Antonio Banderas

En la cueva

Antonio Banderas y Alegra Allen, quienes interpretan a Marcelino Sanz de Sautuola y su hija en el filme 'Altamira' . / ALTAMIRA PELÍCULA

Los actores Antonio Banderas y Alegra Allen, quienes interpretan a Marcelino Sanz de Sautuola y su hija en el filme ‘Altamira’, dirigida por el británico Hugh Hudson. / ALTAMIRA PELÍCULA

En este páramo de cartelera en el que nos encontramos no hay nada que seduzca al espectador medianamente exigente. Ni siquiera una historia con tantas posibilidades y tan proclive a despertar el interés de legos y versados como es el caso de Altamira, que narra los acontecimientos y consecuencias que rodearon el descubrimiento de estas celebérrimas cuevas cántabras. El filme, dirigido por un talentoso tipo al que creíamos perdido en alguna gruta del Paleolítico Superior, el británico Hugh Hudson, recordado por la oscarizada Carros de Fuego, no llega a convencer por su excesivo clasicismo formal y escasa emoción. La singular lucha del arqueólogo aficionado Marcelino Sanz de Sautuola -en la piel de un sobrio Antonio Banderas– por validar su hallazgo ante la comunidad científica internacional de la época se queda en un mero fresco maniqueo entre el evolucionismo darwiniano y el rigorismo inmovilista religioso, encarnado aquí en la figura de una suerte de Torquemada decimonónico interpretado por un desaforado Rupert Everett. Altamira expele un claro sabor documentaloide con clara vocación didáctica en el que sobresale del reparto la jovencísima Allegra Allen, que hace de la hija de Sautuola, la niña a la que maravillaron los “bueyes” -bisontes- de esta verdadera Capilla Sixtina de la Prehistoria.

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De prometedora a fundido en negro

De los norteamericanos, estúpido, de los norteamericanos… Igual aprendemos alguna vez cómo estos tipos del otro lado del charco logran hacer un espectáculo de cuatro o cinco horas sin que la gente no se desespere o se tire de un precipicio. Y eso que la pasada gala de los Goya comenzó de manera contundente, con ese recordatorio exultante y laudatorio del cine patrio y con ese popurrí ad hoc en el escenario, incluido el Resistiré del Dúo Dinámico -ahí es nada-, que para eso 2014 fue como fue, con récord de taquilla, de público y demás. Sin embargo, la gran fiesta de la cinematografía española, que prometía, y mucho, se apagó lentamente como un fundido a negro y nos sumergió poco a poco en el tedio más absoluto, solo salvado, justo es reconocerlo, por el buen hacer de Dani Rovira, que con sus horas de vuelo de monologuista empedernido consiguió mantener las espadas en alto. Un espectáculo en el que se supone que hay que echar el resto, y más con los guarismos que ha tenido el cine español esta temporada, debe contar con una escaleta adecuada, y no un show con algunos números impostados y sin sentido, como la actuación por partida doble de Miguel Poveda al final de la gala -aún estoy alucinando-. Por lo demás,  todo en mayor o menor medida dentro del guión previsto: los interminables agradecimientos de los galardonados -igual sería bueno volver al micrófono “sube y baja”; la charla complaciente y poco reivindicativa de Enrique González Macho, a quien Dios no lo llamó precisamente por el recto camino de la oratoria; y una quiniela de premios sin ningún sobresalto especial. Quizás la sorpresa la constituyó el propio ministro Wert, que se fue de rositas en su retorno al ruedo de los actores, a excepción de la pulla que le deslizó Almodóvar. La emoción la puso Antonio Banderas en su discurso de agradecimiento por el Goya de Honor, con su frase para la posteridad: “Hoy comienza la segunda parte del partido de mi vida”. En fin, que para galas cinematográficas o bien se recurre a la sencillez y la concisión, como la de los Premios Feroz, o si se quiere poner uno estupendo o exquisito, se “copia” de los mejores en esto. Lo dicho, de los norteamericano, estúpido, de los norteamericanos…

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Viajes Almodóvar

Vaya por delante que no soy un entusiasta almodovariano y que la mejor película del director manchego, al menos para el que suscribe estas líneas, sigue siendo Átame, con unos sublimes Antonio Banderas y Victoria Abril. Dicho esto, y antes de ponernos el cinturón, de colocar recto el sillón y de emprender el vuelo, sólo facturar una gran verdad, Almodóvar tiene una enfática y vívida virtud sobre otros realizadores: no deja indiferente a nadie. En Los amantes pasajeros ha vuelto a constatar esa querencia tan suya. Un filme que lleva su sello inconfundible de contar una rocambolesca historia -aunque no tan hilvanada como en otras ocasiones- y que falla estrepitosamente en lo que ha querido transmitir de la forma más explícita posible: una aerolínea, parte de su tripulación y de sus pasajeros, como metáfora de un país que entra en picado ante las turbulencias que nos amenazan. Está claro que Almodóvar se mueve como nadie transitando la inconsistente geografía humana de las pulsiones y de los sentimientos, envolviéndolos ora con caspa -cuando se tercia-, ora con ciertas dosis de sofisticación posmoderna, ora con gotitas de esa España cañí; sin embargo, fracasa cuando quiere ocupar otros espacios aéreos, en este caso cuando pretende aterrizar con gracia y sarcasmo en la pista del escrutinio de esta sociedad de la crisis. Y ese intento de zaherir la realidad actual como una caricatura se desvía del rumbo del esperpento y deviene en un auténtico vodevil, subrayado como tal por la icónica actuación musical de los tres azafatos y su particular versión de I’m so excited -posiblemente, lo mejor de la cinta-.

Para este viaje irregular, Almodóvar recluta a un buen puñado de sus actores preferidos, desde unos testimoniales e insulsos cameos de Banderas y de Penélope Cruz, hasta intérpretes ya curtidos en su particular estratosfera manchega. Da la impresión de que Almodóvar se deja llevar por las alturas y mira hacia abajo, acaso a su pasado, y se torna jodidamente irreverente con unos diálogos sueltos -marca de la casa-, pero aun así no consigue controlar el vuelo para que lo aplaudamos cuando tome tierra.

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Para gatófilos confesos

La verdad es que esperaba, por el personaje, una película más canalla, irreverente, incluso picarona, menos infantil. El deseado spin-off de la franquicia Shrek, El gato con botas, con alma y voz de Antonio Banderas, deja cierto regustillo de decepción adulta (nos acostumbran mal con estas cintas) porque se decanta claramente por el público pequeñito, a fin de cuentas, el que más beneficios va a dejar por medio de las perras de los progenitores (marketing manda). Un filme, con toques latinos, no sólo por el actor malagueño y su partenaire gatuna, la siempre deseable Salma Hayek, sino por su ambientación, de aroma tex-mex y aires de villorrio del sur peninsular. El gato con botas que nos ocupa, que debe más a El Zorro y al mito de Don Juan que al pergeñado por el escritor francés Charles Perrault, está destinado a uso exclusivo de la familia y de gatófilos empedernidos (a mi amigo y colega Pedro Murillo le flipará), quienes se sentirán plenamente identificados con sus felinas peripecias. Producto con una animación notable, de lo mejor de la factoría Dreamworks en los últimos tiempos, y con un guión aceptable -tal vez se eche en falta más imaginación-, donde lo único que sobra de verdad es esa cosa, en forma de huevo, llamada Humpty Dumpty, que no le resulta simpático ni al niño más risueño.

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