biopic

Una cuestión de sentido

Felicity Jones es la jurista Ruth Bader Ginsburg en 'Una cuestión de género'. / FOCUS FEATURES

Felicity Jones interpreta a la reconocida jurista estadounidense Ruth Bader Ginsburg en el filme ‘Una cuestión de género’. / FOCUS FEATURES

En estos días pasados de reivindicaciones al socaire del 8-M, se encuentra en cartelera la muy oportuna y apropiada Una cuestión de género, biopic sobre la eminente jurista Ruth Bader Ginsburg, la segunda mujer que consiguió ser miembro de la Corte Suprema de los Estados Unidos (vamos, para entendernos, el Tribunal Supremo) y que protagoniza también el biográfico documental RBG (que toma el nombre de las iniciales de la susodicha, todo un referente en Estados Unidos, y más ahora en la era Trump), que obtuvo dos nominaciones en los recientes Óscar. Una cuestión de género aborda los inicios profesionales de esta incansable defensora de los derechos de las mujeres y de la plena igualdad entre sexos, desde su época como estudiante en la prestigiosa Universidad de Harvard hasta sus primeros éxitos como letrada. Mimi Leder, directora de una cinta que lleva la rúbrica de Daniel Stiepleman en el guion, tiene la habilidad, tras mostrarnos en el arranque el constante y finalista empuje estudiantil de la protagonista, de centrar la película en uno de los primeros casos de Ginsburg sobre discriminación, que deriva en una emocionante trama judicial, muy en la línea del mejor cine norteamericano del subgénero de toga y mazo, aunque aquí en clave de derechos sociales. El filme descansa, además, en las buenas maneras interpretativas de la siempre solvente Felicity Jones, en la piel de Ginsburg. Una cuestión de género resulta una muy recomendable película por la historia que cuenta y por su didactismo, especialmente para que tome nota algún que otro dinosaurio que sigue aún campando por ahí a sus anchas.

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Hacedores de la gran mentira

Un irreconocible Christian Bale interpreta al que Dicke Cheney en 'El vicio del poder'. / EP

Un irreconocible Christian Bale interpreta al que Dicke Cheney en el filme ‘El vicio del poder’, escrito y dirigido por Adam McKay / EP

El narrador omnisciente (voz en off ) de ViceEl vicio del poder, el título en español de la película de Adam McKay (La gran apuesta, 2016)- ya menta de entrada y sin evasivas a la propia madre del cordero: es decir, obviando la literalidad y yendo a la conclusión, algo así como que en la sociedad tan alienada en la que vivimos no nos damos cuenta de cuánto y cómo nos manipulan, y luego pasa lo que pasa. Esta reflexión, aparentemente simple en las formas pero taxativa en el fondo, sirve de pequeño tirón de orejas al respetable antes de entrar en candela y rememorar en un ágil y fresco filme una época ominosa en la historia de Estados Unidos, y por afectación, del resto del imperio, a través del ascenso furibundo de un gris burócrata que llegó a convertirse en vicepresidente del país más poderoso del mundo. Narrado con suma agilidad, este vitriólico biopic de Dick Cheney, a ratos satírico y siempre ácido, con guiños documentaloides que recuerdan de pasada al mejor Michael Moore, aunque también, por la sordidez de lo que cuenta, a House of Cards, la premiada serie televisiva (en su reverso cómico, claro), desenmascara con cínica crudeza y fino humor el arribismo sin escrúpulos imperante en las entrañas de Washington. McKay, curtido como guionista en Saturday Night Live, nos presenta a Cheney como un avezado pescador, siempre con la caña a punto, dispuesto a cobrarse su pieza. Vice traza el itinerario vital y político del orondo Cheney, desde sus poco edificantes inicios universitarios y su entrada en la Administración Nixon, de la mano de su mentor, Donald Rumsfeld (en la película, Steve Carell), pasando luego por los también presidentes republicanos Gerald Ford, Ronald Reagan y George Bush padre, hasta llegar a George W. Bush (un genial Sam Rockwell), culmen de su carrera y momento de la gran mentira, la de las supuestas armas de destrucción masiva de Sadam Husein, que costó una guerra y miles de muertos, además de pingües beneficios a determinadas empresas. Qué decir de Christian Bale, flamante ganador del Globo de Oro a mejor actor precisamente por su interpretación de Cheney, que borda, con la inestimable ayuda del maquillaje, a ese personaje inmenso, que no hace ruido pero cuya presencia resulta atronadora, tanto que da escalofríos.

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El instante más Churchill

Gary Oldman encarna al primer ministro británico Winston Churchill en 'El instante más oscuro', filme dirigido por Joe Wright. / UNIVERSAL

Gary Oldman encarna al histórico primer ministro británico Winston Churchill en ‘El instante más oscuro’, filme dirigido por Joe Wright. / UNIVERSAL

Y llegó El instante más oscuro, el segundo biopic parcial sobre la figura de Winston Churchill que en apenas cuatro meses aparece en la cartelera, siempre con el contexto de la Segunda Guerra Mundial como escenario, por lo que la comparación entre ambas resulta inevitable. Si en la película rubricada por el australiano Jonathan Teplitzky y protagonizada por el escocés Brian Cox, de título taxativo y sin ambages, Churchill, la semblanza del celebérrimo primer ministro inglés se circunscribía a los inciertos días previos al decisivo desembarco de Normandía, en El instante más oscuro la radiografía del estadista orondo y amante de los habanos se centra en las primeras semanas de su acceso al poder, tras sustituir en estos menesteres a un dubitativo Neville Chamberlain, fracasado en su intento de lograr la paz en el Viejo Continente ante los embates belicistas del régimen nazi. Si la interpretación de Cox era notable, qué decir de la del camaleónico Gary Oldman, no en vano su trabajo le ha valido el Globo de Oro a mejor actor dramático y estar nominado a los Óscar, donde tiene muchas papeletas para alzarse con la preciada estatuilla. Las biografías cinematográficas se sustentan en una acertada caracterización del personaje (en este caso, con la ayuda de kilos de prótesis y maquillaje) y en la calidad interpretativa que se le imprima, elementos en los que cumple con creces Oldman, quien se apodera de la esencia del histórico premier. Si a esto le unimos una más que convincente dirección, el resultado final deviene en un producto entretenido y hasta didáctico, si bien en su debe pulula un matiz excesivamente hagiográfico. A diferencia de la cinta de Teplitzky, más sosegada e introspectiva, carente de una mayor emoción, aunque, eso sí, muy estética, el filme de Joe WrightOrgullo y prejuicio (2005), Expiación (2007), Pan (2015)- ofrece igualmente unos presupuestos visuales de altos quilates, pero conseguidos aquí con planos más ágiles y arriesgados, y un ritmo mayor o al menos más equilibrado, en el que sobresale un extraordinario arranque de película, donde se subraya la magnificencia de Churchill sin mostrarlo en pantalla. Sin embargo, Wright usa también el virtuosismo para tapar los bajones de un filme que vive sus mejores momentos cuando se ocupa de las entretelas del Gobierno y del Parlamento (ya saben que Churchill dijo eso de “nuestros adversarios están enfrente, nuestros enemigos atrás”); del mismo modo, se echa en falta una mayor presencia de la siempre excelente Kristin Scott Thomas, que encarna a Clementine, la esposa del político inglés.

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Entre códigos

Fotograma  de The imitation game. / THEIMITATIONGAMEMOVIE.COM

Benedict Cumberbatch, en el papel de Alan Turing. / THEIMITATIONGAMEMOVIE.COM

Uno a veces le gusta empezar por el final. Lo digo porque voy a hablar en esta tribuna-y creo que llego a tiempo, dado que este domingo es la ceremonia de los Óscar- de la primera película de las nominadas a la preciada estatuilla que se estrenó en este aún párvulo 2015. The imitation game es el controvertido biopic sobre la figura del matemático Alan Turing y su paso por el equipo que descifró la célebre máquina nazi Enigma, filme que ha recibido palos por todos lados -también buenas críticas, justo es recordarlo- por contener errores de bulto sobre la vida y obra del que está considerado el padre de la informática -al parecer no era un ególatra arrogante incapaz de trabajar en común, ni nunca se convirtió en encubridor de un espía soviético, ni tampoco algunos personajes se comportaron tal y como aparecen retratados en esta cinta dirigida por el cineasta noruego Morten Tyldum-. Obviando el sempiterno debate de las biografías cinematográficas, de que sí es mejor ser fiel a la historia o tomarse ciertas libertades en beneficio del  resultado artístico final, la cinta, por lo pronto, ha logrado reivindicar el papel y el interés por la cuasi olvidada figura de Turing, y no solo refleja muy bien uno de los aspectos menos conocidos y cruciales de la Segunda Guerra Mundial: todo el contubernio montado en torno a la descodificación de mensajes secretos, sino el rechazo y la persecución sufrida en Gran Bretaña por la condición de homosexual de uno de los científicos más brillantes del siglo XX, quien falleció envenenado en 1954. No es la primera vez que el cine trata de la importancia de los criptoanalistas en el contraespionaje aliado, el filme Enigma, una coproducción de 2001 de Reino Unido, Estados Unidos, Alemania y los Países Bajos, aborda la misma temática, aunque desde otra óptica bien distinta y en cualquier caso bastante inferior a The imitation game. Esta cinta, basada en un libro de Andrew Hodges, tal vez no sea un compendio de exactitudes -que no lo es-, pero resulta una película correcta en las formas -no tanto en el fondo-, que se sustenta irremisiblemente en la enorme actuación de Benedict Cumberbatch -candidato al Óscar a mejor actor-, si bien es cierto que le ha faltado incidir un poco más en la tortuosa vida de Turing.

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Pantagruélico Del Toro

Fotograma del filme 'Escobar. Paraíso Perdido'. / DA

Benicio del Toro, en ‘Escobar. Paraíso Perdido’

No soy un fan irredento de los biopics, dado que no suelen ser propensos a sorprender ni en su planteamiento ni en su concepción, limitándose la mar de las veces a hacer un somero repaso vital, ora lacrimógeno ora laudatorio, o simplemente revisionista, y poco más. Sin embargo, hay honrosas excepciones, como el filme que ahora nos ocupa y que explora en el universo del que podríamos denominar como el padre de todos los narcotraficantes habidos y por haber, o sea, el colombiano Pablo Escobar, el tristemente célebre jefe del Cártel de Medellín, muerto en 1993 a manos de las fuerzas armadas del país cafetero y que dejó tras de sí un reguero de víctimas como macabro balance. La nueva película sobre este capo di tutti capi, urdida por el debutante Andrea Di Stefano, se titula de manera poco acertada Pablo Escobar: Paraíso Perdido (convendrán que la coletilla no es nada afortunada) y llama la atención no por no ser un filme biográfico al uso, sino porque ni siquiera es un filme biográfico. Di Stefano plantea la cinta desde el punto de vista de un joven y cándido surfista canadiense (en la piel de Josh Hutcherson) que se enamora de la sobrina del narcotraficante (Claudia Traisac) y entra a formar parte -sin quererlo- del círculo del famoso delincuente. Aunque la trama se centra en el personaje -de ficción- del veinteañero norteamericano la siniestra e inquietante figura de Escobar copa -engulle, diría- toda la película, incluso aunque esté fuera de campo. El Patrón -como lo llamaban- está encarnado por ese pedazo de actor de nombre Benicio del Toro, genial, desmesurado, pantagruélico, la mejor opción posible para mostrar el carácter poliédrico del abyecto narco. Su caracterización se come literalmente la aparente afable imagen del Escobar real y se transmuta en la de un mafioso que hace del mismísimo Vito Corleone un mero colegial, un auténtico reverso del papel de poli bueno que interpretaba en la incuestionable Traffic (Steven Soderbergh, 2000). Di Stefano soslaya biografía -meros apuntes- para articular un auténtico thriller que poco a poco adquiere el cariz de inquietante y que le da el aprobado con nota a este actor metido a director en la que es su primera obra cinematográfica.

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