agente secreto

A tiro limpio

Dylan O’Brien es el protagonista de 'American Assassins' . / LIONSGATE

Dylan O’Brien, conocido por la saga ‘El corredor del laberinto’, es el protagonista del thriller de acción ‘American Assassin’ . / LIONSGATE

Películas de agentes secretos letales las hay de todos los colores, aunque buenas, posiblemente pocas. Dejando a un lado las de James Bond, que eso es harina de otro costal, en los últimos tiempos han aparecido meritorios productos, como la saga Bourne, que sobresale del resto, y, en menor medida, la de Jack Reacher, por citar a las más conocidas. American Assassin podría encuadrarse en esta tipología, aunque sin la consistencia ni las hechuras de las mentadas. La cinta, basada en las novelas del estadounidense Vince Flynn, protagonizadas por el agente Mitch Rapp, funciona muy bien como filme de acción a raudales, pero no en su intención de thriller de corte político, donde falla estrepitosamente. Una bipolaridad que deviene en necesaria en este tipo de subgéneros para darle equilibrio estructural a la trama. En lo primero resulta una cinta trepidante, con un ritmo frenético y escenas a mayor gloria del espectáculo visual. Sin embargo, es en lo segundo, en el argumento, donde cojea y en la que esputa todo su patrioterismo yankee más rancio -vamos, lo que manda ahora en la era Trump-, centrado en la figura de Rapp, que interpreta Dylan O’Brien -los espectadores menos talluditos lo recordarán por ser el líder posadolescente de la serie cinematográfica de El corredor del laberinto-, una especie de lobo solitario a la inversa que es captado por la CIA tras intentar tomarse la venganza por su cuenta y riesgo -terroristas yihadistas asesinaron a su novia durante unas vacaciones en Ibiza, o al menos una supuesta Ibiza…-, y que tiene que desempeñar un papel primordial en una intriga que luego se desmadra, con un antiguo espía estadounidense rebelde, conspiradores del Gobierno iraní y una bomba nuclear de por medio. American Assassin, dirigida y producida por Michael Cuesta -que ha realizado algunos capítulos de Homeland-, y que tiene en nómina a un actor tan solvente como Michael Keaton, no da tregua a los grises, es decididamente maniquea y aboga por que todo se resuelve a trompazo y tiro limpio, lo que desde el punto de vista palomitero y evasivo entretiene lo suyo.

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Un agitado y no mezclado sabor a epílogo

Fotograma de 'Spectre', la nueva entrega de James Bond. / EUROPA PRESS

Daniel Craig, siguen siendo un letal James Bond en ‘Spectre’. / EUROPA PRESS

Siempre resulta gratificante, y más si eres un irredento fan, sumergirse en una nueva entrega del inefable espía parido por la animosa imaginación de Ian Fleming, aun a riesgo de ser cándidamente condescendiente en su juicio. Spectre, la película número 24 del agente menos secreto más famoso de todos los tiempos, pisa fuerte y sigue de cerca la estela dejada por Skyfall, el anterior filme de esta veterana y prolija saga y el mejor producto -al menos, el más completo- de la era de Daniel Craig como 007, tras recuperar el pulso de una franquicia algo alicaída por la inconsistente y fallida Quantum of Solace. Spectre arranca de manera sublime, con un extraordinario plano secuencia en la mexicana plaza del Zócalo en el Día de los Muertos, en un alarde de buen oficio de Sam Mendes, director a quien -para ser justos- le debemos esta ulterior inyección de adrenalina a la serie; no en vano ha sabido combinar de manera magistral la consabida acción con oscuras tramas, marca de la casa de este James Bond introspectivo, circunspecto y letal que representa Craig. El 007 más sobrio se enfrenta aquí, ayudado por los rejuvenecidos Q (Ben Whishaw) y Moneypenny (Naomie Harris), además del remozado M (Ralph Fiennes), a la fría y poderosa organización Spectre, la madre de los más abyectos contubernios criminales, dirigida por un villano con la cara entre cínica y burlona de Christopher Waltz -el germano lo borda en este tipo de papeles-, en un elenco que se completa con Lèa Seydoux y Monica Bellucci (lamentablemente, la presencia de la italiana es de casi un suspiro) como partenaires. La muerte -pasada y presente-, el control absoluto de la información y la megavigilancia con reminiscencias orwellianas subyacen en el argumentario de la cinta, que se liga -de forma un tanto artificial- a las anteriores películas de esta etapa, que comenzó con la brillante Casino Royale. En Spectre se reivindica lo antiguo -desde el espionaje de la vieja escuela hasta el Aston Martin más clásico-, destilando  nostalgia y un aparente sabor a epílogo, no tanto por el anunciado adiós de Sam Mendes -asegura que no volverá a rodar otra de James Bond- como la más que posible marcha de Craig. Esperemos que ambos no cometan el pecado -luego enmendado con una peli oficiosa- del gran Sean Connery de proclamar a los cuatro vientos: “Nunca jamás”.

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Verano de espías

 Rebbeca Fergusson y Tom Crusie protagonizan la quinta entrega de 'Misión Imposible'. / EUROPA PRESS

Rebbeca Fergusson y Tom Crusie protagonizan la quinta entrega de ‘Misión Imposible’. / EUROPA PRESS

Henry Cavill y Armie Hammer interpretan a los antagónicos espías de 'Operación U.N.C.L.E.' / EUROPA PRESS

Henry Cavill y Armie Hammer interpretan a los antagónicos espías de ‘Operación U.N.C.L.E.’ / EUROPA PRESS

El estío, que ya se acaba, está siendo un tanto pródigo en materia de espías. Además de la recién estrenada -este mismo viernes-, Anacleto: agente secreto, contribución patria al subgénero vía mundo del tebeo (o de los chistes, como los llamábamos de pequeños por estos lares), el verano nos ha traído dos muestras de este universo propio, ambas emanadas curiosamente de series televisivas norteamericanas de los años 60, a saber: una saga ya consolidada y un filme que tiene visos de convertirse en franquicia, aunque quizás no con tanto éxito como la anterior. Me refiero a la quinta entrega de Misión Imposible (Nación secreta) y a Operación U.N.C.L.E, respectivamente. De la primera, aparte de la consabida y casi obligada escena de contener la respiración -esta vez toca subirse en el exterior de un avión en pleno despegue-, ejecutada por el propio Ethan Hunt-Tom Cruise, lo que es de agradecer -las aseguradoras del actor no piensan lo mismo-, decir que sigue, como no podía ser de otra manera, los mismos parámetros de sus precuelas: acción a raudales y villanos con mala baba. Tal vez la cinta desprende un punto de intimismo, el que da la estilizada aportación de la actriz Rebbeca Ferguson. Como aspecto poco acertado, por la carencia de originalidad debido a su excesivo uso en el celuloide, que no por su concepción estética en esta película-todo lo contrario-, destaca el recurrente recurso del Nessun dorma (la famosa aria del acto final del Turandot de Puccini) para remarcar el clímax narrativo, en el  caso que nos ocupa en la secuencia en la Ópera de Viena. Por lo que respecta Operación U.N.C.L.E., que bebe de la  sesentera El agente de CIPOL, protagonizada Robert Vaughn y David McCallum, sustituidos aquí por el superman Henry Cavill y el llanero solitario Armie Hammer, deviene en un producto lustroso y cool, bajo las coordenadas del director británico Guy Ritchie, cineasta que despliega por doquier un estilo propio y definido que impregna a sus películas de arriba a abajo. En este tête à tête colaborativo entre dos consumados espías: uno estadounidense y otro soviético, en plena vorágine de la Guerra Fría, Ritchie vuelve a demostrar su buen hacer, si bien lo que viene defectuoso de fábrica es el propio argumento del filme: algo ramplón y con poca chicha. Quitando este debe, la cinta resulta potable.

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Bond sigue el camino

Pues sí. La saga del espía más famoso del mundo tiene vida para rato justo cuando se cumple medio siglo de su presencia en el celuloide. Y eso a pesar de que Quantom of Solace había supuesto una pequeña patada en el trasero (un freno, vamos) tras la brillante reanudación de la franquicia -con el rostro de Daniel Craig- en la muy convincente Casino Royale. Skyfall, la tercera entrega de la nueva era del tipo que toma el Dry Martini mezclado, no agitado, consolida finalmente el camino de la reinvención del personaje en su faceta más oscura, personal y contradictoria, más acorde con los nebulosos tiempos que corren, y de los que no se escapa nadie, incluidos los propios agentes secretos al servicio de Su Majestad. A Skyfall se la ha despojado de muchos de los estereotipos del universo Bond, en un giro necesario (la referencia a Jason Bourne pulula por el ambiente, en una curiosa sensación de mentor-deudor) y que permite reorientar la serie con ciertos tintes dramáticos, aunque por aquello del 50 aniversario no duda en recurrir a todo tipo de homenajes para regocijo de los fans, ora de manera explícita (con frases como “solo para sus ojos”; las alusiones a la pistola Beretta -la primera que utilizó el ínclito James-; o el clásico Aston Martin con su asiento propulsor), ora de modo más sutil (el hogar familiar de 007 está ubicado en la Escocia… de Sean Connery), en una equilibrada mezcla entre tradición y modernidad que aporta consistencia a un producto en el que se nota la mano del oscarizado San Mendes (American Beauty). La canción de Adele, también muy bondiana, viene a subrayar ese juego entre pasado y presente, lo mismo que el villano, de apellido Silva, un genial e inquietante Javier Bardem, dudosamente caracterizado (ese tinte en el pelo…), y que compite en interpretación con un Craig que ha sabido articular un papel que transita entre lo letal y lo pragmático. Skyfall supera con creces la prueba (eso sí, con un final un tanto largo) y apuntala las bases para las futuras películas (se renueva a Q, a M…). Ya lo dice el propio Bond: “Mi hobby es resucitar”…

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