cómic

Seguimos mutando

Imagen del filme 'X-Men: Apocalipsis', de Bryan Singer. /  20TH CENTURY FOX

Fotograma del filme ‘X-Men: Apocalipsis’, de Bryan Singer. / 20th CENTURY FOX

Ya casi tocamos el verano, el sofocante tiempo así nos lo dice, y la cartelera se llena de películas eminentemente palomiteras, propias de esta época más proclive al ocio y al entretenimiento -para el que puede, claro-. Si la saga de Los Vengadores suele obtener en líneas generales el beneplácito de espectadores y crítica, también se puede decir lo mismo -incluso más- de X-Men, ambas de esa factoría de la evasión -y de amasar pasta gansa, por otra parte- llamada Marvel. La última propuesta de esta serie, que en las últimas entregas ha venido buceando en los orígenes y evolución de estos superhéroes mutantes -y por ende distintos, con el doble sentido social que además posee-, sigue manteniendo cierto interés a pesar de que los esquemas formales y narrativos caen en el lógico desgaste de una franquicia tan prolija. El buen oficio del director del cotarro, una vez más -y ya van cuatro-, Bryan Singer, y la prestancia de un elenco joven y solvente, liderado por James McAvoy, Michael Fassbender y Jennifer Lawrence, a la sazón el profesor Charles Xavier, Magneto y Mística, respectivamente, salvan los papeles de X-Men: Apocalipsis, en cuya puesta en escena se viaja hasta el piramidal Antiguo Egipto -ahí es nada-, de donde, por cierto, surge el ínclito villano que quiere dominar el mundo, en este caso un irreconocible -por la caracterización que lleva a cuestas- Oscar Isaac, con un nivel, pese a ser una supuesta deidad, más bajo de lo deseable para estos casos y con escaso punch. Miríada de artificios visuales, una historia tirando a normalita y un desenlace final un tanto largo -ya basta de excesos de mamporros para solventar la trama- resumen esta nueva cinta de los rejuvenecidos X-Men, que a buen seguro seguirán mutando…

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Cuitas fraternales

Una de las escenas de la película 'Capitán América: Civil War'. / MARVEL

Fotograma del filme ‘Capitán América: Civil War’. / MARVEL

La saga cinematográfica de Los Vengadores es de lo mejorcito que transita por este mundillo renovado de los superhéroes, envueltos ahora en procelosos ribetes de realidad, desajustes emocionales y en una encauzada introspección -con los ponderados trazos de oscuridad correspondientes en los personajes- para captar así el interés del respetable más talludito. En este nuevo conciliábulo de seres extraordinarios, Capitán América: Civil War vuelve a recuperar la esencia del espectáculo ampuloso de artificios visuales para el culto al entretenimiento que no está reñido con contar una historia atractiva. Los hermanos Russo, directores del cotarro, logran cohesionar el maremágnum de situaciones y darle un equilibrio efectivo a esta aparente epopeya de grupete de amigos con fraternales desavenencias que o bien van por libre en su tarea de hacer justicia por el mundo, o se someten a la supervisión de un organismo internacional, disyuntiva que acabará en un enfrentamiento a dos bandas, al que se incorporan más efectivos de la casa, cual refuerzos deportivos, como un barbilampiño Spiderman, interpretado por el prometedor Tom Holland (sí, el primogénito de familia de Lo imposible), Black Panther o Ant-Man. Resulta interesante la reflexión maquiavélica subsidiaria de si el fin justifica los medios, de si son inevitables las víctimas colaterales en cualquier  resolución de conflictos armados, por muy supuestamente justos que se (nos) quiera vender… Cuestiones que se plantean en el seno de estos vengadores ahora divididos y liderados por Tony Stark-Iron Man y Capitán América, respectivamente, y cuyas cuitas engarzan, junto a la lacra del terrorismo, que golpea en la trama, con la más inusitada actualidad. Cine de evasión, sí, pero no tanto…

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Supercanalla irreverente

Ryan Reynolds es el protagonista de 'Deadpool', el deslenguado superhéroe de Marvel / FOX

Ryan Reynolds es el protagonista de ‘Deadpool’. / FOX

Las vueltas de tuerca a los géneros y subgéneros siempre son bienvenidas en el cine. En el mundo de los superhéroes, la última moda pasaba por teñir de grandes dosis de solemne oscuridad a los personajes y a las tramas para incrementar y realzar hasta donde se pudiera el dramatismo de la fantasía. Sin embargo, parece que ahora el humor está sustituyendo a lo oscuro como nueva tendencia. Kick-Ass y su secuela (y las que vendrán), por ejemplo, transitan por este camino entre la parodia y la sátira sobre los sufridos y dignos superhéroes, aspectos que se subliman hasta la saciedad en Deadpool. Con una clave mucho más canalla e irreverente y destinada al consumo de un público adulto y plenamente versado en los mimbres de la cultura popular contemporánea, la cinta toma el nombre de ese héroe deslenguado, gamberro, inadaptado, lascivo y vicioso del universo Marvel, que nos hace pasar un hilarante y entretenido rato con su desparpajo, en el que no falta la consiguiente cuota de mamporros, algunos bastante gore, dicho sea de paso. Deadpool, dirigida por Tim Miller, tiene como principal virtud reírse de las películas de superhéroes reivindicándolas al mismo tiempo, mofándose sin contención ni medida tanto de sus historias como de sus personajes (ahí pulula su corrosiva burla de los honrados X-Men). Protagonizado por un soberbio y locuaz Ryan Reynolds (que tira aquí a la papelera su traje de Green Lantern),  este filme de Marvel lanza con acidez dardos a diestro y siniestro, en los que no se salva ni la propia compañía ni su competencia. Una verdadera desmesura que merece la pena visionar.

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Aullidos orientales

No cabe duda de que del puñado de mutantes de la factoría X-Men, el patillero Lobezno pasa por ser el más popular y carismático y, por supuesto, el que atesora más mimbres cinematográficos. Después del paso sin pena ni gloria por la pantalla de X-Men Orígenes -vamos, el prólogo de la patrulla de heterogéneos superhéroes-, esta segunda entrega específica sobre el personaje de Lobezno convence desde su inicio, con una mezcla contenida y bien ponderada de intriga y acción, válida además para los que incluso no conozcan los antecedentes de este mutante con garras letales de adamantium, que interpreta el siempre sobrio pero eficaz actor australiano Hugh Jackman. En esta ocasión, Lobezno viaja a las lejanas tierras niponas, requerido por un antiguo combatiente japonés de la Segunda Guerra Mundial, a quien salvó de perecer en nada menos que en la ciudad de Nagasaki y que ahora, en el inminente momento de su muerte, quiere darle las gracias por su valerosa y a la par generosa acción. El filme, dirigido por un convincente James Mangold, cuenta con ese toque especial que rezuman muchas de las películas en las que se produce el encuentro-choque entre un occidental y la cultura de ese país del Lejano Oriente, y que tantas cintas han retratado,  como Yakuza (Sidney Pollack, 1975),  Black Rain (Ridley Scott, 1989) o Sol naciente (Philip Kaufman, 1993), por citar algunos de los ejemplos más conocidos. Lobezno Inmortal bucea en el interior y en los miedos del torturado personaje -dentro de los límites del mundo del cómic, claro- y como no podía ser de otra manera, no faltan las escenas estudiadamente coreografiadas de artes marciales protagonizadas por pérfidos ninjas y demás secuaces de las artes marciales. A Hugh Jackman le van a la saga y con mucha solvencia dos desconocidas, Tao Okamoto y Rila Fukushima, en los principales papeles femeninos. Lobezno Inmortal resulta un producto entretenido y con una gran factura técnica, de lo mejorcito que nos podemos encontrar en esta renqueante cartelera veraniega y en lo que al ámbito de cine comercial, de evasión y palomitero se refiere.

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Spielberg con tupé

Una auténtica lección de cine. Así de sencillo, sin más alharacas y adornos. Steven Spielberg recupera la esencia de las mejores piezas del género de aventuras en su particular y lúcida visión de Tintín, el inolvidable personaje de cómic creado por el belga Hergé. El rey Midas de Hollywood (ayudado por otro que no se queda atrás en estas lides, Peter Jackson) sigue aún ejerciendo sus poderes, convirtiendo una vez más en oro todo lo que toca. En Las aventuras de Tintín. El secreto del Unicornio, el director estadounidense logra casi desde el primer fotograma que nos olvidemos de que se trata de un producto de animación de esta era digital y tridimensional en la que vivimos, rodado en el sistema de motion capture (captura de movimiento), como los filmes Polar Express, Beowulf o Cuento de Navidad, aunque en este caso con mayor excelencia. Y lo hace desplegando todo un arsenal de recursos cinematográficos y narrativos que componen un potente espectáculo visual que desactiva por completo en imaginación y diversión a las anteriores versiones fílmicas -animadas o no- de este héroe juvenil de historieta. Spielberg no tiene reparos en la película, acertado compendio, mezcla, amasijo o como lo quieran llamar de varias historias, la basada en El secreto del Unicornio, a la que se unen El tesoro de Rackham el Rojo y El cangrejo de las pinzas de oro, de rendir tributo a uno de sus personajes cinematográficos más celebrados, Indiana Jones, a quien la crítica europea comparó en el estreno de la primera entrega de la popular saga “arqueológica” con el mismísimo Tintín, corroborando así las similitudes entre ambos (no buscadas en su momento, por cierto, dado que el realizador norteamericano desconocía entonces la existencia del intrépido periodista del Petit Vingtième). Pero los autohomenajes spielbergnianos no acaban aquí, también hay referencias a Tiburón (1975), en una escena en la que el pequeño tupé de Tintín transita por el mar como si fuera un escualo. En definitiva, una de las cintas comerciales del año de obligado visionado.

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