comedia

Mambrú sí fue a la guerra

Fotograma de 'Un día perfecto'. / EUROPA PRESS

Fotograma de ‘Un día perfecto’. / EUROPA PRESS

El cine no suele menudear películas sobre el mundo de los cooperantes, a no ser como aspecto secundario o para subrayar el contexto de una trama. Un ejemplo de ello lo tuvimos meses atrás con el fallido thriller titulado Caza al asesino, dirigido por Pierre Morel y protagonizado por Sean Penn y Javier Bardem, en el que se utiliza la figura de una ONG y de varios de sus miembros como mero MacGuffin. Fernando León de Aranoa (Barrio, Los lunes al sol, Príncesas), en su esperado regreso al celuloide, viene a paliar en parte este déficit con Un día perfecto, obra que bebe de la novela Dejarse llover, de Paula Faría. Con un reparto internacional encabezado por dos auténticos baluartes en la interpretación cinematográfica contemporánea, Benicio del Toro y Tim Robbins, en la piel de dos activistas pasados de vueltas, acompañados de Olga Kurylenko y Mélanie Thierry, León de Aranoa nos saca de sus habituales escenarios urbanos para llevarnos a la inestable zona de los Balcanes en los años 90, donde aún colea en el ambiente el horripilante conflicto que azotó la región. La labor ardua y callada -también ingrata y muchas veces incomprendida- del cooperante se erige como vehículo para radiografiar la sinrazón de la guerra y el perceptible odio en la aparente y a la postre falsa normalidad del alto el fuego, en el que campea a sus anchas la inmovilista burocracia (en este caso, la de Naciones Unidas). El pozo del que hay que sacar un cadáver que está contaminando el agua de una población sirve como punto de partida y final -acaso metáfora- de un filme que transita el drama subyacente con pinceladas de humor en forma de lustrosos diálogos. El descreimiento de Mambrú -así se llama Benicio del Toro en su papel, en clara alusión al personaje que “se va a la guerra” de la popular canción infantil- rivaliza con la locura motivadora de Tim Robbins en el trabajo, mientras sus dos jóvenes partenaires intentan poner cierta mesura. La violencia se palpa en las situaciones, no se explicita, está en los gestos, en los silencios, en las miradas de esta peculiar road movie rural de ida y vuelta que traza un día perfecto en la imperfección del ser humano.

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Padrino de risa fácil

Josh Gad y Kevin Hart protagonizan 'El gurú de las bodas'. / SONY PICTURE

Josh Gad y Kevin Hart protagonizan ‘El gurú de las bodas’. / SONY PICTURE

El cine y las bodas forman un matrimonio de conveniencia en el mundo de la comedia, que ha dado mucha rentabilidad en la taquilla, con películas ciertamente notables; recordemos, a modo de ejemplos más significativos, Cuatro bodas y un funeral o La boda de mi mejor amigo e incluso, con un punto más exótico y en otras claves, La boda del monzón. Sin embargo, como todo filón, tiende a agotarse de tanto machacar la veta, y aunque esta especie de subgénero ha tenido cierta revitalización en los últimos tiempos, especialmente en productos patrios, ahí están La gran familia española y Tres bodas de más, no deja de merodear en los pastos de los típicos tópicos, y también de manera frecuente en el solar del aburrimiento. La última aportación a la causa se titula El gurú de las bodas. Al igual -mejor, de manera levemente parecida, para no pasarnos- que ocurrió con el primer Resacón en Las Vegas, del que toma sus presupuestos más canallas, la película se desmarca un tanto de la línea marcada, no por los clichés, algo que resulta bastante difícil de eludir en este campo, sino por su surrealista argumento, su franca apuesta por lo canalla, y su absoluta falta de pretensiones. Y es que para hacer humor, ya sea sofisticado al estilo Lubitsch, o más chusco y desenfadado, cuando no escatológico, hay también que tener gracia, y al menos esta cinta logra sacarte dos o tres carcajadas, no solo a ti, sino al respetable de la butaca, lo que a estas alturas se agradece. El filme, que narra las peripecias de un joven sin amigos (Josh Gad) a punto de casarse que contrata a un padrino postizo (Kevin Hart) y a un grupo de tarados como testigos de boda, destila momentos hilarantes y gamberros. Eso sí, resta puntos a esta cinta dirigida por Jeremy Garelick la particular traducción al español de algunas frases, así como determinadas coletillas, en un cuestionable doblaje que lleva las voces de Dani Martín y Florentino Fernández en los papeles protagonistas. Obviamente, El gurú de las bodas no va a pasar a la historia de la comedia, pero sí es de esos filmes que como te coja en un día tonto, de escasa exigencia y en modo poco estupendo, igual te diviertes un rato.

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Un Depp sin mucho arte

Cada vez que veo al ínclito Johnny Depp transitando por la comedia o sucedáneos con toques de aventura o fantasía, veo irremisiblemente de una u otra manera, con sus matices y subrayados, al inefable personaje del capitán Jack Sparrow, ya sea en la piel del lustroso vampiro gótico Barnabas Collins de Sombras tenebrosas (2012), de su amigo y benefactor cinematográfico Tim Burton, o en el cien veces histriónico Sombrerero Loco de Alicia en el País de las Maravillas (2010), o al excéntrico Willy Wonka de Charlie y la fábrica de chocolate (2005), ambas en las versiones ideadas por el mentado director californiano; incluso lo veo en el personaje del indio Toro en El llanero solitario (Gore Verbinski, 2013), eso sí, lacónico en la verborrea, aunque con un cierto parecido con el pirata en su caracterización. Y lo vuelvo a ver en Mortdecai, su nueva película, dirigida por David Koepp, en la que interpreta a un taimado marchante de arte a la búsqueda de un cuadro perdido de Goya que contiene en su reverso un código secreto, atosigado en todo momento por la mafia rusa y el espionaje británico y con una esposa un tanto esquiva. Basado en los libros de Kyril Bonfiglioli protagonizados por el coleccionista -un tanto canalla pero distinguido- Charlie Mortdecai, el filme es un vehículo ideado para el supuesto lucimiento de Depp, en el que destila por doquier sus aspavientos y gestos -con bigote adosado para más inri-, algo que no solo no nos sorprende, sino que ya empieza a resultar cansino. En cualquier caso, y sin descargar las tintas solo en la figura de Johnny Depp -por otra parte un estupendo actor cuando se pone a ello, que quede claro-, la película coquetea con el más pasmoso tedio y se sostiene a duras penas entre tanto humor previsible y clichés, a pesar de contar con un estimable elenco de actores, como Gwyneth Paltrow, Ewan McGregor y Paul Bettany, quien, por cierto, pasa por ser de lo más risible de esta cinta en su papel de guardaespaldas y mayordomo para todo obsesionado con el sexo.

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Parodiando al dictador

Cartel de la película 'The Interview', protagonizada por Seth Rogen y James Franco. / SONY PICTURE

Cartel de la película ‘The Interview’, protagonizada por Seth Rogen y James Franco. / SONY PICTURE

Hay películas que generan una vívida expectación antes de su estreno y no por cuestiones inherentes precisamente al propio cine. Es el caso de The Interview, la controvertida comedia sobre el intento de asesinar al líder norcoreano Kim Jong-un por parte de un productor y de un presentador televisivo a instancias de la CIA, una cinta cuya proyección, como se sabe, ha sido víctima de una campaña de amenazas y de chantaje alentada por el régimen totalitario asiático. Al final el producto resultante no era para tanto ruido y, además, como cabía esperar, el filme se ha beneficiado en taquilla de la polémica suscitada. The Interview no pasa de ser una correcta parodia con visos de desenfreno urdida por el binomio Evan Goldberg-Seth Rogen, este último protagonista de la película junto a su inseparable James Franco, y en la que también destaca Lizzy Caplan, conocida para el gran público por la serie Masters of Sex. Tanto Goldberg como Rogen, amigos desde la infancia, debutaron como directores en la desenfrenada Juerga hasta el fin (2013) y en su segunda película como realizadores han tratado de seguir con similares presupuestos cómicos basados en unas altas dosis de humor desenfadado, aderezado con toques de escatología y de canallismo, amén del uso de cameos desmitificadores, en esta ocasión le ha tocado el turno a artistas como Eminem, Rob Lowe y Joseph Gordon-Levitt. El filme se desarrolla a muy buen ritmo y tiene momentos hilarantes, si bien repetitivos en algunos casos, lo que hace que en términos generales sea una cinta un tanto irregular, que podría haber explotado mucho más sus gags. No es la primera vez en el cine, y espero que no sea la última, en el que se satiriza a un dictador, ya lo hizo en su momento con enorme brillantez y sarcasmo el gran Chaplin a cuenta de Hitler. Obviamente, The Interview queda a años luz de ese clásico, entre otras cosas porque juega en otro terreno, pero no está nada mal como vehículo de entretenimiento y resulta muy superior a la última comedia sobre el tema, El dictador (2012), dirigida por Larry Davis e interpretada por Sacha Baron Cohen. Y es que resulta alentador que de vez en cuando nos riamos -por no llorar- de algún megalómano impresentable que todavía anda suelto por estos mundos de Dios.

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Viaje al centro del ego

Michael Keaton es el protagonista de 'Birdman'. / FOX

Michael Keaton es el protagonista de ‘Birdman’. / FOX

 

Alejandro González Iñárritu es de esos directores que se gusta y le gusta sin ningún tipo de complejos que su película tenga un enérgico sello personal, una particular marca del Zorro. Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia), la primera incursión del director mexicano en la comedia -en este caso negra, como no podría ser de otra manera con los antecedentes melodramáticos del realizador- no escapa tampoco a esa querencia de llevar una impronta bien definida. Si en la aclamada Babel (2006) Iñárritu nos contaba un puzle de historias aparentemente diferentes y desarrolladas en distintos lugares del mundo, pero interconectadas entre sí, esta vez sus alforjas de viaje no dan muchas vueltas: tienen como destino el minúsculo a la par que enriquecedor y estresante universo del teatro, sus mismas entrañas, para ver pulular las andanzas de un actor encasillado -conocido por ponerse en la piel de un superhéroe, a la sazón Birdman– que se quiere reivindicar ante sí mismo y ante el público dirigiendo y protagonizando una obra. Con el uso inmisericorde del plano secuencia en las largas escenas de la cinta (a modo de actos, que para eso la cosa va de teatro), Iñárritu -con la inestimable ayuda del oscarizado Emmanuel Lubezki como director de fotografía- se pone a prueba a sí mismo y al plantel de artistas del filme, experimentando con la complejidad técnica e interpretativa que ofrece ese recurso. Todo un riesgo del que sale airoso y muy bien parado, especialmente el elenco de actores, con Michael Keaton a la cabeza, flanqueado por unos sublimes Edward Norton y Naomi Watts, sin desmerecer ni un ápice a Emma Stone y Zach Galifianakis. Keaton es -o fue- Birdman en el filme, como fue Batman durante dos entregas (las de la etapa de Tim Burton), por lo que el papel le va como anillo al dedo; de hecho, el Keaton de la película quiere demostrar que puede dejar atrás al superhéroe que ha marcado su carrera, y el Keaton real ha resucitado en cierta manera como actor -y lo ha conseguido- con este impagable papel, que bucea en los egos y en las inseguridades de la profesión. No sé si la ignorancia es una virtud inesperada, como reza el subtítulo del filme, desde luego Birdman es una de las sensaciones de este 2015 cinematográfico, pese a que se podría haber rematado de manera mucho más brillante.

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Un espiritista llamado Woody

Cartel de la última película de Woody Allen, 'Magia a la luz de la luna', / DA

Cartel de la última película de Woody Allen, ‘Magia a la luz de la luna’. / DA

Una vez más asistimos al típico tópico cuando hablamos de Woody Allen y de su enésima película (estrena una al año, lo que no es moco de pavo), que si alterna una buena con otra no tanto, y bla, bla, bla. Si lo aceptamos ya como aserto, como parece, pues por lógica esta vez le tocaba el turno a un filme menor o, al menos, no tan excelso, sobre todo si este venía al mundo después de la celebrada y oscarizada Blue Jasmine (para siempre Cate Blanchett). Y  lamentablemente así ha ocurrido. Magia a la luz de la luna, la última propuesta del director neoyorquino, es una cándida comedia de aires sofisticados ambientada en los años 20 de “su” querida Europa, que gira alrededor de un afamado ilusionista (Colin Firth), experto en desenmascarar a supuestos médiums dedicados estafar a todo tipo de incautos, que viaja a la glamourosa Costa Azul para tratar de hacer lo propio con una pujante y enigmática joven (Emma Stone). Allen no se afana demasiado en este filme que se desliza por ese mentado periodo de posguerra, donde actividades como el ocultismo y el espiritismo están en pleno auge, con adeptos hasta en las capas más altas y ensimismadas de la sociedad. Magia a la luz de la luna deja de atraparte al poco tiempo de su metraje, cuando pasa a ser una trama edulcorada, que se salva de sucumbir por la habilidad innata del genio de Brooklyn, que envuelve muy bien su producto, maquillándolo ora con diálogos brillantes -como siempre-, ora con una puesta en escena envidiable y con una apropiada banda sonora (el estilo dixieland suena, y mucho). Y si encima cuentas con los actores adecuados, en este caso, un Colin Firth genial en su papel de mago (un trasunto petulante y esnob de Houdini) y una grácil aunque  taimada Emma Stone, hará que finalmente perdonemos al viejo Woody los pasajes más tediosos de la cinta. Sin embargo, no nos dejemos engañar por este falso espiritista de la Gran Manzana, los trucos están bien, pero al final la realidad siempre aflora, en la vida, y por supuesto, en el cine.

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Gigoló a medias

 

John Turturro dirige y protagoniza 'Aprendiz de gigoló'. / fadinggigolo-movie.com

John Turturro dirige y protagoniza ‘Aprendiz de gigoló’. / fadinggigolo-movie.com

Comedia irregular y discontinua la que nos brinda John Turturro, en la que es ya su quinta película detrás de las cámaras. Aprendiz de gigoló deviene en un filme mesurado de ritmo plácido, con ciertos altibajos, cual montaña rusa, si bien rezuma algunos  momentos brillantes -e hilarantes-, siempre vinculados a la figura de Woody Allen -coprotagonista junto a Turturro-, que aquí vuelve a desplegar, lejos de los devaneos de la dirección, sus sobresalientes y archiconocidas dotes de cómico puro, aquellas con las que empezó en el mundillo del artisteo. La película, que cuenta la historia de dos amigos (Murray-Allen y Fioravante-Turturro) con algunos problemillas económicos que prueban suerte en la prostitución masculina -el primero como verborreico proxeneta y el segundo como inducido amante- para satisfacer a mujeres maduras con el heterogéneo Brooklyn como telón de fondo, no termina de llegar a la meta. De hecho, el autor -Turturro también es el guionista- se queda por el camino por no desmelenarse y tirarse con todo lo puesto a la piscina, y eso que disponía de un atractivo y potente material, completado, además, con un elenco nada desdeñable, presidido por unas formidables Sharon Stone y Sofía Vergara, en sendas interpretaciones de ricas señoras en busca de aventuras paralelas, y por una sobria -y sorprendente- Vanessa Paradis, en el papel de discreta viuda judía, cuyo rol en la cinta, mucho más dramático, supone un paréntesis poco acertado en una narración predominantemente humorística (vamos, un coitus interruptus en toda regla, por hacer más gráfica y coherente con el tema esta apostilla). Turturro parece que juega en su obra a emular más el cine de los hermanos Coen -uno de sus referentes- que al de su propio compañero de reparto, pese al jazz que suena de fondo y a los vívidos diálogos que pululan por el metraje. Sin embargo, el artista de ascendencia italiana se queda en tierra de nadie, con un producto que a la postre deja una sensación agridulce y del que se esperaba mucho más. Los únicos acicates para ir a verla: el excelente reparto y las andanzas de ese desenfrenado y otoñal chulo llamado Woody.

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Hotel sin reservas

Wes Anderson posee una concepción visual que te atrapa tanto como sus sencillas pero a la vez disparatadas y corales historias. Su cine recuerda -y recuerda mucho, por poner un cercano referente cinematográfico- al del francés Jean-Pierre Jeunet, responsable de cintas como Delicatessen, Amélie y Largo domingo de noviazgo, especialmente por su frenético ritmo narrativo y por su firme compromiso con la creatividad estética. Anderson estrenó hace apenas dos años una fresca y encantadora película, de nombre Moonrise Kingdom, sobre un peculiar idilio preadolescente. Ahora, con los mismos presupuestos formales, el actor y director estadounidense traza un deslumbrante fresco -con algunos ribetes sórdidos- que tiene como génesis un establecimiento hotelero en la imaginaria república centroeuropea de Zubrowka. Tres estratos narrativos, correspondientes a otras tantas épocas, para glosar un loco y embriagador cuento de entreguerras, El Gran Hotel Budapest, que gira en torno a la amistad de Gustav H., un taimado y esnob conserje que se pirra por mujeres varios pasos más allá de la madurez, en la piel de un genial Ralph Fiennes -con una desconocida vis cómica-, y en su protegido, un joven botones inmigrante de nombre Zero -interpretado por Toni Revolori-. Anderson destila en su nueva obra humor negro e inteligente, aunque también comicidad tierna y optimista, con una cuidadísima puesta en escena -uno de sus rasgos identitarios-, sustentada en un elenco de conocidos actores -otro de sus sellos-, que van desde el propio Fiennes hasta F. Murray Abraham, Jude Law, Tilda Swinton y Edward Norton, pasando por Adrien Brody, Tom Wilkinson, Jeff Goldblum y Willem Dafoe, quien, por cierto, impregna genialidad en su inquietante y pérfido personaje, nacido de la retorcida mezcla de una especie de agente nazi y de un oscuro vampiro -esos dientes-, puro homenaje al expresionismo germano. Wes Anderson, además de la querencia al tebeo clásico en su concepción fílmica, toca varias teclas de la cultura europea de la primera mitad de la pasada centuria. Sin ningún atisbo de duda, un hotel muy recomendable para reservar plaza y quedarse al menos un par de entretenidas horas.

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Evasión

La cartelera de Navidad suele ser prolija en productos para mayor gloria de la evasión: las fechas mandan. En la maraña de títulos, además de la nueva entrega de El Hobbit, inflada magníficamente (pero inflada al fin y al cabo) por Peter Jackson, destaca un filme que se lleva la palma en esto de fantasear, más que nada porque la propia historia va de ello. Ben Stiller -ya para siempre en la memoria colectiva por ser el surtidor de una particular gomina para la rubia cabellera de Cameron Diaz- protagoniza y dirige La vida secreta de Walter Mitty, filme basado en un relato de James Thurber, que fue llevado al cine en 1947 con el inolvidable Danny Kaye. La actualizada versión de Stiller nos traslada a la revista Life, donde trabaja un soñador cuarentón, jefe de la sección de negativos. Mitty tiene frecuentes momentos evasivos, donde aparca la realidad para dar rienda suelta a la más desbordante fantasía. Además, está enamorado de una compañera de trabajo, a la que no se atreve a dirigirle la palabra, hasta que por circunstancias laborales (desaparece el negativo de la fotografía de portada con la que Life se va a despedir de la edición en papel) no le queda más remedio que entablar contacto con ella. Se trata de una comedia ligera, sin grandes pretensiones, de fácil digestión, plagada de buenismo -lo que a veces no es malo- y que hace guiños -aunque sea de forma somera- a la coyuntura actual de cierres y despidos, en la que Stiller demuestra que no le falta talento para la realización (recuerden que el neoyorquino ha hecho interesantes incursiones detrás de la cámara en cintas como Reality bites, Zoolander y Tropic Thunder). La cinta tarda en despegar, pero te gana paulatinamente. Ideal para este periodo de laxitud, a modo de cuento navideño, porque, ¿quién no sueña despierto? Y más con la que aún nos sigue cayendo…

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Don Porno

Cartel de 'Don Jon', ópera prima de Joseph Gordon-Levitt. / WANDA.ES

Cartel de ‘Don Jon’, ópera prima de Joseph Gordon-Levitt. / WANDA.ES

Pornófilo, católico y familiar. Estas son las credenciales que definen a Don Jon, personaje que da título a la ópera prima cinematográfica del prometedor actor Joseph Gordon-Levitt (lo hemos visto últimamente en películas de corte fantástico como El caballero oscuro: la leyenda renace y en Looper), que además de dirigir el filme también rubrica su guión. Entre tanta comedia romántica bobalicona, pueril, artificiosa, resabiada, previsible y sin chispa que aparece con demasiada frecuencia por la gran pantalla (seguro que les vienen a la mente un buen puñado de ellas), se agradecen planteamientos y aportaciones como las de Gordon-Levitt, quien ha insuflado una dosis de aire fresco a este acomodado subgénero con una propuesta entre canalla y desenfadada. La trama de Don Jon es de una sencillez devastadora pero a la vez cautivadora (perdonen la rima), a saber: un chulesco joven, currante, independiente, amante del gimnasio, amigo de sus amigotes, que presume de coche y que los fines de semana, además de no faltar los domingos a misa, se convierte en un auténtico donjuán. No obstante, en su cosmovisión, por encima de todo y antes (y después) que sus frecuentes relaciones esporádicas reales, está el porno en Internet, que venera como un poseso, hasta que un día decide encauzar su masturbatoria existencia… Joseph Gordon-Levitt se ríe de una manera muy personal de muchas cosas, pero sobre todo de la agotada fórmula de ida y vuelta de “chico conoce chica, rompe con chica, se reconcilia con chica y todos felices y a comer perdices”. Le acompañan en su particular periplo vital, aderezado con un atractivo esquema y un excelente ritmo en la narración, una siempre deslumbrante Scarlett Johannson, en un papel a caballo entre juani y pija con tendencia a la manipulación, y una sobria a la par que interesante Julianne Moore. Incluso destaca en el reparto el televisivo Tony Danza -los más talluditos y avezados en las series estadounidenses recuerdan sus interpretaciones en series como ¿Quién manda a quién? o Taxi-, aquí en la piel de puretón padre italoamericano con demasiada testosterona. Una muy recomendable cinta para pasar al menos un hedonista y divertido rato.

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