comedia

Dos en la carretera

Viggo Mortensen y Mahershala Ali son los protagonistas de la oscarizada 'Green Book'. UNIVERSAL PICTURES

Viggo Mortensen y Mahershala Ali son los protagonistas de la oscarizada ‘Green Book’, de Peter Farrelly. UNIVERSAL PICTURES

Y mira tú por dónde, Green Book se llevó finalmente el gato al agua en la categoría mejor película en los pasados Óscar, en detrimento de la gran favorita, Roma, del mexicano Alfonso Cuarón. La película, dirigida por Peter Farrelly, otrora adalid de la comedia más gamberra y escatológica junto a su hermano Bobby (recordemos Algo pasa con Mary; Yo, yo mismo e Irene o Dos tontos muy tontos), deviene en un producto artesanal y sencillo, sin grandes alharacas, pero bien estructurado que, no obstante, ha logrado alzarse con el premio Gordo de la Academia de Hollywood. Green Book, que hace referencia al libro de color verde que servía de guía para alojamientos y otros servicios de ocio y restauración para la comunidad afroamericana, narra las vicisitudes sufridas, durante una gira por los estados del sur estadounidense, por el pianista negro Don Shirley, en la piel de Mahershala Ali, y por Tony Lip Vallelonga, su ocasional y bizarro chófer italoamericano, interpretado por Viggo Mortensen. Se trata de una muy particular road movie que transita más por la carretera del ensalzamiento de la amistad a prueba de prejuicios que por las procelosas vías de pronunciadas curvas del racismo imperante en la época, la Norteamérica de principios de la década de los 60 de la pasada centuria, aunque lógicamente este sirve de trasfondo de la historia. Farrelly, que firma el libreto de este complaciente y correcto filme junto a Brian Hayes Currie y Nick Vallelonga (hijo del mentado Tony Lip), ha tenido la habilidad de articular, con estereotipos antagónicos que confluyen  -algo mil veces visto ya en el cine-, un filme con vivaz candencia y brillantes diálogos, cimentado en las dos sólidas y meritorias actuaciones del siempre versátil Viggo Mortensen y del sobrio Mahershala Ali -¿acaso el nuevo Denzel Washington?-, quien ganó la preciada estatuilla por este papel.

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Duelo en la corte

Olivia Colman interprera a la reina Ana Estuardo en 'La favorita', la nueva película de Yorgos Lanthimos. / FOX

Olivia Colman interprera a la reina Ana Estuardo en ‘La favorita’, la nueva película de Yorgos Lanthimos. / FOX

La Historia es siempre un buen lugar para hurgar en sus vericuetos y hallar relatos sugerentes. El triste acontecer de la reina británica Ana Estuardo -que perdió más de una quincena de hijos- y las veleidades de dos de sus íntimas colaboradoras y consejeras, Sarah Churchill, marquesa de Marlborough -ascendiente de personajes como Winston Churchill y Lady Di-, y su prima Abigail Masham, sirve de excepcional marco, con las consabidas licencias del libreto firmado por Deborah Davis y Tony McNamara, al sui géneris director griego Yorgos LanthimosCanino (2009), Langosta (2015)- para dar rienda suelta en La favorita a una vehemente reflexión sobre el poder y la nefanda atracción que ejerce; aquí, además, desde el nunca bien ponderado -y poco reflejado- punto de vista femenino. Con una elaborada y estética puesta en escena, jalonada por una extraordinaria fotografía que retrata con sapiencia y pericia una época, principios del siglo XVIII, y un sistema de imágenes donde campa con frecuencia el ojo de pez y el gran angular, Lanthimos esboza un ácido y mordaz fresco, plasmado a través un triángulo amoroso en los que cada uno de sus lados ocupa su lugar sin apenas concesiones: Sarah (Rachel Weisz), para mantenerse a toda costa en su posición de medrar; Abigail (Emma Stone), con sus descaradas aspiraciones arribistas, y la achacosa reina Ana (Olivia Colman), necesitada de afecto y atenciones tras sus desgracias, pero que, a pesar de su naturaleza caprichosa y de su aparente indolencia y abulia, sabe de sobra que es el eje fundamental en el que pivota todo. Este juego alrededor del trono, trufado de diálogos lacerantes, llenos de irónicas réplicas y contrarréplicas, se sustenta en las excelentes y cruzadas interpretaciones del trío protagonista, en el que destaca sobremanera la notabilísima actuación de la inglesa Olivia Colman, ganadora del Globo de Oro y nominada a mejor actriz en los próximos Óscar por esta cinta, al igual que sus dos compañeras, aunque en la categoría de reparto. La favorita es un filme con una potente fuerza visual y narrativa que transita en paralelo y con éxito por el humor negro y la descarnada tragedia.

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Desmontes Sorrentino

Fotograma de 'Silvio (y los otros)', de Paolo Sorrentino.

Toni Servillo protagoniza ‘Silvio (y los otros)’, una película de Paolo Sorrentino,

Nada mejor que usar la caricatura, recurrir a lo grotesco o a lo frívolo e hiperbólico para desmontar algo o a alguien. Paolo Sorrentino lo ha hecho con fina crueldad en Silvio (y los otros), lanzando hirientes andanadas, no exentas de cargas de fascinación, para deconstruir una época recientísima de la historia transalpina y al personaje que mejor la representó y que responde al sobrenombre de Il Cavaliere. El director italiano, tal vez el mejor heredero de Fellini, o al menos de su esencia, se acerca a la controvertida figura de Berlusconi en un filme que es en realidad el resultado del montaje final, con sus consiguientes recortes, de otros dos, un ensamble que se nota en su estructura global, lo que queda, sin embargo, en un segundo término ante el lacerante, ácido y decadente fresco que nos ofrece. Sorrentino entra a saco desde el primer instante. Una oveja absorta ante el televisor, clara metáfora del borreguismo de una sociedad inmóvil y adocenada que no es capaz de reaccionar, nos introduce en la cinta, en una primera parte en la que se suceden, casi a golpe de videoclip desaforado, los ímprobos esfuerzos de un arribista de provincias sin escrúpulos llamado Sergio Morra (Riccardo Scamarcio) por prosperar a toda costa mediante fiestas desenfrenadas para atraer a políticos y empresarios y, por encima de todo, para llamar la atención de Él (Él, es, obviamente, Berlusconi), que pulula como el Dios al que no se ve pero que está omnipresente. Y ahí, en este segundo tramo de metraje, es cuando emerge el personaje central sobre el cual gira el universo. Il Cavaliere visto por los ojos de Sorrentino, quien alimenta y deifica su figura para ridiculizarlo poco a poco. Un Silvio relativista y cínico, encarnado por un más que genial Toni Servillo, que pone buena cara a los que le critican y que permanece impasible tanto a sus lisonjeros como a sus detractores-ni se inmuta cuando una joven invitada a sus exclusivas fiestas le dice que su aliento es como el de su abuelo-. Este adelantado de la posverdad, mesías del todo es posible, al que Sorrentino incluso amaga con redimir -en realidad, una mera y breve engañifa-, generando empatía a través de la reflexión sobre el paso del tiempo -otra de las constantes del realizador italiano: La gran belleza y La juventud, como prueba-, pero no cuela… Su mofa y befa no tiene tregua.

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Sátira soviética

Cartel de 'La muerte de Staín', película del director escocés de ascendencia italiana Armando Iannucci.

Cartel de ‘La muerte de Staín’, película del director escocés de ascendencia italiana Armando Iannucci.

Satirizar el poder y a los que lo ejercen, especialmente quienes lo hacen de forma totalitaria, y caricaturizarlos hasta la saciedad resulta siempre una saludable práctica que, lejos de relativizar hechos y acciones, ayuda a percibir iniquidades y desenmascarar supuestas ideologías; ya lo hizo en 1940 Charles Chaplin con su impagable El gran dictador, ridiculizando a Hitler y a Mussolini, y de manera más cercana en el tiempo, aunque con otras claves y giros más desaforados y menos artísticos, Seth Rogen y Evan Goldberg en la burlesca The interview (2014), sobre el omnipresente líder norcoreano Kim Jong-un. La muerte de Stalin, de Armando Iannucci, es una nueva vuelta de tuerca a la hora de acercarnos a la historia en mayúsculas desde la perspectiva del humor, del humor negro. Esta lúcida comedia coral coloca la lupa sobre los momentos previos a la muerte de Stalin y la carrera por su sucesión entre la camarilla que lo rodeaba: Georgy Malenkov (Jeffrey Tambor), Vyacheslav Molotov (Michael Palin), Lavrenti Beria (Simon Russell Beale) y Nikita Kruschev (Steve Buscemi), quien a la postre, como sabemos, se hizo con las riendas de la todopoderosa Unión Soviética. Tomando como referencia la novela gráfica de Fabien Nury y Thierry Robin acerca de estos hechos, el escocés de ascendencia italiana Iannucci, creador de la popular serie Veep (HBO), traza un hilarante y trepidante fresco de este convulso capítulo histórico, que acabó con la amplia etapa del bigotudo dictador georgiano. Con tono incisivo, Iannucci dispara una batería de recursos que van desde el sarcasmo hasta el absurdo para reflejar los inestables mimbres de la cúpula del régimen dictatorial soviético, un conjunto sustentado por las excelentes prestaciones interpretativas del nutrido elenco (completado por Jason Isaacs, como Georgy Zhukov; Rupert Friend, como Vasily Stalin, y Olga Kurylenko, en el personaje de Maria Yudina), y sobre todo de Buscemi, en la piel del oportunista e intrigante Kruschev. El miedo permanente, la represión a través de purgas, la traición tras la vuelta de la esquina y el desbocado ansia de poder son las cuatro patas sobre las que asienta el filme, barnizadas cada una de ellas por una buena capa de parodia, que permanece presente en la mayor parte del metraje para en su epílogo dar paso de golpe a una crudeza que, como tal, nunca tiene nada de graciosa.

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Sublimar el fracaso

Los hermanos Franco, Dave y James, protagonizan la comedia 'The disaster art'.

Los hermanos Franco, Dave y James, protagonizan la comedia ‘The disaster art’.

Hacer una buena película de la peor película del mundo. Esa fue la ardua tarea a la que se encomendó James Franco en The disaster artist, ganadora de la Concha de Oro en el pasado Festival de Cine de San Sebastián, que relata las peripecias de un peculiar outsider del séptimo arte llamado Tommy Wiseau para rodar The room (2003), considerada en los USA una cinta de culto y no precisamente por su estándares interpretativos y de calidad. Plasmar el desastre o reflejar cómo hacerlo rematadamente mal detrás y delante de las cámaras, de tal modo que parezca incluso el reverso de una genialidad, no es algo nuevo en el celuloide contemporáneo, ya lo testimonió con maestría Tim Burton con su entrañable Ed Wood (1994), película que toma el nombre del visionario director de los años 50, también objeto de culto de las hordas cinéfilas más underground por sus inclasificables productos de serie B (Glen o Glenda, La novia del monstruo, Plan 9 del espacio exterior); si bien Wood, a diferencia de Wiseau, declarado admirador confeso de James Dean, al menos recibió de viva voz un sabio consejo del director de directores, Orson Welles, quien supuestamente le dijo: “Sobre todas la cosas, debes tener una en mente. Debes hacer realidad tus sueños, no vivir la vida de nadie”. Franco, flamante ganador días atrás del Globo de Oro al mejor actor de comedia por este filme -aunque ha saboreado poco las mieles del premio por las recientes acusaciones de acoso sexual formuladas por varias actrices-, apostó todo con un caballo ganador: la caracterización casi mimética del personaje de Wiseau y su pasotismo histriónico, que copa todo el metraje de esta sátira distorsionada del sueño americano -o tal vez una casposa visión del mismo-. Resulta divertido y sumamente hilarante ver la sucesión de intríngulis en la gestación y ejecución de semejante despropósito, y si Burton reivindica a la extravagante figura de Ed Wood, Franco sublima con The disaster artist el aparente fracaso de un filme pergeñado por un tipo que quería a toda costa, sin complejos y sin ningún rubor, ser cineasta… O algo parecido…

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En la corte de Judi Dench

Fotograma de la película 'La reina Victoria y Abdul'. / UNIVERSAL

La actriz británica Judi Dench y el actor indio Ali Fazal protagonizan la película ‘La reina Victoria y Abdul’. / UNIVERSAL

 

La historia moderna de Gran Bretaña copa últimamente la cartelera. A Dunkerque y a Churchill se le ha unido ahora La reina Victoria y Abdul, que bucea en la hasta hace poco desconocida relación de amistad que mantuvo en el crepúsculo de su existencia la monarca británica con un sirviente indio de religión musulmana. No es ni de lejos la primera vez que la vida -o parte de ella- de la también emperatriz de la India salta a la gran pantalla. Hace pocos años, en 2009, aparecía La reina Victoria, protagonizada por Emily Blunt, que se centraba en los amoríos con su consorte, el príncipe Alberto, algo que se repite en la actual serie televisiva sobre la soberana del Reino Unido. En la que nos concierne, La reina Victoria y Abdul, y yendo directo al grano, solo la salva de caer en el inmediato olvido la excelsa interpretación de esa dama de la escena llamada Judi Dench, que en absoluto resulta ajena a esto de ponerse en la piel de reinas de la Pérfida Albión, huelga decir que ya hizo de la propia Victoria en Mrs. Brown (1997) -que exploraba también otra relación con un cercano fámulo- y de Isabel I en Shakespeare in Love (1998), por la que, por cierto, ganó el Óscar. En este nuevo lance monárquico, Dench borda de manera inmensa a la achacosa cascarrabias de su graciosa majestad -que reinó sobre el imperio entre 1837 y 1901-, en un irregular filme dirigido por alguien que suele ser tan solvente como Stephen Frears, quien aquí fracasa a la hora de equilibrar la narración, que arranca claramente por el terreno de la comedia, enfatizando el carácter huraño de Victoria y abundando en situaciones pródigas de humor, como el rígido y ridículo protocolo regio, para ir descendiendo luego a territorios más dramáticos, donde la cinta pierde frescura e interés. El actor Ali Fazal, que encarna a Abdul, se limita a cumplir como puede su cometido, y al que tampoco ayuda el libreto de la película, que no profundiza en las motivaciones para admirar ciegamente a la reina Victoria -viniendo de donde viene y en un contexto de colonización-. Se trata, pues, de una cinta sin mucho recorrido que merodea por lo políticamente correcto sin morder de verdad en las cuestiones más espinosas.

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Jaleo setentero

Ryan Gosling y Russell Crowe, protagonistas de 'Dos buenos tipos'. / WARNER BROS.

Ryan Gosling y Russell Crowe son ‘Dos buenos tipos’. / WARNER BROS.

 

Dos buenos tipos, traducción libre en España de The nice guys, es una de las películas más potables de la actual cartelera preveraniega. Una divertida y entretenida -lo que ya es mucho decir para cómo está el patio del celuloide- comedia con tintes de thriller protagonizada por dos actores que no suelen explotar en demasía su vis cómica, el neozelandés Russell Crowe y el canadiense Ryan Gosling, cuyas aportaciones a este género se limitaban hasta la fecha a los filmes de corte romanticón y poco más. Sin duda, una pica en Flandes de ambos en su lustrosa carrera cinematográfica, y cuya química en pantalla supone uno de los pilares de este filme con aire eminentemente vintage -transcurre a finales de los años 70 de la pasada centuria en Los Ángeles, ya saben, pantalones acampanados, camisas con motivos geométricos o florales, pelos alborotados, patillas por doquier, música disco, etc-. Además de las geniales interpretaciones de Crowe y de Gosling -este, un pelín histriónico en alguna que otra escena, por ponerle algo en su debe-, en la piel de una especie de matón a sueldo y de un desastroso detective privado a cargo de una hija adolescente (la actriz Angourie Rice), respectivamente, que se ven envueltos en una truculenta trama de denuncia ecológica con película porno de por medio, Dos buenos tipos sobresale por sus agudos diálogos y por el punto canalla e irreverente que destila. La cinta, orquestada por el director, guionista y actor Shane Black (Kiss Kiss Bang Bang, Iron Man 3), recuerda de refilón a series setenteras de polis y detectives, como Starsky y Hutch y Colombo -el personaje de Gosling y el interpretado por Peter Falk comparten su querencia a la heterodoxia-, lo que da un plus. Por el resultado y porque va funcionar muy bien en taquilla, a buen seguro que veremos más pronto que tarde a esta imprevista pareja en una secuela.

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Agente escatológico

 

El cómico Sacha Baron Cohen es Nobby en 'Agente contrainteligente'. / REUTERS

Nobby, el nuevo personaje de Sacha Baron Cohen, protagoniza ‘Agente contrainteligente’. / REUTERS

Sacha Baron Cohen es un cómico con inclinación a los excesos, de esos que te encantan o, por el contrario, abominas de ellos. Reconozco que en los mockumentarys (falsos documentales) Borat (2006) y Brüno (2009), basados en sus personajes homónimos, el perseverante periodista kazajo y el fashion reportero austríaco, respectivamente, se pasa un rato divertido con sus ocurrencias y salidas de tono; sin embargo, con El dictador (2012) las expectativas de este irreverente, canalla y socarrón humorista británico bajaron un escalón. Baron Cohen ha regresado a la pantalla con Agente contrainteligente (carpetovetónico nombre que le han dado en la patria de Cervantes al título original del filme, The Brothers Grimsby), en la que lejos de parodiar las películas de espías, reduce el producto a un mero recital compulsivo de escenas escatológicas. No digo que no sueltes algunas sonoras carcajadas con las pintorescas situaciones que plantea (la seminal secuencia en el interior de las partes nobles de una elefanta, por ejemplo) y los dardos que lanza a determinadas celebridades, pero sí se trata de una irregular comedia de la que se podía haber sacado mucha más pólvora del ácido arsenal que atesora Baron Cohen, aparte de su consabido recurso a la megaexageración. En el filme, que dirige el francés Louis Leterrier, un conocido realizador de largometrajes de acción (The Transporter, Transporter 2, El increíble Hulk, Furia de Titanes), Baron Cohen interpreta a Nooby, un hooligan británico con progenie numerosa que encuentra después de muchos años sin saber de él a su hermano Sebastian, convertido ahora en un letal agente del MI6, que no es otro que el rudo Mark Strong, por otra parte, lo mejor de una cinta en la que sirve de contrapunto “serio” a tanto despiporre , y en la que la presencia de Penélope Cruz es meramente anecdótica y testimonial, casi un cameo.

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No es una de romanos

Cine dentro del cine en 'Ave, César', filme dirigido por los hermanos Cohen. / UNIVERSAL

George Clooney es uno de los protagonistas de ‘Ave, César’, película dirigida por los hermanos Cohen. / UNIVERSAL

Los hermanos Coen, Joel y Ethan, siempre sorprenden, y casi siempre para bien. Son de esos creadores que pueden estar más o menos afortunados en sus propuestas, pero lo que paren sus fructíferas mentes lleva un inconfundible sello personal. Ahí tenemos la ristra de filmes que transitan por varios géneros, a los que suelen dotar de su particular sentido del humor, entre negro, absurdo, surrealista y esperpéntico, con nombres como Arizona Baby, Muerte entre las flores, Fargo, El gran Lebowski, Valor de ley o No es país para viejos. Los Coen viajan en su nuevo filme, ¡Ave, César!, al territorio de la sátira para ilustrar el apogeo del Hollywood clásico (popular, que diría algún sesudo historiador del cine), el del imperante star system, en el que ya estuvieron -apelando a otras claves- con Barton Fink. ¡Ave, César! resulta un animoso caleidoscopio del mundillo hollywoodense de los años 50, donde el estudio aún dominaba todos los aspectos de la industria, incluida la vida de sus propios actores y actrices. Con el macguffin del secuestro de una estrella del celuloide, protagonista de una película de romanos (en una clara alusión histriónica al Ben-Hur de William Wyler), por la pantalla aparecen sujetos y situaciones que formaban parte de un entramado perfectamente articulado para producir pasta gansa, desde actores inexpertos y de dudoso talento en su afán por escalar peldaños en su carrera, hasta reporteras de sociedad buscando una frívola exclusiva, pasando por guionistas con veleidades comunistas (referencia a la posterior caza de brujas emprendida por el senador McCarthy). En definitiva, el microcosmos de un sistema de producción que gustaba de historias bíblicas, dramones, westerns y musicales (con alusiones a su vertiente natatoria, es decir, las sirenas de Esther Williams). Y todo ello tomando como hilo conductor a un alto cargo del estudio en el que se desarrolla la trama, encargado de velar para que nada ni nadie falle, y que le da unidad a ese delicioso caos que los Coen nos presentan. ¡Ave, César! deviene en una comedia ligera y coral, a ratos divertida (con un reparto de quilates, compuesto por Josh Brolin, George Clooney, Scarlett Johansson, Ralph Fiennes, Alden Ehrenreich, Tilda Swinton, Frances McDormand, Channing Tatum y Jonah Hill), que funciona sobre todo como un homenaje vía parodia a un periodo fundamental en el séptimo arte. No es de las mejores de los Coen, pero merece la pena este ensayo de cine dentro del cine.

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Clases de filosofía (y más) con Woody

Emma Stone y Joaquin Phoenix son los protagonistas de la última película de Woody Allen. / EUROPA PRESS

Emma Stone y Joaquin Phoenix protagonizan ‘Irrational Man’. / EUROPA PRESS

El sentimiento de culpabilidad a colación de un crimen retorna a la filmografía de Woody Allen, aspecto que ha tocado ya en cintas de la talla de Delitos y faltas (1989), Match Point (2005) y El sueño de Casandra (2007). En esta misma trayectoria temática se ubica Irrational Man, la última película del genio neoyorquino, un drama encapsulado de comedia ligera que tiene como actores principales a Joaquin Phoenix y a Emma Stone  -que repite aquí con Allen tras la grácil Magia a la luz de la luna (2014), lo que la convierte poco menos que en su nueva musa-. Un extraordinario Phoenix es Abe Lucas, un maduro, desaliñado y prestigioso profesor de filosofía desencantado de la vida, que vuelve a dar clases, después de un parón existencial, en una pequeña universidad de la costa este norteamericana. Y Stone es Jill, una avispada e inconformista alumna que se enamora del abatido docente e inicia un idilio con él. Pero a Abe no le estimula lo suficiente ni su nuevo trabajo ni la entusiasta compañía de la joven ni la madura profesora con la que mantiene ocasionales encuentros sexuales, de nombre Rita -interpretada por Parker Posey-. Su verdadera resurrección como persona llega del atractivo de ejercer como particular juez del destino, de erigirse en singular y desconocido ángel de la guarda y de intentar cometer de paso el crimen perfecto. Si en Match Point el protagonista, tras acabar con su amante, “justificaba” su huida hacia adelante por mor de su recién alcanzado estatus social, aquí la culpabilidad se “obvia” y relativiza en favor de un supuesto altruismo, aunque Abe cae en el mismo juego: no quiere perder su remozada existencia. Woody Allen juega a la vez a profesor de filosofía y a maestro del suspense, buena mezcla que corona con un excelente epílogo que demuestra que este tipo bajito y con gafas de pasta sigue al pie del cañón y con cuerda para rato.

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