comedia ligera

Día de comedia en Manhattan

Timothée Chalamet y Elle Fanning, en 'Día de lluvia en Nueva York', dirigida por Woody Allen / EP

Los jóvenes actores Timothée Chalamet y Elle Fanning, en ‘Día de lluvia en Nueva York’, película dirigida por Woody Allen. / EP

Woody Allen siempre vuelve su  mirada a la ciudad que le vio nacer, a esa urbe inmensa que sirve de escenario a su universo de filias y fobias que tanto encanta a sus seguidores. El director neoyorquino ha recurrido a la cantera de Hollywood, a las caras de Timothée Chalamet y Elle Fanning, para protagonizar una  comedia romántica que recuerda a películas más recientes  de su filmografía, aunque sin llegar al nivel de Medianoche en París (2011), tal vez la cinta de referencia en esta postrera etapa. Día de lluvia en Nueva York, a la que Amazon Studios se negó a distribuir tras las acusaciones de abuso sexual formuladas contra Allen por su hija adoptiva Dylan Farrow, cuenta con la excelente fotografía del maestro italiano Vittorio Storaro, si bien lo que sobresale son sus diálogos lacerantes, plagados de cinefilia, y las interpretaciones de los mentados jóvenes valores, geniales en los papeles de dos universitarios con posibles, Gatsby y Ashleigh, prestos a pasar horas de asueto y cultura en la imprevisible Gran Manzana. Chalamet y Fanning llevan el peso de este filme de enredo, donde, en contraposición, los personajes de mayor edad que aparecen a lo largo de la lluviosa jornada están ataviados de clichés y superficialidad, a excepción de una brillante Cherry Jones , en el breve pero intenso papel de madre de este gran Gatsby de Allen, que al contrario del protagonista de la novela de F. Scott Fitzgerald, con el que comparte nombre y gusto por el jazz, lejos de ser propenso a las glamurosas fiestas, las rehuye. Y qué decir de esta Ashleigh demoledoramente encantadora, que rezuma ingenuidad y simpatía. Dirán, y quizás tengan razón, que Allen no aporta aquí nada nuevo; sin embargo, sí rejuvenece con nostalgia su ideario cinematográfico en esta sencilla delicia cocinada en Manhattan.

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No es una de romanos

Cine dentro del cine en 'Ave, César', filme dirigido por los hermanos Cohen. / UNIVERSAL

George Clooney es uno de los protagonistas de ‘Ave, César’, película dirigida por los hermanos Cohen. / UNIVERSAL

Los hermanos Coen, Joel y Ethan, siempre sorprenden, y casi siempre para bien. Son de esos creadores que pueden estar más o menos afortunados en sus propuestas, pero lo que paren sus fructíferas mentes lleva un inconfundible sello personal. Ahí tenemos la ristra de filmes que transitan por varios géneros, a los que suelen dotar de su particular sentido del humor, entre negro, absurdo, surrealista y esperpéntico, con nombres como Arizona Baby, Muerte entre las flores, Fargo, El gran Lebowski, Valor de ley o No es país para viejos. Los Coen viajan en su nuevo filme, ¡Ave, César!, al territorio de la sátira para ilustrar el apogeo del Hollywood clásico (popular, que diría algún sesudo historiador del cine), el del imperante star system, en el que ya estuvieron -apelando a otras claves- con Barton Fink. ¡Ave, César! resulta un animoso caleidoscopio del mundillo hollywoodense de los años 50, donde el estudio aún dominaba todos los aspectos de la industria, incluida la vida de sus propios actores y actrices. Con el macguffin del secuestro de una estrella del celuloide, protagonista de una película de romanos (en una clara alusión histriónica al Ben-Hur de William Wyler), por la pantalla aparecen sujetos y situaciones que formaban parte de un entramado perfectamente articulado para producir pasta gansa, desde actores inexpertos y de dudoso talento en su afán por escalar peldaños en su carrera, hasta reporteras de sociedad buscando una frívola exclusiva, pasando por guionistas con veleidades comunistas (referencia a la posterior caza de brujas emprendida por el senador McCarthy). En definitiva, el microcosmos de un sistema de producción que gustaba de historias bíblicas, dramones, westerns y musicales (con alusiones a su vertiente natatoria, es decir, las sirenas de Esther Williams). Y todo ello tomando como hilo conductor a un alto cargo del estudio en el que se desarrolla la trama, encargado de velar para que nada ni nadie falle, y que le da unidad a ese delicioso caos que los Coen nos presentan. ¡Ave, César! deviene en una comedia ligera y coral, a ratos divertida (con un reparto de quilates, compuesto por Josh Brolin, George Clooney, Scarlett Johansson, Ralph Fiennes, Alden Ehrenreich, Tilda Swinton, Frances McDormand, Channing Tatum y Jonah Hill), que funciona sobre todo como un homenaje vía parodia a un periodo fundamental en el séptimo arte. No es de las mejores de los Coen, pero merece la pena este ensayo de cine dentro del cine.

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Menú presidencial

La película está inspirada en Danièle Delpeuch

La última vez que degusté un plato gastronómico-fílmico francés (en diciembre pasado, para más señas) casi me atraganto. El chef, la receta de la felicidad, así se llamaba la película, dirigida por Daniel Cohen, y protagonizada por Jean Reno y Michaël Youn, con un pequeño y fallido cameo de Santiago Segura, me produjo, incluso, acidez de estómago, toda vez que esta auténtica astracanada, vano intento de comedia ligera, resultaba bastante difícil de digerir. Y como el homo sapiens siempre tropieza con la misma piedra, pues quise repetir, como el ajo, y… La cocinera del presidente es otro ejemplo peregrino de hacer que tu faz esboce algo parecido a la risa o refleje algún tipo de emoción. El filme, del realizador Christian Vincent, está inspirado en Danièle Delpeuch, la única mujer cocinera que, por el momento, ha ocupado la máxima responsabilidad culinaria en los ágapes presidenciales del Palacio del Elíseo; en su caso, durante dos años bajo el mandato del socialista François Mitterrand. En la cinta, Delpeuch se llama Hortense Laboire (la actriz Catherine Frot) y el presidente Mitterrand simplemente es el presidente (un neófito, en las lides interpretativas, Jean d’Ormesson). La historia de esta chef presidencial se cuenta de forma simultánea en dos etapas: cuando Laboire cocinaba en el Elíseo y cuando hacía lo propio en una base francesa en una isla de la Antártida, donde había arribado para desestresarse de tanta tensión gastronómica. La cocinera del presidente resulta desde el punto de vista narrativo un ejercicio sencillo y hasta placentero (acaso no lo es ver pasar delante de ti semejantes manjares y exquisiteces sin poder hincarle el diente), pero de la misma manera deviene en un filme plano y sin vigor, que no explota ni siquiera los presuntos momentos de mayor comicidad -escasísimos, por otra parte-. Paradójicamente, una película en la que pululan tantos olores y sabores te deja al final con una enorme sensación de hambre. Es lo que tiene la supuesta alta cuisine… Nada pantagruélica.

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Cocina fallida

Obvia decir a estas alturas que la gastronomía y el cine forman un maridaje perfecto. Sobran ejemplos de todos los colores y sabores, la mayoría geniales, de esta simbiosis entre dos de los grandes placeres de la vida (La gran comilona; El cocinero, el ladrón, su mujer y su amante; Comer, beber, amar; por mentar algunos). La última aportación al subgénero fílmico culinario -en su vertiente humorística- que ha llegado a la gran pantalla toma el nombre de El chef, la receta de la felicidad, producto que naufraga de manera flagrante desde su propia manera de concebirse y que parte de la disyuntiva -no resuelta- de ejercer de parodia o de comedia ligera, tesitura dubitativa que, lógicamente, lleva al fracaso. La historia, que dirige Daniel Cohen, no entra en el limbo de la originalidad (un peculiar aspirante a chef que logra una oportunidad en un establecimiento dirigido por un prestigioso cocinero amenazado con el cierre de la franquicia por no adaptarse a los nuevos tiempos) y parece una discreta copia humana de Ratatouille, genial filme de animación que a grandes rasgos narra lo mismo que la mentada cinta pero con infinita más gracia. De este caldero al fuego se salva un Jean Reno al que le van los papeles cómicos (más que nada por su pinta de serio), y que condimenta (apenas una pizca) el otro protagonista de la película, el popular humorista francés Michaël Youn (para los versados en papel cuché, conocido en España por sus amoríos con la Pataky). Defrauda, además, la presencia -efímera- de Santiago Segura, en la piel de un experto español en cocina molecular, quien -como curiosidad- en la versión doblada al castellano habla incomprensiblemente con deje galo (qué cosas). El chef, la receta de la felicidad resulta un fallido intento de hacer reír en grandes cantidades a pesar de contar con los ingredientes necesarios para elaborar un buen plato: el mundo de la alta cocina, los egos en los fogones, las innovaciones gastronómicas… Me temo que habrá que esperar a un mejor bocado.

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