Un espiritista llamado Woody

Cartel de la última película de Woody Allen, 'Magia a la luz de la luna', / DA

Cartel de la última película de Woody Allen, ‘Magia a la luz de la luna’. / DA

Una vez más asistimos al típico tópico cuando hablamos de Woody Allen y de su enésima película (estrena una al año, lo que no es moco de pavo), que si alterna una buena con otra no tanto, y bla, bla, bla. Si lo aceptamos ya como aserto, como parece, pues por lógica esta vez le tocaba el turno a un filme menor o, al menos, no tan excelso, sobre todo si este venía al mundo después de la celebrada y oscarizada Blue Jasmine (para siempre Cate Blanchett). Y  lamentablemente así ha ocurrido. Magia a la luz de la luna, la última propuesta del director neoyorquino, es una cándida comedia de aires sofisticados ambientada en los años 20 de “su” querida Europa, que gira alrededor de un afamado ilusionista (Colin Firth), experto en desenmascarar a supuestos médiums dedicados estafar a todo tipo de incautos, que viaja a la glamourosa Costa Azul para tratar de hacer lo propio con una pujante y enigmática joven (Emma Stone). Allen no se afana demasiado en este filme que se desliza por ese mentado periodo de posguerra, donde actividades como el ocultismo y el espiritismo están en pleno auge, con adeptos hasta en las capas más altas y ensimismadas de la sociedad. Magia a la luz de la luna deja de atraparte al poco tiempo de su metraje, cuando pasa a ser una trama edulcorada, que se salva de sucumbir por la habilidad innata del genio de Brooklyn, que envuelve muy bien su producto, maquillándolo ora con diálogos brillantes -como siempre-, ora con una puesta en escena envidiable y con una apropiada banda sonora (el estilo dixieland suena, y mucho). Y si encima cuentas con los actores adecuados, en este caso, un Colin Firth genial en su papel de mago (un trasunto petulante y esnob de Houdini) y una grácil aunque  taimada Emma Stone, hará que finalmente perdonemos al viejo Woody los pasajes más tediosos de la cinta. Sin embargo, no nos dejemos engañar por este falso espiritista de la Gran Manzana, los trucos están bien, pero al final la realidad siempre aflora, en la vida, y por supuesto, en el cine.

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Más guerrero que profeta

Christian Bale es Moisés en 'Exodus: dioses y reyes'. / EUROPA PRESS

Christian Bale es Moisés en ‘Exodus: dioses y reyes’. / EUROPA PRESS

Teniendo en cuenta que es difícil superar a Charlton Heston bajando del Sinaí, canoso hasta las trancas -supongo que eso de ver in situ a Dios tiene sus consecuencias capilares-, ya saben, la mítica Los Diez Mandamientos (1956) de Cecil B. De Mille, la revisitación propuesta por Ridley Scott, Exodus: dioses y reyes, sobre el líder hebreo Moisés tiene su impronta. Scott al menos sabe a lo que juega: combinar con acierto el espectáculo épico con devaneos introspectivos, en este caso de uno de los personajes bíblicos más carismáticos; y más si lo comparamos con el otro producto del Antiguo Testamento que llegó a la gran pantalla hace unos meses, el decepcionante Noé de Darren Aronofsky. Scott ha articulado bien una trama archiconocida, y la ha moldeado, tal vez con escasa talla emotiva, adaptándola a nuevos públicos -con un grandilocuente preámbulo: la batalla contra los hititas-; incluso, pese a ser una historia religiosa, la ha “naturalizado” en aquellas cuestiones que podía: las plagas que azotaron el Egipto bíblico -casi a modo del documental Éxodo descodificado (2006), producido por James Cameron-, y la “apertura” del Mar Rojo (a causa de un meteorito), por cierto, la playa de Cofete, en Fuerteventura. Christian Bale, un actor que cada vez sube un escalón más, logra un Moisés creíble,  muy por encima de su partenaire interpretativo, Joel Edgerton, en el papel de Ramsés (un personaje muy poco trabajado en el guión), y en el que destaca también, aunque de manera casi tímida la actriz española María Valverde, en la piel de Séfora, esposa de Moisés. Y es que la película gira en exclusiva en torno a la figura del profeta y su cometido liberador, en la que los secundarios parecen casi impostados -a diferencia de otras versiones, como la del citado De Mille, en la que actores de la talla de Yul Brynner o Edward G. Robinson disponían de mayor peso-, tal es el caso aquí -contrario- de Aaron Paul (Josué), Ben Kinsgley (Nun) y Sigourney Weaver (Tuya); eso sí, con la impagable curiosidad de ver a John Turturro ejerciendo de faraón (Seti). La película logra entretener durante la mayor parte de los nada desdeñables 151 minutos de metraje -lo que es verdaderamente loable-, aunque el epílogo deja bastante que desear, pasando de soslayo por los capítulos postreros del Éxodo (uno de los cinco primeros libros de la Biblia). Se ve que la travesía del desierto no le interesaba mucho a Scott.

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Dignidad desde el vertedero

Stephen Daldry dirige 'Trash, ladrones de esperanza'. / UNIVERSAL

Stephen Daldry dirige ‘Trash, ladrones de esperanza’. / UNIVERSAL PICTURE

Cuando vean Trash, ladrones de esperanza, el nuevo filme de Stephen Daldry (The reader, Billy Elliot, Las horas), se les pasará a buen seguro por la cabeza películas como Slumdog Millionaire (Danny Boyle, 2008) o Ciudad de Dios (Fernando Meirelles, 2002), que tienen como hábitat común la más absoluta marginalidad, de la que emanan historias con jóvenes como protagonistas. Trash, ladrones de esperanza cuenta las peripecias de tres preadolescentes que viven en las favelas de Río de Janeiro y que encuentran en un vertedero una cartera por la que se ofrece una generosa recompensa y que guarda un secreto relacionado con la política. Un argumento atractivo para una cinta que no deja de ser un producto correcto, entretenida y con un gran ritmo, acompañada de una potente y variopinta banda sonora, pero al servicio del más puro buenismo final, en una sociedad, en este caso la brasileña, que como todas necesita cada vez más de héroes, aunque sean menores indignados, que se rebelen contra lacras tan globales y actuales como la corrupción. En este camino de denuncia, Daldry enfatiza en demasía su mensaje optimista contra el poder establecido, en contraposición al vívido retrato con el que refleja el estado de miseria y extrema pobreza en el que pulula una parte de la ciudadanía en ese país. La trama se sustenta en el trío protagonista (Rickson Tevez, Eduardo Luis, Gabriel Weinstein), novato en esto de la interpretación, que insufla credibilidad y frescura a la película, y en los que los papeles secundarios, sobre todo los de Rooney Mara y Martin Sheen -en los roles de una cooperante  estadounidense y de un cura comprometido con los desfavorecidos-, son fácilmente prescindibles, a excepción del actor brasileño Selton Mello, en la piel de un cínico policía corrupto. Trash, ladrones de esperanza funciona bien como fábula con moraleja edulcorada, e incluso pone el dedo en la llaga con su mensaje de crítica social, teniendo en el horizonte cercano los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, si bien le falta una pizca de condimento para que el plato salga redondo y llene al espectador.

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Estirando el juego

Jennifer Lawrence es Katniss Everdeen, la heroína de la saga de 'Los juegos del hambre'. / WWW.THEHUNGERGAMESEXPLORE.COM

Jennifer Lawrence es Katniss Everdeen, la heroína de la saga de ‘Los juegos del hambre’. / WWW.THEHUNGERGAMESEXPLORER.COM

En los últimos años está de moda que los finales de las sagas cinematográficos se dividan en dos partes, por aquello del pase usted por taquilla para seguir exprimiendo hasta que se pueda el producto y sus sucedáneos. Tendencia a la que también se ha apuntado    -cómo no- el exitoso universo de Los juegos del hambre, la adaptación de la no menos aplaudida trilogía escrita por Suzanne Collins sobre una sociedad distópica en una Norteamérica neofascistoide (llamada Panem), dividida en distritos que están obligados a dar cada año como tributo a dos de sus jóvenes, quienes se juegan los cuartos en una particular contienda mortal. El problema de este sistema -de sacar más tajada, me refiero- deviene en que la primera película de estos epílogos cinematográficos suele ser un preámbulo alargado y contenido que ya per se deja el espectador a medias. Es lo que ocurre en Sinsajo, muy alejada de las dos anteriores entregas -especialmente de la que inauguraba la saga-, que si bien estaban enfocadas para un público juvenil, se trataba de filmes con vocación generalista, entretenidos y con una factura técnica impecable; eso sí, centrados -es lo que toca- en amores adolescénticos -de nuevo otro triángulo- y que dejaban casi en un segundo plano las tensiones sociales subyacentes en una sociedad autoritaria y clasista. Los juegos del hambre. Sinsajo, dirigida por Francis Lawrence -que repite de nuevo en la franquicia-, resulta una cinta menor en comparación a las otras, más pausada y prácticamente sin concesiones a la acción -una de sus bazas-, y que a ratos resulta hasta tediosa. La trama se limita aquí a contar cómo se utiliza mediáticamente a la heroína Katniss Everdeen (Jennifer Lawrence) como símbolo de la lucha contra el poder establecido, en una especie de master class sobre propaganda política, y en tratar de rescatar, de paso, a su compañero de fatigas y enamorado Peeta (Josh Hutcherson). El excelente reparto ayuda a salvar los muebles (el fallecido Philip Seymour Hoffman, Donald Sutherland, Woody Harrelson, Stanley Tucci, Julianne Moore), sobre todo, una cada vez más sólida Jennifer Lawrence, verdadero atractivo de un filme del que se esperaba mucho más.

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Pantagruélico Del Toro

Fotograma del filme 'Escobar. Paraíso Perdido'. / DA

Benicio del Toro, en ‘Escobar. Paraíso Perdido’

No soy un fan irredento de los biopics, dado que no suelen ser propensos a sorprender ni en su planteamiento ni en su concepción, limitándose la mar de las veces a hacer un somero repaso vital, ora lacrimógeno ora laudatorio, o simplemente revisionista, y poco más. Sin embargo, hay honrosas excepciones, como el filme que ahora nos ocupa y que explora en el universo del que podríamos denominar como el padre de todos los narcotraficantes habidos y por haber, o sea, el colombiano Pablo Escobar, el tristemente célebre jefe del Cártel de Medellín, muerto en 1993 a manos de las fuerzas armadas del país cafetero y que dejó tras de sí un reguero de víctimas como macabro balance. La nueva película sobre este capo di tutti capi, urdida por el debutante Andrea Di Stefano, se titula de manera poco acertada Pablo Escobar: Paraíso Perdido (convendrán que la coletilla no es nada afortunada) y llama la atención no por no ser un filme biográfico al uso, sino porque ni siquiera es un filme biográfico. Di Stefano plantea la cinta desde el punto de vista de un joven y cándido surfista canadiense (en la piel de Josh Hutcherson) que se enamora de la sobrina del narcotraficante (Claudia Traisac) y entra a formar parte -sin quererlo- del círculo del famoso delincuente. Aunque la trama se centra en el personaje -de ficción- del veinteañero norteamericano la siniestra e inquietante figura de Escobar copa -engulle, diría- toda la película, incluso aunque esté fuera de campo. El Patrón -como lo llamaban- está encarnado por ese pedazo de actor de nombre Benicio del Toro, genial, desmesurado, pantagruélico, la mejor opción posible para mostrar el carácter poliédrico del abyecto narco. Su caracterización se come literalmente la aparente afable imagen del Escobar real y se transmuta en la de un mafioso que hace del mismísimo Vito Corleone un mero colegial, un auténtico reverso del papel de poli bueno que interpretaba en la incuestionable Traffic (Steven Soderbergh, 2000). Di Stefano soslaya biografía -meros apuntes- para articular un auténtico thriller que poco a poco adquiere el cariz de inquietante y que le da el aprobado con nota a este actor metido a director en la que es su primera obra cinematográfica.

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El viaje de Nolan

Matthew McConaughey es el protagonista del filme  'Interstellar'. / DA

Matthew McConaughey es el protagonista de ‘Interstellar’. / DA

Mira que ha tenido que empaparse de agujeros negros, agujeros de gusano, relatividad, singularidad, curvatura espacio-tiempo, gravedad, etcétera, el señor Christopher Nolan para escribir, junto a su hermano Jonathan, el guión de su última película, Interstellar, una ambiciosa odisea espacial que gira -y ahí sustenta todo su argumentario y también su principal moraleja- sobre la innata y aún no suficientemente ponderada capacidad del homo sapiens para superar desafíos como especie. Nolan tiene entre sus habilidades la de malear los géneros, jugar con ellos; y eso es lo que hace en este filme desde principio a fin. Su vocación ecléctica se esparce por esta peculiar y particular muestra de ciencia ficción, aunque el camino que toma te deje sensaciones encontradas, con un regusto postrero que puede parecer agridulce. A partir de un planteamiento inicial bastante atractivo, a modo de documental, la trama, enfocada en una Tierra distópica dominada por las tormentas de polvo, donde la agricultura es el único sustento de la humanidad (fisiocracia pura, vamos) y en la que aparentemente la tecnología ha quedado relegada, poco a poco va evolucionando hasta alcanzar altos picos de interés, en especial cuando la historia se traslada al espacio exterior, para luego iniciar un -por momentos- mareante carrusel que, sin embargo, no impide  hacer llevadera la película. Eso sí, tal vez le resten a la concepción global de esta epopeya de Nolan algunos aspectos poco cuidados del producto final (por ejemplo, los desfases de edad poco creíbles de determinados protagonistas). Con una impactante factura visual –y una loable música de Hans Zimmer- no es de extrañar que durante su visionado te lleguen a la mente múltiples influencias, no sólo en el marco de la ciencia ficción (desde 2001, una odisea en el espacio, pasando por Encuentros en la Tercera Fase, Elegidos para la gloria, Contac y El árbol de la vida -si bien Interstellar es mucho menos poética que el filme de Terrence Malik-, o las más recientes Pandorum y Gravity, por mentar unas cuantas-. Esto y un resuelto reparto (Matthew McConaughey , Michael Caine, Jessica Chastain, Anne Hathaway) son de lo mejor de una cinta que te podrá gustar o no, pero seguro que no te deja caer de bruces en los brazos de la indiferencia.

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Escala de grises en Nueva York

Fotograma de 'Caminando entre las tumbas'. / DA

Liam Neeson, protagonista de ‘Caminando entre las tumbas’. / DA

Antes que nada una pequeña -y a la postre obvia- observación: Caminando entre las tumbas no es ninguna película de terror a pesar de semejante título y de estrenarse en Halloween, esa festividad anglosajona que finalmente nos ha ganado la batalla -ustedes ya me entienden-. El filme, dirigido por Scott Frank (The Lookout, Minority Report, La intérprete, El vuelo del Fénix) y basado en uno de los betsellers del reconocido autor norteamericano Lawrence Block, deviene en una de esas pequeñas joyas que sin llegar a ser obras maestras sí que expelen, en este caso, el típico olor añejo a puro cine negro, lo cual es de agradecer en estos tiempos tremebundos de efectos digitales y de productos huecos. Y es que su aspecto formal y tono argumental parecen sacados de la mismísima chistera de clásicos como Raymond Chandler y Dashiell Hammett, y del buen hacer de sus emblemáticos detectives, Philip Marlowe y Sam Spade -algo que, por otra parte, ya se encargan incluso de subrayar en la propia cinta por si alguien se despista-. El thriller está protagonizado, al igual que buena parte del trabajo literario de Block, por un investigador privado sin licencia, expolicía y exalcohólico, de nombre Matthew Scudder, encarnado aquí por un sublime y sobrio Liam Neeson -posiblemente en su mejor trabajo de los últimos años-, en una historia sencilla, para nada enrevesada, todo lo contrario, que discurre en dos etapas del Nueva York de los años 90. Así, la Gran Manzana -en realidad, las calles de Brooklyn-, lluviosa y plomiza, sirve de excepcional marco para las andanzas indagatorias de una especie de John Wayne -en su justo término westerniano– crepuscular y pasado de vuelta, a quien un narcotraficante le encarga que investigue el secuestro y asesinato de su esposa. Una trama directa, sin alharacas y sin demasiadas concesiones a la acción, con mucha pausa y poca prisa -hay quienes opinan que es un pelín larga, aunque a mí no me lo parece-, construida con sólidos cimientos narrativos, que va de menos a más y que se corona con un inquietante tramo final, como mandan los cánones del género.

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Draculeando

Luke Evans protagoniza 'Drácula, la leyenda jamás contada'. / UNIVERSAL

Fotograma de la película ‘Drácula, la leyenda jamás contada’. / UNIVERSAL

A veces uno se pregunta cómo se escudriñan la sesera algunos guionistas para componer un tema mil veces tratado, cuando el material histórico que tienen ante sí es tan interesante que no hace falta hacer cabriolas ni incidir más allá de los hechos ciertos, sobre todo si estos no se han macerado lo suficiente. Me refiero en esta ocasión a la enésima película que llega a la gran pantalla sobre el padre y señor de todos los chupasangres conocidos y por conocer, es decir, el ínclito Drácula, que se presenta esta vez en un filme que lleva el pomposo y autosuficiente subtítulo de “la leyenda jamás contada”, y que toma como referencia la vida de Vlad III, para los amigos Vlad Tepes (el Empalador). La trayectoria de este príncipe rumano del siglo XV, azote de los turcos -y de quienes se pusieran por delante-, al que el escritor irlandés Bram Stoker le hizo crecer los colmillos y lo convirtió en un vampiro inmortal, es lo suficientemente cinematográfica para que se la despoje de la fantasía y de las leyendas que han moldeado la, por otra parte, sádica figura y el sanguinario y abyecto comportamiento de Vlad III, por lo demás, algo propio de la época en un territorio fronterizo europeo sometido a la presión de las huestes de la Sublime Puerta. Hasta la fecha, al menos hasta donde uno sabe, solo se ha rodado un filme biográfico del mandatario de Valaquia -considerado un héroe en los Cárpatos-, titulado precisamente Vlad Tepes (1979), de nacionalidad rumana. Sin embargo, su imagen sí que se ha azuzado y deformado partiendo desde el punto de vista que retrata Stoker en su novela, y que llega a su sublimación en el excelso Drácula de Coppola. Este Drácula, la leyenda jamás contada, filme dirigido por Gary Shore y protagonizado por Luke Evans, parte de ciertas premisas históricas, si bien apenas transcurridos unos minutos el guión propina una patada a cualquier atisbo de realidad para dar rienda suelta luego a la más vívida imaginación, aunque sin mostrar algo que no hayamos visto antes. La propuesta firmada por Gary Shore, más de aventura que de terror, carece de originalidad, con guiños formales y estilísticos al propio Drácula de Francis Ford Coppola, a la épica 300, e incluso a Matrix (ver la secuencia de Vlad Draculea cargándose el solito a cientos de turcos). Poco más se puede decir de un producto que, en cambio, sí que parece que cuenta con la aquiescencia del respetable.

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Cruise resucitado

Dentro de la ciencia ficción, la temática de las invasiones alienígenas a la Tierra suele ser de las favoritas del gran público, más que nada porque, quieran o no, nos da cierto morbillo vernos atacados por toda suerte de bichos babosos o de entes de vete a saber tú. La última propuesta del género que llega a las pantallas se llama Al filo del mañana y viene de la mano de Tom Cruise, cuya ultima película de esta guisa, de nombre Oblivion, fue un truño de mucho cuidado. Sin embargo, no puedo decir lo mismo de Al filo del mañana, que resulta un blockbuster la mar de entretenido, con acción a mansalva, intriga y ritmo frenético, lo que agradece siempre el personal. El filme, firmado por Doug Liman (El caso BourneSr y Sra Smith), deviene en una mezcla sin complejos de la genial Atrapado en el tiempo (más conocida popularmente por El día de la marmota), de la spielbergniana Salvar al soldado Ryan y de la marcial Starship Troopers (ese filme en el que la humanidad se enfrentaba a todo tipo de insectos). El resultado de este cóctel con tropezones, adaptación, por cierto, de una obra japonesa, te deja un buen sabor de boca. Cruise, que todavía está el hombre para trotes, y una siempre dúctil Emily Blunt contentan a la parroquia con los continuos déjà vu y diferentes resurrecciones del primero, en un mundo invadido por seres biomecánicos donde el toque de humor nunca falta. De lo mejorcito del cine de evasión que se ha visto últimamente, y ya es algo.

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Gigoló a medias

 

John Turturro dirige y protagoniza 'Aprendiz de gigoló'. / fadinggigolo-movie.com

John Turturro dirige y protagoniza ‘Aprendiz de gigoló’. / fadinggigolo-movie.com

Comedia irregular y discontinua la que nos brinda John Turturro, en la que es ya su quinta película detrás de las cámaras. Aprendiz de gigoló deviene en un filme mesurado de ritmo plácido, con ciertos altibajos, cual montaña rusa, si bien rezuma algunos  momentos brillantes -e hilarantes-, siempre vinculados a la figura de Woody Allen -coprotagonista junto a Turturro-, que aquí vuelve a desplegar, lejos de los devaneos de la dirección, sus sobresalientes y archiconocidas dotes de cómico puro, aquellas con las que empezó en el mundillo del artisteo. La película, que cuenta la historia de dos amigos (Murray-Allen y Fioravante-Turturro) con algunos problemillas económicos que prueban suerte en la prostitución masculina -el primero como verborreico proxeneta y el segundo como inducido amante- para satisfacer a mujeres maduras con el heterogéneo Brooklyn como telón de fondo, no termina de llegar a la meta. De hecho, el autor -Turturro también es el guionista- se queda por el camino por no desmelenarse y tirarse con todo lo puesto a la piscina, y eso que disponía de un atractivo y potente material, completado, además, con un elenco nada desdeñable, presidido por unas formidables Sharon Stone y Sofía Vergara, en sendas interpretaciones de ricas señoras en busca de aventuras paralelas, y por una sobria -y sorprendente- Vanessa Paradis, en el papel de discreta viuda judía, cuyo rol en la cinta, mucho más dramático, supone un paréntesis poco acertado en una narración predominantemente humorística (vamos, un coitus interruptus en toda regla, por hacer más gráfica y coherente con el tema esta apostilla). Turturro parece que juega en su obra a emular más el cine de los hermanos Coen -uno de sus referentes- que al de su propio compañero de reparto, pese al jazz que suena de fondo y a los vívidos diálogos que pululan por el metraje. Sin embargo, el artista de ascendencia italiana se queda en tierra de nadie, con un producto que a la postre deja una sensación agridulce y del que se esperaba mucho más. Los únicos acicates para ir a verla: el excelente reparto y las andanzas de ese desenfrenado y otoñal chulo llamado Woody.

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