Brad Pitt

Intimismo sideral

Brad Pitt protagoniza el filme 'Ad Astra', dirigido por James Gray. / FOX

Brad Pitt protagoniza el filme ‘Ad Astra’, dirigido por James Gray. / FOX

La cartelera otoñal ha comenzado con ciertos atractivos tras el cuasi secarral cinematográfico que dejó el reciente periodo estival. Es el caso de Ad Astra, la nueva película del realizador estadounidense James Gray -El sueño de Ellis (2013), Z: la ciudad perdida (2016)-, un más que notable filme de ciencia ficción que equilibra con sapiencia y pericia una propuesta de claro corte introspectivo con las adecuadas dosis de acción y misterio. Las andanzas del astronauta Roy McBride, interpretado por un sobrio Brad Pitt, quien transita ufano por nuestro sistema solar, desde la Tierra hasta más allá de Marte, en busca de su padre, desaparecido en una importante misión científica, recuerda a las más recientes y mejores cintas del género, como la interesantísima Interstellar (2014), del británico Christopher Nolan, por citar solo una. Sin embargo, el avezado y cinéfilo espectador podrá ver en Ad Astra una especie de Apocalypsis Now (1979) sideral -o, si se prefiere, El corazón de las tinieblas, la novela de Joseph Conrad de la que bebe la película de Francis Ford Coppola-. No resulta difícil sustituir las frondosas selvas por la negritud del espacio y las figuras del capitán Benjamin L. Willard y el coronel Kurtz por las de McBride y su progenitor -por cierto, en la piel del veterano Tommy Lee Jones-. James Gray, todo un cosmonauta que viaja con sello propio por los diferentes géneros, vuelve aquí a explorar los conflictos y tejemanejes personales y existenciales en esta historia también de Telémacos y Ulises, donde brilla un Pitt que se desenvuelve muy bien en los predios intimistas -ya lo hizo en El árbol de la vida (2011), de Terrence Malick, director cuya filosofía narrativa y visual está bastante presente en el filme-. Ad Astra decae un pelín en su epílogo, pero supera con creces y méritos el examen.

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Un cuento hollywoodense

Fotograma de la película Érase una vez en Hollywood / EP

Fotograma correspondiente a la película ‘Érase una vez en Hollywood’. / EP

La novena (película) de Quentin Tarantino, su penúltimo filme, según él mismo se ha encargado de anunciar -esperemos que solo sea un pronto-, deviene en su trabajo más personal, sin perder la chispa ni la esencia que le han llevado a erigirse en uno de los guionistas y directores más originales de la actual industria cinematográfica. Érase una vez en Hollywood hace bueno su enunciado, un cuento-y a la vez un homenaje- sobre una época, el final de una década adjetivada de prodigiosa, que dejaba de ser dorada. Tomando como referencia el emblemático año 1969, con tantas efemérides a cuestas, Tarantino recorre con nostalgia y socarronería los vericuetos de un Hollywood que se debatía entre los estertores de su star system y una nueva forma de entender la profesión. De la mano de un actor de series televisivas con ínfulas más altas, Rick Dalton (Leonardo DiCaprio), y su pragmático compañero especialista, Cliff Booth (Brad Pitt), acaso trasuntos de Robert Redford y Paul Newman, y ambos geniales en la interpretación, el realizador parido en Tennessee pero criado en California nos traslada a fiestas glamurosas, a reuniones con productores sin escrúpulos, a los estudios, a las calles de Los Ángeles donde pululaba el movimiento hippie, a sectas destructivas (Charles Manson)… Tarantino da rienda suelta a su memoria cinéfila más párvula, aquella que quedó impregnada en su retina siendo un niño, cuando cazaba todo lo que salía de la caja tonta. Cine dentro del cine (el western siempre está presente, sea explícito o no, en su universo), con una poderosa banda sonora (que incluye un tema de Los Bravos), es en el epílogo donde Tarantino pone su auténtica rúbrica y donde no tiene reparos una vez más en malear la Historia para exorcizar, en este caso, uno de los relatos más tristes acaecidos en la ciudad de las estrellas.

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Casablanca 2.0

 

'Aliados' es un filme dirigido por Robert Zemeckis. / PARAMOUNT PICTURES

Brad Pitt y Marion Cotillard protagonizan ‘Aliados’. / PARAMOUNT PICTURES

Robert Zemeckis es un artesano más que consolidado, uno de los reyes del blockbuster. Sus películas suelen tener consistencia, y eso siempre es un valor añadido -su último estreno, recordemos, fue El desafío (The walk), filme sobre las peripecias del equilibrista francés Philippe Petit, quien allá por 1974 cruzó por un alambre la distancia que separaba las cimas de las ya trágicamente desaparecidas Torres Gemelas neoyorquinas-. En Aliados articula una cinta -guionizada por Steven Knight– correcta y ponderada, sin salirse en ningún momento por la tangente de la imprevisibilidad. Si antes de que viera la luz Zemeckis se encargó de propagar a los cuatro vientos que su producto era un sentido homenaje a Casablanca, desde luego no engañó a nadie. El aroma a la mítica película de Michael Curtiz está presente en el ambiente, no solo por la referencia geográfica a la ciudad marroquí, nido de espionaje y contubernios durante la Segunda Guerra Mundial -una Casablanca no de cartón piedra, pero con el sabor que le otorga la zona más añeja de Las Palmas de Gran Canaria, donde fue rodado gran parte del filme-, sino por su firme compromiso estilístico. Casablanca sirve de escenario y preámbulo a la historia de amor entre el espía canadiense Max Vatan al servicio de su graciosa majestad, a la sazón Brad Pitt, y la heroína de la resistencia gala, Marianne Beauséjour, en la piel de la oscarizada y siempre bella Marion Cotillard, con el trasfondo de intrigas nazis; trama que luego se traslada a la Inglaterra bombardeada por la Luftwaffe. La cinta tiene las dosis justas de acción y de thriller (rezuma cosas de la hitchcockiana Encadenados), lo que equilibra el conjunto, aunque el autor de la trilogía de Regreso al futuro y de Forrest Gump no corre riesgo alguno. Todo muy correcto y académico, lo que resta emoción al resultado final, si bien logra, al menos, regalarnos un buen rato del Hollywood más clásico.

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Abogado en apuros

El consejero, la última película de Ridley Scott, deviene en un inusual thriller que, pese a situarse geográficamente la mayor parte del metraje en el peligroso narcoterritorio de la frontera entre Estados Unidos y México, el primer acto de violencia explícita -la otra pulula de manera sigilosa por el ambiente- no llega hasta una hora y pico después, lo cual subraya la intención intimista que preside esta cinta guionizada por Cormac McCarthy, el celebrado autor de No es país para viejos y La carretera. Scott y McCarthy nos presentan un producto que obliga al espectador a ir enlazando cada una de las piezas de un artilugio narrativo que tiene en su carismático elenco la otra gran baza, empezando por Michael Fassbender, en el papel de abogado con ganas de trepar en el negocio del tráfico de estupefacientes, siguiendo por Javier Bardem, Cameron Diaz -de lo mejorcito del filme-, Penélope Cruz y Brad Pitt, y acabando por secundarios de lujo como Bruno Ganz, Rosie Perez y John Leguizamo. Interesante propuesta, gran puesta en escena y, por lo general, buenos diálogos. Dos curiosidades: los narcos citan hasta versos de Machado en sus devaneos filosóficos y el sexo en coche ya tiene otro significado después de esta película..

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Rodeados de zombis

Al final de tanto ver zombis algún día nos encontraremos a uno de verdad doblando una esquina, aunque seguro que si pensamos unos segundos nos viene a la mente alguien más o menos cercano que nos recuerda mucho a ellos. Y es que la moda zombi ha llegado a su momento culmen con el estreno de Guerra Mundial Z, la adaptación a la gran pantalla de la novela escrita por Max Brooks -como referencia familiar: hijo de los cinematográficos Mel Brooks y Anne Bancroft- que narra un conflicto a escala mundial con los no muertos. Atrás quedan en la memoria esas entrañables pelis de demacrados comehumanos como Yo anduve con un zombie (1943), de Jacques Tourneur; La noche de los muertos vivientes (1968), de George A. Romero, verdadero artífice del mundo zombi; la aportación patria -muchos años antes de la saga [Rec]– de No profanar el sueño de los muertos (1974), de Jorge Grau; la ochentera Re-animator (1985), de Stuart Gordon; la divertidísima Zombies party (2004), de Edgar Wright; o la reciente y “exótica” Juan de los muertos (2011), del cubano Alejandro Brugués, por citar unos cuantos y variados ejemplos de este subgénero. La salvedad es que los zombis de Guerra Mundial Z no son como los de la serie Walking Dead, lentos y hasta torpones, todo lo contrario, corren como diablos -lo que recuerda a los de 28 días después, de Danny Boyle- y, desde luego, no están con chiquitas. El filme, uno de los grandes éxitos de taquilla en Estados Unidos y a buen seguro lo será en España, resulta francamente entretenido desde el minuto uno, lo cual es de agradecer, sobre todo por la ardua labor de plasmar en película un libro estructurado en entrevistas a personas que no han sucumbido a la plaga zombi y que se agrupan en capítulos. La cinta narra la súbita expansión de una pandemia de no muertos, en la que el exagente de Naciones Unidas Gerry Lane, interpretado por un grunge Brad Pitt, tiene la misión de buscar el origen de la enfermedad por diversos lugares del mundo. A pesar de su previsibilidad, Guerra Mundial Z deviene en acción pura con la dosis justa de intriga y hasta de terror, y que, por supuesto, tendrá continuidad.

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Poeta de imágenes

A Terrence Malick se le puede calificar de muchas cosas -y a fe cierta que así lo han hecho- menos el de ser un tipo prolífico y, sobre todo, rápido. Sin embargo, pese a registrar sólo cinco películas en casi 40 años -un amigo cercano diría que se toma excesivamente su tiempo-, lo cierto es que el director norteamericano ha sabido rentabilizarlas bastante bien, pergeñando de paso en su persona el ropaje de genio perfeccionista y, como tal, positivamente caprichoso. El Árbol de la Vida, su último filme, tras El Nuevo Mundo (2005) y tras La delgada línea roja (1998) -la prefiero a su contemporánea Buscar al soldado Ryan, de Steven Spielberg-, ya ha saboreado (si bien le importa poco o nada) las mieles del triunfo con la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes y el beneplácito mayoritario de  la crítica. Si el universo personal de Malick discurre por la senda del simbolismo y lo trascendental, su obra, por supuesto, le va a la saga. El Árbol de la Vida no podría haberla filmado otro que no fuese esta suerte de poeta de las imágenes. Y es que el alma de filósofo de Malick le impulsa a mostrarnos aquí un viaje dual, acaso paralelo, entre la eclosión del Universo y la gestación del planeta Tierra y el devenir de una familia de clase media norteamericana, dominada por un padre autoritario, tal vez metáfora del Gran Hacedor bíblico (un Brad Pitt más que comprometido con la causa, no en vano es el productor de la cinta), en el que se reflexiona sin tapujos ni complejos sobre la propia existencia, sobre la muerte, sobre Dios; en definitiva, sobre la vida misma. Evolución de las especies, del propio ser humano; la religión, el cristianismo, lo metafísico, aparecen como un auténtico elefante en una cacharrería pero sin causar ningún estruendo, en una película en la que pronto te ronda por la cabeza un título mítico, 2001: una odisea del espacio (1968). Podrá gustarte o no la propuesta de Terrence Malick, repartida por cerca de 140 minutos de metraje, aunque seguro que no te deja indiferente su potente poder visual.

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