Chute de acción

Tom Hardy protagoniza la nueva película de 'Mad Max'. / WARNER BROS.

El actor británico Tom Hardy es el protagonista de la resucitada saga de ‘Mad Max’. / WARNER BROS.

Abróchate el cinturón, colócate bien en la butaca y contén la respiración. El remake o la nueva revisitación del universo posapocalíptico -y ochentero- de Mad Max, o como lo quieras llamar, se puede resumir de ese modo. El filme, que lleva por título Mad Max: furia en la carretera, dirigido por el mismo realizador de las tres anteriores entregas de esta saga, el australiano George Miller, lo que resulta toda una garantía -mejor siempre el padre de la criatura para estas cosas-, es un verdadero chute de acción y de velocidad de principio a fin, en un viaje de ida y vuelta por el inmenso desierto en que se ha convertido la Tierra. Miller ha conseguido sublimar la esencia de una road movie, con vehículos imposibles en una carrera polvorienta en pos de la supervivencia de unos pocos que buscan dotar de algo de humanidad a un mundo que la ha perdido. Max Rockatansky, el héroe solitario y esquivo, sumido en sus propias diatribas, tiene aquí el rostro del británico Tom Hardy (el inquietante Bane de El caballero oscuro: la leyenda renace), mucho más lacónico en su prosa que Mel Gibson, el Max original, pero mucho más resolutivo en su vertiente. Sin embargo, Max está casi en un segundo plano, eclipsado por la verdadera protagonista de esta película, Imperator Furiosa, papel que encarna una incomensurable -y con un solo brazo- Charlize Theron, la rebelde que desata la endiablada huida de los dominios del temible Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne) y sus fanáticos guerreros motorizados tras llevarse a las jóvenes a las que tiene sometidas y que les proporcionan descendencia sana. Miller no se detiene ni un instante en contarnos los detalles argumentales, nos revela la trama mientras asistimos a una apasionante persecución a un ritmo frenético, componiendo un auténtico subidón trufado de adrenalina y de instantes grotescos, como algunos de los personajes. Solo un pero, no habría estado mal un pequeño parón, más que nada para respirar… Ah, y una pizca de humor, que siempre viene bien.

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Padrino de risa fácil

Josh Gad y Kevin Hart protagonizan 'El gurú de las bodas'. / SONY PICTURE

Josh Gad y Kevin Hart protagonizan ‘El gurú de las bodas’. / SONY PICTURE

El cine y las bodas forman un matrimonio de conveniencia en el mundo de la comedia, que ha dado mucha rentabilidad en la taquilla, con películas ciertamente notables; recordemos, a modo de ejemplos más significativos, Cuatro bodas y un funeral o La boda de mi mejor amigo e incluso, con un punto más exótico y en otras claves, La boda del monzón. Sin embargo, como todo filón, tiende a agotarse de tanto machacar la veta, y aunque esta especie de subgénero ha tenido cierta revitalización en los últimos tiempos, especialmente en productos patrios, ahí están La gran familia española y Tres bodas de más, no deja de merodear en los pastos de los típicos tópicos, y también de manera frecuente en el solar del aburrimiento. La última aportación a la causa se titula El gurú de las bodas. Al igual -mejor, de manera levemente parecida, para no pasarnos- que ocurrió con el primer Resacón en Las Vegas, del que toma sus presupuestos más canallas, la película se desmarca un tanto de la línea marcada, no por los clichés, algo que resulta bastante difícil de eludir en este campo, sino por su surrealista argumento, su franca apuesta por lo canalla, y su absoluta falta de pretensiones. Y es que para hacer humor, ya sea sofisticado al estilo Lubitsch, o más chusco y desenfadado, cuando no escatológico, hay también que tener gracia, y al menos esta cinta logra sacarte dos o tres carcajadas, no solo a ti, sino al respetable de la butaca, lo que a estas alturas se agradece. El filme, que narra las peripecias de un joven sin amigos (Josh Gad) a punto de casarse que contrata a un padrino postizo (Kevin Hart) y a un grupo de tarados como testigos de boda, destila momentos hilarantes y gamberros. Eso sí, resta puntos a esta cinta dirigida por Jeremy Garelick la particular traducción al español de algunas frases, así como determinadas coletillas, en un cuestionable doblaje que lleva las voces de Dani Martín y Florentino Fernández en los papeles protagonistas. Obviamente, El gurú de las bodas no va a pasar a la historia de la comedia, pero sí es de esos filmes que como te coja en un día tonto, de escasa exigencia y en modo poco estupendo, igual te diviertes un rato.

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El regreso del grupo salvaje

Los  Vengadores, de nuevo en acción. / MARVEL

Los Vengadores, de nuevo en acción. / MARVEL

Por fin ya está por aquí la segunda parte de Los Vengadores que, con el subrayado de La era de Ultrón, pasa por ser uno de los estrenos más esperados de este año aún adolescente. El universo cinematográfico de Marvel sigue lejos -por ahora- del agujero negro del fracaso comercial, y continúa sacando rédito a los personajes -separados, juntos y revueltos- cocreados principalmente por el historietista Stan Lee, que como no podía ser de otra manera protagoniza aquí su enésimo cameo. En esta ocasión, el peculiar y variado grupo de superhéroes se las ve y se las desea con Ultrón, una suerte de robot producto de la inteligencia artificial que, como suele ser casi una obligación en un malvado que se precie, quiere finiquitar de un plumazo a la humanidad. El mayor atractivo del filme que dirige Joss Whedon -que repite de nuevo en estas lides-, más que en los reiterados y consabidos artificios visuales y efectos especiales y en la acción pura y dura, radica en la evolución individual y grupal de Los Vengadores -hasta se van de fiesta -. Vemos, por ejemplo, el incipiente romance entre Hulk (Mark Ruffalo) y la Viuda Negra (Scarlett Johansson), e incluso la estrecha colaboración laboral entre Capitán América (Chris Evans) y Thor (Chris Hemsworth), combinando escudo y martillo para machacar al personal, esta vez a una miríada de androides voladores. También conocemos más sobre la referida Viuda Negra y el propio Ojo de Halcón (Jeremy Renner), uno de los personajes que más han pasado desapercibidos hasta el momento en la franquicia, todo un padre de familia. Y, sobre todo, asistimos a la incorporación de nuevos miembros a este colectivo “filantrópico”. Por lo demás, y a pesar de las pinceladas oscuras y hasta místicas de esta segunda entrega, la cinta expele los mismos presupuestos de mamporros y de destrucción a mansalva de edificios, asfalto y mobiliario urbano de la ciudad de turno (cómo se nota que no están en elecciones), y por supuesto, la ironía siempre fina de Tony Stark-Iron Man (el ínclito Robert Downey Jr.). En cualquier caso, y sin que nos sorprendan por este camino -era muy difícil superar la primera parte de esta saga-, el entretenimiento al menos no falta a la cita.

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Un Depp sin mucho arte

Cada vez que veo al ínclito Johnny Depp transitando por la comedia o sucedáneos con toques de aventura o fantasía, veo irremisiblemente de una u otra manera, con sus matices y subrayados, al inefable personaje del capitán Jack Sparrow, ya sea en la piel del lustroso vampiro gótico Barnabas Collins de Sombras tenebrosas (2012), de su amigo y benefactor cinematográfico Tim Burton, o en el cien veces histriónico Sombrerero Loco de Alicia en el País de las Maravillas (2010), o al excéntrico Willy Wonka de Charlie y la fábrica de chocolate (2005), ambas en las versiones ideadas por el mentado director californiano; incluso lo veo en el personaje del indio Toro en El llanero solitario (Gore Verbinski, 2013), eso sí, lacónico en la verborrea, aunque con un cierto parecido con el pirata en su caracterización. Y lo vuelvo a ver en Mortdecai, su nueva película, dirigida por David Koepp, en la que interpreta a un taimado marchante de arte a la búsqueda de un cuadro perdido de Goya que contiene en su reverso un código secreto, atosigado en todo momento por la mafia rusa y el espionaje británico y con una esposa un tanto esquiva. Basado en los libros de Kyril Bonfiglioli protagonizados por el coleccionista -un tanto canalla pero distinguido- Charlie Mortdecai, el filme es un vehículo ideado para el supuesto lucimiento de Depp, en el que destila por doquier sus aspavientos y gestos -con bigote adosado para más inri-, algo que no solo no nos sorprende, sino que ya empieza a resultar cansino. En cualquier caso, y sin descargar las tintas solo en la figura de Johnny Depp -por otra parte un estupendo actor cuando se pone a ello, que quede claro-, la película coquetea con el más pasmoso tedio y se sostiene a duras penas entre tanto humor previsible y clichés, a pesar de contar con un estimable elenco de actores, como Gwyneth Paltrow, Ewan McGregor y Paul Bettany, quien, por cierto, pasa por ser de lo más risible de esta cinta en su papel de guardaespaldas y mayordomo para todo obsesionado con el sexo.

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Con el traje de espía

Imagen de una de las escenas de 'Kingsman', dirigida por Matthew Vaughn. / FOX

Imagen de una de las escenas de ‘Kingsman’, dirigida por Matthew Vaughn. / FOX

Las películas de espías y de agentes secretos ya cuentan con una nueva franquicia para mayor gloria de la causa: Kingsman. Para situarnos en contexto, esta enésima aportación al género bebe de un cómic de Mark Millar, guionista de Kick Ass, el aplaudido filme sobre un adolescente superhéroe-antihéroe, cuyo director, Matthew Vaughn, es el mismo de Kinsgman, por lo que la presente cinta intenta seguir idéntico camino revisionista y desmitificador de géneros, aunque el resultado no sea aquí tan contundente. Kingsman es el nombre de una secretísima agencia internacional fundada originalmente por sastres  -ahí es nada-, con el objetivo de velar por la seguridad del mundo mundial, que tiene que reclutar a nuevos miembros y que se enfrenta, cómo no, a un malo malísimo. Un argumento sencillito y sin grandes alharacas narrativas para una película en la que vamos a ver -no lo duden- muchas películas, desde la saga de James Bond -citado explícitamente-, hasta las cintas de Flint -el espía desenfadado y mujeriego interpretado por el inolvidable James Coburn, sin obviar a la sofisticada serie televisiva Los vengadores -los paraguas y los elegantes trajes como principales acreedores-, e incluso a la propia Spy Kids. Un cóctel bien mezclado -que no agitado- del que sale este producto que ha contado en su elenco con Colin Firth -muy apropiado para el papel- en la piel de un veterano y estirado agente con ínfulas de mentor del hijo de un compañero fallecido, y un villano posmoderno y megalómano -como debe ser en estas lides- y negativamente ecologista que lleva el nombre de Samuel L. Jackson, acompañados ambos de actores tan solventes como Michael Caine -al que le sienta tan bien este tipo de filmes- y Mark Strong. Canalla a veces, provocadora y divertida en ocasiones, trufada de violencia no contenida, y con abierta vocación de parodia, no sorprende en su concepción debido a los clichés imperantes, pero sí logra entretener, al menos durante buen rato de su metraje, aunque su exagerado carácter poliédrico nos aturda un poco. Kingsman ha nacido con visos de quedarse a tenor de lo observado. ¿Aguantará otro asalto?

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Película y experimento

Ellar Coltrane, de niño, es el protagonista de 'Boyhood'. / UNIVERSAL PICTURE

Ellar Coltrane, de niño, es el protagonista de ‘Boyhood’. / UNIVERSAL PICTURES

Está claro que Boyhood debería haber merecido algo más en los pasados Óscar, donde tan solo consiguió la estatuilla a mejor actriz de reparto, para Patricia Arquette, lo que a todas luces se queda corto para un filme que ha obtenido galardones de relevancia en los Globos de Oro, los BAFTA y en el Festival de Berlín del año pasado, y que ya de por sí ha alcanzado un lugar en la posteridad del universo cinematográfico por su decidida vocación experimental al retratar la vida de un niño, Mason, el actor Ellar Coltrane, y de su entorno, durante algo más de un decenio, desde que el infante tenía cinco años hasta que se convierte en un adolescente preuniversitario, todo compartimentado en casi 40 días de rodaje -desde 2002 a 2013-. Tal exiguo reconocimiento de la Academia de Cine de Hollywood no hace justicia a una cinta a priori valiente (la predisposición para embarcarse en un proyecto con mucho de incertidumbre y al socaire de imponderables, lo es, sin duda) que rinde, sobre todo, homenaje a ese precioso valor llamado tiempo -y no lo digo precisamente por los 167 minutos que dura- y a la puñetera cotidianidad, la que padecemos la inmensa mayoría de los mortales en nuestro tránsito vital, a excepción de algún que otro carrusel que nos trastoca la existencia. Richard Linklater, el artífice junto a Julie Delpy y Ethan Hawke  -que también hace acto de presencia en Boyhood– de esa maravillosa trilogía del antes (Antes del amanecer, Antes del atardecer y Antes del anochecer), nos lleva de viaje a un territorio que nos suena de mucho -y no me refiero a esa Texas cuasi crepuscular en la que se desarrolla la película-, donde conviven las frustraciones -la mayor parte de las veces- y alguna que otra alegría, todo trufado con la melancolía que desprende Mason, quien asiste, entre estupefacto e impasible, a su propio devenir con la mirada del párvulo que descubre el desalentador mundo en el que las preguntas no siempre tienen respuesta. Y es que si la gran triunfadora de los Óscar, Birdman, nos gana por su ritmo frenético y por su vena verborreica y gestual; la intimista Boyhood te llega a cautivar por su sencillez reflexiva y por su realismo contenido.

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Un Eastwood no tan letal

Bradley Cooper es el protagonista de 'El francotirador', el último filme de Eastwood. / WARNER BROS.

Bradley Cooper es el protagonista de ‘El francotirador’, el último filme de Clint Eastwood. / WARNER BROS.

 

El francotirador recibió un disparo en los pasados Óscar. Ese puede ser el titular de esta controvertida película, que ha sido un éxito en taquilla en Estados Unidos, pero que no ha contado con el beneplácito de los premios (sólo se llevó en el caso de la estatuilla dorada un galardón técnico: mejor montaje de sonido). El último filme de Clint Eastwood, basado en la historia real del Navy SEAL Chris Kyle -interpretado por Bradley Cooper-, quien tuvo en su haber como tirador de élite del ejército estadounidense la terrible cifra de 160 personas abatidas en Irak (y eso según fuentes oficiales, porque se le atribuyen hasta 250 muertes), no logra sorprender ni enganchar, entre otras cosas por su vocación de soflama conservadora y militarista, y se queda en el reverso oscuro de una hagiografía. Es más, la cinta toma retazos de otras películas de la que es deudora y que van desde el explícito Enemigo a las puertas hasta Black Hawk derribado, pasando por La chaqueta metálica o si me apuran incluso por El sargento de hierro -dirigida por el propio Eastwood-, y sobre todo, por En tierra hostil, de Kathryn Bigelow, la gran triunfadora en los Óscar del año 2010. En ella, Bigelow nos mostraba la historia de un especialista en desarticular explosivos, miembro de un escuadrón norteamericano en territorio iraquí, y nos deslizaba su adicción a la guerra y su nula adaptación a la sociedad. Eastwood cuenta aquí prácticamente lo mismo que Bigelow, aunque otorga al filme de una carga ideológica de mayor profundidad, o dicho de otra manera, de una consideración más patriótica -al estilo yankee, ya saben, con esa visión unilateral en la que no existen los tonos grises-. Eso sí, el viejo maestro dota a su producto, como no podía ser de otra manera, de una notable factura visual y narrativa a las escenas de acción, si bien no pone toda la carne en el asador en el universo civil del protagonista, con un final en el que obvia los detalles para mayor gloria del homenaje y la glorificación del héroe. En definitiva, El francotirador es de las cintas que no engrosarán ni de lejos el listado de honor del que fuera alcalde de Carmel.

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Entre códigos

Fotograma  de The imitation game. / THEIMITATIONGAMEMOVIE.COM

Benedict Cumberbatch, en el papel de Alan Turing. / THEIMITATIONGAMEMOVIE.COM

Uno a veces le gusta empezar por el final. Lo digo porque voy a hablar en esta tribuna-y creo que llego a tiempo, dado que este domingo es la ceremonia de los Óscar- de la primera película de las nominadas a la preciada estatuilla que se estrenó en este aún párvulo 2015. The imitation game es el controvertido biopic sobre la figura del matemático Alan Turing y su paso por el equipo que descifró la célebre máquina nazi Enigma, filme que ha recibido palos por todos lados -también buenas críticas, justo es recordarlo- por contener errores de bulto sobre la vida y obra del que está considerado el padre de la informática -al parecer no era un ególatra arrogante incapaz de trabajar en común, ni nunca se convirtió en encubridor de un espía soviético, ni tampoco algunos personajes se comportaron tal y como aparecen retratados en esta cinta dirigida por el cineasta noruego Morten Tyldum-. Obviando el sempiterno debate de las biografías cinematográficas, de que sí es mejor ser fiel a la historia o tomarse ciertas libertades en beneficio del  resultado artístico final, la cinta, por lo pronto, ha logrado reivindicar el papel y el interés por la cuasi olvidada figura de Turing, y no solo refleja muy bien uno de los aspectos menos conocidos y cruciales de la Segunda Guerra Mundial: todo el contubernio montado en torno a la descodificación de mensajes secretos, sino el rechazo y la persecución sufrida en Gran Bretaña por la condición de homosexual de uno de los científicos más brillantes del siglo XX, quien falleció envenenado en 1954. No es la primera vez que el cine trata de la importancia de los criptoanalistas en el contraespionaje aliado, el filme Enigma, una coproducción de 2001 de Reino Unido, Estados Unidos, Alemania y los Países Bajos, aborda la misma temática, aunque desde otra óptica bien distinta y en cualquier caso bastante inferior a The imitation game. Esta cinta, basada en un libro de Andrew Hodges, tal vez no sea un compendio de exactitudes -que no lo es-, pero resulta una película correcta en las formas -no tanto en el fondo-, que se sustenta irremisiblemente en la enorme actuación de Benedict Cumberbatch -candidato al Óscar a mejor actor-, si bien es cierto que le ha faltado incidir un poco más en la tortuosa vida de Turing.

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Parodiando al dictador

Cartel de la película 'The Interview', protagonizada por Seth Rogen y James Franco. / SONY PICTURE

Cartel de la película ‘The Interview’, protagonizada por Seth Rogen y James Franco. / SONY PICTURE

Hay películas que generan una vívida expectación antes de su estreno y no por cuestiones inherentes precisamente al propio cine. Es el caso de The Interview, la controvertida comedia sobre el intento de asesinar al líder norcoreano Kim Jong-un por parte de un productor y de un presentador televisivo a instancias de la CIA, una cinta cuya proyección, como se sabe, ha sido víctima de una campaña de amenazas y de chantaje alentada por el régimen totalitario asiático. Al final el producto resultante no era para tanto ruido y, además, como cabía esperar, el filme se ha beneficiado en taquilla de la polémica suscitada. The Interview no pasa de ser una correcta parodia con visos de desenfreno urdida por el binomio Evan Goldberg-Seth Rogen, este último protagonista de la película junto a su inseparable James Franco, y en la que también destaca Lizzy Caplan, conocida para el gran público por la serie Masters of Sex. Tanto Goldberg como Rogen, amigos desde la infancia, debutaron como directores en la desenfrenada Juerga hasta el fin (2013) y en su segunda película como realizadores han tratado de seguir con similares presupuestos cómicos basados en unas altas dosis de humor desenfadado, aderezado con toques de escatología y de canallismo, amén del uso de cameos desmitificadores, en esta ocasión le ha tocado el turno a artistas como Eminem, Rob Lowe y Joseph Gordon-Levitt. El filme se desarrolla a muy buen ritmo y tiene momentos hilarantes, si bien repetitivos en algunos casos, lo que hace que en términos generales sea una cinta un tanto irregular, que podría haber explotado mucho más sus gags. No es la primera vez en el cine, y espero que no sea la última, en el que se satiriza a un dictador, ya lo hizo en su momento con enorme brillantez y sarcasmo el gran Chaplin a cuenta de Hitler. Obviamente, The Interview queda a años luz de ese clásico, entre otras cosas porque juega en otro terreno, pero no está nada mal como vehículo de entretenimiento y resulta muy superior a la última comedia sobre el tema, El dictador (2012), dirigida por Larry Davis e interpretada por Sacha Baron Cohen. Y es que resulta alentador que de vez en cuando nos riamos -por no llorar- de algún megalómano impresentable que todavía anda suelto por estos mundos de Dios.

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De prometedora a fundido en negro

De los norteamericanos, estúpido, de los norteamericanos… Igual aprendemos alguna vez cómo estos tipos del otro lado del charco logran hacer un espectáculo de cuatro o cinco horas sin que la gente no se desespere o se tire de un precipicio. Y eso que la pasada gala de los Goya comenzó de manera contundente, con ese recordatorio exultante y laudatorio del cine patrio y con ese popurrí ad hoc en el escenario, incluido el Resistiré del Dúo Dinámico -ahí es nada-, que para eso 2014 fue como fue, con récord de taquilla, de público y demás. Sin embargo, la gran fiesta de la cinematografía española, que prometía, y mucho, se apagó lentamente como un fundido a negro y nos sumergió poco a poco en el tedio más absoluto, solo salvado, justo es reconocerlo, por el buen hacer de Dani Rovira, que con sus horas de vuelo de monologuista empedernido consiguió mantener las espadas en alto. Un espectáculo en el que se supone que hay que echar el resto, y más con los guarismos que ha tenido el cine español esta temporada, debe contar con una escaleta adecuada, y no un show con algunos números impostados y sin sentido, como la actuación por partida doble de Miguel Poveda al final de la gala -aún estoy alucinando-. Por lo demás,  todo en mayor o menor medida dentro del guión previsto: los interminables agradecimientos de los galardonados -igual sería bueno volver al micrófono “sube y baja”; la charla complaciente y poco reivindicativa de Enrique González Macho, a quien Dios no lo llamó precisamente por el recto camino de la oratoria; y una quiniela de premios sin ningún sobresalto especial. Quizás la sorpresa la constituyó el propio ministro Wert, que se fue de rositas en su retorno al ruedo de los actores, a excepción de la pulla que le deslizó Almodóvar. La emoción la puso Antonio Banderas en su discurso de agradecimiento por el Goya de Honor, con su frase para la posteridad: “Hoy comienza la segunda parte del partido de mi vida”. En fin, que para galas cinematográficas o bien se recurre a la sencillez y la concisión, como la de los Premios Feroz, o si se quiere poner uno estupendo o exquisito, se “copia” de los mejores en esto. Lo dicho, de los norteamericano, estúpido, de los norteamericanos…

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