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Aullidos de cine

Foto de familia de los galardonados en la quinta edición de los Premios Feroz, que otorga la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE). / Feroz.es

Foto de los galardonados en la quinta edición de los Premios Feroz, que otorga la Asociación de Informadores Cinematográficos de España (AICE). / Feroz.es

Que los Premios Feroz son la versión patria de los Globos de Oro ya lo sabe hasta el tato; no solo porque lo entrega la canallesca especializada (en este caso, la Asociación de Informadores Cinematográficos de España, AICE), sino también por el formato y filosofía de sus galardones y, sobre todo, por su espíritu. Huelga decir que esta mímesis no resulta en nada peyorativa, porque lo mismo podemos decir de los Goya: una mera traslación a tierras hispanas de los Óscar (ya sabemos que no son lo mismo, por razones evidentes, y bla, bla, bla…), pero ahí está su extraordinaria audiencia.

Al grano. La gala que coronó la quinta edición de los Feroz y a la que asistió DIARIO DE AVISOS, celebrada el lunes por la noche en el madrileño pabellón Magariños (donde otrora jugaba el Estudiantes de baloncesto) y retransmitida en directo por Movistar+, ha venido a apuntalar unos premios que cada año van a más y cuya entrega se erige en una auténtica fiesta del cine (sí, ese es el apelativo con el que se suele referirse a los Goyas, pero estos no tienen el carácter lúdico y desenfadado de unir en imperfecta simbiosis a periodistas y al mundillo del celuloide).

La ceremonia, también siempre muy al estilo de los Globos de Oro, con las lógicas salvedades, rezuma ese mentado toque festivo, no exento -todo lo contrario- de sarcasmos, sátira y hasta sana mala baba, que este año sublimó de manera supina el conductor de la gala, el (genial) humorista, que disparó con dardos a diestro y siniestro. “Somos el secreto mejor guardado del cine español, bueno ese y el nombre de nuestros acosadores sexuales. Lo que pagaría por saber quién se está poniendo nervioso ahora mismo”, espetó, en plan Seth Meyers (otra vez la comparación con los Globos de Oro), para arrancar un encuentro que quiso reivindicar la aportación fundamental de las mujeres a la industria del cine español y criticar el acoso en el sector. De hecho, todos los premios de la noche fueron entregados por mujeres.

Pero ahí no acabó la perorata de López: “En España no puede haber un Harvey Weinstein porque él recibía en batín a las actrices y las invitaba a una copa antes de agredirlas. Aquí los productores no invitan a nada… Aquí algunos aún están comprando el batín”, enfatizó el humorista, quien no paró en toda la noche de tirar flechas envenenadas, empezando por la propia velada de los Feroz, de la que dijo: “No contentos con que esta gala no la vea nadie, este año han querido dar un paso más y este año solo han nominado a películas que no ha visto ni Dios. Todo ello votado por blogueros a los que no lee nadie. ¿Qué cojones hacemos aquí esta noche?”. Sin obviar pullas a los galardones: “Bienvenidos a la quinta edición de los Premios Feroz. La quinta, ya. Parece mentira. Hace cinco años estos premios no los conocía nadie. Y ahora tampoco”.

Por salvarse no se salvó ni el bueno del mítico autor y cantante de Y cómo es él (“En 2013 nacían estos premios para premiar un cine más moderno. Cinco años después está nominado José Luis Perales”, dijo), ni los productores (“Esta noche tenemos a 21 productores que juntos suman 78 películas y tres graduados escolares”), ni el cine español (“Ya van 13 años desde que Hollywood no nomina a una película española a los Óscar y todo por mandarles a Paz Vega”), ni Cataluña y el procés (“Tenemos al equipo de la estupenda Verano 1993, lo único aburrido que nos ha dado Cataluña últimamente” / “Hay una cosa que me preocupa, cuántas menos películas hacemos de la Guerra Civil más cerca estamos de que estalle otra”, entre otras perlas).

Los únicos que sortearon la metralla de acidez, por así decirlo, fueron Los Javis, Javier Calvo y Javier Ambrossi, ganadores del Feroz a la mejor película de comedia y a quienes Julián López vaciló, y a la saga le fueron casi todos los que subieron al escenario, con que después de la gala habría fiesta en su casa. Ellos protagonizaron uno de los momentos de la noche, con el emotivo discurso de Calvo: “Yo soy gay. Tengo un novio que me quiere, una familia que me apoya y estoy aquí cogiendo este premio. Entonces si alguien, algún niño, alguna niña o alguna persona me está mirando y tiene miedo, si siente que está perdido, si siente que no le van a querer, que sepa que le van a querer, que va a encontrar su sitio, que su familia le va a querer y que va a cumplir su sueño. Que yo y él [por Ambrossi] vamos a escribir historias para que tú te sientas inspirado”.

La ceremonia discurrió de manera ágil y amena, como mandan los cánones, con las lógicas emociones de los premiados (desde Adelfa Calvo hasta Natalie Poza) en un ambiente de compadreo bien entendido, con distinción y camadería, no exenta de algún que otro postureo. La resolución de los premios dio poco pábulo a las sorpresas y confirmaron lo que se barruntaba en las quinielas de las mesas, con Verano 1993, de Carla Simón, como gran triunfadora de la noche, con cuatro premios. En el apartado de series televisivas, le correspondió tal honor a Vergüenza, también con cuatro distinciones. El Feroz de Honor, entregado por Rossy de Palma, fue para esa tremenda actriz llamada Verónica Forqué. “Todavía no he hecho películas con mujeres, pero me gustaría hacer una antes de morirme”, remarcó.

Los Feroz siguen aullando, esperemos que por mucho tiempo (al menos tantas ediciones como los Globos de Oro), y que el buen humor -si es crítico, mejor- no falte nunca. Y que lo veamos…

LOS GALARDONADOS EN LOS PREMIOS FEROZ 2018

Mejor película dramática:
Verano 1993 (Estiu 1993)
Mejor película de comedia:
La llamada
Mejor dirección:
Carla Simón, por Verano 1993 (Estiu 1993)
Premio L’Oréal Professionnel a la mejor actriz protagonista de una película:
Natalie Poza, por No sé decir adiós
Mejor actor protagonista de una película:
Javier Gutiérrez, por El autor
Mejor actriz de reparto de una película:
Adelfa Calvo, por El autor
Mejor actor de reparto de una película:
David Verdaguer, por Verano 1993
(Estiu 1993)
Mejor guion:
Carla Simón, por Verano 1993 (Estiu 1993)
Mejor música original:
Pascal Gaigne, por Handia
Mejor tráiler:
Alberto Gutiérrez, por La llamada
Mejor cartel:
Iñaki Villuendas, por Handia
Mejor documental:
La chana
Premio Especial:
La vida y nada más

Mejor serie dramática:
La zona. Temporada 1
Mejor serie de comedia:
Vergüenza. Temporada 1
Mejor actriz protagonista de una serie:
Malena Alterio, por Vergüenza
Mejor actor protagonista de una serie:
Javier Gutiérrez, por Vergüenza
Mejor actriz de reparto de una serie:
Emma Suárez, por La zona
Mejor actor de reparto de una serie:
Miguel Rellán, por Vergüenza

Publicado el por Fran Domínguez en Canarias, Cine, Críticas, Opinión, Premios, Televisión ¿Qué opinas?

Lale y sus hermanas

Las cinco jóvenes rotagonistas de la película 'Mustang'. / A CONTRACORRIENTE FILMS.

Las cinco jóvenes protagonistas de la película ‘Mustang’. / A CONTRACORRIENTE FILMS.

La pequeña Lale en el filme, la joven actriz tureca Günes Sensoyz. / A CONTRACORRIENTE

La pequeña Lale en el filme, la joven actriz tureca Günes Sensoyz. / A CONTRACORRIENTE FILMS.

 

Con tanto título divergente en una cartelera en la que manda lo más comercial y evasivo, películas como Mustang se agradecen vívidamente. La directora Deniz Gamze Ergüven ha irrumpido en el escenario fílmico con una potente historia que narra las vicisitudes de cinco hermanas huérfanas, en  el delgado tránsito entre la niñez y la adolescencia, cuyo único pecado es ser jóvenes y disfrutarlo en un pequeño pueblo del norte de Turquía a orillas del Mar Negro, dominado por una sociedad patriarcal. Una película de trazos sencillos y límpidos, sin querencia al dramatismo, con un ritmo pausado pero intenso, en el que las chicas pasan en un plis plas de un ambiente de cierta libertad a otro carcelario en la vivienda de su abuela y de su tío tras ser acusadas falsamente de comportamientos “obscenos e inmorales”, lo que es aprovechado por sus familiares para concertar matrimonios. Con claras reminiscencias de la lorquiana La Casa de Bernarda Alba, aunque también, más evidentes, con Las vírgenes suicidas (Sofia Coppola, 1999), la cinta de Deniz Gamze Ergüven, la aplaudida cinta de Deniz Gamze Ergüven (entre otros galardones, obtuvo el Goya a mejor película europea) descansa en el buen hacer de las cinco jóvenes y a priori inexpertas actrices, especialmente de la más pequeña, Günes Sensoy, que interpreta a Lale, quien abandera con coraje e inteligencia la rebeldía fraternal forjada día a día entre los muros físicos y mentales de la incomprensión, dentro de un universo de tradiciones en la que la mujer se lleva la peor parte. La mirada de ojos verdosos de la grácil Lale viene a reflejar el inconformismo frente a la forzada sumisión a la que está abocada. Loable cinta que desliza una aguda crítica a una cultura que aún se debate por alcanzar la plena modernidad.

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Sin Goya al mejor espectáculo

Si en 2015 la gala de los Goya comenzaba con contundencia y cierto estilo, acabando luego en las manos del dios del aburrimiento, eso sí, salvada por la irrupción del humorista metido a actor Dani Rovira, este año no solo su inicio no fue prometedor -un paupérrimo número musical-, sino que lejos de remontar durante la noche se sumió aún más en el tedio, sin que el carisma del cómico malagueño pudiera hacer nada para mejorar el cotarro, salvo algún que otro chascarrillo a cuenta de los políticos presentes entre el respetable. Una -larga- velada para olvidar en su faceta de espectáculo, en la que únicamente deslumbraron las emocionales intervenciones de Miguel Herrán, Dani Guzmán y Natalia de Molina, la gran sorpresa de la noche, no en vano arrebató el cabezón a Penélope Cruz, Juliette Binoche e Inma Cuesta -ahí es nada-. Una realización televisiva manifiestamente mejorable -a muchos aludidos ni se les vio en el graderío, o se les vio a destiempo-, unos números desubicados -la magia y el cine van de la mano, pero no tanto- y el dudoso criterio -como acertó a espetar Ricardo Darín– para interrumpir los discursos de los premiados -la dichosa e irrespetuosa musiquita- jalonaron un acto bastante lejano de la brillantez que se requería en el 30 aniversario de los galardones. Si la referencia para la que se supone que es la gran fiesta del cine español sigue siendo Hollywood -si se copia de lo bueno, bienvenido sea-, todavía hace falta aprender, y mucho. Y si no, que se fijen aquí cerquita, en los Premios Feroz, que en solo tres ediciones, con menos medios pero con bastante imaginación, logran hacer una gala de lo más ágil y divertida.

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‘Remakeando’

Edgar Ramírez y Luke Bracey protagonizan 'Point Break (Sin Límites). / POINTBREAKMOVIE.COM

Edgar Ramírez y Luke Bracey protagonizan ‘Point Break (Sin Límites). / POINTBREAKMOVIE.COM

A Hollywood no se le va del todo esa pulsión que tiene cada cierto tiempo de hacer remakes. Con escasas y puntuales excepciones, el remake no suele mejorar el original como tampoco nunca segundas partes fueron buenas (ya sé lo que piensan, El Padrino II y demás…), por lo que la mayoría de las veces es mejor ahorrar dinero y esfuerzos y darle más a la imaginación y menos a la nostalgia mal entendida… El rollo macabeo previo viene a cuento por la presencia en la gran pantalla de Point Break (Sin Límites), a la sazón nueva versión de Le llaman Bodhi (titulada así por los lares patrios), una de las películas de acción más populares de los años 90 y que estaba liderada por una estrella rutilante de la época, el Patrick Swayze pos Dirty Dancing y Ghost, y por otra emergente, el Keanu Reeves pos Las amistades peligrosas. La cinta en cuestión, dirigida por Kathryn Bigelow, quien ya apuntaba maneras y que ganaría el Óscar años después por la espléndida En tierra hostil, devino en un celebrado filme, con un ritmo trepidante en el que el surf ocupaba un espacio relevante en la trama -aunque para los amantes de este deporte siempre quedará por delante El gran miércoles-. La actualizada Point Break ni siquiera se acerca a su predecesora, más allá de alguna que otra escena con ínfulas de trepidante -nada que no hayamos visto en Al filo de lo imposible-, especialmente la que abre la película -y ahí se quedan las expectativas-. Pese a cambiar un poco las claves de la historia (trasfondo místico-ecologista en las motivaciones de la minibanda de delincuentes), la internacionalización de los espacios geográficos (desde Francia hasta Venezuela, y más allá) y el hecho de abarcar, aparte del surf, deportes de generosa adrenalina, el producto resultante, que firma Ericson Core, no engancha en absoluto. Los protagonistas del cotarro, Édgar Ramírez (el mentado Bodhi) y Luke Bracey (el párvulo agente del FBI Johnny Utah) no tienen el carisma de sus ilustres antecesores, mientras que la supuesta partenaire, Teresa Palmer, actúa como si pasara por allí. Core se limita a tunear y actualizar el asunto con los tiempos que corren: bastantes deportes de riesgo, YouTube, fiestita hippie-pija, y para coronar, final tipo La tormenta perfecta. En fin, me quedo con la primera y con las caretas de Carter, Nixon y Reagan -solo con las caretas, eh-.

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Padrino de risa fácil

Josh Gad y Kevin Hart protagonizan 'El gurú de las bodas'. / SONY PICTURE

Josh Gad y Kevin Hart protagonizan ‘El gurú de las bodas’. / SONY PICTURE

El cine y las bodas forman un matrimonio de conveniencia en el mundo de la comedia, que ha dado mucha rentabilidad en la taquilla, con películas ciertamente notables; recordemos, a modo de ejemplos más significativos, Cuatro bodas y un funeral o La boda de mi mejor amigo e incluso, con un punto más exótico y en otras claves, La boda del monzón. Sin embargo, como todo filón, tiende a agotarse de tanto machacar la veta, y aunque esta especie de subgénero ha tenido cierta revitalización en los últimos tiempos, especialmente en productos patrios, ahí están La gran familia española y Tres bodas de más, no deja de merodear en los pastos de los típicos tópicos, y también de manera frecuente en el solar del aburrimiento. La última aportación a la causa se titula El gurú de las bodas. Al igual -mejor, de manera levemente parecida, para no pasarnos- que ocurrió con el primer Resacón en Las Vegas, del que toma sus presupuestos más canallas, la película se desmarca un tanto de la línea marcada, no por los clichés, algo que resulta bastante difícil de eludir en este campo, sino por su surrealista argumento, su franca apuesta por lo canalla, y su absoluta falta de pretensiones. Y es que para hacer humor, ya sea sofisticado al estilo Lubitsch, o más chusco y desenfadado, cuando no escatológico, hay también que tener gracia, y al menos esta cinta logra sacarte dos o tres carcajadas, no solo a ti, sino al respetable de la butaca, lo que a estas alturas se agradece. El filme, que narra las peripecias de un joven sin amigos (Josh Gad) a punto de casarse que contrata a un padrino postizo (Kevin Hart) y a un grupo de tarados como testigos de boda, destila momentos hilarantes y gamberros. Eso sí, resta puntos a esta cinta dirigida por Jeremy Garelick la particular traducción al español de algunas frases, así como determinadas coletillas, en un cuestionable doblaje que lleva las voces de Dani Martín y Florentino Fernández en los papeles protagonistas. Obviamente, El gurú de las bodas no va a pasar a la historia de la comedia, pero sí es de esos filmes que como te coja en un día tonto, de escasa exigencia y en modo poco estupendo, igual te diviertes un rato.

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Igual que el Gordo…

Repartiditos, como el último Gordo de Navidad, tanto que todos pillaron cacho (unos más y otros menos, pero todos tan contentos; bueno, a lo mejor Steven Spielberg no tanto). Era lo previsible, lo que dice mucho de las películas que participaban en esta edición caracterizada por la gran calidad de las producciones. Pocas sorpresas en la vertiente puramente cinematográfica (aquí ocurre a la inversa de la lotería: acertamos casi todo) y algunos premios merecidos, como el de mejor guión original a Quentin Tarantino por su excepcional Django desencadenado. Nuestro diseñador de moda, el lanzaroteño Paco Delgado, no pudo lograr el doblete (Goya y Óscar) porque Anna Karenina se lo quitó (mejor que fuera ella), en una ceremonia larga hasta decir basta que más se asemejó a una gala musical que a un acto para mayor gloria del cine en mayúsculas, y a la que sólo le faltó que Michelle Obama cantara desde la Casa Blanca un espiritual acompañada del coro de encorsetados uniformados que tenía detrás. ¡Ah!, por cierto, se me olvidaba. Mucho me temo que al tal Seth MacFarlane, conductor de la kilométrica velada y creador de la genial serie Padre de familia, no volveremos a verlo por el teatro Dolby de Los Ángeles, lo cual me parecerá una gran noticia. ¡Que vuelva Billy Crystal! Soy un clásico… 

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Todos al suelo

Todo hay que decirlo. Los anglosajones, en términos cinematográficos, y quitando de lado el tema económico y de recursos (y bla, bla, bla), nos ganan por goleada en dos aspectos: se ríen mejor y sin complejos de sus miserias y están más duchos que nosotros en esto de llevar su historia a la gran pantalla. Y mira que por historia no nos podemos quejar, porque grande, ancha, y con aristas, muchas aristas, tenemos por un tubo. Ahí están los propios estadounidenses que con poco más de 220 años de andar por el mundo exprimen hasta la saciedad sus contradicciones, aciertos y demás parafernalia. En España lo de ahondar en el retrovisor, pues poco, relativamente poco, en comparación con otros países con menos ‘pedigrí’ con las cuitas de antaño. Sí, somos conscientes de la pasta gansa que cuesta poner en pie producciones históricas pero ni por esas, salvo algunos dignos ejemplos. Curiosamente, ese papel lo están supliendo, con mayor o menor acierto, las series televisivas. Y si el pasado más profundo se toca poco, pues con la contemporaneidad ocurre lo mismo. Por primera vez, y siguiendo un poco la estela de la miniserie de 2009 sobre el tema, se va estrenar este mismo mes, como no podía ser de otra manera, un filme que recrea de arriba a abajo el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981. Ya era hora… Han tenido que pasar 30 años para que veamos en la gran pantalla los entresijos de uno de los capítulos más controvertidos de nuestra historia más reciente (recomiendo encarecidamente para saber más del tema en cuestión el libro Anatomía de un instante, de Javier Cercas). Los norteamericanos, por ejemplo, tardaron un suspiro en llevar al cine el ‘caso Watergate’, en la magnífica Todos los hombres del presidente. El filme 23-F, de Chema de la Peña, que según parece se decidió a rodarlo tras ver The Queen, ese “análisis” de Stephen Frears sobre Isabel II de Inglaterra, está contado en clave de thriller político y en él aparecen, entre otros, Paco Tous, en el papel de Tejero; Juan Diego, en la piel del general Alfonso Armada; Ginés García Millán, como Adolfo Suárez; y Fernando Cayo, interpretando al rey Juan Carlos (algo que ya había hecho en un par de series). Estos días podemos ver 23-F en la gran pantalla y opinar cómo se escenifican las horas más inciertas que ha vivido la democracia española, ésas en la que un señor con bigote, tricornio, y mucha mala leche encima, casi nos chafa la entonces recién alcanzada libertad.

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