Benicio del Toro

En la frontera

Fotograma de una de las escenas de 'Sicario'. / LIONSGATE

Fotograma de una de las escenas de ‘Sicario’. / LIONSGATE

En los últimos tiempos, el cine ha tratado el siniestro mundo del tráfico de drogas, especialmente en el ámbito de los temibles y violentos cárteles, preñando películas de diferentes facturas, como Traffic (Steven Soderbergh, 2001), Salvajes (Oliver Stone, 2012) Escobar: Paraíso perdido (Andrea Di Stefano, 2014) por citar solo unas cuantas, las más conocidas. Ahora, llega a las pantallas Sicario, un notable filme dirigido por el canadiense Denis Villeneuve que cuenta entre sus protagonistas con Emily Blunt, Josh Brolin y el incombustible en estas lides Benicio del Toro (el actor puertorriqueño es ya un clásico en la temática, no en vano ha participado en todas las cintas antes mentadas). Tras el visionado de Sicario resulta inevitable  su comparación con la excelente Traffic. En el caso de la cinta de Steven Soderbergh, el abonado terreno de las drogas se aborda desde múltiples perspectivas, de una manera casi integral, poniendo el foco en la burocrática política gubernamental, las operaciones policiales a ambos lados de la frontera entre Estados Unidos y México, la corrupción lineal y transversal, los recovecos del consumo, y los devastadores efectos de la adicción y su incidencia. Soderbergh compone, con un soberbio tono narrativo, un caleidoscópico fresco del problema y sus derivaciones, si bien lo pincela con un claro tono esperanzador que no diluye para nada el resultado final. Villeneuve se centra en Sicario en el combate contra las drogas desde el lado más opulento de esa misma frontera, y lo ejemplifica en las figuras de una idealista agente del FBI (Blunt) y de un pragmático miembro del servicio secreto (Brolin), a quien acompaña un misterioso compañero de fatigas (Del Toro) -del que sobra decir que está inmenso en su interpretación, como siempre-, embarcados en una operación encubierta contra el cártel de Sinaloa. Sicario reflexiona acerca del uso de la guerra sucia en la lucha antidroga, con la utilización de las mismas prácticas que sus antagonistas y del recurso del todo vale para alcanzar la meta, en una visión actualizada y ad hoc del maquiavélico “el fin justifica los medios”. Sicario va de fronteras físicas pero también morales, donde la legalidad se cuestiona o sacrifica por mor de un objetivo, aunque sea efímero. Todo ello envuelve el aire de este thriller de acción altamente recomendable.

Publicado el por Fran Domínguez en Canarias, Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

Mambrú sí fue a la guerra

Fotograma de 'Un día perfecto'. / EUROPA PRESS

Fotograma de ‘Un día perfecto’. / EUROPA PRESS

El cine no suele menudear películas sobre el mundo de los cooperantes, a no ser como aspecto secundario o para subrayar el contexto de una trama. Un ejemplo de ello lo tuvimos meses atrás con el fallido thriller titulado Caza al asesino, dirigido por Pierre Morel y protagonizado por Sean Penn y Javier Bardem, en el que se utiliza la figura de una ONG y de varios de sus miembros como mero MacGuffin. Fernando León de Aranoa (Barrio, Los lunes al sol, Príncesas), en su esperado regreso al celuloide, viene a paliar en parte este déficit con Un día perfecto, obra que bebe de la novela Dejarse llover, de Paula Faría. Con un reparto internacional encabezado por dos auténticos baluartes en la interpretación cinematográfica contemporánea, Benicio del Toro y Tim Robbins, en la piel de dos activistas pasados de vueltas, acompañados de Olga Kurylenko y Mélanie Thierry, León de Aranoa nos saca de sus habituales escenarios urbanos para llevarnos a la inestable zona de los Balcanes en los años 90, donde aún colea en el ambiente el horripilante conflicto que azotó la región. La labor ardua y callada -también ingrata y muchas veces incomprendida- del cooperante se erige como vehículo para radiografiar la sinrazón de la guerra y el perceptible odio en la aparente y a la postre falsa normalidad del alto el fuego, en el que campea a sus anchas la inmovilista burocracia (en este caso, la de Naciones Unidas). El pozo del que hay que sacar un cadáver que está contaminando el agua de una población sirve como punto de partida y final -acaso metáfora- de un filme que transita el drama subyacente con pinceladas de humor en forma de lustrosos diálogos. El descreimiento de Mambrú -así se llama Benicio del Toro en su papel, en clara alusión al personaje que “se va a la guerra” de la popular canción infantil- rivaliza con la locura motivadora de Tim Robbins en el trabajo, mientras sus dos jóvenes partenaires intentan poner cierta mesura. La violencia se palpa en las situaciones, no se explicita, está en los gestos, en los silencios, en las miradas de esta peculiar road movie rural de ida y vuelta que traza un día perfecto en la imperfección del ser humano.

Publicado el por Fran Domínguez en Canarias, Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

Pantagruélico Del Toro

Fotograma del filme 'Escobar. Paraíso Perdido'. / DA

Benicio del Toro, en ‘Escobar. Paraíso Perdido’

No soy un fan irredento de los biopics, dado que no suelen ser propensos a sorprender ni en su planteamiento ni en su concepción, limitándose la mar de las veces a hacer un somero repaso vital, ora lacrimógeno ora laudatorio, o simplemente revisionista, y poco más. Sin embargo, hay honrosas excepciones, como el filme que ahora nos ocupa y que explora en el universo del que podríamos denominar como el padre de todos los narcotraficantes habidos y por haber, o sea, el colombiano Pablo Escobar, el tristemente célebre jefe del Cártel de Medellín, muerto en 1993 a manos de las fuerzas armadas del país cafetero y que dejó tras de sí un reguero de víctimas como macabro balance. La nueva película sobre este capo di tutti capi, urdida por el debutante Andrea Di Stefano, se titula de manera poco acertada Pablo Escobar: Paraíso Perdido (convendrán que la coletilla no es nada afortunada) y llama la atención no por no ser un filme biográfico al uso, sino porque ni siquiera es un filme biográfico. Di Stefano plantea la cinta desde el punto de vista de un joven y cándido surfista canadiense (en la piel de Josh Hutcherson) que se enamora de la sobrina del narcotraficante (Claudia Traisac) y entra a formar parte -sin quererlo- del círculo del famoso delincuente. Aunque la trama se centra en el personaje -de ficción- del veinteañero norteamericano la siniestra e inquietante figura de Escobar copa -engulle, diría- toda la película, incluso aunque esté fuera de campo. El Patrón -como lo llamaban- está encarnado por ese pedazo de actor de nombre Benicio del Toro, genial, desmesurado, pantagruélico, la mejor opción posible para mostrar el carácter poliédrico del abyecto narco. Su caracterización se come literalmente la aparente afable imagen del Escobar real y se transmuta en la de un mafioso que hace del mismísimo Vito Corleone un mero colegial, un auténtico reverso del papel de poli bueno que interpretaba en la incuestionable Traffic (Steven Soderbergh, 2000). Di Stefano soslaya biografía -meros apuntes- para articular un auténtico thriller que poco a poco adquiere el cariz de inquietante y que le da el aprobado con nota a este actor metido a director en la que es su primera obra cinematográfica.

Publicado el por Fran Domínguez en Canarias, Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?

‘Jules et Jim’ en California

Droga, violencia, amor. El particular ménage à trois de Oliver Stone toma el nombre de Salvajes, filme con el que el siempre polémico director estadounidense viene a retomar la senda de su Asesinos natos (1994), y que para no cansar al lector de entrada nos ofrece (salvando las pertinentes distancias) algo así como una versión californiana y videoclipera de la sesentera Jules et Jim, aunque aquí el trío resulta menos filosófico que el pergeñado por Truffaut. La película cuenta la historia de dos amigos, un exsoldado norteamericano (Chon, el actor Taylor Kitsch) con experiencia en los conflictos de Oriente Próximo, y un solidario y bisoño emprendedor (Ben, Aaron Johnson), dueños ambos de un floreciente y dinámico negocio de tráfico de maría (ya me entienden), quienes, además, comparten sin tapujos y civilizadamente una novia hippie-pija (Ophelia ‘O’, Blake Lively). La cosa se complica cuando uno de los cárteles mexicanos, liderado por la llamada reina Elena (Salma Hayek, sin serpiente a cuestas), quiere compartir el negocio y, bueno, pasa lo que pasa… A pesar de su intachable factura visual y de un adecuado ritmo narrativo, propio de un tipo del talento de Stone, el prometedor comienzo del filme se va poco a poco desinflando para acabar en una especie de culebrón norteño (de México, claro), con una Sayek tapizada y hasta kitsch. Lo mejor, sin duda, un Benicio del Toro que lo borda en el papel de oscuro lugarteniente de la reina narco, y un cada vez más crepuscular John Travolta, en la piel de un ambiguo y corrupto policía federal. Los dos bastan para da suficiente lustre a una cinta irregular que no mantiene el pulso y que hace aguas en su final, tal vez por su exceso de barroquismo. Diálogos esteriotipados y frases supuestamente brillantes y profundas (igual, la marihuana haciendo efecto), completan Salvajes, epíteto que a la postre no lo es tanto. En definitiva, se deja ver pero sin emocionarte demasiado…

Publicado el por Fran Domínguez en Cine, Críticas, Opinión ¿Qué opinas?