, Caótica Ana, Habitación en Roma) nos sumerge en un torrente de emociones y sentimientos que la protagonista capea con cuidadas dosis de humor y naturalidad, en una de las mejores actuaciones de Penélope Cruz, digna de papeles como el de su recordada Raimunda de Volver, y que huele -el tiempo lo dirá- a premio. Ma ma, que cuenta con una excelente partitura de Alberto Iglesias, descansa -vuelvo a repetir- en la oscarizada intérprete, bien secundada por el solvente Luis Tosar, que casi nunca defrauda, y con un más que correcto Asier Etxeandia como ginecólogo, cuyo único debe es el excesivo canturreo al que le somete un Medem un tanto almodovariano que, no obstante, supera el lance con aprobado, si bien podría haber colocado el final de este drama apenas unos segundos antes…

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Mambrú sí fue a la guerra

Fotograma de 'Un día perfecto'. / EUROPA PRESS

Fotograma de ‘Un día perfecto’. / EUROPA PRESS

El cine no suele menudear películas sobre el mundo de los cooperantes, a no ser como aspecto secundario o para subrayar el contexto de una trama. Un ejemplo de ello lo tuvimos meses atrás con el fallido thriller titulado Caza al asesino, dirigido por Pierre Morel y protagonizado por Sean Penn y Javier Bardem, en el que se utiliza la figura de una ONG y de varios de sus miembros como mero MacGuffin. Fernando León de Aranoa (Barrio, Los lunes al sol, Príncesas), en su esperado regreso al celuloide, viene a paliar en parte este déficit con Un día perfecto, obra que bebe de la novela Dejarse llover, de Paula Faría. Con un reparto internacional encabezado por dos auténticos baluartes en la interpretación cinematográfica contemporánea, Benicio del Toro y Tim Robbins, en la piel de dos activistas pasados de vueltas, acompañados de Olga Kurylenko y Mélanie Thierry, León de Aranoa nos saca de sus habituales escenarios urbanos para llevarnos a la inestable zona de los Balcanes en los años 90, donde aún colea en el ambiente el horripilante conflicto que azotó la región. La labor ardua y callada -también ingrata y muchas veces incomprendida- del cooperante se erige como vehículo para radiografiar la sinrazón de la guerra y el perceptible odio en la aparente y a la postre falsa normalidad del alto el fuego, en el que campea a sus anchas la inmovilista burocracia (en este caso, la de Naciones Unidas). El pozo del que hay que sacar un cadáver que está contaminando el agua de una población sirve como punto de partida y final -acaso metáfora- de un filme que transita el drama subyacente con pinceladas de humor en forma de lustrosos diálogos. El descreimiento de Mambrú -así se llama Benicio del Toro en su papel, en clara alusión al personaje que “se va a la guerra” de la popular canción infantil- rivaliza con la locura motivadora de Tim Robbins en el trabajo, mientras sus dos jóvenes partenaires intentan poner cierta mesura. La violencia se palpa en las situaciones, no se explicita, está en los gestos, en los silencios, en las miradas de esta peculiar road movie rural de ida y vuelta que traza un día perfecto en la imperfección del ser humano.

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Verano de espías

 Rebbeca Fergusson y Tom Crusie protagonizan la quinta entrega de 'Misión Imposible'. / EUROPA PRESS

Rebbeca Fergusson y Tom Crusie protagonizan la quinta entrega de ‘Misión Imposible’. / EUROPA PRESS

Henry Cavill y Armie Hammer interpretan a los antagónicos espías de 'Operación U.N.C.L.E.' / EUROPA PRESS

Henry Cavill y Armie Hammer interpretan a los antagónicos espías de ‘Operación U.N.C.L.E.’ / EUROPA PRESS

El estío, que ya se acaba, está siendo un tanto pródigo en materia de espías. Además de la recién estrenada -este mismo viernes-, Anacleto: agente secreto, contribución patria al subgénero vía mundo del tebeo (o de los chistes, como los llamábamos de pequeños por estos lares), el verano nos ha traído dos muestras de este universo propio, ambas emanadas curiosamente de series televisivas norteamericanas de los años 60, a saber: una saga ya consolidada y un filme que tiene visos de convertirse en franquicia, aunque quizás no con tanto éxito como la anterior. Me refiero a la quinta entrega de Misión Imposible (Nación secreta) y a Operación U.N.C.L.E, respectivamente. De la primera, aparte de la consabida y casi obligada escena de contener la respiración -esta vez toca subirse en el exterior de un avión en pleno despegue-, ejecutada por el propio Ethan Hunt-Tom Cruise, lo que es de agradecer -las aseguradoras del actor no piensan lo mismo-, decir que sigue, como no podía ser de otra manera, los mismos parámetros de sus precuelas: acción a raudales y villanos con mala baba. Tal vez la cinta desprende un punto de intimismo, el que da la estilizada aportación de la actriz Rebbeca Ferguson. Como aspecto poco acertado, por la carencia de originalidad debido a su excesivo uso en el celuloide, que no por su concepción estética en esta película-todo lo contrario-, destaca el recurrente recurso del Nessun dorma (la famosa aria del acto final del Turandot de Puccini) para remarcar el clímax narrativo, en el  caso que nos ocupa en la secuencia en la Ópera de Viena. Por lo que respecta Operación U.N.C.L.E., que bebe de la  sesentera El agente de CIPOL, protagonizada Robert Vaughn y David McCallum, sustituidos aquí por el superman Henry Cavill y el llanero solitario Armie Hammer, deviene en un producto lustroso y cool, bajo las coordenadas del director británico Guy Ritchie, cineasta que despliega por doquier un estilo propio y definido que impregna a sus películas de arriba a abajo. En este tête à tête colaborativo entre dos consumados espías: uno estadounidense y otro soviético, en plena vorágine de la Guerra Fría, Ritchie vuelve a demostrar su buen hacer, si bien lo que viene defectuoso de fábrica es el propio argumento del filme: algo ramplón y con poca chicha. Quitando este debe, la cinta resulta potable.

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Crepuscular Sherlock

 Ian Mackellen interpreta a un Sherlock Holmes en el otoño de su vida. /  EUROPA PRESS.

Ian Mackellen interpreta a un Sherlock Holmes en el otoño de su vida. / EUROPA PRESS.

En un verano que no está dando para muchas alegrías cinematográficas, con alguna que otra excepción, resulta sumamente gratificante ver que la cartelera propone películas tan edificantes como Mr. Holmes, enésima revisitación cinematográfica (y ya van….) del detective privado más famoso de todos los tiempos, con la salvedad de que es la primera vez que vemos en la gran pantalla de anciano al otrora célebre habitante de la londinense Baker Street -y eso que Arthur Conan Doyle lo hizo “desaparecer”, supuestamente para siempre, ya madurito. Con las imágenes aún rutilantes de la versión un tanto canalla y cuasi videoclipera de Guy Ritchie -por no mentar la excelente serie televisiva del ínclito sabueso, protagonizado aquí por Benedict Cumberbatch-, el Mr. Holmes del director y guionista Bill Condon (Dioses y Monstruos, Chicago, El quinto poder) se sustenta en la excelsa interpretación de ese monstruo -en la vertiente admirativa de la palabra, claro- llamado Ian McKellen, quien no solo será para la posteridad Magneto y Gandalf, sino también ya para siempre el Sherlock más crepuscular -y ojo, que con ello no quiero capitidisminuir su enorme talento como actor shakesperiano ni sus otros papeles de enjundia-. Mr. Holmes nos lleva a la campiña inglesa, donde el detective vive, a los 93 años, en su abúlico retiro, practicando el noble arte de la apicultura y rodeado de recuerdos y de manías -nunca se van-, y conviviendo, además, con un ama de llaves (una genial Laura Linney) y su perspicaz hijo (Milo Parker). El filme se focaliza en el ocaso del personaje y aunque la historia principal se bifurca en dos subtramas (el reciente viaje a Japón de Sherlock y el recordatorio de su último caso) y sus correspondientes flashbacks, ambas, de escaso suspense, son usadas magistralmente para remarcar el irremisible viaje a la senectud y al natural deterioro físico y psíquico, un proceso en el que McKellen lo borda como actor. Una película con clase y guinda incluida: Condon hace esos guiños que tanto gustan a los mitómanos y reúne, en un sutil cameo, al Sherlock más joven del celuloide, el recordado Nicholas Rowe de El secreto de la pirámide (Steven Spielberg, 1985), con el otoñal de sir Ian McKellen. Bien por Bill.

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En modo catástrofe

Una de las imágenes del filme 'San Andrés'. / WARNER BROS.

Una de las imágenes del filme ‘San Andrés’. / WARNER BROS.

Mira que nos gusta ver sentaditos en el cine al personal sufriendo a diestro y siniestro. Las películas de catástrofes -en cualquiera de sus modalidades apocalípticas-, que tuvieron su eclosión en la década de los 70 de la pasada centuria, siguen llegando cada cierto tiempo a las carteleras; la última de este cariz -en la que priman los fenómenos naturales- que me viene a la memoria fue 2012 (Roland Emmerich), en plan fin del mundo y con leyenda maya de por medio, quitando, porque evidentemente tiene otros registros -artísticos y reales-, a la hiperemocional y excelsa Lo imposible (J. A. Bayona). San Andrés, la nueva aportación al subgénero, dirigida por Brad Peyton, cumple con lo que se espera de este tipo de filmes: gran impacto visual, un nutrido fasto de efectos especiales (el ordenador funciona cada vez más y mejor), ritmo frenético, diálogos parcos y previsibles, dudosa calidad interpretativa… San Andrés toma el nombre de la imponente falla geológica que atraviesa esa California salpicada de nombres españoles, fruto de la herencia hispana alentada por los misioneros franciscanos -con fray Junípero Serra a la cabeza-, y causante de los terremotos más devastadores en la región. Como producto para mayor gloria del entretenimiento y de la evasión, la cinta funciona a las mil maravillas, aunque el argumento sea un tanto flojo a la par que sencillo: en el discurrir del  terrible suceso y sus réplicas, un piloto del servicio de emergencias (Dwayne Johnson la Roca) y su exesposa (Carla Gugino) se desplazan por aire, tierra y mar desde Los Ángeles a San Francisco en busca de su hija (Alexandra Daddario, la nueva novia de América) -y cómo no, la encuentran-. Mucho artificio técnico, en la que no faltan los científicos proféticos -aquí, un Paul Giamatti metido a sismólogo- y hasta el ilustre cameo de Kylie Minogue, todo con toque de final feliz, banderita-ahora que están de moda- del país incluida- y moraleja patria: por mucho que nos golpeen, nos levantaremos… Es verano y ya saben, no hay que ponerse estupendos para echarte unas cotufas y estirarte en la butaca.

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Tirando de Rovira

Dani Rovira y María Valverde son los protagonistas de 'Ahora o nunca'. / ANTENA3.COM

Dani Rovira y María Valverde son los protagonistas de ‘Ahora o nunca’.                                       / ANTENA3.COM

Si algo funciona, hay que tirar de ello. Y eso es lo que ha hecho la directora María Ripoll con Dani Rovira en Ahora o nunca, principal reclamo y baza de esta cinta. El monologuista malagueño, reconvertido en actor desde su irrupción en la maxitaquillera Ocho apellidos vascos (2014, Emilio Martínez-Lázaro), se ha convertido en el Hugh Grant patrio (aunque menos balbuceante que el británico), y en punta de lanza de la comedia romántica nacional. Tanto es así que en Ahora o nunca, otra película española que pulula de nuevo por el mundo de los enlaces matrimoniales, tras La gran familia española (2013, Daniel Sánchez Arévalo) y 3 bodas de más (2013, Javier Ruiz Caldera), Rovira acapara las escenas más hilarantes, en un filme un tanto irregular, con gags con escasa enjundia, y en un guión sin brillantez y previsible, con algunos diálogos trufados de clichés y lugares comunes y que encima no saca el partido adecuado a secundarios tan suculentos como Yolanda Ramos y Jordi Sánchez. Si en Ocho apellidos vascos -vista aquí como faro del camino del éxito- se escudriñaba las diferencias regionales en la piel de toro, en esta película se transita de una manera un tanto simple por las desemejanzas entre países (Gran Bretaña, Holanda) , si bien exacerbando la España cañí (ese ruidoso grupo capitaneado por la ya talludita Melody -sí, la del baile del gorila- que va en guagua caminito de la campiña inglesa). A Rovira lo acompañan en su devenir por Ahora o nunca las cumplidoras María Valverde y Clara Lago, bastantes duchas en estas lides, y poco más. La cinta de María Ripoll -directora, entre otras, de Lluvia en los zapatos (1998), Tortilla Soup (2001), Utopía (2003) y Rastros de sándalo (2014)- viene a confirmar la estrella fulgurante de este cómico en su segunda aparición en la gran pantalla como protagonista, al que le esperan muchos proyectos semejantes y que a pesar de que corra el peligro de encasillamiento, vista su enorme capacidad de adaptabilidad, no nos extrañe que depare más sorpresas con otros registros interpretivos.

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De vuelta por el Jurásico

Fotograma del filme 'Jurassic World'. / EUROPA PRESS

Chris Patt, uno de los prorotagonistas del filme, entre dos velociraptores. / EUROPA PRESS

Todo hay que decirlo. Los dinosaurios nunca podrán agradecerle lo suficiente a Steven Spielberg -con permiso de Michael Crichton– lo que ha hecho por ellos. Tras el tremebundo meteorito caído en la península del Yucatán, hace ya 65 millones de años -el otro día, en términos geológicos-, y que acabó con su desaparición de la faz de la Tierra, únicamente los sesudos paleontólogos y los museos de historia natural les habían hecho caso. Jurassic Park (Parque Jurásico para la lengua de Cervantes) y sus dos secuelas provocaron -y ahí está gran parte de su mérito- que la pibada de medio mundo en la década de los 90 se aprendiera de carrerilla los principales nombres de estos colosales animalitos. Hollywood, en su cada vez menos cíclico afán arqueológico -aplíquese esto a ilustres franquicias rescatadas esta temporada cual Lázaro de entre los muertos, Mad Max, Terminator y lo que te rondaré morena-, ha vuelto a desenterrar a estas bestias, lo que va a  proporcionar de paso pingües beneficios de taquilla y mercadotecnia y el estiramiento del chicle para seguir haciendo caja. Jurassic World es una continuación en todos los sentidos de la susodicha saga de diente fácil , tanto en planteamiento como en concepción. Las referencias a sus antecesoras son constantes, incluida la pegadiza partitura musical compuesta por John Williams. Con estos presupuestos, y la previsibilidad del guión y, por lo tanto del devenir de los acontecimientos, la cinta, dirigida en esta ocasión por Colin Trevorrow, pero con la supervisión del rey Midas -aquí, productor ejecutivo-, aporta pocas cosas que el respetable ya no sepa o intuya (hay niños, hay adultos inconscientes, hay bichos, y hay pies en polvorosa…). El reabierto parque de la Isla Nublar presenta, eso sí, otra cara más moderna -y más pragmática: business is business-, donde pulula un nuevo dinosaurio , el Indominus rex  -un letal engendro genético-, y los temibles velociraptores, en plan jauría de canes más o menos domesticados, en una trama protagonizada por unos discretos y contenidos Chris Patt y Bryce Dallas Howard. Jurassic World resulta entretenida y no engaña, pero tampoco sorprende.

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Futuro, optimismo, Disney…

George Clooney y Britt Robertson protagonizan 'Tomorrowland: el mundo del mañana'.  / DISNEY

George Clooney y Britt Robertson protagonizan ‘Tomorrowland: el mundo del mañana’. / DISNEY

Un futuro mejor, con las personas más adecuadas para confeccionarlo. No es un eslogan publicitario -ni político, líbrenme los dioses en estos agitados días poselectorales- y viene a resumir sucintamente lo que expele Tomorrowland: el mundo del mañana, la última propuesta de la factoría Disney para enganchar al público familiar -y a fe que lo está consiguiendo a tenor de los primeros datos de la taquilla-. El filme, que narra las peripecias de un niño, luego hecho hombre con el inefable careto de George Clooney (no nos engañemos, lo que muchas madres -y padres- desearían para sus vástagos), y de una inquieta e inteligente jovencita (Britt Robertson), ambos elegidos para la gloria en un universo ideal encajado en algún lugar del espacio y el tiempo, está dirigido por un tipo no menos brillante llamado Brad Bird, artífice de sobresalientes cintas de animación como Los increíbles y Ratatouille, y de la última entrega hasta la fecha de la saga de Misión Imposible -la del Protocolo Fantasma, ya saben, Tom Cruise escalando como un desaforado el imponente Burj Khalifa-. La película arranca con buenas maneras, incluida una adecuada dosis de intriga, y poco a poco va adquiriendo un alto tono de interés para luego, como una de esas montañas rusas que proliferan en los parques temáticos de Disney, deslizarse en un ligero pero constante descenso -al menos no hasta los infiernos- que apenas repunta luego, posiblemente por esa maldita manía de querer superar las dos horas y pico de metraje. Bird esboza un producto con una enorme creatividad, aunque al avezado espectador se le pasará por la testa algunos destellos -velados o no- de películas -de otras hechuras y otros contextos, eso sí- como Exploradores (1985), la segunda cinta de Regreso al futuro (1989) o Inteligencia Artificial (2001), por citar solo unas cuantas. Tomorrowland, rodada en parte en la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, destila un mensaje que resalta el esfuerzo y el optimismo, muy propio del Disney más puro, todo trufado de cantidades ingentes de buenismo -hasta los malos son de perfil bajo-. Es lo que toca.

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Caza fallida

'Caza al asesino', con Sean Penn y  Javier Bardem. / EUROPA PRESS

Fotograma del filme ‘Caza al asesino’. / EUROPA PRESS

Es una pena desaprovechar un notable elenco de actores para un producto tan poco consistente, por no mentar otro calificativo. Valga esta andanada para entrar en materia. Caza al asesino, la última aportación del thriller de acción que habita estos días en la cartelera, se diluye al poco tiempo, como una promesa en boca de un político; vamos, que el interés decae a los 15 minutos para dar paso a un bucle de lugares comunes y clichés mil vistos que en el mejor de los casos resulta viajero -Congo, Londres, Barcelona, Gibraltar-, pero que a la postre te lleva a los dominios en los que peligrosamente el tedio campa a sus anchas, a pesar de alguna que otra riña más o menos entretenida. El filme, basado en la novela negra La position du tireur couché, del fallecido escritor galo Jean-Patrick Manchette, cuenta la historia de Jim Terrier -a la sazón un recauchutado Sean Penn-, un mercenario enamorado de una médico cooperante que tiene que huir del Congo tras asesinar al ministro de Minas de ese país, y al que años después quieren eliminar. Penn no llega a convencer en la piel del letal Terrier y tanto Javier Bardem como Ray Winstone y, especialmente, Idris Elba, cuyo papel resulta un simple cameo, hacen acto de presencia, por decir algo, en esta cinta dirigida por el también francés Pierre Morel -ducho ya en la causa, en filmes como la taquillera Venganza (2008)-, con un sorprendente epílogo taurino que viene a resumir algunos de los desaguisados de esta cinta (sale la bandera de Madrid en la Monumental de Barcelona, ¡viva el puente aéreo! y vuelven los toros a la Ciudad Condal). En definitiva, y como se apuntaba, una película que no solo no saca lustre a un gran reparto, sino que pasa de puntillas por aspectos inherentes a la trama, como los intereses espurios de algunas multinacionales en países africanos. Desde luego, no piensen vamos a ver aquí ni por asomo nada que se le parezca a Diamante de sangre (Edward Zwick, 2006) o a El jardinero fiel (Fernando Meirelles, 2005).

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