cine de aventuras

Marvel y su capitana

La actriz Brie Larson interpreta a la Capitana Marvel. / MARVEL

La actriz Brie Larson interpreta a la Capitana Marvel. / MARVEL

La decidida y firme apuesta por narrar las andanzas en solitario y sin aditivos de una heroína de la factoría Marvel ha llegado a la gran pantalla mucho más tarde que DC, su competidora en esto del mundo del cómic, y eso siempre resulta una desventaja, sobre todo tras el enorme éxito de público y crítica que obtuvo Wonder Woman. Así las cosas, y sin mayores rodeos, Capitana Marvel deviene en una entretenida -faltaría más que en este prolijo universo de evasión no lo fuera-, pero a su vez discreta película, con menos fuegos artificiales de lo que se esperaba para dar rienda suelta a las correrías de la tenaz Carol Danvers, a la sazón la mentada capitana, que lleva el rostro de una convincente Brie Larson, miembro de un escuadrón alienígena que viene a parar, allá por los años 90 del pasado siglo, por este planeta dejado de la mano de Dios, donde, precisamente, tiene sus raíces. A diferencia de Wonder Woman, referencia comparativa obligada por razones obvias, a Capitana Marvel le hurta protagonismo el segundo de a bordo en la cinta: un rejuvenecido (y sin parche pirático) Nick Furia, el posterior jefe de S.H.I.E.L.D. (la agencia de inteligencia y espionaje de todo el entramado Marvel), interpretado de nuevo por Samuel L. Jackson. Aunque la película incide muy saludablemente en el empoderamiento femenino y en otros valores, como la perseverancia y el no rendirse ante las adversidades, la vivaz presencia de un personaje del calibre de Furia desvía un tanto la atención, más que nada porque el filme ofrece información y pingües claves sobre sus comienzos en esto de reclutar vengadores… En cualquier caso, Capitana Marvel ha venido para quedarse. El potencial lo tiene.

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Un fallido Robin Hood 2.0

Fotograma de 'Robin Hood'. / www.robinhood.movie

Taron Egerton interpreta al legendario forajido inglés en la enésima versión cinematográfica de ‘Robin Hood’. / www.robinhood.movie

 

De un tiempo a esta parte a Hollywood le ha dado por revisitar las historias sobre personajes mitológicos, como el caso de Hércules, o legendarios, como recientemente el rey Arturo o, ahora, Robin Hood, tuneándolas con un barniz de cierta posmodernidad para supuestamente adaptarlas a las nuevas épocas y generaciones, sacrificando el concepto tan venerable de cine de aventuras por un espectáculo impostado. La reinterpretación de mitos y de situaciones no siempre deviene en afortunada y la mayoría de las veces acaba con un resultado poco satisfactorio, cuando no desastroso. Es el caso de la enésima versión de Robin Hood. Si los promotores de la nueva entrega del ladrón que robaba a los ricos para dárselo a los pobres buscaban sorprender dándole un giro al relato sobre este popular forajido inglés, lo han conseguido, aunque en su aspecto más negativo. Para ser justos, es verdad que en el prólogo de la cinta se advierte de que no se nos quiere aburrir con fechas históricas, supongo que para alertarnos de lo que va a venir, y menos mal… El contexto cronológico importa poco, o mejor dicho, nada: el periodo medieval aquí descrito adquiere torpes y desafortunados tintes futuristas. Esta pretendida y fallida vuelta de tuerca afecta también a la trama: pobre, previsible y carente de emoción y originalidad. Al nuevo Robin Hood, interpretado por ese valor en alza llamado Taron Egerton -sí, el de Kingsman-, le quitan hasta su personalidad, convirtiéndole en una especie de El Zorro o, como comparación más acertada, en un Batman avant la lettre, si se me permite la expresión, tanto por su doble vida como por ocultarse el rostro. Diálogos pueriles y unas escenas de acción que no sorprenden jalonan este resucitado Robin de los Bosques, que dista mucho del más cercano en el tiempo, el de Ridley Scott (2010) -que sacó mejor brillo al sustrato social y político subyacente, lejos del artificial que se muestra en esta película-, e incluso del taquillero filme de Kevin Reynolds y Kevin Costner (1991) y a años luz del de Michael Curtiz-William Keighley y Errol Flynn (1938) y, por supuesto, del crepuscular Robin y Marian (1976). Sin embargo, lo peor está por venir: habrá continuación…

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Galeno viajero

Ha tardado, pero ya llegó a las pantallas un bestseller con enorme querencia cinematográfica como El médico, que tanta fama a la par que parné ha proporcionado a su autor, el estadounidense Noah Gordon. La adaptación, siempre subjetiva -y restrictiva- cuando se trata de llevar literatura al cine, se ha hecho con dinero europeo, lejos de la Meca del Cine, aunque su factura resulta a todas luces hollywoodense. El médico presenta -y es de agradecer el esfuerzo- ese halo de cine de aventuras clásico, de toda la vida, de cinta de sobremesa, de sesión de tarde, aunque canta bastante el afán por condensar -muy líbremente, eso sí-  la obra de Gordon en una película de dos horas y media, con un mal uso de la elipsis en ocasiones -por mucho que se quiera acortar y agilizar el relato-. De lo más destacable de la película, dirigida por Philipp Stölzl, aparte de una buena fotografía, son las interpretaciones de Stellan Skarsgård y de un casi desconocido -por su caracterización- Olivier Martinez, en los papeles de barbero y de sha de Persia, respectivamente. Y, por supuesto, el siempre convicente Ben Kingsley, en la piel del médico y científico Ibn Sina (el célebre Avicena), quedando en un segundo plano el propio protagonista, Tom Payne (Rob Cole, sin la ‘J’ entre nombre y apellido, como se llama en la obra literaria) que ni se lo cree él ni lo hace creíble al respetable. Como vehículo de entretenimiento, el filme resulta pasable aun a costa de obviar algunas cuestiones, e incluso con moralina subyacente en el apunte de la intolerancia religiosa -de las tres grandes, ya saben: cristianos, judíos y musulmanes-. Le falta un pelín más de épica a este viaje épico de Inglaterra al Próximo Oriente en busca del conocimiento de la medicina.

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Cruzando el Pacífico

 

La película narra la famosa expedición comandada por Thor Heyerdahl

Una de las escenas de la película. / DA

Los noruegos son, sin duda alguna, un pueblo con gran querencia a la aventura y a los viajes de grandes distancias. De vikingos le viene al galgo. Desde Erik el Rojo hasta Roald Amundsen -el primero en alcanzar el Polo Sur, entre otras proezas-, sin olvidar a un tipo como Thor Heyerdahl, quien en 1947 lideró una auténtica gesta: recorrer 8.000 kilómetros en 101 días por mar, entre Perú y las islas Tuamotu, a bordo de una balsa, la Kon-Tiki, hecha de troncos y otros materiales vegetales, para intentar demostrar que la colonización de la Polinesia la llevaron a cabo gentes procedentes de América del Sur. La expedición de Heyerdahl -conocido por estos lares por el parque Pirámides de Güímar, donde se puede apreciar las teorías de este inquieto arqueólogo experimental, ya fallecido- fue filmada, y el documental resultante ganó un Óscar en 1952. Se da la circunstancia de que la película sobre esta epopeya del siglo XX -que aún podemos ver en los Multicines Renoir Price-, casi logra este año la preciada estatuilla a la mejor cinta extranjera. Se trata de un filme de los que se dejan ver de un tirón, con una excelente fotografía y una música a la par, que subraya la épica de un viaje que tiene su génesis en la obsesión de un hombre por sus ideas y la capacidad de embarcar a otros en ellas. Emoción y entretenimiento, en un producto muy bien documentado. Recomendable.

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