Pastiche de cuentos

Meryl Streep es una de las protagonista de 'Into the woods'. / DISNEY

Meryl Streep es una de las protagonistas de ‘Into the woods’. / DISNEY

De un tiempo a esta parte a Hollywood le ha dado por reinventar, reformular y revisar los cuentos clásicos, los de toda la vida, vamos. También la televisión ha querido contarnos otros cuentos, como se muestra en la serie de la cadena norteamericana ABC Érase una vez, y en su versión española, más acorde con los tiempos y en clave de thriller. Así, hemos visto en la gran pantalla a una Caperucita Roja sexy y posadolescéntica -la interpretada por Amanda Seyfried-, una Blancanieves guerrera -la protagonizada por Kristen Stewart- o unos matrix Hansel y Gretel -con Jeremy Renner y Gemma Arterton en la piel de los dos “tiernos” y talluditos  hermanitos-, por citar solo algunos filmes de una lista no precisamente escasa, que este año también se incrementará. Por lo pronto, ya tenemos en la gran pantalla a Into the woods, la última aportación a la causa. Se trata de la adaptación cinematográfica del musical del mismo nombre, dirigida por el coreógrafo y realizador Rob Marshall, bastante ducho en este tipo de espectáculos, recordemos Chicago (2002) y Nine (2009). Into the woods deviene en una mezcla indisciplinada de varios cuentos populares, desde la mentada Caperucita Roja, hasta La Cenicienta, pasando por Rapunzel o Las habichuelas mágicas, con un matrimonio de panaderos que no pueden tener hijos como hilo. Sacudan bien todo esto y pongan un bosque y una bruja malvada dentro, y el resultado es una comedia musical que funciona bien cuando desmitifica las consabidas narraciones, las malea, las retuerce y les da un punto hasta canalla, y pierde enteros cuando se pone un tanto bucólica. Este cóctel de fabulaciones se sustenta en su exultante artificio visual y en un reparto bastante equilibrado, donde destaca, cómo no, una hechicera Meryl Streep que interpreta lo que le echen -está nominada por su actuación aquí a mejor actriz de reparto en los próximos Óscar- y por una siempre brillante Emily Blunt. Into the woods te hace pasar un rato entretenido -con un metraje un poco largo, eso sí-, aunque con ciertos altibajos que rebajan sus pretensiones finales pero que, en cualquier caso, evita que te vayas con el cuento a otra parte.

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Viaje al centro del ego

Michael Keaton es el protagonista de 'Birdman'. / FOX

Michael Keaton es el protagonista de ‘Birdman’. / FOX

 

Alejandro González Iñárritu es de esos directores que se gusta y le gusta sin ningún tipo de complejos que su película tenga un enérgico sello personal, una particular marca del Zorro. Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), la primera incursión del director mexicano en la comedia -en este caso negra, como no podría ser de otra manera con los antecedentes melodramáticos del realizador- no escapa tampoco a esa querencia de llevar una impronta bien definida. Si en la aclamada Babel (2006) Iñárritu nos contaba un puzle de historias aparentemente diferentes y desarrolladas en distintos lugares del mundo, pero interconectadas entre sí, esta vez sus alforjas de viaje no dan muchas vueltas: tienen como destino el minúsculo a la par que enriquecedor y estresante universo del teatro, sus mismas entrañas, para ver pulular las andanzas de un actor encasillado -conocido por ponerse en la piel de un superhéroe, a la sazón Birdman– que se quiere reivindicar ante sí mismo y ante el público dirigiendo y protagonizando una obra. Con el uso inmisericorde del plano secuencia en las largas escenas de la cinta (a modo de actos, que para eso la cosa va de teatro), Iñárritu -con la inestimable ayuda del oscarizado Emmanuel Lubezki como director de fotografía- se pone a prueba a sí mismo y al plantel de artistas del filme, experimentando con la complejidad técnica e interpretativa que ofrece ese recurso. Todo un riesgo del que sale airoso y muy bien parado, especialmente el elenco de actores, con Michael Keaton a la cabeza, flanqueado por unos sublimes Edward Norton y Naomi Watts, sin desmerecer ni un ápice a Emma Stone y Zach Galifianakis. Keaton es -o fue- Birdman en el filme, como fue Batman durante dos entregas (las de la etapa de Tim Burton), por lo que el papel le va como anillo al dedo; de hecho, el Keaton de la película quiere demostrar que puede dejar atrás al superhéroe que ha marcado su carrera, y el Keaton real ha resucitado en cierta manera como actor -y lo ha conseguido- con este impagable papel, que bucea en los egos y en las inseguridades de la profesión. No sé si la ignorancia es una virtud inesperada, como reza el subtítulo del filme, desde luego Birdman es una de las sensaciones de este 2015 cinematográfico, pese a que se podría haber rematado de manera mucho más brillante.

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Los ‘Globos de Oro’ patrios

Premios Feroz 2015. / F.D.

Uno de los instantes de la gala de los Premios Feroz 2015. / F.D.

Que los informadores de cine organicemos unos premios y la consiguiente gala de entrega, un poco -o mucho, según se mire- a imagen y semejanza de los Globos de Oro, pues qué quieren que les diga: que muy bien, y ya era hora. Los Premios Feroz -así de contundente es el nombre del galardón para los que no lo sepan- celebraron el pasado domingo en Madrid su segunda edición y, mira por dónde, tan párvulos aún ellos y ya pueden presumir de consolidación y de erigirse en la verdadera antesala de los Goya -ahí es nada-. Esta vez el lugar elegido fue el Gran Teatro Ruedo de Las Ventas -sí, en la mismísima plaza de toros-, un escenario ideal, por su amplitud, para albergar a una miríada de miembros de la canallesca del celuloide y a una abundante representación del cine español, todo retransmitido por Canal+.

Con semejante predio , se imaginaran el trajín… La pertinente y preceptiva alfombra roja se deja para los verdaderos protagonistas: los artistas, como es menester en estas cosas. El cóctel y la cena previa a la gala se convirtió en un hervidero de gente, de felicitaciones, de intercambio de pareceres y de confesiones (de qué estarían hablando Carlos Saura y Julio Medem, chiquito binomio de talento juntos), de lucir palmitos (todo el mundo bastante fetén, oiga), y sobre todo con un halo de buen rollismo entre la profesión de uno y otro lado. Se nota que los actores se sienten más desinhibidos cerca de los periodistas y críticos que en otros encuentros similares, aunque pudiera parecer lo contrario. Tal vez igual porque no hay ningún ministro o algo que se le parezca a la vista… En los Globos de Oro -y acabo aquí más comparaciones con los premios que otorga la Asociación de la Prensa Extranjera de Hollywood- pasa lo mismo.

Pero vayamos a la ceremonia de entrega, después de dejar a todos sentaditos en las casi 30 mesas grandes habilitadas en el amplio patio. Para adelantarme un poco, la gala resultó sobria y elegante, con una presentadora firme y contundente, mesurada y simpática a la vez. Tiene madera esta Bárbara Santa-Cruz, que cogió el testigo de la grácil Alexandra Jiménez, presente también en la velada. Santa-Cruz argumentó lo de la consolidación de los Feroz en su segunda convocatoria “porque ya Almodóvar no ha querido venir”. Antes, en la presentación tuvo “palabras” para todas las películas nominadas y sus protagonistas, desde Javier Gutiérrez hasta Javier Cámara -a quien “confundió” con Mortadelo-, pasando por Natalia Tena y David Verdaguer, protagonistas de la historia de amor de 10.000 kilómetros, de los que remachó que eran “dos catalanes que viven en países diferentes”… La mordacidad e ingenio de Santa-Cruz insuflaron bríos a una ceremonia con momentos memorables, como el instante en el que el maestro Carlos Saura recibió su feroz de honor de manos de José Coronado (otro de los protagonistas de la noche, con el gag de darle un beso en todos los morros a Miguel Ángel Muñoz delante de Manuela Vellés “por exigencias del guión”; el de la emoción sin contener de Itziar Aizpuru, la actriz vasca de Loreak, una de las más aplaudidas, y que casi no se marcha del escenario agradecida a todo el mundo; el del elocuente Carlos Vermut; o el del propio Javier Gutiérrez, quien dedicó su galardón como mejor actor al “añorado Álex Angulo”, fallecido en julio.

La gala discurrió rápida y ágil, lo que es siempre de agradecer, y dentro de un ambiente distendido y cordial, con presentadores eventuales por la labor, como Rossy de Palma y Carlos Areces -deberían hacer pareja cinematográfica-, o Leonor Watling y Javier Fesser (alguien lo propuso como conductor de la edición de 2016, lo cual no estaría mal). Como el humor reinaba, qué mejor manera que hacerle un homenaje con el premio a Carmina y Amén, que recogió un fervoroso Paco León en medio de una enorme ovación.

En definitiva, lo suscrito. ¡Que vivan los Feroz! Y hasta la próxima edición, “escribidores y peliculeros”, que diría José Sacristán.

 

PALMARÉS DE LOS FEROZ 2015

-MEJOR PELÍCULA DRAMÁTICA
La isla mínima
-MEJOR PELÍCULA DE  COMEDIA
Carmina y amén
-MEJOR DIRECCIÓN
Alberto Rodríguez (La isla mínima)
-MEJOR ACTOR
Javier Gutiérrez (La isla mínima)
-MEJOR ACTRIZ
Bárbara Lennie (Magical Girl)
-MEJOR ACTOR DE REPARTO
José Sacristán (Magical Girl)
-MEJOR ACTRIZ DE  REPARTO
Itziar Aizpuru por (Loreak)
-MEJOR GUIÓN
Magical Girl
-MEJOR MÚSICA
La isla mínima
-MEJOR CARTEL
Magical Girl
-MEJOR TRÁILER
La isla mínima
*PREMIO FEROZ DE HONOR
Carlos Saura
-PREMIO ESPECIAL
Costa da morte, de Lois Patiño

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El Universo por testigo

Felicity Jones y Eddie Redmayne protagonizan 'La teoría del todo'. UNIVERSAL

Felicity Jones y Eddie Redmayne protagonizan ‘La teoría del todo’. / UNIVERSAL

Stephen Hawking es uno de los personajes mediáticos mundiales más atrayentes a pesar de su condición de científico -lo que ya es un logro en la sociedad en la que vivimos, donde los referentes suelen dedicarse a actividades mucho más prosaicas y menos complacientes con el intelecto-. Su enorme inteligencia y el reto vital de afrontar la enfermedad degenerativa que padece desde su juventud, la temida esclerosis lateral amiotrófica, que para nada ha supuesto un imponderable en sus estudios sobre el origen del Universo, componen un binomio que siempre ha concitado el interés y la curiosidad por este sublime físico teórico, por lo que el estreno de su biopic era largamente esperado. No es la primera vez que un filme trata de un brillante científico con dificultades adyacentes, incluida una relación sentimental -recordemos la excelente Una mente maravillosa, dirigida por Ron Howard y protagonizada por Russell Crowe, que narra la vida del ilustre economista John Forbes Nash, aquejado de esquizofrenia paranoide-. La teoría del todo, título tomado de un libro del propio Hawking, cuya lectura recomiendo encarecidamente, no resulta una cinta tan completa ni tan densa como Una mente maravillosa, y deviene en una historia de amor -subrayada por la adversidad y las vicisitudes-, la del astrofísico y su primera mujer, Jane Wilde, no en vano bebe directamente de las memorias de su esposa. El filme se centra en exclusiva en bucear en esta relación desde sus inicios hasta su epílogo, aunque no esconde el trabajo y la trayectoria científica de Hawking -habríamos deseado ver más, lo que está en el debe de la película-; eso sí, con meras apostillas sobre los agurejos negros, quarks, singularidades y demás conceptos, alusiones que el director James March visualiza brillantemente con imágenes metafóricas. La teoría del todo, que cuenta con cinco candidaturas en la próxima edición de los Óscar, se sustenta en las excelentes interpretaciones de sus dos protagonistas, Eddie Redmayne -con un parecido físico increíble a Stephen Hawking- y Felicity Jones, nominados ambos a mejor intérprete, y esa es, desde luego, su principal baza y atractivo.

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Resurrección ochentera

Los 80: los años dorados del pop, de los estertores de la Guerra Fría, de los walkman y de un sinfín de cosas más, algunas para olvidar (los suéter de punto inglés, los pantalones descoloridos, los pelos escalfados…). Esta segunda “década prodigiosa” (la otra es la de los 60) lleva un tiempo instalada como referente para el Hollywood actual, y no sé si esto es bueno o malo, en tanto que no ha supuesto una fuente de inspiración como tal, con algunas honrosas excepciones, como Super 8, de J.J. Abrams (que recobraba el espíritu de películas de aventuras tan de la época y que tienen en Los Goonies su paradigma más preclaro), sino más bien en un espejo para poder reproducir remakes a mansalva. De hecho, entre las cintas de las que se habla, se dice, se comenta que pueden resucitar de una manera u otra en fechas próximas se encuentran la ya citada de Los Goonies, Los Gremlins (esos bichitos adorables a los que no hay que bañar ni darles de comer después de las 00.00 horas) y Loca Academia de Policía (todo un clásico de las pelis de humor ochenteras). Al parecer, Paramount Pictures ya ha dado luz verde a la nueva versión de Exploradores, el filme protagonizado en su momento por unos párvulos Ethan Hawke y River Phoenix (ya desaparecido). Y es que en este 2015 veremos una buena muestra del cine parido en la década de los 80. El 15 de mayo llegará a las pantallas uno de los héroes apocalípticos por excelencia, Mad Max, otrora en la piel del australiano Mel Gibson y ahora con los rasgos del actor Tom Hardy, en un filme que lleva por subtítulo Furia en la carretera. Y cómo no, también vendrá la continuación más esperada de todos los tiempos, la de la saga de La Guerra de las Galaxias, con su Episodio VII (El despertar de la Fuerza), que de la mano del mentado J.J. Abrams se estrenará en el mes de diciembre. Confío y deseo que esta fiebre, que en el fondo los de mi generación agradecemos aunque revele la escasa originalidad imperante en la meca del cine, nos deje intacto al gran icono de ese ilustre decenio: E.T., y no cometan bajo ningún concepto la imperdonable tropelía de volverlo a traer a la Tierra. Déjenlo tranquilito en nuestro imaginario… y en su casa, a la que tanto le costó regresar.

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Fantasía entretenida

Cartel del filme fantástico 'El séptimo hijo'. / DA

Cartel de filme ‘El séptimo hijo’. / DA

Las fechas navideñas, ya superadas afortunadamente para nuestro mermado bolsillo, resultan propicias para las películas a mayor gloria del cine de evasión, y que tienen en el género fantástico su máximo exponente. Eclipsada por el epílogo de El Hobbit, la cartelera ha contado -y cuenta aún- con otro título, El séptimo hijo, un blocksbuster como mandan los cánones que ha pasado un tanto desapercibido y que, dicho sea de paso -todo hay que mentarlo-, acabé por visionar gracias a la equivocación de los horarios de la página web de uno de los cines en donde se exhibe -iba a ver otra, lo admito-. La cinta es la adaptación cinematográfica de la primera novela de la saga escrita por el autor británico Joseph Delanay, que narra las peripecias de Tom Ward, un veinteañero que a la sazón es un séptimo hijo de un séptimo hijo, algo que, al parecer, por ese mundo imaginario deviene en condición sine qua non para dedicarse al noble oficio de combatir las malas artes de la magia negra, y de paso luchar contra demonios, dragones, brujas y bichos raros, y lo que se le eche por delante, que no es poco. Con el cabreo por lo del horario equivocado (esas páginas web las carga el diablo), mi predisposición era la de poner a parir el filme de arriba a abajo y de un lado a otro; sin embargo, debo confesar que me retracte de quemarlo en la pira de la más absoluta indiferencia. Sin llegarme a maravillar ni mucho menos -ya pocas cosas maravillan-, El séptimo hijo es una película entretenida -firmada por Sergey Bodrov-, con el metraje justo -no se van a pegar tres horas en la butaca-, sin grandes alharacas narrativas -sencillez a raudales-, y que a falta de unos efectos especiales del copón, se sustenta en un elenco solvente  -aspecto en el que sí se nota que se gastaron las perras-, encabezado por el incombustible Jeff Bridges -una especie de El Nota medieval (por lo de El gran Lebowski ) en el papel de maestro de espectros- y por la siempre atractiva Julianne Moore, una hechicera muy chic pero con bastante mala leche. Todo ello subrayado por una correcta banda sonora, obra de un seguro en estas lides: Marco Beltrami. Tal y como se sugiere en las postrimerías de la cinta, El séptimo hijo tiene visos de continuidad, aunque me temo que su recorrido no será muy largo que digamos…

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Adiós a la Tierra Media

Cartel de 'El Hobbit. La batalla de los cinco ejércitos'. / WARNER BROS.

Cartel de ‘El Hobbit. La batalla de los cinco ejércitos’. / WARNER BROS.

No sé cuándo veremos de nuevo en el cine el universo tolkeniano de elfos, enanos, orcos, trasgos, hobbits, magos y demás habitantes singulares de la indómita Tierra Media, léase ahora El Silmarillion, la recopilación de textos del celebérrimo escritor británico, publicada tras su muerte por su hijo Christopher Tolkien, que aún queda por llevar a la gran pantalla, aunque me temo que pasará mucho tiempo para ello, entre otras cosas, porque los derechos del libro los tiene su vástago (y ya sabemos las dificultades que pondrían los herederos para su adaptación, dado que no suelen demostrar demasiado entusiasmo) y porque, también hay que decirlo, estamos ya un pelín saturados de esta fantástica historia fantástica. Por lo pronto, el artífice de todo esto, Peter Jackson, se ha querido despedir a lo grande de su trilogía cinematográfica de El Hobbit, con una puesta en escena acorde con el subtítulo de este último filme: La batalla de los cinco ejércitos. Más acción que en las dos anteriores entregas, Jackson no escatima recursos para dotar de la épica necesaria a este epílogo, si bien no alcanza la sublimación ni la fuerza visual que logró en las apabullantes escenas de contiendas de la saga de El señor de los anillos. En cualquier caso, el director neozelandés ha dotado a la cinta, mucho más corta que las anteriores -tanto de las precuelas como de las secuelas- de un ritmo frenético y trepidante, no exento de cierta carga dramática, si bien con poco equilibrio, para rubricar una tríada correcta, muy inferior a la del Anillo en su concepción global, y eso que se le agradece el esfuerzo por filmar una obra como El Hobbit, más concebida y dirigida a un público infantil. Jackson aprovecha esta última ocasión para unir las dos sagas cinematográficas con cameos de personajes y con explicaciones argumentales y dar así continuidad a su vasto y costoso proyecto de extrapolar al séptimo arte el inabarcable mundo de J.R.R Tolkien. Ahora, vendrán la mercadotecnia final y las versiones ampliadas y demás parafernalia. Pero eso es otra historia…

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Un espiritista llamado Woody

Cartel de la última película de Woody Allen, 'Magia a la luz de la luna', / DA

Cartel de la última película de Woody Allen, ‘Magia a la luz de la luna’. / DA

Una vez más asistimos al típico tópico cuando hablamos de Woody Allen y de su enésima película (estrena una al año, lo que no es moco de pavo), que si alterna una buena con otra no tanto, y bla, bla, bla. Si lo aceptamos ya como aserto, como parece, pues por lógica esta vez le tocaba el turno a un filme menor o, al menos, no tan excelso, sobre todo si este venía al mundo después de la celebrada y oscarizada Blue Jasmine (para siempre Cate Blanchett). Y  lamentablemente así ha ocurrido. Magia a la luz de la luna, la última propuesta del director neoyorquino, es una cándida comedia de aires sofisticados ambientada en los años 20 de “su” querida Europa, que gira alrededor de un afamado ilusionista (Colin Firth), experto en desenmascarar a supuestos médiums dedicados estafar a todo tipo de incautos, que viaja a la glamourosa Costa Azul para tratar de hacer lo propio con una pujante y enigmática joven (Emma Stone). Allen no se afana demasiado en este filme que se desliza por ese mentado periodo de posguerra, donde actividades como el ocultismo y el espiritismo están en pleno auge, con adeptos hasta en las capas más altas y ensimismadas de la sociedad. Magia a la luz de la luna deja de atraparte al poco tiempo de su metraje, cuando pasa a ser una trama edulcorada, que se salva de sucumbir por la habilidad innata del genio de Brooklyn, que envuelve muy bien su producto, maquillándolo ora con diálogos brillantes -como siempre-, ora con una puesta en escena envidiable y con una apropiada banda sonora (el estilo dixieland suena, y mucho). Y si encima cuentas con los actores adecuados, en este caso, un Colin Firth genial en su papel de mago (un trasunto petulante y esnob de Houdini) y una grácil aunque  taimada Emma Stone, hará que finalmente perdonemos al viejo Woody los pasajes más tediosos de la cinta. Sin embargo, no nos dejemos engañar por este falso espiritista de la Gran Manzana, los trucos están bien, pero al final la realidad siempre aflora, en la vida, y por supuesto, en el cine.

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Más guerrero que profeta

Christian Bale es Moisés en 'Exodus: dioses y reyes'. / EUROPA PRESS

Christian Bale es Moisés en ‘Exodus: dioses y reyes’. / EUROPA PRESS

Teniendo en cuenta que es difícil superar a Charlton Heston bajando del Sinaí, canoso hasta las trancas -supongo que eso de ver in situ a Dios tiene sus consecuencias capilares-, ya saben, la mítica Los Diez Mandamientos (1956) de Cecil B. De Mille, la revisitación propuesta por Ridley Scott, Exodus: dioses y reyes, sobre el líder hebreo Moisés tiene su impronta. Scott al menos sabe a lo que juega: combinar con acierto el espectáculo épico con devaneos introspectivos, en este caso de uno de los personajes bíblicos más carismáticos; y más si lo comparamos con el otro producto del Antiguo Testamento que llegó a la gran pantalla hace unos meses, el decepcionante Noé de Darren Aronofsky. Scott ha articulado bien una trama archiconocida, y la ha moldeado, tal vez con escasa talla emotiva, adaptándola a nuevos públicos -con un grandilocuente preámbulo: la batalla contra los hititas-; incluso, pese a ser una historia religiosa, la ha “naturalizado” en aquellas cuestiones que podía: las plagas que azotaron el Egipto bíblico -casi a modo del documental Éxodo descodificado (2006), producido por James Cameron-, y la “apertura” del Mar Rojo (a causa de un meteorito), por cierto, la playa de Cofete, en Fuerteventura. Christian Bale, un actor que cada vez sube un escalón más, logra un Moisés creíble,  muy por encima de su partenaire interpretativo, Joel Edgerton, en el papel de Ramsés (un personaje muy poco trabajado en el guión), y en el que destaca también, aunque de manera casi tímida la actriz española María Valverde, en la piel de Séfora, esposa de Moisés. Y es que la película gira en exclusiva en torno a la figura del profeta y su cometido liberador, en la que los secundarios parecen casi impostados -a diferencia de otras versiones, como la del citado De Mille, en la que actores de la talla de Yul Brynner o Edward G. Robinson disponían de mayor peso-, tal es el caso aquí -contrario- de Aaron Paul (Josué), Ben Kinsgley (Nun) y Sigourney Weaver (Tuya); eso sí, con la impagable curiosidad de ver a John Turturro ejerciendo de faraón (Seti). La película logra entretener durante la mayor parte de los nada desdeñables 151 minutos de metraje -lo que es verdaderamente loable-, aunque el epílogo deja bastante que desear, pasando de soslayo por los capítulos postreros del Éxodo (uno de los cinco primeros libros de la Biblia). Se ve que la travesía del desierto no le interesaba mucho a Scott.

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Dignidad desde el vertedero

Stephen Daldry dirige 'Trash, ladrones de esperanza'. / UNIVERSAL

Stephen Daldry dirige ‘Trash, ladrones de esperanza’. / UNIVERSAL PICTURE

Cuando vean Trash, ladrones de esperanza, el nuevo filme de Stephen Daldry (The reader, Billy Elliot, Las horas), se les pasará a buen seguro por la cabeza películas como Slumdog Millionaire (Danny Boyle, 2008) o Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, 2002), que tienen como hábitat común la más absoluta marginalidad, de la que emanan historias con jóvenes como protagonistas. Trash, ladrones de esperanza cuenta las peripecias de tres preadolescentes que viven en las favelas de Río de Janeiro y que encuentran en un vertedero una cartera por la que se ofrece una generosa recompensa y que guarda un secreto relacionado con la política. Un argumento atractivo para una cinta que no deja de ser un producto correcto, entretenida y con un gran ritmo, acompañada de una potente y variopinta banda sonora, pero al servicio del más puro buenismo final, en una sociedad, en este caso la brasileña, que como todas necesita cada vez más de héroes, aunque sean menores indignados, que se rebelen contra lacras tan globales y actuales como la corrupción. En este camino de denuncia, Daldry enfatiza en demasía su mensaje optimista contra el poder establecido, en contraposición al vívido retrato con el que refleja el estado de miseria y extrema pobreza en el que pulula una parte de la ciudadanía en ese país. La trama se sustenta en el trío protagonista (Rickson Tevez, Eduardo Luis, Gabriel Weinstein), novato en esto de la interpretación, que insufla credibilidad y frescura a la película, y en los que los papeles secundarios, sobre todo los de Rooney Mara y Martin Sheen -en los roles de una cooperante  estadounidense y de un cura comprometido con los desfavorecidos-, son fácilmente prescindibles, a excepción del actor brasileño Selton Mello, en la piel de un cínico policía corrupto. Trash, ladrones de esperanza funciona bien como fábula con moraleja edulcorada, e incluso pone el dedo en la llaga con su mensaje de crítica social, teniendo en el horizonte cercano los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, si bien le falta una pizca de condimento para que el plato salga redondo y llene al espectador.

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