comedia romántica

Tirando de Rovira

Dani Rovira y María Valverde son los protagonistas de 'Ahora o nunca'. / ANTENA3.COM

Dani Rovira y María Valverde son los protagonistas de ‘Ahora o nunca’.                                       / ANTENA3.COM

Si algo funciona, hay que tirar de ello. Y eso es lo que ha hecho la directora María Ripoll con Dani Rovira en Ahora o nunca, principal reclamo y baza de esta cinta. El monologuista malagueño, reconvertido en actor desde su irrupción en la maxitaquillera Ocho apellidos vascos (2014, Emilio Martínez-Lázaro), se ha convertido en el Hugh Grant patrio (aunque menos balbuceante que el británico), y en punta de lanza de la comedia romántica nacional. Tanto es así que en Ahora o nunca, otra película española que pulula de nuevo por el mundo de los enlaces matrimoniales, tras La gran familia española (2013, Daniel Sánchez Arévalo) y 3 bodas de más (2013, Javier Ruiz Caldera), Rovira acapara las escenas más hilarantes, en un filme un tanto irregular, con gags con escasa enjundia, y en un guión sin brillantez y previsible, con algunos diálogos trufados de clichés y lugares comunes y que encima no saca el partido adecuado a secundarios tan suculentos como Yolanda Ramos y Jordi Sánchez. Si en Ocho apellidos vascos -vista aquí como faro del camino del éxito- se escudriñaba las diferencias regionales en la piel de toro, en esta película se transita de una manera un tanto simple por las desemejanzas entre países (Gran Bretaña, Holanda) , si bien exacerbando la España cañí (ese ruidoso grupo capitaneado por la ya talludita Melody -sí, la del baile del gorila- que va en guagua caminito de la campiña inglesa). A Rovira lo acompañan en su devenir por Ahora o nunca las cumplidoras María Valverde y Clara Lago, bastantes duchas en estas lides, y poco más. La cinta de María Ripoll -directora, entre otras, de Lluvia en los zapatos (1998), Tortilla Soup (2001), Utopía (2003) y Rastros de sándalo (2014)- viene a confirmar la estrella fulgurante de este cómico en su segunda aparición en la gran pantalla como protagonista, al que le esperan muchos proyectos semejantes y que a pesar de que corra el peligro de encasillamiento, vista su enorme capacidad de adaptabilidad, no nos extrañe que depare más sorpresas con otros registros interpretivos.

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Don Porno

Cartel de 'Don Jon', ópera prima de Joseph Gordon-Levitt. / WANDA.ES

Cartel de ‘Don Jon’, ópera prima de Joseph Gordon-Levitt. / WANDA.ES

Pornófilo, católico y familiar. Estas son las credenciales que definen a Don Jon, personaje que da título a la ópera prima cinematográfica del prometedor actor Joseph Gordon-Levitt (lo hemos visto últimamente en películas de corte fantástico como El caballero oscuro: la leyenda renace y en Looper), que además de dirigir el filme también rubrica su guión. Entre tanta comedia romántica bobalicona, pueril, artificiosa, resabiada, previsible y sin chispa que aparece con demasiada frecuencia por la gran pantalla (seguro que les vienen a la mente un buen puñado de ellas), se agradecen planteamientos y aportaciones como las de Gordon-Levitt, quien ha insuflado una dosis de aire fresco a este acomodado subgénero con una propuesta entre canalla y desenfadada. La trama de Don Jon es de una sencillez devastadora pero a la vez cautivadora (perdonen la rima), a saber: un chulesco joven, currante, independiente, amante del gimnasio, amigo de sus amigotes, que presume de coche y que los fines de semana, además de no faltar los domingos a misa, se convierte en un auténtico donjuán. No obstante, en su cosmovisión, por encima de todo y antes (y después) que sus frecuentes relaciones esporádicas reales, está el porno en Internet, que venera como un poseso, hasta que un día decide encauzar su masturbatoria existencia… Joseph Gordon-Levitt se ríe de una manera muy personal de muchas cosas, pero sobre todo de la agotada fórmula de ida y vuelta de “chico conoce chica, rompe con chica, se reconcilia con chica y todos felices y a comer perdices”. Le acompañan en su particular periplo vital, aderezado con un atractivo esquema y un excelente ritmo en la narración, una siempre deslumbrante Scarlett Johannson, en un papel a caballo entre juani y pija con tendencia a la manipulación, y una sobria a la par que interesante Julianne Moore. Incluso destaca en el reparto el televisivo Tony Danza -los más talluditos y avezados en las series estadounidenses recuerdan sus interpretaciones en series como ¿Quién manda a quién? o Taxi-, aquí en la piel de puretón padre italoamericano con demasiada testosterona. Una muy recomendable cinta para pasar al menos un hedonista y divertido rato.

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Película bipolar

Una de las escenas de la película

El éxito de los géneros híbridos radica en la laxitud y en la habilidad de escaparse de los encorsetamientos y de los límites académicos, lo que suele desconcertar positivamente al espectador. Es el caso de las denominadas dramedias, que coquetean sin remisión entre ambos ámbitos aunque al final la balanza siempre se decante (para bien o para mal) de una parte. En El lado bueno de las cosas gana a los puntos la comedia romántica, a pesar de los fuertes rasgos dramáticos que la presiden y que en algunos instantes nos hacen dudar vivamente del camino que seguirá el filme. Y es que cada vez más nos gustan menos los estereotipos y sí las situaciones inusuales. David O. Russell (Tres reyes, The Fighter), que además de dirigir el filme firma el guión, ha sabido captar la atención con un caramelo de esos que, aparte de tener un envoltorio atractivo, poseen  un sabor variable, como un zumo multifrutas, en esta singular historia -basada en un relato corto de Matthew Quick– sobre un hombre con trastorno bipolar que quiere reconducir su vida después de pasar ocho meses en el psiquiátrico por un episodio violento tras hallar en la ducha a su mujer y su amante.

De Niro, en una de las escenas de la película

Esta cinta, que veremos en los premios Óscar, donde compite con ocho nominaciones, cuenta con un sorprendente e inusual Bradley Cooper, uno de sus elementos más sobresalientes, con una interpretación de altura que lo aleja de los papeles con cierto toque gamberro a los que nos tiene acostumbrados. Su actuación, junto a la prometedora Jennifer Lawrence, en la piel de una joven viuda que ayuda a exorcizarlo a través del baile, y, sobre todo, la de un resucitado De Niro (sin duda, de lo mejorcito que ha hecho en los últimos años), en la tesitura de un peculiar padre con un trastorno obsesivo-compulsivo, dan lustre a una película con un epílogo bastante previsible y edulcorado. El lado bueno de las cosas abunda en la sana sensación de que al final la cordura siempre es relativa en este mundo de marras, que parece que necesita de unas buenas dosis de desenfreno.

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El París de Woody

Siempre nos quedará París. La mítica frase de Casablanca ya señalaba a la ciudad de las luces, paradigma del romanticismo  y de la bohemia, como uno de los lugares físicos de la nostalgia. Allí ha puesto sus ojos Woody Allen, el más europeo de los directores estadounidenses, que prosigue su periplo por el Viejo Continente como un turista nada accidental. Una comedia romántica en París de la mano de Allen tiene muy poco o nada de convencional. Y así es. Medianoche en París supone un doble viaje por el mismo precio al corazón de la capital francesa. El director neoyorquino guía al espectador por el presente de una ciudad pero también por su pasado, un tiempo pretérito que desemboca, principalmente, en una de las épocas doradas, los años 20 del pasado siglo, donde por la conocida urbe pululaba lo más granado de la cultura internacional. Owen Wilson, alter ego en esta ocasión de Allen, que interpreta a un guionista con aspiraciones de escritor, deambula por clubes en los que se topa con Scott Fitzgerald, Ernest Hemingway, Picasso, Cole Porter, Dalí, Buñuel y demás personajes gloriosos de un tiempo inolvidable. La evocadora noche parisina sirve de mecanismo para el cambio temporal, algo que recuerda al trasiego de lo real a lo aparentemente irreal de La rosa púrpura del Cairo. El protagonista  -sin la capacidad camaleónica de un Leonard Zelig- se deja aconsejar por Hemingway y Gertrude Stein sobre su futura novela, o se permite -de manera ventajista- comentar a Buñuel que debería realizar una película acerca de un grupo de burgueses que no pueden salir de una habitación a pesar de que nadie se lo impide (El ángel exterminador). Allen no renuncia a sus ingeniosos diálogos, no exentos de críticas políticas (puyas a los republicanos y al movimiento Tea Party), y no duda en hacer guiños francófilos, empezando por el anecdótico papel de guía turístico de Carla Bruni. El genio de la Gran Manzanza adopta en Medianoche en París los ropajes de la sencillez para cautivarnos a todos.

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