ciencia ficción

Replicando

Ryan Gosling y Harrison Ford protagonizan 'Blade Runner 2049'.  bladerunnermovie.com

Los actores Ryan Gosling y Harrison Ford, juntos en ‘Blade Runner 2049’. / bladerunnermovie.com

 

Qué jodida manía tienen estos de Hollywood de dar continuidad a clásicos que para muchos son intocables o de hacer remakes, secuelas o precuelas a mansalva, la mayoría con resultados francamente desastrosos desde el punto de vista de la crítica e incluso de la taquilla. Y ya sabemos eso de que nunca segundas partes fueron buenas, salvo El Padrino II y alguna que otra gloriosa excepción. En los últimos tiempos, a la industria estadounidense del séptimo arte, por mor de la escasez de imaginación y para intentar sacar parné como sea, que de eso se trata, le ha dado por retomar franquicias exitosas para exprimirles en lo posible el jugo, remontándose a sus orígenes. Es el caso del universo de Alien, con dos precuelas hasta la fecha, Prometheus (2012) y Alien: Covenant (2017), ambas de la mano de Ridley Scott, que como ustedes saben fue el señor que dirigió el primero de estos filmes, en 1979, en el que una sobresaliente Sigourney Weaver se las tuvo que ver con ese baboso bichejo extraterrestre. Ahora le ha tocado el turno a otro de los grandes clásicos de la ciencia ficción, Blade Runner (1982), la inspiración cinematográfica de la novela de Philick K. Dick ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, firmado también por el citado realizador inglés, con la salvedad de que en esta segunda parte ha conseguido apartarse y dejar paso a otro, aunque ejerce de productor ejecutivo. Y ha hecho bien para evitar los supuestos palos. El canadiense Denis Villeneuve, el elegido para Blade Runner 2049, logra el aprobado -y con solvencia-, retomando la característica sombría atmósfera opresiva de cielo gris y lluvioso de su ilustre antecesora, para narrar de nuevo un mundo distópico, en el que renovados y sumisos replicantes persiguen a los modelos más antiguos y rebeldes. Visual y estéticamente poderosa y, también hay que decirlo, excesivamente larga, Blade Runner 2049 tiene hoy en día más vigencia que en los 80, con una sociedad más tecnologizada donde muchos aventuran el advenimiento del Homo Deus, el hombre hacedor de máquinas inteligentes a su imagen y semejanza o convertido en un cíborg. Un convincente Ryan Gosling lidera una densa pero resuelta película, en la que no podía faltar un crepuscular Harrison Ford para darle la puntilla. Ojalá futuras secuelas mantengan este nivel.

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Despertar la fuerza

Fotograma de'Star Wars: El despetar de la Fuerza'. / DISNEY

Kylo Ren, uno de los nuevos personajes que se incorporan a la saga ‘Star Wars’. / DISNEY

Sí, sin ningún tipo de ambages ni dudas. Era lo que esperábamos ver, sobre todo después de la fallida y agridulce trilogía-precuela (ya saben, los Episodios I, II y III) de la serie Star Wars -para los de mi época, La Guerra de las Galaxias-, que tan mal sabor de boca dejó a la legión mundial de seguidores de este producto cinematográfico convertido ya en auténtica mitología. El despertar de la Fuerza, la continuación de la celebérrima franquicia galáctica, ha supuesto un alivio para los fans y un acicate para los productores (con Disney ahora a los mandos tras comprarle los derechos a George Lucas ) al cumplirse con creces las expectativas, tanto temáticas y narrativas como recaudatorias -que son a la postre las que deciden su pervivencia-. J. J. Abrams, el director del cotarro, un profundo conocedor de la filosofía de la saga, ha sabido captar la esencia original de Star Wars y adaptarla a los nuevos tiempos, sin que el resultado chirríe o haga aguas por algún lado. Las continuas referencias y guiños (que el avezado espectador sabrá apreciar en buena medida) a los filmes primigenios (La Guerra de las Galaxias, El Imperio contraataca y El retorno del Jedi) no solo enriquecen y dan lustre al relato, sino que inoculan en grandes dosis el espíritu inicial a tramas, escenarios y personajes que se suman al imaginario creado decenios atrás. Abrams, quien confirma aquí sus dotes de “resucitador” de sagas -ya lo hizo con la “rival” Star Trek-, juega hábilmente con lo antiguo y lo nuevo y ambas cosas se ensamblan a la perfección, insuflando de paso a la historia una decidida vocación por la aventura clásica. El despertar de la Fuerza se sitúa cronológicamente 30 años después de la batalla de Endor, con la irrupción de una nueva amenaza que sustituye al Imperio en el “lado oscuro”: la Primera Orden, a la que le hace frente la Resistencia. La eterna lucha entre el bien y el mal, cuitas familiares, criaturas estrafalarias, robots y naves imposibles… Ingredientes de antaño pero actualizados. Quedan así puestas las bases de una remozada serie, con personajes como Rey (Daisy Ridley), Finn (John Boyega) y Kylo Ren (Adam Driver), que tienen nexos con el pasado en las figuras de Han Solo (Harrison Ford, quién si no), la princesa Leia (Carrie Fisher) -ahora convertida en la general Organa- y Luke Skywalker (Mark Hamill). Si no hay alguna perturbación que lo impida, la Fuerza ha regresado para quedarse por mucho tiempo.

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Sin juegos ni hambre

Fotograma de 'Los juegos del hambre. Sinsajo-Parte 2'. / EONE-EUROPA PRESS

Fotograma de ‘Los juegos del hambre. Sinsajo-Parte 2’. / EONE-EUROPA PRESS

Los juegos del hambre, la conocida saga cinematográfica inspirada en la a su vez popular trilogía literaria del mismo nombre, nacida de la prolífica imaginación de la escritora estadounidense Suzanne Collins, ha llegado a su fin, y con ella parece que el interés del público por las franquicias basadas en novelas que presentan como denominador común las peripecias de adolescentes o posadolescentes en sociedades distópicas -en este caso, una Norteamérica de corte fascista denominada Panem-. Las modas en el cine transitan así, de esta manera, y aunque todavía quedan resquicios de tal tendencia, es decir, las continuaciones y clausuras de series como Divergente o El corredor del laberinto, lo cierto es que  huelen a producto caducado. Los juegos del hambre: Sinsajo-Parte II viene a confirmar el agotamiento de la chispa que ya vimos en la entrega precedente, muy lejos de los bríos y de la fuerza visual de las dos primeras, eminentemente entretenidas y con una gran vocación generalista a pesar de que su target objetivo era el público juvenil; películas cimentadas, por otro lado, en un relevante elenco de actores -Donald Sutherland, Woody Harrelson, Julianne Moore, Stanley Tucci, Elizabeth Banks y el fallecido Philip Seymour Hoffman-, que flanqueaba con solvencia al trío protagonista, Jennifer Lawrence, Josh Hutcherson y Liam Hemsworth. La cinta final, dirigida por Francis Lawrence (realizador de las tres últimas películas de la saga), sigue los parámetros de la anterior e incluso puede que la supere en abotargamiento: son los riesgos que se corren con la maldita y monetaria manía del Hollywood de los últimos tiempos de dividir en dos un epílogo, con el consiguiente espaciamiento temporal que suele llevar irremisiblemente al camino de la abulia y del desinflamiento. En ningún momento el filme mantiene el pulso del interés, y la acción no es, a juicio del que suscribe, ni la suficiente ni la adecuada, cuando, precisamente, se esperaba todo lo contrario, a modo de guinda del pastel. Una vez más, sólo se salva de la quema esa atractiva heroína futurista llamada Katniss Everdeen, que ha ido modelando a base de cincel interpretativo la oscarizada Jennifer Lawrence, y que por lo menos resuelve aquí su triángulo amoroso.

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Futuro, optimismo, Disney…

George Clooney y Britt Robertson protagonizan 'Tomorrowland: el mundo del mañana'.  / DISNEY

George Clooney y Britt Robertson protagonizan ‘Tomorrowland: el mundo del mañana’. / DISNEY

Un futuro mejor, con las personas más adecuadas para confeccionarlo. No es un eslogan publicitario -ni político, líbrenme los dioses en estos agitados días poselectorales- y viene a resumir sucintamente lo que expele Tomorrowland: el mundo del mañana, la última propuesta de la factoría Disney para enganchar al público familiar -y a fe que lo está consiguiendo a tenor de los primeros datos de la taquilla-. El filme, que narra las peripecias de un niño, luego hecho hombre con el inefable careto de George Clooney (no nos engañemos, lo que muchas madres -y padres- desearían para sus vástagos), y de una inquieta e inteligente jovencita (Britt Robertson), ambos elegidos para la gloria en un universo ideal encajado en algún lugar del espacio y el tiempo, está dirigido por un tipo no menos brillante llamado Brad Bird, artífice de sobresalientes cintas de animación como Los increíbles y Ratatouille, y de la última entrega hasta la fecha de la saga de Misión Imposible -la del Protocolo Fantasma, ya saben, Tom Cruise escalando como un desaforado el imponente Burj Khalifa-. La película arranca con buenas maneras, incluida una adecuada dosis de intriga, y poco a poco va adquiriendo un alto tono de interés para luego, como una de esas montañas rusas que proliferan en los parques temáticos de Disney, deslizarse en un ligero pero constante descenso -al menos no hasta los infiernos- que apenas repunta luego, posiblemente por esa maldita manía de querer superar las dos horas y pico de metraje. Bird esboza un producto con una enorme creatividad, aunque al avezado espectador se le pasará por la testa algunos destellos -velados o no- de películas -de otras hechuras y otros contextos, eso sí- como Exploradores (1985), la segunda cinta de Regreso al futuro (1989) o Inteligencia Artificial (2001), por citar solo unas cuantas. Tomorrowland, rodada en parte en la Ciudad de las Artes y las Ciencias de Valencia, destila un mensaje que resalta el esfuerzo y el optimismo, muy propio del Disney más puro, todo trufado de cantidades ingentes de buenismo -hasta los malos son de perfil bajo-. Es lo que toca.

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Chute de acción

Tom Hardy protagoniza la nueva película de 'Mad Max'. / WARNER BROS.

El actor británico Tom Hardy es el protagonista de la resucitada saga de ‘Mad Max’. / WARNER BROS.

Abróchate el cinturón, colócate bien en la butaca y contén la respiración. El remake o la nueva revisitación del universo posapocalíptico -y ochentero- de Mad Max, o como lo quieras llamar, se puede resumir de ese modo. El filme, que lleva por título Mad Max: furia en la carretera, dirigido por el mismo realizador de las tres anteriores entregas de esta saga, el australiano George Miller, lo que resulta toda una garantía -mejor siempre el padre de la criatura para estas cosas-, es un verdadero chute de acción y de velocidad de principio a fin, en un viaje de ida y vuelta por el inmenso desierto en que se ha convertido la Tierra. Miller ha conseguido sublimar la esencia de una road movie, con vehículos imposibles en una carrera polvorienta en pos de la supervivencia de unos pocos que buscan dotar de algo de humanidad a un mundo que la ha perdido. Max Rockatansky, el héroe solitario y esquivo, sumido en sus propias diatribas, tiene aquí el rostro del británico Tom Hardy (el inquietante Bane de El caballero oscuro: la leyenda renace), mucho más lacónico en su prosa que Mel Gibson, el Max original, pero mucho más resolutivo en su vertiente. Sin embargo, Max está casi en un segundo plano, eclipsado por la verdadera protagonista de esta película, Imperator Furiosa, papel que encarna una incomensurable -y con un solo brazo- Charlize Theron, la rebelde que desata la endiablada huida de los dominios del temible Immortan Joe (Hugh Keays-Byrne) y sus fanáticos guerreros motorizados tras llevarse a las jóvenes a las que tiene sometidas y que les proporcionan descendencia sana. Miller no se detiene ni un instante en contarnos los detalles argumentales, nos revela la trama mientras asistimos a una apasionante persecución a un ritmo frenético, componiendo un auténtico subidón trufado de adrenalina y de instantes grotescos, como algunos de los personajes. Solo un pero, no habría estado mal un pequeño parón, más que nada para respirar… Ah, y una pizca de humor, que siempre viene bien.

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El viaje de Nolan

Matthew McConaughey es el protagonista del filme  'Interstellar'. / DA

Matthew McConaughey es el protagonista de ‘Interstellar’. / DA

Mira que ha tenido que empaparse de agujeros negros, agujeros de gusano, relatividad, singularidad, curvatura espacio-tiempo, gravedad, etcétera, el señor Christopher Nolan para escribir, junto a su hermano Jonathan, el guión de su última película, Interstellar, una ambiciosa odisea espacial que gira -y ahí sustenta todo su argumentario y también su principal moraleja- sobre la innata y aún no suficientemente ponderada capacidad del homo sapiens para superar desafíos como especie. Nolan tiene entre sus habilidades la de malear los géneros, jugar con ellos; y eso es lo que hace en este filme desde principio a fin. Su vocación ecléctica se esparce por esta peculiar y particular muestra de ciencia ficción, aunque el camino que toma te deje sensaciones encontradas, con un regusto postrero que puede parecer agridulce. A partir de un planteamiento inicial bastante atractivo, a modo de documental, la trama, enfocada en una Tierra distópica dominada por las tormentas de polvo, donde la agricultura es el único sustento de la humanidad (fisiocracia pura, vamos) y en la que aparentemente la tecnología ha quedado relegada, poco a poco va evolucionando hasta alcanzar altos picos de interés, en especial cuando la historia se traslada al espacio exterior, para luego iniciar un -por momentos- mareante carrusel que, sin embargo, no impide  hacer llevadera la película. Eso sí, tal vez le resten a la concepción global de esta epopeya de Nolan algunos aspectos poco cuidados del producto final (por ejemplo, los desfases de edad poco creíbles de determinados protagonistas). Con una impactante factura visual –y una loable música de Hans Zimmer- no es de extrañar que durante su visionado te lleguen a la mente múltiples influencias, no sólo en el marco de la ciencia ficción (desde 2001, una odisea en el espacio, pasando por Encuentros en la Tercera Fase, Elegidos para la gloria, Contac y El árbol de la vida -si bien Interstellar es mucho menos poética que el filme de Terrence Malik-, o las más recientes Pandorum y Gravity, por mentar unas cuantas-. Esto y un resuelto reparto (Matthew McConaughey , Michael Caine, Jessica Chastain, Anne Hathaway) son de lo mejor de una cinta que te podrá gustar o no, pero seguro que no te deja caer de bruces en los brazos de la indiferencia.

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Cruise resucitado

Dentro de la ciencia ficción, la temática de las invasiones alienígenas a la Tierra suele ser de las favoritas del gran público, más que nada porque, quieran o no, nos da cierto morbillo vernos atacados por toda suerte de bichos babosos o de entes de vete a saber tú. La última propuesta del género que llega a las pantallas se llama Al filo del mañana y viene de la mano de Tom Cruise, cuya ultima película de esta guisa, de nombre Oblivion, fue un truño de mucho cuidado. Sin embargo, no puedo decir lo mismo de Al filo del mañana, que resulta un blockbuster la mar de entretenido, con acción a mansalva, intriga y ritmo frenético, lo que agradece siempre el personal. El filme, firmado por Doug Liman (El caso BourneSr y Sra Smith), deviene en una mezcla sin complejos de la genial Atrapado en el tiempo (más conocida popularmente por El día de la marmota), de la spielbergniana Salvar al soldado Ryan y de la marcial Starship Troopers (ese filme en el que la humanidad se enfrentaba a todo tipo de insectos). El resultado de este cóctel con tropezones, adaptación, por cierto, de una obra japonesa, te deja un buen sabor de boca. Cruise, que todavía está el hombre para trotes, y una siempre dúctil Emily Blunt contentan a la parroquia con los continuos déjà vu y diferentes resurrecciones del primero, en un mundo invadido por seres biomecánicos donde el toque de humor nunca falta. De lo mejorcito del cine de evasión que se ha visto últimamente, y ya es algo.

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El viaje terrícola de los Smith

A veces te arrepientes de ver una película justo cuando llevas menos de cinco minutos acomodado en la butaca. Es como esa sensación que te aflora con sudor frío cuando nada más empezar un partido de tu equipo del alma sabes que algo falla, que algo no anda bien: vamos que le va a caer la de Dios en forma de goles. After earth es el caso. Y he aquí que confieso que me metí en la sala en cuestión porque llegaba tarde a la película que realmente quería visionar y, bueno, ya que estábamos en la tesitura, pues… Y eso que barruntaba lo se me venía encima: la ventaja de los malos tráilers es que te ayudan a ahorrarte luego una pasta -cosa que aquí no ocurrió-. Will Smith se ha empeñado sí o sí en hacer actor a su hijo Jaden  -como aquellos progenitores con aires inquisitoriales que quieren a toda costa que su hijo sea un émulo de Messi o de Ronaldo- y creo que no cejará en su empeño, aunque para ello se invente de su puño y letra rocambolescas y frágiles historias como esta: la de un accidente de una nave espacial humana que cae en una Tierra evacuada mil años atrás por un desastre ambiental de proporciones bíblicas. De la tripulación solo quedan dos supervivientes, obviamente el padre (el comandante Cypher Raige, líder de los llamados Rangers Unidos) y su hijo (Kitai), además de un bicho sideral de malas babas. Esta fábula paterno-filial, dirigida por un cada vez más capitidisminuido M. Night Shyamalan -quién te ha visto y quién te ve-, con pueriles toques ecologistas y de moralina fácil, no capta ni al más despistado, en una especie de viaje iniciático con trasfondo de drama familiar no superado. Bostezos -igual era por las  intempestivas horas- y pocos sobresaltos en un filme vehicular para único -y frustrado- lucimiento de los Smith. Sentimentaloide, escasamente consistente y a todas luces previsible, y para más inri con un guión de risa. Como sugerí a un compañero de la casa que me preguntó insistentemente por esta cinta postapocalíptica: ni se les ocurra llevar a sus vástagos al cine, les odiarían el resto de su vida. Y no es cuestión…

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Yoísmo futurista

Hay películas que te dejan una extraña sensación, como cuando pruebas algo aparentemente nuevo pero su sabor te recuerda a cosas que has engullido con anterioridad. Looper forma parte de esos filmes. De entrada, esta cinta de corte futurista te lo deja claro, casi como una declaración de intenciones a cargo de la propia voz en off del protagonista: “No quiero hablar de esa mierda de los viajes en el tiempo porque, si empezamos, vamos a estar aquí todo el día haciendo diagramas (…)”. Y es que Looper (del inglés loop, bucle en español) se refiere (a modo de rápida sinopsis para los que no la conozcan) al apelativo dado a un grupo de asesinos a sueldo que se encargan de eliminar en el presente (en el filme, el año 2040, más o menos) a víctimas que le llegan desde el futuro. La cosa se complica cuando uno de los reos que  envían es la misma persona que el verdugo, aunque con 30 años más (para entendernos, los actores principales: Joseph Gordon-Levitt y Bruce Willis)… Pese a ser una historia original, lo cual resulta loable en estos tiempos que corren de revisitaciones y escasez de ideas, y más tratándose del género de la ciencia-ficción, lo cierto es que al visionarla uno no deja de pensar constantemente en el batiburrillo de clásicos que se le reproducen en la cabeza, y de la que Looper resulta deudora (la saga Terminator, Doce monos, Blade Runner y hasta La profecía y Los chicos del maíz -sí, como lo oyen-, por citar algunas). La primera parte, mucho más entretenida, de este kilométrico filme (118 minutos), deviene básicamente en explorar el novedoso conflicto interno de acabar con una versión más vieja de ti mismo (y, por lo tanto, más madura). La segunda, mucho más densa, aunque no deja de sorprender, lleva a inesperados giros (incluido la presencia de una madre -Emily Blunt- y su retoño, claves en la trama) que, no obstante, concluyen de una manera bastante previsible. En cualquier caso, Rian Johnson, el director de este cotarro, consigue esbozar un notable producto que hilvana con lucidez en medio de una historia enmarañada.

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Bichos en el Oeste

Mezclar churras con merinas suele ser mal síntoma cinematográfico y termómetro de que la imaginación o está de capa caída o de un subidón incontrolable de aquí te espero. La verdad, no sé muy bien dónde encuadrar en esta tesitura a Cowboys&Aliens, esa combinación de western y ciencia ficción, amalgama que muestra una singular batalla de extraterrestres más feos que Picio contra pistoleros zarrapastrosos, en los que salen bien parados estos últimos, lo que resulta de difícil verosimilitud -incluso en un contexto de ficción- y de paso dice muy poco de estos bichejos del Universo (tecnología puntera para que encima te ganen con una pistola decimonónica). Al ver la película me recordó, a bote pronto, a ese producto híbrido llamado Aliens vs Predator y también, con el prismático de la lejanía, a cintas de difícil encaje devenidas del peplum como Hércules contra Sansón o El Zorro contra Maciste, por citar sólo dos sin miedo a sonrojarme mucho y donde el tiempo, el espacio y los personajes históricos o mitológicos eran tan maleables como un político en campaña. Sin embargo, Cowboys&Aliens, pese a lo previsible del filme, se deja ver, aunque al guión le falte mordiente y una mayor dosis de originalidad (ya puestos a darle rienda a la fantasía). El producto salva los muebles gracias a sus actores principales: con un Daniel Craig a lo Clint Eastwood -lacónico e implacable-, un Harrison Ford  crepuscular,  y una etérea e ignífuga Olivia Wilde.

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