cine de acción

Más letal y decepcionante

Sylvester Stallone vuelve a meterse en la piel de John Rambo en 'Last Blood'. / LIONSGATE

Sylvester Stallone vuelve a meterse en la piel de John Rambo en ‘Last Blood’. / LIONSGATE

Como un elefante en una cacharrería. Así se puede reseñar la quinta entrega de Rambo, subtitulada Last Blood, una olvidable película de acción con evidentes ropajes de western protagonizada, obviamente, por el eterno Sylvester Stallone, que a sus 73 años recupera al acorralado más letal, y cuyo principal atractivo se sustenta -para los que somos de esta ínsula, claro- en los paisajes, calles y barrios que aparecen en ella, no en vano buena parte de la cinta se rodó en una Tenerife reconvertida en México. La trama de Last Blood, filme dirigido por Adrian Grunberg -Vacaciones en el infierno (2012)-, es sencilla: una adolescente, familia de John Rambo, viaja a México para encontrarse con su padre, quien la había abandonado, y allí entra en contacto con una red de trata de blancas. Sobra decir que la ira del ilustre veterano de la guerra del Vietnam cae cual maldición bíblica en los pérfidos filisteos dueños del cotarro, los proxenetas hermanos Martínez: unos malos malotes en la piel de Sergio Peris-Mencheta y Óscar Jaenada, que cumplen con el cometido, teniendo en cuenta la simplicidad de sus personajes, bañados en meros arquetipos. La cuota española se completa con Paz Vega, también aquejada del mismo mal que sus compañeros de reparto. Parca imaginación de un libreto plano que arroja un exceso de violencia gratuita y sangre por doquier en su afán para que un crepuscular Stallone se luzca de manera vehemente dando tiros y mamporros a diestro y siniestro, en el aparente cierre de una saga que no ha tenido un recorrido más convincente que la de Rocky. En cualquier caso, y pese a sus imponderables, ver cruzar en coche a Sylvester Stallone la frontera entre Estados Unidos y México pasando por Las Cañadas tiene su punto…

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Asegurando el perímetro

Fotograma del filme 'Objetivo: Washington D.C.'. /EP

Gerard Butler es el agente Mike Banning en ‘Objetivo: Washington D.C. / EP

La cartelera de este verano que ya está casi extinto no ha sido pródiga en películas de enjundia, salvo alguna que otra excepción, caso de la tarantiniana Érase una vez en Hollywood. Como no podía ser de otra manera, el cine de evasión, en cualquiera de sus vertientes, se erige en la gran estrella estival, que para eso estamos en el periodo de ocio por antonomasia y, por lo tanto, susceptible de que uno se desparrame por la butaca con un buen puñado de cotufas en la boca. La acción canicular ha llegado esta vez de la mano de Objetivo: Washington D.C., que aparentemente cierra una saga protagonizada por una suerte de gafe -es lo que sin duda llamaríamos a un tipo a cuyo lado siempre se quieren cargar de la forma más estrambótica al presidente estadounidense-: el agente del servicio secreto Mike Banning, a la sazón el Leónidas Gerard Butler. El filme, dirigido en esta ocasión por Ric Roman Waugh (El mensajero), que toma el relevo del resolutivo Antoine Fuqua y de Babak Najafi, artífices, respectivamente, de las dos cintas anteriores de la trilogía (Objetivo: la Casa Blanca y Objetivo: Londres), no decae en su ritmo en ningún momento, con meritorias escenas, a pesar de desplegar menos artificios visuales que sus predecesoras y de una trama que dista mucho de ser original, más bien todo lo contrario, pero que la entronca con éxitos del género en el pasado, como la versión cinematográfica de El fugitivo. La película rezuma un regusto crepuscular, personificado en un Banning ya entradito en años y en achaques, y sube enteros al contar con el buen hacer de ilustres veteranos, como Nick Nolte y Danny Huston, además del eterno Morgan Freeman, que repite en la franquicia. Mira que nos gustan a rabiar las pelis en las que alguien dice con marcialidad aquello de: “El perímetro está asegurado”. Nos deja más tranquilos, o no…

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Leónidas en la Casa Blanca

Menudo secarral de películas estamos viendo en esta calurosa primavera del año 13 del segundo milenio después de Cristo, donde los filmes interesantes no brotan ni por asomo en la cartelera. En este páramo cinematográfico nos encontramos con productos de vívida evasión como Objetivo: la Casa Blanca (en inglés, Olympus has fallen, un título mucho más poético, no me lo negarán), básicamente una tuneada versión de la primigenia Jungla de Cristal, que cambia el edificio Nakatomi por el hogar de los presidentes de Estados Unidos, y que sustituye al metomentodo policía neoyorquino John McClane-Bruce Willis por el agente del servicio secreto Mike Banning-Gerard Butler, con el añadido de que el actor británico nos recuerda también a su letal Leónidas de 300. Si en la célebre cinta de los 80, los terroristas eran malvados alemanes orientales (de los de la extinta RDA), en esta, por mor de los tiempos que corren, los malos malísimos -una vez finiquitado el ínclito Bin Laden- son, como no podía ser de otra manera, los norcoreanos, quienes atacan sorpresivamente la Casa Blanca y la hacen papilla para bebés, tomando de paso al presidente (Aaron Eckhart ) y parte de su gobierno como rehenes en el búnker (¡sí, existe!).

 

Butler interpreta a un agente del servicio secreto estadounidense

La película por supuesto que resulta entretenida, como todas las de esta clase, en las que el máximo responsable del Imperio está en apuros (ya saben, Air Force One…), y más una dirigida por un tipo como Antoine Fuqua, ya curtido en filmes de acción (Los amos de Brooklyn, Shooter: el tirador, El rey Arturo, y la excelente Training Day), lo que pasa es que deja un capitidisminuido espacio para la sorpresa, y tras un prometedor inicio, apenas transcurridos diez minutos, barruntas lo que va a suceder, incluida la imagen de la bandera de las barras y estrellas cayendo al suelo con música solemne. Nada que no hayamos visto antes. Como curiosidad, el bueno de Morgan Freeman (que interpreta al portavoz gubernamental) llega a la presidencia de Estados Unidos por segunda vez en su carrera (ya lo fue en la apocalíptica Deep Impact), aunque aquí sea solo en funciones. Por lo demás, poca cosa. ¡Ah! Butler no dice eso de yipikayei hijo de…, ni tampoco augh, afortunadamente

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Cazando a Osama

La agente Maya, protagonizada por la actriz Jessica Chastain

Aséptica en esencia, sin estridencias narrativas y con el ritmo adecuado. Así se puede definir La noche más oscura (Zero Dark Thirty), la esperada película sobre la persecución a Osama Bin Laden, que se ha hecho acreedora de cinco candidaturas en los próximos premios Óscar, entre ellas, las de mejor película y mejor actriz (Jessica Chastain), aunque su directora, Kathryn Bigelow, se ha quedado fuera -injusta y sorprendentemente- de las nominaciones. Bigelow, que ya demostró con creces su buen hacer con la excelente En tierra hostil (que se vio recompensada con las mieles de la Academia en 2010) vuelve a la palestra con un filme -no exento de polémica por el espinoso asunto de las torturas- sobre el que estaban puestas todas las miradas (especialmente las estadounidenses) y que se se pergeñó con testimonios reales acerca del arduo proceso de búsqueda del terrorista saudí. La noche más oscura, que arranca con un impactante y justificativo prólogo (voces en off de las conversaciones a través del móvil de víctimas del 11-S ) y culmina también de manera brillante, se limita -y ahí radica su acierto- a narrar, huyendo de moralismos y de consideraciones políticas, la trama desplegada por los servicios secretos norteamericanos para atrapar a Bin Laden. Esta persecución farragosa y multidireccional pero impenitente la centra Bigelow en Maya, una novata agente de la CIA, interpretada por Chastain, que poco a poco se introduce en la madeja hilada para llegar al objetivo.

Una de las escenas del filme, en la que las fuerzas especiales se preparan para el asalto de la morada de Bin Laden

La directora californiana tiene la habilidad de intentar abstraer al espectador de otras cuestiones inherentes a la narración y lo embarca en la obcecada misión de la protagonista. Aboga por contar y mostrar los hechos, sin dar pábulo a juzgar ni siquiera a reflexionar (aspectos que deja al propio público), creando además la tensión necesaria, que llega a su clímax con el operativo de asalto que acabó con la vida del enemigo número 1 de América. Bigelow firma aquí un notable trabajo cinematográfico que te atrapa al instante en la butaca.

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