Entre códigos

Fotograma  de The imitation game. / THEIMITATIONGAMEMOVIE.COM

Benedict Cumberbatch, en el papel de Alan Turing. / THEIMITATIONGAMEMOVIE.COM

Uno a veces le gusta empezar por el final. Lo digo porque voy a hablar en esta tribuna-y creo que llego a tiempo, dado que este domingo es la ceremonia de los Óscar- de la primera película de las nominadas a la preciada estatuilla que se estrenó en este aún párvulo 2015. The imitation game es el controvertido biopic sobre la figura del matemático Alan Turing y su paso por el equipo que descifró la célebre máquina nazi Enigma, filme que ha recibido palos por todos lados -también buenas críticas, justo es recordarlo- por contener errores de bulto sobre la vida y obra del que está considerado el padre de la informática -al parecer no era un ególatra arrogante incapaz de trabajar en común, ni nunca se convirtió en encubridor de un espía soviético, ni tampoco algunos personajes se comportaron tal y como aparecen retratados en esta cinta dirigida por el cineasta noruego Morten Tyldum-. Obviando el sempiterno debate de las biografías cinematográficas, de que sí es mejor ser fiel a la historia o tomarse ciertas libertades en beneficio del  resultado artístico final, la cinta, por lo pronto, ha logrado reivindicar el papel y el interés por la cuasi olvidada figura de Turing, y no solo refleja muy bien uno de los aspectos menos conocidos y cruciales de la Segunda Guerra Mundial: todo el contubernio montado en torno a la descodificación de mensajes secretos, sino el rechazo y la persecución sufrida en Gran Bretaña por la condición de homosexual de uno de los científicos más brillantes del siglo XX, quien falleció envenenado en 1954. No es la primera vez que el cine trata de la importancia de los criptoanalistas en el contraespionaje aliado, el filme Enigma, una coproducción de 2001 de Reino Unido, Estados Unidos, Alemania y los Países Bajos, aborda la misma temática, aunque desde otra óptica bien distinta y en cualquier caso bastante inferior a The imitation game. Esta cinta, basada en un libro de Andrew Hodges, tal vez no sea un compendio de exactitudes -que no lo es-, pero resulta una película correcta en las formas -no tanto en el fondo-, que se sustenta irremisiblemente en la enorme actuación de Benedict Cumberbatch -candidato al Óscar a mejor actor-, si bien es cierto que le ha faltado incidir un poco más en la tortuosa vida de Turing.

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Parodiando al dictador

Cartel de la película 'The Interview', protagonizada por Seth Rogen y James Franco. / SONY PICTURE

Cartel de la película ‘The Interview’, protagonizada por Seth Rogen y James Franco. / SONY PICTURE

Hay películas que generan una vívida expectación antes de su estreno y no por cuestiones inherentes precisamente al propio cine. Es el caso de The Interview, la controvertida comedia sobre el intento de asesinar al líder norcoreano Kim Jong-un por parte de un productor y de un presentador televisivo a instancias de la CIA, una cinta cuya proyección, como se sabe, ha sido víctima de una campaña de amenazas y de chantaje alentada por el régimen totalitario asiático. Al final el producto resultante no era para tanto ruido y, además, como cabía esperar, el filme se ha beneficiado en taquilla de la polémica suscitada. The Interview no pasa de ser una correcta parodia con visos de desenfreno urdida por el binomio Evan Goldberg-Seth Rogen, este último protagonista de la película junto a su inseparable James Franco, y en la que también destaca Lizzy Caplan, conocida para el gran público por la serie Masters of Sex. Tanto Goldberg como Rogen, amigos desde la infancia, debutaron como directores en la desenfrenada Juerga hasta el fin (2013) y en su segunda película como realizadores han tratado de seguir con similares presupuestos cómicos basados en unas altas dosis de humor desenfadado, aderezado con toques de escatología y de canallismo, amén del uso de cameos desmitificadores, en esta ocasión le ha tocado el turno a artistas como Eminem, Rob Lowe y Joseph Gordon-Levitt. El filme se desarrolla a muy buen ritmo y tiene momentos hilarantes, si bien repetitivos en algunos casos, lo que hace que en términos generales sea una cinta un tanto irregular, que podría haber explotado mucho más sus gags. No es la primera vez en el cine, y espero que no sea la última, en el que se satiriza a un dictador, ya lo hizo en su momento con enorme brillantez y sarcasmo el gran Chaplin a cuenta de Hitler. Obviamente, The Interview queda a años luz de ese clásico, entre otras cosas porque juega en otro terreno, pero no está nada mal como vehículo de entretenimiento y resulta muy superior a la última comedia sobre el tema, El dictador (2012), dirigida por Larry Davis e interpretada por Sacha Baron Cohen. Y es que resulta alentador que de vez en cuando nos riamos -por no llorar- de algún megalómano impresentable que todavía anda suelto por estos mundos de Dios.

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De prometedora a fundido en negro

De los norteamericanos, estúpido, de los norteamericanos… Igual aprendemos alguna vez cómo estos tipos del otro lado del charco logran hacer un espectáculo de cuatro o cinco horas sin que la gente no se desespere o se tire de un precipicio. Y eso que la pasada gala de los Goya comenzó de manera contundente, con ese recordatorio exultante y laudatorio del cine patrio y con ese popurrí ad hoc en el escenario, incluido el Resistiré del Dúo Dinámico -ahí es nada-, que para eso 2014 fue como fue, con récord de taquilla, de público y demás. Sin embargo, la gran fiesta de la cinematografía española, que prometía, y mucho, se apagó lentamente como un fundido a negro y nos sumergió poco a poco en el tedio más absoluto, solo salvado, justo es reconocerlo, por el buen hacer de Dani Rovira, que con sus horas de vuelo de monologuista empedernido consiguió mantener las espadas en alto. Un espectáculo en el que se supone que hay que echar el resto, y más con los guarismos que ha tenido el cine español esta temporada, debe contar con una escaleta adecuada, y no un show con algunos números impostados y sin sentido, como la actuación por partida doble de Miguel Poveda al final de la gala -aún estoy alucinando-. Por lo demás,  todo en mayor o menor medida dentro del guión previsto: los interminables agradecimientos de los galardonados -igual sería bueno volver al micrófono “sube y baja”; la charla complaciente y poco reivindicativa de Enrique González Macho, a quien Dios no lo llamó precisamente por el recto camino de la oratoria; y una quiniela de premios sin ningún sobresalto especial. Quizás la sorpresa la constituyó el propio ministro Wert, que se fue de rositas en su retorno al ruedo de los actores, a excepción de la pulla que le deslizó Almodóvar. La emoción la puso Antonio Banderas en su discurso de agradecimiento por el Goya de Honor, con su frase para la posteridad: “Hoy comienza la segunda parte del partido de mi vida”. En fin, que para galas cinematográficas o bien se recurre a la sencillez y la concisión, como la de los Premios Feroz, o si se quiere poner uno estupendo o exquisito, se “copia” de los mejores en esto. Lo dicho, de los norteamericano, estúpido, de los norteamericanos…

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Pastiche de cuentos

Meryl Streep es una de las protagonista de 'Into the woods'. / DISNEY

Meryl Streep es una de las protagonistas de ‘Into the woods’. / DISNEY

De un tiempo a esta parte a Hollywood le ha dado por reinventar, reformular y revisar los cuentos clásicos, los de toda la vida, vamos. También la televisión ha querido contarnos otros cuentos, como se muestra en la serie de la cadena norteamericana ABC Érase una vez, y en su versión española, más acorde con los tiempos y en clave de thriller. Así, hemos visto en la gran pantalla a una Caperucita Roja sexy y posadolescéntica -la interpretada por Amanda Seyfried-, una Blancanieves guerrera -la protagonizada por Kristen Stewart- o unos matrix Hansel y Gretel -con Jeremy Renner y Gemma Arterton en la piel de los dos “tiernos” y talluditos  hermanitos-, por citar solo algunos filmes de una lista no precisamente escasa, que este año también se incrementará. Por lo pronto, ya tenemos en la gran pantalla a Into the woods, la última aportación a la causa. Se trata de la adaptación cinematográfica del musical del mismo nombre, dirigida por el coreógrafo y realizador Rob Marshall, bastante ducho en este tipo de espectáculos, recordemos Chicago (2002) y Nine (2009). Into the woods deviene en una mezcla indisciplinada de varios cuentos populares, desde la mentada Caperucita Roja, hasta La Cenicienta, pasando por Rapunzel o Las habichuelas mágicas, con un matrimonio de panaderos que no pueden tener hijos como hilo. Sacudan bien todo esto y pongan un bosque y una bruja malvada dentro, y el resultado es una comedia musical que funciona bien cuando desmitifica las consabidas narraciones, las malea, las retuerce y les da un punto hasta canalla, y pierde enteros cuando se pone un tanto bucólica. Este cóctel de fabulaciones se sustenta en su exultante artificio visual y en un reparto bastante equilibrado, donde destaca, cómo no, una hechicera Meryl Streep que interpreta lo que le echen -está nominada por su actuación aquí a mejor actriz de reparto en los próximos Óscar- y por una siempre brillante Emily Blunt. Into the woods te hace pasar un rato entretenido -con un metraje un poco largo, eso sí-, aunque con ciertos altibajos que rebajan sus pretensiones finales pero que, en cualquier caso, evita que te vayas con el cuento a otra parte.

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Viaje al centro del ego

Michael Keaton es el protagonista de 'Birdman'. / FOX

Michael Keaton es el protagonista de ‘Birdman’. / FOX

 

Alejandro González Iñárritu es de esos directores que se gusta y le gusta sin ningún tipo de complejos que su película tenga un enérgico sello personal, una particular marca del Zorro. Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), la primera incursión del director mexicano en la comedia -en este caso negra, como no podría ser de otra manera con los antecedentes melodramáticos del realizador- no escapa tampoco a esa querencia de llevar una impronta bien definida. Si en la aclamada Babel (2006) Iñárritu nos contaba un puzle de historias aparentemente diferentes y desarrolladas en distintos lugares del mundo, pero interconectadas entre sí, esta vez sus alforjas de viaje no dan muchas vueltas: tienen como destino el minúsculo a la par que enriquecedor y estresante universo del teatro, sus mismas entrañas, para ver pulular las andanzas de un actor encasillado -conocido por ponerse en la piel de un superhéroe, a la sazón Birdman– que se quiere reivindicar ante sí mismo y ante el público dirigiendo y protagonizando una obra. Con el uso inmisericorde del plano secuencia en las largas escenas de la cinta (a modo de actos, que para eso la cosa va de teatro), Iñárritu -con la inestimable ayuda del oscarizado Emmanuel Lubezki como director de fotografía- se pone a prueba a sí mismo y al plantel de artistas del filme, experimentando con la complejidad técnica e interpretativa que ofrece ese recurso. Todo un riesgo del que sale airoso y muy bien parado, especialmente el elenco de actores, con Michael Keaton a la cabeza, flanqueado por unos sublimes Edward Norton y Naomi Watts, sin desmerecer ni un ápice a Emma Stone y Zach Galifianakis. Keaton es -o fue- Birdman en el filme, como fue Batman durante dos entregas (las de la etapa de Tim Burton), por lo que el papel le va como anillo al dedo; de hecho, el Keaton de la película quiere demostrar que puede dejar atrás al superhéroe que ha marcado su carrera, y el Keaton real ha resucitado en cierta manera como actor -y lo ha conseguido- con este impagable papel, que bucea en los egos y en las inseguridades de la profesión. No sé si la ignorancia es una virtud inesperada, como reza el subtítulo del filme, desde luego Birdman es una de las sensaciones de este 2015 cinematográfico, pese a que se podría haber rematado de manera mucho más brillante.

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Los ‘Globos de Oro’ patrios

Premios Feroz 2015. / F.D.

Uno de los instantes de la gala de los Premios Feroz 2015. / F.D.

Que los informadores de cine organicemos unos premios y la consiguiente gala de entrega, un poco -o mucho, según se mire- a imagen y semejanza de los Globos de Oro, pues qué quieren que les diga: que muy bien, y ya era hora. Los Premios Feroz -así de contundente es el nombre del galardón para los que no lo sepan- celebraron el pasado domingo en Madrid su segunda edición y, mira por dónde, tan párvulos aún ellos y ya pueden presumir de consolidación y de erigirse en la verdadera antesala de los Goya -ahí es nada-. Esta vez el lugar elegido fue el Gran Teatro Ruedo de Las Ventas -sí, en la mismísima plaza de toros-, un escenario ideal, por su amplitud, para albergar a una miríada de miembros de la canallesca del celuloide y a una abundante representación del cine español, todo retransmitido por Canal+.

Con semejante predio , se imaginaran el trajín… La pertinente y preceptiva alfombra roja se deja para los verdaderos protagonistas: los artistas, como es menester en estas cosas. El cóctel y la cena previa a la gala se convirtió en un hervidero de gente, de felicitaciones, de intercambio de pareceres y de confesiones (de qué estarían hablando Carlos Saura y Julio Medem, chiquito binomio de talento juntos), de lucir palmitos (todo el mundo bastante fetén, oiga), y sobre todo con un halo de buen rollismo entre la profesión de uno y otro lado. Se nota que los actores se sienten más desinhibidos cerca de los periodistas y críticos que en otros encuentros similares, aunque pudiera parecer lo contrario. Tal vez igual porque no hay ningún ministro o algo que se le parezca a la vista… En los Globos de Oro -y acabo aquí más comparaciones con los premios que otorga la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood- pasa lo mismo.

Pero vayamos a la ceremonia de entrega, después de dejar a todos sentaditos en las casi 30 mesas grandes habilitadas en el amplio patio. Para adelantarme un poco, la gala resultó sobria y elegante, con una presentadora firme y contundente, mesurada y simpática a la vez. Tiene madera esta Bárbara Santa-Cruz, que cogió el testigo de la grácil Alexandra Jiménez, presente también en la velada. Santa-Cruz argumentó lo de la consolidación de los Feroz en su segunda convocatoria “porque ya Almodóvar no ha querido venir”. Antes, en la presentación tuvo “palabras” para todas las películas nominadas y sus protagonistas, desde Javier Gutiérrez hasta Javier Cámara -a quien “confundió” con Mortadelo-, pasando por Natalia Tena y David Verdaguer, protagonistas de la historia de amor de 10.000 kilómetros, de los que remachó que eran “dos catalanes que viven en países diferentes”… La mordacidad e ingenio de Santa-Cruz insuflaron bríos a una ceremonia con momentos memorables, como el instante en el que el maestro Carlos Saura recibió su feroz de honor de manos de José Coronado (otro de los protagonistas de la noche, con el gag de darle un beso en todos los morros a Miguel Ángel Muñoz delante de Manuela Vellés “por exigencias del guión”; el de la emoción sin contener de Itziar Aizpuru, la actriz vasca de Loreak, una de las más aplaudidas, y que casi no se marcha del escenario agradecida a todo el mundo; el del elocuente Carlos Vermut; o el del propio Javier Gutiérrez, quien dedicó su galardón como mejor actor al “añorado Álex Angulo”, fallecido en julio.

La gala discurrió rápida y ágil, lo que es siempre de agradecer, y dentro de un ambiente distendido y cordial, con presentadores eventuales por la labor, como Rossy de Palma y Carlos Areces -deberían hacer pareja cinematográfica-, o Leonor Watling y Javier Fesser (alguien lo propuso como conductor de la edición de 2016, lo cual no estaría mal). Como el humor reinaba, qué mejor manera que hacerle un homenaje con el premio a Carmina y Amén, que recogió un fervoroso Paco León en medio de una enorme ovación.

En definitiva, lo suscrito. ¡Que vivan los Feroz! Y hasta la próxima edición, “escribidores y peliculeros”, que diría José Sacristán.

 

PALMARÉS DE LOS FEROZ 2015

-MEJOR PELÍCULA DRAMÁTICA
La isla mínima
-MEJOR PELÍCULA DE  COMEDIA
Carmina y amén
-MEJOR DIRECCIÓN
Alberto Rodríguez (La isla mínima)
-MEJOR ACTOR
Javier Gutiérrez (La isla mínima)
-MEJOR ACTRIZ
Bárbara Lennie (Magical Girl)
-MEJOR ACTOR DE REPARTO
José Sacristán (Magical Girl)
-MEJOR ACTRIZ DE  REPARTO
Itziar Aizpuru por (Loreak)
-MEJOR GUIÓN
Magical Girl
-MEJOR MÚSICA
La isla mínima
-MEJOR CARTEL
Magical Girl
-MEJOR TRÁILER
La isla mínima
*PREMIO FEROZ DE HONOR
Carlos Saura
-PREMIO ESPECIAL
Costa da morte, de Lois Patiño

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El Universo por testigo

Felicity Jones y Eddie Redmayne protagonizan 'La teoría del todo'. UNIVERSAL

Felicity Jones y Eddie Redmayne protagonizan ‘La teoría del todo’. / UNIVERSAL

Stephen Hawking es uno de los personajes mediáticos mundiales más atrayentes a pesar de su condición de científico -lo que ya es un logro en la sociedad en la que vivimos, donde los referentes suelen dedicarse a actividades mucho más prosaicas y menos complacientes con el intelecto-. Su enorme inteligencia y el reto vital de afrontar la enfermedad degenerativa que padece desde su juventud, la temida esclerosis lateral amiotrófica, que para nada ha supuesto un imponderable en sus estudios sobre el origen del Universo, componen un binomio que siempre ha concitado el interés y la curiosidad por este sublime físico teórico, por lo que el estreno de su biopic era largamente esperado. No es la primera vez que un filme trata de un brillante científico con dificultades adyacentes, incluida una relación sentimental -recordemos la excelente Una mente maravillosa, dirigida por Ron Howard y protagonizada por Russell Crowe, que narra la vida del ilustre economista John Forbes Nash, aquejado de esquizofrenia paranoide-. La teoría del todo, título tomado de un libro del propio Hawking, cuya lectura recomiendo encarecidamente, no resulta una cinta tan completa ni tan densa como Una mente maravillosa, y deviene en una historia de amor -subrayada por la adversidad y las vicisitudes-, la del astrofísico y su primera mujer, Jane Wilde, no en vano bebe directamente de las memorias de su esposa. El filme se centra en exclusiva en bucear en esta relación desde sus inicios hasta su epílogo, aunque no esconde el trabajo y la trayectoria científica de Hawking -habríamos deseado ver más, lo que está en el debe de la película-; eso sí, con meras apostillas sobre los agurejos negros, quarks, singularidades y demás conceptos, alusiones que el director James March visualiza brillantemente con imágenes metafóricas. La teoría del todo, que cuenta con cinco candidaturas en la próxima edición de los Óscar, se sustenta en las excelentes interpretaciones de sus dos protagonistas, Eddie Redmayne -con un parecido físico increíble a Stephen Hawking- y Felicity Jones, nominados ambos a mejor intérprete, y esa es, desde luego, su principal baza y atractivo.

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Resurrección ochentera

Los 80: los años dorados del pop, de los estertores de la Guerra Fría, de los walkman y de un sinfín de cosas más, algunas para olvidar (los suéter de punto inglés, los pantalones descoloridos, los pelos escalfados…). Esta segunda “década prodigiosa” (la otra es la de los 60) lleva un tiempo instalada como referente para el Hollywood actual, y no sé si esto es bueno o malo, en tanto que no ha supuesto una fuente de inspiración como tal, con algunas honrosas excepciones, como Super 8, de J.J. Abrams (que recobraba el espíritu de películas de aventuras tan de la época y que tienen en Los Goonies su paradigma más preclaro), sino más bien en un espejo para poder reproducir remakes a mansalva. De hecho, entre las cintas de las que se habla, se dice, se comenta que pueden resucitar de una manera u otra en fechas próximas se encuentran la ya citada de Los Goonies, Los Gremlins (esos bichitos adorables a los que no hay que bañar ni darles de comer después de las 00.00 horas) y Loca Academia de Policía (todo un clásico de las pelis de humor ochenteras). Al parecer, Paramount Pictures ya ha dado luz verde a la nueva versión de Exploradores, el filme protagonizado en su momento por unos párvulos Ethan Hawke y River Phoenix (ya desaparecido). Y es que en este 2015 veremos una buena muestra del cine parido en la década de los 80. El 15 de mayo llegará a las pantallas uno de los héroes apocalípticos por excelencia, Mad Max, otrora en la piel del australiano Mel Gibson y ahora con los rasgos del actor Tom Hardy, en un filme que lleva por subtítulo Furia en la carretera. Y cómo no, también vendrá la continuación más esperada de todos los tiempos, la de la saga de La Guerra de las Galaxias, con su Episodio VII (El despertar de la Fuerza), que de la mano del mentado J.J. Abrams se estrenará en el mes de diciembre. Confío y deseo que esta fiebre, que en el fondo los de mi generación agradecemos aunque revele la escasa originalidad imperante en la meca del cine, nos deje intacto al gran icono de ese ilustre decenio: E.T., y no cometan bajo ningún concepto la imperdonable tropelía de volverlo a traer a la Tierra. Déjenlo tranquilito en nuestro imaginario… y en su casa, a la que tanto le costó regresar.

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Fantasía entretenida

Cartel del filme fantástico 'El séptimo hijo'. / DA

Cartel de filme ‘El séptimo hijo’. / DA

Las fechas navideñas, ya superadas afortunadamente para nuestro mermado bolsillo, resultan propicias para las películas a mayor gloria del cine de evasión, y que tienen en el género fantástico su máximo exponente. Eclipsada por el epílogo de El Hobbit, la cartelera ha contado -y cuenta aún- con otro título, El séptimo hijo, un blocksbuster como mandan los cánones que ha pasado un tanto desapercibido y que, dicho sea de paso -todo hay que mentarlo-, acabé por visionar gracias a la equivocación de los horarios de la página web de uno de los cines en donde se exhibe -iba a ver otra, lo admito-. La cinta es la adaptación cinematográfica de la primera novela de la saga escrita por el autor británico Joseph Delanay, que narra las peripecias de Tom Ward, un veinteañero que a la sazón es un séptimo hijo de un séptimo hijo, algo que, al parecer, por ese mundo imaginario deviene en condición sine qua non para dedicarse al noble oficio de combatir las malas artes de la magia negra, y de paso luchar contra demonios, dragones, brujas y bichos raros, y lo que se le eche por delante, que no es poco. Con el cabreo por lo del horario equivocado (esas páginas web las carga el diablo), mi predisposición era la de poner a parir el filme de arriba a abajo y de un lado a otro; sin embargo, debo confesar que me retracte de quemarlo en la pira de la más absoluta indiferencia. Sin llegarme a maravillar ni mucho menos -ya pocas cosas maravillan-, El séptimo hijo es una película entretenida -firmada por Sergey Bodrov-, con el metraje justo -no se van a pegar tres horas en la butaca-, sin grandes alharacas narrativas -sencillez a raudales-, y que a falta de unos efectos especiales del copón, se sustenta en un elenco solvente  -aspecto en el que sí se nota que se gastaron las perras-, encabezado por el incombustible Jeff Bridges -una especie de El Nota medieval (por lo de El gran Lebowski ) en el papel de maestro de espectros- y por la siempre atractiva Julianne Moore, una hechicera muy chic pero con bastante mala leche. Todo ello subrayado por una correcta banda sonora, obra de un seguro en estas lides: Marco Beltrami. Tal y como se sugiere en las postrimerías de la cinta, El séptimo hijo tiene visos de continuidad, aunque me temo que su recorrido no será muy largo que digamos…

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Adiós a la Tierra Media

Cartel de 'El Hobbit. La batalla de los cinco ejércitos'. / WARNER BROS.

Cartel de ‘El Hobbit. La batalla de los cinco ejércitos’. / WARNER BROS.

No sé cuándo veremos de nuevo en el cine el universo tolkeniano de elfos, enanos, orcos, trasgos, hobbits, magos y demás habitantes singulares de la indómita Tierra Media, léase ahora El Silmarillion, la recopilación de textos del celebérrimo escritor británico, publicada tras su muerte por su hijo Christopher Tolkien, que aún queda por llevar a la gran pantalla, aunque me temo que pasará mucho tiempo para ello, entre otras cosas, porque los derechos del libro los tiene su vástago (y ya sabemos las dificultades que pondrían los herederos para su adaptación, dado que no suelen demostrar demasiado entusiasmo) y porque, también hay que decirlo, estamos ya un pelín saturados de esta fantástica historia fantástica. Por lo pronto, el artífice de todo esto, Peter Jackson, se ha querido despedir a lo grande de su trilogía cinematográfica de El Hobbit, con una puesta en escena acorde con el subtítulo de este último filme: La batalla de los cinco ejércitos. Más acción que en las dos anteriores entregas, Jackson no escatima recursos para dotar de la épica necesaria a este epílogo, si bien no alcanza la sublimación ni la fuerza visual que logró en las apabullantes escenas de contiendas de la saga de El señor de los anillos. En cualquier caso, el director neozelandés ha dotado a la cinta, mucho más corta que las anteriores -tanto de las precuelas como de las secuelas- de un ritmo frenético y trepidante, no exento de cierta carga dramática, si bien con poco equilibrio, para rubricar una tríada correcta, muy inferior a la del Anillo en su concepción global, y eso que se le agradece el esfuerzo por filmar una obra como El Hobbit, más concebida y dirigida a un público infantil. Jackson aprovecha esta última ocasión para unir las dos sagas cinematográficas con cameos de personajes y con explicaciones argumentales y dar así continuidad a su vasto y costoso proyecto de extrapolar al séptimo arte el inabarcable mundo de J.R.R Tolkien. Ahora, vendrán la mercadotecnia final y las versiones ampliadas y demás parafernalia. Pero eso es otra historia…

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