comedia

El brigada Landa

Con el adiós de Alfredo Landa se finiquita, por pura ley de vida, una amplia etapa del cine patrio. Landa formó parte en sus inicios de una industria que, bajo el paraguas de la dictadura franquista, paría productos como las comedias de costumbres con gran componente machista, lo que peyorativamente se conoció a la postre como españoladas, aunque se integró, de secundario, en filmes de caché como esas perlas de la época llamadas Atraco a las tres y El verdugo. Encasillado en interpretaciones de ciudadano de a pie, bajito, bizarro, de pelo en pecho, con una extraña mezcla de mala leche y de indestructible candidez, Landa se hizo un hueco en el sector e incluso dio nombre a un término, el landismo, que fue sinónimo de una especie de subgénero de lo anterior, que englobaba a películas de enredo con toques de erotismo pueril -propio de las circunstancias del momento-, en las que, sobre todo, las extranjeras venidas de la fría Escandinavia se erigían en objeto de frustrante deseo, y donde, además de él mismo, también pululaban por ese universo actores de la talla de José Luis López Vázquez y José Sacristán. Tras la llegada de la democracia, pudimos comprobar el enorme y sólido actor que era Alfredo Landa, en un cine más ambicioso y con otros registros. El crack y su secuela, Los santos inocentes ( por la que recibió ex aqueo -junto a Paco Rabal- en 1984 el premio a la mejor interpretación del Festival de Cannes), Los paraísos perdidos, El bosque animado (por la que obtuvo un Goya a la mejor interpretación, al igual que con La marrana) y El rey del río, entre otras, componen esa nutrida filmografía de su madurez personal y artística. Con Landa hemos disfrutado, nos hemos reído a rabiar, por su simpático y perenne cabreo, pero de manera particular me he descuajaringando a carcajadas viéndolo en la piel del brigada chusquero Castro en esa metáfora de la España que fue y que no queremos que se repita nunca llamada La vaquilla, del sublime Berlanga. “Cuidado mi teniente, cuidado conmigo, eh! Hemos corrido un encierro, nos hemos tragado una misa, hemos llevado una virgen, hemos cargado con un marqués, usted ha afeitado a un fascista, a mí me han pegado una cornada, éste… ¡se ha cagao!, a éste… lo han vestido de sacristán y a éste le han puesto los cuernos… Y todo por la jodida vaca ¡Qué le den mucho por el saco a la vaca! Yo me voy a comer…!”, dixit el ya eterno actor navarro en una de las escenas más celebradas del filme. Genio y figura. Descanse en paz.

 

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Sexo con pulmón de acero

Dos de los protagonistas

El cine independiente nos regala de vez en cuando pequeñas perlas en forma de comedia (o dramedia, como prefieran llamarla), películas con un trasfondo difícil o duro -basadas en hechos reales- pero que pasadas por el cedazo del humor, el cinismo y la ironía desdramatizan en enormes dosis la historia en sí y sus circunstancias. Ya lo vimos hace unos meses con el filme francés Intocable, que trata la amistad de un millonario tetrapléjico y de un joven de origen senegalés procedente de un barrio marginal de París, y ahora nos encontramos con algo parecido en Las sesiones, cinta inspirada en relatos autobiográficos del escritor y periodista Mark O’Brien, quien vivió siempre pendiente de un pulmón de acero por culpa de la polio.

William H. Macy hace en esta ocasión de cura

La película, escrita y dirigida por Ben Lewin (entre otros trabajos, rodó un buen puñado de capítulos de la serie Ally Mcbeal), cuenta las vicisitudes del propio O’Brien, interpretado por un convincente John Hawkes (La tormenta perfecta, Winter’s Bone), a la hora de perder la virginidad con 38 años de edad, para lo que recurre a consultas teórico-prácticas de una madura terapeuta sexual (Helen Hunt, –Mejor… imposible, La maldición del escorpión de jade-); eso sí, siempre bien aconsejado por su pragmático amigo, de profesión cura (un genial y ahora desmelenado William H. MacyFargo, Boogie Nights, Pleasantville-). Las sesiones está relatada con una sencillez desbordante y atraviesa sin pudor ni complejos, y con la más mundana naturalidad, por temas tratados casi de puntillas como es el sexo en los discapacitados. Lewin esboza un lúcido y ágil producto cinematográfico que toma su fuerza en la soberbia interpretación del trío protagonista, que dota de personalidad a un filme sin grandes pretensiones pero que reflexiona de forma nítida sobre el sexo -sea en el contexto que sea-, los sentimientos y la religión.

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El romano Woody Allen

Y Woody Allen recorrió la Ciudad Eterna, a su manera… No puedo decir que A Roma con amor, la nueva película adscrita al singular periplo europeo del genio neoyorquino, me entusiasmase a rabiar, como ocurrió con Midnight in Paris -esa visita al pasado cargada de nostalgia, arte y literatura-, pero desde luego no me ha disgustado. Es más, si la comparamos con un buen caldo, tiene al menos ese retrogusto que hace que vuelvas presto al vaso y apures el vino que te queda. Allen despieza en cuatro historias su cosmogonía de Roma, impregnando sus cuentos de puro surrealismo. Obviamente, las narraciones que propone, que no tienen lazos en común entre sí, a no ser esa querencia al absurdo y, a ratos, al vodevil más puro (la comedia italiana como referente), son desiguales; y por lo tanto, el filme, en su conjunto, resulta irregular y descompensado. No obstante, me quedo con lo más disparatado, con la parte interpretada por el propio Allen, como casual descubridor de su consuegro transalpino, de profesión funerario, y con aspiración a cantante de ópera -siempre que sea dentro de una ducha-.  Y también elijo la de Roberto Benigni, donde un Allen buñueliano (tal vez se lo trajo de Midnight in Paris), convierte de buenas a primeras a un oficinista en una celebridad momentánea. Las otras dos historias, un triángulo amoroso y las aventuras por separado de una pareja de provincias, no enganchan lo suficiente a pesar de que Penélope Cruz echa el resto a lo jamón, jamón en su papel de donna, émula de Sofía Loren. Domenico Modugno y su Volare (Nel blu dipinto di blu) o el inconmensurable Arrivederci Roma lideran una estupenda banda sonora… En fin, algo ligero para el comienzo de este otoño, en el que todavía miramos de refilón al verano. Y bueno, que al fin al cabo, se trata de Woody Allen…

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Vibración victoriana

El puritanismo imperante en la recatada sociedad victoriana exiguo espacio otorgaba a los límites que sobrepasaran los convencionalismos sociales y sexuales de una época donde la hipocresía, como ahora, pero bastante más larvada, campaba a sus anchas. Bucear en esos tiempos decimonónicos y establecer paralelismos con los actuales siempre resulta estimulante, pues a medida que se profundiza un poco se detectan más similitudes de las que a priori pensamos. Hysteria cumple muy bien este cometido a pesar de ser un filme que pulula sin grandes alardes, con un cierto punto de sobriedad, que no hace sino corroborar el sello de las comedias ligeras y gráciles que suelen realizarse en la Pérfida Albión. Partiendo desde la invención del consolador eléctrico como elemento asociado a prácticas médicas, y en concreto vinculado a lo que se conocía en la comunidad científica como histeria femenina (considerado un mal de males, que se combatía con sesiones de “masajes pélvicos”), la película firmada por Tanya Wexler teje con humor e ironía una historia con trasfondo romántico que refleja con aparente amabilidad un mundo estrictamente estratificado y represor, donde la mujer -sea cual fuere su condición social- debía sufrir con estoicismo el rol que debía representar. Obviamente, sobra decir que los momentos más cómicos de la narración se circunscriben a los alivios en forma de “masturbación clínica” a los que se sometían las pacientes que acudían a las consultas. La cinta, que de modo paulatino decrece en intensidad, está protagonizada por Hugh Dancy y la convincente Maggie Gyllenhaal, en el papel del doctor Joseph Mortimer Granville -inventor del mentado aparatejo vibrador- y de la “revolucionaria” Charlotte Dalrymple, respectivamente; y en el que también destaca un Rupert Everett muy en su papel de gentleman excéntrico en la piel del aristócrata inventor Edmund St. John-Smythe. Sin llegar al paroxismo, un correcto producto cinematográfico que merece su visionado.

 

 

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Blancanieves de Arco

Ocurre con los cómics y está sucediendo con los cuentos infantiles de toda la vida. La moda de revisitarlos con otra lectura, ora de humor ora con toques de drama, va a ser una constante a tenor de lo que se barrunta (espero con ansias, si es posible, una versión psicodélica de Los tres cerditos).  Caperucita Roja ya tuvo su momento de gloria y ahora le  ha tocado el turno a esa damisela perdida también en el bosque llamada Blancanieves. Vimos hace poco a la Roberts (Julia) en Blancanieves (Mirror, mirror) ejercitando de madrastra -en clave de comedia-, con unos resultados más que discretos; y nos llega de súbito Charlize Theron en una prematura, sexy y oscura madre postiza de una Kristen Stewart despojada de vampiros y hombres-lobo adolescentes; ambas lo mejor, sin ninguna duda, de esta Blancanieves y la leyenda del cazador. Con claras reminiscencias de cintas como la saga de El señor de los anillos, Willow y hasta de Juana de Arco (versión Luc Besson, si se quiere), esta Blancanieves indómita comienza de manera prometedora y luego se va diluyendo, aunque logra mantener a duras penas el ritmo de una narración, en la que los ínclitos siete enanitos parece que están puestos a presión en la historia. Un producto evasivo más, que da otra vuelta de tuerca a los  relatos clásicos. Por cierto, la manzana -un poco fría para mi gusto- tampoco falta a la cita.

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Jara y sedal yemení

Aunque pueda parecer el título de un reportaje de una revista especializada, La pesca del salmón en Yemen, además de un exitoso libro, obra del británico Paul Torday, es la nueva película del sueco Lasse Hallström, realizador que tiene cierta querencia a lo sensiblero como dejó acreditado en anteriores filmes como Las normas de la casa de la sidra y Chocolat. La pesca del salmón en Yemen narra las peripecias del doctor Alfred Jones, un biólogo al que han embarcado en el disparatado proyecto de un jeque yemení que quiere llevar al país árabe el noble arte de la pesca del salmón, iniciativa en la que el Gobierno británico está vivamente interesado como cortina de humo (ahora que está tan de moda, y lo que te rondaré morena) para tapar su gestión en el conflicto bélico de Afganistán, todo ello aderezado con un trasfondo romanticón. La pesca del salmón en Yemen narra las peripecias del doctor Alfred Jones, un biólogo al que han embarcado en el disparatado proyecto de un jeque yemení que quiere llevar al país árabe el noble arte de la pesca del salmón, iniciativa en la que el Gobierno británico está vivamente interesado como cortina de humo (ahora que está tan de moda, y lo que te rondaré morena) para tapar su gestión en el conflicto bélico de Afganistán, todo ello aderezado con un trasfondo romanticón. Comedia ligera, sin grandes pretensiones, que se deja ver -siendo laxos en los gustos- en estos tiempos de evasión que corren, a pesar de que tal vez le falte un pelín más de sarcasmo y de mala leche. Una pizca de drama y unos pequeños toques de crítica política completan el plato de un filme protagonizado por un flemático y metódico Ewan McGregor (lejos queda aquel macarra de Trainspotting), convertido aquí en un émulo interpretativo de Hugh Grant (venga esos tics y tartamudeos), y a quien acompañan en esta misión de fe Emily Blunt y el actor egipcio Sheikh Muhammed, en el papel de jeque comprensivo y piadoso. El elenco lo completa una sorprendente Kristin Scott Thomas, en la piel de la impulsiva jefa de prensa del primer ministro de la Pérfida Albión, graciosamente cínica y despótica, que confirma una vez más los amplios registros de esta inconmensurable actriz inglesa. De lejos, de lo mejorcito de esta cinta recomendada para los amantes de la caña (la de pescar, me refiero) y de las comedias dramáticas con felices lances amorosos.

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Muchas sombras

Tim Burton es de esos directores cuyas creaciones se esperan como agua de mayo (nunca mejor dicho en estas fechas del calendario). Su particular visión fílmica, su sugerente imaginación y su intrincada y oscura vis cómica suponen siempre un foco de atracción para muchos espectadores que, como el que suscribe, desean encontrarse con productos verdaderamente estimulantes. Burton destila sus virtudes como cineasta apenas a cuentagotas y sin demasiada firmeza en su último filme, Sombras tenebrosas, cinta inspirada en una exitosa serie televisiva que relata la historia de Barnabas Collins, un vampiro decimonónico norteamericano que reaparece entre los vivos en los años 70 del pasado siglo y que ayuda a sus parientes a reflotar el negocio familiar. Obvia decir que el chupasangre está interpretado por el actor fetiche de Burton, Johnny Depp, y que uno de los personajes principales, la de la psiquiatra Julia Hoffman, lo protagoniza su mujer, Helena Bonham Carter. El director californiano no toma el pulso a la narración en esta especie de edulcorada familia Monster con pedigrí, en la que deja demasiados tiempos muertos -sin segundas-, descansando en exceso en un Depp que a veces parece que le puede el capitán Sparrow que lleva dentro. Lo mejor de este irregular filme (un pelín largo para un viaje con escasas alforjas) es, desde luego, una Eva Green desmelenada que le gana claramente la partida, jugando de bruja, al pálido vampiro.

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Cuento crepuscular

Hay películas que se sustentan única y básicamente en el buen quehacer de sus actores, intérpretes curtidos en mil batallas que logran que un filme con un guión sin el suficiente agarre logre captar la atención del espectador, o al menos hace que permanezca sentado en su butaca, lo que en los tiempos que corren ya resulta un mérito admirable. Es el caso de El exótico hotel Marigold, película que inauguró el pasado viernes la edición número 13 del Festival Internacional de Cine de Las Palmas de Gran Canaria, y que lleva la firma del versátil John Madden (Shakespeare in Love, La deuda). Tener un elenco compuesto por gente de la talla -ahí es nada la alineación- de Judi Dench, Maggie Smith, Tom Wilkinson y Bill Nighy supone un seguro de vida para cualquier producción, aunque el libreto no cumpla con las expectativas. El exótico hotel Marigold no deja de ser un cuento crepuscular sobre un escueto y heterogéneo grupo de jubilados británicos que viajan a la India para pasar los últimos años de su vida alojados en un complejo residencial que, a la postre, no es el que le habían prometido. Un atractivo escenario para una tragicomedia, pero que se queda en un intento más o menos fructuoso. Temas como la esperanza, la ilusión, el amor, incluso el sexo en la senectud, pululan en un filme que, pese a disponer a priori de los mimbres para ello, no explota la acidez que conmina la situación. La cinta deviene en algunos instantes de cierta abulia, con un guión (basado en una novela de la escritora Deborah Moggach) que en su haber sólo cuenta con alguna que otra frase ingeniosa, pero que en su debe rezuma clichés (todo lo que tiene que ver con la India) y cierta dosis de previsibilidad, ejemplificada en una reiterada moraleja: siempre se está a tiempo de cambiar. En definitiva, una película entretenida a ratos y que gracias a Dios o a Shiva ha podido contar con unos artistas de primer nivel; de no ser así, el hotel Marigold estaría aún más derruido…

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Microcosmos humano

Otra clase magistral del siempre controvertido Polanski. Un dios salvaje, su nueva propuesta cinematográfica, basada en la obra teatral de Yasmina Reza, logra que las peleas infantiles se conviertan en la antesala de un gran polvorín, no precisamente azuzado por los propios niños, quienes suelen encauzar y solucionar sus cuitas de una manera mucho más natural. En una atmósfera fría, casi opresiva, la que conforman las cuatro paredes de un piso de clase media, Polanski disecciona a cuatro padres, a cuatro supuestos adultos, a cuatro burgueses, que intentan limar asperezas y reconducir civilizadamante el aparente conflicto entre sus hijos, y que al final sucumben ante sus propias contradicciones. El director polaco, ejerciendo casi de terapeuta multidireccional, esboza un guión impecable, aderezado con la sublime interpretación de Christoph Waltz, Kate Winslet, John C. Reilly y Jodie Foster, para desenmascar, con ironía y sentido del humor, las fobias y las filias, las inseguridades y los miedos que pululan por el microcosmos humano. Como si de un ariete medieval se tratase, consigue derrumbar las murallas de convencionalismos sociales que adoptan unos personajes entrañables a la par que patéticos, que poco a poco derivan en un grupete de adolescentes adictos al botellón. No se la pierdan…

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Doble resacón

Las secuelas tienen eso: corren siempre el peligro de repetirse como una salsa de ajo. Sin embargo, a veces -muy pocas, la verdad- la reiteración puede ser el camino de refrendar la gloria anterior, al menos desde el punto de vista de la respuesta del público. Resacón 2 ¡Ahora en Tailandia! es un claro ejemplo de ello. El guionista y director Todd Phillips no se ha cortado ni un pelo en repetir el mismo -y exitoso, por qué no decirlo- esquema de la primera película, cambiado en esta ocasión a Las Vegas por la exótica Bangkok, además de darle un poco más de escatología y de perversión al asunto. La fórmula postulada por Phillips (y que le da un punto de diferencia a películas similares, casi siempre dirigidas a un publico juvenil) es ésa en la que tras una noche de desenfreno, los resacados y amnésicos protagonistas van reconstruyendo la trama hasta saber qué pasó exactamente, y que se ve reforzada por un elenco de actores que tienen un rol muy definido (el chulesco y relativista Bradley Cooper, el desconfiado y temeroso Ed Helms, y el pueril y rocambolesco Zach Galifianakis). Grandes dosis de humor gamberro y desafiante sazonan esta segunda entrega que mantiene viva -por ahora- a una franquicia a la que quieren estirar cual chicle Bazooka -hasta que les explote en la cara, claro-. La cosa tiene visos de seguir. De momento, y para mitigar las testosterona imperante en estos dos primeros filmes, en julio se estrenará un “resacón femenino” subidito de estrógenos…

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