Christian Bale

Hacedores de la gran mentira

Un irreconocible Christian Bale interpreta al que Dicke Cheney en 'El vicio del poder'. / EP

Un irreconocible Christian Bale interpreta al que Dicke Cheney en el filme ‘El vicio del poder’, escrito y dirigido por Adam McKay / EP

El narrador omnisciente (voz en off ) de ViceEl vicio del poder, el título en español de la película de Adam McKay (La gran apuesta, 2016)- ya menta de entrada y sin evasivas a la propia madre del cordero: es decir, obviando la literalidad y yendo a la conclusión, algo así como que en la sociedad tan alienada en la que vivimos no nos damos cuenta de cuánto y cómo nos manipulan, y luego pasa lo que pasa. Esta reflexión, aparentemente simple en las formas pero taxativa en el fondo, sirve de pequeño tirón de orejas al respetable antes de entrar en candela y rememorar en un ágil y fresco filme una época ominosa en la historia de Estados Unidos, y por afectación, del resto del imperio, a través del ascenso furibundo de un gris burócrata que llegó a convertirse en vicepresidente del país más poderoso del mundo. Narrado con suma agilidad, este vitriólico biopic de Dick Cheney, a ratos satírico y siempre ácido, con guiños documentaloides que recuerdan de pasada al mejor Michael Moore, aunque también, por la sordidez de lo que cuenta, a House of Cards, la premiada serie televisiva (en su reverso cómico, claro), desenmascara con cínica crudeza y fino humor el arribismo sin escrúpulos imperante en las entrañas de Washington. McKay, curtido como guionista en Saturday Night Live, nos presenta a Cheney como un avezado pescador, siempre con la caña a punto, dispuesto a cobrarse su pieza. Vice traza el itinerario vital y político del orondo Cheney, desde sus poco edificantes inicios universitarios y su entrada en la Administración Nixon, de la mano de su mentor, Donald Rumsfeld (en la película, Steve Carell), pasando luego por los también presidentes republicanos Gerald Ford, Ronald Reagan y George Bush padre, hasta llegar a George W. Bush (un genial Sam Rockwell), culmen de su carrera y momento de la gran mentira, la de las supuestas armas de destrucción masiva de Sadam Husein, que costó una guerra y miles de muertos, además de pingües beneficios a determinadas empresas. Qué decir de Christian Bale, flamante ganador del Globo de Oro a mejor actor precisamente por su interpretación de Cheney, que borda, con la inestimable ayuda del maquillaje, a ese personaje inmenso, que no hace ruido pero cuya presencia resulta atronadora, tanto que da escalofríos.

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Burbuja didáctica

Fotograma de 'La gran apuesta'. / PARAMOUNT PICTURES

Escena del filme ‘La gran apuesta’. / PARAMOUNT PICTURES

La crisis, la crisis… No nos vamos a librar de esta cantinela que tanto nos ha jodío -y nos sigue…, ya saben, con el gerundio a cuestas- a los ciudadanos de a pie, las grandes víctimas de este virus urdido en las entrañas del mundo financiero, Wall Street, y extendido cual peste bubónica por la faz de la Tierra -apocalíptico, pero cierto-. El cine, obviamente, no ha permanecido ajeno a este acontecimiento que le ha cambiado la vida al personal más vulnerable, con notables ejemplos que han buceado en los orígenes de la crisis. Ahí van unos cuantos: Margin call, Inside job, The Company Men, Too big to fail, The flaw..La gran apuesta es la última aportación que explora en las razones financieras y económicas que sumieron al mundo en el caos más atrabiliario, centrándose en la gran madre del cordero: la enorme burbuja inmobiliaria que finalmente pinchó -se pifió, mejor-. El filme, dirigido por Adam McKay, está inspirado en historias reales y se erige, sobre todo, en un estupendo ejercicio didáctico a la hora de entender las claves que llevaron a tal execrable situación, especialmente por darle pábulo sin descaro a la codicia más descarnada -ya lo dijo el ínclito Saulo de Tarso, en su acertada sentencia: “La raíz de todos los males es la avaricia”-. Con un ritmo trepidante -aunque tanta agitación resulte al final algo repetitiva-, el filme nos muestra las peripecias de tres grupos formados por diferentes personas vinculadas al mundo de las finanzas (inversores, gestores financieros, banqueros retirados…) que se dieron cuenta de la que se nos venía encima, y que también trataron de sacar rédito a tal desaguisado. Elevadas dosis de sarcasmo y un puntual tono documentaloide -con incisos de gente más o menos famosa explicando en modo profano algunos conceptos o aclarando varios palabros de la engorrosa terminología financiera- sirven a McKay para trazar un logrado fresco acerca de la opacidad de las finanzas y de la podredumbre del sistema. Se trata pues de un notable ejercicio cinematográfico -que bebe de la obra homónima escrita por Michael Lewis- que consigue revolver las tripas del espectador ante tanta estulticia y mala baba, y cuyo resultado se cimienta en la excelente interpretación del elenco encabezado por Christian Bale, Steve Carell, Brad Pitt y Ryan Gosling. Y como epílogo a esta fábula, que nadie se llame a engaño: por mucha apuesta que se haga, la banca siempre gana. Y eso sí que es una certeza.

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Más guerrero que profeta

Christian Bale es Moisés en 'Exodus: dioses y reyes'. / EUROPA PRESS

Christian Bale es Moisés en ‘Exodus: dioses y reyes’. / EUROPA PRESS

Teniendo en cuenta que es difícil superar a Charlton Heston bajando del Sinaí, canoso hasta las trancas -supongo que eso de ver in situ a Dios tiene sus consecuencias capilares-, ya saben, la mítica Los Diez Mandamientos (1956) de Cecil B. De Mille, la revisitación propuesta por Ridley Scott, Exodus: dioses y reyes, sobre el líder hebreo Moisés tiene su impronta. Scott al menos sabe a lo que juega: combinar con acierto el espectáculo épico con devaneos introspectivos, en este caso de uno de los personajes bíblicos más carismáticos; y más si lo comparamos con el otro producto del Antiguo Testamento que llegó a la gran pantalla hace unos meses, el decepcionante Noé de Darren Aronofsky. Scott ha articulado bien una trama archiconocida, y la ha moldeado, tal vez con escasa talla emotiva, adaptándola a nuevos públicos -con un grandilocuente preámbulo: la batalla contra los hititas-; incluso, pese a ser una historia religiosa, la ha “naturalizado” en aquellas cuestiones que podía: las plagas que azotaron el Egipto bíblico -casi a modo del documental Éxodo descodificado (2006), producido por James Cameron-, y la “apertura” del Mar Rojo (a causa de un meteorito), por cierto, la playa de Cofete, en Fuerteventura. Christian Bale, un actor que cada vez sube un escalón más, logra un Moisés creíble,  muy por encima de su partenaire interpretativo, Joel Edgerton, en el papel de Ramsés (un personaje muy poco trabajado en el guión), y en el que destaca también, aunque de manera casi tímida la actriz española María Valverde, en la piel de Séfora, esposa de Moisés. Y es que la película gira en exclusiva en torno a la figura del profeta y su cometido liberador, en la que los secundarios parecen casi impostados -a diferencia de otras versiones, como la del citado De Mille, en la que actores de la talla de Yul Brynner o Edward G. Robinson disponían de mayor peso-, tal es el caso aquí -contrario- de Aaron Paul (Josué), Ben Kinsgley (Nun) y Sigourney Weaver (Tuya); eso sí, con la impagable curiosidad de ver a John Turturro ejerciendo de faraón (Seti). La película logra entretener durante la mayor parte de los nada desdeñables 151 minutos de metraje -lo que es verdaderamente loable-, aunque el epílogo deja bastante que desear, pasando de soslayo por los capítulos postreros del Éxodo (uno de los cinco primeros libros de la Biblia). Se ve que la travesía del desierto no le interesaba mucho a Scott.

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Estafa y peluquería

Tiene La gran estafa americana algo que te engancha a pesar de que uno se esperaba un poco más de este multipremiado filme -es lo que pasa con las grandes expectativas-, y no lo digo por la impactante escena inaugural, en la que un enorme excaballero oscuro Christian Bale, barrigón y desengañado, se coloca a duras penas su peluquín. Y no será por falta de pelos, porque el cabello forma parte de la personalidad de los diferentes protagonistas que pululan por esta historia de estafadores captados por el FBI para destapar una trama de corrupción en la Norteamérica de los años 70, desde los pequeños y cuidados rizos de Bradley Cooper, hasta los cuidados estofados de Amy Adams, pasando por los recogidos de Jennifer Lawrence y acabando con el tupé a lo Elvis de Jeremy Renner. David O. Russell (Tres Reyes, The Figther, El lado bueno de las cosas) ha articulado una tragicomedia en la que el timo, personal y profesional, supone el hilo conductor de este cóctel de géneros que transita entre surreales personajes y situaciones, donde los actores llevan absolutamente el peso de la narración, con una estupenda Amy Adams y una brillantísima Jennifer Lawrence, que tiene todos los visos de convertirse en un gran estrella del celuloide y que lo borda en el papel de femme fatale doméstica con laca hasta arriba. De hecho, son los intérpretes, principales y secundarios, incluido el cameo mafioso de un -parece que recuperado para la causa- Robert De Niro, los que dan bagaje y lustre a una película que deambula con un ritmo bastante pausado, roto por una excelente banda sonora que recrea en la época que mandaban en esto de la música gente como Donna Summer y Tom Jones. Merece la pena su visionado por estas circunstancias, no en vano el cuarteto principal de actores está nominado a los Óscar -ya ocurrió en la edición del año pasado con el anterior filme de David O. Russell, El lado bueno de las cosas-. Si nos ponemos a compararla con la otra gran favorita a mejor película para ganar la preciada estatuilla, léase El lobo de Wall Street, no me cabe ninguna duda, me quedo sí o sí con el excelso y excesivo filme de Martin Scorsese. Sin embargo, no le hagan ascos a esta cinta, aunque ponga estafa en el título.

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