cine fantástico

La sonrisa inquietante

oaquin Phoenix es el protagonista de 'Joker'. / WARNER BROS

Joaquin Phoenix es el protagonista de ‘Joker’. / WARNER BROS

La sonrisa más inquietante y perturbadora del mundo de los cómics ya tiene su propio espacio en el universo cinematográfico. Un personaje tan poliédrico y con tantas aristas y vericuetos como el Joker resulta sumamente atractivo para otorgarle el protagonismo que se merece y librarlo así de la alargada sombra de Batman. Todo un filón interpretativo, como se pudo comprobar en el excelso trabajo del malogrado Heath Ledger en la genial El caballero oscuro (2008), de Christopher Nolan, que le hizo acreedor -a título póstumo- del Óscar a mejor actor de reparto, un camino que parece que va a enfilar con enormes perspectivas de éxito Joaquin Phoenix. De vivaz querencia a la introspección y al histrionismo, lo cierto es que un desatado Phoenix echa el resto en articular física y psicológicamente a Arthur Fleck/Joker, un hombre maduro con problemas mentales que fracasa en su intento de triunfar como humorista y que vive de manera precaria junto a su madre. Pero más allá de la inconmensurable labor actoral de Phoenix en el papel del villano más reconocible de Gotham, Joker destaca por marcar distancias con las películas de superhéroes para poner el foco e insuflar dramatismo y altas dosis de critica social en torno a la sombría y ambigua figura del antihéroe, aunque paradójicamente Todd Philips, el director del filme -conocido por Resacón en Las Vegas y sus secuelas-, no duda en recurrir a la esencia de los primeros cómics, en los que pululaban por doquier personajes atormentados e inadaptados. Joker deviene en una película que no deja indiferente a nadie. Lo único que me temo es que cree tendencia en la industria y veamos de ahora en adelante una ristra de cintas hagiográficas sobre los malos más célebres del género. Al tiempo…

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Intimismo sideral

Brad Pitt protagoniza el filme 'Ad Astra', dirigido por James Gray. / FOX

Brad Pitt protagoniza el filme ‘Ad Astra’, dirigido por James Gray. / FOX

La cartelera otoñal ha comenzado con ciertos atractivos tras el cuasi secarral cinematográfico que dejó el reciente periodo estival. Es el caso de Ad Astra, la nueva película del realizador estadounidense James Gray -El sueño de Ellis (2013), Z: la ciudad perdida (2016)-, un más que notable filme de ciencia ficción que equilibra con sapiencia y pericia una propuesta de claro corte introspectivo con las adecuadas dosis de acción y misterio. Las andanzas del astronauta Roy McBride, interpretado por un sobrio Brad Pitt, quien transita ufano por nuestro sistema solar, desde la Tierra hasta más allá de Marte, en busca de su padre, desaparecido en una importante misión científica, recuerda a las más recientes y mejores cintas del género, como la interesantísima Interstellar (2014), del británico Christopher Nolan, por citar solo una. Sin embargo, el avezado y cinéfilo espectador podrá ver en Ad Astra una especie de Apocalypsis Now (1979) sideral -o, si se prefiere, El corazón de las tinieblas, la novela de Joseph Conrad de la que bebe la película de Francis Ford Coppola-. No resulta difícil sustituir las frondosas selvas por la negritud del espacio y las figuras del capitán Benjamin L. Willard y el coronel Kurtz por las de McBride y su progenitor -por cierto, en la piel del veterano Tommy Lee Jones-. James Gray, todo un cosmonauta que viaja con sello propio por los diferentes géneros, vuelve aquí a explorar los conflictos y tejemanejes personales y existenciales en esta historia también de Telémacos y Ulises, donde brilla un Pitt que se desenvuelve muy bien en los predios intimistas -ya lo hizo en El árbol de la vida (2011), de Terrence Malick, director cuya filosofía narrativa y visual está bastante presente en el filme-. Ad Astra decae un pelín en su epílogo, pero supera con creces y méritos el examen.

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Más oscuridad

El universo de J. K. Rowling ha mirado allende las aulas de Hogwarts para continuar con una visión más adulta esas historias de magos y brujas que tanto éxito, celebridad y buenos caudales granjearon a la escritora británica. Animales fantásticos y dónde encontrarlos quiso avanzar en su fascinante mundo -y seguir alimentando de paso la buchaca de su creadora- una vez finiquitada la historia del joven Potter. Como no podía ser de otra manera con este tipo de productos, el paso al cine era cuestión de tiempo y las andanzas del magizoólogo Newt Scamander (Eddie Redmayne en la gran pantalla) inspiraron la película del mismo título, con guion de la propia Rowling, en la que era su primera incursión en estas lides, para la que contó otra vez con el siempre cumplidor David Yates, director ampliamente bregado en la particular cosmovisión de la autora. Después de esta primera entrega de la nueva saga, cronológicamente situada a finales de los años 20 de la pasada centuria, filme que mostró mucho artificio, si bien no pasó más allá de un mero bestiario, en esta continuación, subtitulada Los crímenes de Grindelwald, con Yates repitiendo tras las cámaras, Rowling desarrolla más ampliamente toda la temática que subyace en su obra fantástica, fundamentada en la eterna lucha entre el bien y el mal, utilizando aquí como contundente sustrato el convulso periodo de entreguerras, caldo de cultivo de movimientos totalitarios, como el nazismo, y que refleja bien a las claras en el arribista mago Grindelwald -en la piel de nuevo del siempre camaleónico Johnny Depp– y su encendida defensa de la sangre pura. Y es por este camino, con tintes más oscuros, eso sí, donde la película funciona mejor que la anterior, preparando, además, el terreno para las futuras secuelas con el anunciado enfrentamiento entre el mentado señor tenebroso y el profesor de Hogwarts Albus Dumbledore (Jude Law). Vamos, que habrá saga made in Rowling para rato.

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Fábula pasada por agua

Sally Hawkins interpreta a una mujer de la limpieza enamorada de un monstruo anfibio en 'La forma del agua' / FOX

La actriz Sally Hawkins es la protagonista de ‘La forma del agua’, la nueva fábula del director mexicano Guillermo del Toro. / FOX

El cine de Guillermo del Toro (El espinazo del diablo, El laberinto del fauno, La cumbre escarlata, la saga Hellboy) está inundado de bendita y necesaria fantasía, que cultiva animosamente. Este epígono cinematográfico del realismo mágico es un cuentista nato, un fabulador incansable que se sumerge desde el batiscafo de la imaginación en el abismo de las emociones, sin desdeñar la crítica social y la reivindicación, en un universo a veces salpicado de monstruos y otros fascinantes seres, que suelen tener más humanidad que los humanos y donde los humanos suelen comportarse como verdaderos monstruos. La forma del agua (de la que, por cierto, Del Toro ha recibido ya una denuncia por plagio, extrañamente a poco más de una semana vista de los Óscar, donde concurre con 13 nominaciones…) es una deliciosa historia sentimental (no sentimentaloide), narrada con enorme pericia y potencia visual. Este enésimo y particular acercamiento al mito ya caleidoscópico de la bella y la bestia nos lleva a un laboratorio de una base militar estadounidense, allá por 1962, en plena Guerra Fría, donde trasladan a una extraña criatura anfibia con forma humanoide, a la que han capturado en la selva amazónica. En esa gélida instalación ubicada en Baltimore surge, primero, la curiosidad de la empleada de la limpieza Elisa Esposito (Sally Hawkins), huérfana y muda de nacimiento, y luego, el amor. Por eso, tratará de salvar a su acuático amado, con la ayuda de su dicharachera compañera Zelda Fuller (una siempre extraordinaria Octavia Spencer) y de su vecino Giles (Richard Jenkins), un veterano ilustrador, ante los planes del Gobierno norteamericano de eliminarlo, tarea encabezada por el abyecto agente de seguridad Richard Strickland (un sublime Michael Shannon, al que los papeles de malo le van como anillo al dedo), para que no caiga en manos de espías soviéticos. Del Toro, de los tres grandes directores actuales que ha parido México (los otros dos son Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñárritu), rinde abiertamente en La forma del agua, la que puede ser su obra cumbre, un homenaje casi integral al séptimo arte, desde el cine mudo hasta los musicales, pasando por la ciencia ficción, e incluso la comedia ligera (además, la propia protagonista vive encima de un antiguo y desvencijado cine donde proyectan péplums). Un reconocimiento en toda regla a una industria que necesita cada vez más mirar hacia atrás para seguir adelante. Y es que el cine de evasión, cuando es de enjundia, siempre merece la pena.

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El martillo guasón

La entrega más divertida del dios vikingo recoge una combate entre Thor y Hulk. / MARVEL

Thor y Hulk luchan entre ambos en esta nueva entrega de la saga cinematográfica del dios vikingo, que dirige el neozelandés Taika Waititi. / MARVEL

Thor se echó unas risas. Así podía resumirse grosso modo la tercera entrega de Marvel sobre este dios de la mitología escandinava elevado a la categoría de superhéroe, que se enlaza a su vez con las confluencias cinematográficas auspiciadas por la citada factoría del cómic -ya saben, la saga de Los Vengadores y la que va camino de ello, Capitán América: Civil War-. Esta nueva aproximación al personaje del martillo más letal, interpretado por el australiano Chris Hemsworth, ha dejado de lado cualquier atisbo dramático para convertirse en una película básicamente de humor y acción, siguiendo así la estela de la aplaudida Deadpool -cinta sobre el antihéroe deslenguado y caradura del mismo nombre, encarnado por Ryan Reynolds-, que tan pingües resultados arrojó en taquilla, además de obtener el beneplácito de la crítica especializada. Este giro ha sido absoluto, dado que el tono de comedia impregna todo el metraje, dejando algo descolocado al respetable -pese a las advertencias-, que creía a asistir en Thor: Ragnarok a otro tipo de filme, tal vez de mayor querencia épica sin renunciar al cachondeo puntual marca de la casa. Cierto es que había que darle un buen empujón a la serie protagonizada por el hijo más rubiales de Odín, tras el fiasco de la segunda parte, que se alejó del halo shakesperiano y cainita insuflado -cómo no- por Kenneth Branagh en la primera, pero quizás no de esta manera tan abiertamente paródica. Es verdad que el filme, que narra una nueva amenaza para Asgard, la tierra sideral de Thor, de la mano de su desconocida hermana Hela -una estupenda Cate Blanchett, en modo villana, mezcla de Maléfica y Cruella de Vil-, presenta momentos divertidos, si bien la línea humorística llega a cansar -muchas bromas descontextualizadas-, restándole pujanza a una trama que ha contado con un reparto de quilates: Anthony Hopkins (Odín), Tom Hiddleston (Loki ), Mark Ruffalo (llevando a Hulk al espacio, ahí es nada), Karl Urban, Idris Elba (que repite como Heimdall), Jeff Goldblum, Benedict Cumberbatch (Doctor Strange) y la mentada Blanchett, con cameos de Sam Neill y Matt Damon. La tendencia Deadpool ha llegado, aunque hay que saber usarla y dosificarla…

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El regreso del grupo salvaje

Los  Vengadores, de nuevo en acción. / MARVEL

Los Vengadores, de nuevo en acción. / MARVEL

Por fin ya está por aquí la segunda parte de Los Vengadores que, con el subrayado de La era de Ultrón, pasa por ser uno de los estrenos más esperados de este año aún adolescente. El universo cinematográfico de Marvel sigue lejos -por ahora- del agujero negro del fracaso comercial, y continúa sacando rédito a los personajes -separados, juntos y revueltos- cocreados principalmente por el historietista Stan Lee, que como no podía ser de otra manera protagoniza aquí su enésimo cameo. En esta ocasión, el peculiar y variado grupo de superhéroes se las ve y se las desea con Ultrón, una suerte de robot producto de la inteligencia artificial que, como suele ser casi una obligación en un malvado que se precie, quiere finiquitar de un plumazo a la humanidad. El mayor atractivo del filme que dirige Joss Whedon -que repite de nuevo en estas lides-, más que en los reiterados y consabidos artificios visuales y efectos especiales y en la acción pura y dura, radica en la evolución individual y grupal de Los Vengadores -hasta se van de fiesta -. Vemos, por ejemplo, el incipiente romance entre Hulk (Mark Ruffalo) y la Viuda Negra (Scarlett Johansson), e incluso la estrecha colaboración laboral entre Capitán América (Chris Evans) y Thor (Chris Hemsworth), combinando escudo y martillo para machacar al personal, esta vez a una miríada de androides voladores. También conocemos más sobre la referida Viuda Negra y el propio Ojo de Halcón (Jeremy Renner), uno de los personajes que más han pasado desapercibidos hasta el momento en la franquicia, todo un padre de familia. Y, sobre todo, asistimos a la incorporación de nuevos miembros a este colectivo “filantrópico”. Por lo demás, y a pesar de las pinceladas oscuras y hasta místicas de esta segunda entrega, la cinta expele los mismos presupuestos de mamporros y de destrucción a mansalva de edificios, asfalto y mobiliario urbano de la ciudad de turno (cómo se nota que no están en elecciones), y por supuesto, la ironía siempre fina de Tony Stark-Iron Man (el ínclito Robert Downey Jr.). En cualquier caso, y sin que nos sorprendan por este camino -era muy difícil superar la primera parte de esta saga-, el entretenimiento al menos no falta a la cita.

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Adiós a la Tierra Media

Cartel de 'El Hobbit. La batalla de los cinco ejércitos'. / WARNER BROS.

Cartel de ‘El Hobbit. La batalla de los cinco ejércitos’. / WARNER BROS.

No sé cuándo veremos de nuevo en el cine el universo tolkeniano de elfos, enanos, orcos, trasgos, hobbits, magos y demás habitantes singulares de la indómita Tierra Media, léase ahora El Silmarillion, la recopilación de textos del celebérrimo escritor británico, publicada tras su muerte por su hijo Christopher Tolkien, que aún queda por llevar a la gran pantalla, aunque me temo que pasará mucho tiempo para ello, entre otras cosas, porque los derechos del libro los tiene su vástago (y ya sabemos las dificultades que pondrían los herederos para su adaptación, dado que no suelen demostrar demasiado entusiasmo) y porque, también hay que decirlo, estamos ya un pelín saturados de esta fantástica historia fantástica. Por lo pronto, el artífice de todo esto, Peter Jackson, se ha querido despedir a lo grande de su trilogía cinematográfica de El Hobbit, con una puesta en escena acorde con el subtítulo de este último filme: La batalla de los cinco ejércitos. Más acción que en las dos anteriores entregas, Jackson no escatima recursos para dotar de la épica necesaria a este epílogo, si bien no alcanza la sublimación ni la fuerza visual que logró en las apabullantes escenas de contiendas de la saga de El señor de los anillos. En cualquier caso, el director neozelandés ha dotado a la cinta, mucho más corta que las anteriores -tanto de las precuelas como de las secuelas- de un ritmo frenético y trepidante, no exento de cierta carga dramática, si bien con poco equilibrio, para rubricar una tríada correcta, muy inferior a la del Anillo en su concepción global, y eso que se le agradece el esfuerzo por filmar una obra como El Hobbit, más concebida y dirigida a un público infantil. Jackson aprovecha esta última ocasión para unir las dos sagas cinematográficas con cameos de personajes y con explicaciones argumentales y dar así continuidad a su vasto y costoso proyecto de extrapolar al séptimo arte el inabarcable mundo de J.R.R Tolkien. Ahora, vendrán la mercadotecnia final y las versiones ampliadas y demás parafernalia. Pero eso es otra historia…

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Guerreando por Grecia

Y volvieron los cachas griegos a enfrentarse con los pérfidos persas. Ya tenemos en la gran pantalla -y parece que con la aquiescencia del público, a tenor de los datos de espectadores- a 300: El origen de un imperio, un desafortunado y poco adecuado título, dicho sea de paso, para una secuela-precuela o como la quieran llamar de 300, la primera de esta particular, caleidoscópica y distorsionada serie sobre las Guerras Médicas que bebe de las novelas gráficas de Frank Miller. Si hace siete años la neumática épica espartana en las Termópilas estuvo dirigida por Zack Snyder, en este filme que nos lleva desde la batalla de Maratón a la de Salamina le ha tocado el turno detrás de las cámaras al novato Noam Murro (solo ha hecho una película: la comedia Gente inteligente), aunque Snyder -enfrascado otra vez en la segunda parte del rejuvenecido Superman- no se ha descolgado del todo del proyecto al ejercer de guionista. En la presente entrega, el grueso de la narración recae en la figura del estadista y general ateniense Temístocles (Sullivan Stapleton) y en su encarnizada lucha contra la invasión persa, con el ínclito Jerjes (Rodrigo Santoro, de nuevo en el papel de rey persa-drag) y, sobre todo, con la sátrapa Artemisia (un personaje también real, si bien aquí maleada debidamente para mayor gloria del personaje interpretado por la siempre atractiva Eva Green) como ilustres contrincantes. No faltan a esta nueva cita con el hiperrealismo muscular Gorgo, la esposa del maltrecho rey Leónidas, otra vez en la piel de Lena Heady (la rubia Cersei Lannister, la mala malísima de Juego de Tronos), el fiel lugarteniente espartano Dilios (David Wenham) y el deforme traidor Efialtes (Andrew Tiernan). Pese a reflejar la misma estética y presupuestos formales, se trata de un filme bastante inferior a 300: carece de la fuerza y de la estructura narrativa de su antecesora. La cinta se pierde un poco a la hora de engarzar y de homogeneizar una trama que abarca un decenio del siglo V a.C. (490-480) y que se empeña en hacer de Temístocles un trasunto de Leónidas cuando no lo es ni histórica ni cinematográficamente. En definitiva, un producto  audiovisual correcto, del que se podía haber sacado mucho más partido. Habrá que esperar pues al desenlace final de las cuitas entre helenos y medos.

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En tiempos de nadie

Allá lejos, en los inquietos años 80 del pasado siglo, proliferaron una serie de películas en las que se daba pábulo a los caballeros, a las princesas más o menos en apuros y a las brujas en sus diversas vertientes (algunas bastante agraciadas, por cierto; otras enormemente surtidas de verrugas y pústulas), bien con un escenario semihistórico como telón de fondo o recurriendo a tiempos pretéritos irreales que salían, en su mayor parte, de la siempre lúcida mente de algún creador de cómics. A bote pronto, y seguro que olvido varias, me vienen a la cabeza títulos como El señor de las bestias, Lady Halcón, Los señores del acero o el propio Conan, el bárbaro (y su posterior secuela: Conan, el destructor). Con mayor o menor fortuna, se trataba de productos entretenidos y bien elaborados; en definitiva, puro cine de evasión. Ahora, ha llegado a las pantallas En tiempo de brujas, cinta que lejos de ayudar a rescatar y revitalizar esta especie de subgénero fantástico lo que ha hecho realmente es volverlo a enterrar en lo más profundo. Desde luego, si habría que quemar a alguien en la hoguera, no sería a las pobres hechiceras, sino a los que han ideado este farragoso, estéril y pueril filme, en el que no se salva ni el apuntador, siquiera acaso Ron Perlman (¡penitenciagite!, cual émulo de su recordado Salvatore de En el nombre de la rosa, es lo que debería haber hecho por aceptar semejante bodrio) y un irreconocible y breve Christopher Lee, en la piel de un alto dignatario eclesiástico lleno de bubones. El director de la película, a la sazón Dominic Sena, artífice de Sesenta segundos, Operación Swordfish y Kalifornia, ha conseguido que Nicolas Cage descienda verdaderamente a los infiernos en un proyecto que, entre otras cosas, expide unos efectos especiales que devienen en lamentables. Y mira que había material para articular un producto atractivo: la peste, el oscurantismo de la época, la hipocresía religiosa… En resumidas cuentas, En tiempo de brujas resulta una película absolutamente prescindible, algo de lo que te das cuentas apenas transcurren tres minutos sentado en la butaca.

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